Capitulo 12

4876 Palabras
—¿Y vos creéis eso, Inés? —¿Cómo podéis preguntarme una cosa así? ¡No, no, Alfonso! Tengo demasiados motivos para considerarme víctima de la influencia de la superstición. Sin embargo, debo callar mi incredulidad ante la baronesa: ella no abriga ninguna duda sobre la veracidad de esta historia. En cuanto a doña Cunegunda, mi institutriz, declara que hace quince años vio el espectro con sus propios ojos. Me ha contado cómo una noche se quedaron aterrados, ella y varios criados más, cuando estaban cenando, ante la aparición de la Monja Sangrienta, como llaman al fantasma en el castillo. Precisamente he trazado este boceto de acuerdo con su relato, y podéis tener por seguro que no he omitido a la propia Cunegunda. ¡Aquí está! ¡Jamás se me olvidará lo enojada que se puso, ni su fea expresión, cuando me reprendió por haberla sacado tan parecida! Y señaló la figura burlesca de una vieja en actitud aterrada. A pesar de la melancolía que me oprimía, no pude por menos de sonreír ante la traviesa imaginación de Inés: había plasmado perfectamente el parecido de doña Cunegunda, aunque había exagerado tanto cada uno de sus defectos, haciendo tan irresistiblemente risibles sus rasgos, que no me fue difícil imaginar el enfado de su dueña. —¡La figura es admirable, mi querida Inés! No sabía que poseyerais esta habilidad para captar lo ridículo. —¡Aguardad un instante! —replicó—. Os voy a enseñar una figura aún más ridícula que la de doña Cunegunda; si os gusta podéis quedárosla, dado que es más propio que la poseáis vos. Se levantó y fue a un mueble vecino. Abrió un cajón, sacó un pequeño estuche, lo abrió y me lo presentó. —¿Conocéis este rostro? —dijo sonriendo. Era el suyo. Conmovido por el regalo, besé el retrato con apasionamiento; me arrojé a sus pies y le declaré mi gratitud en los términos más cálidos y afectuosos. Me escuchó complacida y me aseguró que compartía mis sentimientos. Y de pronto, profirió un grito, retiró la mano que yo le había cogido y huyó de la habitación por la puerta que daba al jardín. Asombrado ante esta súbita huida, me incorporé del suelo apresuradamente. Entonces vi a la baronesa a mi lado, ardiendo de celos y casi sofocada de rabia. Al recobrarse de su desvanecimiento, se había torturado la imaginación por descubrir quién era su oculta rival. Nadie pareció merecer sus sospechas más que Inés. Inmediatamente, corrió en busca de su sobrina, a fin de censurarla por animar mis galanteos y comprobar si eran fundadas sus conjeturas. Desgraciadamente, había visto demasiado para necesitar ninguna otra confirmación. Había llegado a la puerta en el preciso instante en que Inés me daba su retrato. Me oyó profesar amor eterno a su rival y arrodillarme a sus pies. Entró a separarnos. Nosotros estábamos demasiado pendientes el uno del otro para verla, y no nos dimos cuenta hasta que Inés la descubrió de pie, junto a mí. La rabia por parte de doña Rodolfa, y la confusión por la mía, nos mantuvo callados a los dos durante unos minutos. La dama se recobró primero. —Así que mis sospechas eran fundadas —dijo—. Ha triunfado la coquetería de mi sobrina, y es por ella por quien me habéis sacrificado. En un aspecto, sin embargo, soy afortunada: no seré la única en lamentar la frustración de mi pasión. ¡También vos sabréis lo que es vivir sin esperanzas! De un día para otro, espero recibir órdenes de devolver a Inés a sus padres. Inmediatamente después de su llegada a España, profesará, lo que pondrá una barrera infranqueable en vuestra unión. Podéis ahorraros vuestras súplicas — prosiguió, al verme a punto de hablar—. Mi decisión es firme e inconmovible. Vuestra amada permanecerá encerrada en su cámara hasta que cambie este castillo por el claustro. Quizá la soledad le devuelva el sentido del deber. Pero para evitar que os opongáis a tan deseado acontecimiento, debo informaros, don Alfonso, que vuestra presencia aquí no es grata ya ni al barón ni a mí. No es para decirle tonterías a mi sobrina