Capitulo 16

4310 Palabras
Aquí concluyó el marqués el relato de sus aventuras. Lorenzo, antes de poder decidir su respuesta, reflexionó unos momentos. Por último, rompió el silencio. —Raimundo —dijo, tomándole la mano—, el estricto honor me obligaría a lavar con vuestra sangre la mancha que habéis arrojado sobre mi familia. Pero las circunstancias de vuestro caso me impiden consideraros un enemigo. La tentación era demasiado grande para resistirla. Es la superstición de mi familia lo que ha causado estas desventuras, y son más culpables que vos y que Inés. No se puede anular lo que ha pasado entre los dos, pero podéis repararlo uniéndoos con mi hermana. Siempre habéis sido, y aún seguís siendo, mi más querido y hasta único amigo. Siento por Inés el más sincero afecto; y no hay nadie a quien yo podría entregar a mi hermana más gustosamente que a vos. Proseguid vuestro plan, Raimundo os acompañaré mañana por la noche, y yo mismo la llevaré a casa del cardenal. Mi presencia sancionará su conducta y evitará que incurra en culpa por huir del convento. El marqués le dio las gracias en términos no poco efusivos. Luego, Lorenzo le informó que no tenía por qué esperar nada más de la enemistad de doña Rodolfa. Hacía ya cinco meses que, en un exceso de pasión, había sufrido una embolia y había expirado en el curso de unas horas. Luego pasó a contarle los intereses de Antonia. El marqués se quedó enormemente sorprendido al oír hablar de estos nuevos parientes. Su padre había alimentado su odio a Elvira hasta la tumba, y no llegó a hacer la más mínima alusión a la viuda de su hijo mayor. Don Raimundo aseguró a su amigo que no se equivocaba al suponerle dispuesto a reconocer a su cuñada y su amable hija. Los preparativos para el rapto le impedirían visitarlas al día siguiente. Pero, entretanto, pidió a Lorenzo que les asegurase su amistad y proporcionase a Elvira, en su nombre, cualquier suma que necesitase. Prometió hacerlo así el joven, tan pronto como conociese el lugar de su residencia. Luego se despidió de su futuro hermano y regresó al palacio de Medina. Estaba ya a punto de romper el día, cuando el marqués se retiró a su aposento. Consciente de que su relato le iba a llevar varias horas, y deseando evitar interrupciones, había ordenado a sus asistentes, al llegar al palacio, que no le esperasen levantados. Por consiguiente, se quedó algo sorprendido cuando entró en su antecámara, al encontrar a Theodore instalado allí. El paje estaba sentado junto a una mesa, con una pluma en la mano, tan totalmente ocupado en su trabajo que no se dio cuenta de la entrada de su señor. El marqués se detuvo a observarle. Theodore escribió unas líneas, se paró y tachó parte de lo escrito. Luego siguió escribiendo, sonrió. Por último, dejó la pluma, saltó de la silla, y juntó las manos con alegría. —¡Eso es! —exclamó—. ¡Ahora queda precioso! Sus efusiones fueron interrumpidas por una carcajada del marqués, que sospechaba la naturaleza de su trabajo. —¿Qué es lo que queda tan precioso, Theodore? El joven se sobresaltó y miró a su alrededor. Se ruborizó, corrió a la mesa, cogió el papel y lo ocultó. —¡Oh, mi señor! No sabía que estabais tan cerca de mí. ¿Debo serviros en algo? Lucas ya se ha ido a la cama. —Yo seguiré su ejemplo cuando te haya dado mi opinión sobre tus versos. —¿Mis versos, señor? —Por supuesto, estoy seguro de que has estado escribiendo algunos, pues ninguna otra cosa podía haberte tenido despierto hasta la madrugada. ¿Dónde están, Theodore? Me gustaría ver tu composición. Las mejillas de Theodore se encendieron aún más: deseaba ardientemente enseñar su poesía, pero antes le gustaba que le insistieran. —A decir verdad, señor, no son dignos de vuestra atención. —¿No lo son, cuando acabas de declarar que son preciosos? Vamos, vamos, Theodore, déjame ver si coinciden nuestras opiniones. Prometo que encontrarás en mí un crítico indulgente. El joven sacó el papel con aparente desgana, pero la satisfacción que brillaba en sus ojos negros y expresivos delataban la vanidad de su pequeño pecho. El marqués sonrió al observar las emociones de un corazón hasta ahora poco adiestrado en