Capitulo 17

3488 Palabras
Lorenzo visitó el convento puntualmente todos los días. Con la misma regularidad, era informado de que su hermana estaba peor. Convencido de que la enfermedad era fingida, estas noticias no le alarmaban. Pero el no saber qué era de ella, ni los motivos que habían impulsado a la priora a no dejar que la viera, le producían la más grave inquietud. Aún no sabía bien qué determinación tomar, cuando el marqués recibió una carta del duque–cardenal de Lerma. Incluía la esperada bula del Papa, ordenando que Inés fuese dispensada de sus votos y restituida a sus parientes. Este documento vital decidió inmediatamente a los amigos. Resolvieron que Lorenzo lo llevase a la superiora sin tardanza y exigiese la inmediata entrega de su hermana. No podrían alegar la enfermedad contra esta orden que confería al hermano el poder de llevársela instantáneamente al palacio de Medina, y decidió utilizar ese poder al día siguiente. Este pensamiento le alivió de la inquietud respecto de su hermana, y se animó con la esperanza de que pronto le devolvería la libertad. Ahora tenía tiempo de dedicar algunos momentos al amor y a Antonia. A la misma hora que la primera vez, fue a visitar a doña Elvira. Ésta había dado orden de que se le recibiese. En cuanto fue anunciado, su hija se retiró con Leonela, y cuando entró en el aposento, encontró sola a la dueña de la casa. Ésta le acogió con menos frialdad que antes, y le pidió que se sentase en el sofá, junto a ella. Luego, sin ninguna clase de preámbulo, abordó el tema según habían acordado ella y Antonia. —No quiero que me tengáis por desagradecida, don Lorenzo, ni olvidadiza de lo esenciales que son los servicios que me habéis prestado ante el marqués. Siento el peso de mis obligaciones. Nada bajo el sol me impulsaría a dar el paso a que ahora me veo obligada, salvo el interés de mi hija, de mi queridísima Antonia. Mi salud está cada vez peor. Sólo Dios sabe lo pronto que seré llamada ante su trono. Mi hija quedará sin padres, y si perdiera la protección de la familia de las Cisternas, sin amigos. Es joven e inocente, y no está preparada contra la perfidia del mundo, y posee encantos que la convierten en objeto de seducción. ¡Juzgad, pues, cómo debo temblar ante la perspectiva que se abre ante ella! Juzgad lo ansiosa que debo estar por preservarla de la sociedad de quienes pueden excitar pasiones hasta ahora dormidas en su pecho. Vos sois amable, don Lorenzo: Antonia tiene un corazón sensible y amoroso, y agradece los favores que se nos tributan por vuestra intercesión ante el marqués. Vuestra presencia me hace temblar. Temo que le inspiréis sentimientos que puedan amargar el resto de su vida, o alentarla a abrigar esperanzas que, por su condición, son injustificables e inútiles. Perdonadme si os confieso mis terrores, y permitid que mi franqueza abogue en mi disculpa. No puedo cerraros las puertas de mi casa, pues la gratitud me lo impide; sólo me cabe ponerme en manos de vuestra generosidad, y suplicaros que ahorréis los sentimientos de una madre angustiada, que se desvive por su hija. Creedme cuando os aseguro que lamento la necesidad de rechazar vuestra amistad. Pero no hay otro remedio, y el interés de Antonia me obliga a pediros que os abstengáis de visitarnos. Si accedéis a mi ruego, haréis aumentar la estima que ya siento por vos, y de la cual todo me convence de que sois merecedor. —Vuestra franqueza me encanta —replicó Lorenzo—. Veréis cómo no os defraudo en la opinión favorable que os habéis formado de mí. Pero espero que las razones que ahora puedo aducir os decidan a retirar una petición que no puedo obedecer sino con infinita renuncia. Yo amo a vuestra hija, la amo muy sinceramente. No deseo otra felicidad que la de inspirarle los mismos sentimientos y recibir su mano en el altar como esposo suyo. Es cierto que no soy rico. La muerte de mi padre me ha dejado poco. Pero mis esperanzas de futuro justifican mi pretensión de obtener la mano de la hija del conde de las Cisternas. Iba