Todas las indagaciones del marqués de las Cisternas resultaron vanas:
había perdido a Inés para siempre. La desesperación produjo un efecto tan
violento en él que contrajo una larga y grave enfermedad. Ésta le impidió
visitar a Elvira, como había sido su intención; e ignorando ella por qué causa
había dejado de ir a verla, sentía no poca inquietud. La muerte de su hermana
había impedido a Lorenzo comunicar a su tío sus propósitos respecto a
Antonia: el ruego de su madre le prohibía presentarse ante ella sin el
consentimiento del duque; y como Elvira no volvió a saber de sus
proposiciones, dedujo que, o bien había encontrado un partido mejor, o le
habían ordenado renunciar a toda idea sobre su hija. Cada día se sentía más
inquieta por el futuro de Antonia. Mientras tuvo la protección del abad,
soportó con fortaleza el desencanto de sus esperanzas respecto a Lorenzo y al
marqués. Pero ese recurso le había fallado ahora. Estaba convencida de que
Ambrosio tramaba la ruina de su hija. Y cuando pensaba que su muerte dejaría
a Antonia sin amigos y sin protección en un mundo tan bajo, tan pérfido y depravado, se le llenaba el corazón de amargura y temor. En tales ocasiones
permanecía sentada horas y horas contemplando a la adorable joven, como si
escuchase su charla inocente, aunque en realidad su pensamiento estaba en las
aflicciones que la hundirían tan pronto como se presentasen. Luego la
estrechaba en sus brazos súbitamente, apoyada la cabeza sobre el pecho de su
hija, y lo regaba con sus lágrimas.
Ocurrió un hecho que, de haberlo sabido ella, le habría aliviado toda
inquietud. Lorenzo esperaba ahora tan sólo una ocasión favorable para
informar al duque de su proyectado matrimonio. Sin embargo, una
circunstancia ocurrida en esos momentos le obligó a posponer sus
explicaciones unos días más.
La enfermedad de don Raimundo parecía ganar terreno. Lorenzo estaba
siempre junto a él, y le trataba con una ternura verdaderamente fraterna. Tanto
la causa como el efecto de sus males eran enormemente dolorosos para el
hermano de Inés. Y la aflicción de Theodore era igual de sincera. El amable
joven no abandonaba a su señor un instante, y apelaba a todos los recursos
para consolarle y aliviar sus sufrimientos. El marqués había sentido un amor
tan hondo por su difunta amada que todo el mundo veía claramente que no
podría sobrevivir a su pérdida. Nada podía haber evitado que se hundiese en el
dolor, más que la convicción de que aún estaba viva y necesitada de ayuda.
Aunque conscientes de que no era cierto, sus acompañantes le alentaban en
esta creencia, que constituía su único consuelo. Le aseguraban diariamente que
se habían iniciado nuevas averiguaciones respecto a lo ocurrido a Inés;
inventaban historias acerca de diversos intentos para entrar en el convento, y
le relataban circunstancias que, aunque no garantizaban su absoluta
recuperación, bastaban al menos para abrigar la esperanza de que viviera. El
marqués caía constantemente en el más terrible acceso de pasión, cada vez que
le informaban del fracaso de estos supuestos intentos. Y aunque estaba
convencido de que todas las diligencias tendrían el mismo resultado, se hacía
la ilusión de que la siguiente sería más afortunada.
Theodore era el único que se esforzaba en llevar a efecto las quimeras de
su amo. Estaba siempre ocupado en idear planes para entrar en el convento, o
al menos para conseguir de las monjas alguna noticia de Inés. Ejecutar estos
planes era el único motivo que podía moverle a separarse de don Raimundo.
Se convirtió en un auténtico Proteo, cambiando de aspecto cada día; pero
todas estas metamorfosis daban muy poco resultado: regresaba siempre al
palacio de las Cisternas sin noticias que confirmasen las esperanzas de su amo.
Un día, se le metió en la cabeza disfrazarse de mendigo. Se puso un parche en
el ojo izquierdo, y con una guitarra en la mano, se apostó junto a la entrada del
convento.
«Si tienen a Inés verdaderamente encerrada en el convento —pensó—, y oye mi voz, la recordará; posiblemente encontrará el medio de hacérmelo
saber, si está aquí.»
