Capitulo 22

4475 Palabras
—Estoy ocupado —dijo en tono severo y apremiante—. ¡Dejadme! Matilde no le hizo caso: cerró nuevamente la puerta y luego avanzó hacia él con gesto dulce y suplicante. —Perdonadme, Ambrosio —dijo—. Por vuestro propio bien, debo desobedeceros. No temáis ninguna queja de mí. No vengo a reprocharos vuestra ingratitud. Os perdono de corazón, y dado que vuestro amor ya no puede ser mío, os pido aquello que se halla en segundo lugar, vuestra confianza y amistad. No podemos forzar nuestras inclinaciones. La poca belleza que un día visteis en mí ha perecido con la novedad, y si ya no puedo despertar vuestro deseo, mía es la culpa, no vuestra. Pero ¿por qué persistís en evitarme? ¿Por qué esa ansiedad por huir de mi presencia? Tenéis aflicciones, pero no me dejáis compartirlas; tenéis decepciones, pero no aceptáis mi consuelo; tenéis deseos, pero impedís que os ayude en vuestros propósitos. Es de esto de lo que me quejo, no de vuestra indiferencia hacia mi persona. He renunciado a todos los derechos de la amante, pero nada me hará que renuncie a los de la amiga. Su dulzura tuvo un efecto instantáneo sobre los sentimientos de Ambrosio. —¡Generosa Matilde! —exclamó, tomándole la mano—. ¡Cuán por encima os eleváis de las flaquezas de vuestro sexo! Sí, acepto vuestro ofrecimiento. Tengo necesidad de un consejero y un confidente. En vos encuentro todas las cualidades necesarias reunidas. Pero ayudarme en mis propósitos... ¡Ah, Matilde! ¡Eso no está en vuestro poder! —No está en el poder de nadie más que el mío, Ambrosio. Vuestro secreto no existe para mí, cada paso que dais, y cada acto, es observado por mis ojos atentos. Amáis. —¡Matilde! —¿Por qué me lo ocultáis? No temáis los pequeños celos que manchan al común de las mujeres. Mi alma desprecia pasión tan baja. Amáis, Ambrosio; y Antonia Dalfa es el objeto de vuestros ardores. Conozco todos los detalles sobre vuestra pasión. Me han repetido de cada una de vuestras conversaciones. Me han informado de vuestro intento de gozar de la persona de Antonia, vuestra decepción, y cómo habéis sido despedido de la casa de Elvira. Ahora desesperáis de llegar a poseer a vuestra amada. Pero yo voy a reavivar vuestras esperanzas, y señalaros el camino a seguir para lograrlo. —¿Para lograrlo? ¡Oh, eso es imposible! —Para los que no se atreven, es imposible. Confiad en mí, y puede que aún seáis feliz. Ha llegado el momento, Ambrosio, en que el interés por vuestra satisfacción y tranquilidad me obliga a revelaros parte de mi historia, que vos aún desconocéis. Escuchad, y no me interrumpáis. Si mi confesión os desagrada, recordad que al hacerlo mi único propósito es satisfacer vuestros deseos y restablecer la paz de vuestro corazón, que de momento ha perdido. Ya os dije anteriormente que mi tutor era un hombre de conocimientos excepcionales. Él se preocupó de inculcar esos conocimientos en mi infantil mentalidad. Entre las diversas ciencias que su curiosidad le impulsó a explorar, no faltó aquella que la mayoría juzga como impía, y no pocos como quimérica. Hablo de las artes que se relacionan con el mundo de los espíritus. Sus profundas investigaciones sobre las causas y los efectos, su incansable dedicación al estudio de la filosofía natural, su profundo e ilimitado conocimiento de las propiedades y virtudes de cada piedra preciosa que enriquece las simas, de cada hierba que la tierra produce, le procuró finalmente la distinción a la que él aspiró durante tanto tiempo y con tanto empeño. Vio su curiosidad plenamente saciada y su ambición ampliamente gratificada. Dictó leyes a los elementos; llegó a subvertir el orden de la naturaleza. Sus ojos leyeron los mandatos del futuro, y los espíritus infernales estuvieron sometidos a su voluntad. ¿Por