Mi viaje fue extraordinariamente agradable; el barón resultó ser un hombre
con sentido, aunque sabía poco del mundo. Había pasado gran parte de su vida
sin trasponer los límites de sus dominios, y consiguientemente sus modales
distaban mucho de ser los más urbanos; pero era cordial, alegre y amistoso.
Sus atenciones conmigo fueron todo lo buenas que yo podía desear, por lo que
tuve todos los motivos para estar satisfecho de su hospitalidad. Su pasión
predominante era la caza, que había llegado a considerar una ocupación seria,
y cuando hablaba de alguna cacería, trataba el tema con la misma gravedad
que si hubiese sido una batalla de la que dependiera el destino de dos reinos. Y
como yo soy un deportista pasable, poco después de mi llegada a Lindenberg
di alguna muestra de mi destreza. El barón me tuvo al punto por un hombre
genial, y me juró eterna amistad.
Dicha amistad no me resultó ni mucho menos indiferente. En el castillo de
Lindenberg vi por primera vez a vuestra hermana, la encantadora Inés. Para
mí, que tenía el corazón vacante y me apesadumbraba este vacío, verla y
amarla fue todo uno. Apenas contaba entonces dieciséis años; su figura
delgada y elegante estaba ya formada. Dominaba diversas habilidades
artísticas a la perfección, particularmente la música y el dibujo. Su carácter era
alegre, abierto y jovial; y la graciosa sencillez de su vestido y modales
producían un ventajoso contraste con el artificio y la estudiada coquetería de
las damas parisinas que acababa de dejar. Desde el instante en que la vi, sentí
el más vivo interés por su destino. Hice muchas preguntas sobre ella a la
baronesa.
—Es mi sobrina —me explicó la dama—. Ignoráis todavía, don Alfonso,
que soy compatriota vuestra. Soy hermana del duque de Medinaceli. Inés es
hija de mi segundo hermano, don Gastón. Está destinada al convento desde su
cuna, y pronto tomará los hábitos en Madrid.
[Aquí Lorenzo interrumpió al marqués con una exclamación de sorpresa:
—¿Destinada al convento desde su cuna? —dijo—. ¡Santo Dios, es la
primera vez que oigo semejante idea!
—Lo creo, mi querido Lorenzo —contestó don Raimundo—; pero debéis
escucharme con paciencia. No quedaréis menos sorprendido cuando os cuente
algunos detalles de vuestra familia que aún desconocéis, y que yo sé por boca
de la propia Inés.
Y a continuación reanudó su relato de este modo]:
No podéis por menos de saber que vuestros padres eran, desgraciadamente,
esclavos de la más grosera de las supersticiones: cuando mediaban éstas, todos
sus otros sentimientos, todas sus otras pasiones, cedían ante su fuerza
irresistible. Cuando estuvo encinta de Inés, vuestra madre contrajo una peligrosa enfermedad y fue desahuciada por sus médicos. En esta situación,
doña Mesilla hizo el voto de que si se recobraba de su enfermedad, y la
criatura que llevaba en sus entrañas era niña, sería consagrada a Santa Clara; y
si era niño, a San Benito. Fueron escuchadas sus oraciones. Se libró de su mal,
Inés nació viva, e inmediatamente se dispuso que ingresaría al servicio de
Santa Clara.
Don Gastón apoyó de buen grado los deseos de su esposa. Pero
conociendo los sentimientos del duque, su hermano, respecto a la vida
monástica, acordó ocultarle cuidadosamente el destino de vuestra hermana.
Para guardar mejor aún el secreto, se decidió que Inés acompañase a vuestra
tía doña Rodolfa a Alemania, adonde esta dama estaba a punto de marcharse
con su flamante esposo, el barón de Lindenberg. A su llegada, encerraron a la
joven Inés en un convento, situado a unas millas del castillo. Las monjas, a las
que se confió su educación, desempeñaron su comisión con exactitud.
