Capitulo 14

4487 Palabras
A pesar de su advertencia, mi curiosidad no me dejó mantener los ojos apartados de su rostro. Alcé la vista y vi una cruz de fuego impresa en su frente. No puedo describir el horror que me inspiró, ¡pero jamás he sentido otro igual! Los sentidos me abandonaron durante unos momentos, un misterioso temor dominó mi ánimo, y de no cogerme la mano el exorcista, me habría desplomado fuera del círculo. Cuando me recobré, vi que la cruz ardiente había producido un efecto no menos violento en el espectro. Su actitud denotaba reverencia y horror, y sus quiméricos miembros temblaban de miedo. —¡Sí! —dijo ella al fin—. ¡Tiemblo ante esa marca! ¡La respeto! ¡Os obedezco! Sabed, entonces, que mis huesos permanecen aún sin sepultura. Se pudren en la oscuridad de la Cueva de Lindenberg. Nadie más que este joven tiene el derecho de devolverlos a la tierra. Sus labios me han entregado su cuerpo y su alma. Jamás le devolveré su promesa, jamás le concederé una noche sin terror, a menos que prometa recoger mis huesos deshechos y los deposite en la cripta familiar de su castillo de Andalucía. Entonces tendrá que ofrecer treinta misas por el descanso de mi espíritu; hecho eso, no volveré a turbar este mundo. ¡Ahora, dejadme marchar! ¡Esas llamas me abrasan! —Don Raimundo, habéis oído las condiciones para vuestro descanso. Cosa vuestra es cumplirlas al pie de la letra. En cuanto a mí, no me queda más que aclararos la oscuridad que aún envuelve la historia del espectro, e informaros de que, en vida, Beatriz llevaba el apellido de las Cisternas. Fue tía abuela de vuestro abuelo. Atendiendo a vuestro parentesco, sus cenizas exigen respeto de vos, aunque la enormidad de sus crímenes provoque vuestra aversión. Nadie más que yo podría explicaros la naturaleza de esos crímenes. Conocí perfectamente al hombre santo que acabó con sus alborotos nocturnos en el castillo de Lindenberg, y oí este relato de sus propios labios. »Beatriz de las Cisternas profesó a temprana edad, no por propia decisión, sino por expreso deseo de sus padres. Entonces era demasiado joven para echar de menos los placeres de los que le privaba su profesión. Pero tan pronto como empezó a manifestarse su temperamento ardiente y voluptuoso, se abandonó plenamente al impulso de sus pasiones, dispuesta a aprovechar la primera ocasión para satisfacerlas. Finalmente se presentó esta oportunidad, tras muchos obstáculos que sólo añadieron renovada fuerza a sus deseos. Consiguió fugarse del convento y huir a Alemania con el barón de Lindenberg. Vivió en este castillo varios meses como su concubina reconocida. Toda Baviera estaba escandalizada por su conducta impúdica y disipada. Sus festines competían en lujo con los de Cleopatra, y Lindenberg se convirtió en escenario de los más desenfrenados libertinajes. No satisfecha con ostentar la incontinencia de una prostituta, se proclamó atea: aprovechó todas las ocasiones que se le presentaron para burlarse de sus votos monásticos, y ridiculizó las más sagradas ceremonias de la religión. »Poseedora de un temperamento tan depravado, no limitó sus afectos durante mucho tiempo a un solo objeto. Poco después de su llegada al castillo, el hermano menor del barón atrajo su atención por sus rasgos acusados, su gigantesca estatura y miembros hercúleos. No era ella persona que guardase mucho tiempo en secreto sus inclinaciones. Pero encontró en Otto von Lindenberg a su igual en depravación. Éste correspondió a su pasión lo bastante como para aumentarla; y cuando alcanzó el grado deseado, le puso como precio a su amor la muerte de su hermano. La desdichada accedió a este horrible acuerdo. Acordaron perpetrar la acción una noche. Otto, que residía en una pequeña propiedad a escasas millas de distancia del castillo, prometió esperarla a la una de la madrugada en la Cueva de Lindenberg, traería consigo a un grupo de amigos escogidos, con cuya ayuda no dudaba poder adueñarse del castillo; y que el siguiente paso sería unir las manos de ambos. Fue esta última promesa la que venció todos los escrúpulos de Beatriz, ya que a pesar de su afecto hacia ella, el barón había declarado tajantemente que jamás la haría su esposa. »Llegó la noche fatídica. El barón dormía en brazos de su pérfida amante, cuando la campana del castillo dio la una. Inmediatamente, Beatriz