Aquí concluyó el marqués el relato de sus aventuras. Lorenzo, antes de
poder decidir su respuesta, reflexionó unos momentos. Por último, rompió el
silencio.
—Raimundo —dijo, tomándole la mano—, el estricto honor me obligaría a
lavar con vuestra sangre la mancha que habéis arrojado sobre mi familia. Pero
las circunstancias de vuestro caso me impiden consideraros un enemigo. La
tentación era demasiado grande para resistirla. Es la superstición de mi familia
lo que ha causado estas desventuras, y son más culpables que vos y que Inés.
No se puede anular lo que ha pasado entre los dos, pero podéis repararlo
uniéndoos con mi hermana. Siempre habéis sido, y aún seguís siendo, mi más
querido y hasta único amigo. Siento por Inés el más sincero afecto; y no hay
nadie a quien yo podría entregar a mi hermana más gustosamente que a vos.
Proseguid vuestro plan, Raimundo os acompañaré mañana por la noche, y yo
mismo la llevaré a casa del cardenal. Mi presencia sancionará su conducta y
evitará que incurra en culpa por huir del convento.
El marqués le dio las gracias en términos no poco efusivos. Luego,
Lorenzo le informó que no tenía por qué esperar nada más de la enemistad de
doña Rodolfa. Hacía ya cinco meses que, en un exceso de pasión, había
sufrido una embolia y había expirado en el curso de unas horas. Luego pasó a
contarle los intereses de Antonia. El marqués se quedó enormemente
sorprendido al oír hablar de estos nuevos parientes. Su padre había alimentado
su odio a Elvira hasta la tumba, y no llegó a hacer la más mínima alusión a la
viuda de su hijo mayor. Don Raimundo aseguró a su amigo que no se
equivocaba al suponerle dispuesto a reconocer a su cuñada y su amable hija.
Los preparativos para el rapto le impedirían visitarlas al día siguiente. Pero,
entretanto, pidió a Lorenzo que les asegurase su amistad y proporcionase a
Elvira, en su nombre, cualquier suma que necesitase. Prometió hacerlo así el joven, tan pronto como conociese el lugar de su residencia. Luego se despidió
de su futuro hermano y regresó al palacio de Medina.
Estaba ya a punto de romper el día, cuando el marqués se retiró a su
aposento. Consciente de que su relato le iba a llevar varias horas, y deseando
evitar interrupciones, había ordenado a sus asistentes, al llegar al palacio, que
no le esperasen levantados. Por consiguiente, se quedó algo sorprendido
cuando entró en su antecámara, al encontrar a Theodore instalado allí. El paje
estaba sentado junto a una mesa, con una pluma en la mano, tan totalmente
ocupado en su trabajo que no se dio cuenta de la entrada de su señor. El
marqués se detuvo a observarle. Theodore escribió unas líneas, se paró y tachó
parte de lo escrito. Luego siguió escribiendo, sonrió. Por último, dejó la
pluma, saltó de la silla, y juntó las manos con alegría.
—¡Eso es! —exclamó—. ¡Ahora queda precioso!
Sus efusiones fueron interrumpidas por una carcajada del marqués, que
sospechaba la naturaleza de su trabajo.
—¿Qué es lo que queda tan precioso, Theodore?
El joven se sobresaltó y miró a su alrededor. Se ruborizó, corrió a la mesa,
cogió el papel y lo ocultó.
—¡Oh, mi señor! No sabía que estabais tan cerca de mí. ¿Debo serviros en
algo? Lucas ya se ha ido a la cama.
—Yo seguiré su ejemplo cuando te haya dado mi opinión sobre tus versos.
—¿Mis versos, señor?
—Por supuesto, estoy seguro de que has estado escribiendo algunos, pues
ninguna otra cosa podía haberte tenido despierto hasta la madrugada. ¿Dónde
están, Theodore? Me gustaría ver tu composición.
Las mejillas de Theodore se encendieron aún más: deseaba ardientemente
enseñar su poesía, pero antes le gustaba que le insistieran.
—A decir verdad, señor, no son dignos de vuestra atención.
—¿No lo son, cuando acabas de declarar que son preciosos? Vamos,
vamos, Theodore, déjame ver si coinciden nuestras opiniones. Prometo que
encontrarás en mí un crítico indulgente.
