Durante todo este tiempo, mi compañera permaneció inmóvil en mis brazos. Sinceramente alarmado por la magnitud del peligro, trataba en vano de
hacerle recobrar el sentido, cuando el sonoro estrépito de un choque anunció
que nuestra carrera había finalizado de la manera más desagradable. El
carruaje se destrozó. En la caída me golpeé una sien contra una roca. El dolor
de la herida, la violencia del choque y la angustia por la seguridad de Inés me
dominaron tan por completo que me abandonaron los sentidos y me derrumbé
exánime en el suelo.
Probablemente permanecí bastante tiempo en ese estado, ya que cuando
abrí los ojos era totalmente de día. A mi alrededor había varios campesinos y
parecían discutir sobre si me recobraría o no. Yo hablaba el alemán
aceptablemente. Tan pronto como logré articular un sonido, pregunté por Inés.
¡Cuál no fue mi sorpresa y angustia, cuando me aseguraron aquellos lugareños
que no habían visto a nadie que respondiese a la descripción que yo les daba!
Me dijeron que cuando se dirigían a su trabajo diario, descubrieron con alarma
los fragmentos de mi carruaje, y oyeron los gemidos de un caballo, el único de
los cuatro que había sobrevivido. Los otros tres yacían muertos junto a mí. No
vieron a nadie más cuando se acercaron, y habían empleado mucho tiempo,
hasta que consiguieron hacerme recobrar los sentidos. Indeciblemente
preocupado por la suerte de mi compañera, supliqué a los campesinos que se
dispersasen y fuesen en su busca. Les describí cómo iba vestida, y prometí una
inmensa recompensa para el que me trajese alguna noticia... En cuanto a mí,
me era imposible unirme a la búsqueda. Me había roto dos costillas en la
caída, y mi brazo dislocado me colgaba inútil; además tenía la pierna izquierda
tan terriblemente magullada que no creí que pudiera recobrar su uso.
Los campesinos cumplieron mi petición: me dejaron todos menos cuatro,
que confeccionaron una litera con ramas y se dispusieron a trasladarme al
pueblo vecino. Pregunté cuál era. Resultó ser Ratisbona. No podía creer que
hubiese recorrido una distancia tan considerable en una sola noche. Les dije a
los campesinos que a la una de esa misma madrugada había cruzado por el
pueblo de Rosenwald. Menearon la cabeza con tristeza y se hicieron señas
unos a otros de que debía de estar delirando. Me llevaron a una posada decente
y me metieron en seguida en la cama. Llamaron a un médico, que logró
encajarme el brazo. Luego examinó mis otras heridas, y dijo que no debía
temer consecuencias de ninguna de ellas; pero me ordenó que permaneciese
inmóvil y mes resignase a una cura penosa y aburrida. Le contesté que si
esperaba tenerme inmovilizado, se esforzase primero en procurarme alguna
noticia de una dama que había abandonado Rosenwald la noche anterior en mi
compañía, y que estaba conmigo en el instante en que se estrelló el coche.
Sonrió, y se limitó a aconsejarme que me tranquilizase, a fin de que pudiese
cuidar de mí de manera apropiada. Al marcharse, la posadera se encontró con
él en la puerta de la habitación.
—El caballero no está en su sano juicio —oí que le decía en voz baja—. Es
consecuencia natural de la caída que ha sufrido, pero pronto se repondrá...
Los campesinos regresaron uno tras otro a la posada, y me informaron de
que no habían descubierto ningún rastro de mi infortunada dama. Mi inquietud
se convirtió ahora en desesperación. Les supliqué que volvieran a buscarla en
los términos más insistentes, doblando las promesas que les había hecho. Mi
actitud frenética y atropellada confirmó a los presentes la idea de que deliraba.
Dado que no había aparecido indicio alguno de la dama, creyeron que se
trataba de una criatura fabricada por mi cerebro enfebrecido, y no hicieron
caso de mis súplicas. Sin embargo, la posadera me aseguró que se haría una
nueva investigación. Pero más tarde descubrí que me hizo esa promesa
únicamente para tranquilizarme. No se dio un solo paso más en ese sentido.
