Capitulo 11

3817 Palabras
Mi viaje fue extraordinariamente agradable; el barón resultó ser un hombre con sentido, aunque sabía poco del mundo. Había pasado gran parte de su vida sin trasponer los límites de sus dominios, y consiguientemente sus modales distaban mucho de ser los más urbanos; pero era cordial, alegre y amistoso. Sus atenciones conmigo fueron todo lo buenas que yo podía desear, por lo que tuve todos los motivos para estar satisfecho de su hospitalidad. Su pasión predominante era la caza, que había llegado a considerar una ocupación seria, y cuando hablaba de alguna cacería, trataba el tema con la misma gravedad que si hubiese sido una batalla de la que dependiera el destino de dos reinos. Y como yo soy un deportista pasable, poco después de mi llegada a Lindenberg di alguna muestra de mi destreza. El barón me tuvo al punto por un hombre genial, y me juró eterna amistad. Dicha amistad no me resultó ni mucho menos indiferente. En el castillo de Lindenberg vi por primera vez a vuestra hermana, la encantadora Inés. Para mí, que tenía el corazón vacante y me apesadumbraba este vacío, verla y amarla fue todo uno. Apenas contaba entonces dieciséis años; su figura delgada y elegante estaba ya formada. Dominaba diversas habilidades artísticas a la perfección, particularmente la música y el dibujo. Su carácter era alegre, abierto y jovial; y la graciosa sencillez de su vestido y modales producían un ventajoso contraste con el artificio y la estudiada coquetería de las damas parisinas que acababa de dejar. Desde el instante en que la vi, sentí el más vivo interés por su destino. Hice muchas preguntas sobre ella a la baronesa. —Es mi sobrina —me explicó la dama—. Ignoráis todavía, don Alfonso, que soy compatriota vuestra. Soy hermana del duque de Medinaceli. Inés es hija de mi segundo hermano, don Gastón. Está destinada al convento desde su cuna, y pronto tomará los hábitos en Madrid. [Aquí Lorenzo interrumpió al marqués con una exclamación de sorpresa: —¿Destinada al convento desde su cuna? —dijo—. ¡Santo Dios, es la primera vez que oigo semejante idea! —Lo creo, mi querido Lorenzo —contestó don Raimundo—; pero debéis escucharme con paciencia. No quedaréis menos sorprendido cuando os cuente algunos detalles de vuestra familia que aún desconocéis, y que yo sé por boca de la propia Inés. Y a continuación reanudó su relato de este modo]: No podéis por menos de saber que vuestros padres eran, desgraciadamente, esclavos de la más grosera de las supersticiones: cuando mediaban éstas, todos sus otros sentimientos, todas sus otras pasiones, cedían ante su fuerza irresistible. Cuando estuvo encinta de Inés, vuestra madre contrajo una peligrosa enfermedad y fue desahuciada por sus médicos. En esta situación, doña Mesilla hizo el voto de que si se recobraba de su enfermedad, y la criatura que llevaba en sus entrañas era niña, sería consagrada a Santa Clara; y si era niño, a San Benito. Fueron escuchadas sus oraciones. Se libró de su mal, Inés nació viva, e inmediatamente se dispuso que ingresaría al servicio de Santa Clara. Don Gastón apoyó de buen grado los deseos de su esposa. Pero conociendo los sentimientos del duque, su hermano, respecto a la vida monástica, acordó ocultarle cuidadosamente el destino de vuestra hermana. Para guardar mejor aún el secreto, se decidió que Inés acompañase a vuestra tía doña Rodolfa a Alemania, adonde esta dama estaba a punto de marcharse con su flamante esposo, el barón de Lindenberg. A su llegada, encerraron a la joven Inés en un convento, situado a unas millas del castillo. Las monjas, a las que se confió su educación, desempeñaron su comisión con exactitud. Hicieron de ella una dueña perfecta con muchos conocimientos, y se esforzaron en inculcarle un gusto por el retiro y los placeres tranquilos del convento. Pero un secreto instinto hizo comprender a la joven que no había nacido para la soledad. Con toda la libertad y la alegría de la juventud, no temía tratar de ridículas muchas ceremonias que las monjas observaban con temor, y nunca era más feliz que cuando su viva imaginación le inspiraba algún plan para importunar a la rígida abadesa o la fea, malhumorada y vieja portera. Contemplaba con desagrado el futuro que tenía ante sí. Sin embargo, no se le ofrecía otra alternativa, y debía someterse a la voluntad de sus padres, aunque no sin un secreto pesar. Pero no tuvo