para lo que vuestros familiares os han enviado a Alemania; vuestra misión es viajar, y lamentaría impedir más tiempo tan excelente propósito. Adiós, señor. Recordad que mañana habremos de vernos por última vez. Dicho esto, me dirigió una mirada orgullosa, despectiva y malévola, y abandonó el aposento. Yo me retiré también al mío, y me pasé la noche planeando el medio de rescatar a Inés del poder de su tiránica tía. Tras la tajante declaración de su dueña, me era imposible permanecer más tiempo en el castillo de Lindenberg. Así que al día siguiente anuncié mi inmediata partida. El barón declaró que esto le apenaba sinceramente, y se mostró en mi favor con términos tan fervientes que traté de ganarle para mi causa. Apenas le mencioné el nombre de Inés, me quitó la palabra, y dijo que estaba más allá de sus posibilidades interferir en ese asunto. Vi que era inútil discutir: la baronesa dominaba a su esposo de manera tan despótica que comprendí que le había predispuesto contra tal unión. Inés no apareció: pedí permiso para despedirme de ella, pero mi petición fue rechazada. No tuve más remedio que marcharme sin verla. Al despedirme del barón, me estrechó la mano afectuosamente, y me aseguró que tan pronto como se marchase su sobrina, podía considerar su casa como la mía propia. —¡Adiós, don Alfonso! —dijo la baronesa, y me tendió la mano. Se la tomé, e hice ademán de llevármela a los labios. Ella me lo impidió. Su esposo estaba al otro extremo de la estancia, y no podía oírnos. —¡Cuidaos! —prosiguió ella—. Mi amor se ha convertido en odio, y mi orgullo herido no quedará sin satisfacción. Id adonde queráis: ¡mi venganza os seguirá! Acompañó estas palabras con una mirada que bastaba para hacerme temblar. No contesté, sino que me apresuré a abandonar el castillo. En el momento en que mi coche salía del patio, miré hacia las ventanas del aposento de vuestra hermana. No vi a nadie; volví a meterme desalentado en mi carruaje. No me acompañaban más criados que un francés a quien había contratado en Estrasburgo, en lugar de Stephano, y el pequeño paje del que ya os he hablado. La fidelidad, inteligencia y buen carácter de Theodore ya habían conquistado mi afecto. Pero ahora se dispuso a prestarme un servicio que me haría considerarle como mi genio guardián. Apenas nos alejamos media milla del castillo, cuando acercó su caballo a la portezuela del coche. —¡Animaos, señor! —dijo en español, que ya había aprendido a hablar con fluidez y corrección—. Mientras vos estabais con el barón, yo aguardé el momento en que doña Cunegunda se encontrase abajo para subir a su cámara, que está encima de la de doña Inés. Canté lo más alto que pude una pequeña tonada alemana que ella conoce, con la esperanza de que reconociese mi voz. No me equivoqué, pues no tardé en oír abrirse la ventana y dejé caer la cuerda de que me había provisto. Al oír cerrarse la ventana otra vez recogí la cuerda, y atada a ella encontré este trozo de papel. Seguidamente me tendió una nota dirigida a mí. La abrí con impaciencia. Contenía las siguientes palabras escritas a lápiz: Ocultaos durante estas dos semanas en algún pueblo vecino. Mi tía creerá que os habéis ido de Lindenberg y me devolverán la libertad. Estaré en este pabellón el día treinta a las doce de la noche. No faltéis, y tendremos ocasión de concertar nuestros planes futuros. Adiós. Inés Al leer estas líneas, mi emoción rebasó todos los límites, y no sé decir cuántas expresiones de gratitud derramé sobre Theodore. La verdad es que su habilidad y atención merecían mi más cálida alabanza. Comprenderéis que yo no le había confiado mi pasión por Inés; pero el jovencito era demasiado listo para no descubrir mi secreto, y demasiado discreto para no ocultar que lo sabía. Observó en silencio lo que pasaba, y no intervino en el asunto como agente mío hasta que mis intereses lo requirieron. Admiré asimismo su sensatez, su perspicacia, su habilidad y su fidelidad. No era la primera vez que me resultaba de infinita