qué os apartáis de mí? Comprendo esa mirada interrogante. Vuestras sospechas son correctas, aunque vuestros terrores infundados. Mi tutor no me ocultó su más preciosa adquisición. Sin embargo, si yo no os hubiera visto, jamás habría ejercido mi poder. Como a vos, el solo pensamiento de la magia me hacía estremecer; como vos, me había formado una idea terrible de las consecuencias de invocar a un demonio. Para preservar esa vida que vuestro amor me ha enseñado a apreciar, he tenido que recurrir a medios que me estremecía utilizar. ¿Recordáis la noche que pasé en la cripta de Santa Clara? Entonces fue cuando, rodeada de cadáveres consumidos, me atreví a ejecutar esos ritos místicos que invocaban en mi ayuda al ángel caído. Juzgad cuál fue mi gozo al descubrir que mis terrores eran imaginarios. Vi al demonio obediente a mis órdenes; le vi temblar ante mi gesto, y descubrí que, en vez de vender mi alma a un señor, mi valor había comprado a un esclavo. —¡Imprudente Matilde! ¿Qué habéis hecho? ¡Os habéis condenado a la eterna perdición, habéis malbaratado vuestra eterna felicidad por un poder momentáneo! Si la satisfacción de mis deseos depende de la brujería, renuncio a vuestra ayuda absolutamente. Las consecuencias son demasiado horribles: adoro a Antonia, pero no me ciega la lujuria al extremo de sacrificar por su goce mi existencia en este mundo y en el otro. —¡Ridículos prejuicios! ¡Oh, avergonzaos, Ambrosio, avergonzaos de vivir sujeto a ellos! ¿Qué riesgo corréis aceptando mis proposiciones? ¿Qué puede impulsarme a persuadiros para que deis este paso, si no es el deseo de devolveros la felicidad y el sosiego? Si hay algún peligro, será por mi parte: soy yo quien invoca al ministro de los espíritus. Mío, pues, será el crimen, y vuestro el provecho. Pero no hay peligro ninguno. El enemigo del hombre es mi esclavo, no mi soberano. ¿No existe diferencia entre dar y recibir leyes, entre servir y ordenar? ¡Despertad de vuestros sueños inútiles, Ambrosio! Desechad esos terrores, tan impropios de un alma como la vuestra. ¡Dejadlos para los hombres ordinarios, y decidíos a ser feliz! Acompañadme esta noche al sepulcro de Santa Clara, presenciad mis conjuros, y Antonia será vuestra. — Ni puedo, ni quiero conseguirla por ese medio. Dejad, entonces de persuadirme, pues no me atrevo a utilizar a los agentes del Infierno. —¿No os atrevéis? ¡Cómo me habéis engañado! Ese espíritu que yo estimaba tan grande y valeroso resulta ser débil, pusilánime y servil, esclavo de los vulgares errores, y más endeble que el de una mujer. —¿Cómo? Siendo consciente del peligro, ¿voy a exponerme voluntariamente a las artes del seductor? ¿Renunciaré, para siempre a mi derecho a la salvación? ¿Van mis ojos a buscar una visión que, estoy seguro, los abrasará? No, no, Matilde; no me aliaré con el Enemigo de Dios. —¿Sois, entonces, amigo de Dios en este instante? ¿No habéis quebrantado vuestros compromisos con él, no habéis renunciado a su servicio y os habéis abandonado al impulso de vuestras pasiones? ¿No estáis tramando la destrucción de la inocencia, la ruina de una criatura a quien formó él con el molde de los ángeles? Si no es la de los demonios, ¿de quién es la ayuda que invocáis para ejecutar vuestro loable propósito? ¿Lo protegerán los serafines, empujarán ellos a Antonia a vuestros brazos, y sancionarán con su ministerio vuestros placeres ilícitos? ¡Absurdo! ¡Pero no me engañáis, Ambrosio! No es la virtud lo que os impulsa a rechazar mi ofrecimiento: querríais aceptarlo, pero no os atrevéis. No es el crimen lo que os sujeta la mano, sino el castigo; no es el respeto a Dios lo que os contiene, ¡sino el terror a su venganza! Con gusto le ofenderíais en secreto, pero tembláis confesaros su adversario. ¡Vergüenza