Se trataba del Águila Austriaca, donde mi banquero, a quien había
informado antes de salir de París de mi intención de visitar Estrasburgo, había
reservado ya aposento para mí. Me alegré de esta circunstancia. Esto me daba
ocasión de trabar amistad con el barón, lo que preveía que me sería de gran
utilidad en Alemania. Tan pronto como llegamos, la dama fue conducida a la
cama. Llamaron a un, médico; prescribió éste una medicina que contrarrestase
los efectos de la poción letárgica, y tras derramarle un poco en la boca, la
baronesa fue encomendada a los cuidados de la posadera. El barón se dirigió a
mí entonces, y me rogó que le contase los detalles de nuestra aventura.
Satisfice al punto sus deseos, pues apenado por el destino de Stephano, a quien
me había visto obligado a abandonar a la crueldad de los bandidos, me parecía
imposible encontrar descanso hasta tanto no tuviera alguna noticia de él. Muy
pronto me enteré de que mi fiel criado había perecido. Los soldados que
habían perseguido a los forajidos regresaron cuando todavía estaba yo relatando mi aventura al barón. Dijeron que los habían alcanzado: el crimen y
el auténtico valor son incompatibles. Se arrojaron a los pies de sus
perseguidores, se rindieron sin cruzar un solo golpe y revelaron su refugio
secreto, dándoles además la contraseña con la que podrían coger al resto de la
banda. Y, maniatados, los habían conducido a Estrasburgo. Algunos de los
soldados corrieron a la cabaña, utilizando de guía a uno de los bandidos. Lo
primero que inspeccionaron fue el granero fatal, donde tuvieron la fortuna de
hallar con vida aún a dos de los criados del barón, aunque desesperadamente
malheridos. El resto había muerto bajo las espadas de los ladrones, y uno de
éstos era el desventurado Stephano.
Alarmados por nuestra huida, y en su prisa por alcanzarnos, los ladrones
no habían visitado la cabaña. Por consiguiente, los soldados encontraron ilesas
a las dos doncellas, y sumidas en el mismo sueño profundo que había vencido
a su señora. No encontraron a nadie más en la cabaña, salvo a un niño que no
tendría más de cuatro años, a quien los soldados se trajeron con ellos.
Estábamos haciendo mil conjeturas sobre los padres del infortunado pequeño,
cuando irrumpió Marguerite en la habitación con el niño en brazos. Cayó a los
pies del oficial que nos estaba informando, y le bendijo mil veces por haber
salvado a su hijo.
Cuando hubo pasado esta primera efusión de ternura maternal, le rogué
que nos explicase cómo era que había estado unida a un hombre cuyos
principios parecían tan en desacuerdo con los suyos. Bajó los ojos y se limpió
unas lágrimas de la mejilla.
—Caballeros —dijo tras un silencio de unos minutos—, desearía
suplicaros un favor. Tenéis derecho a saber con quién habéis contraído una
obligación. Así que no voy a ocultaros una confesión que me cubre de
vergüenza. Pero permitidme que lo haga con el menor número de palabras
posible.
»Nací en Estrasburgo, de padres respetables. De momento debo ocultar sus
nombres: mi padre vive aún, y no merece que le mezcle en mi infamia; si me
concedéis esto, os informaré del nombre de mi familia. Un villano se adueñó
de mis afectos, y abandoné la casa de mi padre para seguirle. Sin embargo,
aunque mis pasiones predominaban sobre mi virtud, no me hundí en la
degeneración del vicio, como tan frecuentemente ocurre a las mujeres que dan
un primer paso en falso. Amaba a mi seductor; ¡le amaba tiernamente! Le fui
fiel hasta el final. Este niño, y el joven que os advirtió, mi señor barón, del
peligro de vuestra dama, son fruto de nuestro afecto. Aún en este instante
lamento su pérdida, aunque a él debo todas las desventuras de mi existencia.