ocultar sus sentimientos. Se sentó en un sofá. Theodore, con la esperanza y el temor luchando en su rostro anhelante, aguardó con inquietud la decisión de su señor, mientras el marqués leía con atención los versos. El marqués le devolvió el papel con una sonrisa de aliento. —Me gusta mucho tu pequeño poema —dijo—. Sin embargo, no debes tener en cuenta mi opinión. No soy crítico de poesía, y por lo que a mí se refiere, no he llegado a componer más de seis versos en toda mi vida, y produjeron tan mal efecto, que estoy absolutamente decidido a no escribir ninguno más. Pero me estoy apartando de lo que quería. Iba a decirte que no puedes emplear de peor manera tu tiempo que haciendo versos. Un autor, sea bueno o malo, o incluso las dos cosas, es un animal a quien todo el mundo se siente con derecho a atacar. Pues aunque no todos son capaces de escribir libros, todos se consideran capacitados para juzgarlos. Una mala composición lleva en sí mismo el castigo, el menosprecio y el ridículo. Una buena suscita la envidia, y atrae sobre su autor mil mortificaciones. Se ve hostigado por una crítica parcial y malhumorada: el uno encuentra defectos en la trama, el otro en el estilo, un tercero en el orden que se esfuerza por inculcar, y aquellos que no consiguen encontrar un defecto al libro, se dedican a estigmatizar a su autor. Sacan a la luz, maliciosamente, toda pequeña circunstancia que puede ridiculizar su carácter personal o su conducta, y tratan de herir al hombre, si no pueden herir al escritor. En suma, entrar en el mundo de los literatos es exponerse voluntariamente a los dardos de la desatención, el ridículo, la envidia y el desengaño. Ya escribas bien o mal, ten la seguridad de que no escaparás a la censura; pero en realidad, hay en ello un gran consuelo para el autor joven: recuerda que Lope de Vega y Calderón fueron víctimas de críticas injustas y envidiosas, y se considera modestamente en su misma situación. Pero comprendo que todas estas sabias observaciones no valen para ti. Escribir es una manía frente a la cual ninguna razón es suficientemente sólida; tan fácil sería convencerme a mí de que no ame, como a ti de que no escribas. Sin embargo, si no puedes evitar que de cuando en cuando te dé el ataque poético, toma al menos la precaución de no comunicar tus versos más que a aquellos cuya parcialidad respecto a ti te asegure su aprobación. —Entonces, mi señor, ¿no juzgáis estos versos tolerables? —dijo Theodore con aire humilde y abatido. —No me has entendido. Como he dicho antes, me han gustado mucho. Pero mi afecto por ti me hace ser parcial, y otros podrían juzgarlos menos favorablemente. Sin embargo, debo decir que aun mi predisposición en tu favor no me ciega hasta el punto de impedirme observar varios defectos. Por ejemplo, tienes una terrible confusión de metáforas; tiendes demasiado a poner la fuerza de tus versos en las palabras en vez de en el sentido. Algunos de los versos parecen introducidos sólo con el fin de hacerlos rimar con otros, y la mayor parte de las mejores ideas están tomadas de otros poetas, aunque posiblemente ni siquiera tú mismo te hayas dado cuenta. Esos defectos pueden excusarse ocasionalmente en una obra larga; pero un poema corto debe ser correcto y perfecto. —Todo eso es cierto, señor; pero deberíais considerar que yo sólo escribo por placer. —Vuestros defectos son los menos excusables. Se puede perdonar la incorrección de quienes escriben por dinero, que deben completar una tarea dada y se les paga de acuerdo con la cantidad, no con el valor (le sus producciones. Pero en aquellos a los que la necesidad no les empuja a ser autor, que escriben meramente por alcanzar fama y tienen todo el tiempo para pulir sus composiciones, los defectos son imperdonables, y merecen los dardos más afilados de la crítica. El marqués se levantó del sofá. El paje pareció desanimado y melancólico, cosa que no escapó a la observación de su señor. —Sin embargo —añadió sonriendo—, creo que estos versos no te desacreditan. Tu versificación es tolerablemente fácil y tu oído parece ajustado. La lectura de tu pequeño poema me ha gustado bastante en