Lorenzo visitó el convento puntualmente todos los días. Con la misma
regularidad, era informado de que su hermana estaba peor. Convencido de que
la enfermedad era fingida, estas noticias no le alarmaban. Pero el no saber qué
era de ella, ni los motivos que habían impulsado a la priora a no dejar que la
viera, le producían la más grave inquietud. Aún no sabía bien qué
determinación tomar, cuando el marqués recibió una carta del duque–cardenal
de Lerma. Incluía la esperada bula del Papa, ordenando que Inés fuese
dispensada de sus votos y restituida a sus parientes. Este documento vital
decidió inmediatamente a los amigos. Resolvieron que Lorenzo lo llevase a la
superiora sin tardanza y exigiese la inmediata entrega de su hermana. No
podrían alegar la enfermedad contra esta orden que confería al hermano el
poder de llevársela instantáneamente al palacio de Medina, y decidió utilizar
ese poder al día siguiente.
Este pensamiento le alivió de la inquietud respecto de su hermana, y se
animó con la esperanza de que pronto le devolvería la libertad. Ahora tenía
tiempo de dedicar algunos momentos al amor y a Antonia. A la misma hora
que la primera vez, fue a visitar a doña Elvira. Ésta había dado orden de que se
le recibiese. En cuanto fue anunciado, su hija se retiró con Leonela, y cuando
entró en el aposento, encontró sola a la dueña de la casa. Ésta le acogió con
menos frialdad que antes, y le pidió que se sentase en el sofá, junto a ella.
Luego, sin ninguna clase de preámbulo, abordó el tema según habían acordado
ella y Antonia.
—No quiero que me tengáis por desagradecida, don Lorenzo, ni olvidadiza
de lo esenciales que son los servicios que me habéis prestado ante el marqués.
Siento el peso de mis obligaciones. Nada bajo el sol me impulsaría a dar el
paso a que ahora me veo obligada, salvo el interés de mi hija, de mi
queridísima Antonia. Mi salud está cada vez peor. Sólo Dios sabe lo pronto
que seré llamada ante su trono. Mi hija quedará sin padres, y si perdiera la
protección de la familia de las Cisternas, sin amigos. Es joven e inocente, y no
está preparada contra la perfidia del mundo, y posee encantos que la
convierten en objeto de seducción. ¡Juzgad, pues, cómo debo temblar ante la
perspectiva que se abre ante ella! Juzgad lo ansiosa que debo estar por
preservarla de la sociedad de quienes pueden excitar pasiones hasta ahora dormidas en su pecho. Vos sois amable, don Lorenzo: Antonia tiene un
corazón sensible y amoroso, y agradece los favores que se nos tributan por
vuestra intercesión ante el marqués. Vuestra presencia me hace temblar. Temo
que le inspiréis sentimientos que puedan amargar el resto de su vida, o
alentarla a abrigar esperanzas que, por su condición, son injustificables e
inútiles. Perdonadme si os confieso mis terrores, y permitid que mi franqueza
abogue en mi disculpa. No puedo cerraros las puertas de mi casa, pues la
gratitud me lo impide; sólo me cabe ponerme en manos de vuestra
generosidad, y suplicaros que ahorréis los sentimientos de una madre
angustiada, que se desvive por su hija. Creedme cuando os aseguro que
lamento la necesidad de rechazar vuestra amistad. Pero no hay otro remedio, y
el interés de Antonia me obliga a pediros que os abstengáis de visitarnos. Si
accedéis a mi ruego, haréis aumentar la estima que ya siento por vos, y de la
cual todo me convence de que sois merecedor.
—Vuestra franqueza me encanta —replicó Lorenzo—. Veréis cómo no os
defraudo en la opinión favorable que os habéis formado de mí. Pero espero
que las razones que ahora puedo aducir os decidan a retirar una petición que
no puedo obedecer sino con infinita renuncia. Yo amo a vuestra hija, la amo
muy sinceramente. No deseo otra felicidad que la de inspirarle los mismos
sentimientos y recibir su mano en el altar como esposo suyo. Es cierto que no
soy rico. La muerte de mi padre me ha dejado poco. Pero mis esperanzas de
futuro justifican mi pretensión de obtener la mano de la hija del conde de las
Cisternas.
