—¿Y vos creéis eso, Inés?
—¿Cómo podéis preguntarme una cosa así? ¡No, no, Alfonso! Tengo
demasiados motivos para considerarme víctima de la influencia de la
superstición. Sin embargo, debo callar mi incredulidad ante la baronesa: ella
no abriga ninguna duda sobre la veracidad de esta historia. En cuanto a doña
Cunegunda, mi institutriz, declara que hace quince años vio el espectro con
sus propios ojos. Me ha contado cómo una noche se quedaron aterrados, ella y
varios criados más, cuando estaban cenando, ante la aparición de la Monja
Sangrienta, como llaman al fantasma en el castillo. Precisamente he trazado
este boceto de acuerdo con su relato, y podéis tener por seguro que no he
omitido a la propia Cunegunda. ¡Aquí está! ¡Jamás se me olvidará lo enojada
que se puso, ni su fea expresión, cuando me reprendió por haberla sacado tan
parecida!
Y señaló la figura burlesca de una vieja en actitud aterrada.
A pesar de la melancolía que me oprimía, no pude por menos de sonreír
ante la traviesa imaginación de Inés: había plasmado perfectamente el
parecido de doña Cunegunda, aunque había exagerado tanto cada uno de sus
defectos, haciendo tan irresistiblemente risibles sus rasgos, que no me fue
difícil imaginar el enfado de su dueña.
—¡La figura es admirable, mi querida Inés! No sabía que poseyerais esta
habilidad para captar lo ridículo.
—¡Aguardad un instante! —replicó—. Os voy a enseñar una figura aún
más ridícula que la de doña Cunegunda; si os gusta podéis quedárosla, dado
que es más propio que la poseáis vos.
Se levantó y fue a un mueble vecino. Abrió un cajón, sacó un pequeño
estuche, lo abrió y me lo presentó.
—¿Conocéis este rostro? —dijo sonriendo.
Era el suyo.
Conmovido por el regalo, besé el retrato con apasionamiento; me arrojé a
sus pies y le declaré mi gratitud en los términos más cálidos y afectuosos. Me
escuchó complacida y me aseguró que compartía mis sentimientos. Y de
pronto, profirió un grito, retiró la mano que yo le había cogido y huyó de la
habitación por la puerta que daba al jardín. Asombrado ante esta súbita huida,
me incorporé del suelo apresuradamente. Entonces vi a la baronesa a mi lado,
ardiendo de celos y casi sofocada de rabia. Al recobrarse de su
desvanecimiento, se había torturado la imaginación por descubrir quién era su
oculta rival. Nadie pareció merecer sus sospechas más que Inés.
Inmediatamente, corrió en busca de su sobrina, a fin de censurarla por animar mis galanteos y comprobar si eran fundadas sus conjeturas. Desgraciadamente,
había visto demasiado para necesitar ninguna otra confirmación. Había llegado
a la puerta en el preciso instante en que Inés me daba su retrato. Me oyó
profesar amor eterno a su rival y arrodillarme a sus pies. Entró a separarnos.
Nosotros estábamos demasiado pendientes el uno del otro para verla, y no nos
dimos cuenta hasta que Inés la descubrió de pie, junto a mí.
La rabia por parte de doña Rodolfa, y la confusión por la mía, nos mantuvo
callados a los dos durante unos minutos. La dama se recobró primero.
—Así que mis sospechas eran fundadas —dijo—. Ha triunfado la
coquetería de mi sobrina, y es por ella por quien me habéis sacrificado. En un
aspecto, sin embargo, soy afortunada: no seré la única en lamentar la
frustración de mi pasión. ¡También vos sabréis lo que es vivir sin esperanzas!
De un día para otro, espero recibir órdenes de devolver a Inés a sus padres.
Inmediatamente después de su llegada a España, profesará, lo que pondrá una
barrera infranqueable en vuestra unión. Podéis ahorraros vuestras súplicas —
prosiguió, al verme a punto de hablar—. Mi decisión es firme e inconmovible.
Vuestra amada permanecerá encerrada en su cámara hasta que cambie este
castillo por el claustro.