la habilidad suficiente para ocultar su repugnancia durante mucho tiempo: don Gastón fue informado de ello. Temeroso, Lorenzo, de que vuestro afecto por ella se opusiera a sus proyectos, y de que os resistieseis positivamente al infortunio de vuestra hermana, decidió ocultaros todo el asunto a vos, lo mismo que al duque, hasta que el sacrificio se hubiese consumado. Se concertó la fecha de su toma del velo para cuando vos estuvieseis de viaje; entretanto, no se hizo la menor alusión a la fatal promesa de doña Mesilla. No consintieron que vuestra hermana conociese vuestra dirección. Todas vuestras cartas eran leídas antes de recibirlas ella y borrados aquellos párrafos que pudiesen alentar su inclinación por el mundo. Sus contestaciones eran dictadas por vuestra tía o bien por doña Cunegunda, su institutriz. Estos detalles los conocí en parte por Inés, y en parte por la propia baronesa. Al punto decidí rescatar a aquella adorable joven de un destino tan opuesto a sus inclinaciones y tan poco de acuerdo con sus méritos. Me esforcé en abogar en su favor. Aduje mi amistad e intimidad con vos. Ella me escuchó con avidez; parecía devorar mis palabras cuando canté vuestras alabanzas, y sus ojos me agradecieron mi cariño por su hermano. Mi constante y perpetua atención conquistó al fin su corazón, y con trabajo la obligué a confesar que me amaba. Sin embargo, cuando le propuse abandonar el castillo de Lindenberg, rechazó la idea enérgicamente. —Sed generoso, Alfonso —dijo—; sois dueño de mi corazón, pero no utilicéis ese don innoblemente. No empleéis vuestro ascendiente sobre mí para inducirme a dar un paso del que en adelante deba avergonzarme. Soy joven y no tengo amparo alguno. Mi hermano, mi único amigo, está lejos; y mis otros parientes son mis enemigos. Tened piedad de mi desamparada situación. En vez de inducirme a cometer una acción que me cubriría de vergüenza, esforzaos en ganar los afectos de los que me gobiernan. El barón os estima. Mi tía, tan desdeñosa y altiva siempre con los demás, no olvida que la rescatasteis de manos de unos asesinos, y sólo ante vos adopta una apariencia de afabilidad y dulzura. Procurad, pues, influir sobre mis guardianes. Si ellos consienten en nuestra unión, mi mano es vuestra. Por lo que me habéis contado de mi hermano, no dudo que obtendréis su aprobación. Y cuando descubran que es imposible llevar a cabo sus designios, confío en que mis padres excusarán mi desobediencia y expiarán por algún otro sacrificio la fatal promesa de mi madre. Desde el primer momento en que vi a Inés, me esforcé por granjearme el favor de sus parientes. Avalado por la confesión de su afecto, redoblé mis esfuerzos. Dirigí mis principales disparos contra la baronesa; fue fácil descubrir que su palabra era ley en el castillo. Su esposo le tributaba la más absoluta sumisión y la consideraba un ser superior. Frisaba los cuarenta. En su juventud había sido una belleza. Pero sus encantos fueron mayormente lo que peor soportaron el desgaste de los años. Sin embargo, aún poseía algunos vestigios. Su juicio era sólido y coherente cuando no lo oscurecían los prejuicios, lo que por desgracia no ocurría casi nunca. Sus pasiones eran violentas: no ahorraba ningún trabajo por satisfacerlas, y perseguía con implacable venganza a quienes se oponían a sus deseos. La más ardiente de las amigas y la más despiadada de las enemigas: tal era la baronesa de Lindenberg. Me afané incansablemente en complacerla; y por desgracia, lo conseguí demasiado bien. Ella pareció sentirse halagada con mis atenciones, y me trató con una distinción que no otorgaba a ningún otro. Una de mis ocupaciones diarias era leerle en voz alta durante varias horas; horas que podía haber pasado con Inés. Pero como pensaba que agradando a su tía hacía más próxima nuestra unión, me sometía de buen grado a la penitencia que se me imponía. La biblioteca de doña Rodolfa estaba formada principalmente por viejas novelas españolas: constituían su tema predilecto de meditación, y una vez al día se me ponía en las manos regularmente uno de esos despiadados volúmenes. Leí las tediosas aventuras de Perséfone, Tirante el Blanco, Palmerín de Inglaterra y El Caballero del Sol, hasta que se me caía el libro de las manos de aburrimiento. Sin embargo, el creciente placer con que la baronesa parecía acoger mi compañía me animaba a perseverar; y por