En la antecámara encontró a Antonia. No pudo sustraerse al placer de pasar
unos momentos en su compañía. Le pidió que tuviese ánimo, dado que su
madre parecía sosegada y tranquila, y le expresó su esperanza en que se
recobrase. Le preguntó quién la atendía, y se comprometió a enviar al médico
del convento, uno de los más hábiles de Madrid, para que la viese. Luego se
lanzó a cantar las alabanzas de Elvira. Elogió su pureza y fortaleza de espíritu,
y declaró que le había inspirado la más elevada estima y respeto. El inocente
corazón de Antonia se lo tragó con gratitud: el gozo bailaba en sus ojos, en los
que todavía centelleaba una lágrima. Las esperanzas que le daba de que su
madre se recuperase, el vivo interés que parecía sentir por ella, y la halagadora
forma en que aludía a ella, unido a la fama de su discreción y virtud, y a la
impresión que en ella había causado su elocuencia, confirmaron la favorable
opinión que había inspirado a Antonia la primera vez que le viera. Ella le
contestó con timidez aunque sin cortedad. No tuvo reparo en contarle todas
sus pequeñas angustias, todos sus pequeños temores y ansiedades; y le
agradeció la bondad con todo el sincero calor que los favores encienden en los
corazones; jóvenes e inocentes. Sólo éstos saben estimar los beneficios' en su
pleno valor. Los que son conscientes de la perfidia y el egoísmo de la
humanidad acogen siempre un cumplido con aprensión y desconfianza.
Sospechan que detrás se oculta algún secreto motivo. Manifiestan su
agradecimiento con cautela y prevención, y temen alabar plenamente una acción generosa, sabedores de que algún día se les puede pedir una
retribución. No era así Antonia; pensaba que el mundo estaba formado sólo
por seres como ella, y el vicio reinante era para ella aún un secreto. El monje
le había prestado un servicio, había dicho que lo hacía por su bien; de modo
que se sentía agradecida por su benevolencia, y consideraba que no había
términos bastante elocuentes para expresar su agradecimiento. ¡Con qué gusto
escuchó Ambrosio la declaración de su sencilla gratitud! La gracia natural de
sus modales, la inigualable dulzura de su voz, su modesta vivacidad, su
espontánea elegancia, su expresivo semblante y sus ojos inteligentes, todo
unido le inspiraba placer y admiración, mientras que la solidez y corrección de
sus observaciones gozaban de la adicional belleza que les confería la sencillez
natural de las palabras que utilizaba.
Ambrosio se vio obligado finalmente a desprenderse de esta conversación,
a la que tantos encantos encontraba. Repitió a Antonia sus deseos de que no se
divulgasen sus visitas, deseo que ella prometió cumplir. Abandonó entonces la
casa, mientras su encantadora admirada corrió a ver a su madre, ignorante del
daño que su belleza había ocasionado. Estaba deseosa de conocer la opinión
de Elvira sobre el hombre que ella había alabado entusiásticamente, y se sintió
complacida al descubrir que era igual de favorable, si no más, que la suya
propia.
—Aun antes de hablar —dijo Elvira—, estaba predispuesta en su favor: la
vehemencia de sus exhortaciones, la dignidad de su actitud y la cohesión de su
discurso me han confirmado muy mucho en mi opinión. Su voz agradable y
sonora me ha sorprendido de manera especial. Pero seguramente, Antonia, le
he debido de oír antes. Me ha resultado totalmente familiar. O bien he
conocido al abad en otro tiempo, o su voz guarda un asombroso parecido con
la de alguien al que he oído a menudo. Hay ciertos tonos que me han llegado
muy hondamente, y me han hecho experimentar una sensación tan singular
que no paro de esforzarme en vano por explicarlo.
—Mi queridísima madre, a mí me ha producido el mismo efecto. Sin
embargo, ninguna de las dos habíamos oído su voz hasta que hemos llegado a
Madrid. Sospecho que lo que nosotras atribuimos a su voz, en realidad se debe
a sus modales agradables, que impiden considerarle como un extraño. No sé
por qué, pero me siento más a gusto conversando con él de lo que
normalmente me sucede con los desconocidos. No me ha dado temor contarle
todos mis pensamientos pueriles; y de algún modo me he sentido aliviada de
que escuchase mis disparates con indulgencia: ¡Oh! ¡No me ha defraudado!
¡Con qué amabilidad y atención me ha escuchado! ¡Con qué dulzura y
condescendencia me ha contestado! No me ha tomado por una niña ni me ha
tratado con desdén, como solía hacer en el castillo nuestro viejo confesor. ¡De
veras creo que aunque hubiese vivido yo mil años en Murcia, jamás habría llegado a gustarme ese gordo y viejo padre dominico!
