Me esforcé en refutar estos escrúpulos infundados. Aún estábamos
discutiendo, cuando la campana del convento llamó a las monjas a maitines.
Inés no tenía más remedio que asistir; pero yo no la dejé hasta que no me
prometió que la noche siguiente estaría en el mismo lugar a la misma hora.
Estos encuentros se prolongaron ininterrumpidamente varias semanas; y aquí,
Lorenzo, es donde debo suplicaros vuestra indulgencia. Pensad en nuestra
situación, en nuestra juventud y nuestro gran afecto: sopesad todas las circunstancias que concurrían en nuestras citas, y reconoceréis que la tentación
debió de ser irresistible; me perdonaréis cuando os confiese que en un
momento de impremeditación, Inés sacrificó su honor a mi pasión.
[Los ojos de Lorenzo centellearon de furia: un intenso rubor inundó su
cara. Se levantó de su asiento y trató de sacar la espada. El marqués le vio el
movimiento y le cogió la mano. Se la apretó afectuosamente.
—¡Amigo mío! ¡Hermano! ¡Escuchadme hasta el final!
Contened vuestra pasión hasta entonces, y convenceos al menos de que si
lo que os he contado es criminal, la culpa debe caer sobre mí, y no sobre
vuestra hermana.
Lorenzo se dejó convencer por las súplicas de don Raimundo. Recobró su
asiento y escuchó el resto de la historia con expresión sombría e impaciente.
El marqués prosiguió.]
Apenas había pasado mi primer estallido de pasión, cuando Inés,
recobrándose, se apartó de mis brazos con horror. Me llamó seductor infame,
me cubrió de los más amargos reproches y se golpeó el pecho con toda la
violencia del delirio. Avergonzado de mi imprudencia, me fue difícil encontrar
palabras para excusarme. Traté de consolarla; me arrojé a sus pies, y supliqué
que me perdonase. Retiró la mano que yo le había cogido y deseaba besar.
—¡No me toquéis! —gritó con una violencia que me dejó aterrado—.
¡Monstruo de perfidia e ingratitud, cómo me he equivocado con vos! Yo os
consideraba mi amigo y protector: me puse en vuestras manos con confianza,
y fiada en vuestro honor, creí que el mío no corría ningún riesgo. ¡Y sois vos,
a quien yo adoraba, quien me ha cubierto de infamia! ¡Vos quien me ha
seducido para que quebrantase mis votos a Dios, y me ha reducido al más bajo
nivel de mi sexo! ¡Avergonzaos, villano, pues no volveréis a verme más!
Se levantó del banco en el que estaba sentada. Traté de detenerla; pero ella
se desasió con violencia y se refugió en el convento.
Me retiré lleno de confusión e inquietud. A la mañana siguiente, acudí
como de costumbre al jardín; pero no vi a Inés. Por la noche, fui a esperarla al
lugar donde solíamos vernos. No tuve más éxito. Transcurrieron varios días de
la misma manera. Finalmente, vi cruzar el paseo a mi ofendida amada, en cuyo
borde estaba yo trabajando. Iba acompañada de la misma joven pensionista, en
cuyo brazo se apoyaba, obligada al parecer por la debilidad. Me miró un
instante, e inmediatamente volvió la cabeza. Esperé su regreso; pero pasó
hacia el convento sin prestarme ninguna atención a mí, ni a las miradas
compungidas con que le imploraba perdón.
Tan pronto como las monjas se retiraron, el viejo jardinero se me acercó con el semblante pesaroso.
—Señor —dijo—, me apena deciros que no puedo seguir sirviéndoos. La
dama a quien solíais ver acaba de asegurarme que si vuelvo a dejaros pasar al
jardín revelará todo el asunto a la madre superiora. Me ha dicho también que
vuestra presencia es un insulto, y que si aún poseéis el más mínimo respeto
por ella, no intentaréis verla más. Excusadme, pues, por informaros que no
puedo proteger más tiempo vuestro disfraz. De enterarse la priora de mi
conducta, puede que no se contente con despedirme de su servicio. En
venganza, podría acusarme de haber profanado el convento y hacer que me
arrojen a las prisiones de la Inquisición.
Inútiles fueron mis intentos por disuadirle de su resolución. Me denegó
todo futuro acceso al jardín, e Inés persistió en no verme ni hacerme llegar
noticias suyas. Tras dos semanas de violenta enfermedad de mi padre me vi
obligado a salir para Andalucía. Fui apresuradamente, y como imaginaba,
encontré al marqués al borde de la muerte. Aunque a primera vista su afección
fue considerada mortal, se prolongó varios meses; mis cuidados durante este
tiempo y mi ocupación en ordenar sus negocios después de su fallecimiento,
no me permitieron salir de Andalucía. Hace cuatro días que he regresado a
Madrid, y al llegar a mi palacio, encontré esperándome esta carta.
