A pesar de su advertencia, mi curiosidad no me dejó mantener los ojos apartados de su
rostro. Alcé la vista y vi una cruz de fuego impresa en su frente. No puedo
describir el horror que me inspiró, ¡pero jamás he sentido otro igual! Los
sentidos me abandonaron durante unos momentos, un misterioso temor
dominó mi ánimo, y de no cogerme la mano el exorcista, me habría
desplomado fuera del círculo.
Cuando me recobré, vi que la cruz ardiente había producido un efecto no
menos violento en el espectro. Su actitud denotaba reverencia y horror, y sus
quiméricos miembros temblaban de miedo.
—¡Sí! —dijo ella al fin—. ¡Tiemblo ante esa marca! ¡La respeto! ¡Os
obedezco! Sabed, entonces, que mis huesos permanecen aún sin sepultura. Se
pudren en la oscuridad de la Cueva de Lindenberg. Nadie más que este joven
tiene el derecho de devolverlos a la tierra. Sus labios me han entregado su
cuerpo y su alma. Jamás le devolveré su promesa, jamás le concederé una
noche sin terror, a menos que prometa recoger mis huesos deshechos y los
deposite en la cripta familiar de su castillo de Andalucía. Entonces tendrá que
ofrecer treinta misas por el descanso de mi espíritu; hecho eso, no volveré a
turbar este mundo. ¡Ahora, dejadme marchar! ¡Esas llamas me abrasan!
—Don Raimundo, habéis oído las condiciones para vuestro descanso. Cosa
vuestra es cumplirlas al pie de la letra. En cuanto a mí, no me queda más que
aclararos la oscuridad que aún envuelve la historia del espectro, e informaros
de que, en vida, Beatriz llevaba el apellido de las Cisternas. Fue tía abuela de
vuestro abuelo. Atendiendo a vuestro parentesco, sus cenizas exigen respeto
de vos, aunque la enormidad de sus crímenes provoque vuestra aversión.
Nadie más que yo podría explicaros la naturaleza de esos crímenes. Conocí
perfectamente al hombre santo que acabó con sus alborotos nocturnos en el
castillo de Lindenberg, y oí este relato de sus propios labios.
»Beatriz de las Cisternas profesó a temprana edad, no por propia decisión,
sino por expreso deseo de sus padres. Entonces era demasiado joven para
echar de menos los placeres de los que le privaba su profesión. Pero tan pronto
como empezó a manifestarse su temperamento ardiente y voluptuoso, se
abandonó plenamente al impulso de sus pasiones, dispuesta a aprovechar la
primera ocasión para satisfacerlas. Finalmente se presentó esta oportunidad,
tras muchos obstáculos que sólo añadieron renovada fuerza a sus deseos.
Consiguió fugarse del convento y huir a Alemania con el barón de
Lindenberg. Vivió en este castillo varios meses como su concubina
reconocida. Toda Baviera estaba escandalizada por su conducta impúdica y
disipada. Sus festines competían en lujo con los de Cleopatra, y Lindenberg se
convirtió en escenario de los más desenfrenados libertinajes. No satisfecha con
ostentar la incontinencia de una prostituta, se proclamó atea: aprovechó todas
las ocasiones que se le presentaron para burlarse de sus votos monásticos, y ridiculizó las más sagradas ceremonias de la religión.
»Poseedora de un temperamento tan depravado, no limitó sus afectos
durante mucho tiempo a un solo objeto. Poco después de su llegada al castillo,
el hermano menor del barón atrajo su atención por sus rasgos acusados, su
gigantesca estatura y miembros hercúleos. No era ella persona que guardase
mucho tiempo en secreto sus inclinaciones. Pero encontró en Otto von
Lindenberg a su igual en depravación. Éste correspondió a su pasión lo
bastante como para aumentarla; y cuando alcanzó el grado deseado, le puso
como precio a su amor la muerte de su hermano. La desdichada accedió a este
horrible acuerdo. Acordaron perpetrar la acción una noche. Otto, que residía
en una pequeña propiedad a escasas millas de distancia del castillo, prometió
esperarla a la una de la madrugada en la Cueva de Lindenberg, traería consigo
a un grupo de amigos escogidos, con cuya ayuda no dudaba poder adueñarse
del castillo; y que el siguiente paso sería unir las manos de ambos. Fue esta
última promesa la que venció todos los escrúpulos de Beatriz, ya que a pesar
de su afecto hacia ella, el barón había declarado tajantemente que jamás la
haría su esposa.