Aunque mi equipaje se había quedado en Múnich bajo la custodia de mi
criado francés, como me disponía a emprender un largo viaje, mi bolsa estaba
bien provista: además, mis ropas denotaban distinción, por lo que en la posada
se me dispensaron todas las atenciones. Transcurrió el día sin que me llegase
ninguna noticia de Inés. La ansiedad del temor dio paso ahora al desaliento.
Dejé de hablar insistentemente de ella, y me sumí en un mar de melancólicas
reflexiones. Al verme silencioso y tranquilo, mis cuidadores creyeron que
había cedido mi delirio y que mi enfermedad había adquirido un sesgo
favorable. De acuerdo con las órdenes del médico, tomé un preparado
medicinal; y tan pronto como cayó la noche, se retiraron mis cuidadores y me
dejaron descansar.
Pero en vano pretendí conciliar ese descanso. La agitación de mi pecho
ahuyentaba el sueño. Mi mente inquieta, a pesar de la fatiga de mi cuerpo,
siguió atormentándome hasta que el reloj de un campanario vecino dio la una.
Tan pronto como escuché el sonido lúgubre y profundo y lo oí desvanecerse
en el viento, un súbito escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Me estremecí sin
saber por qué; unas gotas frías se formaron en mi frente y se me erizaron los
cabellos. De pronto, oí unos pasos lentos, pesados, que subían por la escalera.
Me incorporé en la cama movido por un impulso involuntario y retiré la
cortina. Una simple vela, sobre la chimenea, difundía un desmayado
resplandor por el aposento de paredes cubiertas con tapices. Se abrió la puerta
con violencia. Entró una figura, y se acercó a mi cama con pasos solemnes y
medidos. Con temblorosa aprensión, examiné a la nocturna visitante. ¡Dios
todopoderoso! ¡Era la Monja Sangrienta! ¡Era mi perdida compañera! Aún
tenía el rostro velado, aunque no llevaba la lámpara y la daga. Se levantó el
velo lentamente. ¡Ah, qué visión descubrieron mis ojos sobrecogidos! Ante mí
tenía un cadáver animado. Su semblante era largo y macilento, exangües sus
mejillas y sus labios, y todas sus facciones poseían la palidez de la muerte; los
globos de sus ojos, clavados en mí, estaban apagados y vacíos.
La visión del espectro me produjo un horror imposible de describir; la
sangre se me heló en las venas. Quise pedir auxilio, pero la voz se me ahogó
antes de salirme de los labios. Mis nervios permanecieron impotentes, y mi
cuerpo quedó en la inanimada actitud de una estatua.
La quimérica monja me miró durante unos minutos en silencio: había algo
petrificante en su mirada. Por último, con una voz baja y sepulcral, pronunció
las siguientes palabras:
¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya eres mío! ¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya soy
tuya! ¡Mientras la sangre corra por tus venas Seré tuya!
¡Serás mío!
¡Mío tu cuerpo! ¡Mía tu vida!...
Con el aliento cortado por el miedo, la oí repetir mis propias palabras. La
aparición se sentó frente a mí, a los pies de la cama, y guardó silencio. Sus
ojos se quedaron gravemente clavados en los míos; parecían dotados del poder
de la serpiente cascabel, ya que en vano me esforzaba en apartar la mirada.
Estaba fascinado, y no tenía fuerzas para desviar la vista de los ojos del
espectro.
En esta actitud permaneció durante una hora larga sin hablar ni moverse;
yo tampoco fui capaz de hacer nada. Finalmente, el reloj dio las dos. La
aparición se levantó y se acercó al borde de la cama. Me cogió con sus dedos
helados la mano que me colgaba exánime sobre el cobertor, y posando sus
labios fríos sobre los míos, repitió otra vez:
¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya eres mío! ¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya soy
tuya! Etc.
Luego me soltó la mano, salió del aposento despacio, y la puerta se cerró
tras ella. Hasta ese instante, las facultades de mi cuerpo habían estado en
suspenso: sólo las de mi espíritu habían permanecido lúcidas. Ahora, el
encanto se rompió. La sangre que se me había helado en las venas se agolpó
en el corazón con violencia. Proferí un hondo gemido, y me desplomé
exánime en la almohada.