utilidad, y cada día me sentía más convencido de su viveza y capacidad. Durante mi breve estancia en Estrasburgo, se había dedicado con interés a aprender los rudimentos del español; siguió estudiándolo, y con tanto éxito, que lo hablaba con la misma soltura que su lengua natal. Se pasaba casi todo el tiempo leyendo. Había adquirido muchos conocimientos para su edad, y unía a las ventajas de un rostro vivo y una figura atractiva un excelente entendimiento y el mejor de los corazones. Ahora cuenta quince años. Aún está a mi servicio, y cuando le veáis, estoy seguro de que os agradará. Pero perdonad esta digresión. Vuelvo al tema que había dejado. Obedecí las instrucciones de Inés. Me dirigí a Múnich. Allí dejé mi coche al cuidado de Lucas, mi criado francés, y luego volví a caballo a un pueblecito situado a unas cuatro millas del castillo de Lindenberg. Al llegar allí, conté una historia al posadero en cuya posada me hospedé, a fin de evitar que le causara extrañeza mi larga estancia en su casa. Afortunadamente, el viejo era crédulo y poco curioso: se creyó todo lo que le dije, y no quiso saber nada más que lo que yo consideré conveniente contarle. Conmigo no venía más que Theodore; íbamos los dos disfrazados, y como nos manteníamos retirados, nadie sospechó que fuésemos otra cosa que lo que parecíamos. Y así transcurrieron cinco días. Durante ese tiempo, tuve la agradable prueba de que Inés estaba una vez más en libertad: pasó por el pueblo con doña Cunegunda. Parecía animada, y hablaba con su acompañante sin el menor indicio de estar haciendo un esfuerzo. —¿Quiénes son esas damas? —pregunté al posadero, al pasar el coche. —La sobrina del barón de Lindenberg con su institutriz —contestó él—. Va regularmente todos los viernes al convento de Santa Catalina, en el que se ha educado, que se encuentra a una milla de aquí. Podéis tener la seguridad de que esperé con impaciencia a que llegara el viernes siguiente. Otra vez vi a mi adorable, amada. Me lanzó una mirada al cruzar por delante de la posada. El rubor que inundó su rostro me demostró que me había reconocido. Me incliné profundamente. Ella me devolvió el cumplido con un leve gesto de cabeza, como el que se le hace a un inferior, y miró hacia otro lado, hasta que el carruaje se perdió de vista. Llegó la noche largamente esperada y deseada. Reinaba una gran quietud y había luna llena. Tan pronto como el reloj dio las once, me dirigí apresuradamente al lugar de la cita, deseoso de no llegar tarde. Theodore había dispuesto una escala de cuerda. Salvé el muro del jardín sin dificultad. El paje me siguió y retiró la escala después. Me aposté en el cenador de poniente, y esperé con impaciencia la llegada de Inés. Cada brisa que susurraba, cada hoja que caía, creía que eran sus pasos y corría a su encuentro. Así me vi obligado a pasar una hora entera, cada minuto de la cual me pareció un siglo. Por fin, la campana del castillo dio las doce, y apenas pude creer que la noche no estuviese más avanzada. Transcurrió otro cuarto de hora, y oí los callados pasos de mi amada que se acercaban cautelosos al cenador. Corrí a su encuentro y la llevé a un banco. Me arrojé a sus pies, y había empezado a expresar mi gozo, cuando me interrumpió de este modo: —No tenemos tiempo que perder, Alfonso. Los instantes son preciosos, pues aunque ya no estoy prisionera, Cunegunda me vigila cada paso. Ha llegado un correo de mi padre. Debo partir inmediatamente para Madrid, y he conseguido con mucha dificultad aplazar el viaje una semana. La superstición de mis padres, alentada por las declaraciones de mi cruel tía, no me dejan abrigar la esperanza de mover su compasión. En este dilema, he decidido encomendarme a vuestro honor: ¡Dios quiera que no deis jamás motivo para arrepentirme de mi resolución! Mi único recurso para eludir los horrores de un convento es huir, y mi imprudencia se justifica por la inminencia del peligro. Ahora escuchad el plan por el que espero llevar a cabo mi fuga. »Hoy es treinta