Una vez de regreso inadvertido en la abadía, la mente de Ambrosio se
llenó de las imágenes más placenteras. Cerró obstinadamente los ojos al
peligro que suponía exponerse a los encantos de Antonia. Sólo recordaba el
placer que su compañía le había producido, y se congratulaba ante la
perspectiva de repetirlo. Así que no dejó de aprovechar la enfermedad de
Elvira para poder ver a su hija todos los días. Al principio limitó sus intereses
a inspirar en Antonia un sentimiento de amistad. Pero tan pronto como se
convenció de que ella experimentaba ese sentimiento plenamente, su objetivo
se volvió más decidido, y sus atenciones adoptaron un matiz más encendido.
La inocente familiaridad con que ella le trataba alentó sus deseos. Habituado a
la modestia de ella, ya no quiso exigir el mismo respeto y temor. Aún la
admiraba, pero eso sólo le hacía aumentar los deseos de privarla de aquella
cualidad que constituía su principal encanto. El ardor de la pasión y sus
naturales dotes persuasivas, cosas de las que desafortunadamente para él y
para ella poseía en abundancia, le proporcionaban un conocimiento de las artes
de la seducción. Distinguía fácilmente las emociones que eran favorables a sus
designios, y aprovechaba con avidez todos los medios para infundir la
corrupción en el pecho de Antonia. No encontró fácil esta tarea. A Antonia, su
extrema ingenuidad le impedía darse cuenta del objetivo al que tendían las
insinuaciones del monje. Pero la excelente moral que debía al cuidado de
Elvira, la solidez y corrección de su juicio y un fuerte sentido de lo que estaba
bien, que la naturaleza inculcaba en su corazón, la hacían sentir que sus
preceptos debían de ser imperfectos. Con unas cuantas palabras, Antonia
derribaba frecuentemente todo el edificio de sofísticos argumentos, y le hacía
ver lo débiles que eran cuando se oponían a la virtud y la verdad. Entonces él
se refugiaba en su elocuencia, la abrumaba con un torrente de paradojas
filosóficas a las que, por no entenderlas, le era imposible contestar. Y así,
aunque no la convencía de que su razonamiento era justo, al menos evitaba
que descubriese que era falso. Él se daba cuenta de que el respeto que Antonia
sentía por su juicio aumentaba de día en día, y no dudaba que con el tiempo la
llevaría al punto deseado.
No se le pasaba por alto que sus manejos eran altamente criminales: veía
claramente la ruindad que suponía seducir a una joven inocente. Pero su
pasión era demasiado violenta para permitirle abandonar sus propósitos.
Resolvió seguir adelante, pasara lo que pasase. Confiaba en sorprender a
Antonia en algún momento desprevenido; y viendo que no se admitía a ningún
otro hombre en su compañía, ni la oía a ella ni a Elvira mencionar tampoco a
ninguno, imaginó que su joven corazón aún estaba vacante. Mientras
aguardaba la ocasión para satisfacer su injustificable sensualidad, aumentaba
de día en día su frialdad con Matilde. Esta frialdad se debía en no escasa
medida a la conciencia de sus propias faltas con ella: no lograba tener el
suficiente dominio de sí para ocultárselas. Sin embargo, tenía miedo de que en
un arrebato de celos traicionase su secreto, del que dependían su fama e
incluso su vida. Matilde no podía por menos de observar esta indiferencia. Él
se daba cuenta de que la notaba, y temeroso de sus reproches, la evitaba
constantemente. Sin embargo, cuando no la podía eludir, su dulzura le
convencía de que no tenía nada que temer de su resentimiento. Había
recobrado la personalidad del amable e interesante Rosario. No le acusó de
ingratitud; pero sus ojos se llenaban de lágrimas involuntarias, y la mansa
melancolía de su semblante y de su voz expresaban quejas mucho más
conmovedoras de lo que las palabras hubieran podido contener. Ambrosio no era insensible a esta aflicción; pero incapaz de eliminar la causa, evitaba
manifestar que le afectaba. Como la conducta de Matilde le convenció de que
no había temor de que se vengase, siguió, desdeñándola y evitando
cuidadosamente su compañía. Matilde veía que eran vanos sus esfuerzos por
recobrar sus afectos. Sin embargo, sofocaba todo impulso de resentimiento, y
seguía tratando a su veleidoso amante con su primitivo afecto y atención.
La naturaleza de Elvira se iba recuperando gradualmente. Ya no le
acometían las convulsiones, y Antonia dejó de temblar por su madre.
Ambrosio veía con desagrado este restablecimiento. Comprendía que el
conocimiento que Elvira tenía del mundo no se dejaría embaucar por su
actitud de santificación, y que se daría cuenta en seguida de lo que buscaba en
su hija. De modo que decidió probar hasta dónde llegaba su influencia sobre
Antonia antes de que su madre abandonase la cama.