La habitación contigua estaba separada de la mía tan sólo por un delgado
tabique: la ocupaban el posadero y su mujer; el hombre se despertó ante mi
gemido y entró precipitadamente en mi aposento. La posadera entró poco
después. Con alguna dificultad, consiguieron devolverme el conocimiento, e
inmediatamente mandaron llamar al médico, que llegó con toda diligencia.
Declaró que me había aumentado muchísimo la fiebre, y que si seguía
sufriendo una agitación tan violenta, no respondía de mi vida. Me administró
una medicina que me tranquilizó un poco. Cuando ya despuntaba el día caí en una especie de sopor. Pero unas pesadillas espantosas impidieron que el sueño
fuera realmente reparador. Inés y la Monja Sangrienta se alternaban en mi
imaginación, y se combinaban para hostigarme y atormentarme. Me desperté
calenturiento y cansado. Mi fiebre parecía haber aumentado muchísimo, en
vez de disminuir; la agitación de mi espíritu impedía que mis huesos
fracturados se soldasen; tuve frecuentes desvanecimientos, y en todo el día, el
médico no juzgó prudente que me quedase a solas durante dos horas seguidas.
La singularidad de mi aventura me decidió a ocultarla de todos, ya que no
podía esperar que tan extraña circunstancia fuese creída. Me sentí
enormemente inquieto por Inés. No sabía qué habría pensado ella al no
encontrarme en nuestra cita, y temía que recelase de mi fidelidad. Sin
embargo, confiaba en la discreción de Theodore, y que mi carta a la baronesa
la convenciese de la rectitud de mis intenciones. Estas consideraciones
aliviaron algo mi preocupación por ella. Pero la impresión que había dejado en
mi espíritu mi nocturna visitante se hacía más fuerte a cada momento. Se
aproximaba la noche y me asustaba su llegada. Sin embargo, me esforcé en
convencerme de que el fantasma no aparecería más; aunque por si acaso, pedí
que viniese un criado a velar en mi aposento.
El cansancio de mi cuerpo, al no haber descansado la noche anterior,
cooperó con los fuertes somníferos que me administraron, y me procuró el
reposo que tanto necesitaba. Me sumí en un sueño profundo y tranquilo, y ya
llevaba durmiendo horas, cuando el reloj vecino me despertó al dar
nuevamente la una. Su sonido me trajo a la memoria todos los horrores de la
noche anterior. Me sobrevino el mismo frío estremecimiento. Me incorporé en
la cama, y vi al criado completamente dormido en una butaca cerca de mí. Le
llamé por su nombre, pero no contestó. Le sacudí fuertemente el brazo, y traté
en vano de despertarle: permaneció insensible a mis esfuerzos. Entonces, oí
los pasos pesados que subían la escalera; se abrió la puerta de golpe, y la
Monja Sangrienta apareció de nuevo ante mí. Una vez más, mis miembros
quedaron paralizados. Una vez más, la oí repetir aquellas fatales palabras:
¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya eres mío! ¡Raimundo! ¡Raimundo! ¡Ya soy
tuya! Etc.
Y nuevamente se desarrolló la escena que tanto me había sobrecogido la
víspera. Otra vez apretó el espectro sus labios contra los míos, otra vez me
tocó con sus dedos putrefactos; y como en su primera aparición, abandonó el
aposento tan pronto como dieron las dos.
Esto se repitió todas las noches. Lejos de acostumbrarme al fantasma, cada
nueva visita me inspiraba un horror más grande. Su imagen me perseguía de
continuo, y me convertí en presa de una habitual melancolía. La agitación
constante de mi mente retrasó naturalmente mi restablecimiento.
Transcurrieron varios meses antes de que yo pudiera abandonar la cama; y
cuando por fin me trasladaron a un sofá, me sentía tan débil, abatido y
extenuado, que no pude cruzar la habitación sin ayuda. Las miradas de mis
cuidadores reflejaban bien evidentemente las escasas esperanzas que
abrigaban de que me recuperase. La profunda tristeza que me oprimía hacía
pensar al médico que era hipocondríaco. Por mi parte, oculté la causa de mi
enfermedad en lo más hondo de mi pecho, ya que sabía que nadie podía
aliviármela: el fantasma no era visible a otros ojos que los míos. Pedí a
menudo a mis cuidadores que velasen en mi habitación, pero en el instante en
que el reloj daba la una, un sueño irresistible les vencía, y no lo superaban
hasta que el fantasma se marchaba.