Hicieron de ella una dueña perfecta con muchos conocimientos, y se
esforzaron en inculcarle un gusto por el retiro y los placeres tranquilos del
convento. Pero un secreto instinto hizo comprender a la joven que no había
nacido para la soledad. Con toda la libertad y la alegría de la juventud, no
temía tratar de ridículas muchas ceremonias que las monjas observaban con
temor, y nunca era más feliz que cuando su viva imaginación le inspiraba
algún plan para importunar a la rígida abadesa o la fea, malhumorada y vieja
portera. Contemplaba con desagrado el futuro que tenía ante sí. Sin embargo,
no se le ofrecía otra alternativa, y debía someterse a la voluntad de sus padres,
aunque no sin un secreto pesar.
Pero no tuvo la habilidad suficiente para ocultar su repugnancia durante
mucho tiempo: don Gastón fue informado de ello. Temeroso, Lorenzo, de que
vuestro afecto por ella se opusiera a sus proyectos, y de que os resistieseis
positivamente al infortunio de vuestra hermana, decidió ocultaros todo el
asunto a vos, lo mismo que al duque, hasta que el sacrificio se hubiese
consumado. Se concertó la fecha de su toma del velo para cuando vos
estuvieseis de viaje; entretanto, no se hizo la menor alusión a la fatal promesa
de doña Mesilla. No consintieron que vuestra hermana conociese vuestra
dirección. Todas vuestras cartas eran leídas antes de recibirlas ella y borrados
aquellos párrafos que pudiesen alentar su inclinación por el mundo. Sus
contestaciones eran dictadas por vuestra tía o bien por doña Cunegunda, su
institutriz. Estos detalles los conocí en parte por Inés, y en parte por la propia
baronesa.
Al punto decidí rescatar a aquella adorable joven de un destino tan opuesto
a sus inclinaciones y tan poco de acuerdo con sus méritos. Me esforcé en
abogar en su favor. Aduje mi amistad e intimidad con vos. Ella me escuchó
con avidez; parecía devorar mis palabras cuando canté vuestras alabanzas, y sus ojos me agradecieron mi cariño por su hermano. Mi constante y perpetua
atención conquistó al fin su corazón, y con trabajo la obligué a confesar que
me amaba. Sin embargo, cuando le propuse abandonar el castillo de
Lindenberg, rechazó la idea enérgicamente.
—Sed generoso, Alfonso —dijo—; sois dueño de mi corazón, pero no
utilicéis ese don innoblemente. No empleéis vuestro ascendiente sobre mí para
inducirme a dar un paso del que en adelante deba avergonzarme. Soy joven y
no tengo amparo alguno. Mi hermano, mi único amigo, está lejos; y mis otros
parientes son mis enemigos. Tened piedad de mi desamparada situación. En
vez de inducirme a cometer una acción que me cubriría de vergüenza,
esforzaos en ganar los afectos de los que me gobiernan. El barón os estima. Mi
tía, tan desdeñosa y altiva siempre con los demás, no olvida que la rescatasteis
de manos de unos asesinos, y sólo ante vos adopta una apariencia de afabilidad
y dulzura. Procurad, pues, influir sobre mis guardianes. Si ellos consienten en
nuestra unión, mi mano es vuestra. Por lo que me habéis contado de mi
hermano, no dudo que obtendréis su aprobación. Y cuando descubran que es
imposible llevar a cabo sus designios, confío en que mis padres excusarán mi
desobediencia y expiarán por algún otro sacrificio la fatal promesa de mi
madre.