»Llegó la noche fatídica. El barón dormía en brazos de su pérfida amante,
cuando la campana del castillo dio la una. Inmediatamente, Beatriz sacó una
daga de debajo de la almohada y la hundió en el corazón de su amante. El
barón profirió un gemido simple y espantoso, y expiró. La homicida abandonó
el lecho inmediatamente, cogió la lámpara con una mano, y con la daga
ensangrentada en la otra, se dirigió a la caverna. El portero no se atrevió a
negarse a abrir las puertas a quien temían en el castillo más que al amo.
Beatriz llegó a la Cueva de Lindenberg sin encontrar resistencia, donde de
acuerdo con la promesa encontró a Otto esperándola. La recibió y escuchó su
relato con arrobamiento. Poco antes de que ella tuviese tiempo de preguntar
por qué no habían venido sus amigos, la convenció de que no deseaba tener
testigos en esta entrevista. Deseoso de ocultar su participación en el asesinato
y de librarse de una mujer cuyo temperamento violento y atroz le hacía temer
con razón por su propia seguridad, había decidido hacerla enmudecer.
Abalanzándose sobre ella súbitamente, le arrancó la daga de la mano; la
enterró, todavía manchada con la sangre del hermano en el pecho, poniendo
fin a su vida con repetidos golpes.
»Entonces obtuvo Otto la sucesión de la baronía de Lindenberg. El
asesinato fue atribuido tan sólo a la monja fugitiva, y nadie sospechó que fuera
él quien la había inducido a cometer tal acción. Pero aunque su crimen quedó
impune ante los hombres, la justicia de Dios no consintió que gozase en paz de
sus sangrientos horrores. Como los huesos de Beatriz permanecían insepultos
en la cueva, su alma sin descanso siguió habitando en el castillo. Vestida con
su hábito religioso en memoria de sus quebrantados votos al cielo, provista de la daga que vertió la sangre de su amante y sosteniendo la lámpara que había
guiado sus pasos en su huida, cada noche aparecía ante el lecho de Otto. En el
castillo reinaba la más espantosa confusión, en las abovedadas cámaras
resonaban alaridos y gemidos; y el espectro, recorriendo los antiguos
pasadizos, profería una mezcla incoherente de plegarias y blasfemias. Otto fue
incapaz de resistir los sobresaltos a que le sometía esta espantosa visión. Su
horror aumentaba en cada una de estas apariciones. Finalmente, sus terrores se
hicieron tan insoportables que le falló el corazón, y una mañana fue
encontrado en su cama totalmente frío y sin vida. Su muerte no supuso el fin
de los, alborotos nocturnos. Los huesos de Beatriz seguían sin recibir
sepultura, y su fantasma continuaba vagando por el castillo.
»Los dominios de Lindenberg recayeron entonces en un pariente lejano.
Pero aterrado ante los relatos que le hicieron sobre la Monja Sangrienta (así
llamaba la gente al espectro), el nuevo barón pidió ayuda a un afamado
exorcista. Este hombre santo consiguió obligarla a descansar temporalmente.