sacó una daga de debajo de la almohada y la hundió en el corazón de su amante. El barón profirió un gemido simple y espantoso, y expiró. La homicida abandonó el lecho inmediatamente, cogió la lámpara con una mano, y con la daga ensangrentada en la otra, se dirigió a la caverna. El portero no se atrevió a negarse a abrir las puertas a quien temían en el castillo más que al amo. Beatriz llegó a la Cueva de Lindenberg sin encontrar resistencia, donde de acuerdo con la promesa encontró a Otto esperándola. La recibió y escuchó su relato con arrobamiento. Poco antes de que ella tuviese tiempo de preguntar por qué no habían venido sus amigos, la convenció de que no deseaba tener testigos en esta entrevista. Deseoso de ocultar su participación en el asesinato y de librarse de una mujer cuyo temperamento violento y atroz le hacía temer con razón por su propia seguridad, había decidido hacerla enmudecer. Abalanzándose sobre ella súbitamente, le arrancó la daga de la mano; la enterró, todavía manchada con la sangre del hermano en el pecho, poniendo fin a su vida con repetidos golpes. »Entonces obtuvo Otto la sucesión de la baronía de Lindenberg. El asesinato fue atribuido tan sólo a la monja fugitiva, y nadie sospechó que fuera él quien la había inducido a cometer tal acción. Pero aunque su crimen quedó impune ante los hombres, la justicia de Dios no consintió que gozase en paz de sus sangrientos horrores. Como los huesos de Beatriz permanecían insepultos en la cueva, su alma sin descanso siguió habitando en el castillo. Vestida con su hábito religioso en memoria de sus quebrantados votos al cielo, provista de la daga que vertió la sangre de su amante y sosteniendo la lámpara que había guiado sus pasos en su huida, cada noche aparecía ante el lecho de Otto. En el castillo reinaba la más espantosa confusión, en las abovedadas cámaras resonaban alaridos y gemidos; y el espectro, recorriendo los antiguos pasadizos, profería una mezcla incoherente de plegarias y blasfemias. Otto fue incapaz de resistir los sobresaltos a que le sometía esta espantosa visión. Su horror aumentaba en cada una de estas apariciones. Finalmente, sus terrores se hicieron tan insoportables que le falló el corazón, y una mañana fue encontrado en su cama totalmente frío y sin vida. Su muerte no supuso el fin de los, alborotos nocturnos. Los huesos de Beatriz seguían sin recibir sepultura, y su fantasma continuaba vagando por el castillo. »Los dominios de Lindenberg recayeron entonces en un pariente lejano. Pero aterrado ante los relatos que le hicieron sobre la Monja Sangrienta (así llamaba la gente al espectro), el nuevo barón pidió ayuda a un afamado exorcista. Este hombre santo consiguió obligarla a descansar temporalmente. Pero aunque ella le reveló la historia, no le consintió que la divulgase ni sepultar su esqueleto en tierra sagrada. Tal misión quedó reservada para vos; y hasta vuestra llegada, el fantasma estaría condenado a vagar por el castillo y a lamentar el crimen que había cometido en él. Sin embargo, el exorcista la redujo al silencio durante su vida. Mientras él existió, la cámara encantada estuvo cerrada, y el espectro permaneció invisible. A su muerte, que ocurrió cinco años más tarde, comenzó a aparecer otra vez, pero sólo cada cinco años, el mismo día y a la misma hora en que hundió el cuchillo en el corazón de su amante dormido. Entonces, visitaba la caverna que guardaba su polvoriento esqueleto, regresaba al castillo cuando el reloj daba las dos, y no se la volvía a ver hasta transcurridos otros cinco años. »Estaba condenada a sufrir de este modo durante el espacio de un siglo. Ya se ha cumplido ese período. Ahora no queda sino devolver las cenizas de Beatriz a la tumba. Yo he sido el medio que ha permitido libraros de vuestra visión atormentadora; y en medio de todos los dolores que me oprimen, pensar que os he sido útil supone un consuelo para mí. ¡Joven, adiós! ¡Que el fantasma de vuestra pariente pueda gozar de ese descanso de la tumba que la venganza del Todopoderoso me ha negado a mí para siempre! Aquí el extranjero se dispuso a abandonar el aposento. —¡Aguardad un momento! —dije—. Habéis satisfecho mi curiosidad con respecto al espectro, pero me habéis sumido en otra mayor en cuanto a vos mismo. Dignaos informarme a quién debo tan grandes