para el alma cobarde que carece del valor de ser firme en la amistad y franco en la enemistad! —Considerar la culpa con horror, Matilde, es en sí mismo un mérito. En este sentido me alegro de declararme cobarde. Aunque mis pasiones me han desviado de sus leyes, aún siento en mi corazón un amor innato por la virtud. Pero no tenéis razón al echarme en cara mi perjurio, vos, que me sedujisteis para que violase mis votos; vos que soliviantasteis mis vicios dormidos, me hicisteis sentir el peso de las cadenas de la religión y me convencisteis de que la culpa tenía sus placeres. ¡Sin embargo, aunque mis principios se han rendido a la fuerza de mi temperamento, aún poseo la gracia suficiente para estremecerme ante la hechicería y evitar un crimen tan monstruoso, tan imperdonable! —¿Imperdonable, decís? ¿Dónde está entonces vuestra constante alabanza de la infinita misericordia del Todopoderoso? ¿Acaso le ha puesto límites recientemente? ¿Ya no acoge al pecador con alegría? Le ofendéis, Ambrosio; siempre tendréis tiempo de arrepentiros, y Él bondad para perdonar. Proporcionadle una gloriosa ocasión para ejercer su benevolencia: cuanto más grande sea vuestro crimen, mayor será el mérito de perdonar. Desechad, pues, esos escrúpulos infantiles: convenceos de que es por vuestro bien, y acompañadme al sepulcro. —¡Oh, basta, Matilde! Ese tono de burla, ese lenguaje impío y atrevido es horrible en boca de cualquiera, pero más aún en la de una mujer. Dejemos una conversación que no suscita más sentimientos que los de horror y repugnancia. No os seguiré al sepulcro, ni aceptaré los oficios de vuestros agentes infernales. Antonia será mía, pero mía por medios humanos. —¡Entonces no lo será nunca! Os han echado de su presencia. Su madre le ha abierto los ojos sobre vuestros propósitos, y ahora está en guardia en ese sentido. Es más, alguien posee su corazón, y a menos que intervengáis, dentro de pocos días la hará su esposa. Esta noticia me la han traído mis servidores invisibles, a quienes recurrí al principio de observar vuestra indiferencia. Vigilaron cada movimiento vuestro, me contaron todo lo que ocurría en casa de Elvira, y me inspiraron la idea de favorecer vuestros propósitos. Sus informes han sido mi único consuelo. Aunque vos eludáis mi presencia, yo tenía conocimiento de todos vuestros actos: ¡es más, yo estaba constantemente con vos en cierto modo, gracias a este precioso don! Con estas palabras sacó de debajo del hábito un espejo de acero bruñido, cuyos bordes estaban marcados con diversos caracteres extraños y desconocidos. —En medio de todas mis aflicciones, en medio de mis penas por vuestra frialdad, he podido evitar la desesperación gracias a las virtudes de este talismán. Al pronunciar determinadas palabras, aparece en él la persona en quien el observador concentra sus pensamientos; así, aunque yo estaba lejos de vos, Ambrosio, vos habéis estado siempre delante de mí. La curiosidad del fraile se excitó vivamente. —¡Lo que me contáis es increíble! Matilde, ¿no estáis jugando con mi credulidad? —Juzgad vos mismo. Le puso el espejo en la mano. La curiosidad le indujo a cogerlo, y el amor a desear que apareciese Antonia. Matilde pronunció las palabras mágicas. Inmediatamente, un humo espeso brotó de los caracteres trazados en sus bordes y se extendió por la superficie. Luego, se disipó gradualmente. Ante los ojos del fraile surgió una mezcla de colores y de imágenes, que finalmente se ordenaron en sus lugares apropiados y vio en miniatura la adorable forma de Antonia. Se hallaba en un pequeño cuarto de su vivienda. Se estaba desvistiendo para bañarse. Tenía ya recogidas las largas trenzas de sus cabellos. El amoroso monje tuvo ocasión de observar los contornos voluptuosos y la admirable simetría