»Era de noble cuna, pero había dilapidado su herencia paterna. Sus
parientes le consideraban un baldón para su nombre y le echaron completamente. Sus excesos atrajeron sobre él la indignación de la policía. Se
vio obligado a huir de Estrasburgo, y no encontró otro medio de evitar la
mendicidad que uniéndose a los bandidos que infestaban el bosque vecino, y
cuya banda estaba compuesta principalmente por jóvenes de buena familia, y
en la misma situación que él. Yo estaba decidida a no abandonarlo. Lo
acompañé a la cueva de los forajidos y compartí con él las miserias
inseparables de una vida de pillaje. Pues aunque yo sabía que nuestra
existencia se sustentaba a base de robos, ignoraba las horribles circunstancias
relacionadas con las actividades de mi amante. Él me las ocultaba con el
mayor cuidado. Se daba cuenta de que mis sentimientos no eran lo bastante
depravados como para pensar en el asesinato sin estremecerme. Suponía, y
con justicia, que huiría horrorizada de los abrazos de un asesino. Los ocho
años que me poseyó no ahogaron su amor por mí; y evitaba con todo cuidado
que me enterase de ningún detalle que pudiese llevarme a sospechar los
crímenes en los que participaba a menudo. Lo conseguía muy bien; hasta la
muerte de mi seductor, no descubrí que sus manos habían estado manchadas
de sangre inocente.
»Una noche fatal lo trajeron a la cueva cubierto de heridas. Las recibió al
atacar a un viajero inglés, a quien sus compañeros mataron inmediatamente,
en venganza. Sólo tuvo tiempo de suplicarme perdón por todas las desdichas
que me había ocasionado; me besó la mano con sus labios enfebrecidos, y
expiró. Mi dolor fue indecible. Tan pronto como cedió, decidí regresar a
Estrasburgo y arrojarme a los pies de mi padre, con mis dos hijos, y suplicar
su perdón; aunque poco esperaba conseguirlo. ¡Cuál no fue mi consternación,
al enterarme de que no se permitía abandonar la cuadrilla a nadie que
conociese el refugio de los bandidos, que debía renunciar a toda esperanza de
volver a la sociedad y resignarme a aceptar inmediatamente a uno de la banda
por esposo! Fueron inútiles todas mis súplicas y protestas. Echaron a suertes
para decidir quién me iba a poseer en adelante, y pasé a ser propiedad del
infame Baptiste. Un ladrón que en otro tiempo había sido monje nos unió
mediante una ceremonia más burlesca que religiosa. Mis hijos y yo pasamos a
manos de mi nuevo marido, que nos llevó inmediatamente a su casa.
»Me aseguró que hacía tiempo que sentía por mí la más ardiente estima;
pero la amistad por mi fallecido amante le había obligado a reprimir sus
deseos. Se esforzó en reconciliarme con mi destino, y durante algún tiempo
me trató con respeto y dulzura. Finalmente, viendo que mi aversión, lejos de
disminuir, iba en aumento, obtuvo con violencia los favores que yo me resistía
a concederle. No me quedó otro recurso que soportar mis sufrimientos con
paciencia. Me daba cuenta de que me los merecía sobradamente. Me era
imposible huir: mis hijos estaban en poder de Baptiste, y éste había jurado que
si intentaba escapar lo pagarían ellos con sus vidas. Tuve demasiadas
ocasiones de comprobar la ferocidad de su naturaleza para dudar que cumpliría su palabra al pie de la letra. La triste experiencia me había
convencido de los horrores de mi situación; mi primer amante me los había
ocultado escrupulosamente: Baptiste, en cambio, gozaba abriéndome los ojos
a las crueldades de su profesión, y se esforzaba en familiarizarme con la
sangre y las matanzas.