Quizá la soledad le devuelva el sentido del deber. Pero para evitar que os
opongáis a tan deseado acontecimiento, debo informaros, don Alfonso, que
vuestra presencia aquí no es grata ya ni al barón ni a mí. No es para decirle
tonterías a mi sobrina para lo que vuestros familiares os han enviado a
Alemania; vuestra misión es viajar, y lamentaría impedir más tiempo tan
excelente propósito. Adiós, señor. Recordad que mañana habremos de vernos
por última vez.
Dicho esto, me dirigió una mirada orgullosa, despectiva y malévola, y
abandonó el aposento. Yo me retiré también al mío, y me pasé la noche
planeando el medio de rescatar a Inés del poder de su tiránica tía.
Tras la tajante declaración de su dueña, me era imposible permanecer más
tiempo en el castillo de Lindenberg. Así que al día siguiente anuncié mi
inmediata partida. El barón declaró que esto le apenaba sinceramente, y se
mostró en mi favor con términos tan fervientes que traté de ganarle para mi
causa. Apenas le mencioné el nombre de Inés, me quitó la palabra, y dijo que
estaba más allá de sus posibilidades interferir en ese asunto. Vi que era inútil
discutir: la baronesa dominaba a su esposo de manera tan despótica que
comprendí que le había predispuesto contra tal unión. Inés no apareció: pedí
permiso para despedirme de ella, pero mi petición fue rechazada. No tuve más
remedio que marcharme sin verla.
Al despedirme del barón, me estrechó la mano afectuosamente, y me
aseguró que tan pronto como se marchase su sobrina, podía considerar su casa como la mía propia.
—¡Adiós, don Alfonso! —dijo la baronesa, y me tendió la mano.
Se la tomé, e hice ademán de llevármela a los labios. Ella me lo impidió.
Su esposo estaba al otro extremo de la estancia, y no podía oírnos.
—¡Cuidaos! —prosiguió ella—. Mi amor se ha convertido en odio, y mi
orgullo herido no quedará sin satisfacción. Id adonde queráis: ¡mi venganza os
seguirá!
Acompañó estas palabras con una mirada que bastaba para hacerme
temblar. No contesté, sino que me apresuré a abandonar el castillo.
En el momento en que mi coche salía del patio, miré hacia las ventanas del
aposento de vuestra hermana. No vi a nadie; volví a meterme desalentado en
mi carruaje. No me acompañaban más criados que un francés a quien había
contratado en Estrasburgo, en lugar de Stephano, y el pequeño paje del que ya
os he hablado. La fidelidad, inteligencia y buen carácter de Theodore ya
habían conquistado mi afecto. Pero ahora se dispuso a prestarme un servicio
que me haría considerarle como mi genio guardián. Apenas nos alejamos
media milla del castillo, cuando acercó su caballo a la portezuela del coche.
—¡Animaos, señor! —dijo en español, que ya había aprendido a hablar con
fluidez y corrección—. Mientras vos estabais con el barón, yo aguardé el
momento en que doña Cunegunda se encontrase abajo para subir a su cámara,
que está encima de la de doña Inés. Canté lo más alto que pude una pequeña
tonada alemana que ella conoce, con la esperanza de que reconociese mi voz.
No me equivoqué, pues no tardé en oír abrirse la ventana y dejé caer la cuerda
de que me había provisto. Al oír cerrarse la ventana otra vez recogí la cuerda,
y atada a ella encontré este trozo de papel.
Seguidamente me tendió una nota dirigida a mí. La abrí con impaciencia.
Contenía las siguientes palabras escritas a lápiz:
Ocultaos durante estas dos semanas en algún pueblo vecino. Mi tía creerá
que os habéis ido de Lindenberg y me devolverán la libertad. Estaré en este
pabellón el día treinta a las doce de la noche. No faltéis, y tendremos ocasión
de concertar nuestros planes futuros. Adiós.