de su persona. Se quitó la última ropa, y acercándose al baño se dispuso a bañarse, metiendo un pie en el agua. Le pareció fría, y lo retiró otra vez. Aunque ignorante de que era observada, un sentido innato del pudor la impulsó a velar sus encantos; y se quedó vacilando en el borde, en la actitud de la Venus de Médicis. En ese instante, un jilguero domesticado voló a ella, cobijó la cabecita entre sus pechos, y los picoteó picarescamente. Sonriendo, Antonia trató en vano de apartar al pajarillo, y finalmente alzó las manos para quitarlo de su delicioso refugio. Ambrosio no pudo resistir más: sus deseos alcanzaron un grado frenético. —¡Me rindo! —exclamó, arrojando el espejo al suelo—. ¡Matilde, os sigo! ¡Haced de mí lo que queráis! Ella no esperó a oír su consentimiento por segunda vez. Era ya medianoche. Corrió a su celda y regresó en seguida con su pequeña cesta y la llave del cementerio, que había estado en posesión suya desde la primera visita a la cripta. No concedió tiempo al monje para reflexionar. —¡Vamos! —dijo, y le cogió de la mano—. ¡Seguidme, y presenciad los efectos de vuestra decisión! Dicho esto, tiró de él apresuradamente. Entraron en el cementerio sin ser observados, abrió la puerta del sepulcro y se encontraron en la entrada de la escalera subterránea. Hasta ese momento la luz de la luna llena había guiado sus pasos, pero a partir de ahora carecieron de este recurso. A Matilde se le había olvidado proveerse de una lámpara. Sujetando aún la mano de Ambrosio, descendió los peldaños de mármol. Pero la profunda oscuridad que les envolvía les obligó a avanzar lenta y precavidamente. —¡Tembláis! —dijo Matilde a su compañero—. No tengáis miedo; el sitio adonde vamos está cerca. Llegaron al pie de la escalera, y siguieron, tanteando el terreno a lo largo del muro. Al dar súbitamente la vuelta a una esquina, divisaron un débil resplandor de luces que parecían arder a lo lejos. Se dirigieron hacia allí. Los rayos procedían de una lamparita sepulcral que alumbraba incesantemente ante la estatua de Santa Clara. Sus rayos desmayados y lóbregos iluminaban las gruesas columnas que sostenían el techo, aunque eran demasiado débiles para disipar la densa oscuridad que reinaba en la cripta. Matilde cogió la lámpara. —Esperadme —le dijo al fraile—; volveré en un instante. Con estas palabras, desapareció apresuradamente por uno de los pasadizos que salían en varias direcciones desde este lugar y formaban una especie de laberinto. Ambrosio se quedó a solas. Le envolvían las tinieblas más profundas, que alentaron las dudas que empezaban a renacer en su pecho. Se había dejado arrastrar por el delirio del momento. La vergüenza de delatar sus terrores en presencia de Matilde le había inducido a reprimirlos; pero ahora que estaba abandonado a sí mismo recobraron su anterior preponderancia. Temblaba pensando en la escena que estaba a punto de presenciar. No sabía hasta dónde podían actuar los delirios de la magia en su espíritu, aunque posiblemente le forzarían a cometer algún acto cuya comisión provocaría una irreparable ruptura entre él y el Cielo. En este espantoso dilema, habría implorado la ayuda de Dios, pero se daba cuenta de que había perdido el derecho a tal protección. De buena gana habría regresado a la abadía; pero habiendo recorrido innumerables cavernas y pasadizos, la empresa de encontrar la escalera le parecía desesperada. Su destino estaba decidido. No veía posibilidad alguna de escapar. Así que resistió sus aprensiones e invocó todo argumento en su socorro que le permitiese soportar la difícil escena con entereza. Pensó que Antonia sería la recompensa a su atrevimiento: enardeció su imaginación enumerando sus encantos. Se persuadió de que (como Matilde había observado) siempre