Claude cogió nuestras cartas y abandonó la cabaña.
La dama manifestó que estaba muy cansada del viaje: además de venir de
muy lejos, los cocheros habían contribuido a perderse en el bosque. A
continuación se dirigió a Marguerite, pidiéndole que le mostrase su aposento y
la dejase descansar media hora. Fue llamada inmediatamente una de las
doncellas; apareció ésta con una luz, y la baronesa la siguió escalera arriba. Se
puso el mantel en la estancia donde estaba yo, y Marguerite me dio a entender
en seguida que yo estaba de más. Su alusión fue demasiado directa para no
comprenderla claramente. Así que pedí a uno de los jóvenes que me condujese
a la alcoba donde debía dormir, y pudiese permanecer hasta que la cena
estuviera dispuesta.
—¿Qué alcoba es, madre? —preguntó Robert.
—La de cortinas verdes —respondió ella—; acabo de tomarme el trabajo
de prepararla y poner sábanas limpias en la cama. Si el caballero desea
echarse, que la haga después por mí.
—Estáis de mal humor, madre; aunque no es ninguna novedad. Tened la
bondad de seguirme, monsieur.
Abrió la puerta y se dirigió hacia una estrecha escalera.
—¡No llevas ninguna luz! —dijo Marguerite—. ¿Quieres romperte el
cuello tú, o se lo quieres romper al caballero?
Pasó delante de mí y le puso a Robert una vela en la mano; después de lo
cual, comenzó éste a subir. Jacques estaba poniendo el mantel de espaldas a
mí. Marguerite aprovechó la ocasión de que no nos veían. Me cogió la mano y
me la apretó fuertemente.
—¡Mirad las sábanas! —dijo al pasar junto a mí, e inmediatamente
reanudó su anterior ocupación.
Sorprendido ante lo inesperado de su acción, me quedé petrificado. La voz
de Robert, pidiéndome que le siguiera, me devolvió a la realidad. Subí. Mi
guía me introdujo en una cámara en cuyo hogar ardía un excelente fuego.
Colocó la luz sobre la mesa, me preguntó si deseaba alguna cosa más; y al
contestarle que no, me dejó a solas. Podéis estar seguro de que en el instante
en que me encontré solo fui a cumplir la petición de Marguerite. Cogí la vela,
me acerqué apresuradamente a la cama y la abrí. ¡Cuál no sería mi estupor, mi
horror, al ver las sábanas manchadas de sangre!
En aquel momento, me pasaron mil confusas ideas por la imaginación: los
salteadores que infestaban el bosque, la exclamación de Marguerite sobre sus
hijos, las armas y la aparición de los jóvenes, y las diversas anécdotas que
había oído relatar sobre la secreta correspondencia que frecuentemente existe entre los bandidos y los postillones; todas estas circunstancias me cruzaron por
la mente, inspirándome recelo y aprensión. Me puse a meditar de qué medio
podría valerme para comprobar la verdad de mis conjeturas. De pronto, oí que
alguien andaba abajo paseando de un lado a otro, impaciente. Ahora, todo me
resultaba sospechoso. Me acerqué con precaución a la ventana, la cual, como
la habitación había estado cerrada mucho tiempo, había quedado abierta a
pesar del frío. Me aventuré a asomarme. Los rayos de la luna me permitieron
distinguir a un hombre, en quien reconocí a mi anfitrión. Observé sus
movimientos. Avanzó rápidamente, luego se detuvo y pareció escuchar:
pateaba el suelo y se golpeaba el estómago con los brazos como para entrar en
calor. Al menor ruido, si oía alguna voz en la parte inferior de la casa, o si un
murciélago le rozaba al pasar, o el viento hacía susurrar las ramas desnudas, se
sobresaltaba y miraba en torno suyo con inquietud.
—¡La peste se lo lleve! —dijo por fin con impaciencia—. ¡Qué le pasará!