Inés
Al leer estas líneas, mi emoción rebasó todos los límites, y no sé decir
cuántas expresiones de gratitud derramé sobre Theodore. La verdad es que su
habilidad y atención merecían mi más cálida alabanza. Comprenderéis que yo
no le había confiado mi pasión por Inés; pero el jovencito era demasiado listo
para no descubrir mi secreto, y demasiado discreto para no ocultar que lo
sabía. Observó en silencio lo que pasaba, y no intervino en el asunto como agente mío hasta que mis intereses lo requirieron. Admiré asimismo su
sensatez, su perspicacia, su habilidad y su fidelidad. No era la primera vez que
me resultaba de infinita utilidad, y cada día me sentía más convencido de su
viveza y capacidad. Durante mi breve estancia en Estrasburgo, se había
dedicado con interés a aprender los rudimentos del español; siguió
estudiándolo, y con tanto éxito, que lo hablaba con la misma soltura que su
lengua natal. Se pasaba casi todo el tiempo leyendo. Había adquirido muchos
conocimientos para su edad, y unía a las ventajas de un rostro vivo y una
figura atractiva un excelente entendimiento y el mejor de los corazones. Ahora
cuenta quince años. Aún está a mi servicio, y cuando le veáis, estoy seguro de
que os agradará. Pero perdonad esta digresión. Vuelvo al tema que había
dejado.
Obedecí las instrucciones de Inés. Me dirigí a Múnich. Allí dejé mi coche
al cuidado de Lucas, mi criado francés, y luego volví a caballo a un pueblecito
situado a unas cuatro millas del castillo de Lindenberg. Al llegar allí, conté
una historia al posadero en cuya posada me hospedé, a fin de evitar que le
causara extrañeza mi larga estancia en su casa. Afortunadamente, el viejo era
crédulo y poco curioso: se creyó todo lo que le dije, y no quiso saber nada más
que lo que yo consideré conveniente contarle. Conmigo no venía más que
Theodore; íbamos los dos disfrazados, y como nos manteníamos retirados,
nadie sospechó que fuésemos otra cosa que lo que parecíamos. Y así
transcurrieron cinco días. Durante ese tiempo, tuve la agradable prueba de que
Inés estaba una vez más en libertad: pasó por el pueblo con doña Cunegunda.
Parecía animada, y hablaba con su acompañante sin el menor indicio de estar
haciendo un esfuerzo.
—¿Quiénes son esas damas? —pregunté al posadero, al pasar el coche.
—La sobrina del barón de Lindenberg con su institutriz —contestó él—.
Va regularmente todos los viernes al convento de Santa Catalina, en el que se
ha educado, que se encuentra a una milla de aquí.
Podéis tener la seguridad de que esperé con impaciencia a que llegara el
viernes siguiente. Otra vez vi a mi adorable, amada. Me lanzó una mirada al
cruzar por delante de la posada. El rubor que inundó su rostro me demostró
que me había reconocido. Me incliné profundamente. Ella me devolvió el
cumplido con un leve gesto de cabeza, como el que se le hace a un inferior, y
miró hacia otro lado, hasta que el carruaje se perdió de vista.
Llegó la noche largamente esperada y deseada. Reinaba una gran quietud y
había luna llena. Tan pronto como el reloj dio las once, me dirigí
apresuradamente al lugar de la cita, deseoso de no llegar tarde. Theodore había
dispuesto una escala de cuerda. Salvé el muro del jardín sin dificultad. El paje
me siguió y retiró la escala después. Me aposté en el cenador de poniente, y esperé con impaciencia la llegada de Inés. Cada brisa que susurraba, cada hoja
que caía, creía que eran sus pasos y corría a su encuentro. Así me vi obligado a
pasar una hora entera, cada minuto de la cual me pareció un siglo. Por fin, la
campana del castillo dio las doce, y apenas pude creer que la noche no
estuviese más avanzada. Transcurrió otro cuarto de hora, y oí los callados
pasos de mi amada que se acercaban cautelosos al cenador. Corrí a su
encuentro y la llevé a un banco. Me arrojé a sus pies, y había empezado a
expresar mi gozo, cuando me interrumpió de este modo:
—No tenemos tiempo que perder, Alfonso. Los instantes son preciosos,
pues aunque ya no estoy prisionera, Cunegunda me vigila cada paso. Ha
llegado un correo de mi padre. Debo partir inmediatamente para Madrid, y he
conseguido con mucha dificultad aplazar el viaje una semana. La superstición
de mis padres, alentada por las declaraciones de mi cruel tía, no me dejan
abrigar la esperanza de mover su compasión. En este dilema, he decidido
encomendarme a vuestro honor: ¡Dios quiera que no deis jamás motivo para
arrepentirme de mi resolución! Mi único recurso para eludir los horrores de un
convento es huir, y mi imprudencia se justifica por la inminencia del peligro.
Ahora escuchad el plan por el que espero llevar a cabo mi fuga.