Iba a proseguir, pero Elvira le interrumpió:
—¡Ah, don Lorenzo!, olvidáis en ese título pomposo la bajeza de mi
origen. Olvidáis que llevo catorce años en España, repudiada por la familia de
mi esposo, y viviendo con una pensión escasamente suficiente para el sustento
y la educación de mi hija. Es más, incluso he sido olvidada por casi todos mis
parientes, quienes por envidia fingen dudar de la realidad de mi matrimonio.
Al cesar mi asignación con la muerte de mi suegro, me he visto reducida al
mismo borde de la miseria. En esta situación me encontró mi hermana, quien
pese a todas sus debilidades, posee un corazón cálido, generoso y afectivo. Me
ayudó con la pequeña fortuna que mi padre le dejó, me convenció para que
viniera a Madrid, y nos ha sostenido a mi hija y a mí desde que salimos de
Murcia. Así que no consideréis a Antonia como una descendiente del conde de
las Cisternas. Consideradla como una huérfana pobre y sin protección, como
la nieta del mercader Toribio Dalfa, como un vástago menesteroso de la hija
de ese mercader. Pensad en la diferencia entre tal situación y la del sobrino y
heredero del poderoso duque de Medina. Creo que vuestras intenciones son
honestas. Pero como no hay esperanzas de que vuestro tío apruebe la unión,
preveo que las consecuencias de vuestro afecto serían fatales para mi hija.
—Perdonadme, señora. Estáis equivocada si suponéis que el duque de
Medina se parece a la generalidad de los hombres. Sus sentimientos son
liberales y desinteresados. Él me quiere mucho, y yo no tengo ningún motivo
para temer que prohíba el matrimonio, cuando vea que mi felicidad depende
de Antonia. Pero suponiendo que se niegue a dar su aprobación, ¿qué puedo
temer? Mis padres no viven ya; estoy en posesión de mi pequeña fortuna, que
será suficiente para sostener a Antonia; y yo cambiaría por su mano el ducado
de Medina sin un suspiro de pesar.
—Sois joven e impetuoso. Es natural que abriguéis tales ideas. Pero la
experiencia me ha enseñado que las uniones desiguales van acompañadas de
maldiciones. Yo me casé con el conde de las Cisternas con la oposición de sus
parientes. Son muchos los sufrimientos que me han castigado por este paso
imprudente. Allí hacia donde dirigíamos nuestro rumbo, nos perseguía la
maldición del padre Gonzalo. La pobreza nos asediaba, y no teníamos cerca de
nosotros a ningún amigo que nos aliviara en nuestras necesidades. Sin
embargo, existía nuestro mutuo amor; aunque, ¡ay!, no sin interrupciones.
Acostumbrado a la riqueza y la abundancia, mal podía mi esposo soportar el
paso a la escasez y la indigencia. Volvía la mirada con añoranza hacia las
comodidades de que en otro tiempo había disfrutado. Lamentaba la situación
que había perdido por mi causa; y en los momentos en que le dominaba la
desesperación, ¡me reprochaba haber hecho de él un compañero de miserias y
desdichas! ¡Me llegó a decir que yo era su perdición! ¡La fuente de sus
desdichas y la causa de su ruina! ¡Ah, Dios mío! ¡Poco sabía él que los
reproches de mi corazón eran mucho mayores! ¡Ignoraba que yo sufría
terriblemente, por mí, por mis hijos y por él! Es cierto que su enojo duraba
rara vez. Su sincero afecto por mí renacía en seguida en su corazón, y entonces
su arrepentimiento por las lágrimas que me había hecho derramar me torturaba
aún más que sus reproches. Se arrojaba al suelo, imploraba mi perdón en los
términos más frenéticos y se cubría de maldiciones por haber matado mi
serenidad. Como sé por experiencia que la unión contraída contra las
indicaciones de las familias de una y otra parte es desdichada, quiero salvar a
mi hija de las desventuras que he sufrido yo. Sin el consentimiento de vuestro
tío, mientras yo viva, ella no será vuestra. Sin duda él desaprobará vuestra
unión. Su poder es inmenso, y Antonia no se expondrá a su ira y persecución.
—¿Su persecución? ¡Qué fácilmente puede evitarse una cosa así! Aun
cuando ocurriese tal cosa, se trataría tan sólo de abandonar España. Mi
economía nos lo permitiría con la mayor facilidad. Las Indias Occidentales
pueden ofrecernos un refugio seguro. Tengo una propiedad, aunque no muy
valiosa, en la Española. Huiríamos allí, y la consideraría mi tierra natal, si ello
significase la serena posesión de Antonia.