a proseguir, pero Elvira le interrumpió: —¡Ah, don Lorenzo!, olvidáis en ese título pomposo la bajeza de mi origen. Olvidáis que llevo catorce años en España, repudiada por la familia de mi esposo, y viviendo con una pensión escasamente suficiente para el sustento y la educación de mi hija. Es más, incluso he sido olvidada por casi todos mis parientes, quienes por envidia fingen dudar de la realidad de mi matrimonio. Al cesar mi asignación con la muerte de mi suegro, me he visto reducida al mismo borde de la miseria. En esta situación me encontró mi hermana, quien pese a todas sus debilidades, posee un corazón cálido, generoso y afectivo. Me ayudó con la pequeña fortuna que mi padre le dejó, me convenció para que viniera a Madrid, y nos ha sostenido a mi hija y a mí desde que salimos de Murcia. Así que no consideréis a Antonia como una descendiente del conde de las Cisternas. Consideradla como una huérfana pobre y sin protección, como la nieta del mercader Toribio Dalfa, como un vástago menesteroso de la hija de ese mercader. Pensad en la diferencia entre tal situación y la del sobrino y heredero del poderoso duque de Medina. Creo que vuestras intenciones son honestas. Pero como no hay esperanzas de que vuestro tío apruebe la unión, preveo que las consecuencias de vuestro afecto serían fatales para mi hija. —Perdonadme, señora. Estáis equivocada si suponéis que el duque de Medina se parece a la generalidad de los hombres. Sus sentimientos son liberales y desinteresados. Él me quiere mucho, y yo no tengo ningún motivo para temer que prohíba el matrimonio, cuando vea que mi felicidad depende de Antonia. Pero suponiendo que se niegue a dar su aprobación, ¿qué puedo temer? Mis padres no viven ya; estoy en posesión de mi pequeña fortuna, que será suficiente para sostener a Antonia; y yo cambiaría por su mano el ducado de Medina sin un suspiro de pesar. —Sois joven e impetuoso. Es natural que abriguéis tales ideas. Pero la experiencia me ha enseñado que las uniones desiguales van acompañadas de maldiciones. Yo me casé con el conde de las Cisternas con la oposición de sus parientes. Son muchos los sufrimientos que me han castigado por este paso imprudente. Allí hacia donde dirigíamos nuestro rumbo, nos perseguía la maldición del padre Gonzalo. La pobreza nos asediaba, y no teníamos cerca de nosotros a ningún amigo que nos aliviara en nuestras necesidades. Sin embargo, existía nuestro mutuo amor; aunque, ¡ay!, no sin interrupciones. Acostumbrado a la riqueza y la abundancia, mal podía mi esposo soportar el paso a la escasez y la indigencia. Volvía la mirada con añoranza hacia las comodidades de que en otro tiempo había disfrutado. Lamentaba la situación que había perdido por mi causa; y en los momentos en que le dominaba la desesperación, ¡me reprochaba haber hecho de él un compañero de miserias y desdichas! ¡Me llegó a decir que yo era su perdición! ¡La fuente de sus desdichas y la causa de su ruina! ¡Ah, Dios mío! ¡Poco sabía él que los reproches de mi corazón eran mucho mayores! ¡Ignoraba que yo sufría terriblemente, por mí, por mis hijos y por él! Es cierto que su enojo duraba rara vez. Su sincero afecto por mí renacía en seguida en su corazón, y entonces su arrepentimiento por las lágrimas que me había hecho derramar me torturaba aún más que sus reproches. Se arrojaba al suelo, imploraba mi perdón en los términos más frenéticos y se cubría de maldiciones por haber matado mi serenidad. Como sé por experiencia que la unión contraída contra las indicaciones de las familias de una y otra parte es desdichada, quiero salvar a mi hija de las desventuras que he sufrido yo. Sin el consentimiento de vuestro tío, mientras yo viva, ella no será vuestra. Sin duda él desaprobará vuestra unión. Su poder es inmenso, y Antonia no se expondrá a su ira y persecución. —¿Su persecución? ¡Qué fácilmente puede evitarse una cosa así! Aun cuando ocurriese tal cosa, se trataría tan sólo de abandonar España. Mi economía nos lo permitiría con la mayor facilidad. Las Indias Occidentales pueden ofrecernos un refugio seguro. Tengo una propiedad, aunque no muy valiosa, en la Española. Huiríamos allí, y la consideraría mi tierra natal, si ello significase la serena posesión de Antonia. —¡Ah, joven! Esa es una visión enamorada y romántica. Gonzalo pensaba igual. Imaginaba que podía abandonar España sin pesar. Pero el momento de la partida le desengañó. Vos no sabéis aún lo que es abandonar vuestra tierra natal; ¡abandonarla, para no verla nunca más! ¡No sabéis lo que es cambiar los escenarios donde habéis pasado vuestra infancia por regiones desconocidas y climas bárbaros! ¡Ser olvidado, absoluta y eternamente olvidado, por los compañeros de vuestra juventud! ¡Ver a vuestros amigos más queridos, a los que habéis tenido más afecto, perecer víctimas de enfermedades accidentales de los aires indios, y descubrir que no podéis procurarles la necesaria asistencia! ¡Yo he sentido todo eso! ¡Enterré a mi esposo y a dos hijitos en Cuba! Nada podía haber salvado a mi hija Antonia más que el inmediato regreso a España. ¡Ah, don Lorenzo, si supierais lo que sufrí durante esta ausencia! ¡Si supierais cuán dolorosamente añoré lo que había dejado atrás, y qué caro se me hizo el mismo nombre de España! Llegué a envidiar a los vientos que soplaban hacia aquí; y cuando algún marinero español cantaba alguna canción conocida al pasar junto a mi ventana, los ojos se me llenaban de lágrimas pensando en mi tierra natal. A Gonzalo también... Mi esposo... Elvira calló. Le flaqueó la voz, y se ocultó el rostro con el pañuelo. Tras un breve silencio, se levantó del sofá y prosiguió: —Perdonad que os deje un momento; el recuerdo de lo que he sufrido me ha turbado mucho y necesito estar sola. Mientras me ausento, leed estos versos. A la muerte de mi esposo, los encontré entre sus papeles. De haber sabido antes que abrigaba esos sentimientos, me habría matado el dolor. Los escribió en el viaje de Cuba, cuando tenía el espíritu nublado por el pesar y olvidaba que tenía esposa e hijos. Lo que vamos a perder siempre nos parece que es lo más precioso. Gonzalo dejaba España para siempre, así que España era más cara a sus ojos que todo cuanto el mundo contenía. Leedlos, Lorenzo. ¡Ellos os darán idea de los sentimientos de un hombre desterrado! Elvira puso un papel en la mano de Lorenzo, y se retiró del aposento. El joven examinó el contenido. Apenas había tenido tiempo Lorenzo de leer estas líneas, cuando regresó Elvira. El haber dado libre curso a sus lágrimas la había aliviado, y su ánimo había recobrado su serenidad habitual. —No tengo nada más que decir, señor —dijo—. Habéis oído mis temores, y mis motivos para rogaros que no repitáis vuestras visitas. He depositado toda mi confianza en vuestro honor. Estoy segura de que no me haréis ver que mi opinión ha sido en exceso favorable. —Una pregunta más, señora, y os dejaré. Si el duque de Medina aprueba mi amor, ¿seguirían siendo mis requerimientos inaceptables para vos y para Antonia? —Quiero ser sincera con vos, don Lorenzo: a pesar de que hay muy pocas probabilidades de que esa unión tenga lugar, me temo que mi hija la desea demasiado ardientemente. Habéis causado tal impresión en su joven corazón, que me produce la más seria alarma. Para evitar que esta impresión se haga más fuerte, me veo obligada a declinar vuestro trato. En cuanto a mí, podéis estar seguro de que me alegraría poder situar a mi hija tan ventajosamente. Consciente de que mi constitución, desgastada por las penas y las enfermedades, me impide abrigar la esperanza de vivir mucho tiempo, tiemblo ante la idea de dejarla bajo la protección de un extraño. El marqués de las Cisternas es un completo desconocido para mí. Se casará. Su esposa puede mirar a Antonia con desagrado, y privarla de su único amigo. Si el duque, vuestro tío, diese su consentimiento, no dudéis que obtendríais también el mío y el de mi hija; pero sin el suyo, no esperéis el nuestro. En todo caso, cualesquiera que sean los pasos que deis, cualquiera que sea la