Capitulo 10

2570 Palabras
Se trataba del Águila Austriaca, donde mi banquero, a quien había informado antes de salir de París de mi intención de visitar Estrasburgo, había reservado ya aposento para mí. Me alegré de esta circunstancia. Esto me daba ocasión de trabar amistad con el barón, lo que preveía que me sería de gran utilidad en Alemania. Tan pronto como llegamos, la dama fue conducida a la cama. Llamaron a un, médico; prescribió éste una medicina que contrarrestase los efectos de la poción letárgica, y tras derramarle un poco en la boca, la baronesa fue encomendada a los cuidados de la posadera. El barón se dirigió a mí entonces, y me rogó que le contase los detalles de nuestra aventura. Satisfice al punto sus deseos, pues apenado por el destino de Stephano, a quien me había visto obligado a abandonar a la crueldad de los bandidos, me parecía imposible encontrar descanso hasta tanto no tuviera alguna noticia de él. Muy pronto me enteré de que mi fiel criado había perecido. Los soldados que habían perseguido a los forajidos regresaron cuando todavía estaba yo relatando mi aventura al barón. Dijeron que los habían alcanzado: el crimen y el auténtico valor son incompatibles. Se arrojaron a los pies de sus perseguidores, se rindieron sin cruzar un solo golpe y revelaron su refugio secreto, dándoles además la contraseña con la que podrían coger al resto de la banda. Y, maniatados, los habían conducido a Estrasburgo. Algunos de los soldados corrieron a la cabaña, utilizando de guía a uno de los bandidos. Lo primero que inspeccionaron fue el granero fatal, donde tuvieron la fortuna de hallar con vida aún a dos de los criados del barón, aunque desesperadamente malheridos. El resto había muerto bajo las espadas de los ladrones, y uno de éstos era el desventurado Stephano. Alarmados por nuestra huida, y en su prisa por alcanzarnos, los ladrones no habían visitado la cabaña. Por consiguiente, los soldados encontraron ilesas a las dos doncellas, y sumidas en el mismo sueño profundo que había vencido a su señora. No encontraron a nadie más en la cabaña, salvo a un niño que no tendría más de cuatro años, a quien los soldados se trajeron con ellos. Estábamos haciendo mil conjeturas sobre los padres del infortunado pequeño, cuando irrumpió Marguerite en la habitación con el niño en brazos. Cayó a los pies del oficial que nos estaba informando, y le bendijo mil veces por haber salvado a su hijo. Cuando hubo pasado esta primera efusión de ternura maternal, le rogué que nos explicase cómo era que había estado unida a un hombre cuyos principios parecían tan en desacuerdo con los suyos. Bajó los ojos y se limpió unas lágrimas de la mejilla. —Caballeros —dijo tras un silencio de unos minutos—, desearía suplicaros un favor. Tenéis derecho a saber con quién habéis contraído una obligación. Así que no voy a ocultaros una confesión que me cubre de vergüenza. Pero permitidme que lo haga con el menor número de palabras posible. »Nací en Estrasburgo, de padres respetables. De momento debo ocultar sus nombres: mi padre vive aún, y no merece que le mezcle en mi infamia; si me concedéis esto, os informaré del nombre de mi familia. Un villano se adueñó de mis afectos, y abandoné la casa de mi padre para seguirle. Sin embargo, aunque mis pasiones predominaban sobre mi virtud, no me hundí en la degeneración del vicio, como tan frecuentemente ocurre a las mujeres que dan un primer paso en falso. Amaba a mi seductor; ¡le amaba tiernamente! Le fui fiel hasta el final. Este niño, y el joven que os advirtió, mi señor barón, del peligro de vuestra dama, son fruto de nuestro afecto. Aún en este instante lamento su pérdida, aunque a él debo todas las desventuras de mi existencia. »Era de noble cuna, pero había dilapidado su herencia paterna. Sus parientes le consideraban un baldón para su nombre y le echaron completamente. Sus excesos atrajeron sobre él la indignación de la policía. Se vio obligado a huir de Estrasburgo, y no encontró otro medio de evitar la mendicidad que uniéndose a los bandidos que infestaban el bosque vecino, y cuya banda estaba compuesta principalmente por jóvenes de buena familia, y en la misma situación que él. Yo estaba decidida a no abandonarlo. Lo acompañé a la cueva de los forajidos y compartí con él las miserias inseparables de una vida de pillaje. Pues aunque yo sabía que nuestra existencia se sustentaba a base de robos, ignoraba las horribles circunstancias relacionadas con las actividades de mi amante. Él me las ocultaba con el mayor cuidado. Se daba cuenta de que mis sentimientos no eran lo bastante depravados como para pensar en el asesinato sin estremecerme. Suponía, y con justicia, que huiría horrorizada de los abrazos de un asesino. Los ocho años que me poseyó no ahogaron su amor por mí; y evitaba con todo cuidado que me enterase de ningún detalle que pudiese llevarme a sospechar los crímenes en los que participaba a menudo. Lo conseguía muy bien; hasta la muerte de mi seductor, no descubrí que sus manos