Una tarde en que encontró a Elvira casi del todo restablecida, la dejó antes
de la hora acostumbrada. Al no encontrar a Antonia en la antecámara, se
aventuró a ir a buscarla a su propia habitación, la cual estaba separada de la de
su madre tan sólo por el cuarto donde generalmente dormía Flora, la doncella.
Antonia estaba sentada en el sofá, de espaldas a la puerta, y leía atentamente.
No le oyó acercarse hasta que se sentó junto a ella. Antonia se sobresaltó,
aunque le acogió con una mirada de complacencia. Luego se levantó y quiso
conducirle al salón. Pero Ambrosio, cogiéndole la mano, la obligó con suave
violencia a sentarse otra vez. Ella obedeció sin dificultad. No sabía que fuese
más impropio conversar con él en una habitación que en otra. Se consideraba
igualmente segura de los principios de él y de los suyos propios; y tras volver
a recobrar su sitio en el sofá, comenzó a departir con él con su habitual
desembarazo y vivacidad.
Ambrosio examinó el libro que había estado leyendo, y que ahora había
dejado sobre la mesa. Era la Biblia.
«¡Cómo! —se dijo el fraile—. ¿Antonia lee la Biblia y sigue aún en la
ignorancia?»
Pero al mirar nuevamente, descubrió que Elvira había caído exactamente
en la misma cuenta. Aquella prudente mujer, aunque admiraba la belleza de
las sagradas escrituras, tenía el convencimiento de que, si estaban íntegras, no
podía dejarse a una joven lectura más indecorosa que ésta. Muchos de los
relatos sólo pueden tender a excitar las ideas peor calculadas para un pecho
femenino. Todo es designado clara y rotundamente por su nombre, y los anales
de un burdel no podrían proporcionar mayor selección de expresiones
indecentes. Sin embargo, es el libro cuyo estudio se recomienda a las jóvenes;
el que se pone en manos de los niños, capaces de comprender poco más que
los pasajes que sería mejor que ignorasen, y que demasiado a menudo inculca los primeros rudimentos del vicio, y hace la primera llamada a las pasiones
aún dormidas. Tan convencida estaba Elvira de esto que hubiera preferido
poner en manos de su hija el Amadís de Gaula, o El valiente caballero Tirante
el Blanco, y antes la habría autorizado a estudiar las impúdicas hazañas de
Don Galaor o las gracias lascivas de la Damisela Plazer de mi vida. En
consecuencia, tenía dos alternativas con respecto a la Biblia. La primera era
que Antonia no la leyese hasta que tuviera edad para comprender sus bellezas
y aprovechar su moral. La segunda, copiarla ella a mano, y alterar o suprimir
todos los pasajes indecentes. Había adoptado esta última opción, y tal era la
Biblia que Antonia estaba leyendo. Se la había entregado recientemente, y
Antonia se había sumergido en ella con una avidez y un placer indecibles.
Ambrosio se dio cuenta de su error, y volvió a colocar el libro sobre la mesa.
Antonia hablaba de la salud de su madre con toda la entusiástica alegría de
un corazón juvenil.
—Admiro vuestro afecto filial —dijo el abad—; es una prueba de la
excelencia y sensibilidad de vuestro carácter. Promete un tesoro a aquel a
quien el cielo designe como poseedor de vuestro amor. Un pecho que siente
tanto cariño por una madre, ¿qué no sentirá por un amado? O mejor, ¿qué
siente, quizá, por él ahora? Decidme, mi querida hija; ¿sabéis ya lo que es el
amor? Contestadme con sinceridad, olvidad mi hábito, y consideradme sólo
como un amigo.
—¿Qué es el amor? —dijo ella, repitiendo la pregunta—, ¡Oh, sí,
indudablemente! He amado a muchas, a muchas personas.
—No me refiero a eso. El amor que digo sólo puede sentirse por una. ¿No
habéis visto nunca a un hombre al que desearíais como esposo?
—¡Oh, no, desde luego!
Esto era una mentira, pero la dijo inconscientemente: no conocía la
naturaleza de sus sentimientos por Lorenzo; y como no le había vuelto a ver
desde la primera visita que éste hiciera a Elvira, cada día su imagen se volvía
más débil en su pecho. Además, pensaba en un esposo con todo el terror de
una virgen, y respondió negativamente a la pregunta del fraile sin un instante
de vacilación.