Desde el primer momento en que vi a Inés, me esforcé por granjearme el
favor de sus parientes. Avalado por la confesión de su afecto, redoblé mis
esfuerzos. Dirigí mis principales disparos contra la baronesa; fue fácil
descubrir que su palabra era ley en el castillo. Su esposo le tributaba la más
absoluta sumisión y la consideraba un ser superior. Frisaba los cuarenta. En su
juventud había sido una belleza. Pero sus encantos fueron mayormente lo que
peor soportaron el desgaste de los años. Sin embargo, aún poseía algunos
vestigios. Su juicio era sólido y coherente cuando no lo oscurecían los
prejuicios, lo que por desgracia no ocurría casi nunca. Sus pasiones eran
violentas: no ahorraba ningún trabajo por satisfacerlas, y perseguía con
implacable venganza a quienes se oponían a sus deseos. La más ardiente de las
amigas y la más despiadada de las enemigas: tal era la baronesa de
Lindenberg.
Me afané incansablemente en complacerla; y por desgracia, lo conseguí
demasiado bien. Ella pareció sentirse halagada con mis atenciones, y me trató
con una distinción que no otorgaba a ningún otro. Una de mis ocupaciones
diarias era leerle en voz alta durante varias horas; horas que podía haber
pasado con Inés. Pero como pensaba que agradando a su tía hacía más
próxima nuestra unión, me sometía de buen grado a la penitencia que se me
imponía. La biblioteca de doña Rodolfa estaba formada principalmente por
viejas novelas españolas: constituían su tema predilecto de meditación, y una
vez al día se me ponía en las manos regularmente uno de esos despiadados volúmenes. Leí las tediosas aventuras de Perséfone, Tirante el Blanco,
Palmerín de Inglaterra y El Caballero del Sol, hasta que se me caía el libro de
las manos de aburrimiento. Sin embargo, el creciente placer con que la
baronesa parecía acoger mi compañía me animaba a perseverar; y por último,
manifestó una afición tan marcada, que Inés me aconsejó que aprovechase la
primera oportunidad para manifestar nuestra mutua pasión a su tía.
Una tarde, me encontraba a solas con doña Rodolfa en su propio aposento.
Como nuestras lecturas trataban generalmente de temas de amor, a Inés no se
le permitía asistir. Justamente me estaba congratulando de haber terminado
Los amores de Tristán y la reina Isolda.
—¡Ah! ¡Los desventurados! —exclamó la baronesa—. ¿Qué pensáis vos,
señor? ¿Creéis que un hombre puede sentir un afecto tan desinteresado y
sincero?
—Sin duda alguna —repliqué—. Mi propio corazón me proporciona la
prueba de esa certeza. ¡Ah, doña Rodolfa!
¡Si yo pudiera lograr vuestra aprobación de mi amor! ¡Si yo pudiera
confesaros el nombre de la dueña de mis sentimientos sin provocar vuestro
resentimiento!
Doña Rodolfa me interrumpió:
—¿Y si os ahorrara yo esa confesión? ¿Y si yo admitiese que el objeto de
vuestros deseos no me es desconocido? ¿Y si os dijese que ella corresponde a
vuestros afectos y lamenta con igual sinceridad la desdichada promesa que la
separa de vos?
—¡Ah, doña Rodolfa! —exclamé, arrojándome de rodillas ante ella,
besando su mano con vehemencia—. ¡Habéis descubierto mi secreto! ¿Cuál es
vuestra decisión? ¿Debo perder mi esperanza o contar con vuestro favor?
No retiró la mano que yo le cogía; pero se cubrió el rostro con la otra.
—¿Cómo voy a negároslo? —respondió—. ¡Ah, don Alfonso! Hace
tiempo que sé a quién van dirigidas vuestras atenciones, pero hasta ahora no
me había dado cuenta del efecto que habían producido en mi corazón. Ahora
no puedo ocultar ya mi debilidad, ni ante mí ni ante vos. ¡Me rindo a la
violencia de mi pasión, y confieso que os adoro! Durante tres largos meses he
reprimido mis deseos. Pero ahora que se han hecho más fuertes con su
resistencia, me someto a su impetuosidad. El orgullo, el temor y el honor, el
respeto a mí misma y mi unión con el barón, todo ha sido vencido. Lo
sacrifico al amor por vos, y aún me parece miserable el precio por vuestra
posesión.