habían estado manchadas de sangre inocente. »Una noche fatal lo trajeron a la cueva cubierto de heridas. Las recibió al atacar a un viajero inglés, a quien sus compañeros mataron inmediatamente, en venganza. Sólo tuvo tiempo de suplicarme perdón por todas las desdichas que me había ocasionado; me besó la mano con sus labios enfebrecidos, y expiró. Mi dolor fue indecible. Tan pronto como cedió, decidí regresar a Estrasburgo y arrojarme a los pies de mi padre, con mis dos hijos, y suplicar su perdón; aunque poco esperaba conseguirlo. ¡Cuál no fue mi consternación, al enterarme de que no se permitía abandonar la cuadrilla a nadie que conociese el refugio de los bandidos, que debía renunciar a toda esperanza de volver a la sociedad y resignarme a aceptar inmediatamente a uno de la banda por esposo! Fueron inútiles todas mis súplicas y protestas. Echaron a suertes para decidir quién me iba a poseer en adelante, y pasé a ser propiedad del infame Baptiste. Un ladrón que en otro tiempo había sido monje nos unió mediante una ceremonia más burlesca que religiosa. Mis hijos y yo pasamos a manos de mi nuevo marido, que nos llevó inmediatamente a su casa. »Me aseguró que hacía tiempo que sentía por mí la más ardiente estima; pero la amistad por mi fallecido amante le había obligado a reprimir sus deseos. Se esforzó en reconciliarme con mi destino, y durante algún tiempo me trató con respeto y dulzura. Finalmente, viendo que mi aversión, lejos de disminuir, iba en aumento, obtuvo con violencia los favores que yo me resistía a concederle. No me quedó otro recurso que soportar mis sufrimientos con paciencia. Me daba cuenta de que me los merecía sobradamente. Me era imposible huir: mis hijos estaban en poder de Baptiste, y éste había jurado que si intentaba escapar lo pagarían ellos con sus vidas. Tuve demasiadas ocasiones de comprobar la ferocidad de su naturaleza para dudar que cumpliría su palabra al pie de la letra. La triste experiencia me había convencido de los horrores de mi situación; mi primer amante me los había ocultado escrupulosamente: Baptiste, en cambio, gozaba abriéndome los ojos a las crueldades de su profesión, y se esforzaba en familiarizarme con la sangre y las matanzas. »Mi naturaleza era ardiente y licenciosa, pero no cruel; mi conducta había sido imprudente, pero mi corazón no era malvado. ¡Juzgad, pues, lo que yo sentía al tener que ser constante testigo de los crímenes más horrendos y abominables! ¡Juzgad cuánto debo de haber sufrido al verme unida a un hombre que recibía a los invitados fingiendo sinceridad y hospitalidad, al tiempo que maquinaba su destrucción! La desazón y el pesar se adueñaron de mi ser: se marchitaron los pocos encantos con que la naturaleza me había dotado, y la melancolía de mi semblante reflejó los sufrimientos de mi corazón. Mil veces me sentí tentada de poner fin a mi existencia. Pero el recuerdo de mis hijos contuvo mi mano. Me estremecía pensar en dejar a mis queridos niños en poder del tirano, y más que por sus vidas, temía por su virtud. El segundo aún era demasiado pequeño para que le aprovechasen mis enseñanzas; pero me esforzaba incansablemente en inculcar en el corazón del mayor aquellos principios que le capacitasen para evitar los crímenes de sus padres. Me escuchaba con docilidad, o más bien con avidez. Aun con sus escasos años, mostraba que no estaba hecho para vivir en una sociedad de villanos; y el único consuelo que yo tenía en medio de mis desdichas, era ver las virtudes que empezaban a apuntar en mi Theodore. »Tal era mi situación, cuando el pérfido postillón de don Alfonso condujo a éste a la cabaña. Su juventud, aspecto y modales hicieron interesarme enormemente en su favor. La ausencia de los hijos de mi marido me proporcionó la ocasión que yo tanto había deseado, y decidí arriesgarlo todo para proteger al extranjero. La vigilancia de Baptiste me impedía prevenir a don Alfonso del peligro que corría: sabía que si yo les delataba me matarían inmediatamente; y a pesar de lo amargada que estaba mi existencia por las calamidades, me faltaba valor para sacrificarla protegiendo a otra persona. Mi única esperanza estaba en pedir socorro de Estrasburgo. Así que decidí intentarlo; y si se me presentaba una ocasión de advertir a don Alfonso sin que me viesen, estaba dispuesta a aprovecharla con presteza. Subí por orden de Baptiste a arreglarle la cama al extranjero. Le puse las sábanas sobre las que habían matado a un viajero la noche anterior, que aún estaban manchadas de sangre. Confiaba en que no escaparían estas señales a la observación de nuestro invitado, y que de ellas inferiría las intenciones de mi pérfido esposo. Pero no fue éste el único paso que di para preservar al extranjero. Theodore estaba en la cama enfermo. Me deslicé en su habitación sin que me viera mi tirano, le conté mi plan, y me apoyó con interés. Se levantó a pesar de su fiebre y se vistió a toda velocidad. Le até una sábana por debajo de los brazos y lo bajé por la ventana. Corrió al