»Hoy es treinta de abril. Dentro de cinco días se espera que aparezca el
espectro de la monja. En mi última visita al convento conseguí ropa apropiada
para ese personaje: una amiga que tengo allí, a la que he confiado sin temor
alguno mi secreto, accedió de buen grado a proporcionarme un hábito de
religiosa. Conseguid un coche y estad cerca de la puerta grande del castillo.
Tan pronto como el reloj dé la una, saldré de mi aposento vestida con el
mismo atuendo que se supone que lleva el fantasma. Quienquiera que me vea
se quedará demasiado aterrado para interponerse en mi camino. Llegaré
fácilmente a la puerta, y me pondré bajo vuestra protección. De este modo, el
éxito será seguro. Pero, ¡oh, Alfonso, si me engañarais! Si despreciarais mi
imprudencia y la recompensarais con la ingratitud, ¡en el mundo no habrá un
ser más desdichado que yo! Sé a qué peligros me voy a exponer. Sé que voy a
daros el derecho a tratarme con liviandad. ¡Pero confío en vuestro amor, en
vuestro honor! El paso que estoy a punto de dar levantará a mis parientes
contra mí: si me abandonáis, si traicionáis la confianza que deposito en vos, no
tendré a ningún amigo que castigue vuestra afrenta ni defienda mi causa. Sólo
en vos descansa toda mi esperanza; si vuestro corazón no sale en mi favor, ¡me
habré perdido para siempre!
El tono en que pronunció estas palabras fue tan conmovedor, que a pesar
de mi gozo al escuchar su promesa de seguirme, no pude por menos de
sentirme afectado. Lamentaba en secreto no haber tomado la precaución de
traer un coche al pueblo, en cuyo caso podía haberme llevado a Inés esa
misma noche. Tal decisión era ahora irrealizable: el coche y los caballos estaban en Múnich, que distaba de Lindenberg dos días largos de viaje. Así
que me vi obligado a aceptar su plan, que en definitiva me parecía bastante
bueno. Su disfraz impediría que la detuviesen en el momento de salir del
castillo, y le permitiría subir en el coche en la misma puerta del castillo sin
dificultades ni pérdidas de tiempo.
Inés apoyó tristemente la cabeza en mi hombro, y a la luz de la luna vi que
le corrían las lágrimas por las mejillas. Me esforcé en disipar su melancolía y
la animé a pensar en' nuestra felicidad futura. Prometí con los más solemnes
términos que su virtud e inocencia estarían a salvo bajo mi custodia, y que
hasta tanto la iglesia no la hiciese mi esposa legítima, su honor sería para mí
tan sagrado como el de una hermana. Le dije que mi primer cuidado sería
buscaros, Lorenzo, para que aprobaseis nuestra unión; y seguí hablando en
estos mismos términos, cuando me alarmó un ruido del exterior. De pronto se
abrió la puerta del cenador y surgió Cunegunda ante nosotros. Había oído salir
a Inés sigilosamente de su aposento; la siguió al jardín y la vio entrar en el
cenador. Protegida por los árboles, pasó sin ser vista por Theodore, que me
esperaba a cierta distancia, se acercó en silencio y oyó toda nuestra
conversación.
—¡Admirable! —exclamó Cunegunda con voz destemplada por la ira—:
¡Por Santa Bárbara, señora, excelente invención la vuestra! ¡Haceros pasar por
la Monja Sangrienta! ¡Qué impiedad! ¡Qué descreimiento! Hacedlo; tengo
intención de dejaros llevar a cabo vuestro plan: ¡cuando os enfrentéis con el
fantasma de verdad, os aseguro que vais a encontraros en bonita situación!
Don Alfonso, deberíais avergonzaron de haber seducido a una criatura joven e
ignorante, y haberla inducido a abandonar a su familia y sus amigos. Sin
embargo, por esta vez al menos he malogrado vuestros malvados proyectos.
Informaré de todo esto a la noble dama, e Inés tendrá que esperar una ocasión
más propicia para representar el papel de espectro. Adiós, señor. Doña Inés,
hacedme el honor de conducir vuestra espectralidad de nuevo a vuestro
aposento.
Se acercó al sofá en el que la temblorosa discípula estaba sentada, la cogió
de la mano y se dispuso a sacarla del cenador.