de abril. Dentro de cinco días se espera que aparezca el espectro de la monja. En mi última visita al convento conseguí ropa apropiada para ese personaje: una amiga que tengo allí, a la que he confiado sin temor alguno mi secreto, accedió de buen grado a proporcionarme un hábito de religiosa. Conseguid un coche y estad cerca de la puerta grande del castillo. Tan pronto como el reloj dé la una, saldré de mi aposento vestida con el mismo atuendo que se supone que lleva el fantasma. Quienquiera que me vea se quedará demasiado aterrado para interponerse en mi camino. Llegaré fácilmente a la puerta, y me pondré bajo vuestra protección. De este modo, el éxito será seguro. Pero, ¡oh, Alfonso, si me engañarais! Si despreciarais mi imprudencia y la recompensarais con la ingratitud, ¡en el mundo no habrá un ser más desdichado que yo! Sé a qué peligros me voy a exponer. Sé que voy a daros el derecho a tratarme con liviandad. ¡Pero confío en vuestro amor, en vuestro honor! El paso que estoy a punto de dar levantará a mis parientes contra mí: si me abandonáis, si traicionáis la confianza que deposito en vos, no tendré a ningún amigo que castigue vuestra afrenta ni defienda mi causa. Sólo en vos descansa toda mi esperanza; si vuestro corazón no sale en mi favor, ¡me habré perdido para siempre! El tono en que pronunció estas palabras fue tan conmovedor, que a pesar de mi gozo al escuchar su promesa de seguirme, no pude por menos de sentirme afectado. Lamentaba en secreto no haber tomado la precaución de traer un coche al pueblo, en cuyo caso podía haberme llevado a Inés esa misma noche. Tal decisión era ahora irrealizable: el coche y los caballos estaban en Múnich, que distaba de Lindenberg dos días largos de viaje. Así que me vi obligado a aceptar su plan, que en definitiva me parecía bastante bueno. Su disfraz impediría que la detuviesen en el momento de salir del castillo, y le permitiría subir en el coche en la misma puerta del castillo sin dificultades ni pérdidas de tiempo. Inés apoyó tristemente la cabeza en mi hombro, y a la luz de la luna vi que le corrían las lágrimas por las mejillas. Me esforcé en disipar su melancolía y la animé a pensar en' nuestra felicidad futura. Prometí con los más solemnes términos que su virtud e inocencia estarían a salvo bajo mi custodia, y que hasta tanto la iglesia no la hiciese mi esposa legítima, su honor sería para mí tan sagrado como el de una hermana. Le dije que mi primer cuidado sería buscaros, Lorenzo, para que aprobaseis nuestra unión; y seguí hablando en estos mismos términos, cuando me alarmó un ruido del exterior. De pronto se abrió la puerta del cenador y surgió Cunegunda ante nosotros. Había oído salir a Inés sigilosamente de su aposento; la siguió al jardín y la vio entrar en el cenador. Protegida por los árboles, pasó sin ser vista por Theodore, que me esperaba a cierta distancia, se acercó en silencio y oyó toda nuestra conversación. —¡Admirable! —exclamó Cunegunda con voz destemplada por la ira—: ¡Por Santa Bárbara, señora, excelente invención la vuestra! ¡Haceros pasar por la Monja Sangrienta! ¡Qué impiedad! ¡Qué descreimiento! Hacedlo; tengo intención de dejaros llevar a cabo vuestro plan: ¡cuando os enfrentéis con el fantasma de verdad, os aseguro que vais a encontraros en bonita situación! Don Alfonso, deberíais avergonzaron de haber seducido a una criatura joven e ignorante, y haberla inducido a abandonar a su familia y sus amigos. Sin embargo, por esta vez al menos he malogrado vuestros malvados proyectos. Informaré de todo esto a la noble dama, e Inés tendrá que esperar una ocasión más propicia para representar el papel de espectro. Adiós, señor. Doña Inés, hacedme el honor de conducir vuestra espectralidad de nuevo a vuestro aposento. Se acercó al sofá en el que la temblorosa discípula estaba sentada, la cogió de la mano y se dispuso a sacarla del cenador. La detuve, y traté, con súplicas, promesas, halagos y dulzura, de ganarla para mi causa. Pero viendo que era