Pero aunque ella le reveló la historia, no le consintió que la divulgase ni
sepultar su esqueleto en tierra sagrada. Tal misión quedó reservada para vos; y
hasta vuestra llegada, el fantasma estaría condenado a vagar por el castillo y a
lamentar el crimen que había cometido en él. Sin embargo, el exorcista la
redujo al silencio durante su vida. Mientras él existió, la cámara encantada
estuvo cerrada, y el espectro permaneció invisible. A su muerte, que ocurrió
cinco años más tarde, comenzó a aparecer otra vez, pero sólo cada cinco años,
el mismo día y a la misma hora en que hundió el cuchillo en el corazón de su
amante dormido. Entonces, visitaba la caverna que guardaba su polvoriento
esqueleto, regresaba al castillo cuando el reloj daba las dos, y no se la volvía a
ver hasta transcurridos otros cinco años.
»Estaba condenada a sufrir de este modo durante el espacio de un siglo. Ya
se ha cumplido ese período. Ahora no queda sino devolver las cenizas de
Beatriz a la tumba. Yo he sido el medio que ha permitido libraros de vuestra
visión atormentadora; y en medio de todos los dolores que me oprimen, pensar
que os he sido útil supone un consuelo para mí. ¡Joven, adiós! ¡Que el
fantasma de vuestra pariente pueda gozar de ese descanso de la tumba que la
venganza del Todopoderoso me ha negado a mí para siempre!
Aquí el extranjero se dispuso a abandonar el aposento.
—¡Aguardad un momento! —dije—. Habéis satisfecho mi curiosidad con
respecto al espectro, pero me habéis sumido en otra mayor en cuanto a vos
mismo. Dignaos informarme a quién debo tan grandes favores. Mencionáis
circunstancias ocurridas hace tiempo, y personas largo tiempo desaparecidas.
Vos conocíais personalmente al exorcista, que según vuestras propias palabras
murió hace casi un siglo. ¿Cómo puede explicarse eso? ¿Qué significa esa
cruz de fuego marcada en vuestra frente, y por qué su visión ha provocado tanto horror en mi alma?
Durante un rato se negó a satisfacer mis preguntas. Finalmente, vencido
por mis súplicas, accedió a aclarármelo todo, a condición de aplazar dicha
explicación hasta el día siguiente. Tuve que acceder a este ruego, y me dejó.
Por la mañana, mi primer cuidado fue preguntar por el misterioso extranjero.
Imaginad mi desencanto cuando me informaron que se había marchado ya de
Ratisbona. Despaché mensajeros en persecución suya; pero fue inútil. Nadie
descubrió rastro alguno del fugitivo. Desde entonces, no he vuelto a tener
noticias de él, ni es probable que llegue a tenerlas.
[Lorenzo interrumpió aquí el relato de su amigo:
—¡Cómo! —dijo—. ¿No lograsteis averiguar quién era, ni tuvisteis
sospecha alguna de su identidad?
—Perdonadme —replicó el marqués—. Cuando conté esta aventura a mi
tío el duque–cardenal, me dijo que no tenía ninguna duda de que este hombre
singular era el famoso personaje conocido universalmente como el judío
errante. El hecho de que no se le permitiese pasar más de catorce días en un
mismo lugar, la cruz de fuego impresa en su frente, el efecto que dicha cruz
producía en quien la contemplaba y muchas otras circunstancias, daban a esta
suposición visos de verosimilitud. El cardenal está plenamente convencido de
ello; por mi parte, me inclino por adoptar la única solución que parece haber
de este enigma. Y vuelvo al hilo del relato, del que me he desviado.]
A partir de entonces, recobré mi salud tan rápidamente que dejé
asombrados a mis médicos. La Monja Sangrienta no volvió a aparecer, y no
tardé en sentirme capaz de emprender el viaje a Lindenberg. El barón me
acogió con los brazos abiertos. Le confié la continuación de mi aventura, y no
se sintió poco complacido al descubrir que su mansión no volvería a ser
turbada por las quinquenales visitas del fantasma. Sentí comprobar que mi
ausencia no había debilitado la imprudente pasión de doña Rodolfa. En la
secreta conversación que sostuve con ella durante mi breve estancia en el
castillo, renovó sus intentos de persuadirme para que correspondiese a sus
afectos. Puesto que yo la consideraba causa primaria de todos mis
sufrimientos, no abrigaba por ella otro sentimiento que el de aversión. El
esqueleto, de Beatriz fue descubierto en el lugar que ella había dicho. Y como
esto era lo único que me había llevado a Lindenberg, me apresuré a abandonar
los dominios del barón, deseoso a la vez de mandar que se celebrasen las
exequias de la monja asesinada y escapar de los asedios de una mujer a la que
detestaba. Me marché seguido de las amenazas de doña Rodolfa de que no
tardaría mucho en ser castigado mi desdén.