El joven sacó el papel con aparente desgana, pero la satisfacción que
brillaba en sus ojos negros y expresivos delataban la vanidad de su pequeño
pecho. El marqués sonrió al observar las emociones de un corazón hasta ahora
poco adiestrado en ocultar sus sentimientos. Se sentó en un sofá. Theodore,
con la esperanza y el temor luchando en su rostro anhelante, aguardó con
inquietud la decisión de su señor, mientras el marqués leía con atención los versos.
El marqués le devolvió el papel con una sonrisa de aliento.
—Me gusta mucho tu pequeño poema —dijo—. Sin embargo, no debes tener en cuenta mi opinión. No soy crítico de poesía, y por lo que a mí se
refiere, no he llegado a componer más de seis versos en toda mi vida, y
produjeron tan mal efecto, que estoy absolutamente decidido a no escribir
ninguno más. Pero me estoy apartando de lo que quería. Iba a decirte que no
puedes emplear de peor manera tu tiempo que haciendo versos. Un autor, sea
bueno o malo, o incluso las dos cosas, es un animal a quien todo el mundo se
siente con derecho a atacar. Pues aunque no todos son capaces de escribir
libros, todos se consideran capacitados para juzgarlos. Una mala composición
lleva en sí mismo el castigo, el menosprecio y el ridículo. Una buena suscita la
envidia, y atrae sobre su autor mil mortificaciones. Se ve hostigado por una
crítica parcial y malhumorada: el uno encuentra defectos en la trama, el otro
en el estilo, un tercero en el orden que se esfuerza por inculcar, y aquellos que
no consiguen encontrar un defecto al libro, se dedican a estigmatizar a su
autor. Sacan a la luz, maliciosamente, toda pequeña circunstancia que puede
ridiculizar su carácter personal o su conducta, y tratan de herir al hombre, si no
pueden herir al escritor. En suma, entrar en el mundo de los literatos es
exponerse voluntariamente a los dardos de la desatención, el ridículo, la
envidia y el desengaño. Ya escribas bien o mal, ten la seguridad de que no
escaparás a la censura; pero en realidad, hay en ello un gran consuelo para el
autor joven: recuerda que Lope de Vega y Calderón fueron víctimas de críticas
injustas y envidiosas, y se considera modestamente en su misma situación.
Pero comprendo que todas estas sabias observaciones no valen para ti. Escribir
es una manía frente a la cual ninguna razón es suficientemente sólida; tan fácil
sería convencerme a mí de que no ame, como a ti de que no escribas. Sin
embargo, si no puedes evitar que de cuando en cuando te dé el ataque poético,
toma al menos la precaución de no comunicar tus versos más que a aquellos
cuya parcialidad respecto a ti te asegure su aprobación.
—Entonces, mi señor, ¿no juzgáis estos versos tolerables? —dijo Theodore
con aire humilde y abatido.
—No me has entendido. Como he dicho antes, me han gustado mucho.
Pero mi afecto por ti me hace ser parcial, y otros podrían juzgarlos menos
favorablemente. Sin embargo, debo decir que aun mi predisposición en tu
favor no me ciega hasta el punto de impedirme observar varios defectos. Por
ejemplo, tienes una terrible confusión de metáforas; tiendes demasiado a poner
la fuerza de tus versos en las palabras en vez de en el sentido. Algunos de los
versos parecen introducidos sólo con el fin de hacerlos rimar con otros, y la
mayor parte de las mejores ideas están tomadas de otros poetas, aunque
posiblemente ni siquiera tú mismo te hayas dado cuenta. Esos defectos pueden
excusarse ocasionalmente en una obra larga; pero un poema corto debe ser
correcto y perfecto.
—Todo eso es cierto, señor; pero deberíais considerar que yo sólo escribo por placer.
—Vuestros defectos son los menos excusables. Se puede perdonar la
incorrección de quienes escriben por dinero, que deben completar una tarea
dada y se les paga de acuerdo con la cantidad, no con el valor (le sus
producciones. Pero en aquellos a los que la necesidad no les empuja a ser
autor, que escriben meramente por alcanzar fama y tienen todo el tiempo para
pulir sus composiciones, los defectos son imperdonables, y merecen los dardos
más afilados de la crítica.
El marqués se levantó del sofá. El paje pareció desanimado y melancólico,
cosa que no escapó a la observación de su señor.
—Sin embargo —añadió sonriendo—, creo que estos versos no te
desacreditan. Tu versificación es tolerablemente fácil y tu oído parece
ajustado. La lectura de tu pequeño poema me ha gustado bastante en
definitiva, y si no es pedirte demasiado favor, te agradecería mucho que me
dieses una copia.