definitiva, y si no es pedirte demasiado favor, te agradecería mucho que me dieses una copia. El semblante del joven se iluminó inmediatamente. No percibió la sonrisa medio de aprobación, medio irónica, que acompañó a esta petición, y prometió encantado hacerle la copia con la mayor prontitud. El marqués se retiró a su aposento, divertido ante el instantáneo efecto que había producido en la vanidad de Theodore, después de su crítica. Se echó en la cama. El cansancio se adueñó en seguida de él, y sus sueños le presentaron las más halagüeñas escenas de felicidad con Inés. Al llegar al palacio de Medina, el primer cuidado de Lorenzo fue preguntar si había cartas. Había algunas esperándole, pero la que él buscaba no estaba. A Leonela le había sido imposible escribir esa noche. Sin embargo, su impaciencia por asegurarse el corazón de don Cristóbal, en quien se preciaba de haber hecho no poca impresión, no le permitió pasar otro día sin informarle de dónde podría encontrarla. A su regreso de la iglesia de los capuchinos, relató jubilosa a su hermana cómo había estado con ella un caballero atento y distinguido; y también que su compañero había prometido ocuparse de la causa de Antonia ante el marqués de las Cisternas. Elvira acogió la noticia con muy distinto talante que el de quien se la comunicaba. Censuró la imprudencia de su hermana por haber confiado su historia a un completo desconocido, y expresó su temor de que este desconsiderado paso predispusiera al marqués en su contra. Su mayor aprensión la guardó en su pecho. Había observado con inquietud que, ante la mención de Lorenzo, un rubor había invadido las mejillas de su hija. La tímida Antonia no se atrevió a pronunciar su nombre: sin saber por qué, se sintió confundida cuando surgió él en la conversación, y se esforzó por desviar el tema hacia Ambrosio. Elvira notó las emociones de aquel pecho juvenil. Así que insistió en que Leonela rompiera la promesa que había hecho a los caballeros. El suspiro que se le escapó a Antonia al oír tal orden confirmó a la cautelosa madre en su resolución. Leonela, sin embargo, estaba dispuesta a saltarse dicha orden. Consideró que se debía a la envidia, y que su hermana tenía miedo de verla exaltada por encima de ella. Sin confiar su intención a nadie, aprovechó una ocasión que se le presentó para despachar la siguiente nota a Lorenzo, que le fue entregada tan pronto como despertó: “Sin duda, señor don Lorenzo, me habréis acusado más de una vez de ingrata y olvidadiza. Pero palabra os doy de virgen de que no estaba en mí poder cumplir ayer mi promesa. No sé con qué palabras informaros de la extraña acogida que mi hermana ha dado a vuestro amable deseo de visitarla. Es una mujer muy rara, con muchas virtudes buenas; pero los celos que me tiene la hacen concebir ideas completamente extrañas. Al oír que vuestro amigo me había dedicado alguna atención, se ha alarmado inmediatamente. Me ha reprochado mi conducta, y me ha prohibido absolutamente que os dé a conocer nuestro domicilio. Mi gran sentido del agradecimiento por vuestro amable ofrecimiento, y... ¿os lo confesaré?, mi deseo de ver una vez más al amable don Cristóbal, no me permiten obedecer su requerimiento. Así que aprovecho este instante de inadvertencia para informaros que vivo en la calle de Santiago, a cuatro portales del palacio de Albornoz, y casi enfrente de la casa del barbero Miguel Coello. Preguntad por doña Elvira Dalfa, dado que en cumplimiento de la orden de su suegro, mi hermana sigue utilizando el nombre de soltera. Esta noche a las ocho podréis encontrarnos con seguridad, pero no digáis una sola palabra que haga sospechar que os he escrito esta carta. Si vierais al conde de Ossorio, decidle..., me ruboriza confesarlo..., decidle que su presencia será muy grata a la afectuosa,” Leonela Las últimas palabras fueron escritas en tinta roja, para expresar los rubores de sus mejillas, aunque cometía una afrenta a su virginal recato. Tan pronto como Lorenzo leyó esta nota, salió en busca de don Cristóbal. No pudiendo encontrarle a lo largo M día, se dirigió solo a casa de doña Elvira para infinito desencanto de Leonela. Como