Ahora emprendí el camino de España con toda diligencia. Lucas se había
reunido conmigo con el equipaje, durante mi estancia última en Lindenberg.
Llegué a mi país natal sin ningún percance, y me dirigí directamente al castillo
de mi padre en Andalucía. Los restos de Beatriz fueron depositados en la
cripta familiar, se celebraron las debidas ceremonias, y se dijo el número de
misas que ella había exigido. Nada me impedía ahora dedicar mis esfuerzos a
descubrir el paradero de Inés. La baronesa me había asegurado que su sobrina
había profesado ya. Sospeché que había tramado esta noticia movida por los
celos, y esperaba encontrar a mi amada aún en libertad para aceptar mi mano.
Pregunté por ella a su familia, supe que antes de que su hija llegase a Madrid,
doña Inesilla había fallecido. De vos, mi querido Lorenzo, supe que estabais
en el extranjero, aunque no logré averiguar dónde. Vuestro padre se hallaba en
una provincia lejana, visitando al duque de Medina, y en cuanto a Inés, nadie
fue capaz de informarme qué había sido de ella. Theodore regresó a
Estrasburgo según había prometido, donde se encontró con que había muerto
su abuelo y Marguerite había entrado en posesión de su fortuna. Todas las
súplicas de que se quedase con ella resultaron vanas. La dejó por segunda vez,
y me siguió a Madrid. Se esforzó al máximo para llevar a cabo mis pesquisas.
Pero nuestros esfuerzos unidos no se vieron recompensados por el éxito. El
retiro que ocultaba a Inés seguía siendo un misterio impenetrable, y empecé a
perder las esperanzas de recuperarla.
Hace unos ocho meses, regresaba a mi palacio con melancólico humor,
después de pasar la tarde en el teatro. La noche era oscura, y caminaba solo.
Sumido en mis reflexiones, que distaban mucho de ser agradables, no me di
cuenta de que desde el teatro me habían venido siguiendo tres hombres; hasta
que, al meterme por una calle poco transitada, me atacaron al mismo tiempo
con la mayor furia. Retrocedí unos pasos, saqué la espada y me enrollé la capa
al brazo izquierdo. La oscuridad de la noche estaba a mi favor, pues la
mayoría de los golpes de los asesinos eran dados al azar, y no llegaron a
tocarme. Finalmente, tuve la suerte de tumbar a uno de mis adversarios. Pero
antes ya había recibido yo tantas heridas y me había visto en tan difícil trance
que mi muerte habría sido inevitable, de no atraer el estrépito de las espadas a
un caballero en mi auxilio. Corrió hacia mí espada en mano. Le seguían varios
criados con antorchas. Su llegada equilibró el combate. Sin embargo, no
abandonaron los matones su propósito hasta que no vieron a los criados
dispuestos a unírsenos. Entonces echaron a correr y se perdieron en la
oscuridad.
El desconocido se dirigió entonces a mí con cortesía y me preguntó si
estaba herido. Debilitado por la pérdida de sangre, le agradecí a duras penas su
oportuna ayuda, rogándole que accediese a que me trasladasen algunos de sus
criados al palacio de las Cisternas. Tan pronto como cité el nombre, se declaró
amigo de mi padre y aseguró que no permitiría que me llevasen tan lejos, si no
eran examinadas antes mis heridas. Añadió que su casa estaba muy cerca y me
pidió que le acompañase. Su actitud era tan grave que no pude rehusar su ofrecimiento; me apoyé en su brazo y en pocos minutos me llevó a la entrada
de un magnífico palacio.