inútil cuanto decía, renuncié a seguir intentándolo. —Vuestra terquedad será vuestro propio castigo —dije—. Me queda un recurso para salvarnos Inés y yo, y no vacilaré en emplearlo. Aterrada ante esta amenaza, pugnó otra vez por abandonar el cenador. Pero yo la cogí por la muñeca y la retuve a la fuerza. En ese mismo instante, Theodore, que la había seguido, cerró la puerta, impidiendo que escapara. Cogí el velo de Inés y se lo até a la dueña alrededor de la cabeza, ya que profería tan penetrantes chillidos que, a pesar de lo distantes que estábamos del castillo, temí que la oyeran. Finalmente, conseguí amordazarla tan completamente que no pudo emitir un solo grito. Entre Theodore y yo conseguimos atarle las manos y los pies con alguna dificultad, valiéndonos de nuestros pañuelos, y aconsejamos a Inés que volviese a su aposento a toda prisa. Le prometí que Cunegunda no sufriría ningún daño, le pedí que recordase que el cinco de mayo la esperaba a la entrada principal del castillo, y me despedí cariñosamente de ella. Temblorosa y desasosegada, apenas tuvo fuerzas para manifestar su conformidad con el plan, y huyó a su aposento trastornada y confundida. Entretanto, Theodore me ayudó a llevarme a mi anticuada presa. La izamos por encima del muro, la coloqué sobre el caballo, delante de mí, como un saco de viaje, y me alejé al galope del castillo de Lindenberg. Jamás había hecho la desventurada dueña un viaje más desagradable en su vida. Recibió tantos golpes y sacudidas que al final pareció poco más animada que una momia. Y no hablemos del miedo que pasó cuando vadeamos un riachuelo, el cual tuvimos que cruzar para regresar al pueblo. Antes de llegar a la posada, ya había decidido yo qué hacer con la engorrosa Cunegunda. Entramos en la calle donde se encontraba la posada, y mientras llamaba el paje a la puerta, yo esperé a cierta distancia. Abrió el posadero con una lámpara en la mano. —¡Dadme la luz! —dijo Theodore—. Mi señor viene ahora. Le cogió la lámpara precipitadamente y la dejó caer al suelo adrede. El posadero regresó a la cocina para encenderla otra vez, dejando la puerta abierta. Aprovechando la oscuridad, salí de detrás del caballo con Cunegunda en brazos, subí corriendo la escalera, entré en mi aposento sin sed, visto, y abriendo la puerta de un armario espacioso, la metí allí; luego cerré con llave. El posadero y Theodore aparecieron poco después con luces. El primero se mostró algo sorprendido de mi tardío regreso, pero no me hizo preguntas indiscretas. Se marchó poco después de la habitación, dejando que disfrutara a mis anchas del éxito de mi empresa. Acto seguido, hice una visita a mi prisionera. Me esforcé en persuadirla para que se sometiese con paciencia a su encierro transitorio. Fueron inútiles todos mis intentos. Imposibilitada para hablar ni moverse, expresaba su furia con miradas; y salvo en las comidas, no me atreví a desatarla ni librarla de la mordaza. En tales ocasiones, la tenía con una espada sobre ella, declarándole que como diese un solo grito se la hundiría en el pecho. Tan pronto como terminaba de comer, volvía a ponerle la mordaza. Yo me daba cuenta de que este procedimiento era cruel, y sólo puede justificarse por la urgencia de las circunstancias. En cuanto a Theodore, no tenía el menor escrúpulo a este respecto. La cautividad de Cunegunda le divertía lo indecible. Durante su estancia en el castillo, había habido una continua guerra entre él y la dueña, y ahora que tenía a su enemiga tan absolutamente bajo su poder gozaba de su triunfo sin misericordia. Parecía no pensar en otra cosa que en la forma de atormentarla. Unas veces fingía compadecerse de su desventura, luego se reía de ella, la injuriaba y la remedaba; le hacía mil diabluras, cada una más molesta que las otras, y se divertía diciéndole que su secuestro debió de causar honda sorpresa en casa del barón. En realidad, así era. Nadie excepto Inés podía imaginar qué le había sucedido a doña Cunegunda. La buscaron por todos