favores. Mencionáis circunstancias ocurridas hace tiempo, y personas largo tiempo desaparecidas. Vos conocíais personalmente al exorcista, que según vuestras propias palabras murió hace casi un siglo. ¿Cómo puede explicarse eso? ¿Qué significa esa cruz de fuego marcada en vuestra frente, y por qué su visión ha provocado tanto horror en mi alma? Durante un rato se negó a satisfacer mis preguntas. Finalmente, vencido por mis súplicas, accedió a aclarármelo todo, a condición de aplazar dicha explicación hasta el día siguiente. Tuve que acceder a este ruego, y me dejó. Por la mañana, mi primer cuidado fue preguntar por el misterioso extranjero. Imaginad mi desencanto cuando me informaron que se había marchado ya de Ratisbona. Despaché mensajeros en persecución suya; pero fue inútil. Nadie descubrió rastro alguno del fugitivo. Desde entonces, no he vuelto a tener noticias de él, ni es probable que llegue a tenerlas. [Lorenzo interrumpió aquí el relato de su amigo: —¡Cómo! —dijo—. ¿No lograsteis averiguar quién era, ni tuvisteis sospecha alguna de su identidad? —Perdonadme —replicó el marqués—. Cuando conté esta aventura a mi tío el duque–cardenal, me dijo que no tenía ninguna duda de que este hombre singular era el famoso personaje conocido universalmente como el judío errante. El hecho de que no se le permitiese pasar más de catorce días en un mismo lugar, la cruz de fuego impresa en su frente, el efecto que dicha cruz producía en quien la contemplaba y muchas otras circunstancias, daban a esta suposición visos de verosimilitud. El cardenal está plenamente convencido de ello; por mi parte, me inclino por adoptar la única solución que parece haber de este enigma. Y vuelvo al hilo del relato, del que me he desviado.] A partir de entonces, recobré mi salud tan rápidamente que dejé asombrados a mis médicos. La Monja Sangrienta no volvió a aparecer, y no tardé en sentirme capaz de emprender el viaje a Lindenberg. El barón me acogió con los brazos abiertos. Le confié la continuación de mi aventura, y no se sintió poco complacido al descubrir que su mansión no volvería a ser turbada por las quinquenales visitas del fantasma. Sentí comprobar que mi ausencia no había debilitado la imprudente pasión de doña Rodolfa. En la secreta conversación que sostuve con ella durante mi breve estancia en el castillo, renovó sus intentos de persuadirme para que correspondiese a sus afectos. Puesto que yo la consideraba causa primaria de todos mis sufrimientos, no abrigaba por ella otro sentimiento que el de aversión. El esqueleto, de Beatriz fue descubierto en el lugar que ella había dicho. Y como esto era lo único que me había llevado a Lindenberg, me apresuré a abandonar los dominios del barón, deseoso a la vez de mandar que se celebrasen las exequias de la monja asesinada y escapar de los asedios de una mujer a la que detestaba. Me marché seguido de las amenazas de doña Rodolfa de que no tardaría mucho en ser castigado mi desdén. Ahora emprendí el camino de España con toda diligencia. Lucas se había reunido conmigo con el equipaje, durante mi estancia última en Lindenberg. Llegué a mi país natal sin ningún percance, y me dirigí directamente al castillo de mi padre en Andalucía. Los restos de Beatriz fueron depositados en la cripta familiar, se celebraron las debidas ceremonias, y se dijo el número de misas que ella había exigido. Nada me impedía ahora dedicar mis esfuerzos a descubrir el paradero de Inés. La baronesa me había asegurado que su sobrina había profesado ya. Sospeché que había tramado esta noticia movida por los celos, y esperaba encontrar a mi amada aún en libertad para aceptar mi mano. Pregunté por ella a su familia, supe que antes de que su hija llegase a Madrid, doña Inesilla había fallecido. De vos, mi querido Lorenzo, supe que estabais en el extranjero, aunque no logré averiguar dónde. Vuestro padre se hallaba en una provincia lejana, visitando al duque de Medina, y en cuanto a Inés, nadie fue capaz de informarme qué había sido de ella. Theodore regresó a Estrasburgo según había prometido, donde se encontró con que había muerto su abuelo y Marguerite había entrado en posesión de su fortuna. Todas las súplicas de que se quedase con ella resultaron vanas. La dejó por segunda vez, y me siguió a Madrid. Se esforzó al máximo para llevar a cabo mis