Al entrar en la casa, un viejo criado de cabello gris salió a recibir a mi
guía. Preguntó cuándo pensaba abandonar el país el duque, su señor, y se le
respondió que se quedaría unos meses. Mi salvador pidió que llamasen sin
tardanza al cirujano de la familia. Se obedecieron sus órdenes. Me senté en el
sofá de un noble aposento; y al ser examinadas mis; heridas, declararon que
eran muy ligeras. El cirujano, sin embargo, me aconsejó que no me expusiese
al aire de la noche; y el desconocido insistió tanto en que durmiese en su casa,
que accedí a sus ruegos de momento.
Al quedarme a solas con mi libertador, aproveché la ocasión para darle las
gracias más efusivamente de lo que había hecho hasta aquí. Pero él me rogó
que no hablase más del asunto.
—Me considero dichoso —dijo— al haber tenido ocasión de prestaros este
pequeño servicio; y estaré eternamente agradecido a mi hijo de que me haya
retenido hasta tan tarde en el convento de Santa Clara. La alta estima en que
he tenido al marqués de las Cisternas, pese a que el azar no permitió que
intimáramos todo lo que yo hubiera deseado, me hace sentirme dichoso de
aprovechar la oportunidad de conocer a su hijo. Estoy seguro de que mi
hermano, en cuya casa estáis ahora, sentirá no haberse encontrado en Madrid
para acogeros personalmente. Pero en ausencia del duque, soy yo el dueño de
la familia, y puedo aseguraros en su nombre que todo en el palacio de Medina
está perfectamente a vuestra disposición.
Imaginad mi sorpresa, Lorenzo, al descubrir en la persona de mi salvador a
don Gastón de Medina: sólo la igualó mi secreta alegría de averiguar que Inés
se hallaba en el convento de Santa Clara. Sin embargo, no se me apagó poco el
optimismo cuando en respuesta a mis preguntas supuestamente indiferentes,
me dijo que su hija había profesado realmente. No consentí que mi dolor ante
este golpe echase raíces en mi espíritu: me consolé ante la idea de que la
influencia de mi tío en la corte de Roma salvaría el obstáculo, y que
conseguiría para mi amada, sin dificultad, la dispensa de sus votos. Alentado
por esta esperanza, se apaciguó la inquietud de mi pecho; y redoblé mis
esfuerzos por mostrarme agradecido ante don Gastón, y encantado de su
compañía.
Entró entonces un criado en la estancia, y me informó de que el bravucón a
quien yo había herido daba señales de vida. Pedí que lo trasladasen al palacio
de mi padre, que tan pronto como recobrase el habla le interrogaría yo sobre
los motivos por los que había atentado contra mi vida. Me contestaron que ya
estaba en condiciones de hablar, aunque con alguna dificultad. Don Gastón,
movido por la curiosidad, insistió en que le interrogase en su presencia; pero yo no estaba dispuesto a satisfacerle en este sentido. La razón era que,
sospechando de dónde provenía el golpe, no deseaba exponer ante los ojos de
don Gastón la culpabilidad de su hermana. Además, temía ser reconocido
como Alfonso de Alvarada, y que por consiguiente se tomasen medidas para
evitar que pudiese llegar hasta Inés. Confesarle mi pasión por su hija y tratar
de ganarle para mi causa, según lo que yo sabía del temperamento de don
Gastón, habría sido una imprudencia; y considerando esencial que no me
conociese de otro modo que como conde de las Cisternas, estaba dispuesto a
no consentir que oyese la confesión del matón. Le insinué que sospechaba que
había implicada una dama en el asunto, cuyo nombre podía escapársele
accidentalmente al asesino, y que por ello consideraba necesario interrogar al
hombre en privado. La delicadeza impidió a don Gastón insistir más, por lo
que el bravucón fue trasladado a palacio.