—¡Ah, joven! Esa es una visión enamorada y romántica. Gonzalo pensaba igual. Imaginaba que podía abandonar España sin pesar. Pero el momento de
la partida le desengañó. Vos no sabéis aún lo que es abandonar vuestra tierra
natal; ¡abandonarla, para no verla nunca más! ¡No sabéis lo que es cambiar los
escenarios donde habéis pasado vuestra infancia por regiones desconocidas y
climas bárbaros! ¡Ser olvidado, absoluta y eternamente olvidado, por los
compañeros de vuestra juventud! ¡Ver a vuestros amigos más queridos, a los
que habéis tenido más afecto, perecer víctimas de enfermedades accidentales
de los aires indios, y descubrir que no podéis procurarles la necesaria
asistencia! ¡Yo he sentido todo eso! ¡Enterré a mi esposo y a dos hijitos en
Cuba! Nada podía haber salvado a mi hija Antonia más que el inmediato
regreso a España. ¡Ah, don Lorenzo, si supierais lo que sufrí durante esta
ausencia! ¡Si supierais cuán dolorosamente añoré lo que había dejado atrás, y
qué caro se me hizo el mismo nombre de España! Llegué a envidiar a los
vientos que soplaban hacia aquí; y cuando algún marinero español cantaba
alguna canción conocida al pasar junto a mi ventana, los ojos se me llenaban
de lágrimas pensando en mi tierra natal. A Gonzalo también... Mi esposo...
Elvira calló. Le flaqueó la voz, y se ocultó el rostro con el pañuelo. Tras un
breve silencio, se levantó del sofá y prosiguió:
—Perdonad que os deje un momento; el recuerdo de lo que he sufrido me
ha turbado mucho y necesito estar sola. Mientras me ausento, leed estos
versos. A la muerte de mi esposo, los encontré entre sus papeles. De haber
sabido antes que abrigaba esos sentimientos, me habría matado el dolor. Los
escribió en el viaje de Cuba, cuando tenía el espíritu nublado por el pesar y
olvidaba que tenía esposa e hijos. Lo que vamos a perder siempre nos parece
que es lo más precioso. Gonzalo dejaba España para siempre, así que España
era más cara a sus ojos que todo cuanto el mundo contenía. Leedlos, Lorenzo.
¡Ellos os darán idea de los sentimientos de un hombre desterrado!
Elvira puso un papel en la mano de Lorenzo, y se retiró del aposento. El
joven examinó el contenido.
Apenas había tenido tiempo Lorenzo de leer estas líneas, cuando regresó
Elvira. El haber dado libre curso a sus lágrimas la había aliviado, y su ánimo
había recobrado su serenidad habitual.
—No tengo nada más que decir, señor —dijo—. Habéis oído mis temores,
y mis motivos para rogaros que no repitáis vuestras visitas. He depositado toda
mi confianza en vuestro honor. Estoy segura de que no me haréis ver que mi
opinión ha sido en exceso favorable.
—Una pregunta más, señora, y os dejaré. Si el duque de Medina aprueba
mi amor, ¿seguirían siendo mis requerimientos inaceptables para vos y para
Antonia?
—Quiero ser sincera con vos, don Lorenzo: a pesar de que hay muy pocas
probabilidades de que esa unión tenga lugar, me temo que mi hija la desea
demasiado ardientemente. Habéis causado tal impresión en su joven corazón,
que me produce la más seria alarma. Para evitar que esta impresión se haga
más fuerte, me veo obligada a declinar vuestro trato. En cuanto a mí, podéis
estar seguro de que me alegraría poder situar a mi hija tan ventajosamente.