Con esta idea se mezcló con la multitud de mendigos qué' se congregaba a
diario a las puertas de Santa Clara para recibir la sopa que las monjas
acostumbraban distribuir a las doce. Todos iban provistos de tazones o
escudillas para llevársela, pero como Theodore no tenía ningún utensilio de
esta clase, pidió que se la dejasen tomar en la puerta del convento. Consiguió
el permiso sin dificultad. Su dulce voz y su atractivo semblante, a pesar del
parche en el ojo, se ganaron el corazón de la vieja portera, la cual, ayudada por
una hermana, se encargaba de dar a cada uno su ración. Pidió a Theodore que
esperase a que se hubiesen marchado los demás, y prometió que entonces le
serviría. El joven no deseaba otra cosa, ya que no era la sopa lo que le había
traído al convento. Dio las gracias a la portera por su permiso, se retiró de la
puerta y, sentándose en el poyo, se entretuvo tocando la guitarra mientras
servían a los mendigos.
Tan pronto como se hubo marchado la multitud, la portera hizo una seña a
Theodore para que entrase. Obedeció él con infinita presteza, pero fingió un
gran respeto al cruzar el sagrado umbral, y sentirse cohibido ante la presencia
de las reverendas damas. Su infinita timidez halagó la vanidad de las monjas,
que procuraron tranquilizarle. La portera le condujo a su pequeño locutorio.
Entretanto, la hermana lega fue a la cocina y regresó con una ración doble de
sopa, de mejor calidad que la repartida a los mendigos. Su anfitriona añadió
algunas frutas y dulces de su propia reserva, y las dos le animaron a que
comiese cuanto quisiera. A todas estas atenciones respondió él con mucha
gratitud, y derramó abundantes bendiciones sobre sus benefactoras. Mientras
comía, las monjas admiraron la delicadeza de su semblante, la belleza de su
pelo y la dulzura y la gracia que acompañaban a todos sus gestos. Se
lamentaron en voz baja de que un joven tan encantador estuviese expuesto a
las seducciones del mundo, y coincidieron en que podría ser un valioso pilar
para la Iglesia católica. Concluyeron su conferencia decidiendo que se le haría
un auténtico servicio al Cielo si pedían a la priora que intercediese ante
Ambrosio para que admitiese al mendigo en la orden de los capuchinos.
Decidido esto, la portera, que era persona de gran influencia en el
convento, se encaminó a toda prisa a la celda de la superiora. Hizo aquí un
relato tan ardoroso de los méritos de Theodore que la vieja dama sintió
curiosidad por verle. De modo que encargó a la portera que le condujese a la
reja del locutorio. Entretanto, el fingido mendigo preguntó a la hermana qué
había pasado con Inés; pero sus palabras no hicieron más que corroborar las
afirmaciones de la superiora: dijo que Inés había caído enferma al regresar de
la confesión, que desde aquel momento no abandonó ya la cama, y que ella
misma había estado presente en el funeral. Incluso declaró haber visto su cuerpo muerto, y ayudado con sus propias manos a meterla en el ataúd. Este
informe desalentó a Theodore. Sin embargo, dado que ya estaba tan metido en
la aventura decidió esperar a ver cómo terminaba.
Regresó, pues, la portera, y le ordenó que la siguiese. Obedeció y fue
conducido al locutorio, donde la madre priora se hallaba ya en las rejas. La
rodeaban todas las monjas, deseosas de presenciar una escena que prometía
alguna diversión. Theodore las saludó con profundo respeto, y su presencia
tuvo el poder de suavizar por un momento el ceño adusto de la superiora. Le
hizo varias preguntas acerca de sus padres, su religión, y qué le había reducido
al estado de mendicidad. Las respuestas a estas preguntas fueron
perfectamente satisfactorias y perfectamente falsas. Entonces se le preguntó
qué opinaba sobre la vida monástica. Él contestó en términos de gran estima y
respeto por ella. Tras lo cual, la priora le dijo que no era imposible conseguir
su ingreso en una orden religiosa; que su recomendación salvaría el obstáculo
de su pobreza, y que si ella veía que lo merecía, podía contar con su
protección en el futuro. Theodore le aseguró que su mayor ambición sería
merecer su favor. Así que la superiora le ordenó que volviese al día siguiente,
para seguir hablando de este asunto, y abandonó el locutorio.
Las monjas, a quienes el respeto a la superiora las había mantenido en
silencio hasta entonces, se apiñaron todas en la reja y asaltaron al joven con
multitud de preguntas. Él ya las había estudiado una por una con atención.