el criado por quien mandó anunciar su nombre había dicho ya que su señora estaba en casa, no tuvo excusa para rechazar su visita. Sin embargo, consintió en recibirle con mucha renuencia. Esta renuencia aumentó ante la alteración que su llegada produjo en el semblante de Antonia, la cual aumentó al aparecer dicho joven. La simetría de su persona, la animación de su semblante y la natural elegancia de sus modales y palabras, convencieron a Elvira de que aquel invitado debía de ser peligroso para su hija. Decidió tratarle con fría cortesía, declinar sus servicios con gratitud por ofrecérselos, y hacerle ver, sin ofenderle, que sus futuras visitas estarían lejos de ser bien acogidas. A su entrada, pues, se encontró con que Elvira se hallaba indispuesta, recostada en un sofá. Antonia estaba sentada junto a su bordado, y Leonela, vestida con un atuendo pastoril, leía la Diana de Montemayor. A pesar de que era madre de Antonia, Lorenzo no podía evitar haber esperado ver en Elvira a la hermana de Leonela, y la «hija del zapatero más honrado y trabajador de toda Córdoba». Una simple ojeada bastó para desengañarle. Ante sí tenía a una mujer cuyas facciones, aunque marchitas por el tiempo y el sufrimiento, aún conservaban los rasgos de una belleza distinguida. Una grave dignidad emanaba de su persona, atemperada por una gracia y dulzura que la hacían realmente encantadora. Lorenzo pensó que en su juventud debió de parecerse a su hija, y justificó plenamente al difunto conde de las Cisternas. Elvira le indicó que podía sentarse, y volvió a ocupar su sitio en el sofá. Antonia le acogió con una sencilla reverencia, y continuó su labor. Se le arrebolaron las mejillas, y se esforzó en ocultar su emoción inclinándose sobre su bastidor. Su tía decidió también adoptar un aire de modestia, fingió ruborizarse y temblar, y aguardó, con la mirada baja, a recibir los cumplidos de don Cristóbal. Viendo, un rato después, que no ocurría la esperada aproximación, se aventuró a mirar por toda la habitación, descubriendo con disgusto que Medina venía solo. La impaciencia no le permitió esperar una explicación: interrumpiendo a Lorenzo, que en ese momento comunicaba el mensaje de Raimundo, preguntó qué había pasado con su amigo. Como Lorenzo creía necesario mantenerse en buenos términos con ella, se esforzó por consolarla de su desencanto, violentando en cierto modo la verdad. —¡Ah, señora! —contestó con melancólica voz—. ¡Cuán pesaroso debe de estar al perder esta ocasión de presentaros sus respetos! La enfermedad de un pariente le ha obligado a salir de Madrid apresuradamente. ¡No obstante, estad segura de que aprovechará con delirio la primera ocasión para arrojarse a vuestros pies! Al decir esto, sus ojos se encontraron con los de Elvira, que le castigó su falsedad suficientemente lanzándole una expresiva mirada de desaprobación y reproche. Por otro lado, el engaño tampoco respondía a su intención. Molesta y decepcionada, Leonela se levantó de su asiento y se retiró enojada a su aposento. Lorenzo se apresuró a reparar su falta, que le había perjudicado ante los ojos de Elvira. Relató su conversación con el marqués a propósito de ella. Le aseguró que Raimundo estaba dispuesto a reconocerla como la viuda de su hermano, y que hasta tanto pudiese venir a presentarle sus cumplidos personalmente, Lorenzo estaba encargado de representarle. Esta noticia alivió a Elvira de una agobiante inquietud: ahora encontraba a un protector para la huérfana Antonia, por cuyo futuro había sufrido las mayores tribulaciones. No fue parca en agradecimientos a aquel que había intercedido tan generosamente en su favor; pero no le invitó a que repitiese su visita. Sin embargo, cuando al levantarse para marcharse, pidió permiso para preguntar por su salud alguna vez, la grave cortesía de su actitud, la gratitud por sus servicios y el respeto hacia el amigo del marqués, no le permitieron negárselo. Accedió de mala gana a recibirle. El prometió no abusar de su bondad, y abandonó la, casa. Antonia se quedó entonces a solas con su madre. Durante un rato permanecieron en silencio. Las dos estaban deseosas de comentar el