»Mi naturaleza era ardiente y licenciosa, pero no cruel; mi conducta había
sido imprudente, pero mi corazón no era malvado. ¡Juzgad, pues, lo que yo
sentía al tener que ser constante testigo de los crímenes más horrendos y
abominables! ¡Juzgad cuánto debo de haber sufrido al verme unida a un
hombre que recibía a los invitados fingiendo sinceridad y hospitalidad, al
tiempo que maquinaba su destrucción! La desazón y el pesar se adueñaron de
mi ser: se marchitaron los pocos encantos con que la naturaleza me había
dotado, y la melancolía de mi semblante reflejó los sufrimientos de mi
corazón. Mil veces me sentí tentada de poner fin a mi existencia. Pero el
recuerdo de mis hijos contuvo mi mano. Me estremecía pensar en dejar a mis
queridos niños en poder del tirano, y más que por sus vidas, temía por su
virtud. El segundo aún era demasiado pequeño para que le aprovechasen mis
enseñanzas; pero me esforzaba incansablemente en inculcar en el corazón del
mayor aquellos principios que le capacitasen para evitar los crímenes de sus
padres. Me escuchaba con docilidad, o más bien con avidez. Aun con sus
escasos años, mostraba que no estaba hecho para vivir en una sociedad de
villanos; y el único consuelo que yo tenía en medio de mis desdichas, era ver
las virtudes que empezaban a apuntar en mi Theodore.
»Tal era mi situación, cuando el pérfido postillón de don Alfonso condujo
a éste a la cabaña. Su juventud, aspecto y modales hicieron interesarme
enormemente en su favor. La ausencia de los hijos de mi marido me
proporcionó la ocasión que yo tanto había deseado, y decidí arriesgarlo todo
para proteger al extranjero. La vigilancia de Baptiste me impedía prevenir a
don Alfonso del peligro que corría: sabía que si yo les delataba me matarían
inmediatamente; y a pesar de lo amargada que estaba mi existencia por las
calamidades, me faltaba valor para sacrificarla protegiendo a otra persona. Mi
única esperanza estaba en pedir socorro de Estrasburgo. Así que decidí
intentarlo; y si se me presentaba una ocasión de advertir a don Alfonso sin que
me viesen, estaba dispuesta a aprovecharla con presteza. Subí por orden de
Baptiste a arreglarle la cama al extranjero. Le puse las sábanas sobre las que
habían matado a un viajero la noche anterior, que aún estaban manchadas de
sangre. Confiaba en que no escaparían estas señales a la observación de
nuestro invitado, y que de ellas inferiría las intenciones de mi pérfido esposo.
Pero no fue éste el único paso que di para preservar al extranjero. Theodore
estaba en la cama enfermo. Me deslicé en su habitación sin que me viera mi
tirano, le conté mi plan, y me apoyó con interés. Se levantó a pesar de su
fiebre y se vistió a toda velocidad. Le até una sábana por debajo de los brazos y lo bajé por la ventana. Corrió al establo, cogió el caballo de Claude y se
dirigió a Estrasburgo a todo galope. Si le abordaban los bandidos, debía
declarar que llevaba un mensaje a Baptiste; pero afortunadamente llegó a la
ciudad sin ningún obstáculo. Tan pronto como llegó, pidió ayuda a la
magistratura. Su historia corrió de boca en boca, y finalmente llegó a oídos del
señor barón. Inquieto por la seguridad de su dama, la cual sabía que pasaría
por ese camino esa misma tarde, pensó que podía haber caído en poder de los
ladrones; así que acompañó a Theodore, quien guio a los soldados a la cabaña,
y llegó a tiempo de evitar que cayésemos una vez más en manos de nuestros
enemigos.
Aquí interrumpí a Marguerite para preguntarle por qué me habían dado la
poción somnífera. Dijo que Baptiste creía que yo iba armado, y quería impedir
que opusiera resistencia: era una precaución que tomaba siempre, dado que,
como los viajeros no tenían esperanzas de escapar, la desesperación podía
incitarles a vender caras sus vidas.
A continuación, el barón quiso saber cuáles eran ahora los planes de
Marguerite. Me uní a él, declarando que estaba dispuesto a mostrarle mi
gratitud por haberme salvado la vida.