Pero ¡ay!, Inés no estaba entre ellas. Las monjas le acosaron con tantas
cuestiones que apenas le era posible contestar. Una quería saber dónde había
nacido, dado que su acento denotaba que era extranjero; otra, por qué llevaba
un parche en el ojo izquierdo. La hermana Elena preguntó si tenía una
hermana como él, ya que le gustaría tener a una compañera así; y la hermana
Raquel se mostró convencida de que el hermano sería mejor compañero aún.
Theodore se divirtió relatando a las crédulas monjas como verdades todas las
extrañas historias que su imaginación fue capaz de inventar. Les contó sus
supuestas aventuras, y llenó de asombro a sus oyentes, hablándoles de
gigantes, salvajes, naufragios, e islas habitadas
Por antropófagos, y hombres cuyas cabezas Crecen bajo los hombros con
muchas otras circunstancias excepcionales por demás. Dijo que había nacido
en Terra Incognita, que se había educado en una universidad hotentote, y que
había pasado dos años entre los americanos de Silesia.
—En cuanto a la pérdida del ojo —dijo—, fue en justo castigo por mi falta
de respeto a la Virgen, cuando hice mi segunda peregrinación a Loreto. Estaba
cerca del altar de la milagrosa capilla. Los monjes adornaban la imagen con
sus mejores atavíos. Se ordenó a los peregrinos que cerrasen los ojos durante
esta ceremonia. Pero aunque soy por naturaleza extremadamente religioso, mi
curiosidad fue demasiado fuerte. En el momento... ¡Os causaré horror, reverendas madres, cuando os revele mi crimen...! En el momento en que los
monjes le cambiaban la enagua, me atreví a abrir el ojo izquierdo y echar una
miradita. ¡Esa fue la última! La gloria que envolvió a la Virgen era demasiado
intensa para soportarla. ¡Me apresuré a cerrar mi ojo sacrílego, y desde
entonces ya no fui capaz de abrirlo más!
Ante la relación de este milagro, las monjas se santiguaron, y prometieron
interceder ante la Virgen para que recobrase la vista. Expresaron su asombro
ante lo dilatado de sus viajes y las extrañas aventuras que había corrido a tan
corta edad. Luego repararon en su guitarra, y le preguntaron si era aficionado a
la música. Él contestó con modestia que no era él quien debía juzgar sus
habilidades, aunque solicitaba permiso para que juzgasen ellas. Se lo
concedieron sin dificultad.
—Pero —dijo la portera— tened cuidado de no cantar nada profano.
—Confiad en mi discreción —replicó Theodore—: oiréis cuán peligroso es
para las jóvenes abandonarse a sus pasiones, por la aventura de una joven
dama que se enamoró súbitamente de un caballero desconocido.
—Pero ¿es cierta la aventura? —preguntó la portera.
—Palabra por palabra. Ocurrió en Dinamarca, y se dice que la heroína era
tan bella que no se la conocía por otro nombre que el de «la hermosa
doncella».
—¿En Dinamarca decís? —murmuró una monja vieja—. ¿No son negros
todos los de Dinamarca?
—De ningún modo, reverenda madre; son de un delicado verde guisante,
con el pelo y las patillas rojizas como el fuego.
—¡Madre de Dios! ¿Verde guisante? —exclamó la hermana Elena—. ¡Oh,
es imposible!
—¿Imposible? —dijo la portera con una mirada de desprecio y regocijo—
De ningún modo: cuando yo era joven, recuerdo que vi a varias personas así.
Theodore se puso a templar su instrumento. Había leído la historia de un
rey de Inglaterra cuyo encarcelamiento fue descubierto por un trovador, y
esperaba que aquel mismo ardid le permitiera descubrir el de Inés, si es que
estaba en el convento. Eligió una balada que ella le había enseñado en el
castillo de Lindenberg. Tal vez llegase a ella la música, y le oyese contestar
algunas estrofas. Templada ya su guitarra, se dispuso a cantar.
—Pero antes de empezar —dijo—, es necesario informaros, madres, de
que Dinamarca está terriblemente infestada de hechiceras, brujas y malos
espíritus. Todos los elementos poseen sus demonios apropiados. Los bosques
son frecuentados por un poder maligno llamado el Rey de los Robles o de los Enanos. Es él quien seca los árboles, estropea las cosechas y manda sobre los
trasgos y los duendes. Se aparece en forma de un anciano de majestuosa
figura, con una corona dorada y una larga barba blanca. Su principal diversión
consiste en atraer a los niños y quitárselos a los padres, y en cuanto los mete
en su cueva, los destroza en mil pedazos. Los ríos son gobernados por otro
demonio, llamado el Rey de las Aguas. Su misión es agitar el piélago,
provocar naufragios y hundir a los marineros bajo las olas. Adopta el aspecto
de un guerrero, y se dedica a atraer a las jóvenes vírgenes hacia alguna trampa.