último, manifestó una afición tan marcada, que Inés me aconsejó que aprovechase la primera oportunidad para manifestar nuestra mutua pasión a su tía. Una tarde, me encontraba a solas con doña Rodolfa en su propio aposento. Como nuestras lecturas trataban generalmente de temas de amor, a Inés no se le permitía asistir. Justamente me estaba congratulando de haber terminado Los amores de Tristán y la reina Isolda. —¡Ah! ¡Los desventurados! —exclamó la baronesa—. ¿Qué pensáis vos, señor? ¿Creéis que un hombre puede sentir un afecto tan desinteresado y sincero? —Sin duda alguna —repliqué—. Mi propio corazón me proporciona la prueba de esa certeza. ¡Ah, doña Rodolfa! ¡Si yo pudiera lograr vuestra aprobación de mi amor! ¡Si yo pudiera confesaros el nombre de la dueña de mis sentimientos sin provocar vuestro resentimiento! Doña Rodolfa me interrumpió: —¿Y si os ahorrara yo esa confesión? ¿Y si yo admitiese que el objeto de vuestros deseos no me es desconocido? ¿Y si os dijese que ella corresponde a vuestros afectos y lamenta con igual sinceridad la desdichada promesa que la separa de vos? —¡Ah, doña Rodolfa! —exclamé, arrojándome de rodillas ante ella, besando su mano con vehemencia—. ¡Habéis descubierto mi secreto! ¿Cuál es vuestra decisión? ¿Debo perder mi esperanza o contar con vuestro favor? No retiró la mano que yo le cogía; pero se cubrió el rostro con la otra. —¿Cómo voy a negároslo? —respondió—. ¡Ah, don Alfonso! Hace tiempo que sé a quién van dirigidas vuestras atenciones, pero hasta ahora no me había dado cuenta del efecto que habían producido en mi corazón. Ahora no puedo ocultar ya mi debilidad, ni ante mí ni ante vos. ¡Me rindo a la violencia de mi pasión, y confieso que os adoro! Durante tres largos meses he reprimido mis deseos. Pero ahora que se han hecho más fuertes con su resistencia, me someto a su impetuosidad. El orgullo, el temor y el honor, el respeto a mí misma y mi unión con el barón, todo ha sido vencido. Lo sacrifico al amor por vos, y aún me parece miserable el precio por vuestra posesión. Guardó silencio, esperando una respuesta. Juzgad, Lorenzo, cuál tuvo que ser mi confusión ante este descubrimiento. Inmediatamente me di cuenta de la magnitud de este obstáculo, que yo mismo había levantado ante mi felicidad. La baronesa había juzgado que era ella quien había motivado las deferencias que yo le tributaba meramente en atención a Inés. Y la fuerza de sus expresiones, las miradas con que iban acompañadas y la conciencia de que poseía un carácter vengativo, me hacían temblar por mí mismo y por mi amada. Seguí callado unos minutos. No sabía qué contestar a su declaración. No me quedaba más remedio que aclarar el malentendido sin demora y ocultar de momento el nombre de mi dueña. No bien había confesado ella su pasión, cuando los transportes que antes habían sido tan claros en mi semblante, dieron paso a la consternación y la alarma. Solté su mano y me incorporé. El cambio de mi actitud no escapó a su observación. —¿Qué significa este silencio? —dijo con voz temblorosa—. ¿Dónde está ese gozo que me habéis inducido a esperar? —Perdonadme, señora —contesté—, si la necesidad me obliga a parecer rudo e ingrato. Alentaros en un error que, aunque puede halagarme a mí, podría suponer para vos una fuente de desencanto, me haría parecer como un criminal ante los ojos de todos. El honor me obliga a informaros que habéis tomado por requerimiento amoroso lo que sólo era testimonio de amistad. Era éste el sentimiento que yo he deseado suscitar en vuestro pecho. El respeto que os debo y la gratitud por el generoso trato del barón, me impiden alimentar por vos un sentimiento más cálido. Quizá estas razones no habrían bastado para protegerme de vuestros atractivos, de no ser porque mis afectos estaban puestos ya en otra persona. Vos tenéis encantos, señora, que podrían cautivar al más insensible. Ningún corazón vacante sería capaz de resistirlos. Por ventura, yo ya no soy dueño del mío; de lo contrario, habría tenido que reprocharme toda la vida haber violado las leyes de la hospitalidad. Recobraos, noble señora. Recordad lo que debéis a vuestro honor, y yo al barón, y reemplazad por estima y amistad esos sentimientos a los que yo no puedo corresponder. La baronesa se quedó pálida ante esta inesperada y enérgica declaración. No sabía si soñaba o estaba despierta. Finalmente, recobrándose de su sorpresa, la