Lo dijo en voz baja; pero como estaba justamente debajo de mi ventana,
distinguí sus palabras con claridad.
A continuación oí pasos de alguien que se acercaba. Baptiste se dirigió
hacia el lugar de donde provenía el ruido. Se le unió un hombre, cuya baja
estatura, y el cuerno que llevaba colgando del cuello, indicaba que no era otro
que mi fiel Claude, a quien suponía ya camino de Estrasburgo. Esperando que
su conversación arrojase alguna luz sobre mi situación, me apresuré a tomar
una posición que me permitiese escuchar sin que me viesen. Para ello, apagué
la luz que tenía en la mesita de noche, las llamas del fuego no eran lo bastante
grandes como para delatarme. Seguidamente volví a mi puesto en la ventana.
Los dos individuos que despertaban mi curiosidad se habían detenido
justamente debajo de ella. Supongo que durante mi breve ausencia, el leñador
había reprochado a Claude su tardanza, ya que cuando me aposté de nuevo en
la ventana éste trataba de justificar su falta.
—Sin embargo —añadió—, mi diligencia compensará ahora mi anterior
retraso.
—En ese caso —contestó Baptiste—, os perdono. Pero ya que vamos a
partes iguales en las presas, vuestro propio interés debería estimularos para
actuar con la mayor diligencia. ¡Sería una vergüenza que dejásemos escapar
tan noble botín! ¿Decís que el español es rico?
—Su criado se jactaba en la posada de que los efectos de ese coche valen
más de dos mil doblones.
¡Oh! ¡Cómo maldije la imprudente vanidad de Stephano!
—Y me han dicho —prosiguió el postillón— que la baronesa lleva consigo un cofrecillo de joyas de inmenso valor.
—Puede ser, pero habría preferido que se hubiese quedado en otra parte. El
español era presa segura. Los chicos y yo podíamos haberles reducido con
facilidad a él y a su criado, y luego nos habríamos repartido los dos mil
doblones entre los cuatro. Ahora nos toca dejar que entre la banda en el
reparto, y quizá se nos vaya de las manos la nidada entera. Si nuestros amigos
han acudido a sus diferentes puestos antes de que llegues tú a la caverna, todo
se habrá perdido. Los acompañantes de la dama son demasiado numerosos
para que los dominemos nosotros solos. A menos que nuestros compinches
lleguen a tiempo, tendremos que dejar que estos viajeros prosigan mañana su
viaje sin daño alguno.
—¡Ha sido una condenada desgracia que mis camaradas que conducían el
coche estuvieran al margen de nuestra alianza! Pero no temáis, amigo Baptiste.
En una hora estaré en la caverna. Ahora no son más que las diez, de modo que
podéis esperar la llegada de la banda para las doce. A propósito, tened cuidado
con vuestra esposa. Ya sabéis cómo aborrece ella nuestro modo de vida; puede
encontrar algún medio de informar a los criados de la dama sobre nuestros
propósitos.
—¡Oh! Estoy seguro de su silencio; me tiene demasiado miedo, y quiere
demasiado a sus hijos para atreverse a traicionar mi secreto. Además, Jacques
y Robert la vigilan estrechamente, y no le permitirán salir de la cabaña. Los
criados están bien alojados en el granero; procuraré que todo esté tranquilo
hasta la llegada de nuestros amigos. Si yo tuviera la seguridad de que ibais a
encontrar a los bandidos, despacharíamos a los extranjeros en un instante. Pero
como es posible que no, temo que vengan los criados a verles.
—¿Y si uno de los viajeros descubre vuestro plan?
—Entonces deberemos apuñalar a los que estén en nuestro poder, y hacer
lo posible por reducir a los demás. Sin embargo, para evitar ese riesgo, corred
a la cueva: los bandidos no se marcharán de allí hasta las once, y si sois
diligente, podéis llegar a tiempo.
—Decid a Robert que cojo su caballo. El mío ha roto la brida y ha
escapado al bosque. ¿Cuál es el santo y seña?