pesquisas. Pero nuestros esfuerzos unidos no se vieron recompensados por el éxito. El retiro que ocultaba a Inés seguía siendo un misterio impenetrable, y empecé a perder las esperanzas de recuperarla. Hace unos ocho meses, regresaba a mi palacio con melancólico humor, después de pasar la tarde en el teatro. La noche era oscura, y caminaba solo. Sumido en mis reflexiones, que distaban mucho de ser agradables, no me di cuenta de que desde el teatro me habían venido siguiendo tres hombres; hasta que, al meterme por una calle poco transitada, me atacaron al mismo tiempo con la mayor furia. Retrocedí unos pasos, saqué la espada y me enrollé la capa al brazo izquierdo. La oscuridad de la noche estaba a mi favor, pues la mayoría de los golpes de los asesinos eran dados al azar, y no llegaron a tocarme. Finalmente, tuve la suerte de tumbar a uno de mis adversarios. Pero antes ya había recibido yo tantas heridas y me había visto en tan difícil trance que mi muerte habría sido inevitable, de no atraer el estrépito de las espadas a un caballero en mi auxilio. Corrió hacia mí espada en mano. Le seguían varios criados con antorchas. Su llegada equilibró el combate. Sin embargo, no abandonaron los matones su propósito hasta que no vieron a los criados dispuestos a unírsenos. Entonces echaron a correr y se perdieron en la oscuridad. El desconocido se dirigió entonces a mí con cortesía y me preguntó si estaba herido. Debilitado por la pérdida de sangre, le agradecí a duras penas su oportuna ayuda, rogándole que accediese a que me trasladasen algunos de sus criados al palacio de las Cisternas. Tan pronto como cité el nombre, se declaró amigo de mi padre y aseguró que no permitiría que me llevasen tan lejos, si no eran examinadas antes mis heridas. Añadió que su casa estaba muy cerca y me pidió que le acompañase. Su actitud era tan grave que no pude rehusar su ofrecimiento; me apoyé en su brazo y en pocos minutos me llevó a la entrada de un magnífico palacio. Al entrar en la casa, un viejo criado de cabello gris salió a recibir a mi guía. Preguntó cuándo pensaba abandonar el país el duque, su señor, y se le respondió que se quedaría unos meses. Mi salvador pidió que llamasen sin tardanza al cirujano de la familia. Se obedecieron sus órdenes. Me senté en el sofá de un noble aposento; y al ser examinadas mis; heridas, declararon que eran muy ligeras. El cirujano, sin embargo, me aconsejó que no me expusiese al aire de la noche; y el desconocido insistió tanto en que durmiese en su casa, que accedí a sus ruegos de momento. Al quedarme a solas con mi libertador, aproveché la ocasión para darle las gracias más efusivamente de lo que había hecho hasta aquí. Pero él me rogó que no hablase más del asunto. —Me considero dichoso —dijo— al haber tenido ocasión de prestaros este pequeño servicio; y estaré eternamente agradecido a mi hijo de que me haya retenido hasta tan tarde en el convento de Santa Clara. La alta estima en que he tenido al marqués de las Cisternas, pese a que el azar no permitió que intimáramos todo lo que yo hubiera deseado, me hace sentirme dichoso de aprovechar la oportunidad de conocer a su hijo. Estoy seguro de que mi hermano, en cuya casa estáis ahora, sentirá no haberse encontrado en Madrid para acogeros personalmente. Pero en ausencia del duque, soy yo el dueño de la familia, y puedo aseguraros en su nombre que todo en el palacio de Medina está perfectamente a vuestra disposición. Imaginad mi sorpresa, Lorenzo, al descubrir en la persona de mi salvador a don Gastón de Medina: sólo la igualó mi secreta alegría de averiguar que Inés se hallaba en el convento de Santa Clara. Sin embargo, no se me apagó poco el optimismo cuando en respuesta a mis preguntas supuestamente indiferentes, me dijo que su hija había profesado realmente. No consentí que mi dolor ante este golpe echase raíces en mi espíritu: me consolé ante la idea de que la influencia de mi tío en la corte de Roma salvaría el obstáculo, y que conseguiría para mi amada, sin dificultad, la dispensa de sus votos. Alentado por esta esperanza, se apaciguó la inquietud de mi pecho; y redoblé mis esfuerzos por mostrarme agradecido ante don Gastón, y encantado de su compañía. Entró entonces un criado en la estancia, y me informó de que el bravucón a quien yo había herido daba señales de vida. Pedí