A la mañana siguiente me despedí de mi anfitrión, que debía regresar con
el duque el mismo día. Mis heridas habían sido tan ligeras que, salvo la
necesidad de llevar el brazo en cabestrillo durante algún tiempo, no representó
gran contratiempo la aventura de la noche. El cirujano que examinó la herida
del matón declaró que era mortal. Tuvo tiempo de confesar que había sido la
vengativa doña Rodolfa quien había maquinado mi muerte, y expiró a los
pocos minutos.
Todos mis pensamientos estaban puestos ahora en conseguir una entrevista
con mi amada monja. Theodore se puso manos a la obra, y esta vez con más
éxito. Abordó al jardinero de Santa Clara con tal insistencia, a base de
sobornos y promesas, que ganó enteramente al anciano para mi causa,
conviniendo en que yo entraría en el convento como ayudante suyo. Pusimos
el plan en ejecución sin demora. Disfrazado con un hábito corriente, y con un
parche n***o en un ojo, me presentó a la madre priora, que accedió a aprobar
la elección del jardinero. Tomé inmediatamente posesión de mi empleo. Dado
que la botánica había sido una de mis materias favoritas, me desenvolví en mi
trabajo a la perfección. Durante algunos días, continué trabajando en el jardín
del convento sin encontrarme con el motivo de mi disfraz. Al cuarto día tuve
más suerte. Oí la voz de Inés y eché a correr hacia allí; pero la visión de la
superiora me detuvo. Retrocedí precavidamente y me oculté tras un espeso
grupo de árboles.
La priora avanzó y se sentó con Inés en un banco, a no mucha distancia. La
oí censurar la constante melancolía de su compañera en tono enojado. Le dijo
que llorar la pérdida de cualquier amante, en su situación, era un crimen. Pero
que llorar la de un descreído era el sumo grado de la locura y el absurdo. Inés
replicó en voz tan baja que no pude distinguir sus palabras, aunque comprendí
que lo hacía en términos dulces y sumisos. Interrumpió la conversación la
llegada de una joven pensionista, que informó a la superiora de que la esperaban en el locutorio. La anciana dama se levantó, besó a Inés en la
mejilla y se retiró. La recién llegada se quedó. Inés habló elogiando a alguien
cuyo nombre no pude averiguar, pero su compañera parecía encantada, y muy
interesada en la conversación. La monja le enseñó varias cartas; la otra las
leyó con evidente placer, pidió que se las dejase copiar y se retiró a hacerlo,
para gran satisfacción mía.
Tan pronto como se hubo marchado, abandoné mi escondite. Temiendo
alarmar a mi amada, me acerqué a ella con paso moderado, a fin de
descubrirme poco a poco. Pero ¿quién puede engañar a los ojos del amor un
solo instante? Alzó ella la cabeza al acercarme y me reconoció, a pesar de mi
disfraz, con una simple mirada. Se levantó profiriendo una exclamación de
sorpresa y trató de retirarse. Pero yo la seguí, la detuve y le rogué que me
escuchase. Convencida de mi falsedad, se negó a prestar oídos y me ordenó
que me fuese del jardín. Ahora me tocó a mí decir que no. Protesté que por
peligrosas que fueran las consecuencias, no la dejaría hasta que hubiese oído
mi justificación. Le aseguré que ella había sido engañada por los artificios de
sus parientes; que yo podía convencerla, más allá de toda duda, de que mi
pasión había sido pura y desinteresada; y le pregunté qué podía inducirme a
buscarla en un convento, si obraba impulsado por los motivos egoístas que me
atribuían mis enemigos.
Mis ruegos, mis argumentos y mi declaración firme de no dejarla ir hasta
que hubiese prometido escucharme, junto con el temor de que las demás
monjas me vieran con ella, su natural curiosidad y el afecto que aún sentía por
mí a pesar de mi supuesta deserción, prevalecieron al fin. Me dijo que era
imposible concederme lo que yo le pedía en ese momento. Pero prometió estar
en el mismo lugar esa noche a las once, y hablar conmigo por última vez.