—La recompensa del valor.
—Es suficiente. Corro a la cueva.
—Y yo voy a reunirme con mis invitados, no vaya a ser que mi ausencia
despierte sospechas. Adiós, y sed diligente.
Se separaron estos dignos asociados. Uno se encaminó hacia el establo,
mientras que el otro regresó a la casa.
Podéis imaginar cuáles fueron mis sentimientos durante esta conversación,
de la que no perdí una sola sílaba. No me atrevía a abandonarme a mis propias
reflexiones, ni veía medio de escapar a los peligros que me amenazaban. Sabía
que sería inútil toda resistencia; estaba desarmado, y era un solo hombre
contra tres. Sin embargo, estaba dispuesto al menos a vender mi vida lo más
cara posible. Temiendo que Baptiste se diera cuenta de mi ausencia y
sospechase que había oído su entrevista con Claude, me apresuré a encender
de nuevo mi vela y a abandonar la alcoba. Al bajar, encontré la mesa puesta
para seis personas. La baronesa estaba sentada junto a la chimenea. Marguerite
aliñaba la ensalada, y sus hijastros deliberaban en voz baja en el otro extremo
de la estancia. Baptiste, que había ido a efectuar una ronda alrededor de la
cabaña antes de entrar, aún no había llegado. Me senté tranquilamente enfrente
de la baronesa.
Con una mirada a Marguerite, le indiqué que había captado su alusión.
¡Cuán diferente me pareció ahora! Lo que antes había tomado por enfado y
mal humor, ahora vi que era disgusto por sus compañeros, y compasión por mi
peligro. La miré como mi único recurso. Sin embargo, sabiendo que su esposo
la vigilaba con ojos recelosos, poca era la confianza que podía depositar en las
diligencias de su buena voluntad.
Pese a todos mis esfuerzos por ocultarla, mi semblante reflejaba demasiado
visiblemente la agitación que me dominaba. Estaba pálido, y tanto mis
palabras como mis acciones eran nerviosas y atropelladas. Los jóvenes se
dieron cuenta y me preguntaron la causa. Yo lo atribuí al exceso de cansancio
y al violento efecto que producía en mí el rigor de la estación. Si me creyeron
o no, es cosa que no puedo decir. Al menos, dejaron de agobiarme con sus
preguntas. Me esforcé en apartar la atención de los peligros que me rodeaban,
conversando sobre temas diversos con la baronesa. Hablé de Alemania,
declarando mi intención de visitarla inmediatamente. ¡Bien sabe Dios lo poco
que pensaba en aquel momento que la vería alguna vez! Ella me contestó con
gran naturalidad y cortesía, manifestó que el placer de haberme conocido
compensaba ampliamente la demora en su viaje, y me invitó cálidamente a
pasar unos días en el castillo de Lindenberg. Mientras hablaba de este modo,
los jóvenes intercambiaron una sonrisa maliciosa, la cual indicaba que sería
afortunada si lograba llegar al castillo. No se me escapó este gesto; pero oculté
la emoción que suscitó en mi pecho. Seguí conversando con la dama. Pero mi
discurso era tan frecuentemente incoherente que, como después me contó,
empezó a dudar que estuviese en mi juicio. La verdad es que mientras mi
conversación giraba sobre un tema mis pensamientos estaban enteramente
ocupados en otro. Pensaba en el medio de salir de la cabaña, llegar al granero
e informar a los criados de los propósitos de nuestro anfitrión. No tardé en
comprobar lo irrealizable que era este plan. Jacques y Robert vigilaban cada
movimiento mío con ojos atentos, y me vi obligado a abandonar la idea.
Ahora, todas mis esperanzas estaban puestas en que Claude no encontrase a
los bandidos: en tal caso, según lo que había oído, nos dejarían marchar
libremente.