La detuve, y traté, con súplicas, promesas, halagos y dulzura, de ganarla
para mi causa. Pero viendo que era inútil cuanto decía, renuncié a seguir
intentándolo.
—Vuestra terquedad será vuestro propio castigo —dije—. Me queda un
recurso para salvarnos Inés y yo, y no vacilaré en emplearlo.
Aterrada ante esta amenaza, pugnó otra vez por abandonar el cenador. Pero
yo la cogí por la muñeca y la retuve a la fuerza. En ese mismo instante,
Theodore, que la había seguido, cerró la puerta, impidiendo que escapara.
Cogí el velo de Inés y se lo até a la dueña alrededor de la cabeza, ya que
profería tan penetrantes chillidos que, a pesar de lo distantes que estábamos
del castillo, temí que la oyeran. Finalmente, conseguí amordazarla tan
completamente que no pudo emitir un solo grito. Entre Theodore y yo
conseguimos atarle las manos y los pies con alguna dificultad, valiéndonos de
nuestros pañuelos, y aconsejamos a Inés que volviese a su aposento a toda
prisa. Le prometí que Cunegunda no sufriría ningún daño, le pedí que
recordase que el cinco de mayo la esperaba a la entrada principal del castillo, y
me despedí cariñosamente de ella. Temblorosa y desasosegada, apenas tuvo
fuerzas para manifestar su conformidad con el plan, y huyó a su aposento
trastornada y confundida.
Entretanto, Theodore me ayudó a llevarme a mi anticuada presa. La izamos
por encima del muro, la coloqué sobre el caballo, delante de mí, como un saco
de viaje, y me alejé al galope del castillo de Lindenberg. Jamás había hecho la
desventurada dueña un viaje más desagradable en su vida. Recibió tantos
golpes y sacudidas que al final pareció poco más animada que una momia. Y
no hablemos del miedo que pasó cuando vadeamos un riachuelo, el cual
tuvimos que cruzar para regresar al pueblo. Antes de llegar a la posada, ya
había decidido yo qué hacer con la engorrosa Cunegunda. Entramos en la calle
donde se encontraba la posada, y mientras llamaba el paje a la puerta, yo
esperé a cierta distancia. Abrió el posadero con una lámpara en la mano.
—¡Dadme la luz! —dijo Theodore—. Mi señor viene ahora.
Le cogió la lámpara precipitadamente y la dejó caer al suelo adrede. El
posadero regresó a la cocina para encenderla otra vez, dejando la puerta
abierta. Aprovechando la oscuridad, salí de detrás del caballo con Cunegunda
en brazos, subí corriendo la escalera, entré en mi aposento sin sed, visto, y
abriendo la puerta de un armario espacioso, la metí allí; luego cerré con llave.
El posadero y Theodore aparecieron poco después con luces. El primero se
mostró algo sorprendido de mi tardío regreso, pero no me hizo preguntas
indiscretas. Se marchó poco después de la habitación, dejando que disfrutara a
mis anchas del éxito de mi empresa.
Acto seguido, hice una visita a mi prisionera. Me esforcé en persuadirla
para que se sometiese con paciencia a su encierro transitorio. Fueron inútiles
todos mis intentos. Imposibilitada para hablar ni moverse, expresaba su furia
con miradas; y salvo en las comidas, no me atreví a desatarla ni librarla de la
mordaza. En tales ocasiones, la tenía con una espada sobre ella, declarándole
que como diese un solo grito se la hundiría en el pecho. Tan pronto como
terminaba de comer, volvía a ponerle la mordaza. Yo me daba cuenta de que
este procedimiento era cruel, y sólo puede justificarse por la urgencia de las
circunstancias. En cuanto a Theodore, no tenía el menor escrúpulo a este
respecto. La cautividad de Cunegunda le divertía lo indecible. Durante su estancia en el castillo, había habido una continua guerra entre él y la dueña, y
ahora que tenía a su enemiga tan absolutamente bajo su poder gozaba de su
triunfo sin misericordia. Parecía no pensar en otra cosa que en la forma de
atormentarla. Unas veces fingía compadecerse de su desventura, luego se reía
de ella, la injuriaba y la remedaba; le hacía mil diabluras, cada una más
molesta que las otras, y se divertía diciéndole que su secuestro debió de causar
honda sorpresa en casa del barón. En realidad, así era. Nadie excepto Inés
podía imaginar qué le había sucedido a doña Cunegunda. La buscaron por
todos los rincones. Dragaron los estanques y efectuaron un completo registro
del bosque. Sin embargo, doña Cunegunda no apareció. Inés guardó silencio, y
yo guardé a la dueña. Así que la baronesa estuvo en completa ignorancia
respecto al destino de la vieja, aunque sospechaba que se había suicidado. Así
transcurrieron cinco días, durante los cuales preparé todo lo necesario para mi
empresa. Al despedirme de Inés, había hecho mi primera diligencia enviando a
un campesino a Múnich con una carta para Lucas, en la que le ordenaba que
cuidase de tener un coche y cuatro caballos, a las diez en punto de la noche del
5 de mayo, en el pueblo de Rosenwald. Obedeció mis instrucciones
puntualmente. El carruaje llegó a la hora señalada. A medida que se acercaba
el momento del rapto de su ama, la rabia de Cunegunda aumentaba.