mismo tema, pero ninguna de las dos sabía cómo abordarlo. La una sentía una vergüenza que no acertaba a explicar, que le sellaba los labios. La otra tenía miedo de que fuesen ciertos sus temores, o inspirar a su hija ideas a las que aún era ajena. Finalmente, empezó Elvira la conversación. —Ese joven es encantador, Antonia; me ha gustado mucho. ¿Estuvo cerca de ti ayer en la catedral? —No se apartó ni un momento, mientras estuve en la iglesia, me cedió su asiento, y estuvo muy atento y servicial. —¿De veras? Entonces, ¿por qué no me has hablado de él? Tu tía se ha deshecho en alabanzas de un amigo, y tú has elogiado la elocuencia de Ambrosio. Pero ninguna de las dos ha dicho una sola palabra de la persona y virtudes de don Lorenzo. De no hablar Leonela de su disposición para ocuparse de nuestra causa, yo no habría sabido ni que existía. Calló. Antonia se puso colorada, pero no dijo nada. —Quizá tú le juzgues menos favorablemente que yo. En mi opinión, su figura es agradable, su conversación prudente y sus modales atractivos. Pero puede que a ti te haya causado una impresión distinta. Tal vez le creas desagradable, y... —¿Desagradable? ¡Oh! Querida madre, ¿cómo podría pensar de él una cosa así? Sería muy desagradecida si no fuese sensible a su amable comportamiento de ayer, y muy ciega si se me hubiesen escapado sus méritos. ¡Su figura es tan airosa, tan noble! ¡Y sus modales tan dulces, tan varoniles! Hasta ahora, nunca había visto tantas cualidades juntas en una persona, y dudo que en Madrid exista otro igual. —Entonces, ¿por qué eres tan reservada a la hora de alabar a este fénix de Madrid? ¿Por qué me has ocultado el placer que te había producido su compañía? —A decir verdad, no lo sé. Me preguntáis una cosa a la que yo misma no he podido contestarme. He estado a punto de hablaros de él un centenar de veces. He tenido su nombre constantemente en los labios, pero cuando iba a pronunciarlo, me ha faltado valor. Sin embargo, si no os he hablado de él, no ha sido por no pensar en don Lorenzo. —Lo creo. Pero ¿quieres que te diga por qué te ha faltado el valor? Porque acostumbrada a confiarme tus más secretos pensamientos, no has sabido ocultar, y temías reconocer, que tu corazón abriga un sentimiento que sabes que yo desaprobaría. Ven aquí, criatura. Antonia dejó el bastidor, cayó de rodillas junto al sofá y sepultó su rostro en el regazo de su madre. —¡No tengas miedo, niña preciosa! Considérame tanto tu amiga como tu madre, y no temas ningún reproche por mi parte. He leído las emociones de tu pecho. Todavía no has aprendido a disimularlas, de modo que no podían escapar a mis ojos atentos. Este Lorenzo es peligroso para tu sosiego; ya ha causado honda impresión en tu corazón. Ciertamente me doy cuenta de que es fácil que tu afecto sea correspondido. Pero ¿cuáles pueden ser las consecuencias de este afecto? Tú eres pobre y no tienes amigos, Antonia. Lorenzo es el heredero del duque de Medina. Aun cuando él fuera un hombre de intenciones honestas, su tío jamás consentiría vuestra unión. Y sin el consentimiento de su tío, yo tampoco quiero. Sé por triste experiencia los sufrimientos que le toca padecer a la que se casa con alguien cuya familia no está dispuesta a acogerla. De modo que sofoca tu afecto; sean cuales sean los dolores que te cuesten, trata de dominarlos. Tu corazón es tierno y sensible. Ya ha recibido una fuerte impresión. Pero una vez convencida de que no debes alentar tales sentimientos, confío en que tendrás la suficiente fortaleza para expulsarlos de tu pecho. Antonia besó su mano y prometió absoluta obediencia. Elvira prosiguió: —Para evitar que tu pasión aumente, será necesario impedirlas visitas de Lorenzo. El servicio que me ha prestado no me permite prohibirlas tajantemente. Pero a menos; que juzgue yo su carácter muy favorablemente, dejará de hacerlas sin ofenderse cuando le confiese mis razones y me ponga enteramente en manos de su generosidad. La próxima vez que le vea, le confesaré honestamente el embarazo que su presencia ocasiona. ¿Tú qué dices, hija mía? ¿No crees esta medida necesaria? Antonia lo suscribió todo sin vacilación, aunque no