Al entrar Baptiste en la estancia, me estremecí involuntariamente. Pidió
mil perdones por su larga ausencia, pero «le habían entretenido asuntos
imposibles de posponer». Luego nos pidió permiso para que su familia cenase
en la misma mesa que nosotros, sin el cual, el respeto no le permitiría tomarse
tal libertad. ¡Oh! ¡Cómo maldije en mi corazón al hipócrita! ¡Cómo odié la
presencia de aquel que estaba a punto de privarme de la existencia en ese
tiempo tan cara para mí! Tenía todos los motivos para estar satisfecho de la
vida. Poseía juventud, riqueza, alcurnia y educación, y ante mí tenía las más
hermosas expectativas. Pero veía que estas expectativas estaban a punto de
derrumbarse de la manera más horrible. Sin embargo, me vi obligado a
disimular y a acoger con expresiones de agradecimiento las falsas cortesías del
que tenía la daga puesta sobre mi pecho.
Nuestro anfitrión recibió el permiso que solicitaba. Nos sentamos a la
mesa. La baronesa y yo ocupamos un lado. Los hijos se sentaron enfrente de
nosotros, de espaldas a la puerta. Baptiste ocupó su asiento en un extremo de
la mesa, junto a la baronesa, y la otra plaza se dejó para su esposa. Entró ésta
en seguida en la habitación y nos colocó delante una sencilla pero
reconfortante comida campesina. Nuestro anfitrión consideró necesario
excusar la modestia de la cena: le había cogido desprevenido nuestra llegada,
así que sólo podía ofrecernos compartir lo que estaba destinado a su propia
familia.
—Pero —añadió—, si algún accidente retuviese a mis nobles invitados
más de lo que es su propósito, espero que podría brindarles un tratamiento
mejor.
¡El muy villano! De sobra sabía yo a qué accidente se refería; ¡me
estremecí ante el tratamiento que nos quería dispensar!
Mi compañera de peligro parecía haber olvidado la pesadumbre del retraso.
Reía y conversaba con la familia con infinita alegría. Yo me esforzaba
inútilmente en seguir su ejemplo. Mi buen humor resultaba evidentemente
forzado, y esta actitud que yo mismo me imponía no escapó a la observación
de Baptiste.
—¡Vamos, vamos, monsieur, animaos! —dijo—. No parece que os hayáis
recobrado del todo de vuestra fatiga. Para levantar el ánimo, ¿qué os parece si
tomamos un vaso de un excelente vino añejo que me dejó mi padre? ¡Dios le
tenga en su seno, ahora está en un mundo mejor! Raras veces saco yo vino de
ése. Pero como no todos los días me siento honrado con invitados de vuestra
categoría, esta ocasión bien merece una botella.
Dio a su esposa una llave y le indicó dónde hallaría el vino del que
hablaba. No pareció ella complacida con tal comisión, ni mucho menos. Cogió
la llave con embarazo y vaciló antes de abandonar la mesa.
Marguerite le lanzó una mirada de ira y temor, y salió de la habitación. Los
ojos del esposo la siguieron recelosamente, hasta que cerró la puerta.
Poco después regresó con una botella sellada con cera amarilla. La colocó
sobre la mesa y devolvió la llave a su esposo. Sospeché que no se nos ofrecía
este licor sin una intención, y observé los movimientos de Marguerite con
inquietud. Se puso a enjuagar unas pequeñas copas de asta. Al colocarlas ante
Baptiste, se dio cuenta de que mis ojos estaban fijos en ella, y en el instante en
que creyó que los bandidos no la miraban, me hizo una seña con la cabeza
para que no probara la bebida, y volvió a ocupar su sitio.