—Confieso que aquel dominico no tenía los mejores modales del mundo;
pero era honrado, simpático y bien intencionado.
_ ¡Ah, mi querida madre, esas cualidades son muy corrientes!
—¡Quiera Dios, criatura, que no te enseñe la experiencia a juzgarlas raras
y preciosas! ¡A mí me lo han parecido demasiadas veces! Pero dime, Antonia,
¿por qué es imposible que yo haya visto antes al abad?
—Porque desde el momento que entró en la abadía, no había vuelto a salir
de sus muros. Él mismo me acaba de decir que, debido a su desconocimiento
de las calles, ha tenido alguna dificultad en encontrar la nuestra a pesar de lo
cerca que está de la abadía.
—Todo esto es posible; sin embargo, tal vez le viera antes de que entrara
en la abadía. Para poder salir, antes fue necesario que entrase.
—¡Virgen Santa! ¡Como decís, es muy cierto todo esto! ¡Oh!; pero ¿y si ha
estado en la abadía desde que nació?
Elvira sonrió.
—Eso no me parece probable.
—¡Espera, espera! Ahora recuerdo lo que pasó. Lo metieron en la abadía
siendo pequeño. La gente dice que cayó del cielo, y que lo envió la Virgen a
los capuchinos a manera de regalo.
—Fue muy amable por su parte. ¿Así que cayó del cielo, Antonia? Debió
de darse un golpe terrible.
—Muchos no creen en eso, y me parece, madre, que yo debo de ser una
descreída también. A decir verdad, como nuestra ama de llaves le dijo a la tía,
la creencia general es que sus padres, humildes e incapaces de sustentarle, lo
abandonaron en la puerta de la abadía al nacer. El difunto superior le crio en el
convento por pura caridad; luego demostró ser un modelo de virtud y de
piedad, y de saber, y no sé de qué más. Así que fue elegido abad. Sin embargo,
tanto si esta historia es cierta como si no, al menos están todos de acuerdo en
que cuando los monjes le recogieron, aún no sabía hablar. De manera que no
habéis podido oír su voz antes de que entrase en el monasterio, puesto que aún
no tenía ninguna clase de voz.
—¡Palabra, Antonia, que razonas con mucha coherencia! ¡Tus
conclusiones son infalibles! ¡No sabía yo lo bien que dominabas la lógica!
—¡Ah, os estáis burlando de mí! Pero tanto mejor. Me gusta veros de buen
humor. Además, parecéis tranquila y sosegada; y espero que no os den más
ataques. ¡Oh! ¡Estaba segura de que la visita del abad os haría bien!
—Verdaderamente, me ha hecho mucho bien, mi niña. Me ha sosegado el
espíritu en las cuestiones que me atribulaban, y ya siento los efectos de su
atención. Noto mis ojos pesados, y creo que voy a dormir un poco. Corre las
cortinas, Antonia. Y si no me despierto antes de la medianoche, no veles por
mí, te lo ruego.
Antonia prometió obedecerla, y después de recibir su bendición, corrió las
cortinas de la cama. Luego se sentó en silencio delante de su bastidor, y
entretuvo las horas haciendo castillos en el aire. Se sentía reanimada por la
evidente mejoría de Elvira, y su imaginación le presentó visiones espléndidas
y placenteras. En estos sueños Ambrosio no ocupaba un lugar despreciable.
Pensó en él con alegría y gratitud. Pero de cada idea que dedicaba al fraile,
había dos que concedía a Lorenzo. Y así transcurrió el tiempo, hasta que la
campana del vecino campanario de la catedral capuchina anunció la
medianoche. Antonia recordó la orden de su madre y obedeció, aunque de
mala gana. Corrió las cortinas con sigilo. Elvira se hallaba sumida en un sueño
profundo y sosegado. Sus mejillas habían recobrado un color saludable. Una
sonrisa proclamaba que sus sueños eran gratos; y al inclinarse Antonia sobre
ella, le pareció que pronunciaba su nombre. Besó suavemente la frente de su
madre, y se retiró a su aposento. Allí, se arrodilló ante la estatua de Santa
Rosalía, su patrona; encomendó a ella su intercesión en el cielo, y como había
hecho de pequeña, concluyó sus devociones.
Terminadas sus devociones habituales, Antonia se retiró a dormir. No tardó
el sueño en vencer sus sentidos; y durante varias horas gozó de ese sereno
descanso que sólo la inocencia conoce, y por el que muchos monarcas darían
con gusto su corona.