decisión del duque, hasta que no la sepáis, permitid que os ruegue que no fortalezcáis con vuestra presencia la predisposición de Antonia. Si la sangre de vuestros parientes autoriza que la pidáis por esposa, mis puertas se os abrirán de par en par. Si la sanción os es adversa, conformaos con poseer mi estima y mi gratitud, pero recordad que no debemos vernos más. Lorenzo prometió de mala gana conformarse con esta decisión. Pero añadió que esperaba no tardar en obtener el consentimiento que le daría el derecho de renovar sus visitas. Luego le explicó por qué el marqués no había ido en persona, y no tuvo temor alguno en confiarle la historia de su hermana. Concluyó diciendo que esperaba poner en libertad a Inés al día siguiente; y que tan pronto como los temores de don Raimundo a este respecto se apaciguasen, no perdería tiempo en ir a darle a doña Elvira seguridades sobre su amistad y protección. La dama negó con la cabeza. —Tiemblo por vuestra hermana —dijo—. He oído contar muchos detalles del carácter de la superiora de Santa Clara a una amiga que fue educada en el mismo convento que ella. Según me dijo, es orgullosa, inflexible, supersticiosa y vengativa. Después he oído que está obcecada con la idea de convertir su convento en el más regular de Madrid y no perdonar jamás aquellas imprudencias que puedan significar la más ligera mancha para su prestigio. Aunque naturalmente violenta y severa, cuando sus intereses lo requieren, sabe muy bien adoptar un aire bondadoso. No deja de probar todos los medios de persuadir a las jóvenes de alcurnia para que se hagan miembros de su comunidad. Es implacable cuando se irrita, y tiene demasiada osadía para retroceder ante las medidas más rigurosas para castigar a quien la ofende. Indudablemente, el hecho de que vuestra hermana abandone el convento lo considerará una deshonra para él. Echará mano de todos los recursos, con tal de evitar obedecer el mandato de Su Santidad, y me estremezco al pensar que doña Inés está en manos de una mujer tan peligrosa. Lorenzo se levantó ahora para marcharse. Elvira le dio la mano al despedirse, y él se la besó respetuosamente; y diciéndole que esperaba obtener pronto el permiso para besar la de Antonia, regresó a su palacio. La dama quedó perfectamente satisfecha con la conversación sostenida. Veía con alegría la perspectiva de que Lorenzo se convirtiese en su yerno. Pero la prudencia le aconsejaba ocultarle a su hija las halagüeñas esperanzas que ella se atrevía ahora a albergar. Apenas se hizo de día, se encaminó Lorenzo al convento de Santa Clara provisto del requerido mandato. Las monjas estaban en maitines. Aguardó impaciente la conclusión del oficio, y al final la priora apareció en la reja del locutorio. Pidió a Inés. La anciana dama replicó con aire triste que el estado de la pobre criatura se hacía más grave de hora en hora; que los médicos la habían desahuciado. Pero que habían declarado que la única posibilidad de recobrarse estaba en guardar reposo y no permitir la proximidad de aquellos cuya presencia pudiera inquietarla. Lorenzo no creyó una sola palabra de todo esto, como tampoco las ex—; presiones de pesar y afecto por Inés con que empedró su discurso. Al final, puso la bula del Papa en manos de la superiora e insistió en que, sana o enferma, había que dejarla libre sin demora. La priora acogió el documento con aire de humildad. Pero no bien hubo echado una ojeada a su contenido, su resentimiento barrió todos los esfuerzos de la hipocresía. Una roja coloración se extendió por su rostro, al tiempo que lanzaba a Lorenzo una mirada de rabia y de amenaza. —Esta orden es categórica —dijo con una voz enojada que se esforzaba en vano por disfrazar—. Bien quisiera obedecerla; pero, por desgracia, está fuera de mi alcance. Lorenzo la interrumpió con una exclamación de sorpresa. —Os lo repito, señor; está totalmente fuera de mis posibilidades obedecer esta orden. Por respeto a los tiernos sentimientos de un hermano, os habría comunicado la triste noticia poco