El semblante del joven se iluminó inmediatamente. No percibió la sonrisa
medio de aprobación, medio irónica, que acompañó a esta petición, y prometió
encantado hacerle la copia con la mayor prontitud. El marqués se retiró a su
aposento, divertido ante el instantáneo efecto que había producido en la
vanidad de Theodore, después de su crítica. Se echó en la cama. El cansancio
se adueñó en seguida de él, y sus sueños le presentaron las más halagüeñas
escenas de felicidad con Inés.
Al llegar al palacio de Medina, el primer cuidado de Lorenzo fue preguntar
si había cartas. Había algunas esperándole, pero la que él buscaba no estaba. A
Leonela le había sido imposible escribir esa noche. Sin embargo, su
impaciencia por asegurarse el corazón de don Cristóbal, en quien se preciaba
de haber hecho no poca impresión, no le permitió pasar otro día sin informarle
de dónde podría encontrarla. A su regreso de la iglesia de los capuchinos,
relató jubilosa a su hermana cómo había estado con ella un caballero atento y
distinguido; y también que su compañero había prometido ocuparse de la
causa de Antonia ante el marqués de las Cisternas. Elvira acogió la noticia con
muy distinto talante que el de quien se la comunicaba. Censuró la imprudencia
de su hermana por haber confiado su historia a un completo desconocido, y
expresó su temor de que este desconsiderado paso predispusiera al marqués en
su contra. Su mayor aprensión la guardó en su pecho. Había observado con
inquietud que, ante la mención de Lorenzo, un rubor había invadido las
mejillas de su hija. La tímida Antonia no se atrevió a pronunciar su nombre:
sin saber por qué, se sintió confundida cuando surgió él en la conversación, y
se esforzó por desviar el tema hacia Ambrosio. Elvira notó las emociones de
aquel pecho juvenil. Así que insistió en que Leonela rompiera la promesa que había hecho a los caballeros. El suspiro que se le escapó a Antonia al oír tal
orden confirmó a la cautelosa madre en su resolución.
Leonela, sin embargo, estaba dispuesta a saltarse dicha orden. Consideró
que se debía a la envidia, y que su hermana tenía miedo de verla exaltada por
encima de ella. Sin confiar su intención a nadie, aprovechó una ocasión que se
le presentó para despachar la siguiente nota a Lorenzo, que le fue entregada
tan pronto como despertó:
“Sin duda, señor don Lorenzo, me habréis acusado más de una vez de
ingrata y olvidadiza. Pero palabra os doy de virgen de que no estaba en mí
poder cumplir ayer mi promesa. No sé con qué palabras informaros de la
extraña acogida que mi hermana ha dado a vuestro amable deseo de visitarla.
Es una mujer muy rara, con muchas virtudes buenas; pero los celos que me
tiene la hacen concebir ideas completamente extrañas. Al oír que vuestro
amigo me había dedicado alguna atención, se ha alarmado inmediatamente.
Me ha reprochado mi conducta, y me ha prohibido absolutamente que os dé a
conocer nuestro domicilio. Mi gran sentido del agradecimiento por vuestro
amable ofrecimiento, y... ¿os lo confesaré?, mi deseo de ver una vez más al
amable don Cristóbal, no me permiten obedecer su requerimiento. Así que
aprovecho este instante de inadvertencia para informaros que vivo en la calle
de Santiago, a cuatro portales del palacio de Albornoz, y casi enfrente de la
casa del barbero Miguel Coello. Preguntad por doña Elvira Dalfa, dado que en
cumplimiento de la orden de su suegro, mi hermana sigue utilizando el
nombre de soltera. Esta noche a las ocho podréis encontrarnos con seguridad,
pero no digáis una sola palabra que haga sospechar que os he escrito esta
carta. Si vierais al conde de Ossorio, decidle..., me ruboriza confesarlo...,
decidle que su presencia será muy grata a la afectuosa,”
Leonela
Las últimas palabras fueron escritas en tinta roja, para expresar los rubores
de sus mejillas, aunque cometía una afrenta a su virginal recato.
Tan pronto como Lorenzo leyó esta nota, salió en busca de don Cristóbal.