que lo trasladasen al palacio de mi padre, que tan pronto como recobrase el habla le interrogaría yo sobre los motivos por los que había atentado contra mi vida. Me contestaron que ya estaba en condiciones de hablar, aunque con alguna dificultad. Don Gastón, movido por la curiosidad, insistió en que le interrogase en su presencia; pero yo no estaba dispuesto a satisfacerle en este sentido. La razón era que, sospechando de dónde provenía el golpe, no deseaba exponer ante los ojos de don Gastón la culpabilidad de su hermana. Además, temía ser reconocido como Alfonso de Alvarada, y que por consiguiente se tomasen medidas para evitar que pudiese llegar hasta Inés. Confesarle mi pasión por su hija y tratar de ganarle para mi causa, según lo que yo sabía del temperamento de don Gastón, habría sido una imprudencia; y considerando esencial que no me conociese de otro modo que como conde de las Cisternas, estaba dispuesto a no consentir que oyese la confesión del matón. Le insinué que sospechaba que había implicada una dama en el asunto, cuyo nombre podía escapársele accidentalmente al asesino, y que por ello consideraba necesario interrogar al hombre en privado. La delicadeza impidió a don Gastón insistir más, por lo que el bravucón fue trasladado a palacio. A la mañana siguiente me despedí de mi anfitrión, que debía regresar con el duque el mismo día. Mis heridas habían sido tan ligeras que, salvo la necesidad de llevar el brazo en cabestrillo durante algún tiempo, no representó gran contratiempo la aventura de la noche. El cirujano que examinó la herida del matón declaró que era mortal. Tuvo tiempo de confesar que había sido la vengativa doña Rodolfa quien había maquinado mi muerte, y expiró a los pocos minutos. Todos mis pensamientos estaban puestos ahora en conseguir una entrevista con mi amada monja. Theodore se puso manos a la obra, y esta vez con más éxito. Abordó al jardinero de Santa Clara con tal insistencia, a base de sobornos y promesas, que ganó enteramente al anciano para mi causa, conviniendo en que yo entraría en el convento como ayudante suyo. Pusimos el plan en ejecución sin demora. Disfrazado con un hábito corriente, y con un parche n***o en un ojo, me presentó a la madre priora, que accedió a aprobar la elección del jardinero. Tomé inmediatamente posesión de mi empleo. Dado que la botánica había sido una de mis materias favoritas, me desenvolví en mi trabajo a la perfección. Durante algunos días, continué trabajando en el jardín del convento sin encontrarme con el motivo de mi disfraz. Al cuarto día tuve más suerte. Oí la voz de Inés y eché a correr hacia allí; pero la visión de la superiora me detuvo. Retrocedí precavidamente y me oculté tras un espeso grupo de árboles. La priora avanzó y se sentó con Inés en un banco, a no mucha distancia. La oí censurar la constante melancolía de su compañera en tono enojado. Le dijo que llorar la pérdida de cualquier amante, en su situación, era un crimen. Pero que llorar la de un descreído era el sumo grado de la locura y el absurdo. Inés replicó en voz tan baja que no pude distinguir sus palabras, aunque comprendí que lo hacía en términos dulces y sumisos. Interrumpió la conversación la llegada de una joven pensionista, que informó a la superiora de que la esperaban en el locutorio. La anciana dama se levantó, besó a Inés en la mejilla y se retiró. La recién llegada se quedó. Inés habló elogiando a alguien cuyo nombre no pude averiguar, pero su compañera parecía encantada, y muy interesada en la conversación. La monja le enseñó varias cartas; la otra las leyó con evidente placer, pidió que se las dejase copiar y se retiró a hacerlo, para gran satisfacción mía. Tan pronto como se hubo marchado, abandoné mi escondite. Temiendo alarmar a mi amada, me acerqué a ella con paso moderado, a fin de descubrirme poco a poco. Pero ¿quién puede engañar a los ojos del amor un solo instante? Alzó ella la cabeza al acercarme y me reconoció, a pesar de mi disfraz, con una simple mirada. Se levantó profiriendo una exclamación de sorpresa y trató de retirarse. Pero yo la seguí, la detuve y le rogué que me escuchase. Convencida de mi falsedad, se negó a prestar oídos y me ordenó que me fuese del jardín. Ahora me tocó a mí decir que no. Protesté que por peligrosas que fueran las consecuencias, no la dejaría