—¿Y no deseáis encontrar a ese hombre, Antonia? ¿No sentís ningún vacío
en vuestro corazón que anhelaríais poder llenar? ¿No suspiráis por la ausencia
de alguien querido por vos, aunque no sabéis quién es? ¿No percibís que lo
que antes podía agradaros ya no tiene encanto para vos? ¿Que han nacido en
vuestro pecho mil nuevos deseos, mil nuevas ideas, mil nuevas sensaciones
jamás descritas? ¿O es posible que mientras inflamáis de pasión a todos los
demás corazones, el vuestro permanece insensible y frío? ¡No puede ser! Esos ojos dulces, esas ruborosas mejillas, esa melancolía encantadora y voluptuosa
que a veces inunda vuestro semblante, todos esos síntomas desmienten
vuestras palabras. Vos amáis, Antonia, y es inútil que me lo ocultéis.
—¡Padre, me asombráis! ¿De qué amor me habláis? No conozco su
naturaleza, pero si lo sintiera, ¿por qué lo habría de ocultar?
—¿No habéis visto a ningún hombre, Antonia, al que, aunque no lo hayáis
visto nunca anteriormente, os pareció que hacía tiempo que lo buscabais?
¿Cuya forma, aunque extraña, era ya familiar a vuestros ojos? ¿Cuya voz os
sosiega, os agrada, penetra hasta el fondo de vuestra alma? ¿En cuya presencia
os sentís a gusto, y cuya ausencia lamentáis? ¿Con quien vuestro corazón
parece ensancharse, y en cuyo pecho depositáis con ilimitada confianza
vuestros mismos cuidados? ¿No habéis sentido todo esto, Antonia?
—Es cierto, sí; la primera vez que os vi, sentí eso mismo.
Ambrosio se sobresaltó. Apenas se atrevía a dar crédito a lo que oía.
—¿Por mí, Antonia? —exclamó, con ojos centelleantes de placer e
impaciencia, mientras le cogía la mano y se la besaba arrebatadoramente—.
¿Por mí, Antonia? ¿Habéis experimentado por mí estos sentimientos?
—Y con más fuerza aún de la que me habéis descrito. En el mismísimo
instante que os vi, me sentí muy contenta, ¡muy interesada! Esperé con anhelo
escuchar el sonido de vuestra voz, y cuando la oí, ¡qué dulce me pareció! ¡Me
habló en un lenguaje hasta entonces desconocido! ¡Creo que me dijo mil cosas
que yo deseaba oír! Me pareció como si os conociera desde hacía mucho
tiempo; como si yo tuviera derecho a vuestra amistad, a vuestro consejo, a
vuestra protección. Lloré cuando os marchasteis, y deseé fervientemente que
transcurriese el tiempo que faltaba para veros otra vez.
—¡Antonia! ¡Mi encantadora Antonia! —exclamó el monje, y la apretó
contra su pecho—. ¿Puedo creer en mis sentidos? ¡Repetídmelo, mi dulce
muchacha! ¡Decidme otra vez que me amáis sincera y tiernamente!
—Desde luego que sí; quitando a mi madre, ¡no hay en el mundo nadie a
quien quiera más!
Ante esta franca confesión, Ambrosio ya no fue dueño de sí; loco de deseo,
estrechó en sus brazos a la ruborizada joven. Apretó sus labios ávidos en los
de ella, sorbió su aliento puro y delicioso, violó con su mano atrevida los
tesoros de su pecho, y ciñó en torno suyo sus suaves y rendidos brazos.
Sobresaltada, alarmada y confundida ante esta reacción, la sorpresa la privó al
principio del poder de resistencia. Por último, recobrándose, luchó por librarse
de su abrazo.
—¡Padre...! ¡Ambrosio! —gritó—. ¡Soltadme, por amor de Dios!
Pero el licencioso monje no hizo caso de sus súplicas: persistió en su
propósito, y siguió tomándose aún mayores libertades. Antonia suplicaba,
lloraba y forcejeaba. Aterrada en extremo, aunque no sabía por qué, recurrió a
todas sus fuerzas para rechazar al fraile, y estaba a punto de gritar pidiendo
auxilio, cuando se abrió la puerta de golpe. Ambrosio tuvo a tiempo la justa
presencia de ánimo para comprender su peligro. Soltó a su presa y se levantó
rápidamente del sofá. Antonia profirió un grito de alegría, corrió hacia la
puerta y se encontró con los brazos de su madre, que la estrecharon.
Alarmada por algunas frases del abad que Antonia le había repetido
inocentemente, Elvira había decidido comprobar la verdad de sus sospechas.