[Aquí el marqués abrió un cajón de un escritorio. Sacó un papel doblado,
que tendió a su interlocutor. Lorenzo lo abrió y reconoció la letra de su
hermana. Su contenido era el siguiente:
“¡En qué abismo de miseria me habéis hundido! Raimundo, me obligáis a
ser tan criminal como vos. Yo había decidido no volveros a ver nunca más, y
olvidaros de ser posible; y si no, a recordaros con odio. Un ser por quien ya
siento ternura de madre solicita de mí que perdone a mi seductor y suplique su
amor para que me salve. Raimundo, vuestro hijo vive en mi seno. Me
estremece pensar en la venganza de la priora; tiemblo por mí misma, pero más
por la inocente criatura cuya existencia depende de la mía. Estamos perdidos
los dos, si se llega a descubrir mi situación. Aconsejadme, pues, qué decisión
debo tomar, pero no tratéis de verme. El jardinero, que se encargará de
entregaros ésta ha sido despedido, y no podemos ya contar con él. El hombre
que se ha contratado en su lugar es de una fidelidad incorruptible. El mejor
medio de hacerme llegar vuestra respuesta es ocultándola bajo la gran estatua
de San Francisco que hay en la catedral de los capuchinos. Voy allí a confesar
todos los jueves, y puedo tener ocasión de recoger fácilmente vuestra carta. He
oído que ahora estáis ausente de Madrid. ¿Debo suplicaros que me escribáis
tan pronto como regreséis? Creo que no. ¡Ah! ¡Raimundo! ¡Qué situación tan
cruel la mía! Engañada por los parientes, obligada a abrazar una profesión
para cuyos deberes estoy mal preparada, aun consciente de su santidad, e
inducida a violarlos por aquel de quien menos sospechaba que tuviera perfidia, ahora me veo obligada por las circunstancias a escoger entre la muerte y el
perjurio. La timidez de la mujer y el afecto maternal no me permiten vacilar la
elección. Siento toda la culpa en la que me he hundido, al acceder al plan que
antes me habíais propuesto. La muerte de mi pobre padre, ocurrida después de
nuestra entrevista, ha eliminado uno de los obstáculos. Ahora descansa en su
tumba, y ya no temo su ira. Pero ¿quién me protegerá, oh, Raimundo, de la ira
de Dios? ¿Quién puede protegerme de mi conciencia, de mí misma? No me
atrevo a demorarme en estos pensamientos. Me harán enloquecer. He tomado
una determinación: procurad una dispensa de mis votos; estoy dispuesta a huir
con vos. ¡Escribidme, esposo mío! Decidme que la ausencia no ha matado
vuestro amor, decidme que rescataréis de la muerte a vuestro hijo nonato y a
su desventurada madre. Vivo sufriendo todas las agonías del terror. Todos los
ojos que se fijan en mí me parece que leen mi secreto y mi vergüenza. ¡Y vos
sois el causante de estas agonías! ¡Ah! ¡Cuando mi corazón os amó por
primera vez, qué poco sospechaba que ibais a hacerle sufrir estos dolores!”
Inés
Tras leer la carta, Lorenzo la devolvió en silencio. El marqués la volvió a
guardar en el escritorio, y luego prosiguió.]
Mi alegría fue indecible al leer estas noticias tan fervientemente deseadas,
y tan poco esperadas. En seguida puse en marcha mi plan. Cuando don Gastón
me descubrió el paradero de su hija, no dudé un momento que estaría
dispuesta a abandonar el convento, así que había confiado el asunto al duque–
cardenal de Lerma, que inmediatamente se ocupó de conseguir la bula
necesaria. Afortunadamente, yo no le había pedido después que abandonase
sus gestiones. Poco después recibí carta suya, notificándome que esperaba de
un día para otro una orden de la corte de Roma. Yo me habría conformado con
esto simplemente; pero el cardenal me escribió que debía buscar el medio de
sacar a Inés del convento sin que la priora se enterase. No dudaba que ésta se
irritaría muchísimo ante la pérdida de una persona de tan alta categoría social
y consideraría la renuncia de Inés como una ofensa a su casa. La conceptuaba
como una mujer de carácter violento y vengativo, capaz de llegar a los
mayores extremos. Era de temer, por tanto, que intentase frustrar mis
esperanzas encerrando a Inés en el convento e invalidando el mandato del
Papa. Movido por esta consideración, decidí llevarme a mi amada y ocultarla
hasta que llegase la esperada bula a los dominios del duque–cardenal. Aprobó
él mi designio, y declaró que estaba dispuesto a dar protección a la fugitiva. A
continuación hice detener secretamente al nuevo jardinero de Santa Clara y
encerrarlo en mi palacio. Por este medio, me adueñé de la llave de la puerta
del jardín, y ya no tuve otra cosa que hacer que preparar el rapto de Inés. Esto
es lo que he hecho en la carta que vos me habéis visto entregar esta tarde. En
ella le digo que yo estaré preparado para recogerla mañana a las doce de la noche, que he conseguido la llave del jardín y que puede confiar en una pronta
liberación.
Ahora, Lorenzo, ya habéis oído todo mi largo relato. No tengo nada que
decir en mi descargo, salvo que mis intenciones para con vuestra hermana han
sido siempre las más honestas; que siempre ha sido mi deseo, y aún sigue
siéndolo, hacerla mi esposa, y que confío, cuando consideréis estas
circunstancias, nuestra juventud y nuestro afecto, en que no sólo perdonaréis
nuestro impremeditado desliz, sino que me ayudaréis a reparar mi falta con
Inés y asegurarme un legítimo título a su persona y su corazón.