Dejo que imaginéis, reverendas madres, lo que hace con ellas cuando las coge
en el agua. El Rey de las Aguas, al parecer, es un hombre formado de llamas:
provoca los meteoros y las luces erráticas que extravían a los viajeros hacia las
charcas y las ciénagas, y dirige el rayo hacia donde más daño puede causar. El
último de estos demonios elementales se llama el Rey–Nube. Tiene la figura
de un joven hermoso, y se distingue por sus dos grandes alas negras. Aunque
exteriormente es encantador, no tiene mejor disposición que los demás. Está
constantemente dedicado a provocar tormentas, arrancar bosques, derrumbar
castillos y conventos y sepultar a sus habitantes. El primero tiene una hija que
es reina de los elfos y las hadas. El segundo tiene una madre que es una
poderosa hechicera. Ninguna de estas dos damas vale más que los señores. No
recuerdo haber oído que se les atribuya familia alguna a los otros dos
demonios, pero hasta ahora no tengo nada que ver con ninguno de ellos, salvo
con el de las aguas, que es el héroe de mi balada; pero he creído necesario,
antes de empezar, daros alguna idea de sus actuaciones...
El joven dejó de cantar. Las monjas estaban fascinadas con la dulzura de su
voz y su magistral forma de tocar el instrumento. Pero por muy aceptable que
hubiera sido este aplauso en cualquier otra ocasión, ahora dejaba indiferente a
Theodore. Su estratagema no había dado resultado. En vano guardó pausas
entre una estrofa y otra: ninguna voz contestó a la suya; de modo que perdió
toda esperanza de emular a Blondel.
La campana del convento advirtió a las monjas de que era hora de acudir al
refectorio. Tenían que marcharse de la reja; dieron las gracias al joven por la
distracción que les había proporcionado su música, y le pidieron que volviese
al día siguiente, cosa que prometió. Las monjas, para favorecer aún más su
inclinación a mantener su palabra, le dijeron que podía confiar siempre en el
convento para sus comidas, y cada una de ellas le hizo un pequeño regalo. Una
le dio una caja de dulces; otra, un agnusdei; unas le trajeron reliquias de
santos, imágenes de cera y crucifijos consagrados; y otras le ofrecieron piezas
de labores en las que destacan las religiosas, como bordados, flores artificiales,
encajes y trabajos de punto. Le aconsejaron que vendiese todas estas cosas a
fin de procurarse alivio a su estado; y le aseguraron que le sería fácil
enajenarlas, ya que los españoles estimaban mucho los trabajos de las monjas.
Tras recibir todos estos regalos con aparente respeto y gratitud, contestó que,
no teniendo ninguna cesta, no sabía cómo llevárselas. Varias de las monjas se
apresuraron a buscarle una, pero se detuvieron al hacer su aparición una dama
mayor, a la que Theodore no había visto hasta ahora: su semblante apacible y
respetable actitud le predispusieron inmediatamente a su favor.
—¡Ah! —dijo la portera—; ahí viene la madre Santa Úrsula con una cesta.
La monja se acercó a la reja y le ofreció la cesta a Theodore: estaba hecha de mimbre, forrada de raso azul, y en los cuatro lados tenía pintadas escenas
de la leyenda de Santa Genoveva.
—Aquí está mi regalo —dijo, al tiempo que se la tendía—. No lo
despreciéis, mi buen mancebo. Aunque su valor parece insignificante, posee
muchas virtudes ocultas.
Y acompañó sus palabras con una mirada significativa. No pasó
desapercibida a Theodore: se acercó lo más posible a la reja para recibir el
regalo.
—¡Inés! —susurró ella en voz apenas perceptible.
Theodore, sin embargo, lo captó. Supuso que la cesta ocultaba algún
misterio, y su corazón latió de impaciencia y de gozo. En ese momento
regresó la superiora. Tenía una expresión sombría y adusta, y parecía, si eso
era posible, más severa que nunca.
—Madre Santa Úrsula, desearía hablar con vos en privado.
A la monja se le mudó el color, y se quedó visiblemente desconcertada.
—¿Conmigo? —repitió con voz vacilante.