Entretanto, nuestro anfitrión había quitado el tapón, y llenando dos de las
copas, nos las ofreció a la dama y a mí. Al principio, ella puso algunos
reparos, pero las insistencias de Baptiste fueron tan apremiantes que se vio
obligada a complacerle. Temiendo despertar sospechas, cogí el vaso que me
ofrecía sin vacilar. Por el olor y el color supuse que era champaña; pero las
motas de polvo que flotaban en su superficie me convencieron de que le
habían añadido algo. Sin embargo, no me atreví a manifestar mi repugnancia a
beberlo. Me lo llevé a los labios y fingí bebérmelo. Y levantándome
súbitamente de la silla me dirigí lo mejor que pude a una cubeta de agua donde
Marguerite había estado lavando las copas. Fingí tragar el vino con desagrado,
y aproveché la ocasión para vaciar la copa inadvertidamente en la cubeta.
Los bandidos parecieron alarmarse ante mi acción. Jacques medio se
incorporó de su silla, se metió la mano en el pecho, donde descubrí el puño de
una daga. Volví a mi asiento con tranquilidad y fingí no haber notado su
confusión.
—No habéis acertado con mi gusto, mi buen amigo —dije, dirigiéndome a
Baptiste—. No puedo probar el champaña sin que me produzca un violento
trastorno. Creo que he tragado demasiado antes de saber qué era, y me temo
que mi imprudencia me va a causar molestias.
Baptiste y Jacques intercambiaron una mirada de desconfianza.
—Tal vez os resulte desagradable su olor —dijo Robert.
Se levantó de su silla y cogió la copa. Observé que comprobaba si
efectivamente estaba vacía.
—Debe de haber bebido suficiente —le dijo a su hermano en voz baja,
mientras se sentaba otra vez.
Marguerite pareció temer que hubiese probado el licor: la tranquilicé con una mirada.
Aguardé con ansiedad los efectos que el brebaje iba a producir en la dama.
No dudaba que el polvo que había observado era ponzoñoso, y lamentaba no
haberme sido posible advertirla del peligro. Pero transcurrieron varios
minutos, antes de observar que se le cerraban los ojos. Se le dobló la cabeza
hacia un lado, y se sumió en profundo sueño. Fingí no enterarme de tal
circunstancia, y seguí mi conversación con Baptiste, con toda la alegría que
era capaz de aparentar. El me miraba con desconfianza y asombro, y vi que los
bandidos cuchicheaban frecuentemente entre sí. Mi situación se volvía más
difícil a cada instante: mantenía la actitud de confianza cada vez con menos
gracia. Temeroso a la vez de que llegasen sus cómplices y de que sospechasen
que estaba enterado de sus propósitos, no sabía cómo disipar el recelo con que
los bandidos me vigilaban. La servicial Marguerite me ayudó una vez más en
este nuevo dilema. Pasó por detrás de sus hijastros, se detuvo un momento
frente a mí, cerró los ojos e inclinó la cabeza sobre el hombro. Esta alusión
disipó inmediatamente mi incertidumbre. Me decía que debía imitar a la
baronesa y fingir que el licor había hecho pleno efecto en mí. Así lo hice, y a
los pocos minutos simulé que el sueño me había vencido completamente.
—¡Vaya! —exclamó Baptiste, al caer yo en mi silla—. ¡Por fin se ha
dormido! Empezaba a pensar que se había olido nuestro plan y que nos tocaría
despacharlo de todas maneras.
—¿Y por qué no lo despachamos de todas maneras? —preguntó Jacques
con ferocidad—. ¿Para qué vamos a darle la posibilidad de que traicione
nuestro secreto? Marguerite, dadme una de mis pistolas. Total, puedo acabar
con él con sólo apretar el gatillo.
—Supón —replicó el padre—, supón que no llegan nuestros amigos esta
noche, ¡vaya un papel que haríamos cuando los criados preguntasen por él
mañana por la mañana! No, no, Jacques; hay que esperar a nuestros socios. Si
se unen a nosotros, seremos lo bastante fuertes como para acabar con los
criados y los amos, y el botín será nuestro. Si Claude no encuentra a la banda,
deberemos tener paciencia y dejar que la presa se nos vaya de entre los dedos.