establo, cogió el caballo de Claude y se dirigió a Estrasburgo a todo galope. Si le abordaban los bandidos, debía declarar que llevaba un mensaje a Baptiste; pero afortunadamente llegó a la ciudad sin ningún obstáculo. Tan pronto como llegó, pidió ayuda a la magistratura. Su historia corrió de boca en boca, y finalmente llegó a oídos del señor barón. Inquieto por la seguridad de su dama, la cual sabía que pasaría por ese camino esa misma tarde, pensó que podía haber caído en poder de los ladrones; así que acompañó a Theodore, quien guio a los soldados a la cabaña, y llegó a tiempo de evitar que cayésemos una vez más en manos de nuestros enemigos. Aquí interrumpí a Marguerite para preguntarle por qué me habían dado la poción somnífera. Dijo que Baptiste creía que yo iba armado, y quería impedir que opusiera resistencia: era una precaución que tomaba siempre, dado que, como los viajeros no tenían esperanzas de escapar, la desesperación podía incitarles a vender caras sus vidas. A continuación, el barón quiso saber cuáles eran ahora los planes de Marguerite. Me uní a él, declarando que estaba dispuesto a mostrarle mi gratitud por haberme salvado la vida. —Hastiada de un mundo —respondió— en el que no he encontrado más que desventuras, mi único deseo es retirarme a un convento. Pero primero debo proveer para mis hijos. He sabido que mi madre ha muerto, quizá prematuramente, ¡por mi huida de casa! Mi padre vive aún. No es hombre inflexible. Tal vez, caballeros, a pesar de mi ingratitud e imprudencia, vuestras intercesiones puedan inducirle a perdonarme y tomar a su cargo a sus dos desventurados nietos. ¡Si me conseguís esa diligencia, me habréis devuelto centuplicados mis servicios! El barón y yo aseguramos a Marguerite que no ahorraríamos esfuerzos para obtener su perdón; y que aun cuando su padre se mostrase inflexible, no tenía por qué angustiarse por el destino de los niños. Yo mismo me comprometí a encargarme de Theodore, y el barón prometió tomar bajo su protección al más joven. La reconocida madre nos dio las gracias con lágrimas en los ojos por lo que ella llamó generosidad, pero que en realidad no era sino un justo sentido de nuestro agradecimiento. Salió entonces de la estancia para meter en la cama a su pequeño, al que el cansancio y el sueño habían vencido completamente. La baronesa, al recobrarse y ser informada de los peligros de los que yo la había rescatado, se deshizo en expresiones de gratitud. Y su esposo se le unió tan afectuosamente, insistiéndome en que les acompañase a su castillo de Baviera, que me fue imposible rehusar. Durante la semana que pasamos en Estrasburgo no quedaron olvidados los intereses de Marguerite. Nuestra entrevista con su padre fue tan fructífera como podíamos desear. El buen anciano había perdido a su esposa: no tenía más descendencia que esta desventurada hija, de quien no había tenido noticias durante casi catorce años. Estaba rodeado de parientes lejanos, quienes aguardaban con impaciencia a que se muriese para entrar en posesión de su dinero. De modo que cuando Marguerite reapareció tan inesperadamente, la acogió como un don del cielo. La recibió a ella y a sus hijos con los brazos abiertos, e insistió en que fuesen a instalarse en su casa sin demora. Los decepcionados primos se vieron obligados a cederle el sitio. El anciano no quiso saber nada de los planes de su hija sobre retirarse a un convento. Dijo que le era demasiado necesaria para su felicidad, y la convenció fácilmente para que renunciase a su proyecto. Pero ninguna razón pudo persuadir a Theodore de que desistiese del plan que al principio había trazado yo para él. Me cobró el más sincero afecto durante mi estancia en Estrasburgo, y cuando estaba a punto de marcharme, me suplicó con lágrimas en los ojos que le tomase a mi servicio: Describió todas sus pequeñas habilidades con los colores más favorables, y trató de convencerme de que en él encontraría una ayuda inmensa, a la hora de ponernos en camino. Yo no tenía ganas de cargar con un chico que apenas había cumplido los trece años, sabiendo que sólo sería una responsabilidad para mí. Sin embargo, no pude resistirme a las súplicas de este afectuoso joven, que de hecho poseía mil cualidades estimables. Con alguna dificultad, convencí a sus familiares para que le permitiesen acompañarme, y una vez conseguido tal permiso, le di el título de paje. Después de pasar una semana en Estrasburgo, Theodore y yo salimos para Baviera en compañía del barón y su esposa. Estos y yo habíamos obligado a Marguerite a aceptar varios regalos de valor, para ella y para su hijo más joven. Al marcharnos, prometí firmemente a la madre que le devolvería a Theodore en el término de un año. Os he relatado esta aventura con detalle, Lorenzo, para que comprendáis por qué medio «se introdujo el aventurero Alfonso de Alvarada en el castillo de Lindenberg». ¡Juzgad por esta muestra el crédito que merecen las afirmaciones de vuestra tía!
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