Consciente de que mi constitución, desgastada por las penas y las
enfermedades, me impide abrigar la esperanza de vivir mucho tiempo, tiemblo
ante la idea de dejarla bajo la protección de un extraño. El marqués de las
Cisternas es un completo desconocido para mí. Se casará. Su esposa puede
mirar a Antonia con desagrado, y privarla de su único amigo. Si el duque,
vuestro tío, diese su consentimiento, no dudéis que obtendríais también el mío
y el de mi hija; pero sin el suyo, no esperéis el nuestro. En todo caso,
cualesquiera que sean los pasos que deis, cualquiera que sea la decisión del
duque, hasta que no la sepáis, permitid que os ruegue que no fortalezcáis con
vuestra presencia la predisposición de Antonia. Si la sangre de vuestros
parientes autoriza que la pidáis por esposa, mis puertas se os abrirán de par en
par. Si la sanción os es adversa, conformaos con poseer mi estima y mi
gratitud, pero recordad que no debemos vernos más.
Lorenzo prometió de mala gana conformarse con esta decisión. Pero
añadió que esperaba no tardar en obtener el consentimiento que le daría el
derecho de renovar sus visitas. Luego le explicó por qué el marqués no había
ido en persona, y no tuvo temor alguno en confiarle la historia de su hermana. Concluyó diciendo que esperaba poner en libertad a Inés al día siguiente; y
que tan pronto como los temores de don Raimundo a este respecto se
apaciguasen, no perdería tiempo en ir a darle a doña Elvira seguridades sobre
su amistad y protección.
La dama negó con la cabeza.
—Tiemblo por vuestra hermana —dijo—. He oído contar muchos detalles
del carácter de la superiora de Santa Clara a una amiga que fue educada en el
mismo convento que ella. Según me dijo, es orgullosa, inflexible, supersticiosa
y vengativa. Después he oído que está obcecada con la idea de convertir su
convento en el más regular de Madrid y no perdonar jamás aquellas
imprudencias que puedan significar la más ligera mancha para su prestigio.
Aunque naturalmente violenta y severa, cuando sus intereses lo requieren,
sabe muy bien adoptar un aire bondadoso. No deja de probar todos los medios
de persuadir a las jóvenes de alcurnia para que se hagan miembros de su
comunidad. Es implacable cuando se irrita, y tiene demasiada osadía para
retroceder ante las medidas más rigurosas para castigar a quien la ofende.
Indudablemente, el hecho de que vuestra hermana abandone el convento lo
considerará una deshonra para él. Echará mano de todos los recursos, con tal
de evitar obedecer el mandato de Su Santidad, y me estremezco al pensar que
doña Inés está en manos de una mujer tan peligrosa.
Lorenzo se levantó ahora para marcharse. Elvira le dio la mano al
despedirse, y él se la besó respetuosamente; y diciéndole que esperaba obtener
pronto el permiso para besar la de Antonia, regresó a su palacio. La dama
quedó perfectamente satisfecha con la conversación sostenida. Veía con
alegría la perspectiva de que Lorenzo se convirtiese en su yerno. Pero la
prudencia le aconsejaba ocultarle a su hija las halagüeñas esperanzas que ella
se atrevía ahora a albergar.
Apenas se hizo de día, se encaminó Lorenzo al convento de Santa Clara
provisto del requerido mandato. Las monjas estaban en maitines. Aguardó
impaciente la conclusión del oficio, y al final la priora apareció en la reja del
locutorio. Pidió a Inés. La anciana dama replicó con aire triste que el estado de
la pobre criatura se hacía más grave de hora en hora; que los médicos la
habían desahuciado. Pero que habían declarado que la única posibilidad de
recobrarse estaba en guardar reposo y no permitir la proximidad de aquellos
cuya presencia pudiera inquietarla. Lorenzo no creyó una sola palabra de todo
esto, como tampoco las ex—; presiones de pesar y afecto por Inés con que
empedró su discurso. Al final, puso la bula del Papa en manos de la superiora
e insistió en que, sana o enferma, había que dejarla libre sin demora.
La priora acogió el documento con aire de humildad. Pero no bien hubo
echado una ojeada a su contenido, su resentimiento barrió todos los esfuerzos de la hipocresía. Una roja coloración se extendió por su rostro, al tiempo que
lanzaba a Lorenzo una mirada de rabia y de amenaza.
—Esta orden es categórica —dijo con una voz enojada que se esforzaba en
vano por disfrazar—. Bien quisiera obedecerla; pero, por desgracia, está fuera
de mi alcance.
Lorenzo la interrumpió con una exclamación de sorpresa.