Puede que os sorprenda que durante este tiempo no hiciera averiguaciones
sobre vuestra hermana. Theodore, que había descubierto con dificultad mi
paradero, había tranquilizado mis inquietudes por su seguridad: al mismo
tiempo, me convenció de que todos los intentos de liberarla serían infructuosos
mientras no estuviera en condiciones de regresar a España. Los detalles de su
aventura, que ahora voy a relataros, llegaron a mi conocimiento en parte por
Theodore, y en parte por la propia Inés.
La noche fatal en que debía llevar a cabo su rapto, un accidente le impidió
abandonar su aposento a la hora acordada. Finalmente, se aventuró a salir de la
habitación embrujada, descendió la escalera que conducía al salón, encontró
las puertas abiertas como esperaba, y salió del castillo sin ser notada. ¡Cuál no
fue su sorpresa al no encontrarme preparado para acogerla! Registró la
caverna, recorrió todos los senderos del bosque vecino y pasó dos horas en
infructuosa búsqueda. No consiguió descubrir rastro alguno, ni mío ni del
carruaje. Alarmada y decepcionada, su único recurso fue regresar al castillo
antes de que la baronesa la echase de menos. Pero aquí se encontró con una
nueva dificultad. La campana había dado ya las dos: la hora del fantasma
había pasado y el meticuloso portero había cerrado las puertas. Después de
muchas vacilaciones, se aventuró a llamar suavemente. Por suerte para ella,
Conrad aún estaba despierto: oyó el ruido y se levantó, renegando de que le
llamasen por segunda vez. No bien hubo abierto una de las hojas y vio a la
supuesta aparición aguardando a que la dejasen entrar, profirió un grito y cayó
de rodillas. Inés aprovechó su terror, se deslizó ante él, corrió a su propio
apartamento y, quitándose el atuendo del espectro, se metió en la cama
esforzándose en vano por explicarse mi desaparición.
A todo esto, Theodore, que había visto alejarse mi coche con la falsa Inés,
regresó gozoso al pueblo. A la mañana siguiente liberó a Cunegunda y la
acompañó al castillo. Allí encontró al barón, su esposa y don Gastón
discutiendo sobre el relato del portero. Todos ellos coincidían en creer en la
existencia de los espectros. Pero este último proclamaba que era un comportamiento inaudito hasta entonces en un fantasma, eso de llamar a la
puerta para que le dejasen entrar, y totalmente incompatible con la naturaleza
in* material de un espíritu. Aún estaban discutiendo sobre esta cuestión,
cuando apareció el paje con Cunegunda y aclaró el misterio. Al oír su
exposición, estuvieron unánimemente de acuerdo en que la Inés que Theodore
había visto subir en mi coche debía de ser la Monja Sangrienta, y que el
fantasma que había aterrorizado a Conrad no era otro que la hija de don
Gastón.
Pasada la primera sorpresa producida por este descubrimiento, la baronesa
resolvió aprovechar la ocasión para persuadir a su sobrina para que tomase los
hábitos. Temiendo que tan ventajoso acuerdo matrimonial para su hija
indujese a don Gastón a renunciar a su decisión primera, destruyó mi carta y
siguió presentándome como un aventurero desconocido y menesteroso. Una
vanidad infantil me había llevado a ocultar mi verdadero nombre incluso a mi
amada; quería ser amado por mí mismo, no por ser el hijo y heredero del
marqués de las Cisternas. El resultado fue que nadie se enteró de mi alcurnia
en el castillo, salvo la baronesa, que se tomó todos los cuidados para ocultar
tal noticia en lo más hondo de su pecho. Después de aprobar los designios de
su hermana, don Gastón mandó llamar a Inés. Se la acusó de haber maquinado
su fuga, se la obligó a hacer una completa confesión, y se quedó maravillada
ante la suavidad con que fue acogida. ¡Pero cuál no fue su aflicción, al
informársele de que el fracaso de su proyecto debía atribuírseme a mí!