Sinceramente creo que la ira y el enojo la habrían matado, de no descubrir yo
felizmente su predilección por el licor de cerezas. Le suministramos en
abundancia esta bebida favorita; y como Theodore estaba siempre vigilándola,
se le pudo quitar la mordaza de cuando en cuando. El licor parecía producir el
maravilloso efecto de suavizar la acritud de su naturaleza; y dado que su
cautiverio no le permitía ningún otro entretenimiento, se embriagaba
regularmente una vez al día, a modo de pasatiempo.
¡Llegó el 5 de mayo, fecha que no olvidaré jamás! Antes de que el reloj
diese las doce, acudí al escenario de la acción. Theodore me siguió a caballo.
Oculté el coche en una espaciosa caverna del monte, en cuya cima se alzaba el
castillo. Dicha caverna era de considerable profundidad, y los del lugar la
conocían con el nombre de la Cueva de Lindenberg. La noche era serena y
hermosa. La luna bañaba las antiguas torres del castillo y derramaba su luz
plateada sobre sus coronamientos. Todo estaba callado a mi alrededor. No se
oía más que la brisa de la noche suspirando entre las hojas, el ladrido lejano de
los perros del pueblo, o el búho que se había instalado en un rincón de la
deshabitada torre oriental. Oí su chillido melancólico y miré hacia arriba.
Estaba posado en el antepecho de una ventana, que yo reconocí como la de la
habitación embrujada. Esto me recordó la historia de la Monja Sangrienta, y
suspiré, al pensar en la influencia de la superstición y la debilidad de la razón
humana. De pronto, oí elevarse un débil coro en el silencio de la noche.
—¿Cuál puede ser la causa de esos sonidos, Theodore?
—Un distinguido extranjero —replicó él— ha pasado hoy por el pueblo,
camino del castillo: se dice que es el padre de doña Inés. Sin duda el barón ha
dado una fiesta para celebrar su llegada.
La campana del castillo anunció la hora de la medianoche. Esta era señal
habitual para que la familia se retirase a descansar. Poco después, vi luces en
el castillo que iban de un lado a otro en distintas direcciones. Supuse que cada
uno se retiraba a su habitación. Pude oír el chirrido de las pesadas puertas al
abrirse con dificultad; y al cerrarse otra vez, retemblar las podridas
contraventanas en sus marcos. El aposento de Inés estaba en el otro extremo
del castillo. Temblé al pensar si habría podido conseguir la llave de la
habitación embrujada: era preciso que pasara por ella para llegar a la estrecha
escalera por la que se suponía que bajaría el fantasma al gran salón.
Angustiado por este temor, mantuve los ojos constantemente fijos en la
ventana, donde esperaba vislumbrar el amistoso resplandor de la lámpara de
Inés. Ahora oí descorrer las pesadas puertas del castillo. Merced a la vela que
llevaba en la mano, reconocí al viejo Conrad, el portero. Abrió las puertas de
par en par y se retiró. Las luces del castillo desaparecieron gradualmente, y
finalmente el edificio entero se sumió en tinieblas.