Guardó silencio, esperando una respuesta. Juzgad, Lorenzo, cuál tuvo que ser mi confusión ante este descubrimiento. Inmediatamente me di cuenta de la
magnitud de este obstáculo, que yo mismo había levantado ante mi felicidad.
La baronesa había juzgado que era ella quien había motivado las deferencias
que yo le tributaba meramente en atención a Inés. Y la fuerza de sus
expresiones, las miradas con que iban acompañadas y la conciencia de que
poseía un carácter vengativo, me hacían temblar por mí mismo y por mi
amada. Seguí callado unos minutos. No sabía qué contestar a su declaración.
No me quedaba más remedio que aclarar el malentendido sin demora y ocultar
de momento el nombre de mi dueña. No bien había confesado ella su pasión,
cuando los transportes que antes habían sido tan claros en mi semblante,
dieron paso a la consternación y la alarma. Solté su mano y me incorporé. El
cambio de mi actitud no escapó a su observación.
—¿Qué significa este silencio? —dijo con voz temblorosa—. ¿Dónde está
ese gozo que me habéis inducido a esperar?
—Perdonadme, señora —contesté—, si la necesidad me obliga a parecer
rudo e ingrato. Alentaros en un error que, aunque puede halagarme a mí,
podría suponer para vos una fuente de desencanto, me haría parecer como un
criminal ante los ojos de todos. El honor me obliga a informaros que habéis
tomado por requerimiento amoroso lo que sólo era testimonio de amistad. Era
éste el sentimiento que yo he deseado suscitar en vuestro pecho. El respeto que
os debo y la gratitud por el generoso trato del barón, me impiden alimentar por
vos un sentimiento más cálido. Quizá estas razones no habrían bastado para
protegerme de vuestros atractivos, de no ser porque mis afectos estaban
puestos ya en otra persona. Vos tenéis encantos, señora, que podrían cautivar
al más insensible. Ningún corazón vacante sería capaz de resistirlos. Por
ventura, yo ya no soy dueño del mío; de lo contrario, habría tenido que
reprocharme toda la vida haber violado las leyes de la hospitalidad.
Recobraos, noble señora. Recordad lo que debéis a vuestro honor, y yo al
barón, y reemplazad por estima y amistad esos sentimientos a los que yo no
puedo corresponder.
La baronesa se quedó pálida ante esta inesperada y enérgica declaración.
No sabía si soñaba o estaba despierta. Finalmente, recobrándose de su
sorpresa, la consternación dio paso a la rabia, y la sangre le volvió a las
mejillas con violencia.
—¡Villano! —gritó—. ¡Monstruo de falsedad! ¿Así es como recibes la
confesión de mi amor? ¿Así es como...? ¡Pero no, no! ¡No puede, no debe ser!
¡Alfonso, miradme a vuestros pies! ¡Sed testigo de mi desesperación! ¡Mirad
con compasión a una mujer que os ama con afecto sincero! ¿Cómo ha
merecido semejante tesoro la que posee vuestro corazón? ¿Qué sacrificio os ha
hecho? ¿Qué es lo que la pone por encima de Rodolfa?
Me esforcé en levantarla.
—¡Por Dios, señora, reprimid estos transportes: os afrentan a vos y a mí!
Alguien puede oír vuestras exclamaciones y divulgar el secreto entre vuestra
servidumbre. Veo que mi presencia os irrita: permitidme que me retire.
Me dispuse a abandonar el aposento. La baronesa me cogió súbitamente
por el brazo.
—¿Y quién es la feliz rival? —dijo en tono amenazador—. ¡Quiero saber
su nombre, y cuando lo sepa...! ¡Es alguien que está bajo mi poder, puesto que
habéis pedido mi favor, mi protección! ¡Dejad que la descubra, dejad que sepa
quién se atreve a robarme vuestro corazón, y haré que sufra todos los
tormentos que los celos y el desencanto pueden infligir! ¿Quién es?