Cunegunda, instruida por la baronesa, le dijo que cuando yo la liberé, había
pedido que comunicase a su señora que nuestro compromiso había terminado;
que todo el lance se debía a una falsa información, y que no convenía en
absoluto a mis circunstancias casarme con una mujer sin esperanzas de
herencia.
Mi súbita desaparición daba a esta explicación demasiados visos de
verosimilitud. Theodore, que podía haber desmentido la historia, fue apartado
de ella por orden de doña Rodolfa. Lo que confirmó aún más que yo era un
impostor fue la llegada de una carta de vos mismo, en la que declarabais que
no teníais ningún amigo llamado Alfonso de Alvarada. Estas pruebas
aparentes de mi perfidia, acompañadas por las hábiles insinuaciones de vuestra
tía, los halagos de Cunegunda y las amenazas y la ira de vuestro padre,
vencieron enteramente la repugnancia de vuestra hermana a entrar en el
convento. Indignada por mi comportamiento y disgustada con el mundo en
general, accedió a tomar los hábitos. Pasó otro mes en el castillo de
Lindenberg, durante el cual mi silencio la confirmó en su resolución, y luego
acompañó a don Gastón a España. Theodore fue puesto entonces en libertad.
Se dirigió apresuradamente a Múnich, donde yo le había prometido dejarle
noticias mías. Pero al saber por Lucas que yo no había llegado, prosiguió sus
averiguaciones con incansable perseverancia, y finalmente consiguió localizarme en Ratisbona.
Me encontraba tan desmejorado que le costó trabajo reconocer mi
semblante. El visible dolor de su rostro atestiguaba suficientemente cuán vivo
era el interés que sentía por mí. La compañía de este amable joven, a quien
siempre he considerado más un compañero que un criado, fue ahora mi único
consuelo. Su conversación era alegre aunque discreta, y sus observaciones
agudas y divertidas. Sabía muchas más cosas de las que suele ser habitual a su
edad; pero lo que le hacía más agradable para mí era su deliciosa voz y su
aptitud para la música. Había adquirido cierto gusto en la poesía, e incluso se
atrevía algunas veces a escribir versos. De cuando en cuando, componía
pequeñas baladas en español, aunque debo confesar que sus composiciones
eran regulares nada más; de todos modos, me resultaban agradables por su
novedad, y oírselas cantar con su guitarra era la única distracción que me
estaba permitida. Theodore se daba perfecta cuenta de que algo me
obsesionaba. Pero dado que ocultaba mi preocupación ante él, el respeto le
impedía entrometerse en mis asuntos.
Una tarde, me encontraba tendido en el sofá sumido en reflexiones nada
agradables. Theodore se distraía observando desde la ventana una batalla entre
dos postillones, que se peleaban en el patio de la posada.
—¡Ja! ¡Ja! —prorrumpió de repente—. ¡Allá va el Gran Mogol!
—¿Quién? —dije yo.
—No, un hombre que me dijo algo muy extraño en Múnich.
—¿A propósito de qué?
—Ahora que me hacéis pensar en ello, señor, se trataba de una especie de
mensaje para vos; pero en realidad no merecía la pena. Para mí que el sujeto
está loco. Cuando fui a Múnich en busca de vos, le encontré en la posada El
Rey de los Romanos, y el posadero me dijo cosas muy extrañas sobre él. Por
su acento parece que es extranjero, pero nadie sabe de qué país. Parecía no
conocer a nadie en la ciudad; hablaba muy rara vez, y nadie le había visto
sonreír. No tenía ni criados ni equipaje, pero su bolsa parecía bien provista, e
hizo mucho bien en la ciudad. Unos suponían que se trataba de un astrólogo
árabe; otros, de un cómico ambulante, y muchos declaraban que era el doctor
Fausto, a quien el diablo había devuelto a Alemania. El posadero me dijo a mí,
sin embargo, que se trataba del Gran Mogol, que iba de incógnito.
—¿Y las extrañas palabras, Theodore?
—Cierto, casi se me olvidan otra vez: aunque no se habría perdido gran
cosa. Debéis saber, señor, que cuando le estaba preguntando al posadero sobre
vos, pasó el extranjero. Se paró y me miró gravemente: «¡Joven! —dijo con voz solemne—, el hombre que buscáis ha encontrado lo que le habría gustado
perder. Sólo mi mano puede sacar la sangre: decid a vuestro amo que me
busque cuando el reloj dé la una».