tendría tiempo de arrepentirse, y que, al utilizar la ayuda de ella, no la de los demonios, no se le podría inculpar del crimen de hechicería. Había leído mucho sobre brujería. Entendía que mientras no mediase un pacto formal firmado, en el que renunciara a su derecho a la salvación, Satanás no tendría ningún poder sobre él. Estaba plenamente decidido a no firmar dicho pacto, fueran cuales fuesen las amenazas que le hiciesen o las ventajas que le brindasen. Tales eran sus meditaciones mientras esperaba a Matilde. Le interrumpió un murmullo, no muy lejano al parecer. Se sobresaltó. Prestó atención. Transcurrieron unos minutos de silencio, y luego se repitió el murmullo. Parecía un gemido. En otras circunstancias, este detalle sólo habría despertado su atención y curiosidad; en el presente, su sensación predominante era la de terror. Tenía la imaginación totalmente imbuida de ideas sobre hechicería y espíritus, y se figuró que había algún espectro que vagaba a su alrededor, o que Matilde había sucumbido víctima de su presunción, y agonizaba bajo las garras crueles de los demonios. A veces se hacía más audible, sin duda en los momentos en que la persona que los profería sufría de manera más aguda e insoportable. Ambrosio pensaba, de vez en cuando, poder discernir algo; una de las veces concretamente, estuvo casi convencido de que había oído exclamar: —¡Dios! ¡Oh, Dios! ¡No hay esperanza! ¡Ni socorro! Unos gemidos aún más hondos siguieron a estas palabras. Se extinguieron gradualmente, y un silencio universal se impuso una vez más. «¿Qué podrá significar?», pensó el desconcertado monje. En ese momento le vino a la cabeza una idea que casi le petrificó de horror. Se estremeció, y sintió escalofríos de sí mismo. —¡Será posible! —gimió involuntariamente—. ¡Será posible! ¡Oh, qué monstruo soy! Decidió aclarar sus dudas y reparar su falta, si no era ya demasiado tarde: pero estos sentimientos generosos y compasivos se volatilizaron inmediatamente con la llegada de Matilde. Se olvidó de los lamentos, y no tuvo presente otra cosa que el peligro y la dificultad de su propia situación. La luz de la lámpara que regresaba doró las paredes y unos instantes después estaba Matilde a su lado. Se había quitado su hábito religioso: ahora llevaba un largo vestido n***o, con multitud de caracteres desconocidos bordados en oro. Se lo ajustaba con un ceñidor de piedras preciosas, el cual sujetaba un puñal. Llevaba el cuello y los brazos descubiertos. Su mano sostenía una varita dorada. Su cabello suelto se derramaba sobre los hombros; sus ojos refulgían con terrible expresión, y todo su ademán estaba calculado para inspirar temor y admiración en el que la veía. —¡Seguidme! —le dijo al monje con voz baja y solemne—. ¡Todo está preparado! A Ambrosio le temblaron las piernas. La obedeció. Ella le guio por diversos pasadizos estrechos, y a uno y otro lado, al pasar, la luz de la lámpara fue revelando los más repugnantes objetos: cráneos, huesos, sepulturas e imágenes cuyos ojos parecían mirarle con sorpresa y horror. Finalmente, llegaron a una espaciosa caverna cuyo altísimo techo en vano se esforzaba el ojo en alcanzar. Una profunda oscuridad flotaba en aquel vacío. Los fríos y húmedos vapores helaron al fraile hasta el corazón, y escuchó con tristeza la ráfaga de aire que aulló en las criptas solitarias. Matilde se detuvo aquí. Se volvió Ambrosio, que tenía las mejillas y los labios pálidos de aprensión. Le reprochó su pusilanimidad con una mirada burlona y enfadada, pero no p dijo nada. Depositó la lámpara en el suelo, junto a la cesta. Hizo una seña a Ambrosio para que guardase silencio, y comenzó el rito misterioso. Trazó un círculo alrededor de él, otro alrededor suyo, y sacando luego una pequeña redoma