—Estoy ocupado —dijo en tono severo y apremiante—. ¡Dejadme!
Matilde no le hizo caso: cerró nuevamente la puerta y luego avanzó hacia
él con gesto dulce y suplicante.
—Perdonadme, Ambrosio —dijo—. Por vuestro propio bien, debo
desobedeceros. No temáis ninguna queja de mí. No vengo a reprocharos
vuestra ingratitud. Os perdono de corazón, y dado que vuestro amor ya no
puede ser mío, os pido aquello que se halla en segundo lugar, vuestra
confianza y amistad. No podemos forzar nuestras inclinaciones. La poca
belleza que un día visteis en mí ha perecido con la novedad, y si ya no puedo
despertar vuestro deseo, mía es la culpa, no vuestra. Pero ¿por qué persistís en
evitarme? ¿Por qué esa ansiedad por huir de mi presencia? Tenéis aflicciones,
pero no me dejáis compartirlas; tenéis decepciones, pero no aceptáis mi
consuelo; tenéis deseos, pero impedís que os ayude en vuestros propósitos. Es
de esto de lo que me quejo, no de vuestra indiferencia hacia mi persona. He
renunciado a todos los derechos de la amante, pero nada me hará que renuncie
a los de la amiga.
Su dulzura tuvo un efecto instantáneo sobre los sentimientos de Ambrosio.
—¡Generosa Matilde! —exclamó, tomándole la mano—. ¡Cuán por
encima os eleváis de las flaquezas de vuestro sexo! Sí, acepto vuestro
ofrecimiento. Tengo necesidad de un consejero y un confidente. En vos
encuentro todas las cualidades necesarias reunidas. Pero ayudarme en mis
propósitos... ¡Ah, Matilde! ¡Eso no está en vuestro poder!
—No está en el poder de nadie más que el mío, Ambrosio. Vuestro secreto
no existe para mí, cada paso que dais, y cada acto, es observado por mis ojos
atentos. Amáis.
—¡Matilde!
—¿Por qué me lo ocultáis? No temáis los pequeños celos que manchan al
común de las mujeres. Mi alma desprecia pasión tan baja. Amáis, Ambrosio; y
Antonia Dalfa es el objeto de vuestros ardores. Conozco todos los detalles
sobre vuestra pasión. Me han repetido de cada una de vuestras conversaciones.
Me han informado de vuestro intento de gozar de la persona de Antonia,
vuestra decepción, y cómo habéis sido despedido de la casa de Elvira. Ahora
desesperáis de llegar a poseer a vuestra amada. Pero yo voy a reavivar vuestras
esperanzas, y señalaros el camino a seguir para lograrlo.
—¿Para lograrlo? ¡Oh, eso es imposible!
—Para los que no se atreven, es imposible. Confiad en mí, y puede que aún
seáis feliz. Ha llegado el momento, Ambrosio, en que el interés por vuestra
satisfacción y tranquilidad me obliga a revelaros parte de mi historia, que vos aún desconocéis. Escuchad, y no me interrumpáis. Si mi confesión os
desagrada, recordad que al hacerlo mi único propósito es satisfacer vuestros
deseos y restablecer la paz de vuestro corazón, que de momento ha perdido.
Ya os dije anteriormente que mi tutor era un hombre de conocimientos
excepcionales. Él se preocupó de inculcar esos conocimientos en mi infantil
mentalidad. Entre las diversas ciencias que su curiosidad le impulsó a
explorar, no faltó aquella que la mayoría juzga como impía, y no pocos como
quimérica. Hablo de las artes que se relacionan con el mundo de los espíritus.
Sus profundas investigaciones sobre las causas y los efectos, su incansable
dedicación al estudio de la filosofía natural, su profundo e ilimitado
conocimiento de las propiedades y virtudes de cada piedra preciosa que
enriquece las simas, de cada hierba que la tierra produce, le procuró
finalmente la distinción a la que él aspiró durante tanto tiempo y con tanto
empeño. Vio su curiosidad plenamente saciada y su ambición ampliamente
gratificada. Dictó leyes a los elementos; llegó a subvertir el orden de la
naturaleza. Sus ojos leyeron los mandatos del futuro, y los espíritus infernales
estuvieron sometidos a su voluntad. ¿Por qué os apartáis de mí? Comprendo
esa mirada interrogante. Vuestras sospechas son correctas, aunque vuestros
terrores infundados. Mi tutor no me ocultó su más preciosa adquisición. Sin
embargo, si yo no os hubiera visto, jamás habría ejercido mi poder. Como a
vos, el solo pensamiento de la magia me hacía estremecer; como vos, me
había formado una idea terrible de las consecuencias de invocar a un demonio.