—¿Cómo? —exclamé, saltando del sofá (las palabras que Theodore había
repetido parecían dar a entender que el extranjero estaba en mi secreto)—.
¡Corre a buscarlo, muchacho! ¡Pídele que me conceda unos minutos!
Theodore se quedó sorprendido ante la viveza de mi reacción. Sin
embargo, no hizo ninguna pregunta, sino que se apresuró a obedecerme.
Esperé su regreso con impaciencia. Pero había transcurrido un breve espacio
de tiempo tan sólo, cuando apareció otra vez e hizo pasar al esperado
desconocido a mi aposento. Era un hombre de presencia majestuosa: sus
facciones estaban fuertemente acusadas, y sus ojos eran grandes, negros,
centelleantes. Sin embargo, había algo en su mirada que en el momento en que
le vi me inspiró un secreto temor, por no decir pavor. Iba vestido
sencillamente, con el pelo sin empolvar, y una banda de terciopelo n***o que
le rodeaba la frente hacía aún más sombrías sus facciones. Su expresión
reflejaba una profunda melancolía; su paso era lento, su ademán grave,
majestuoso, solemne.
Me saludó con cortesía, y tras contestar a los usuales cumplidos de
presentación, pidió a Theodore que abandonara el aposento. El paje,
inmediatamente, se retiró.
—Estoy enterado de vuestro caso —dijo, sin darme tiempo de hablar—.
Tengo poderes para libraros de vuestra visitante nocturna; pero no podrá ser
hasta el domingo. A la hora en que se inicia el día del descanso, los espíritus
de las tinieblas tienen muy escasa influencia sobre los mortales. Después del
sábado, la monja no os volverá a visitar.
—¿Puedo preguntaros —dije— por qué medios habéis entrado en posesión
de un secreto que yo he ocultado cuidadosamente a todo el mundo?
—¿Cómo puedo ignorar vuestra aflicción, cuando la causa está en este
instante junto a vos?
Me sobresalté. El extranjero prosiguió:
—Aunque sólo se hace visible a vos una hora de cada veinticuatro, no os
abandona ni de día ni de noche. Ni os abandonará hasta que le hayáis
concedido lo que pide.
—¿Y qué es lo que pide?
—Eso debe explicároslo ella: yo lo ignoro. Aguardad con paciencia a la
noche del sábado; entonces, todo quedará aclarado.
No me atreví a insistir más. Seguidamente, cambió de conversación, y habló de diversas cuestiones. Habló de gentes que habían dejado de existir
hacía siglos, y a quienes no obstante parecía haber conocido personalmente.
No podía yo citar un país, por distante que fuese, que él no hubiera visitado, ni
podía admirar yo suficientemente la inmensidad y variedad de sus
conocimientos. Le comenté que haber viajado, visto, y conocido tanto, tuvo
que producirle infinito placer. Pero negó con la cabeza tristemente.
—¡Nadie —replicó— sería capaz de comprender la miseria de mi suerte!
El destino me obliga a estar en constante movimiento: no se me permite pasar
más de quince días en el mismo lugar. No tengo a ningún amigo en el mundo,
y desde que empezó mi vida errabunda no he podido hacer ninguno. Ya
desearía yo dejar esta existencia miserable, pues envidio a los que gozan de la
paz de la sepultura. Pero la muerte me esquiva y huye de mi abrazo. En vano
me arrojo al camino del peligro y me sumerjo en el océano; las olas me
devuelven con repugnancia a la playa. Me precipito en el fuego, y las llamas
retroceden ante mí. Me enfrento a la furia de los bandidos, y sus espadas se
embotan y se parten sobre mi pecho. El tigre hambriento se estremece al
acercárseme, y el aligator huye de un monstruo más horrible que él mismo.
¡Dios me ha marcado con un sello, y todas sus criaturas respetan esta marca
fatal!
Se llevó la mano al terciopelo que ceñía su frente. Había en sus ojos una
expresión de furia, desesperación y malevolencia que me llenó de alarma y de
terror. Una convulsión involuntaria me hizo estremecer. El extranjero se dio
cuenta.