Sentado en la quebrada cima de la colina, la quietud del escenario me
inspiró melancólicas ideas, no del todo desagradables. El castillo, que ahora
tenía plenamente a la vista, constituía un objeto a la vez pintoresco y
tremendo. Sus gruesas murallas, que la luna teñía con solemne brillantez, sus
viejas y medio ruinosas torres elevándose en las nubes y dominando ceñudas
las llanuras que las rodeaban, sus altas almenas cubiertas de hiedra y el puente
levadizo tendido en honor a la espectral moradora, me producían un miedo
fúnebre y reverencial. Sin embargo, no me absorbían estas sensaciones hasta el
punto de no darme cuenta con impaciencia del lento progreso del tiempo. Me
acerqué al castillo y me aventuré a rodearlo. Todavía brillaban unos rayos de
luz en el aposento de Inés. Los observé con alegría. Y mientras miraba, una
figura se acercó a la ventana y corrió cuidadosamente la cortina para ocultar la
lámpara que ardía allí. Convencido por este detalle de que Inés no había
abandonado nuestro plan, regresé animado a mi puesto.
¡Sonó la media! ¡Los tres cuartos! Mi pecho latía de prisa con esperanza y
expectación. Finalmente, sonó la hora deseada. La campana dio la una, y la
mansión reprodujo su sonido con eco grave y solemne. Miré la ventana de la
habitación encantada. Apenas habían transcurrido cinco minutos, cuando
apareció la esperada luz. Me hallaba ahora cerca de la torre. La ventana no
estaba excesivamente alta, pero me pareció percibir una figura femenina, con
una lámpara en la mano, que recorría lentamente el aposento. No tardó en
desvanecerse la luz, quedando todo oscuro y tenebroso otra vez. De las
ventanas de la escalera brotaban ocasionales destellos luminosos, a medida que el adorable fantasma pasaba por delante de ellas. Seguí la luz a través del
salón: llegó a la entrada, y por fin vi a Inés cruzar el puente levadizo. Iba
vestida exactamente como me había descrito al espectro. De su brazo colgaba
un rosario, llevaba la cabeza oculta en un largo velo blanco; su hábito de
monja estaba manchado de sangre, y había tenido el cuidado de proveerse de
una lámpara y una daga. Avanzó hacia el lugar donde yo estaba. Corrí a su
encuentro y la estreché entre mis brazos.
—¡Inés! —dije mientras la apretaba contra mi pecho,
¡Inés! ¡Inés! ¡Ya eres mía!
¡Inés! ¡Inés! ¡Ya soy tuyo!
¡Mientras corra sangre por mis venas Serás mía!
¡Seré tuyo!
¡Tuyo mi cuerpo! ¡Tuya mi vida!
Aterrada y sin aliento, fue incapaz de decir nada: soltó la lámpara y la
daga, y se desplomó en silencio sobre mi pecho. La alcé en brazos y la llevé al
coche. Theodore se quedó para liberar a doña Cunegunda. También le di una,
carta para la baronesa, explicándole todo el asunto, y suplicándole la ayuda de
sus buenos oficios para que don Gastón accediese a mi unión con su hija. Le
descubría mi verdadero nombre. Le demostraba que mi cuna y expectativas
justificaban mis aspiraciones a la mano de su sobrina, y le aseguraba que,
aunque no me era posible corresponder a su amor, me esforzaría
incansablemente en conseguir su estima y amistad.
Subí al coche, en el que ya se había acomodado Inés. Theodore cerró la
puerta, y los postillones emprendieron la marcha. Al principio me alegró la
velocidad de nuestra marcha. Pero tan pronto como desapareció el peligro de
que fuéramos perseguidos, llamé a los cocheros y les pedí que moderaran el
paso. Trataron en vano de obedecerme. Los caballos se negaban a responder a
las riendas, y siguieron corriendo a asombrosa velocidad. Los postillones
redoblaron sus esfuerzos por detenerlos, pero coceando y saltando, las bestias
se libraron de sus frenos. Con un tremendo alarido, los conductores salieron
despedidos del pescante. Inmediatamente, unas nubes espesas oscurecieron el
cielo. Los vientos aullaron a nuestro alrededor, los relámpagos fulguraron y
los truenos estallaron de manera enloquecedora. ¡Jamás había presenciado una
tempestad más espantosa! Aterrados, los caballos parecían aumentar a cada
instante su velocidad. Nada podía interrumpir su carrera. Arrastraban el
carruaje a través de setos y zanjas, saltaban los más peligrosos precipicios, y
parecían competir en velocidad con la rapidez de los vientos.