hasta que hubiese oído mi justificación. Le aseguré que ella había sido engañada por los artificios de sus parientes; que yo podía convencerla, más allá de toda duda, de que mi pasión había sido pura y desinteresada; y le pregunté qué podía inducirme a buscarla en un convento, si obraba impulsado por los motivos egoístas que me atribuían mis enemigos. Mis ruegos, mis argumentos y mi declaración firme de no dejarla ir hasta que hubiese prometido escucharme, junto con el temor de que las demás monjas me vieran con ella, su natural curiosidad y el afecto que aún sentía por mí a pesar de mi supuesta deserción, prevalecieron al fin. Me dijo que era imposible concederme lo que yo le pedía en ese momento. Pero prometió estar en el mismo lugar esa noche a las once, y hablar conmigo por última vez. Conseguida esta promesa, le solté la mano y huyó rápidamente al convento. Comuniqué mi éxito a mi aliado, el viejo jardinero. Éste me indicó un escondite, donde podría permanecer hasta la noche sin temor a ser descubierto. Me dirigí allí a la hora en que tenía que haberme retirado con mi supuesto jefe, y esperé impaciente el momento de la cita. El frío de la noche estaba a mi favor, ya que mantenía a las demás monjas encerradas en sus celdas. Sólo Inés era insensible al rigor del aire, y antes de las once se reunió conmigo en el lugar de nuestra entrevista anterior. Libre de toda interrupción, le relaté la verdadera causa de mi desaparición la noche fatal del cinco de mayo. Dio muestras evidentes de haberle afectado mi relato. Cuando concluí, confesó la injusticia de sus recelos y se reprochó haber profesado por desesperación, ante mi ingratitud. —¡Pero ahora es demasiado tarde para lamentarme! —añadió—; la suerte está echada: he pronunciado los votos y me he consagrado al servicio del cielo. Sé lo mal preparada que estoy para el convento. Mi repugnancia por la vida monástica aumenta de día en día: el aburrimiento y el descontento son mis constantes compañeros; y no os ocultaré que la pasión que sentí por el que tan cerca estuvo de ser mi compañero aún no se ha apagado del todo en mi pecho. ¡Pero debemos separarnos! ¡Una barrera insalvable nos separa, y en este lado de la tumba no debemos encontrarnos otra vez! Ahora me esforcé en probarle que nuestra unión no era tan imposible como ella creía. Me jacté de la influencia del duque–cardenal de Lerma en la corte de Roma: le aseguré que conseguiría fácilmente la anulación de sus votos; y no dudaba que don Gastón coincidiría conmigo cuando le informase de mi verdadero nombre y mi afecto. Inés replicó que si alimentaba yo tal esperanza, es que conocía muy poco a su padre. Liberal y amable en todos los demás respectos, la superstición constituía la única mancha que ensombrecía su carácter. En este capítulo era inflexible: sacrificaba sus más caros intereses a sus escrúpulos, y consideraría una ofensa suponerle capaz de autorizar a que quebrantase sus votos hechos al cielo. —Pero en caso... —dije, interrumpiéndola—, en caso de que él desaprobase nuestra unión, dejadle que ignore mi plan hasta que os haya rescatado de la prisión en la que estáis confinada ahora. En cuanto seáis mi esposa, estaréis libre de su autoridad. Yo no necesito ayuda económica ninguna; y cuando vea que su irritación no sirve de nada, sin duda os devolverá su favor. Pero suponiendo que ocurra lo peor, que don Gastón se muestre irreconciliable, mis progenitores competirán entre sí por haceros olvidar su pérdida, y encontraréis en mi padre el sustituto de aquel del que os habré privado. —Don Raimundo —replicó Inés con firme y decidida voz—, amo a mi padre: él me ha tratado con dureza en este caso, pero he recibido de él tantas pruebas de su amor que su afecto se ha vuelto necesario para mi existencia. Si yo abandonase el convento, él no me lo perdonaría jamás; y no puedo pensar sin estremecerme que me maldijera en su lecho de muerte. Además, soy consciente de que mis votos son obligatorios: he contraído voluntariamente este compromiso con el cielo, y no puedo quebrantarlo sin cometer un crimen. Así que desterrad de vuestra mente la idea de unirnos alguna vez. Estoy consagrada a la religión; y aunque yo pueda lamentar nuestra separación, me opondría a lo que siento que me volvería culpable.
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