Matilde no pudo por menos de observar que su presencia resultaba cada día
menos agradable a Ambrosio. No la atendía cuando hablaba; su talento
musical, que ella poseía a la perfección, había perdido el poder de distraerle. Y
si él se dignaba alabarlo, sus cumplidos eran evidentemente forzados y
distantes. Ya no la miraba con afecto, ni aplaudía los sentimientos con
parcialidad de amante. Matilde se dio cuenta de esto muy bien, y redobló sus
esfuerzos por reavivar los sentimientos que en otro tiempo había sentido. Pero
estaban condenados al fracaso, puesto que él consideraba como impertinencias
los trabajos que ella se tomaba por agradarle, y le contrariaban los mismos
medios que la mujer utilizaba para atraer al errabundo. No obstante, aún
continuaba con su comercio ilícito. Pero era evidente que lo que le llevaba a
los brazos de Matilde no era el amor sino la sed del apetito brutal. Su
temperamento le hacía necesitar a una mujer, y Matilde era la única con quien
podía entregarse a sus pasiones sin peligro. A pesar de su belleza, miraba a
todas las demás mujeres con más deseo; pero temiendo que acabase
divulgándose su hipocresía, no permitía que sus inclinaciones salieran de su
pecho.
No era tímido, ni mucho menos, por naturaleza. Pero su educación le había
infundido de tal manera el temor en el espíritu que la aprensión pasó ahora a
formar parte de su carácter. De haber pasado su juventud en el mundo, habría
mostrado muchas y muy espléndidas cualidades varoniles. Era naturalmente
emprendedor, firme y atrevido. Tenía un corazón de guerrero, y podía haber
brillado espléndidamente a la cabeza de un ejército. No le faltaba generosidad
a su naturaleza: los desdichados jamás habían dejado de encontrar en él un
alma compasiva. Su talento era despierto y brillante, y su juicio inmenso,
sólido y decidido. Con tales cualidades, podía haber sido un orgullo para su
país. Desde su más tierna infancia había dado pruebas de poseerlas, y sus
padres habían visto apuntar estas virtudes con la más afectuosa complacencia
y admiración. Desventuradamente, se vio privado de su familia siendo muy
niño aún. Cayó en manos de un pariente cuyo único deseo fue no volver a
saber más de él. Para cuyo fin, lo puso en manos de un amigo, el anterior
superior de los capuchinos. El abad, auténtico monje, recurrió a todos los
medios para persuadir al muchacho de que no existía la felicidad fuera de los
muros de un convento. Lo consiguió plenamente. La mayor ambición de
Ambrosio fue entonces ingresar en la orden de San Francisco. Sus instructores
sofocaron cuidadosamente aquellas virtudes cuya grandeza y desinterés se
acomodaban mal a la vida del claustro. En lugar de la benevolencia universal,
adoptó una parcialidad egoísta por su propia condición particular. Se le enseñó
a considerar la compasión por los errores de los demás como un crimen de la
peor índole. La noble franqueza de su genio se transformó en servil humildad;
y a fin de romper su ardor natural, los monjes aterraron su joven mentalidad
colocándole delante todos los horrores que la superstición pudo proporcionarles. Le pintaron los tormentos de los condenados con los colores
más tenebrosos, terribles y fantásticos, y le amenazaron ante la más ligera falta
con la condenación eterna. Evidentemente, su imaginación, constantemente
obsesionada en estos temas tremendos, volvió tímido y aprensivo su carácter.
Además de esto, su larga ausencia del gran mundo, y el total desconocimiento
de los comunes peligros de la vida, le dieron una idea muchísimo más sombría
de la realidad. Y así como los monjes se ocuparon de extirpar sus virtudes y
reducir sus sentimientos, dejaron que sus vicios naturales alcanzasen la plena
perfección. Se le consintió que fuese orgulloso, engreído, ambicioso y
altanero. Tenía celos de sus iguales y despreciaba todo mérito que no fuera
suyo. Era implacable cuando le ofendían, y cruel en su venganza. Sin
embargo, a pesar de los trabajos que se tomaban para pervertirlas, sus
cualidades naturalmente buenas traspasaban la negrura arrojada sobre ellas
con tanto cuidado. En tales ocasiones, la pugna por la supremacía entre su
carácter verdadero y el adquirido era sorprendente e inexplicable para quienes
ignoraban su disposición natural. Lanzaba las más graves sentencias contra sus
ofensores, que un momento después la compasión le impulsaba a mitigar;
sometía las más atrevidas empresas que el temor a sus consecuencias le
obligaba a abandonar en seguida. Su genio innato arrojaba una luz espléndida
sobre los temas más oscuros, y casi instantáneamente, su superstición los
volvía a sumergir en unas tinieblas aún más profundas que aquella de la cual
habían sido rescatados. Sus monjes hermanos, que le tenían por un ser
superior, no percibían contradicción alguna en la conducta de su ídolo.
Estaban convencidos de que lo que él hacía debía ser lo correcto, y suponían
que tenían sólidas razones para cambiar de decisión. El hecho era que en su
pecho contendían los distintos sentimientos que la educación y la naturaleza le
habían inspirado: y eran las pasiones que hasta entonces no habían tenido
ocasión de entrar en juego las que decidían la victoria. Desgraciadamente, sus
pasiones eran los peores jueces a los que podía haber acudido. Su reclusión
monástica había obrado hasta ahora en su favor, ya que no le había dado
ocasión de descubrir sus malas cualidades. La superioridad de su talento le
elevó muy por encima de sus compañeros para sentir celos de ellos. Su piedad
ejemplar, su persuasiva elocuencia y sus modales agradables le habían
granjeado la estima universal, y consiguientemente no tenía ofensas que
vengar. Su ambición se justificaba por el reconocimiento de su mérito, y
consideraba su orgullo simplemente como confianza en sí mismo. Jamás había
visto personas del otro sexo, y mucho menos había conversado con ellas.
Ignoraba los placeres r que una mujer puede conceder; y si en el curso de sus
estudios leía que a los hombres les gustaba, sonreía, y se preguntaba cómo.
Merced a las flacas dietas, frecuentes vigilias y severas penitencias, enfrió
y sofocó el ardor natural de su temperamento. Pero tan pronto como se
presentó la ocasión, tan pronto como vislumbró los goces a los que aún era extraño, las barreras de la religión se volvieron demasiado frágiles para resistir
el torrente incontenible de sus deseos.
Todos los impedimentos cedieron ante la fuerza de su temperamento
ardiente, sanguíneo y voluptuoso en exceso. Hasta ahora, sus pasiones habían
permanecido dormidas. Pero sólo necesitaron despertar una vez para
manifestarse violentamente grandes e irresistibles.
Siguió siendo la admiración de Madrid. El entusiasmo suscitado por su
elocuencia parecía aumentar, en vez de disminuir. Cada jueves, único día en
que aparecía en público, la catedral de los capuchinos se llenaba de oyentes, y
su discurso era acogido siempre con la misma aprobación. Era el confesor
favorito de todas las principales familias de Madrid, y nadie que se
considerase en la vanguardia soportaba una penitencia impuesta por otro que
no fuera Ambrosio.
Había perseverado siempre en su resolución de no salir jamás de su
convento. Esta circunstancia le reportó una más elevada opinión de su santidad
y abnegación. Las mujeres cantaban sus alabanzas por encima de todos,
movidas menos por la devoción que por el noble semblante, el aire majestuoso
y la donosa figura. La puerta de la abadía se veía abarrotada de carruajes desde
la mañana a la noche, y las damas más nobles y hermosas de Madrid
confesaban al abad sus menudos y secretos pecados. Y los ojos del lujurioso
fraile devoraban sus encantos: de haber consultado sus penitentes a esos
intérpretes, no habría necesitado él de otro medio para expresar sus deseos.
Para su desgracia, estaban todas tan sólidamente convencidas de su
continencia que la posibilidad de que abrigase pensamientos indecentes jamás
se les pasó por la mente. El calor del clima, es bien sabido, actúa no poco
sobre el temperamento de las damas españolas. Pero la más abandonada habría
concebido más fácil inflamar las pasiones de la estatua de mármol de San
Francisco que las del frío y rígido corazón del inmaculado Ambrosio.
Por su parte, el fraile estaba poco familiarizado con la depravación del
mundo. No sospechaba que muy pocas de sus penitentes habrían rechazado
sus galanteos. Aunque, de haber estado mejor instruido sobre este capítulo, el
peligro de semejante intento habría sellado sus labios absolutamente. Sabía
que a una mujer le era difícil guardar un secreto tan extraño y tan importante
como era el de su fragilidad; y hasta temía que Matilde pudiese traicionarle.
Deseoso de conservar una reputación que le era sumamente querida,
comprendía el riesgo que suponía ponerla en manos de alguna mujer vanidosa
y voluble; y como las bellezas de Madrid afectaban sólo sus sentimientos sin
tocar su corazón, las olvidaba tan pronto como las perdía de vista. El peligro
de ser descubierto, el temor de ser recusado, la pérdida de la reputación, todas
estas consideraciones le aconsejaban sofocar sus deseos. Y aunque ahora
sentía por Matilde la más completa indiferencia, se veía obligado a limitarse a su persona.
Una mañana, la afluencia de penitentes fue mayor de la habitual. Se vio
retenido en el confesionario hasta hora tardía. Por último, despachó a toda la
multitud; y se disponía a abandonar la capilla, cuando entraron dos mujeres y
se acercaron con humildad. Se levantaron el velo, y la más joven le pidió que
las escuchase unos momentos. La melodía de su voz, de una voz que jamás
podía escuchar hombre alguno con indiferencia, atrajo inmediatamente la
atención de Ambrosio. Se detuvo. La que se lo pedía pareció inclinarse con
aflicción. Sus mejillas estaban pálidas, sus ojos empañados de lágrimas, y su
cabello caía en desorden sobra su rostro y su pecho. Sin embargo, su
semblante era tan dulce, tan inocente, tan celestial, que podía haber fascinado
a un corazón menos sensible que el que palpitaba en el pecho del abad. Con
más suavidad de lo acostumbrado en él, le pidió que prosiguiese, y la oyó
decir, con una emoción que aumentaba a cada instante:
—¡Reverendo padre, ante vos está una desventurada, amenazada con
perder a su más querida y casi única amiga! Mi madre, mi excelente madre
yace enferma en la cama. Un mal repentino y espantoso hizo presa en ella
anoche, y tan rápido ha sido su progreso que los médicos desesperan de poder
salvarla. Estoy sin ayuda humana; no me queda otro recurso que el de implorar
la misericordia del Cielo. Padre, todo Madrid se hace eco de vuestra piedad y
vuestra virtud. Dignaos recordar a mi madre en vuestras oraciones. Tal vez
puedan lograr que el Todopoderoso la salve; y si así fuera, me comprometo a
iluminar cada jueves, y durante tres meses, el altar de San Francisco en su
honor.
«¡Vaya! —pensó el monje—; aquí tenemos a un segundo Vincentio della
Ronda. La aventura de Rosario empezó igual», y deseó secretamente que
tuviese la misma conclusión.
Accedió a la petición. La suplicante le dio las gracias con grandes muestras
de gratitud, y luego prosiguió:
—Aún tengo otro favor que pediros. Somos forasteras en Madrid. Mi
madre necesita un confesor, y no sabe a quién dirigirse. Nosotras sabemos que
jamás salís de la abadía, y ¡ay, mi pobre madre es incapaz de venir aquí! Si
tuvierais la bondad, reverendo padre, de designar a una persona apropiada,
cuyos sabios y piadosos consejos pudiesen aliviar las agonías de mi madre
moribunda, proporcionaríais un favor inolvidable a unos corazones que sabrán
agradecerlo.
El monje accedió también a esta petición. En realidad, ¿a qué petición se
habría negado, pidiéndoselo con tan encantadores acentos? ¡Qué interesante
era la suplicante! ¡Qué voz tan dulce, tan armoniosa! Hasta las lágrimas y las
aflicciones parecían añadir atractivo a sus encantos. Prometió enviarle un confesor esa misma tarde, y le rogó que dejase su dirección. La acompañante
le tendió una tarjeta en la que iba escrita, y seguidamente se retiró con la
suplicante, que derramó antes de marcharse mil bendiciones sobre la bondad
del abad. Los ojos de éste la siguieron hasta que salió de la capilla. Cuando
hubo desaparecido, examinó la tarjeta, en la que leyó las siguientes palabras:
Doña Elvira Dalfa, calle de Santiago, a cuatro portales del palacio de
Albornoz.
La suplicante no era otra que Antonia, y su acompañante Leonela. Ésta
había accedido, no sin dificultad, a acompañar a su sobrina a la abadía:
Ambrosio le había inspirado tal miedo que temblaba ante su sola presencia. Su
temor se había impuesto sobre su natural locuacidad, y en su presencia no fue
capaz de pronunciar una palabra.
El monje se retiró a su celda, adonde le persiguió la imagen de Antonia.
Sentía nacer en su pecho mil nuevas emociones, y tembló al examinar la causa
de su origen. Eran totalmente distintas de las que le había inspirado Matilde,
cuando le confesó por primera vez su sexo y su afecto. No sentía la
provocación de la lujuria. Ningún voluptuoso deseo se soliviantaba en su
pecho, ni le pintaba la imaginación ardiente los encantos que el recato había
ocultado a sus ojos. Al contrario, lo que ahora sentía era una mezcla de
sentimientos de ternura, admiración y respeto. Inundaba su alma una suave y
deliciosa melancolía que no habría cambiado por los más vivos transportes del
placer. Ahora le desagradaba la compañía. Le atraía la soledad que le permitía
entregarse a las visiones de la fantasía. Sus pensamientos eran todos amables,
tristes y sosegados, y todo el ancho mundo no le presentaba otro objeto que
Antonia.
—¡Feliz el hombre —exclamó, en su romántico entusiasmo— que esté
destinado a poseer el corazón de esa joven adorable! ¡Qué delicadeza de
facciones! ¡Qué elegancia de cuerpo! ¡Qué encantadora la tímida inocencia de
sus ojos, y qué distinta de la expresión lasciva, del fuego salvaje y lujurioso
que centellea en los de Matilde! ¡Oh! ¡Cuánto más dulce debe de ser un beso
robado a los rosados labios de la primera que todos los lujuriosos favores que
prodiga la segunda! Matilde me sacia de goces hasta el hastío, me fuerza a
estar en sus brazos, imita a la ramera, y disfruta en su prostitución.
¡Repugnante! ¡Si supiese ella cuán irresistiblemente cautiva el encanto del
pudor al corazón de un hombre, y lo firmemente que lo encadena al trono de la
belleza, jamás habría renunciado a él! ¿Cuál sería el inmenso precio de los
afectos de esta joven adorable? ¿Qué me negaría yo a sacrificar, si pudiese
librarme de mis votos y se me permitiese declararle mi amor ante los cielos y
la tierra? Y mientras me esforzara en inspirarle ternura, amistad y estima, ¡qué
tranquilas y serenas transcurrirían las horas! ¡Dios mío! ¡Ver sus ojos
recatados y azules mirando los míos con tímida ternura! ¡Sentarme a escuchar durante días y años su dulce voz! ¡Conseguir el derecho a servirla, y oír sus
ingenuas expresiones de gratitud! ¡Contemplar las emociones de su corazón
inmaculado! ¡Alentar cada virtud incipiente! ¡Compartir su gozo cuando es
feliz, besar sus lágrimas de desventura, y verla correr a mis brazos en busca de
consuelo y de sostén! Sí; si existe una perfecta dicha en la tierra, es sólo la del
que se convierta en esposo de ese ángel.
Mientras su fantasía forjaba estas ideas, paseaba por su celda con aire
trastornado. Sus ojos se quedaron fijos en el vacío; reclinó la cabeza sobre el
hombro, y una lágrima le recorrió la mejilla al comprender que esa visión de
felicidad jamás podría realizarse.
—¡Es inalcanzable para mí! —continuó—; no puede ser mía por el
matrimonio; y seducir semejante inocencia, utilizar la confianza puesta en mí
para labrar su ruina... ¡Oh, sería el crimen más n***o que haya podido
presenciar el mundo hasta ahora! ¡No temáis, adorable muchacha! ¡Vuestra
virtud no corre ningún peligro por mi parte! ¡Ni por las Indias dejaría que ese
pecho amable conociese las torturas del remordimiento!
Nuevamente se puso a pasear nervioso por su aposento. Luego,
deteniéndose, sus ojos se fijaron en el cuadro de su en otro tiempo admirada
Virgen. Lo arrancó con indignación de la pared. Lo arrojó al suelo y le dio un
puntapié.
—¡Prostituta!
¡Desventurada Matilde! Su amante olvidaba que por él únicamente había
perdido toda pretensión de virtud, y su única razón para despreciarla era que le
había amado demasiado.
Se dejó caer en su silla, que estaba cerca de la mesa. Vio la tarjeta con la
dirección de Elvira. La cogió y recordó su promesa con respecto al confesor.
Pasó unos minutos dudando. Pero el imperio de Antonia sobre él era ya
demasiado claro para permitirle resistirse a la idea que se le había ocurrido.
Decidió ser él mismo el confesor. Podía salir de la abadía fácilmente sin ser
observado. Cubriéndose la cabeza con la cogulla, esperaba recorrer las calles
sin que le reconociesen. Con estas precauciones, y recomendando discreción a
la familia de Elvira, no dudaba en tener a Madrid en la ignorancia de que había
roto sus promesas de no trasponer jamás el umbral de la abadía. La única
vigilancia que temía era la de Matilde. Pero informándola en el refectorio de
que durante todo ese día le tendrían ocupado en su celda sus asuntos, pensaba
sustraerse a sus celos vigilantes. Así que, en las horas que los españoles están
generalmente durmiendo la siesta, se aventuró a abandonar la abadía por una
puerta secreta cuya llave poseía. Se echó sobre la cara la cogulla del hábito.
Las calles estaban casi totalmente desiertas debido al calor de la época. El
monje se encontró con muy poca gente, entró en la calle de Santiago, y llegó sin novedad a la puerta de doña Elvira. Llamó; le abrieron, e inmediatamente
le condujeron a un piso superior.
Aquí fue donde corrió el mayor riesgo de ser descubierto. De haber estado
Leonela en casa, le habría reconocido al instante. Su disposición comunicativa
no la habría dejado descansar hasta que todo Madrid se hubiese enterado de
que Ambrosio se había atrevido a salir de la abadía y había visitado a su
hermana. Aquí la suerte estuvo de parte del monje. Al regresar a casa, Leonela
había encontrado una carta comunicándole que acababa de fallecer un primo
suyo, el cual les había dejado a ella y a Elvira lo poco que poseía. Para tomar
posesión de este legado, se vio obligada a salir para Córdoba sin perder un
momento. En medio de todas sus debilidades, poseía un corazón
verdaderamente cálido y afectuoso, y no quería dejar a su hermana en tan
grave estado. Pero Elvira insistió en que hiciese el viaje, consciente de que en
la desamparada situación de su hija no podía desecharse ningún incremento de
fortuna por pequeño que fuera. Así que Leonela se marchó de Madrid,
sinceramente apenada por la enfermedad de su hermana, y dedicando algunos
suspiros a la memoria del amable pero inconstante don Cristóbal. Estaba
plenamente convencida de que al principio había causado honda huella en su
corazón. Pero al no saber nada más de él, supuso que había abandonado su
interés por ella a causa de la humildad de su origen, y consciente de que
ninguna pretensión que no fuera el matrimonio tenía esperanza de prosperar
con este dragón de virtud, como ella se proclamaba. O bien, que siendo
naturalmente caprichoso y mudable, se había borrado del corazón del conde el
recuerdo de sus encantos al encontrarse con una nueva belleza. Fuera cual
fuese la causa de haberle perdido, lo lamentaba profundamente. En vano se
esforzaba, como contaba ella a todo el que se dignaba escucharla, por arrancar
su imagen de su sensible corazón. Y así, afectaba un aire de virgen enamorada
y lo llevaba hasta los excesos más ridículos. Dejaba escapar suspiros
lastimosos, paseaba con los brazos cruzados, soltaba largos soliloquios, ¡y su
discurso giraba generalmente en torno a cierta doncella abandonada que
agonizaba con el corazón destrozado! Sus encendidos rizos estaban siempre
adornados con guirnaldas de sauce. Todas las noches se la veía deambular por
las orillas de un arroyo a la luz de la luna, y se declaraba violenta admiradora
de las corrientes rumorosas y de los ruiseñores.
De los parajes solitarios, y los boscajes sombríos, ¡Lugares que la pálida
pasión ama!
Tal era el estado de ánimo de Leonela cuando se vio obligada a abandonar
Madrid. Elvira se impacientaba con todas estas estupideces, y trataba de
persuadirla para que se comportase como una mujer razonable. Pero sus
consejos eran rechazados: Leonela le aseguró al marcharse que nada le haría
olvidar al pérfido don Cristóbal. Por suerte, en este aspecto se equivocaba. Un honorable joven de Córdoba, ayudante de boticario, consideró que su fortuna
era suficiente para instalar un establecimiento por su cuenta. Como resultado
de esta reflexión, se declaró admirador suyo. Leonela no se mostró inflexible.
El ardor de los suspiros de este joven ablandó su corazón, y no tardó en
acceder a hacerle el más feliz de los hombres. Escribió a su hermana
notificándole su matrimonio. Pero, por razones que más tarde se explicarán,
Elvira no llegó a contestar a esta carta.
Ambrosio fue conducido a la antecámara del aposento donde descansaba
Elvira. La criada que le había guiado le dejó solo y fue a anunciar su llegada a
la señora. Antonia, que estaba junto a la cama de su madre, acudió
inmediatamente.
—Perdonadme, padre —dijo, acercándose a él; y al reconocer de pronto su
cara, profirió un grito de alegría—: ¡Es posible! —prosiguió—; ¿no me
engañan mis ojos? ¿Ha renunciado el digno Ambrosio a su determinación para
venir a aliviar las agonías de la mejor de las mujeres? ¡Qué placer va a
suponer esta visita para mi madre! No demoréis un solo instante el consuelo
que vuestra piedad y sabiduría le pueden proporcionar.
Diciendo esto, abrió la puerta del aposento, presentó a su madre al
distinguido visitante, y tras colocar una butaca junto a la cama, se retiró a otro
aposento.
Elvira se sintió inmediatamente complacida con esta visita: sus esperanzas
habían aumentado al oír la noticia de su hija, pero ahora las vio multiplicadas.
Ambrosio, dotado por naturaleza del don de agradar, lo utilizó al máximo
mientras conversó con la madre de Antonia. Con persuasiva elocuencia, calmó
todo temor y disipó todo escrúpulo: le pidió que reflexionase sobre la infinita
misericordia de su juez, despojó a la muerte de sus dardos y terrores, y le
enseñó a mirar sin estremecerse el abismo de la eternidad, en cuyo borde se
encontraba ahora. Elvira estaba absorta y encantada; mientras escuchaba sus
exhortaciones, fue volviendo insensiblemente la confianza y el consuelo a su
espíritu. Descargó su pecho sin vacilar, contándole sus cuidados y aprensiones.
Estas últimas, sobre la vida futura, ya se las había apaciguado: ahora le aquietó
los primeros, que ella sentía a causa de su preocupación por Antonia. Tenía
miedo por ella. No tenía a nadie a cuyo cuidado recomendarla, salvo al
marqués de las Cisternas y a su hermana Leonela. La protección del primero
era muy insegura; en cuanto a la de la segunda, aunque quería a su sobrina,
Leonela era tan atolondrada y vana que se convertía en la persona más
inadecuada para asumir la dirección única de una joven tan niña e ignorante
del mundo todavía. No bien oyó el fraile la causa de sus alarmas, le suplicó
que se tranquilizase a ese respecto. No dudaba en poder asegurarle a Antonia
un refugio seguro en casa de una de sus penitentes, la marquesa de Villa–
Franca: ésta era una dama de reconocida virtud, notable por sus estrictos principios y dilatada caridad. Y si algún accidente la privase de este recurso, se
comprometió a procurar cobijo a Antonia en algún convento respetable; es
decir, en calidad de pupila; pues Elvira había declarado que no era partidaria
de la vida monástica, y el monje se mostró lo bastante cándido o complaciente
como para reconocer que su desaprobación no era infundada.
Estas pruebas del interés que manifestó por ella ganaron por completo el
corazón de Elvira. Echó mano de toda expresión que la gratitud fue capaz de
inspirarle para darle las gracias, y declaró que ahora se resignaba tranquila a
bajar a la tumba. Ambrosio se levantó para marcharse. Prometió volver al día
siguiente a la misma hora, pero pidió que se guardase secreto sobre sus visitas.
—No deseo —dijo— que se sepa por ahí que he roto una norma impuesta
por la necesidad. Si no hubiese decidido no abandonar nunca el convento,
salvo en circunstancias tan urgentes como las que me han conducido hasta
vuestra puerta, me estarían llamando constantemente por cuestiones triviales;
los curiosos, los desocupados y los caprichosos me acapararían el tiempo que
ahora paso junto al lecho de una enferma, confortando a la que agoniza y
limpiando de espinas su camino hacia la eternidad.
Elvira alabó su prudencia y compasión, y prometió ocultar cuidadosamente
el honor de sus visitas. El monje le dio entonces la bendición, y se retiró del
aposento.