—Ésta es la maldición que pesa sobre mí —continuó—. Estoy condenado
a inspirar el horror y la repugnancia a todo el que me mira. Vos sentís ya el
influjo de ese encanto, y cada instante que pase lo sentiréis más. No aumentaré
vuestros sufrimientos con mi presencia. Adiós, hasta el sábado. En cuanto el
reloj dé las doce, esperadme en la puerta de vuestro aposento.
Dicho esto, se marchó, dejándome sumido en el asombro, ante el
misterioso giro de su actitud y conversación.
Sus seguridades de que pronto me vería libre de las visitas de la aparición,
produjeron en mi constitución un efecto beneficioso. Theodore, a quien trataba
más bien como a un hijo adoptivo que como a un criado, se sorprendió a su
regreso al observar el cambio de mi aspecto. Se congratuló de este síntoma de
recuperación, y declaró que se alegraba de que hubiese sacado tanto beneficio
de mi conferencia con aquel personaje. Al hacer averiguaciones, me enteré de
que el extranjero llevaba ocho días en Ratisbona; según sus propias palabras,
pues, sólo permanecería seis días más. Aún faltaban tres para el sábado. ¡Oh!
¡Con qué impaciencia esperé su llegada! Entretanto, la Monja Sangrienta
siguió con sus visitas nocturnas. Pero esperando verme liberado de ella totalmente, los efectos que ejercían en mí se hicieron menos violentos que
antes.
Llegó la noche deseada. Para evitar sospechas, me retiré a la cama a mi
hora habitual. Pero tan pronto como mis cuidadores me hubieron dejado, me
vestí otra vez y me dispuse a recibir al extranjero. Entró en mi habitación al
filo de la medianoche. Traía en la mano un cofrecillo que colocó cerca de la
estufa. Me saludó sin hablar. Yo le devolví el saludo, observando el mismo
silencio. Seguidamente abrió el cofrecillo. Lo primero que sacó fue un
pequeño crucifijo de madera: se arrodilló, lo contempló tristemente, y alzó los
ojos hacia el cielo. Pareció rezar con fervor. Por último, inclinó la cabeza
respetuosamente, besó el crucifijo tres veces y se incorporó otra vez. A
continuación, sacó del cofrecillo una copa con tapadera. Con el licor que
contenía, y que parecía sangre, asperjó el suelo; y sumergiendo en él un
extremo del crucifijo, trazó un círculo en medio de la habitación. A su
alrededor colocó diversas reliquias, cráneos, huesos, etc. Observé que las
disponía todas en forma de cruz. Finalmente sacó una gruesa Biblia y me
indicó con una mirada que entrase con él en el círculo. Obedecí.
—¡Cuidad de no pronunciar una palabra! —susurró el extranjero—. ¡No
salgáis del círculo, y si en algo os estimáis, no os atreváis a mirarme a la cara!
Con el crucifijo en una mano y la Biblia en la otra, pareció leer con
profunda atención. El reloj dio la una. Como siempre, oí los pasos del espectro
en la escalera. Pero no experimenté el acostumbrado estremecimiento. Esperé
con confianza a que se acercase. Entró en la habitación, se aproximó al círculo
y se detuvo. El extranjero murmuró unas palabras ininteligibles para mí.
Luego, alzando la cabeza del libro y extendiendo el crucifijo hacia el
fantasma, exclamó con voz clara y solemne:
—¡Beatriz! ¡Beatriz! ¡Beatriz!
—¿Qué quieres tú? —contestó la aparición en un tono profundo y
vacilante.
—¿Qué turba tu sueño? ¿Por qué afliges y torturas a este joven? ¿Cómo
podemos devolver el descanso a tu espíritu desasosegado?
—¡No me atrevo a decirlo! ¡No debo decirlo! ¡Desearía descansar en mi
tumba, pero severas órdenes me obligan a prolongar mi penitencia!
—¿Conoces tú esta sangre? ¿Sabes en qué venas corrió? ¡Beatriz! ¡Beatriz!
¡En su nombre, te ordeno que me respondas!
—No puedo desobedecer a mis señores.
—¿Te atreves a desobedecerme a mí?
Habló en un tono imperioso y se quitó la banda negra de la frente.