—Os lo repito, señor; está totalmente fuera de mis posibilidades obedecer
esta orden. Por respeto a los tiernos sentimientos de un hermano, os habría
comunicado la triste noticia poco a poco, y os habría preparado para oírla con
entereza. Pero mi proyecto se ha venido abajo. Esta orden me manda
entregaros a la hermana Inés sin demora; por tanto, me veo obligada a
informaros sin rodeos que expiró el viernes pasado.
Lorenzo retrocedió con horror y palideció. Un instante de reflexión le
convenció de que esta afirmación debía de ser falsa, y se serenó.
—¡Me estáis engañando! —dijo impetuosamente—; hace cinco minutos,
me asegurabais que, aunque enferma, aún vivía. ¡Mostrádmela al instante!
Debo y quiero verla, y de nada valdrá que intentéis ocultármela.
—Os propasáis, señor; debéis un respeto tanto a mi edad como a mi
profesión. Vuestra hermana ha fallecido. Si os oculté su muerte al principio,
fue por temor a que un suceso tan inesperado produjese en vos un efecto
demasiado violento. En verdad que se me agradece muy mal mi atención.
¿Qué interés podría tener yo en retenerla? El saber que ella desea abandonar
nuestra comunidad es motivo suficiente para desear que se marche y
considerarla una deshonra para las hermanas de Santa Clara. Pero ella ha
perdido mi afecto de una manera aún más culpable. Sus crímenes fueron
grandes, y cuando conozcáis la causa de su muerte, sin duda os alegraréis, don
Lorenzo, de que haya expirado la desdichada. Cayó enferma el jueves pasado
al regreso de nuestra confesión en la capilla de los capuchinos. Su dolencia
estuvo acompañada de extrañas circunstancias. Pero insistió en ocultar su
causa. ¡Gracias a la Virgen, nosotras estuvimos muy lejos de sospechar qué
era! Juzgad, pues, cuál no fue nuestra consternación, nuestro horror, cuando al
día siguiente dio a luz un niño muerto, al que siguió inmediatamente a la
tumba. ¡Cómo, señor! ¿Es posible que vuestro semblante no exprese sorpresa
ni indignación? En ese caso, no necesitáis de mi compasión. No puedo deciros
nada más, salvo repetir mi imposibilidad de obedecer las órdenes de Su
Santidad. Inés ha fallecido, y para convenceros de que es cierto lo que digo, os
juro por nuestro Salvador que hace tres días fue enterrada.
Aquí besó un pequeño crucifijo que colgaba de su cíngulo. Luego se
levantó de la silla y abandonó el locutorio. Al retirarse, le dirigió a Lorenzo una sonrisa de desprecio.
—Adiós, señor —dijo—. No encuentro remedio a este accidente. Me temo
que ni siquiera una segunda bula del Papa lograría la resurrección de vuestra
hermana.
Lorenzo se retiró también, traspasado de dolor. Pero don Raimundo, al
tener noticia de este suceso, pareció volverse loco. No quiso convencerse de
que Inés estaba realmente muerta, y siguió insistiendo en que la tenían
encerrada entre los muros de Santa Clara. Ningún argumento le hacía
abandonar sus esperanzas de recobrarla. Día tras día, inventaba un nuevo plan
para conseguir noticias de ella, todos con el mismo resultado.
Por su parte, Medina abandonó toda idea de volver a ver a su hermana. Sin
embargo, creía que había muerto de manera poco clara. Convencido de esto,
alentaba las averiguaciones de don Raimundo, dispuesto, si descubría él la
menor sombra de sospecha, a tomar severa venganza de la insensible priora.
La pérdida de su hermana le afectó sinceramente. Y no fue pequeño motivo de
dolor el que el decoro le obligase a aplazar durante un tiempo hablar al duque
de Antonia. Entretanto, sus emisarios sitiaban constantemente la puerta de
Elvira. Tenía información de los movimientos de su amada. Como no dejaba
de acudir todos los jueves al sermón de la catedral capuchina, estaba seguro de
verla una vez a la semana, aunque, en cumplimiento de su promesa, se
ocultaba para que ella no le viese. Así transcurrieron dos meses. Aún no
habían logrado noticias de Inés. Todos menos el marqués creían que había
muerto. Y fue entonces cuando decidió Lorenzo revelar sus sentimientos a su
tío. Ya había hecho algunas alusiones a que quería casarse, las cuales habían
tenido la favorable acogida que él podía esperar, y no abrigaba duda alguna
sobre el éxito de su petición.