los rincones. Dragaron los estanques y efectuaron un completo registro del bosque. Sin embargo, doña Cunegunda no apareció. Inés guardó silencio, y yo guardé a la dueña. Así que la baronesa estuvo en completa ignorancia respecto al destino de la vieja, aunque sospechaba que se había suicidado. Así transcurrieron cinco días, durante los cuales preparé todo lo necesario para mi empresa. Al despedirme de Inés, había hecho mi primera diligencia enviando a un campesino a Múnich con una carta para Lucas, en la que le ordenaba que cuidase de tener un coche y cuatro caballos, a las diez en punto de la noche del 5 de mayo, en el pueblo de Rosenwald. Obedeció mis instrucciones puntualmente. El carruaje llegó a la hora señalada. A medida que se acercaba el momento del rapto de su ama, la rabia de Cunegunda aumentaba. Sinceramente creo que la ira y el enojo la habrían matado, de no descubrir yo felizmente su predilección por el licor de cerezas. Le suministramos en abundancia esta bebida favorita; y como Theodore estaba siempre vigilándola, se le pudo quitar la mordaza de cuando en cuando. El licor parecía producir el maravilloso efecto de suavizar la acritud de su naturaleza; y dado que su cautiverio no le permitía ningún otro entretenimiento, se embriagaba regularmente una vez al día, a modo de pasatiempo. ¡Llegó el 5 de mayo, fecha que no olvidaré jamás! Antes de que el reloj diese las doce, acudí al escenario de la acción. Theodore me siguió a caballo. Oculté el coche en una espaciosa caverna del monte, en cuya cima se alzaba el castillo. Dicha caverna era de considerable profundidad, y los del lugar la conocían con el nombre de la Cueva de Lindenberg. La noche era serena y hermosa. La luna bañaba las antiguas torres del castillo y derramaba su luz plateada sobre sus coronamientos. Todo estaba callado a mi alrededor. No se oía más que la brisa de la noche suspirando entre las hojas, el ladrido lejano de los perros del pueblo, o el búho que se había instalado en un rincón de la deshabitada torre oriental. Oí su chillido melancólico y miré hacia arriba. Estaba posado en el antepecho de una ventana, que yo reconocí como la de la habitación embrujada. Esto me recordó la historia de la Monja Sangrienta, y suspiré, al pensar en la influencia de la superstición y la debilidad de la razón humana. De pronto, oí elevarse un débil coro en el silencio de la noche. —¿Cuál puede ser la causa de esos sonidos, Theodore? —Un distinguido extranjero —replicó él— ha pasado hoy por el pueblo, camino del castillo: se dice que es el padre de doña Inés. Sin duda el barón ha dado una fiesta para celebrar su llegada. La campana del castillo anunció la hora de la medianoche. Esta era señal habitual para que la familia se retirase a descansar. Poco después, vi luces en el castillo que iban de un lado a otro en distintas direcciones. Supuse que cada uno se retiraba a su habitación. Pude oír el chirrido de las pesadas puertas al abrirse con dificultad; y al cerrarse otra vez, retemblar las podridas contraventanas en sus marcos. El aposento de Inés estaba en el otro extremo del castillo. Temblé al pensar si habría podido conseguir la llave de la habitación embrujada: era preciso que pasara por ella para llegar a la estrecha escalera por la que se suponía que bajaría el fantasma al gran salón. Angustiado por este temor, mantuve los ojos constantemente fijos en la ventana, donde esperaba vislumbrar el amistoso resplandor de la lámpara de Inés. Ahora oí descorrer las pesadas puertas del castillo. Merced a la vela que llevaba en la mano, reconocí al viejo Conrad, el portero. Abrió las puertas de par en par y se retiró. Las luces del castillo desaparecieron gradualmente, y finalmente el edificio entero se sumió en tinieblas. Sentado en la quebrada cima de la colina, la quietud del escenario me inspiró melancólicas ideas, no del todo desagradables. El castillo, que ahora tenía plenamente a la vista, constituía un objeto a la vez pintoresco y tremendo. Sus gruesas