de la cesta, derramó unas cuantas gotas ante ella. Se inclinó sobre ese lugar, murmuró unas frases confusas, e inmediatamente brotó del suelo una pálida llamarada sulfurosa. Aumentó gradualmente, hasta que su fuego se extendió por toda la superficie, respetando los círculos donde estaban Matilde y el monje. Entonces vieron elevarse las enormes columnas de tosca piedra hasta el techo, y surgir la caverna como una inmensa cámara totalmente inundada de un fuego tembloroso y azul. No irradiaba calor alguno. Al contrario, el extremado frío del lugar parecía aumentar a cada instante. Matilde prosiguió sus encantamientos; de vez en cuando, sacaba algún objeto de la cesta, cuyo nombre y naturaleza desconocía el fraile en su mayor parte. Pero entre los pocos que logró identificar, le llamaron la atención particularmente tres dedos humanos, y un agnusdéi que rompió en pedazos. Los arrojó todos a las llamas; ardieron ante ella, y se consumieron instantáneamente. El monje la observaba con curiosidad. De súbito, Matilde profirió un chillido penetrante. Pareció presa de un ataque de delirio; se mesó los cabellos, se golpeó el pecho, gesticuló de manera frenética y sacando el puñal de su ceñidor, se lo clavó en el brazo izquierdo. La sangre brotó a borbotones, y como se hallaba en el borde del círculo, procuró que cayese fuera. Las llamas se retiraron del lugar donde caía la sangre. Una voluta de oscura nube se elevó lentamente del suelo ensangrentado, y ascendió hasta llegar a la bóveda de la caverna. Al mismo tiempo, se oyó el estallido de un trueno. El eco retumbó tremendo en los pasadizos subterráneos, y el suelo se estremeció bajo los pies de la hechicera. Entonces fue cuando Ambrosio se arrepintió de su imprudencia. La solemne singularidad del conjuro le predispuso para presenciar algo extraño y horrible. Aguardó atemorizado la aparición del espíritu cuya llegada habían anunciado el trueno y el estremecimiento de la tierra. Miró espantado en torno suyo, esperando descubrir alguna tremenda aparición cuya visión le haría enloquecer. Un violento escalofrío sacudió su cuerpo, y cayó de rodillas, incapaz de sostenerse. —¡Ya viene! —exclamó Matilde en tono gozoso. Ambrosio se estremeció, y esperó al Demonio con terror. Cuál fue su sorpresa cuando, al cesar el trueno, se llenó el aire de una música melodiosa. Al mismo tiempo, se disipó la nube, y vio una figura más hermosa de lo que el lápiz pueda dibujar jamás. Era un joven de apenas dieciocho años, al parecer, con una perfección de cuerpo y de rostro sin rival. Estaba totalmente desnudo: una estrella radiante centelleaba en su frente; de sus hombros se extendían dos alas rojas, y llevaba sus bucles sedosos sujetos con una cinta de fuego multicolor que llameaba alrededor de su cabeza, formaba las más diversas figuras, e irradiaba un resplandor que sobrepasaba con mucho a las piedras preciosas. Sus brazos y tobillos estaban ceñidos por ajorcas de diamantes, y en su mano derecha llevaba una rama de plata que imitaba el mirto. Su cuerpo resplandecía con un aura deslumbrante. Estaba rodeado de nubes de luz rosácea, y en el momento de aparecer, un aire impregnado de perfumes recorrió la caverna. Encantado ante una visión tan opuesta a la que esperaba, Ambrosio se quedó contemplando al espíritu con arrobamiento. Sin embargo, pese a su hermosa figura, no pudo por menos de observar cierta fiereza en los ojos del Demonio, y una misteriosa melancolía impregnaba su semblante que delataba al ángel caído, e inspiraba a los que miraba un secreto temor. Cesó la música. Matilde se dirigió al espíritu, le habló en un lenguaje incomprensible para el monje, y él contestó de la misma manera. Ella parecía insistir en algo, que el Demonio se negaba a conceder. Dirigía