consternación dio paso a la rabia, y la sangre le volvió a las mejillas con violencia. —¡Villano! —gritó—. ¡Monstruo de falsedad! ¿Así es como recibes la confesión de mi amor? ¿Así es como...? ¡Pero no, no! ¡No puede, no debe ser! ¡Alfonso, miradme a vuestros pies! ¡Sed testigo de mi desesperación! ¡Mirad con compasión a una mujer que os ama con afecto sincero! ¿Cómo ha merecido semejante tesoro la que posee vuestro corazón? ¿Qué sacrificio os ha hecho? ¿Qué es lo que la pone por encima de Rodolfa? Me esforcé en levantarla. —¡Por Dios, señora, reprimid estos transportes: os afrentan a vos y a mí! Alguien puede oír vuestras exclamaciones y divulgar el secreto entre vuestra servidumbre. Veo que mi presencia os irrita: permitidme que me retire. Me dispuse a abandonar el aposento. La baronesa me cogió súbitamente por el brazo. —¿Y quién es la feliz rival? —dijo en tono amenazador—. ¡Quiero saber su nombre, y cuando lo sepa...! ¡Es alguien que está bajo mi poder, puesto que habéis pedido mi favor, mi protección! ¡Dejad que la descubra, dejad que sepa quién se atreve a robarme vuestro corazón, y haré que sufra todos los tormentos que los celos y el desencanto pueden infligir! ¿Quién es? Contestadme al punto. ¡No esperéis poderla sustraer a mi venganza! Pondré espías que os acechen; os vigilarán cada paso, cada mirada. Vuestros ojos delatarán a mi rival. ¡Sabré quién es, y cuando la descubra, temblad, Alfonso, por ella y por vos! Mientras profería estas últimas palabras, su cólera creció hasta el punto de cortársele la respiración. Jadeó, gimió, y por último se desmayó. Al ver que iba a caerse, la cogí en brazos y la deposité en el sofá. Luego corrí a la puerta y llamé a sus doncellas para que la asistiesen. La dejé al cuidado de ellas, y aproveché la ocasión para escapar. Indeciblemente agitado y confundido, me dirigí al jardín. La dulzura con que la baronesa me había escuchado al principio me había hecho concebir las más elevadas esperanzas: me pareció que había percibido mi afecto por su sobrina y que lo aprobaba. ¡Qué enorme desencanto, al darme cuenta del verdadero sentido de su discurso! Yo no sabía qué determinación tomar. La superstición de los padres de Inés, ayudada por la infortunada pasión de su tía, parecía oponer a nuestra unión obstáculos casi insuperables. Al pasar junto al salón de abajo, cuyas ventanas daban al jardín, vi por la puerta entreabierta a Inés sentada ante una mesa. Estaba dibujando, y tenía varios bocetos esparcidos a su alrededor. Entré aún sin saber si debía contarle o no la declaración de la baronesa. —¡Oh, sois vos! —dijo, alzando la cabeza—. Puesto que no sois un extraño, proseguiré mi ocupación sin ceremonias. Coged una silla y sentaos a mi lado. Obedecí, y me senté junto a la mesa. Sin saber qué hacía, y completamente embargado por la escena que acababa de tener lugar, cogí algunos dibujos y les eché una mirada. Uno de los motivos me sorprendió por su singularidad. Representaba el gran salón del castillo de Lindenberg. Una puerta que conducía a una estrecha escalera estaba entreabierta. En el primer plano aparecía un grupo de figuras, colocadas en las más grotescas actitudes. Cada semblante reflejaba terror. Una de ellas estaba de rodillas, con los ojos dirigidos hacia el cielo, y rezaba fervorosamente. Otra se arrastraba a gatas. Algunas ocultaban su rostro en su capa o en el regazo de sus compañeras; otras se ocultaban bajo la mesa, sobre la que se veían los restos de un banquete, mientras que otras, con la boca abierta y los ojos desencajados, señalaban a una figura que se suponía era la causa del espanto: una mujer de estatura más que humana, vestida con el hábito de alguna orden religiosa. Tenía la cara oculta por un velo. Del brazo le colgaba un rosario, en el hábito se veían varias manchas de sangre, la cual le brotaba de una herida que tenía en el pecho. Con una mano sostenía una lámpara, y con la otra un gran cuchillo. Parecía avanzar hacia la puerta de hierro del salón. —¿Qué representa esto, Inés? —pregunté—. ¿Es invención vuestra? Echó una mirada al dibujo. —¡Oh, no! —respondió—. Es invención de cabezas más sabias que la mía. Pero ¿cómo es posible que llevéis viviendo en Lindenberg tres meses sin haber oído hablar de la Monja Sangrienta? —Sois la primera persona que me menciona ese nombre. Decidme, ¿quién es esa dama? —Eso es más de lo que yo podría