a poco, y os habría preparado para oírla con entereza. Pero mi proyecto se ha venido abajo. Esta orden me manda entregaros a la hermana Inés sin demora; por tanto, me veo obligada a informaros sin rodeos que expiró el viernes pasado. Lorenzo retrocedió con horror y palideció. Un instante de reflexión le convenció de que esta afirmación debía de ser falsa, y se serenó. —¡Me estáis engañando! —dijo impetuosamente—; hace cinco minutos, me asegurabais que, aunque enferma, aún vivía. ¡Mostrádmela al instante! Debo y quiero verla, y de nada valdrá que intentéis ocultármela. —Os propasáis, señor; debéis un respeto tanto a mi edad como a mi profesión. Vuestra hermana ha fallecido. Si os oculté su muerte al principio, fue por temor a que un suceso tan inesperado produjese en vos un efecto demasiado violento. En verdad que se me agradece muy mal mi atención. ¿Qué interés podría tener yo en retenerla? El saber que ella desea abandonar nuestra comunidad es motivo suficiente para desear que se marche y considerarla una deshonra para las hermanas de Santa Clara. Pero ella ha perdido mi afecto de una manera aún más culpable. Sus crímenes fueron grandes, y cuando conozcáis la causa de su muerte, sin duda os alegraréis, don Lorenzo, de que haya expirado la desdichada. Cayó enferma el jueves pasado al regreso de nuestra confesión en la capilla de los capuchinos. Su dolencia estuvo acompañada de extrañas circunstancias. Pero insistió en ocultar su causa. ¡Gracias a la Virgen, nosotras estuvimos muy lejos de sospechar qué era! Juzgad, pues, cuál no fue nuestra consternación, nuestro horror, cuando al día siguiente dio a luz un niño muerto, al que siguió inmediatamente a la tumba. ¡Cómo, señor! ¿Es posible que vuestro semblante no exprese sorpresa ni indignación? En ese caso, no necesitáis de mi compasión. No puedo deciros nada más, salvo repetir mi imposibilidad de obedecer las órdenes de Su Santidad. Inés ha fallecido, y para convenceros de que es cierto lo que digo, os juro por nuestro Salvador que hace tres días fue enterrada. Aquí besó un pequeño crucifijo que colgaba de su cíngulo. Luego se levantó de la silla y abandonó el locutorio. Al retirarse, le dirigió a Lorenzo una sonrisa de desprecio. —Adiós, señor —dijo—. No encuentro remedio a este accidente. Me temo que ni siquiera una segunda bula del Papa lograría la resurrección de vuestra hermana. Lorenzo se retiró también, traspasado de dolor. Pero don Raimundo, al tener noticia de este suceso, pareció volverse loco. No quiso convencerse de que Inés estaba realmente muerta, y siguió insistiendo en que la tenían encerrada entre los muros de Santa Clara. Ningún argumento le hacía abandonar sus esperanzas de recobrarla. Día tras día, inventaba un nuevo plan para conseguir noticias de ella, todos con el mismo resultado. Por su parte, Medina abandonó toda idea de volver a ver a su hermana. Sin embargo, creía que había muerto de manera poco clara. Convencido de esto, alentaba las averiguaciones de don Raimundo, dispuesto, si descubría él la menor sombra de sospecha, a tomar severa venganza de la insensible priora. La pérdida de su hermana le afectó sinceramente. Y no fue pequeño motivo de dolor el que el decoro le obligase a aplazar durante un tiempo hablar al duque de Antonia. Entretanto, sus emisarios sitiaban constantemente la puerta de Elvira. Tenía información de los movimientos de su amada. Como no dejaba de acudir todos los jueves al sermón de la catedral capuchina, estaba seguro de verla una vez a la semana, aunque, en cumplimiento de su promesa, se ocultaba para que ella no le viese. Así transcurrieron dos meses. Aún no habían logrado noticias de Inés. Todos menos el marqués creían que había muerto. Y fue entonces cuando decidió Lorenzo revelar sus sentimientos a su tío. Ya había hecho algunas alusiones a que quería casarse, las cuales habían tenido la favorable acogida que él podía esperar, y no abrigaba duda alguna sobre el éxito de su petición.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR