Había pasado el momento de transporte: la concupiscencia de Ambrosio
estaba satisfecha. Huyó el placer, y la vergüenza ocupó su puesto en su pecho.
Confundido y aterrado por su debilidad, se apartó de los brazos de Matilde.
Ante sí veía su propio perjurio. Pensó en la escena que acababa de
desarrollarse, y tembló al imaginar las consecuencias si se descubriese. Miró
el futuro con horror. Su corazón, colmado de saciedad y de hastío, se sentía
desalentado. Evitó los ojos de su compañera de fragilidad. Reinó un
melancólico silencio durante el cual los dos parecieron sumirse en
desagradables sentimientos.
Matilde fue la primera en romperlo. Le cogió la mano dulcemente, y se la
llevó a sus labios ardientes.
—¡Ambrosio! —murmuró con voz suave y temblorosa.
El abad se sobresaltó al oírla. Volvió los ojos hacia Matilde: los tenía
llenos de lágrimas. Sus mejillas estaban cubiertas de rubor, y su mirada
suplicante parecía solicitar su compasión.
—¡Mujer peligrosa! —dijo—. ¡En qué abismo de miseria me habéis
hundido! ¡Si se llegase a descubrir vuestro sexo, mi honor, incluso mi vida,
pagarían el placer de unos momentos! ¡Qué loco he sido al fiarme de vuestras
seducciones! ¿Qué puede hacerse ahora? ¿Cómo podré expiar mi culpa? ¿Qué
reparación puede obtener el perdón de mi crimen? ¡Desdichada Matilde,
habéis destruido mi paz para siempre!
—¿A mí me hacéis esos reproches, Ambrosio? ¿A mí, que he sacrificado
por vos los placeres del mundo, el lujo de la riqueza, la delicadeza del sexo, a
mis amigos, mi fortuna y mi fama? ¿Qué habéis perdido vos, que yo haya
conservado? ¿No he compartido yo vuestra culpa? ¿No habéis participado vos
de mi placer? ¿Y digo culpa? ¿En qué consiste, si no es en la opinión de un
mundo malintencionado? ¡Dejad que el mundo lo ignore, y nuestro goce se
volverá divino e intachable! Lo antinatural son vuestros votos de celibato. El
Hombre no ha sido creado para un estado así. ¡Si fuese el amor un crimen,
Dios no lo habría hecho tan dulce, tan irresistible! ¡Así que disipad esas nubes
de vuestra frente, Ambrosio mío! Gozad de estos placeres libremente, sin los
cuales la vida es un don sin valor. ¡Dejad de reprocharme haberos enseñado lo
que es la dicha, y sentid los mismos transportes que la mujer que os adora!
Mientras hablaba, los ojos de ella se llenaron de una deliciosa languidez.
Su pecho se agitaba. Enlazó los brazos voluptuosamente alrededor de él, lo
atrajo hacia sí y pegó sus labios a los de Ambrosio. Éste sintió otra vez el
ardor del deseo. La suerte estaba echada. Ya había quebrantado sus votos; ya
había cometido el crimen; ¿qué podía impedirle gozar de su recompensa? La
apretó contra su pecho con redoblado ardor. Libre ya de la sensación de
vergüenza, se entregó de lleno a la satisfacción de sus apetitos desenfrenados,
mientras la hermosa cortesana ponía en práctica todas las invenciones de la
lascivia, todos los refinamientos del arte del placer que podían elevar el goce
de su posesión y hacer aún más exquisitos los transportes de su amante.
Ambrosio paladeó delicias hasta entonces desconocidas para él. La noche
huyó veloz, y la madrugada se ruborizó al sorprenderle aún en brazos de
Matilde.
Embriagado de placer, el monje se levantó del lujurioso lecho de la sirena.
Ya no sintió vergüenza de su incontinencia, ni temió la venganza de los cielos
ofendidos. Su único temor fue que la muerte le robase los goces cuya apetencia no había hecho sino acrecentar su largo ayuno. Matilde estaba aún
bajo la influencia del veneno, y el voluptuoso monje temió menos por la vida
de su salvadora que por la de su concubina. Sin ella, no sería fácil encontrar
otra amante con la que poder entregarse tan plenamente y sin peligro a sus
pasiones. Así que la instó seriamente a que utilizase los medios de salvarse
que ella había declarado poseer.
—¡Sí! —dijo Matilde—. Puesto que me habéis hecho sentir que la vida es
valiosa, rescataré la mía a toda costa. Ningún peligro me arredrará. Quiero
considerar las consecuencias de mi acción fríamente, y no me estremeceré ante
los horrores que puedan presentar. Quiero pensar que mi sacrificio es un
precio escaso para comprar vuestra posesión, y recordar que un momento
pasado en vuestros brazos en este mundo compensa un siglo de castigos en el
otro. Pero antes de dar este paso, Ambrosio, juradme solemnemente que jamás
indagaréis por qué medios voy a salvar mi vida.
Ambrosio lo hizo de la manera más solemne.
—Gracias, mi bienamado. Esta precaución es necesaria, pues aunque no lo
sabéis, estáis bajo el influjo de vulgares prejuicios. Los asuntos de los que me
debo ocupar esta noche podrían asustaros por su singularidad y rebajarme ante
vuestra opinión. Decidme: ¿tenéis la llave de la puerta de poniente del jardín?
—¿La puerta que da acceso al cementerio que tenemos en común con las
hermanas de Santa Clara? No tengo la llave, pero puedo conseguirla
fácilmente.
—No tenéis que hacer más que eso: dejarme pasar al cementerio a media
noche. Vigilad mientras yo desciendo a la cripta de Santa Clara, no sea que
alguien observe mis actos. Dejadme allí sola durante una hora, y salvaré mi
vida para dedicarla a vuestros placeres. Para evitar toda sospecha, no me
visitéis durante el día. Recordad la llave, y que os espero antes de las doce.
¡Chist! ¡Oigo pasos que se acercan! Marchaos; fingiré dormir.
Obedeció el fraile, y abandonó la celda. Al abrir la puerta, el padre Pablos
hizo su aparición.
—Vengo —dijo éste— a preguntar por la salud del joven paciente.
—¡Chist! —replicó Ambrosio, llevándose un dedo a los labios—, hablad
bajo. Acabo de verle. Ha caído en un profundo sueño, que sin duda le vendrá
muy bien. No le molestéis ahora, pues desea descansar.
Obedeció el padre Pablos, y al oír la campana, acompañó al abad a
maitines. Ambrosio se sintió confundido al entrar en la capilla. La culpa era
nueva en él, e imaginaba que todos los ojos podían leer las acciones de esa
noche en su semblante. Se esforzó en rezar. Su pecho ya no resplandecía de devoción. Sus pensamientos volaban insensiblemente hacia los encantos de
Matilde. Pero lo que le faltaba en pureza de corazón lo suplió en santidad
externa. Para cubrir mejor su trasgresión, redobló su afectación de aparente
virtud, y nunca pareció más devoto al cielo que después de haber infringido
sus votos. De este modo, añadió inconscientemente la hipocresía al perjurio y
la incontinencia. Había caído en este último error al sucumbir a una seducción
casi irresistible. Pero ahora fue culpable de un pecado voluntario al ocultar
aquellos en los que otro le había hecho caer.
Concluidos los maitines, Ambrosio se retiró a su celda. Su mente aún
estaba impresionada por los placeres que acababa de saborear por vez primera.
Su cerebro ofuscado era un caos de remordimientos, voluptuosidad, inquietud
y temor. Recordó con pesar aquella paz del alma, aquella seguridad de la
virtud, de las que hasta entonces había gozado. Se había permitido excesos
ante cuyo solo pensamiento habría retrocedido con horror tan sólo veinticuatro
horas antes. Le estremecía pensar que la más trivial indiscreción por parte
suya o de Matilde derrumbaría ese edificio de reputación que le había costado
treinta años erigir, y le granjearía la repulsa de personas para quienes ahora era
un ídolo. La conciencia le pintó con vivos colores su perjurio y su flaqueza. El
temor le hizo ver aumentados los horrores del castigo, y se imaginó ya en las
prisiones de la Inquisición. A estas ideas atormentadoras les sucedió la belleza
de Matilde, y aquellas deliciosas lecciones que una vez aprendidas no pueden
olvidarse jamás. Esta simple consideración le reconcilió consigo mismo.
Consideró que había comprado los placeres de la noche anterior al bajo precio
del sacrificio de la inocencia y el honor. Su mismo recuerdo le llenó el alma de
éxtasis. Maldijo su estúpida vanidad, que le había inducido a malgastar en la
oscuridad la flor de su vida, ignorante de los encantos del amor y de la mujer.
Decidió seguir a toda costa su comercio con Matilde, y apeló a todos los
argumentos para afianzarse en su resolución. Se preguntaba, si su falta
permanecía ignorada, en qué podía consistir, y qué consecuencias podía
acarrearle. Observando estrictamente todas las reglas de la orden salvo la
castidad, no dudaba en conservar la estima de los hombres, e incluso la
protección del cielo. Confiaba en que se le perdonase fácilmente una
trasgresión tan ligera y natural de sus votos. Pero olvidaba que al haber
pronunciado esos votos, la incontinencia, en los seglares el más venial de
todos los pecados, se convertía en su persona en el más horrible de los
crímenes.
Una vez decidida su conducta futura, su espíritu se sintió más apaciguado.
Se echó en la cama y trató de dormir para recobrar las fuerzas gastadas en sus
excesos nocturnos. Despertó recobrado y ansioso de repetir sus placeres.
Obediente a las órdenes de Matilde, no visitó su celda durante el día. El padre
Pablos mencionó en el refectorio que Rosario había consentido al fin en seguir
su prescripción; pero que la medicina no había producido el más ligero efecto, y que creía que ninguna habilidad mortal podría salvarle de la tumba. El abad
convino en esta opinión, y fingió lamentar el prematuro destino de un joven
cuyo talento había parecido tan prometedor.
Llegó la noche. Ambrosio había tenido la precaución de obtener del
portero la llave de la puerta baja que daba acceso al cementerio; abandonó su
celda y corrió a la de Matilde. Ésta se había levantado y estaba ya vestida.
—Os esperaba con impaciencia —dijo—. Mi vida depende de estos
momentos. ¿Tenéis la llave?
—La tengo.
—Vamos, pues, al jardín. No hay tiempo que perder. ¡Seguidme!
Cogió una cestita tapada de encima de la mesa. Con ella en la mano, y la
lámpara que ardía sobre la chimenea en la otra, salió apresuradamente de la
celda. Ambrosio la siguió. Los dos guardaron un profundo silencio. Ella
avanzaba con paso rápido, pero cauteloso; cruzaron el claustro y llegaron al
lado oeste del jardín. Sus ojos refulgían con tal fuego y salvajismo que el
monje se sintió invadido por el miedo y el horror. Un valor decidido y
desesperado imperaba en su frente. Pasó la lámpara a Ambrosio; luego,
tomando la llave, abrió la puerta y entró en el cementerio. Era un rectángulo
espacioso, plantado de tejos. La mitad pertenecía a las hermanas de Santa
Clara, y estaba protegido por un tejado de piedra. La división estaba marcada
por una verja de hierro, cuyo portillo permanecía habitualmente sin tener
echada la llave.
Matilde se dirigió hacia allí. Abrió el portillo y buscó la puerta que
conducía a la cripta subterránea donde descansaban los restos polvorientos de
las monjas consagradas a Santa Clara. La noche era completamente oscura. No
se veía la luna ni las estrellas. Afortunadamente, no soplaba la más leve brisa,
y el fraile sostenía la lámpara sin un solo temblor. Con la ayuda de su luz,
descubrieron en seguida la puerta del sepulcro. Estaba metida en un hueco del
muro, y casi oculta por festones de hiedra que colgaban sobre ella. Tres
peldaños de piedra toscamente tallada conducían a ella. Matilde estaba a punto
de bajarlos, cuando retrocedió súbitamente.
—¡Hay alguien en la cripta! —susurró al monje—. Ocultaos hasta que se
hayan marchado.
Ella se refugió detrás de un sepulcro alto y magnífico, erigido en honor de
la fundadora del convento. Ambrosio siguió su ejemplo, tapando
cuidadosamente la lámpara para que su luz no les delatase. Pero habían
transcurrido sólo unos segundos, cuando se abrió la puerta que conducía a las
cavernas subterráneas. De la escalera brotaron rayos de luz que permitieron a
los ocultos espectadores descubrir a dos mujeres vestidas con hábitos religiosos, enfrascadas al parecer en grave conversación. El abad no tuvo
dificultad en reconocer a la priora de Santa Clara, acompañada por una de las
monjas más viejas.
—Todo está preparado —dijo la priora—. Mañana se decidirá su destino.
Serán inútiles todas sus lágrimas y suspiros. ¡No! ¡En los veinticinco años que
hace que soy superiora de este convento, jamás he presenciado comercio más
infame!
—Debéis esperar mucha oposición a vuestros deseos —replicó la otra con
voz suave—. Inés tiene muchas amigas en el convento, y particularmente la
madre Santa Úrsula defenderá su causa con todas sus fuerzas. A decir verdad,
Inés me— ' rece tener amigas; y yo desearía poder convenceros para que
consideraseis su juventud y su peculiar situación. Ella parece consciente de su
culpa. El exceso de su sufrimiento demuestra su penitencia, y estoy
convencida de que sus lágrimas brotan más por contrición que por miedo al
castigo. Reverenda madre, si quisierais mitigar la severidad de vuestra
sentencia, si os dignarais pasar por alto esta primera transgresión, me ofrecería
como garantía de su futura conducta.
—¿Pasársela por alto, decís? ¡Madre Camila, me asombráis! ¿Después de
haberme deshonrado en presencia del ídolo de Madrid, del mismísimo hombre
a quien más he deseado dar idea de la puntualidad de mi disciplina? ¡Qué
despreciable debo de haber parecido a los ojos del reverendo abad! ¡No,
madre, no! Jamás podré olvidar este insulto. No podría convencer a Ambrosio
de lo que detesto tales crímenes más que castigando el de Inés con todo el
rigor que permiten nuestras severas leyes. Dejad, pues, vuestras súplicas. No
servirán de nada. Mi decisión está tomada. Mañana, Inés será un ejemplo
terrible de mi justicia y enojo.
La madre Camila no pareció abandonar su porfía, pero esta vez las monjas
estaban muy lejos. La priora abrió la puerta que daba acceso a la capilla de
Santa Clara, entró con su compañera, y cerró después.
Matilde preguntó entonces quién era esta Inés con la que la priora estaba
tan irritada, y qué relación podía tener con Ambrosio. Éste le contó su
aventura; y añadió que desde entonces sus ideas habían sufrido una completa
revolución, y sentía mucha compasión por la infortunada monja.
—Tengo intención —dijo— de pedir audiencia a la superiora mañana, y
utilizar todos los medios para conseguir una mitigación de su sentencia.
—¡Tened cuidado con lo que hacéis! —le interrumpió Matilde—. Vuestro
repentino cambio de sentimientos puede causar sorpresa naturalmente, y
despertar sospechas, cosa que nos interesa muchísimo evitar. Cuanto más
redobléis vuestra austeridad exterior y descarguéis amenazas contra los errores de los demás, mejor ocultaréis los vuestros. Abandonad a la monja a su
destino. Vuestra intercesión podría ser peligrosa, y su imprudencia merece ser
castigada: No merece gozar de los placeres del amor quien no tiene la
suficiente habilidad para ocultarlos. Pero al discutir esta cuestión sin
importancia estoy perdiendo un tiempo que puede ser precioso. La noche huye
de prisa y hay mucho que hacer antes de que amanezca. Las monjas se han
retirado. No hay peligro. Dadme la lámpara, Ambrosio. Debo bajar sola a estas
cavernas. Aguardad aquí, y si se aproxima alguien, dadme una voz. Pero si os
estimáis en algo, no se os ocurra seguirme. Vuestra vida puede caer víctima de
vuestra imprudente curiosidad.
Dicho esto, se dirigió al sepulcro con la lámpara en una mano y la pequeña
cesta en la otra. Empujó la puerta, que giró lentamente sobre sus goznes
chirriantes y vio ante sí una estrecha escalera de mármol n***o. Bajó por allí.
Ambrosio se quedó arriba, viendo cómo la débil luz de la lámpara descendía
por la escalera. Desapareció, y se sumió en total oscuridad.
Una vez a solas, no pudo pensar sin sorpresa en el súbito cambio del
carácter y sentimientos de Matilde. Hacía pocos días parecía ser la más dócil y
amable de su sexo, sumisa a su voluntad, y mirarle como un ser superior.
Ahora había adoptado una especie de valentía y decisión en su actitud y
discurso que no le acababa de complacer. Al hablar, ya no insinuaba, sino que
mandaba. En cuanto a él, se sentía incapaz de discutir sus argumentos, y se
veía obligado a confesar de mala gana la superioridad de su criterio. A cada
momento se convencía más de los asombrosos poderes de su mente. Pero lo
que ella ganaba en la opinión del hombre, lo perdía en el afecto del amante.
Echaba de menos al afectuoso, afable y obediente Rosario. Le apenaba que
Matilde prefiriese las virtudes del sexo masculino a las del suyo propio; y al
pensar en sus opiniones sobre la monja castigada, no pudo por menos de
considerarlas crueles y poco femeninas. La compasión es un sentimiento tan
natural, tan propio del carácter femenino que no es un mérito que la mujer la
posea, aunque sí un crimen que carezca de ella. Pero Ambrosio no podía
olvidar fácilmente a su amante por el hecho de ser deficiente en esta amable
cualidad. Y aunque censuraba su insensibilidad, comprendía la verdad de sus
observaciones; de modo que, a pesar de compadecer sinceramente a la
desventurada Inés, decidió renunciar a la idea de intervenir en su favor.
Había transcurrido casi una hora desde que Matilde había bajado a la
cripta, y aún no había regresado. Ambrosio sentía curiosidad. Se acercó a la
escalera. Escuchó. Todo permanecía en silencio, aunque a intervalos captaba el
sonido de la voz de Matilde a través de los pasadizos subterráneos, y el eco
que devolvían los abovedados techos de los sepulcros. Estaba demasiado lejos
para distinguir las palabras, y antes de que llegaran a sus oídos se apagaban en
un murmullo confuso. Sintió deseos de penetrar en este misterio. Decidió desobedecer sus advertencias, y la siguió a la cripta. Se acercó a la escalera;
cuando ya había descendido algunos escalones le flaqueó el valor. Recordó las
amenazas de Matilde si infringía sus órdenes, y sintió que un inexplicable y
secreto temor invadía su pecho. Volvió a subir, se apostó en el lugar de antes, y
esperó impaciente la conclusión de esta aventura.
De súbito, sintió una violenta sacudida: un terremoto estremeció el suelo.
Las columnas que sostenían la techumbre bajo la que se encontraba oscilaron
de manera tan alarmante que amenazaron derrumbarse; y en el mismo instante,
oyó un trueno tremendo y espantoso. Cesó, y sus ojos, clavados en la escalera,
vieron salir de la cripta un relámpago de cegadora luz. No duró más que un
instante. No bien desapareció, quedó todo tan inmóvil y oscuro como antes.
Una espesa negrura le envolvió de nuevo, y el silencio de la noche lo quebró
tan sólo el aleteo de un murciélago que pasó cerca de él.
Cada instante que transcurría aumentaba el asombro de Ambrosio. Pasó
otra hora, al cabo de la cual volvió a brotar la luz y a disiparse súbitamente. La
acompañó una melodía dulce y solemne, que tras recorrer la bóveda de abajo,
inspiró en el monje una mezcla de placer y terror. No hacía mucho que se
había apagado, cuando oyó los pasos de Matilde en la escalera. Subió de la
caverna. La más viva alegría animaba su hermoso semblante.
—¿Habéis visto algo? —preguntó.
—He visto dos veces salir una intensa luz de la escalera.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Está a punto de amanecer. Regresemos a la abadía, no nos delate la
claridad del alba.
Salió con paso presuroso del cementerio. Llegó a su celda, acompañada
aún por el curioso abad. Cerró la puerta, y dejó la lámpara y la cesta.
—¡Lo he conseguido! —exclamó, arrojándose en brazos de él—. ¡Lo he
conseguido más allá de mis más remotas esperanzas! ¡Viviré, Ambrosio, viviré
para vos! El paso, cuyo solo pensamiento me hacía temblar, va a ser para mí
una fuente de gozo indecible. ¡Oh! ¡Ojalá se me permitiera compartir con vos
mi poder, y elevaros por encima del nivel de vuestro sexo, tal como mi
intrépida acción me ha exaltado a mí por encima del mío!
—¿Y qué os lo impide, Matilde? —interrumpió el fraile—. ¿Por qué es tan
secreto lo que habéis hecho en la cripta? ¿No me creéis merecedor de vuestra
confianza? Matilde, dudaré de vuestro afecto en tanto tengáis goces que me
estén prohibido compartir.
—Sois injusto en vuestros reproches. Me aflige sinceramente verme obligada a ocultaros mi dicha. Pero no se me puede culpar. ¡La culpa no está
en mí, sino en vos, Ambrosio mío! Todavía sois demasiado el monje. Vuestra
mente está esclavizada por los prejuicios de la educación; y la superstición
podría haceros estremecer ante la idea de lo que la experiencia me ha
enseñado a apreciar y valorar. Por ahora no estáis preparado para que os confíe
un secreto de tal envergadura. Pero la fuerza de vuestro juicio, y la curiosidad
que me complace ver en vuestros ojos brillantes, me hacen concebir la
esperanza de que llegará el día en que pueda confiar en vos. Hasta ese
momento, contened vuestra impaciencia. Recordad que me habéis hecho
solemne juramento de no hacer preguntas sobre esta nocturna aventura. Insisto
en que lo mantengáis. Pues —añadió sonriendo, mientras sellaba los labios de
Ambrosio con un beso lascivo—, aunque os perdono el haber quebrantado
vuestros votos para con el cielo, espero que guardéis los que me debéis a mí.
El fraile le devolvió la caricia, que le había enardecido la sangre.
Renovaron los excesos lujuriosos y desenfrenados de la primera noche, y no se
separaron hasta que la campana llamó a maitines.
Repitieron estos mismos placeres con frecuencia. Los monjes se alegraron
al observar en el fingido Rosario una inesperada recuperación, y nadie
sospechó cuál era su verdadero sexo. El abad poseyó a su amante con
tranquilidad, y viendo que nadie recelaba de su flaqueza, se abandonó con
entera impunidad a sus pasiones. Ya no le atormentaron la vergüenza y el
arrepentimiento. Las frecuentes repeticiones le familiarizaron con el pecado, y
su pecho se hizo resistente a los alfileres de la conciencia. Matilde le alentaba
en estos sentimientos; pero pronto se dio cuenta de que había saciado a su
amante con la ilimitada libertad de sus caricias. Habiéndose acostumbrado a
sus encantos, dejó de excitarle los mismos deseos que al principio le inspirara.
Pasado el delirio de la pasión, tuvo tiempo de observar los más pequeños
defectos. Donde no debía haber encontrado ninguno, la saciedad los hacía
aparecer. El monje estaba harto con la abundancia del placer. Y apenas había
transcurrido una semana, cuando ya se sintió cansado de su amante. Su
naturaleza ardiente aún le hacía buscar en sus brazos la satisfacción de su
lujuria. Pero cuando pasaba el momento de la pasión, la dejaba con disgusto; y
su humor, naturalmente inconstante, le hacía anhelar impaciente alguna
variedad.
La posesión, que produce hartazgo en el hombre, en la mujer no hace más
que aumentar su afecto. Matilde, cada día que pasaba, se sentía más unida al
fraile. Desde que él gozaba de sus favores, se había vuelto más caro que nunca
para ella, y se sentía agradecida por los placeres que compartía igualmente.
Desafortunadamente, a medida que aumentaba la pasión de ella, la de
Ambrosio se enfriaba. Sus mismas muestras de afecto provocaban disgusto en
él, y su exceso no hacía sino matar la llama que ya languidecía en su pecho.