No pudiendo encontrarle a lo largo M día, se dirigió solo a casa de doña Elvira
para infinito desencanto de Leonela. Como el criado por quien mandó
anunciar su nombre había dicho ya que su señora estaba en casa, no tuvo
excusa para rechazar su visita. Sin embargo, consintió en recibirle con mucha
renuencia. Esta renuencia aumentó ante la alteración que su llegada produjo en
el semblante de Antonia, la cual aumentó al aparecer dicho joven. La simetría
de su persona, la animación de su semblante y la natural elegancia de sus
modales y palabras, convencieron a Elvira de que aquel invitado debía de ser
peligroso para su hija. Decidió tratarle con fría cortesía, declinar sus servicios
con gratitud por ofrecérselos, y hacerle ver, sin ofenderle, que sus futuras visitas estarían lejos de ser bien acogidas.
A su entrada, pues, se encontró con que Elvira se hallaba indispuesta,
recostada en un sofá. Antonia estaba sentada junto a su bordado, y Leonela,
vestida con un atuendo pastoril, leía la Diana de Montemayor. A pesar de que
era madre de Antonia, Lorenzo no podía evitar haber esperado ver en Elvira a
la hermana de Leonela, y la «hija del zapatero más honrado y trabajador de
toda Córdoba». Una simple ojeada bastó para desengañarle. Ante sí tenía a una
mujer cuyas facciones, aunque marchitas por el tiempo y el sufrimiento, aún
conservaban los rasgos de una belleza distinguida. Una grave dignidad
emanaba de su persona, atemperada por una gracia y dulzura que la hacían
realmente encantadora. Lorenzo pensó que en su juventud debió de parecerse a
su hija, y justificó plenamente al difunto conde de las Cisternas. Elvira le
indicó que podía sentarse, y volvió a ocupar su sitio en el sofá.
Antonia le acogió con una sencilla reverencia, y continuó su labor. Se le
arrebolaron las mejillas, y se esforzó en ocultar su emoción inclinándose sobre
su bastidor. Su tía decidió también adoptar un aire de modestia, fingió
ruborizarse y temblar, y aguardó, con la mirada baja, a recibir los cumplidos
de don Cristóbal. Viendo, un rato después, que no ocurría la esperada
aproximación, se aventuró a mirar por toda la habitación, descubriendo con
disgusto que Medina venía solo. La impaciencia no le permitió esperar una
explicación: interrumpiendo a Lorenzo, que en ese momento comunicaba el
mensaje de Raimundo, preguntó qué había pasado con su amigo.
Como Lorenzo creía necesario mantenerse en buenos términos con ella, se
esforzó por consolarla de su desencanto, violentando en cierto modo la verdad.
—¡Ah, señora! —contestó con melancólica voz—. ¡Cuán pesaroso debe de
estar al perder esta ocasión de presentaros sus respetos! La enfermedad de un
pariente le ha obligado a salir de Madrid apresuradamente. ¡No obstante, estad
segura de que aprovechará con delirio la primera ocasión para arrojarse a
vuestros pies!
Al decir esto, sus ojos se encontraron con los de Elvira, que le castigó su
falsedad suficientemente lanzándole una expresiva mirada de desaprobación y
reproche. Por otro lado, el engaño tampoco respondía a su intención. Molesta
y decepcionada, Leonela se levantó de su asiento y se retiró enojada a su
aposento.
Lorenzo se apresuró a reparar su falta, que le había perjudicado ante los
ojos de Elvira. Relató su conversación con el marqués a propósito de ella. Le
aseguró que Raimundo estaba dispuesto a reconocerla como la viuda de su
hermano, y que hasta tanto pudiese venir a presentarle sus cumplidos
personalmente, Lorenzo estaba encargado de representarle. Esta noticia alivió
a Elvira de una agobiante inquietud: ahora encontraba a un protector para la huérfana Antonia, por cuyo futuro había sufrido las mayores tribulaciones. No
fue parca en agradecimientos a aquel que había intercedido tan generosamente
en su favor; pero no le invitó a que repitiese su visita. Sin embargo, cuando al
levantarse para marcharse, pidió permiso para preguntar por su salud alguna
vez, la grave cortesía de su actitud, la gratitud por sus servicios y el respeto
hacia el amigo del marqués, no le permitieron negárselo. Accedió de mala
gana a recibirle. El prometió no abusar de su bondad, y abandonó la, casa.