Para preservar esa vida que vuestro amor me ha enseñado a apreciar, he tenido
que recurrir a medios que me estremecía utilizar. ¿Recordáis la noche que pasé
en la cripta de Santa Clara? Entonces fue cuando, rodeada de cadáveres
consumidos, me atreví a ejecutar esos ritos místicos que invocaban en mi
ayuda al ángel caído. Juzgad cuál fue mi gozo al descubrir que mis terrores
eran imaginarios. Vi al demonio obediente a mis órdenes; le vi temblar ante mi
gesto, y descubrí que, en vez de vender mi alma a un señor, mi valor había
comprado a un esclavo.
—¡Imprudente Matilde! ¿Qué habéis hecho? ¡Os habéis condenado a la
eterna perdición, habéis malbaratado vuestra eterna felicidad por un poder
momentáneo! Si la satisfacción de mis deseos depende de la brujería, renuncio
a vuestra ayuda absolutamente. Las consecuencias son demasiado horribles:
adoro a Antonia, pero no me ciega la lujuria al extremo de sacrificar por su
goce mi existencia en este mundo y en el otro.
—¡Ridículos prejuicios! ¡Oh, avergonzaos, Ambrosio, avergonzaos de
vivir sujeto a ellos! ¿Qué riesgo corréis aceptando mis proposiciones? ¿Qué
puede impulsarme a persuadiros para que deis este paso, si no es el deseo de
devolveros la felicidad y el sosiego? Si hay algún peligro, será por mi parte:
soy yo quien invoca al ministro de los espíritus. Mío, pues, será el crimen, y
vuestro el provecho. Pero no hay peligro ninguno. El enemigo del hombre es mi esclavo, no mi soberano. ¿No existe diferencia entre dar y recibir leyes,
entre servir y ordenar? ¡Despertad de vuestros sueños inútiles, Ambrosio!
Desechad esos terrores, tan impropios de un alma como la vuestra. ¡Dejadlos
para los hombres ordinarios, y decidíos a ser feliz! Acompañadme esta noche
al sepulcro de Santa Clara, presenciad mis conjuros, y Antonia será vuestra. —
Ni puedo, ni quiero conseguirla por ese medio. Dejad, entonces de
persuadirme, pues no me atrevo a utilizar a los agentes del Infierno.
—¿No os atrevéis? ¡Cómo me habéis engañado! Ese espíritu que yo
estimaba tan grande y valeroso resulta ser débil, pusilánime y servil, esclavo
de los vulgares errores, y más endeble que el de una mujer.
—¿Cómo? Siendo consciente del peligro, ¿voy a exponerme
voluntariamente a las artes del seductor? ¿Renunciaré, para siempre a mi
derecho a la salvación? ¿Van mis ojos a buscar una visión que, estoy seguro,
los abrasará? No, no, Matilde; no me aliaré con el Enemigo de Dios.
—¿Sois, entonces, amigo de Dios en este instante? ¿No habéis
quebrantado vuestros compromisos con él, no habéis renunciado a su servicio
y os habéis abandonado al impulso de vuestras pasiones? ¿No estáis tramando
la destrucción de la inocencia, la ruina de una criatura a quien formó él con el
molde de los ángeles? Si no es la de los demonios, ¿de quién es la ayuda que
invocáis para ejecutar vuestro loable propósito? ¿Lo protegerán los serafines,
empujarán ellos a Antonia a vuestros brazos, y sancionarán con su ministerio
vuestros placeres ilícitos? ¡Absurdo! ¡Pero no me engañáis, Ambrosio! No es
la virtud lo que os impulsa a rechazar mi ofrecimiento: querríais aceptarlo,
pero no os atrevéis. No es el crimen lo que os sujeta la mano, sino el castigo;
no es el respeto a Dios lo que os contiene, ¡sino el terror a su venganza! Con
gusto le ofenderíais en secreto, pero tembláis confesaros su adversario.
¡Vergüenza para el alma cobarde que carece del valor de ser firme en la
amistad y franco en la enemistad!
—Considerar la culpa con horror, Matilde, es en sí mismo un mérito. En
este sentido me alegro de declararme cobarde. Aunque mis pasiones me han
desviado de sus leyes, aún siento en mi corazón un amor innato por la virtud.
Pero no tenéis razón al echarme en cara mi perjurio, vos, que me sedujisteis
para que violase mis votos; vos que soliviantasteis mis vicios dormidos, me
hicisteis sentir el peso de las cadenas de la religión y me convencisteis de que
la culpa tenía sus placeres. ¡Sin embargo, aunque mis principios se han
rendido a la fuerza de mi temperamento, aún poseo la gracia suficiente para
estremecerme ante la hechicería y evitar un crimen tan monstruoso, tan
imperdonable!
—¿Imperdonable, decís? ¿Dónde está entonces vuestra constante alabanza
de la infinita misericordia del Todopoderoso? ¿Acaso le ha puesto límites recientemente? ¿Ya no acoge al pecador con alegría? Le ofendéis, Ambrosio;
siempre tendréis tiempo de arrepentiros, y Él bondad para perdonar.
Proporcionadle una gloriosa ocasión para ejercer su benevolencia: cuanto más
grande sea vuestro crimen, mayor será el mérito de perdonar. Desechad, pues,
esos escrúpulos infantiles: convenceos de que es por vuestro bien, y
acompañadme al sepulcro.
—¡Oh, basta, Matilde! Ese tono de burla, ese lenguaje impío y atrevido es
horrible en boca de cualquiera, pero más aún en la de una mujer. Dejemos una
conversación que no suscita más sentimientos que los de horror y repugnancia.
No os seguiré al sepulcro, ni aceptaré los oficios de vuestros agentes
infernales. Antonia será mía, pero mía por medios humanos.
—¡Entonces no lo será nunca! Os han echado de su presencia. Su madre le
ha abierto los ojos sobre vuestros propósitos, y ahora está en guardia en ese
sentido. Es más, alguien posee su corazón, y a menos que intervengáis, dentro
de pocos días la hará su esposa. Esta noticia me la han traído mis servidores
invisibles, a quienes recurrí al principio de observar vuestra indiferencia.
Vigilaron cada movimiento vuestro, me contaron todo lo que ocurría en casa
de Elvira, y me inspiraron la idea de favorecer vuestros propósitos. Sus
informes han sido mi único consuelo. Aunque vos eludáis mi presencia, yo
tenía conocimiento de todos vuestros actos: ¡es más, yo estaba constantemente
con vos en cierto modo, gracias a este precioso don!
Con estas palabras sacó de debajo del hábito un espejo de acero bruñido,
cuyos bordes estaban marcados con diversos caracteres extraños y
desconocidos.
—En medio de todas mis aflicciones, en medio de mis penas por vuestra
frialdad, he podido evitar la desesperación gracias a las virtudes de este
talismán. Al pronunciar determinadas palabras, aparece en él la persona en
quien el observador concentra sus pensamientos; así, aunque yo estaba lejos de
vos, Ambrosio, vos habéis estado siempre delante de mí.
La curiosidad del fraile se excitó vivamente.
—¡Lo que me contáis es increíble! Matilde, ¿no estáis jugando con mi
credulidad?
—Juzgad vos mismo.
Le puso el espejo en la mano. La curiosidad le indujo a cogerlo, y el amor
a desear que apareciese Antonia. Matilde pronunció las palabras mágicas.
Inmediatamente, un humo espeso brotó de los caracteres trazados en sus
bordes y se extendió por la superficie. Luego, se disipó gradualmente. Ante los
ojos del fraile surgió una mezcla de colores y de imágenes, que finalmente se
ordenaron en sus lugares apropiados y vio en miniatura la adorable forma de Antonia.
Se hallaba en un pequeño cuarto de su vivienda. Se estaba desvistiendo
para bañarse. Tenía ya recogidas las largas trenzas de sus cabellos. El amoroso
monje tuvo ocasión de observar los contornos voluptuosos y la admirable
simetría de su persona. Se quitó la última ropa, y acercándose al baño se
dispuso a bañarse, metiendo un pie en el agua. Le pareció fría, y lo retiró otra
vez. Aunque ignorante de que era observada, un sentido innato del pudor la
impulsó a velar sus encantos; y se quedó vacilando en el borde, en la actitud
de la Venus de Médicis. En ese instante, un jilguero domesticado voló a ella,
cobijó la cabecita entre sus pechos, y los picoteó picarescamente. Sonriendo,
Antonia trató en vano de apartar al pajarillo, y finalmente alzó las manos para
quitarlo de su delicioso refugio. Ambrosio no pudo resistir más: sus deseos
alcanzaron un grado frenético.
—¡Me rindo! —exclamó, arrojando el espejo al suelo—. ¡Matilde, os sigo!
¡Haced de mí lo que queráis!
Ella no esperó a oír su consentimiento por segunda vez. Era ya
medianoche. Corrió a su celda y regresó en seguida con su pequeña cesta y la
llave del cementerio, que había estado en posesión suya desde la primera visita
a la cripta. No concedió tiempo al monje para reflexionar.
—¡Vamos! —dijo, y le cogió de la mano—. ¡Seguidme, y presenciad los
efectos de vuestra decisión!
Dicho esto, tiró de él apresuradamente. Entraron en el cementerio sin ser
observados, abrió la puerta del sepulcro y se encontraron en la entrada de la
escalera subterránea. Hasta ese momento la luz de la luna llena había guiado
sus pasos, pero a partir de ahora carecieron de este recurso. A Matilde se le
había olvidado proveerse de una lámpara. Sujetando aún la mano de
Ambrosio, descendió los peldaños de mármol. Pero la profunda oscuridad que
les envolvía les obligó a avanzar lenta y precavidamente.
—¡Tembláis! —dijo Matilde a su compañero—. No tengáis miedo; el sitio
adonde vamos está cerca.
Llegaron al pie de la escalera, y siguieron, tanteando el terreno a lo largo
del muro. Al dar súbitamente la vuelta a una esquina, divisaron un débil
resplandor de luces que parecían arder a lo lejos. Se dirigieron hacia allí. Los
rayos procedían de una lamparita sepulcral que alumbraba incesantemente
ante la estatua de Santa Clara. Sus rayos desmayados y lóbregos iluminaban
las gruesas columnas que sostenían el techo, aunque eran demasiado débiles
para disipar la densa oscuridad que reinaba en la cripta.
Matilde cogió la lámpara.
—Esperadme —le dijo al fraile—; volveré en un instante.
Con estas palabras, desapareció apresuradamente por uno de los pasadizos
que salían en varias direcciones desde este lugar y formaban una especie de
laberinto. Ambrosio se quedó a solas. Le envolvían las tinieblas más
profundas, que alentaron las dudas que empezaban a renacer en su pecho. Se
había dejado arrastrar por el delirio del momento.
La vergüenza de delatar sus terrores en presencia de Matilde le había
inducido a reprimirlos; pero ahora que estaba abandonado a sí mismo
recobraron su anterior preponderancia. Temblaba pensando en la escena que
estaba a punto de presenciar. No sabía hasta dónde podían actuar los delirios
de la magia en su espíritu, aunque posiblemente le forzarían a cometer algún
acto cuya comisión provocaría una irreparable ruptura entre él y el Cielo. En
este espantoso dilema, habría implorado la ayuda de Dios, pero se daba cuenta
de que había perdido el derecho a tal protección. De buena gana habría
regresado a la abadía; pero habiendo recorrido innumerables cavernas y
pasadizos, la empresa de encontrar la escalera le parecía desesperada. Su
destino estaba decidido. No veía posibilidad alguna de escapar. Así que
resistió sus aprensiones e invocó todo argumento en su socorro que le
permitiese soportar la difícil escena con entereza. Pensó que Antonia sería la
recompensa a su atrevimiento: enardeció su imaginación enumerando sus
encantos. Se persuadió de que (como Matilde había observado) siempre
tendría tiempo de arrepentirse, y que, al utilizar la ayuda de ella, no la de los
demonios, no se le podría inculpar del crimen de hechicería. Había leído
mucho sobre brujería. Entendía que mientras no mediase un pacto formal
firmado, en el que renunciara a su derecho a la salvación, Satanás no tendría
ningún poder sobre él. Estaba plenamente decidido a no firmar dicho pacto,
fueran cuales fuesen las amenazas que le hiciesen o las ventajas que le
brindasen.
Tales eran sus meditaciones mientras esperaba a Matilde. Le interrumpió
un murmullo, no muy lejano al parecer. Se sobresaltó. Prestó atención.
Transcurrieron unos minutos de silencio, y luego se repitió el murmullo.
Parecía un gemido. En otras circunstancias, este detalle sólo habría despertado
su atención y curiosidad; en el presente, su sensación predominante era la de
terror. Tenía la imaginación totalmente imbuida de ideas sobre hechicería y
espíritus, y se figuró que había algún espectro que vagaba a su alrededor, o
que Matilde había sucumbido víctima de su presunción, y agonizaba bajo las
garras crueles de los demonios. A veces se hacía más audible, sin duda en los
momentos en que la persona que los profería sufría de manera más aguda e
insoportable. Ambrosio pensaba, de vez en cuando, poder discernir algo; una
de las veces concretamente, estuvo casi convencido de que había oído
exclamar:
—¡Dios! ¡Oh, Dios! ¡No hay esperanza! ¡Ni socorro!
Unos gemidos aún más hondos siguieron a estas palabras. Se extinguieron
gradualmente, y un silencio universal se impuso una vez más.
«¿Qué podrá significar?», pensó el desconcertado monje.
En ese momento le vino a la cabeza una idea que casi le petrificó de horror.
Se estremeció, y sintió escalofríos de sí mismo.
—¡Será posible! —gimió involuntariamente—. ¡Será posible! ¡Oh, qué
monstruo soy!
Decidió aclarar sus dudas y reparar su falta, si no era ya demasiado tarde:
pero estos sentimientos generosos y compasivos se volatilizaron
inmediatamente con la llegada de Matilde. Se olvidó de los lamentos, y no
tuvo presente otra cosa que el peligro y la dificultad de su propia situación. La
luz de la lámpara que regresaba doró las paredes y unos instantes después
estaba Matilde a su lado. Se había quitado su hábito religioso: ahora llevaba un
largo vestido n***o, con multitud de caracteres desconocidos bordados en oro.
Se lo ajustaba con un ceñidor de piedras preciosas, el cual sujetaba un puñal.
Llevaba el cuello y los brazos descubiertos. Su mano sostenía una varita
dorada. Su cabello suelto se derramaba sobre los hombros; sus ojos refulgían
con terrible expresión, y todo su ademán estaba calculado para inspirar temor
y admiración en el que la veía.
—¡Seguidme! —le dijo al monje con voz baja y solemne—. ¡Todo está
preparado!
A Ambrosio le temblaron las piernas. La obedeció. Ella le guio por
diversos pasadizos estrechos, y a uno y otro lado, al pasar, la luz de la lámpara
fue revelando los más repugnantes objetos: cráneos, huesos, sepulturas e
imágenes cuyos ojos parecían mirarle con sorpresa y horror. Finalmente,
llegaron a una espaciosa caverna cuyo altísimo techo en vano se esforzaba el
ojo en alcanzar. Una profunda oscuridad flotaba en aquel vacío. Los fríos y
húmedos vapores helaron al fraile hasta el corazón, y escuchó con tristeza la
ráfaga de aire que aulló en las criptas solitarias. Matilde se detuvo aquí. Se
volvió Ambrosio, que tenía las mejillas y los labios pálidos de aprensión. Le
reprochó su pusilanimidad con una mirada burlona y enfadada, pero no p dijo
nada. Depositó la lámpara en el suelo, junto a la cesta. Hizo una seña a
Ambrosio para que guardase silencio, y comenzó el rito misterioso. Trazó un
círculo alrededor de él, otro alrededor suyo, y sacando luego una pequeña
redoma de la cesta, derramó unas cuantas gotas ante ella. Se inclinó sobre ese
lugar, murmuró unas frases confusas, e inmediatamente brotó del suelo una
pálida llamarada sulfurosa. Aumentó gradualmente, hasta que su fuego se
extendió por toda la superficie, respetando los círculos donde estaban Matilde y el monje. Entonces vieron elevarse las enormes columnas de tosca piedra
hasta el techo, y surgir la caverna como una inmensa cámara totalmente
inundada de un fuego tembloroso y azul. No irradiaba calor alguno. Al
contrario, el extremado frío del lugar parecía aumentar a cada instante.