—Hastiada de un mundo —respondió— en el que no he encontrado más
que desventuras, mi único deseo es retirarme a un convento. Pero primero
debo proveer para mis hijos. He sabido que mi madre ha muerto, quizá
prematuramente, ¡por mi huida de casa! Mi padre vive aún. No es hombre
inflexible. Tal vez, caballeros, a pesar de mi ingratitud e imprudencia, vuestras
intercesiones puedan inducirle a perdonarme y tomar a su cargo a sus dos
desventurados nietos. ¡Si me conseguís esa diligencia, me habréis devuelto
centuplicados mis servicios!
El barón y yo aseguramos a Marguerite que no ahorraríamos esfuerzos
para obtener su perdón; y que aun cuando su padre se mostrase inflexible, no
tenía por qué angustiarse por el destino de los niños. Yo mismo me
comprometí a encargarme de Theodore, y el barón prometió tomar bajo su
protección al más joven. La reconocida madre nos dio las gracias con lágrimas
en los ojos por lo que ella llamó generosidad, pero que en realidad no era sino
un justo sentido de nuestro agradecimiento. Salió entonces de la estancia para
meter en la cama a su pequeño, al que el cansancio y el sueño habían vencido
completamente.
La baronesa, al recobrarse y ser informada de los peligros de los que yo la
había rescatado, se deshizo en expresiones de gratitud. Y su esposo se le unió
tan afectuosamente, insistiéndome en que les acompañase a su castillo de
Baviera, que me fue imposible rehusar. Durante la semana que pasamos en
Estrasburgo no quedaron olvidados los intereses de Marguerite. Nuestra entrevista con su padre fue tan fructífera como podíamos desear. El buen
anciano había perdido a su esposa: no tenía más descendencia que esta
desventurada hija, de quien no había tenido noticias durante casi catorce años.
Estaba rodeado de parientes lejanos, quienes aguardaban con impaciencia a
que se muriese para entrar en posesión de su dinero. De modo que cuando
Marguerite reapareció tan inesperadamente, la acogió como un don del cielo.
La recibió a ella y a sus hijos con los brazos abiertos, e insistió en que fuesen a
instalarse en su casa sin demora. Los decepcionados primos se vieron
obligados a cederle el sitio. El anciano no quiso saber nada de los planes de su
hija sobre retirarse a un convento. Dijo que le era demasiado necesaria para su
felicidad, y la convenció fácilmente para que renunciase a su proyecto. Pero
ninguna razón pudo persuadir a Theodore de que desistiese del plan que al
principio había trazado yo para él. Me cobró el más sincero afecto durante mi
estancia en Estrasburgo, y cuando estaba a punto de marcharme, me suplicó
con lágrimas en los ojos que le tomase a mi servicio: Describió todas sus
pequeñas habilidades con los colores más favorables, y trató de convencerme
de que en él encontraría una ayuda inmensa, a la hora de ponernos en camino.
Yo no tenía ganas de cargar con un chico que apenas había cumplido los trece
años, sabiendo que sólo sería una responsabilidad para mí. Sin embargo, no
pude resistirme a las súplicas de este afectuoso joven, que de hecho poseía mil
cualidades estimables. Con alguna dificultad, convencí a sus familiares para
que le permitiesen acompañarme, y una vez conseguido tal permiso, le di el
título de paje. Después de pasar una semana en Estrasburgo, Theodore y yo
salimos para Baviera en compañía del barón y su esposa. Estos y yo habíamos
obligado a Marguerite a aceptar varios regalos de valor, para ella y para su hijo
más joven. Al marcharnos, prometí firmemente a la madre que le devolvería a
Theodore en el término de un año.
Os he relatado esta aventura con detalle, Lorenzo, para que comprendáis
por qué medio «se introdujo el aventurero Alfonso de Alvarada en el castillo
de Lindenberg». ¡Juzgad por esta muestra el crédito que merecen las
afirmaciones de vuestra tía!