Antonia se quedó entonces a solas con su madre. Durante un rato
permanecieron en silencio. Las dos estaban deseosas de comentar el mismo
tema, pero ninguna de las dos sabía cómo abordarlo. La una sentía una
vergüenza que no acertaba a explicar, que le sellaba los labios. La otra tenía
miedo de que fuesen ciertos sus temores, o inspirar a su hija ideas a las que
aún era ajena. Finalmente, empezó Elvira la conversación.
—Ese joven es encantador, Antonia; me ha gustado mucho. ¿Estuvo cerca
de ti ayer en la catedral?
—No se apartó ni un momento, mientras estuve en la iglesia, me cedió su
asiento, y estuvo muy atento y servicial.
—¿De veras? Entonces, ¿por qué no me has hablado de él? Tu tía se ha
deshecho en alabanzas de un amigo, y tú has elogiado la elocuencia de
Ambrosio. Pero ninguna de las dos ha dicho una sola palabra de la persona y
virtudes de don Lorenzo. De no hablar Leonela de su disposición para
ocuparse de nuestra causa, yo no habría sabido ni que existía.
Calló. Antonia se puso colorada, pero no dijo nada.
—Quizá tú le juzgues menos favorablemente que yo. En mi opinión, su
figura es agradable, su conversación prudente y sus modales atractivos. Pero
puede que a ti te haya causado una impresión distinta. Tal vez le creas
desagradable, y...
—¿Desagradable? ¡Oh! Querida madre, ¿cómo podría pensar de él una
cosa así? Sería muy desagradecida si no fuese sensible a su amable
comportamiento de ayer, y muy ciega si se me hubiesen escapado sus méritos.
¡Su figura es tan airosa, tan noble! ¡Y sus modales tan dulces, tan varoniles!
Hasta ahora, nunca había visto tantas cualidades juntas en una persona, y dudo
que en Madrid exista otro igual.
—Entonces, ¿por qué eres tan reservada a la hora de alabar a este fénix de
Madrid? ¿Por qué me has ocultado el placer que te había producido su
compañía?
—A decir verdad, no lo sé. Me preguntáis una cosa a la que yo misma no
he podido contestarme. He estado a punto de hablaros de él un centenar de veces. He tenido su nombre constantemente en los labios, pero cuando iba a
pronunciarlo, me ha faltado valor. Sin embargo, si no os he hablado de él, no
ha sido por no pensar en don Lorenzo.
—Lo creo. Pero ¿quieres que te diga por qué te ha faltado el valor? Porque
acostumbrada a confiarme tus más secretos pensamientos, no has sabido
ocultar, y temías reconocer, que tu corazón abriga un sentimiento que sabes
que yo desaprobaría. Ven aquí, criatura.
Antonia dejó el bastidor, cayó de rodillas junto al sofá y sepultó su rostro
en el regazo de su madre.
—¡No tengas miedo, niña preciosa! Considérame tanto tu amiga como tu
madre, y no temas ningún reproche por mi parte. He leído las emociones de tu
pecho. Todavía no has aprendido a disimularlas, de modo que no podían
escapar a mis ojos atentos. Este Lorenzo es peligroso para tu sosiego; ya ha
causado honda impresión en tu corazón. Ciertamente me doy cuenta de que es
fácil que tu afecto sea correspondido. Pero ¿cuáles pueden ser las
consecuencias de este afecto? Tú eres pobre y no tienes amigos, Antonia.
Lorenzo es el heredero del duque de Medina. Aun cuando él fuera un hombre
de intenciones honestas, su tío jamás consentiría vuestra unión. Y sin el
consentimiento de su tío, yo tampoco quiero. Sé por triste experiencia los
sufrimientos que le toca padecer a la que se casa con alguien cuya familia no
está dispuesta a acogerla. De modo que sofoca tu afecto; sean cuales sean los
dolores que te cuesten, trata de dominarlos. Tu corazón es tierno y sensible. Ya
ha recibido una fuerte impresión. Pero una vez convencida de que no debes
alentar tales sentimientos, confío en que tendrás la suficiente fortaleza para
expulsarlos de tu pecho.
Antonia besó su mano y prometió absoluta obediencia. Elvira prosiguió:
—Para evitar que tu pasión aumente, será necesario impedirlas visitas de
Lorenzo. El servicio que me ha prestado no me permite prohibirlas
tajantemente. Pero a menos; que juzgue yo su carácter muy favorablemente,
dejará de hacerlas sin ofenderse cuando le confiese mis razones y me ponga
enteramente en manos de su generosidad. La próxima vez que le vea, le
confesaré honestamente el embarazo que su presencia ocasiona. ¿Tú qué dices,
hija mía? ¿No crees esta medida necesaria?
Antonia lo suscribió todo sin vacilación, aunque no sin pesar. Su madre la
besó cariñosamente, y se retiró a dormir. Antonia siguió su ejemplo, y se
prometió tantas veces no volver a pensar más en Lorenzo que, hasta que el
sueño le cerró los ojos, no pensó en otra cosa.
Mientras esto ocurría en casa de Elvira, Lorenzo corrió a reunirse con el
marqués. Todo estaba preparado para el segundo rapto de Inés; y a las doce, los dos amigos se hallaban junto a la tapia del jardín del convento, con un
coche y cuatro caballos. Don Raimundo sacó la llave y abrió la puerta.
Entraron, y durante unos minutos aguardaron con expectación a que Inés se
reuniera con ellos. Finalmente, el marqués comenzó a impacientarse.
Temiendo que este segundo intento fracasara como el primero, propuso
inspeccionar el convento. Los dos amigos se acercaron. Todo estaba tranquilo
y a oscuras. La priora deseaba mantener en secreto la historia, temiendo que el
crimen de una de sus monjas atrajese la deshonra de la comunidad entera, o
que la intervención de algún pariente poderoso le impidiese vengarse de su
inminente víctima. De modo que tomó el cuidado de no dar al amante de Inés
ningún motivo para suponer que había sido descubierto su plan, y que su
amada estaba a punto de sufrir el castigo que su falta merecía. La misma razón
le hizo rechazar la idea de mandar arrestar al desconocido seductor en el
jardín. Tal medida habría ocasionado gran alboroto, y la deshonra del
convento se habría propagado por todo Madrid. Se conformó con encerrar a
Inés. En cuanto al amante, le dejó que siguiese libremente sus planes. El
resultado fue el que ella había esperado. El marqués y Lorenzo estuvieron
esperando inútilmente hasta que rompió el día. Entonces se retiraron sin ruido,
alarmados ante el fracaso de su plan, y sin saber cuál habría sido la causa.
A la mañana siguiente, Lorenzo fue al convento y pidió ver a su hermana.
La priora acudió a la reja con el semblante entristecido. Le informó que hacía
varios días que Inés se sentía muy agitada; que varias monjas le habían
insistido en vano que les revelase la causa y recurriese a su ternura para
pedirle consejo y consolación; que ella había persistido obstinadamente en
ocultar la causa de su aflicción; pero que el jueves por la noche había
producido un efecto tan violento sobre su constitución que había caído
enferma, viéndose obligada a quedarse en la cama. Lorenzo no se creyó una
sola palabra de esta historia. Insistió en ver a su hermana. Si no podía ella
bajar a la reja, deseaba que le dejasen pasar hasta su celda. ¡La priora se
santiguó! Se escandalizó ante la idea de que los ojos profanos de un hombre
penetrasen el interior de su sagrada mansión, y manifestó que se asombraba de
que a Lorenzo se le pudiese ocurrir semejante idea. Le dijo que no podía
acceder a tal petición, pero que si volvía al día siguiente, esperaba que su
amada hija estuviera lo bastante recuperada como para verle en la reja del
locutorio. Tras esta respuesta, Lorenzo no tuvo más remedio que retirarse
insatisfecho y temblando por la seguridad de la hermana.
Volvió al día siguiente a temprana hora. «Inés está peor. El médico ha
declarado que corre grave peligro; le ha ordenado que permanezca en reposo,
y le es completamente imposible recibiros.» Lorenzo estalló ante semejante
respuesta, pero no podía hacer nada. Se enfureció, suplicó, amenazó. No dejó
por intentar un solo recurso para conseguir ver a Inés. Sus esfuerzos fueron tan
inútiles como los del día anterior, y regresó desesperado a ver al marqués. Por su parte, éste no había ahorrado esfuerzos por descubrir cuál había sido la
causa del fracaso de su plan. Don Cristóbal, a quien confió ahora el asunto,
trató de sonsacar algo a la vieja portera de Santa Clara, con la que había
llegado a trabar amistad; pero ésta estaba demasiado prevenida, y no consiguió
nada. El marqués se hallaba casi trastornado y Lorenzo se sentía casi tan
inquieto como él. Los dos estaban convencidos de que habían descubierto el
proyectado secuestro. No dudaban que la enfermedad de Inés era fingida,
aunque no sabían cómo rescatarla de las manos de la priora.