Matilde prosiguió sus encantamientos; de vez en cuando, sacaba algún objeto
de la cesta, cuyo nombre y naturaleza desconocía el fraile en su mayor parte.
Pero entre los pocos que logró identificar, le llamaron la atención
particularmente tres dedos humanos, y un agnusdéi que rompió en pedazos.
Los arrojó todos a las llamas; ardieron ante ella, y se consumieron
instantáneamente.
El monje la observaba con curiosidad. De súbito, Matilde profirió un
chillido penetrante. Pareció presa de un ataque de delirio; se mesó los cabellos,
se golpeó el pecho, gesticuló de manera frenética y sacando el puñal de su
ceñidor, se lo clavó en el brazo izquierdo. La sangre brotó a borbotones, y
como se hallaba en el borde del círculo, procuró que cayese fuera. Las llamas
se retiraron del lugar donde caía la sangre. Una voluta de oscura nube se elevó
lentamente del suelo ensangrentado, y ascendió hasta llegar a la bóveda de la
caverna. Al mismo tiempo, se oyó el estallido de un trueno. El eco retumbó
tremendo en los pasadizos subterráneos, y el suelo se estremeció bajo los pies
de la hechicera.
Entonces fue cuando Ambrosio se arrepintió de su imprudencia. La
solemne singularidad del conjuro le predispuso para presenciar algo extraño y
horrible. Aguardó atemorizado la aparición del espíritu cuya llegada habían
anunciado el trueno y el estremecimiento de la tierra. Miró espantado en torno
suyo, esperando descubrir alguna tremenda aparición cuya visión le haría
enloquecer. Un violento escalofrío sacudió su cuerpo, y cayó de rodillas,
incapaz de sostenerse.
—¡Ya viene! —exclamó Matilde en tono gozoso.
Ambrosio se estremeció, y esperó al Demonio con terror. Cuál fue su
sorpresa cuando, al cesar el trueno, se llenó el aire de una música melodiosa.
Al mismo tiempo, se disipó la nube, y vio una figura más hermosa de lo que el
lápiz pueda dibujar jamás. Era un joven de apenas dieciocho años, al parecer,
con una perfección de cuerpo y de rostro sin rival. Estaba totalmente desnudo:
una estrella radiante centelleaba en su frente; de sus hombros se extendían dos
alas rojas, y llevaba sus bucles sedosos sujetos con una cinta de fuego
multicolor que llameaba alrededor de su cabeza, formaba las más diversas
figuras, e irradiaba un resplandor que sobrepasaba con mucho a las piedras
preciosas. Sus brazos y tobillos estaban ceñidos por ajorcas de diamantes, y en
su mano derecha llevaba una rama de plata que imitaba el mirto. Su cuerpo
resplandecía con un aura deslumbrante. Estaba rodeado de nubes de luz
rosácea, y en el momento de aparecer, un aire impregnado de perfumes recorrió la caverna. Encantado ante una visión tan opuesta a la que esperaba,
Ambrosio se quedó contemplando al espíritu con arrobamiento. Sin embargo,
pese a su hermosa figura, no pudo por menos de observar cierta fiereza en los
ojos del Demonio, y una misteriosa melancolía impregnaba su semblante que
delataba al ángel caído, e inspiraba a los que miraba un secreto temor.