Conocía demasiado al género humano para dejarse embaucar por la supuesta
virtud del monje. Había pensado en algunos detalles que, aunque triviales,
considerados en conjunto parecían dar un fundamento a sus temores. Sus
frecuentes visitas, que por lo que ella sabía se limitaban a su familia, su
evidente emoción cada vez que le hablaba de Antonia, el hecho mismo de
encontrarse en pleno vigor de su virilidad, y sobre todo, su perniciosa
filosofía, que le había llegado a través de Antonia, la cual concordaba tan mal
con su conversación cuando ella estaba presente, todas estas circunstancias le
inspiraron serias dudas respecto a la pureza de la amistad de Ambrosio. En
consecuencia, había decidido, la próxima vez que se encontrase a solas con
Antonia, procurar sorprenderle. Y su plan había resultado. Cierto que, cuando
entró en la habitación, él ya había abandonado a su presa. Pero el desorden del
vestido de su hija y la vergüenza y confusión reflejadas en el semblante del
fraile probaban suficientemente que sus sospechas eran demasiado fundadas.
Sin embargo fue lo bastante prudente para no manifestar sus recelos.
Consideró que desenmascarar al impostor no sería cosa fácil, con el público
tan predispuesto en su favor. Y dado que contaba con pocos amigos, juzgó
peligroso granjearse tan poderoso enemigo. Así que fingió no darse cuenta de
su agitación, se sentó tranquilamente en el sofá, alegó un pretexto cualquiera
por haber abandonado su habitación tan inesperadamente y conversó sobre
diversos temas con aparente serenidad y confianza.
Tranquilizado por su comportamiento, el monje empezó a recobrarse.
Procuró contestar a Elvira sin que notara su embarazo. Pero aún era demasiado
novicio en el arte del disimulo, y le daba la impresión de que debía de parecer
confundido y atropellado. Así que no tardó en interrumpir la conversación, y
se levantó para marcharse. ¡Cuál no fue su vejación cuando, al despedirle,
Elvira le dijo, en términos corteses, que puesto que se sentía restablecida,
consideraba una injusticia privar de su compañía a otros que podían
necesitarla más! Le aseguró su eterna gratitud por el beneficio que durante su
enfermedad había recibido ella de su compañía y exhortaciones, y lamentó que
sus quehaceres domésticos, así como la multitud de asuntos que él
necesariamente debía atender, la privasen en adelante del placer de sus visitas.
Aunque expresada con el más amable de los lenguajes, la alusión era
demasiado clara para no captarla. Aún estaba preparándose a oponer alguna
objeción, cuando una elocuente mirada de Elvira le cortó la palabra. No se
atrevió a pedirle que le recibiese, pues su actitud le convenció de que había
sido descubierto. Se resignó sin replicar, se despidió apresuradamente y se
marchó a la abadía con el corazón lleno de rabia y de vergüenza, de amargura
y desencanto.
El espíritu de Antonia se sintió aliviado con su marcha. Sin embargo, no
pudo por menos de lamentar no volver a verle más. Elvira sentía también un
secreto pesar; le había producido demasiado placer considerarle como un
amigo para no lamentar la necesidad de cambiar de opinión. Pero su espíritu
estaba demasiado acostumbrado al engaño de las amistades mundanas para
permitir que su presente desencanto la apesadumbrase demasiado. Ahora
procuró poner a su hija al corriente del peligro que había corrido. Pero se vio
obligada a tratar el tema con precaución, no fuera que al quitar la venda de la
ignorancia le arrancase también el velo de la inocencia. De modo que se
conformó con advertir a Antonia que estuviese en guardia, y le ordenó que si
el abad persistía en sus visitas, no le recibiese más que en compañía de ella.
Antonia prometió cumplir este requerimiento.
Ambrosio entró apresuradamente en su celda. Cerró la puerta tras él y se
arrojó desesperado en la cama. El impulso del deseo, el aguijón del
desencanto, la vergüenza de verse descubierto públicamente convirtió su
pecho en escenario de la más espantosa confusión. No sabía qué camino
tomar. Privado de la presencia de Antonia, no tenía esperanzas de satisfacer
aquella pasión que ahora había pasado a formar parte de su existencia. Pensó
que su secreto estaba en manos de una mujer: tembló de aprensión al
contemplar el precipicio que tenía ante sí, y de rabia al ver que de no haber
sido por Elvira, ahora habría poseído ya el objeto de sus deseos. Juró vengarse
de ella con las más contundentes imprecaciones: juró que, costara lo que
costase, poseería a Antonia. Saltó de la cama y se puso a pasear por su
aposento con pasos agitados, a gruñir de furia impotente, golpear
violentamente los muros y entregarse a todos los accesos de rabia y de locura.
Aún se encontraba bajo el influjo de esta tormenta de pasiones, cuando oyó
un golpe suave en la puerta de su celda. Consciente de que debían de haber
oído su voz, no se atrevió a negar la entrada al importuno. Procuró sosegarse y
ocultar su agitación. Tras conseguirlo en cierta medida, retiró el cerrojo. Abrió
la puerta, y apareció Matilde.
En este instante preciso no había nadie a quien hubiese deseado evitar más.
No tenía el suficiente dominio de sí para ocultar su enfado. Retrocedió y
frunció el ceño.