Contestadme al punto. ¡No esperéis poderla sustraer a mi venganza! Pondré
espías que os acechen; os vigilarán cada paso, cada mirada. Vuestros ojos
delatarán a mi rival. ¡Sabré quién es, y cuando la descubra, temblad, Alfonso,
por ella y por vos!
Mientras profería estas últimas palabras, su cólera creció hasta el punto de
cortársele la respiración. Jadeó, gimió, y por último se desmayó. Al ver que
iba a caerse, la cogí en brazos y la deposité en el sofá. Luego corrí a la puerta
y llamé a sus doncellas para que la asistiesen. La dejé al cuidado de ellas, y
aproveché la ocasión para escapar.
Indeciblemente agitado y confundido, me dirigí al jardín. La dulzura con
que la baronesa me había escuchado al principio me había hecho concebir las
más elevadas esperanzas: me pareció que había percibido mi afecto por su
sobrina y que lo aprobaba. ¡Qué enorme desencanto, al darme cuenta del
verdadero sentido de su discurso! Yo no sabía qué determinación tomar. La
superstición de los padres de Inés, ayudada por la infortunada pasión de su tía,
parecía oponer a nuestra unión obstáculos casi insuperables.
Al pasar junto al salón de abajo, cuyas ventanas daban al jardín, vi por la
puerta entreabierta a Inés sentada ante una mesa. Estaba dibujando, y tenía
varios bocetos esparcidos a su alrededor. Entré aún sin saber si debía contarle
o no la declaración de la baronesa.
—¡Oh, sois vos! —dijo, alzando la cabeza—. Puesto que no sois un
extraño, proseguiré mi ocupación sin ceremonias. Coged una silla y sentaos a
mi lado.
Obedecí, y me senté junto a la mesa. Sin saber qué hacía, y completamente
embargado por la escena que acababa de tener lugar, cogí algunos dibujos y
les eché una mirada. Uno de los motivos me sorprendió por su singularidad.
Representaba el gran salón del castillo de Lindenberg. Una puerta que
conducía a una estrecha escalera estaba entreabierta. En el primer plano aparecía un grupo de figuras, colocadas en las más grotescas actitudes. Cada
semblante reflejaba terror. Una de ellas estaba de rodillas, con los ojos
dirigidos hacia el cielo, y rezaba fervorosamente. Otra se arrastraba a gatas.
Algunas ocultaban su rostro en su capa o en el regazo de sus compañeras;
otras se ocultaban bajo la mesa, sobre la que se veían los restos de un
banquete, mientras que otras, con la boca abierta y los ojos desencajados,
señalaban a una figura que se suponía era la causa del espanto: una mujer de
estatura más que humana, vestida con el hábito de alguna orden religiosa.
Tenía la cara oculta por un velo. Del brazo le colgaba un rosario, en el hábito
se veían varias manchas de sangre, la cual le brotaba de una herida que tenía
en el pecho. Con una mano sostenía una lámpara, y con la otra un gran
cuchillo. Parecía avanzar hacia la puerta de hierro del salón.
—¿Qué representa esto, Inés? —pregunté—. ¿Es invención vuestra?
Echó una mirada al dibujo.
—¡Oh, no! —respondió—. Es invención de cabezas más sabias que la mía.
Pero ¿cómo es posible que llevéis viviendo en Lindenberg tres meses sin haber
oído hablar de la Monja Sangrienta?
—Sois la primera persona que me menciona ese nombre. Decidme, ¿quién
es esa dama?
—Eso es más de lo que yo podría deciros. Lo único que sé de su historia
procede de una vieja tradición de esta familia, transmitida de padres a hijos, y
firmemente creída en todos los dominios del barón. Es más, el propio barón
cree en ella; en cuanto a mi tía, que tiene una especial predilección por lo
maravilloso, antes dudaría de la veracidad de la Biblia que de la Monja
Sangrienta. ¿Queréis que os cuente la historia?