Cesó la música. Matilde se dirigió al espíritu, le habló en un lenguaje
incomprensible para el monje, y él contestó de la misma manera. Ella parecía
insistir en algo, que el Demonio se negaba a conceder. Dirigía frecuentemente
miradas furiosas a Ambrosio, que le encogían a éste el corazón. Matilde
parecía cada vez más irritada. Hablaba en tono sonoro y autoritario, y sus
gestos denotaban que amenazaba al espíritu con su venganza. Sus amenazas
surtieron el efecto deseado: el espíritu cayó de rodillas, y con aire sumiso le
ofreció la rama de mirto. Tan pronto como la tuvo Matilde en sus manos, se
oyó la música otra vez; una nube se extendió por encima de la aparición. Se
disiparon las llamas azules, y la caverna se sumió en total oscuridad. El abad
no se movió de su sitio. Tenía todas sus facultades paralizadas por el placer, la
ansiedad y la sorpresa. Por último, disipándose las tinieblas, vio a Matilde de
pie junto a él, con su hábito religioso y el mirto en la mano. No había vestigio
alguno de su encantamiento, y las criptas estaban iluminadas tan sólo por los
débiles rayos de la lámpara sepulcral.
—Lo he conseguido —dijo Matilde—, aunque con más dificultad de la que
esperaba. Lucifer, a quien he invocado en mi ayuda, se negaba al principio a
obedecer mis mandatos. Para reducirle a la obediencia, me he visto obligada a
recurrir a mis más poderosos conjuros. Han producido el efecto deseado, pero
he prometido no invocar nunca más su concurso en vuestro favor. Tened
cuidado, pues, de cómo usáis de una oportunidad que jamás se volverá a
repetir. Mis artes mágicas no os serán de ninguna utilidad. En el futuro, sólo
podéis esperar ayuda sobrenatural invocando vos mismo a los demonios y
aceptando las condiciones de su servicio. Pero esto no lo haréis nunca. Os falta
fuerza espiritual para obligarles a la obediencia, y a menos que paguéis el
precio estipulado, no serán vuestros servidores voluntarios. En este único caso
consienten en obedeceros; os ofrezco el medio de disfrutar de vuestra amada;
procurad no desperdiciar esta oportunidad. Recibid este mirto constelado:
mientras lo tengáis en vuestra mano, se os abrirán todas las puertas. Os
procurará el acceso, mañana por la noche, a la alcoba de Antonia. Soplad
entonces tres veces sobre él, pronunciad el nombre de Antonia, y colocadlo
sobre su almohada. Un sueño mortal se apoderará de ella inmediatamente y la
privará del poder de resistirse a vuestros intentos. En este estado, podréis
satisfacer vuestros deseos sin peligro de ser descubierto; cuando la luz del día
disipe los efectos del encantamiento, Antonia se dará cuenta de su deshonra,
aunque no sabrá quién ha sido el violador. Sed feliz, pues, Ambrosio, y que
este servicio os convenza de que mi amistad es pura y desinteresada. La noche debe de estar a punto de expirar. Regresemos a la abadía, no sea que se
descubra nuestra ausencia.
El abad recibió el talismán con muda gratitud. Sus ideas estaban muy
confusas por las aventuras de la noche, para poder expresar su agradecimiento
de manera audible, ni comprender todo el valor del regalo que ella le hacía.
Matilde cogió la lámpara y la cesta, y guio a su compañero a través de la
misteriosa caverna. Volvió a dejar la lámpara en su lugar, y prosiguió su
camino a oscuras, hasta que llegó al pie de la escalera. Los primeros rayos de
sol facilitaron su ascenso. Matilde y el abad salieron apresuradamente del
sepulcro, cerraron la puerta tras ellos, y llegaron en seguida al claustro de la
abadía. No se tropezaron con nadie, y se retiraron a sus respectivas celdas sin
ser vistos.
La confusión del espíritu de Ambrosio empezó a sosegarse ahora. Se
alegraba del afortunado final de su aventura, y al reflexionar sobre las virtudes
del mirto, consideró a Antonia ya en su poder. Su imaginación evocó aquellos
secretos encantos que el espejo mágico le había revelado, y esperó con
impaciencia la llegada de la medianoche.