frecuentemente miradas furiosas a Ambrosio, que le encogían a éste el corazón. Matilde parecía cada vez más irritada. Hablaba en tono sonoro y autoritario, y sus gestos denotaban que amenazaba al espíritu con su venganza. Sus amenazas surtieron el efecto deseado: el espíritu cayó de rodillas, y con aire sumiso le ofreció la rama de mirto. Tan pronto como la tuvo Matilde en sus manos, se oyó la música otra vez; una nube se extendió por encima de la aparición. Se disiparon las llamas azules, y la caverna se sumió en total oscuridad. El abad no se movió de su sitio. Tenía todas sus facultades paralizadas por el placer, la ansiedad y la sorpresa. Por último, disipándose las tinieblas, vio a Matilde de pie junto a él, con su hábito religioso y el mirto en la mano. No había vestigio alguno de su encantamiento, y las criptas estaban iluminadas tan sólo por los débiles rayos de la lámpara sepulcral. —Lo he conseguido —dijo Matilde—, aunque con más dificultad de la que esperaba. Lucifer, a quien he invocado en mi ayuda, se negaba al principio a obedecer mis mandatos. Para reducirle a la obediencia, me he visto obligada a recurrir a mis más poderosos conjuros. Han producido el efecto deseado, pero he prometido no invocar nunca más su concurso en vuestro favor. Tened cuidado, pues, de cómo usáis de una oportunidad que jamás se volverá a repetir. Mis artes mágicas no os serán de ninguna utilidad. En el futuro, sólo podéis esperar ayuda sobrenatural invocando vos mismo a los demonios y aceptando las condiciones de su servicio. Pero esto no lo haréis nunca. Os falta fuerza espiritual para obligarles a la obediencia, y a menos que paguéis el precio estipulado, no serán vuestros servidores voluntarios. En este único caso consienten en obedeceros; os ofrezco el medio de disfrutar de vuestra amada; procurad no desperdiciar esta oportunidad. Recibid este mirto constelado: mientras lo tengáis en vuestra mano, se os abrirán todas las puertas. Os procurará el acceso, mañana por la noche, a la alcoba de Antonia. Soplad entonces tres veces sobre él, pronunciad el nombre de Antonia, y colocadlo sobre su almohada. Un sueño mortal se apoderará de ella inmediatamente y la privará del poder de resistirse a vuestros intentos. En este estado, podréis satisfacer vuestros deseos sin peligro de ser descubierto; cuando la luz del día disipe los efectos del encantamiento, Antonia se dará cuenta de su deshonra, aunque no sabrá quién ha sido el violador. Sed feliz, pues, Ambrosio, y que este servicio os convenza de que mi amistad es pura y desinteresada. La noche debe de estar a punto de expirar. Regresemos a la abadía, no sea que se descubra nuestra ausencia. El abad recibió el talismán con muda gratitud. Sus ideas estaban muy confusas por las aventuras de la noche, para poder expresar su agradecimiento de manera audible, ni comprender todo el valor del regalo que ella le hacía. Matilde cogió la lámpara y la cesta, y guio a su compañero a través de la misteriosa caverna. Volvió a dejar la lámpara en su lugar, y prosiguió su camino a oscuras, hasta que llegó al pie de la escalera. Los primeros rayos de sol facilitaron su ascenso. Matilde y el abad salieron apresuradamente del sepulcro, cerraron la puerta tras ellos, y llegaron en seguida al claustro de la abadía. No se tropezaron con nadie, y se retiraron a sus respectivas celdas sin ser vistos. La confusión del espíritu de Ambrosio empezó a sosegarse ahora. Se alegraba del afortunado final de su aventura, y al reflexionar sobre las virtudes del mirto, consideró a Antonia ya en su poder. Su imaginación evocó aquellos secretos encantos que el espejo mágico le había revelado, y esperó con impaciencia la llegada de la medianoche.
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