murallas, que la luna teñía con solemne brillantez, sus viejas y medio ruinosas torres elevándose en las nubes y dominando ceñudas las llanuras que las rodeaban, sus altas almenas cubiertas de hiedra y el puente levadizo tendido en honor a la espectral moradora, me producían un miedo fúnebre y reverencial. Sin embargo, no me absorbían estas sensaciones hasta el punto de no darme cuenta con impaciencia del lento progreso del tiempo. Me acerqué al castillo y me aventuré a rodearlo. Todavía brillaban unos rayos de luz en el aposento de Inés. Los observé con alegría. Y mientras miraba, una figura se acercó a la ventana y corrió cuidadosamente la cortina para ocultar la lámpara que ardía allí. Convencido por este detalle de que Inés no había abandonado nuestro plan, regresé animado a mi puesto. ¡Sonó la media! ¡Los tres cuartos! Mi pecho latía de prisa con esperanza y expectación. Finalmente, sonó la hora deseada. La campana dio la una, y la mansión reprodujo su sonido con eco grave y solemne. Miré la ventana de la habitación encantada. Apenas habían transcurrido cinco minutos, cuando apareció la esperada luz. Me hallaba ahora cerca de la torre. La ventana no estaba excesivamente alta, pero me pareció percibir una figura femenina, con una lámpara en la mano, que recorría lentamente el aposento. No tardó en desvanecerse la luz, quedando todo oscuro y tenebroso otra vez. De las ventanas de la escalera brotaban ocasionales destellos luminosos, a medida que el adorable fantasma pasaba por delante de ellas. Seguí la luz a través del salón: llegó a la entrada, y por fin vi a Inés cruzar el puente levadizo. Iba vestida exactamente como me había descrito al espectro. De su brazo colgaba un rosario, llevaba la cabeza oculta en un largo velo blanco; su hábito de monja estaba manchado de sangre, y había tenido el cuidado de proveerse de una lámpara y una daga. Avanzó hacia el lugar donde yo estaba. Corrí a su encuentro y la estreché entre mis brazos. —¡Inés! —dije mientras la apretaba contra mi pecho, ¡Inés! ¡Inés! ¡Ya eres mía! ¡Inés! ¡Inés! ¡Ya soy tuyo! ¡Mientras corra sangre por mis venas Serás mía! ¡Seré tuyo! ¡Tuyo mi cuerpo! ¡Tuya mi vida! Aterrada y sin aliento, fue incapaz de decir nada: soltó la lámpara y la daga, y se desplomó en silencio sobre mi pecho. La alcé en brazos y la llevé al coche. Theodore se quedó para liberar a doña Cunegunda. También le di una, carta para la baronesa, explicándole todo el asunto, y suplicándole la ayuda de sus buenos oficios para que don Gastón accediese a mi unión con su hija. Le descubría mi verdadero nombre. Le demostraba que mi cuna y expectativas justificaban mis aspiraciones a la mano de su sobrina, y le aseguraba que, aunque no me era posible corresponder a su amor, me esforzaría incansablemente en conseguir su estima y amistad. Subí al coche, en el que ya se había acomodado Inés. Theodore cerró la puerta, y los postillones emprendieron la marcha. Al principio me alegró la velocidad de nuestra marcha. Pero tan pronto como desapareció el peligro de que fuéramos perseguidos, llamé a los cocheros y les pedí que moderaran el paso. Trataron en vano de obedecerme. Los caballos se negaban a responder a las riendas, y siguieron corriendo a asombrosa velocidad. Los postillones redoblaron sus esfuerzos por detenerlos, pero coceando y saltando, las bestias se libraron de sus frenos. Con un tremendo alarido, los conductores salieron despedidos del pescante. Inmediatamente, unas nubes espesas oscurecieron el cielo. Los vientos aullaron a nuestro alrededor, los relámpagos fulguraron y los truenos estallaron de manera enloquecedora. ¡Jamás había presenciado una tempestad más espantosa! Aterrados, los caballos parecían aumentar a cada instante su velocidad. Nada podía interrumpir su carrera. Arrastraban el carruaje a través de setos y zanjas, saltaban los más peligrosos precipicios, y parecían competir en velocidad con la rapidez de los vientos.
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