sin pesar. Su madre la besó cariñosamente, y se retiró a dormir. Antonia siguió su ejemplo, y se prometió tantas veces no volver a pensar más en Lorenzo que, hasta que el sueño le cerró los ojos, no pensó en otra cosa. Mientras esto ocurría en casa de Elvira, Lorenzo corrió a reunirse con el marqués. Todo estaba preparado para el segundo rapto de Inés; y a las doce, los dos amigos se hallaban junto a la tapia del jardín del convento, con un coche y cuatro caballos. Don Raimundo sacó la llave y abrió la puerta. Entraron, y durante unos minutos aguardaron con expectación a que Inés se reuniera con ellos. Finalmente, el marqués comenzó a impacientarse. Temiendo que este segundo intento fracasara como el primero, propuso inspeccionar el convento. Los dos amigos se acercaron. Todo estaba tranquilo y a oscuras. La priora deseaba mantener en secreto la historia, temiendo que el crimen de una de sus monjas atrajese la deshonra de la comunidad entera, o que la intervención de algún pariente poderoso le impidiese vengarse de su inminente víctima. De modo que tomó el cuidado de no dar al amante de Inés ningún motivo para suponer que había sido descubierto su plan, y que su amada estaba a punto de sufrir el castigo que su falta merecía. La misma razón le hizo rechazar la idea de mandar arrestar al desconocido seductor en el jardín. Tal medida habría ocasionado gran alboroto, y la deshonra del convento se habría propagado por todo Madrid. Se conformó con encerrar a Inés. En cuanto al amante, le dejó que siguiese libremente sus planes. El resultado fue el que ella había esperado. El marqués y Lorenzo estuvieron esperando inútilmente hasta que rompió el día. Entonces se retiraron sin ruido, alarmados ante el fracaso de su plan, y sin saber cuál habría sido la causa. A la mañana siguiente, Lorenzo fue al convento y pidió ver a su hermana. La priora acudió a la reja con el semblante entristecido. Le informó que hacía varios días que Inés se sentía muy agitada; que varias monjas le habían insistido en vano que les revelase la causa y recurriese a su ternura para pedirle consejo y consolación; que ella había persistido obstinadamente en ocultar la causa de su aflicción; pero que el jueves por la noche había producido un efecto tan violento sobre su constitución que había caído enferma, viéndose obligada a quedarse en la cama. Lorenzo no se creyó una sola palabra de esta historia. Insistió en ver a su hermana. Si no podía ella bajar a la reja, deseaba que le dejasen pasar hasta su celda. ¡La priora se santiguó! Se escandalizó ante la idea de que los ojos profanos de un hombre penetrasen el interior de su sagrada mansión, y manifestó que se asombraba de que a Lorenzo se le pudiese ocurrir semejante idea. Le dijo que no podía acceder a tal petición, pero que si volvía al día siguiente, esperaba que su amada hija estuviera lo bastante recuperada como para verle en la reja del locutorio. Tras esta respuesta, Lorenzo no tuvo más remedio que retirarse insatisfecho y temblando por la seguridad de la hermana. Volvió al día siguiente a temprana hora. «Inés está peor. El médico ha declarado que corre grave peligro; le ha ordenado que permanezca en reposo, y le es completamente imposible recibiros.» Lorenzo estalló ante semejante respuesta, pero no podía hacer nada. Se enfureció, suplicó, amenazó. No dejó por intentar un solo recurso para conseguir ver a Inés. Sus esfuerzos fueron tan inútiles como los del día anterior, y regresó desesperado a ver al marqués. Por su parte, éste no había ahorrado esfuerzos por descubrir cuál había sido la causa del fracaso de su plan. Don Cristóbal, a quien confió ahora el asunto, trató de sonsacar algo a la vieja portera de Santa Clara, con la que había llegado a trabar amistad; pero ésta estaba demasiado prevenida, y no consiguió nada. El marqués se hallaba casi trastornado y Lorenzo se sentía casi tan inquieto como él. Los dos estaban convencidos de que habían descubierto el proyectado secuestro. No dudaban que la enfermedad de Inés era fingida, aunque no sabían cómo rescatarla de las manos de la priora.
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