Conseguida esta promesa, le solté la mano y huyó rápidamente al convento.
Comuniqué mi éxito a mi aliado, el viejo jardinero. Éste me indicó un
escondite, donde podría permanecer hasta la noche sin temor a ser descubierto.
Me dirigí allí a la hora en que tenía que haberme retirado con mi supuesto jefe,
y esperé impaciente el momento de la cita. El frío de la noche estaba a mi
favor, ya que mantenía a las demás monjas encerradas en sus celdas. Sólo Inés
era insensible al rigor del aire, y antes de las once se reunió conmigo en el
lugar de nuestra entrevista anterior. Libre de toda interrupción, le relaté la
verdadera causa de mi desaparición la noche fatal del cinco de mayo. Dio
muestras evidentes de haberle afectado mi relato. Cuando concluí, confesó la
injusticia de sus recelos y se reprochó haber profesado por desesperación, ante
mi ingratitud.
—¡Pero ahora es demasiado tarde para lamentarme! —añadió—; la suerte
está echada: he pronunciado los votos y me he consagrado al servicio del
cielo. Sé lo mal preparada que estoy para el convento. Mi repugnancia por la vida monástica aumenta de día en día: el aburrimiento y el descontento son
mis constantes compañeros; y no os ocultaré que la pasión que sentí por el que
tan cerca estuvo de ser mi compañero aún no se ha apagado del todo en mi
pecho. ¡Pero debemos separarnos! ¡Una barrera insalvable nos separa, y en
este lado de la tumba no debemos encontrarnos otra vez!
Ahora me esforcé en probarle que nuestra unión no era tan imposible como
ella creía. Me jacté de la influencia del duque–cardenal de Lerma en la corte
de Roma: le aseguré que conseguiría fácilmente la anulación de sus votos; y
no dudaba que don Gastón coincidiría conmigo cuando le informase de mi
verdadero nombre y mi afecto. Inés replicó que si alimentaba yo tal esperanza,
es que conocía muy poco a su padre. Liberal y amable en todos los demás
respectos, la superstición constituía la única mancha que ensombrecía su
carácter. En este capítulo era inflexible: sacrificaba sus más caros intereses a
sus escrúpulos, y consideraría una ofensa suponerle capaz de autorizar a que
quebrantase sus votos hechos al cielo.
—Pero en caso... —dije, interrumpiéndola—, en caso de que él
desaprobase nuestra unión, dejadle que ignore mi plan hasta que os haya
rescatado de la prisión en la que estáis confinada ahora. En cuanto seáis mi
esposa, estaréis libre de su autoridad. Yo no necesito ayuda económica
ninguna; y cuando vea que su irritación no sirve de nada, sin duda os
devolverá su favor. Pero suponiendo que ocurra lo peor, que don Gastón se
muestre irreconciliable, mis progenitores competirán entre sí por haceros
olvidar su pérdida, y encontraréis en mi padre el sustituto de aquel del que os
habré privado.
—Don Raimundo —replicó Inés con firme y decidida voz—, amo a mi
padre: él me ha tratado con dureza en este caso, pero he recibido de él tantas
pruebas de su amor que su afecto se ha vuelto necesario para mi existencia. Si
yo abandonase el convento, él no me lo perdonaría jamás; y no puedo pensar
sin estremecerme que me maldijera en su lecho de muerte. Además, soy
consciente de que mis votos son obligatorios: he contraído voluntariamente
este compromiso con el cielo, y no puedo quebrantarlo sin cometer un crimen.
Así que desterrad de vuestra mente la idea de unirnos alguna vez. Estoy
consagrada a la religión; y aunque yo pueda lamentar nuestra separación, me
opondría a lo que siento que me volvería culpable.