Le contesté que me complacería muchísimo escucharla; prosiguió su
dibujo, y empezó en un tono de burlona gravedad:
—Es sorprendente que en todas las crónicas de tiempos pasados no se haya
citado ni una sola vez a este notable personaje. De buena gana os contaría yo
su vida. Pero desgraciadamente, hasta después de su muerte nadie sabía de su
existencia. Entonces fue cuando consideró ella necesario armar algún ruido en
el mundo, y con esa intención se atrevió a tomar posesión del castillo de
Lindenberg. Como tenía buen gusto, se adjudicó el mejor aposento de la casa,
y una vez instalada allí, empezó a divertirse golpeando las mesas y las sillas en
plena noche. Quizá es que dormía mal, aunque no he podido comprobar este
detalle. Según la tradición, dicho entretenimiento comenzó hará un siglo. Lo
acompañaba de alaridos, aullidos, gemidos, juramentos y otros ruidos
agradables de la misma naturaleza. Pero, si bien honraba con sus visitas más
especialmente una habitación particular, no se limitaba a ella por entero. De cuando en cuando, se aventuraba por las viejas galerías, deambulaba por los
salones espaciosos, o se detenía a veces en la puerta de las cámaras y lloraba y
gemía para universal terror de sus habitantes. En estas excursiones nocturnas,
la veían distintas personas, y todas la describían tal como la veis aquí,
dibujada por la mano de esta indigna ilustradora.
La singularidad de este relato cautivó insensiblemente mi atención.
—¿Nunca habló a las personas con las que se encontraba? —pregunté.
—No. Las manifestaciones nocturnas a que se entregaba, a modo de
conversación, no eran invitadoras ni mucho menos. A veces el castillo
retumbaba con sus juramentos y execraciones. A continuación, entonaba el
padrenuestro; luego descargaba las más horribles blasfemias, para cantar
seguidamente el De profundis con la misma corrección que si estuviese en el
coro. En suma, parecía un ser enormemente versátil. Pero ya rezase o
maldijese, ya se mostrase irreverente o piadosa, procuraba siempre aterrar a
cuantos la oían. El castillo se volvió difícilmente habitable, y a su señor le
tenían tan asustado estos alborotos, que una buena mañana le encontraron
muerto en la cama. Este éxito pareció agradar enormemente a la monja, pues a
partir de entonces armó más ruido que nunca. Pero el siguiente barón resultó
ser demasiado astuto para ella. Apareció con un afamado exorcista, el cual no
tuvo miedo de permanecer encerrado toda una noche en la cámara encantada.
Al parecer, sostuvo allí una enconada batalla con el fantasma, antes de
prometer éste que se mantendría tranquilo. La monja era terca, pero él lo fue
más, y al final accedió a dejar descansar por la noche a los habitantes. Durante
algún tiempo, no volvió a saberse nada de ella. Pero a los cinco años murió el
exorcista, y entonces la monja se atrevió a dejarse ver otra vez. Sin embargo,
se había vuelto más educada y tratable. Caminaba en silencio, y nunca se
aparecía más de una vez cada cinco años. Si hay que creer al barón, aún
conserva esa costumbre. Está convencido de que el cinco de mayo, cada cinco
años, tan pronto como el reloj da la una, se abre la puerta de la cámara
encantada [observad que esta habitación lleva cerrada casi un siglo]. Entonces
sale la monja espectral con su lámpara y su daga. Desciende la escalera de la
torre del este; ¡y cruza el gran salón! Esa noche el portero deja siempre
abiertas las puertas del castillo por respeto a la aparición. No es que lo
considere necesario en absoluto, ya que ella podría filtrarse por el ojo de una
cerradura si así lo desea, sino por mera cortesía, y para evitar que haga una
aparición demasiado impropia de su espectral dignidad.
—¿Y adónde va, al abandonar el castillo?
—Al cielo, espero. Aunque si es así, el lugar no es de su gusto, pues
siempre regresa al cabo de una hora de ausencia. Entonces la dama se retira a
su cámara, y no vuelve a aparecer durante otros cinco años.