deciros. Lo único que sé de su historia procede de una vieja tradición de esta familia, transmitida de padres a hijos, y firmemente creída en todos los dominios del barón. Es más, el propio barón cree en ella; en cuanto a mi tía, que tiene una especial predilección por lo maravilloso, antes dudaría de la veracidad de la Biblia que de la Monja Sangrienta. ¿Queréis que os cuente la historia? Le contesté que me complacería muchísimo escucharla; prosiguió su dibujo, y empezó en un tono de burlona gravedad: —Es sorprendente que en todas las crónicas de tiempos pasados no se haya citado ni una sola vez a este notable personaje. De buena gana os contaría yo su vida. Pero desgraciadamente, hasta después de su muerte nadie sabía de su existencia. Entonces fue cuando consideró ella necesario armar algún ruido en el mundo, y con esa intención se atrevió a tomar posesión del castillo de Lindenberg. Como tenía buen gusto, se adjudicó el mejor aposento de la casa, y una vez instalada allí, empezó a divertirse golpeando las mesas y las sillas en plena noche. Quizá es que dormía mal, aunque no he podido comprobar este detalle. Según la tradición, dicho entretenimiento comenzó hará un siglo. Lo acompañaba de alaridos, aullidos, gemidos, juramentos y otros ruidos agradables de la misma naturaleza. Pero, si bien honraba con sus visitas más especialmente una habitación particular, no se limitaba a ella por entero. De cuando en cuando, se aventuraba por las viejas galerías, deambulaba por los salones espaciosos, o se detenía a veces en la puerta de las cámaras y lloraba y gemía para universal terror de sus habitantes. En estas excursiones nocturnas, la veían distintas personas, y todas la describían tal como la veis aquí, dibujada por la mano de esta indigna ilustradora. La singularidad de este relato cautivó insensiblemente mi atención. —¿Nunca habló a las personas con las que se encontraba? —pregunté. —No. Las manifestaciones nocturnas a que se entregaba, a modo de conversación, no eran invitadoras ni mucho menos. A veces el castillo retumbaba con sus juramentos y execraciones. A continuación, entonaba el padrenuestro; luego descargaba las más horribles blasfemias, para cantar seguidamente el De profundis con la misma corrección que si estuviese en el coro. En suma, parecía un ser enormemente versátil. Pero ya rezase o maldijese, ya se mostrase irreverente o piadosa, procuraba siempre aterrar a cuantos la oían. El castillo se volvió difícilmente habitable, y a su señor le tenían tan asustado estos alborotos, que una buena mañana le encontraron muerto en la cama. Este éxito pareció agradar enormemente a la monja, pues a partir de entonces armó más ruido que nunca. Pero el siguiente barón resultó ser demasiado astuto para ella. Apareció con un afamado exorcista, el cual no tuvo miedo de permanecer encerrado toda una noche en la cámara encantada. Al parecer, sostuvo allí una enconada batalla con el fantasma, antes de prometer éste que se mantendría tranquilo. La monja era terca, pero él lo fue más, y al final accedió a dejar descansar por la noche a los habitantes. Durante algún tiempo, no volvió a saberse nada de ella. Pero a los cinco años murió el exorcista, y entonces la monja se atrevió a dejarse ver otra vez. Sin embargo, se había vuelto más educada y tratable. Caminaba en silencio, y nunca se aparecía más de una vez cada cinco años. Si hay que creer al barón, aún conserva esa costumbre. Está convencido de que el cinco de mayo, cada cinco años, tan pronto como el reloj da la una, se abre la puerta de la cámara encantada [observad que esta habitación lleva cerrada casi un siglo]. Entonces sale la monja espectral con su lámpara y su daga. Desciende la escalera de la torre del este; ¡y cruza el gran salón! Esa noche el portero deja siempre abiertas las puertas del castillo por respeto a la aparición. No es que lo considere necesario en absoluto, ya que ella podría filtrarse por el ojo de una cerradura si así lo desea, sino por mera cortesía, y para evitar que haga una aparición demasiado impropia de su espectral dignidad. —¿Y adónde va, al abandonar el castillo? —Al cielo, espero. Aunque si es así, el lugar no es de su gusto, pues siempre regresa al cabo de una hora de ausencia. Entonces la dama se retira a su cámara, y no vuelve a aparecer durante otros cinco años.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR