Capitulo 19

4197 Palabras
Matilde no pudo por menos de observar que su presencia resultaba cada día menos agradable a Ambrosio. No la atendía cuando hablaba; su talento musical, que ella poseía a la perfección, había perdido el poder de distraerle. Y si él se dignaba alabarlo, sus cumplidos eran evidentemente forzados y distantes. Ya no la miraba con afecto, ni aplaudía los sentimientos con parcialidad de amante. Matilde se dio cuenta de esto muy bien, y redobló sus esfuerzos por reavivar los sentimientos que en otro tiempo había sentido. Pero estaban condenados al fracaso, puesto que él consideraba como impertinencias los trabajos que ella se tomaba por agradarle, y le contrariaban los mismos medios que la mujer utilizaba para atraer al errabundo. No obstante, aún continuaba con su comercio ilícito. Pero era evidente que lo que le llevaba a los brazos de Matilde no era el amor sino la sed del apetito brutal. Su temperamento le hacía necesitar a una mujer, y Matilde era la única con quien podía entregarse a sus pasiones sin peligro. A pesar de su belleza, miraba a todas las demás mujeres con más deseo; pero temiendo que acabase divulgándose su hipocresía, no permitía que sus inclinaciones salieran de su pecho. No era tímido, ni mucho menos, por naturaleza. Pero su educación le había infundido de tal manera el temor en el espíritu que la aprensión pasó ahora a formar parte de su carácter. De haber pasado su juventud en el mundo, habría mostrado muchas y muy espléndidas cualidades varoniles. Era naturalmente emprendedor, firme y atrevido. Tenía un corazón de guerrero, y podía haber brillado espléndidamente a la cabeza de un ejército. No le faltaba generosidad a su naturaleza: los desdichados jamás habían dejado de encontrar en él un alma compasiva. Su talento era despierto y brillante, y su juicio inmenso, sólido y decidido. Con tales cualidades, podía haber sido un orgullo para su país. Desde su más tierna infancia había dado pruebas de poseerlas, y sus padres habían visto apuntar estas virtudes con la más afectuosa complacencia y admiración. Desventuradamente, se vio privado de su familia siendo muy niño aún. Cayó en manos de un pariente cuyo único deseo fue no volver a saber más de él. Para cuyo fin, lo puso en manos de un amigo, el anterior superior de los capuchinos. El abad, auténtico monje, recurrió a todos los medios para persuadir al muchacho de que no existía la felicidad fuera de los muros de un convento. Lo consiguió plenamente. La mayor ambición de Ambrosio fue entonces ingresar en la orden de San Francisco. Sus instructores sofocaron cuidadosamente aquellas virtudes cuya grandeza y desinterés se acomodaban mal a la vida del claustro. En lugar de la benevolencia universal, adoptó una parcialidad egoísta por su propia condición particular. Se le enseñó a considerar la compasión por los errores de los demás como un crimen de la peor índole. La noble franqueza de su genio se transformó en servil humildad; y a fin de romper su ardor natural, los monjes aterraron su joven mentalidad colocándole delante todos los horrores que la superstición pudo proporcionarles. Le pintaron los tormentos de los condenados con los colores más tenebrosos, terribles y fantásticos, y le amenazaron ante la más ligera falta con la condenación eterna. Evidentemente, su imaginación, constantemente obsesionada en estos temas tremendos, volvió tímido y aprensivo su carácter. Además de esto, su larga ausencia del gran mundo, y el total desconocimiento de los comunes peligros de la vida, le dieron una idea muchísimo más sombría de la realidad. Y así como los monjes se ocuparon de extirpar sus virtudes y reducir sus sentimientos, dejaron que sus vicios naturales alcanzasen la plena perfección. Se le consintió que fuese orgulloso, engreído, ambicioso y altanero. Tenía celos de sus iguales y despreciaba todo mérito que no fuera suyo. Era implacable cuando le ofendían, y cruel en su venganza. Sin embargo, a pesar de los trabajos que se tomaban para pervertirlas, sus cualidades naturalmente buenas traspasaban la negrura arrojada sobre ellas con tanto cuidado. En tales ocasiones, la pugna por la supremacía entre su carácter verdadero y el adquirido era sorprendente e inexplicable para quienes ignoraban su disposición natural. Lanzaba las más graves sentencias contra sus ofensores, que un momento después la compasión le impulsaba a mitigar; sometía las más atrevidas empresas que el temor a sus consecuencias le obligaba a abandonar en seguida. Su genio innato arrojaba una luz espléndida sobre los temas más oscuros, y casi instantáneamente, su superstición los volvía a sumergir en unas tinieblas aún más profundas que aquella de la cual habían sido rescatados. Sus monjes hermanos, que le tenían por un ser superior, no percibían contradicción alguna en la conducta de su ídolo. Estaban convencidos de que lo que él hacía debía ser lo correcto, y suponían que tenían sólidas razones para cambiar de decisión. El hecho era que en su pecho contendían los distintos sentimientos que la educación y la naturaleza le habían inspirado: y eran las pasiones que hasta entonces no habían tenido ocasión de entrar en juego las que decidían la victoria. Desgraciadamente, sus pasiones eran los peores jueces a los que podía haber acudido. Su reclusión monástica había obrado hasta ahora en su favor, ya que no le había dado ocasión de descubrir sus malas cualidades. La superioridad de su talento le elevó muy por encima de sus compañeros para sentir celos de ellos. Su piedad ejemplar, su persuasiva elocuencia y sus modales agradables le habían granjeado la estima universal, y consiguientemente no tenía ofensas que vengar. Su ambición se justificaba por el reconocimiento de su mérito, y consideraba su orgullo simplemente como confianza en sí mismo. Jamás había visto personas del otro sexo, y mucho menos había conversado con ellas. Ignoraba los placeres r que una mujer puede conceder; y si en el curso de sus estudios leía que a los hombres les gustaba, sonreía, y se preguntaba cómo. Merced a las flacas dietas, frecuentes vigilias y severas penitencias, enfrió y sofocó el ardor natural de su temperamento. Pero tan pronto como se presentó la ocasión, tan pronto como vislumbró los goces a los que aún era extraño, las barreras de la religión se volvieron demasiado frágiles para resistir el torrente incontenible de sus deseos. Todos los impedimentos cedieron ante la fuerza de su temperamento ardiente, sanguíneo y voluptuoso en exceso. Hasta ahora, sus pasiones habían permanecido dormidas. Pero sólo necesitaron despertar una vez para manifestarse violentamente grandes e irresistibles. Siguió siendo la admiración de Madrid. El entusiasmo suscitado por su elocuencia parecía aumentar, en vez de disminuir. Cada jueves, único día en que aparecía en público, la catedral de los capuchinos se llenaba de oyentes, y su discurso era acogido siempre con la misma aprobación. Era el confesor favorito de todas las principales familias de Madrid, y nadie que se considerase en la vanguardia soportaba una penitencia impuesta por otro que no fuera Ambrosio. Había perseverado siempre en su resolución de no salir jamás de su convento. Esta circunstancia le reportó una más elevada opinión de su santidad y abnegación. Las mujeres cantaban sus alabanzas por encima de todos, movidas menos por la devoción que por el noble semblante, el aire majestuoso y la donosa figura. La puerta de la abadía se veía abarrotada de carruajes desde la mañana a la noche, y las damas más nobles y hermosas de Madrid confesaban al abad sus menudos y secretos pecados. Y los ojos del lujurioso fraile devoraban sus encantos: de haber consultado sus penitentes a esos intérpretes, no habría necesitado él de otro medio para expresar sus deseos. Para su desgracia, estaban todas tan sólidamente convencidas de su continencia que la posibilidad de que abrigase pensamientos indecentes jamás se les pasó por la mente. El calor del clima, es bien sabido, actúa no poco sobre el temperamento de las damas españolas. Pero la más abandonada habría concebido más fácil inflamar las pasiones de la estatua de mármol de San Francisco que las del frío y rígido corazón del inmaculado Ambrosio. Por su parte, el fraile estaba poco familiarizado con la depravación del mundo. No sospechaba que muy pocas de sus penitentes habrían rechazado sus galanteos. Aunque, de haber estado mejor instruido sobre este capítulo, el peligro de semejante intento habría sellado sus labios absolutamente. Sabía que a una mujer le era difícil guardar un secreto tan extraño y tan importante como era el de su fragilidad; y hasta temía que Matilde pudiese traicionarle. Deseoso de conservar una reputación que le era sumamente querida, comprendía el riesgo que suponía ponerla en manos de alguna mujer vanidosa y voluble; y como las bellezas de Madrid afectaban sólo sus sentimientos sin tocar su corazón, las olvidaba tan pronto como las perdía de vista. El peligro de ser descubierto, el temor de ser recusado, la pérdida de la reputación, todas estas consideraciones le aconsejaban sofocar sus deseos. Y aunque ahora sentía por Matilde la más completa indiferencia, se veía obligado a limitarse a su persona. Una mañana, la afluencia de penitentes fue mayor de la habitual. Se vio retenido en el confesionario hasta hora tardía. Por último, despachó a toda la multitud; y se disponía a abandonar la capilla, cuando entraron dos mujeres y se acercaron con humildad. Se levantaron el velo, y la más joven le pidió que las escuchase unos momentos. La melodía de su voz, de una voz que jamás podía escuchar hombre alguno con indiferencia, atrajo inmediatamente la atención de Ambrosio. Se detuvo. La que se lo pedía pareció inclinarse con aflicción. Sus mejillas estaban pálidas, sus ojos empañados de lágrimas, y su cabello caía en desorden sobra su rostro y su pecho. Sin embargo, su semblante era tan dulce, tan inocente, tan celestial, que podía haber fascinado a un corazón menos sensible que el que palpitaba en el pecho del abad. Con más suavidad de lo acostumbrado en él, le pidió que prosiguiese, y la oyó decir, con una emoción que aumentaba a cada instante: —¡Reverendo padre, ante vos está una desventurada, amenazada con perder a su más querida y casi única amiga! Mi madre, mi excelente madre yace enferma en la cama. Un mal repentino y espantoso hizo presa en ella anoche, y tan rápido ha sido su progreso que los médicos desesperan de poder salvarla. Estoy sin ayuda humana; no me queda otro recurso que el de implorar la misericordia del Cielo. Padre, todo Madrid se hace eco de vuestra piedad y vuestra virtud. Dignaos recordar a mi madre en vuestras oraciones. Tal vez puedan lograr que el Todopoderoso la salve; y si así fuera, me comprometo a iluminar cada jueves, y durante tres meses, el altar de San Francisco en su honor. «¡Vaya! —pensó el monje—; aquí tenemos a un segundo Vincentio della Ronda. La aventura de Rosario empezó igual», y deseó secretamente que tuviese la misma conclusión. Accedió a la petición. La suplicante le dio las gracias con grandes muestras de gratitud, y luego prosiguió: —Aún tengo otro favor que pediros. Somos forasteras en Madrid. Mi madre necesita un confesor, y no sabe a quién dirigirse. Nosotras sabemos que jamás salís de la abadía, y ¡ay, mi pobre madre es incapaz de venir aquí! Si tuvierais la bondad, reverendo padre, de designar a una persona apropiada, cuyos sabios y piadosos consejos pudiesen aliviar las agonías de mi madre moribunda, proporcionaríais un favor inolvidable a unos corazones que sabrán agradecerlo. El monje accedió también a esta petición. En realidad, ¿a qué petición se habría negado, pidiéndoselo con tan encantadores acentos? ¡Qué interesante era la suplicante! ¡Qué voz tan dulce, tan armoniosa! Hasta las lágrimas y las aflicciones parecían añadir atractivo a sus encantos. Prometió enviarle un confesor esa misma tarde, y le rogó que dejase su dirección. La acompañante le tendió una tarjeta en la que iba escrita, y seguidamente se retiró con la suplicante, que derramó antes de marcharse mil bendiciones sobre la bondad del abad. Los ojos de éste la siguieron hasta que salió de la capilla. Cuando hubo desaparecido, examinó la tarjeta, en la que leyó las siguientes palabras: Doña Elvira Dalfa, calle de Santiago, a cuatro portales del palacio de Albornoz. La suplicante no era otra que Antonia, y su acompañante Leonela. Ésta había accedido, no sin dificultad, a acompañar a su sobrina a la abadía: Ambrosio le había inspirado tal miedo que temblaba ante su sola presencia. Su temor se había impuesto sobre su natural locuacidad, y en su presencia no fue capaz de pronunciar una palabra. El monje se retiró a su celda, adonde le persiguió la imagen de Antonia. Sentía nacer en su pecho mil nuevas emociones, y tembló al examinar la causa de su origen. Eran totalmente distintas de las que le había inspirado Matilde, cuando le confesó por primera vez su sexo y su afecto. No sentía la provocación de la lujuria. Ningún voluptuoso deseo se soliviantaba en su pecho, ni le pintaba la imaginación ardiente los encantos que el recato había ocultado a sus ojos. Al contrario, lo que ahora sentía era una mezcla de sentimientos de ternura, admiración y respeto. Inundaba su alma una suave y deliciosa melancolía que no habría cambiado por los más vivos transportes del placer. Ahora le desagradaba la compañía. Le atraía la soledad que le permitía entregarse a las visiones de la fantasía. Sus pensamientos eran todos amables, tristes y sosegados, y todo el ancho mundo no le presentaba otro objeto que Antonia. —¡Feliz el hombre —exclamó, en su romántico entusiasmo— que esté destinado a poseer el corazón de esa joven adorable! ¡Qué delicadeza de facciones! ¡Qué elegancia de cuerpo! ¡Qué encantadora la tímida inocencia de sus ojos, y qué distinta de la expresión lasciva, del fuego salvaje y lujurioso que centellea en los de Matilde! ¡Oh! ¡Cuánto más dulce debe de ser un beso robado a los rosados labios de la primera que todos los lujuriosos favores que prodiga la segunda! Matilde me sacia de goces hasta el hastío, me fuerza a estar en sus brazos, imita a la ramera, y disfruta en su prostitución. ¡Repugnante! ¡Si supiese ella cuán irresistiblemente cautiva el encanto del pudor al corazón de un hombre, y lo firmemente que lo encadena al trono de la belleza, jamás habría renunciado a él! ¿Cuál sería el inmenso precio de los afectos de esta joven adorable? ¿Qué me negaría yo a sacrificar, si pudiese librarme de mis votos y se me permitiese declararle mi amor ante los cielos y la tierra? Y mientras me esforzara en inspirarle ternura, amistad y estima, ¡qué tranquilas y serenas transcurrirían las horas! ¡Dios mío! ¡Ver sus ojos recatados y azules mirando los míos con tímida ternura! ¡Sentarme a escuchar durante días y años su dulce voz! ¡Conseguir el derecho a servirla, y oír sus ingenuas expresiones de gratitud! ¡Contemplar las emociones de su corazón inmaculado! ¡Alentar cada virtud incipiente! ¡Compartir su gozo cuando es feliz, besar sus lágrimas de desventura, y verla correr a mis brazos en busca de consuelo y de sostén! Sí; si existe una perfecta dicha en la tierra, es sólo la del que se convierta en esposo de ese ángel. Mientras su fantasía forjaba estas ideas, paseaba por su celda con aire trastornado. Sus ojos se quedaron fijos en el vacío; reclinó la cabeza sobre el hombro, y una lágrima le recorrió la mejilla al comprender que esa visión de felicidad jamás podría realizarse. —¡Es inalcanzable para mí! —continuó—; no puede ser mía por el matrimonio; y seducir semejante inocencia, utilizar la confianza puesta en mí para labrar su ruina... ¡Oh, sería el crimen más n***o que haya podido presenciar el mundo hasta ahora! ¡No temáis, adorable muchacha! ¡Vuestra virtud no corre ningún peligro por mi parte! ¡Ni por las Indias dejaría que ese pecho amable conociese las torturas del remordimiento! Nuevamente se puso a pasear nervioso por su aposento. Luego, deteniéndose, sus ojos se fijaron en el cuadro de su en otro tiempo admirada Virgen. Lo arrancó con indignación de la pared. Lo arrojó al suelo y le dio un puntapié. —¡Prostituta! ¡Desventurada Matilde! Su amante olvidaba que por él únicamente había perdido toda pretensión de virtud, y su única razón para despreciarla era que le había amado demasiado. Se dejó caer en su silla, que estaba cerca de la mesa. Vio la tarjeta con la dirección de Elvira. La cogió y recordó su promesa con respecto al confesor. Pasó unos minutos dudando. Pero el imperio de Antonia sobre él era ya demasiado claro para permitirle resistirse a la idea que se le había ocurrido. Decidió ser él mismo el confesor. Podía salir de la abadía fácilmente sin ser observado. Cubriéndose la cabeza con la cogulla, esperaba recorrer las calles sin que le reconociesen. Con estas precauciones, y recomendando discreción a la familia de Elvira, no dudaba en tener a Madrid en la ignorancia de que había roto sus promesas de no trasponer jamás el umbral de la abadía. La única vigilancia que temía era la de Matilde. Pero informándola en el refectorio de que durante todo ese día le tendrían ocupado en su celda sus asuntos, pensaba sustraerse a sus celos vigilantes. Así que, en las horas que los españoles están generalmente durmiendo la siesta, se aventuró a abandonar la abadía por una puerta secreta cuya llave poseía. Se echó sobre la cara la cogulla del hábito. Las calles estaban casi totalmente desiertas debido al calor de la época. El monje se encontró con muy poca gente, entró en la calle de Santiago, y llegó sin novedad a la puerta de doña Elvira. Llamó; le abrieron, e inmediatamente le condujeron a un piso superior. Aquí fue donde corrió el mayor riesgo de ser descubierto. De haber estado Leonela en casa, le habría reconocido al instante. Su disposición comunicativa no la habría dejado descansar hasta que todo Madrid se hubiese enterado de que Ambrosio se había atrevido a salir de la abadía y había visitado a su hermana. Aquí la suerte estuvo de parte del monje. Al regresar a casa, Leonela había encontrado una carta comunicándole que acababa de fallecer un primo suyo, el cual les había dejado a ella y a Elvira lo poco que poseía. Para tomar posesión de este legado, se vio obligada a salir para Córdoba sin perder un momento. En medio de todas sus debilidades, poseía un corazón verdaderamente cálido y afectuoso, y no quería dejar a su hermana en tan grave estado. Pero Elvira insistió en que hiciese el viaje, consciente de que en la desamparada situación de su hija no podía desecharse ningún incremento de fortuna por pequeño que fuera. Así que Leonela se marchó de Madrid, sinceramente apenada por la enfermedad de su hermana, y dedicando algunos suspiros a la memoria del amable pero inconstante don Cristóbal. Estaba plenamente convencida de que al principio había causado honda huella en su corazón. Pero al no saber nada más de él, supuso que había abandonado su interés por ella a causa de la humildad de su origen, y consciente de que ninguna pretensión que no fuera el matrimonio tenía esperanza de prosperar con este dragón de virtud, como ella se proclamaba. O bien, que siendo naturalmente caprichoso y mudable, se había borrado del corazón del conde el recuerdo de sus encantos al encontrarse con una nueva belleza. Fuera cual fuese la causa de haberle perdido, lo lamentaba profundamente. En vano se esforzaba, como contaba ella a todo el que se dignaba escucharla, por arrancar su imagen de su sensible corazón. Y así, afectaba un aire de virgen enamorada y lo llevaba hasta los excesos más ridículos. Dejaba escapar suspiros lastimosos, paseaba con los brazos cruzados, soltaba largos soliloquios, ¡y su discurso giraba generalmente en torno a cierta doncella abandonada que agonizaba con el corazón destrozado! Sus encendidos rizos estaban siempre adornados con guirnaldas de sauce. Todas las noches se la veía deambular por las orillas de un arroyo a la luz de la luna, y se declaraba violenta admiradora de las corrientes rumorosas y de los ruiseñores. De los parajes solitarios, y los boscajes sombríos, ¡Lugares que la pálida pasión ama! Tal era el estado de ánimo de Leonela cuando se vio obligada a abandonar Madrid. Elvira se impacientaba con todas estas estupideces, y trataba de persuadirla para que se comportase como una mujer razonable. Pero sus consejos eran rechazados: Leonela le aseguró al marcharse que nada le haría olvidar al pérfido don Cristóbal. Por suerte, en este aspecto se equivocaba. Un honorable joven de Córdoba, ayudante de boticario, consideró que su fortuna era suficiente para instalar un establecimiento por su cuenta. Como resultado de esta reflexión, se declaró admirador suyo. Leonela no se mostró inflexible. El ardor de los suspiros de este joven ablandó su corazón, y no tardó en acceder a hacerle el más feliz de los hombres. Escribió a su hermana notificándole su matrimonio. Pero, por razones que más tarde se explicarán, Elvira no llegó a contestar a esta carta. Ambrosio fue conducido a la antecámara del aposento donde descansaba Elvira. La criada que le había guiado le dejó solo y fue a anunciar su llegada a la señora. Antonia, que estaba junto a la cama de su madre, acudió inmediatamente. —Perdonadme, padre —dijo, acercándose a él; y al reconocer de pronto su cara, profirió un grito de alegría—: ¡Es posible! —prosiguió—; ¿no me engañan mis ojos? ¿Ha renunciado el digno Ambrosio a su determinación para venir a aliviar las agonías de la mejor de las mujeres? ¡Qué placer va a suponer esta visita para mi madre! No demoréis un solo instante el consuelo que vuestra piedad y sabiduría le pueden proporcionar. Diciendo esto, abrió la puerta del aposento, presentó a su madre al distinguido visitante, y tras colocar una butaca junto a la cama, se retiró a otro aposento. Elvira se sintió inmediatamente complacida con esta visita: sus esperanzas habían aumentado al oír la noticia de su hija, pero ahora las vio multiplicadas. Ambrosio, dotado por naturaleza del don de agradar, lo utilizó al máximo mientras conversó con la madre de Antonia. Con persuasiva elocuencia, calmó todo temor y disipó todo escrúpulo: le pidió que reflexionase sobre la infinita misericordia de su juez, despojó a la muerte de sus dardos y terrores, y le enseñó a mirar sin estremecerse el abismo de la eternidad, en cuyo borde se encontraba ahora. Elvira estaba absorta y encantada; mientras escuchaba sus exhortaciones, fue volviendo insensiblemente la confianza y el consuelo a su espíritu. Descargó su pecho sin vacilar, contándole sus cuidados y aprensiones. Estas últimas, sobre la vida futura, ya se las había apaciguado: ahora le aquietó los primeros, que ella sentía a causa de su preocupación por Antonia. Tenía miedo por ella. No tenía a nadie a cuyo cuidado recomendarla, salvo al marqués de las Cisternas y a su hermana Leonela. La protección del primero era muy insegura; en cuanto a la de la segunda, aunque quería a su sobrina, Leonela era tan atolondrada y vana que se convertía en la persona más inadecuada para asumir la dirección única de una joven tan niña e ignorante del mundo todavía. No bien oyó el fraile la causa de sus alarmas, le suplicó que se tranquilizase a ese respecto. No dudaba en poder asegurarle a Antonia un refugio seguro en casa de una de sus penitentes, la marquesa de Villa– Franca: ésta era una dama de reconocida virtud, notable por sus estrictos principios y dilatada caridad. Y si algún accidente la privase de este recurso, se comprometió a procurar cobijo a Antonia en algún convento respetable; es decir, en calidad de pupila; pues Elvira había declarado que no era partidaria de la vida monástica, y el monje se mostró lo bastante cándido o complaciente como para reconocer que su desaprobación no era infundada. Estas pruebas del interés que manifestó por ella ganaron por completo el corazón de Elvira. Echó mano de toda expresión que la gratitud fue capaz de inspirarle para darle las gracias, y declaró que ahora se resignaba tranquila a bajar a la tumba. Ambrosio se levantó para marcharse. Prometió volver al día siguiente a la misma hora, pero pidió que se guardase secreto sobre sus visitas. —No deseo —dijo— que se sepa por ahí que he roto una norma impuesta por la necesidad. Si no hubiese decidido no abandonar nunca el convento, salvo en circunstancias tan urgentes como las que me han conducido hasta vuestra puerta, me estarían llamando constantemente por cuestiones triviales; los curiosos, los desocupados y los caprichosos me acapararían el tiempo que ahora paso junto al lecho de una enferma, confortando a la que agoniza y limpiando de espinas su camino hacia la eternidad. Elvira alabó su prudencia y compasión, y prometió ocultar cuidadosamente el honor de sus visitas. El monje le dio entonces la bendición, y se retiró del aposento.
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