¡Ah! ¡Muchachos, muchachos! De haber llegado vosotros cinco minutos antes,
habríamos terminado con el español, y ahora seríamos dueños de dos mil
doblones. Pero nunca estáis cuando os necesito. ¡Sois unos ladrones de lo más
inoportunos!
—¡Bueno, bueno, padre! —contestó Jacques—; si pensarais como yo, ya
habríamos terminado con todos. Vos, Robert, Claude y yo, habríamos reducido
a los extranjeros, aunque sean el doble. Sin embargo, Claude no está; es
demasiado tarde para pensar en eso ahora. Tendremos que esperar
pacientemente a que llegue la banda; y si los viajeros se nos escapan esta noche, tendremos que ocuparnos de asaltarles mañana.
—¡Cierto! ¡Cierto! —dijo Baptiste—. Marguerite, ¿has dado el somnífero
a las doncellas?
Marguerite dijo que sí.
— Entonces todo marcha. Vamos, vamos, muchachos. Pase lo que pase, no
hay razón para quejarse de esta aventura. No corremos ningún peligro,
podemos ganar mucho, y no hay nada que perder.
En ese momento, oí cascos de caballos. ¡Oh, qué espantoso resultó ese
ruido a mis oídos! Un sudor frío me corrió por la frente, y sentí todos los
horrores de la muerte inminente. No fue tranquilizador, ni mucho menos, oír
exclamar a Marguerite, con acento desesperado:
—¡Dios todopoderoso! ¡Están perdidos!
Afortunadamente, el leñador y sus hijos estaban demasiado atentos a la
llegada de sus socios para ocuparse de mí; de otro modo, la violencia de mi
agitación les habría convencido de que mi sueño era fingido.
—¡Abrid! ¡Abrid! —exclamaron varias voces, en el exterior.
—¡Sí! ¡Sí! —gritó Baptiste alegremente—. ¡Son ellos! ¡Ahora nuestro
botín es seguro! ¡Id, muchachos! Llevadles al granero; ya sabéis lo que hay
que hacer allí.
Robert corrió a abrir la puerta.
—Pero primero —dijo Jacques, cogiendo sus armas—, primero dejadme
despachar a estos dos dormidos.
—¡No, no, no! —replicó el padre—; ve al granero, donde haces falta. Deja
que me encargue yo de éstos y de las mujeres de arriba.
Jacques obedeció y siguió a su hermano. Parecieron conferenciar unos
minutos con los recién llegados. Después de lo cual oí desmontar a los
forajidos y, según supuse, dirigirse al granero.
—¡Bueno! ¡A eso se llama obrar juiciosamente! —murmuró Baptiste—;
han dejado los caballos, y van a caer sobre los extranjeros por sorpresa. ¡Bien!
¡Bien!, ahora a lo mío.
Le oí acercarse a una pequeña alacena situada en el fondo de la habitación
y abrirla. En ese momento, sentí que me sacudían suavemente.
—¡Ahora! ¡Ahora! —susurró Marguerite.
Abrí los ojos. Baptiste estaba de espaldas a mí. No había nadie más en la
estancia, salvo Marguerite y la dama dormida. El villano había cogido una daga de la alacena, y parecía comprobar si estaba lo bastante afilada. Yo no me
había cuidado de proveerme de armas; pero comprendí que ésta era la única
ocasión de escapar, y decidí no desaprovecharla. Me levanté de un salto, me
abalancé sobre Baptiste, y cogiéndole por el cuello, le apreté con fuerza para
que no pudiese gritar. Quizá recordéis la fama que tenía en Salamanca la
fuerza de mi brazo. Ahora esta fuerza me prestó un servicio esencial.
Sorprendido, aterrado y sin respiración, el villano no fue adversario peligroso.
Le arrojé al suelo, le agarré aún más fuerte, y mientras le inmovilizaba,
Marguerite le arrancó la daga de la mano y se la hundió repetidamente en el
corazón, hasta que expiró.
No bien hubo perpetrado este acto horrible pero necesario, Marguerite me
ordenó que la siguiese.
—¡Nuestra única salvación es huir! —dijo—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡De prisa!
Obedecí sin vacilar. Pero no queriendo dejar a la baronesa para que fuese
víctima de la venganza de los ladrones, la cogí en brazos, aún dormida, y corrí
tras Marguerite. Los caballos de los bandidos estaban atados junto a la puerta.
Mi conductora saltó sobre uno de ellos. Seguí su ejemplo, coloqué a la
baronesa delante de mí, y espoleé mi caballo. Nuestra única esperanza era
llegar a Estrasburgo, que estaba mucho más cerca de lo que el pérfido Claude
me había asegurado. Marguerite conocía el camino bastante bien, y galopaba
delante de mí. Tuvimos que pasar por delante del granero, donde los ladrones
estaban asesinando a nuestros criados. La puerta estaba abierta. ¡Oímos los
alaridos de los moribundos y las imprecaciones de los asesinos! ¡Me es
imposible describir lo que sentí en aquel momento!
Jacques oyó los cascos de nuestros caballos. Corrió a la puerta con una
antorcha en la mano y nos reconoció en seguida.
—¡Traición! ¡Traición! —gritó a sus compañeros.
Inmediatamente dejaron su sangrienta tarea y corrieron a sus caballos. No
les oímos más. Clavé las espuelas en los flancos de mi corcel, y Marguerite
aguijoneó al suyo con el puñal que tan buen servicio le había prestado ya.
Corríamos como centellas, y salimos a campo abierto. Teníamos la torre de la
catedral de Estrasburgo a la vista, cuando oímos a los ladrones detrás de
nosotros. Marguerite se volvió y divisó a los ladrones que descendían por una
pequeña colina, a no mucha distancia. En vano hostigábamos a nuestros
caballos; el ruido se aproximaba cada vez más.
—¡Estamos perdidos! —exclamó—. ¡Los villanos nos están alcanzando!
—¡Seguid! ¡Seguid! —repliqué—. Oigo caballos que vienen de la ciudad.
Redoblamos nuestros esfuerzos, y no tardamos en divisar un numeroso grupo de caballeros que venían hacia nosotros a toda velocidad. Estaban a
punto de pasarnos.
—¡Deteneos! ¡Deteneos! —gritó Marguerite—. ¡Salvadnos! ¡Por Dios,
salvadnos!
—¡Es ella! ¡Es ella! —exclamó, saltando al suelo—. ¡Parad, mi señor,
parad! ¡Están a salvo! ¡Es mi madre!
Al mismo tiempo, Marguerite saltó de su caballo, se abrazó a él, y le
cubrió de besos. Los demás caballeros se detuvieron ante tales exclamaciones.
—¿La baronesa de Lindenberg? —gritó otro de los desconocidos
ansiosamente—. ¿Dónde está? ¿No viene con vos?
Se detuvo al descubrirla sin sentido en mis brazos. Me la cogió
apresuradamente. El profundo sueño en que había caído le hizo temer por su
vida; pero el latido de su corazón le tranquilizó en seguida.
—¡Alabado sea Dios! —dijo—. Ha escapado sin daño.
Interrumpí su euforia señalándole a los forajidos, que seguían
aproximándose. No bien los mencioné, la mayor parte de la compañía, que
parecía estar compuesta casi toda de soldados, salió inmediatamente a su
encuentro. Los villanos no esperaron a recibir el ataque: al darse cuenta del
peligro, volvieron grupas y huyeron hacia el bosque, adonde los siguieron sus
perseguidores. Entretanto, el desconocido, el cual supuse que era el barón de
Lindenberg, después de darme las gracias por haber cuidado de su dama,
sugirió que regresáramos inmediatamente a la ciudad. La baronesa, que seguía
bajo los efectos del opio, fue colocada delante de él; Marguerite y su hijo
volvieron a montar en sus caballos; los criados del barón nos dieron escolta, y
no tardamos en llegar a la posada donde ya había tomado él aposento.