La superiora le hizo seña de que la siguiera, y se retiró. La madre Santa
Úrsula obedeció; poco después, la campana de la iglesia llamó al refectorio
por segunda vez; las monjas abandonaron la reja, y Theodore quedó en
libertad para llevarse su recompensa. Encantado de haber conseguido al fin
alguna noticia para el marqués, voló, más que corrió, hasta que llegó al palacio
de las Cisternas. A los pocos minutos se encontraba en el aposento, tratando de
reconciliar a su amigo con una desventura que él mismo juzgaba demasiado
severa. Theodore contó su aventura, y las esperanzas que el regalo de la madre
Santa Úrsula había hecho renacer en él. El marqués se incorporó catapultado
de su almohada: aquel fuego que parecía haberse apagado desde la muerte de
Inés se reavivó en su pecho, y sus ojos centellearon con la ansiedad de la
expectación. No parecieron menos inflamadas las emociones del semblante de
Lorenzo, el cual aguardó con indecible impaciencia la explicación del
misterio. Raimundo cogió la cesta de manos de su paje. Vació el contenido
sobre la cama y lo examinó detenidamente. Esperaba encontrar una carta en el
fondo, pero no vio nada semejante. Reanudó la búsqueda, pero sin mejor
resultado. Finalmente, don Raimundo observó que uno de los ángulos del
forro de raso azul estaba descosido; lo desgarró apresuradamente, y extrajo un
trozo de papel, sin doblar ni sellar. Iba dirigido al marqués de las Cisternas, y
decía lo siguiente:
“Habiendo reconocido a vuestro paje, me atrevo a enviaros estas líneas.
Obtened una orden del duque–cardenal para detener a mi persona y a la de la superiora. Pero procurad que no se lleve a efecto hasta el viernes por la noche.
Es la festividad de Santa Clara: habrá una procesión de monjas con antorchas,
y yo estaré entre ellas. Cuidad de no dar a conocer a nadie vuestra intención.
Si una sola palabra despertase las sospechas de la superiora, no volveríais a
saber más de mí. Sed precavido, si apreciáis la memoria de Inés y deseáis
castigar a sus asesinos. Lo que tengo que decir os helará la sangre de horror.”
Santa Úrsula
Tan pronto como el marqués leyó la nota, se derrumbó de nuevo en la
almohada, sin sentido. Había perdido la esperanza que hasta ahora había
sostenido su existencia; estas líneas le convencieron de manera concluyente de
que Inés ya no existía. Lorenzo encontró esta circunstancia menos rigurosa, ya
que siempre había tenido la convicción de que su hermana había muerto de
manera poco clara. Cuando vio por la carta de la madre Santa Úrsula que sus
sospechas eran ciertas, dicha confirmación no suscitó en su pecho otro
sentimiento que el deseo de castigar a los asesinos como se merecían. No fue
empresa fácil hacer volver en sí al marqués. Tan pronto como recobró la
palabra, prorrumpió en execraciones contra los que habían matado a su amada,
y juró tomarse cumplida venganza. Siguió desvariando y atormentándose con
impotente pasión, hasta que su organismo, debilitado por la aflicción y la
enfermedad no pudo soportar más, y volvió a caer sin sentido. Su melancólica
situación afectó sinceramente a Lorenzo, que de buena gana se habría quedado
más tiempo en el aposento de su amigo. Pero otros cuidados requerían ahora
su presencia. Era necesario conseguir la orden para detener a la priora de Santa
Clara. A este propósito, después de dejar a Raimundo bajo los cuidados de los
mejores médicos de Madrid, abandonó el palacio de las Cisternas y se
encaminó hacia el palacio del duque–cardenal.
Su desencanto fue enorme cuando averiguó que asuntos de estado habían
obligado al cardenal a desplazarse a una provincia lejana. Faltaban sólo cinco
días para el viernes. Sin embargo, viajando día y noche, esperaba estar de
regreso a tiempo para la procesión de Santa Clara. Y lo consiguió: encontró al
duque–cardenal, y presentó ante él la supuesta culpabilidad de la priora, como
también los violentos efectos que había ocasionado en don Raimundo. No
podía haber aducido argumento de más peso que este último. De todos sus
sobrinos, el marqués era el único por el que el cardenal sentía un sincero
afecto. Estaba completamente encariñado con él, y la priora no podía haber
cometido mayor crimen ante sus ojos que el haber puesto en peligro la vida del
marqués. Por consiguiente, concedió la orden de arresto sin dificultad.
También entregó a Lorenzo una carta para un oficial muy principal de la
Inquisición, expresándole su deseo de que se ejecutase su mandato. Provisto
de estos documentos, Medina regresó apresuradamente a Madrid, adonde llegó
el viernes, unas horas antes de anochecer. Encontró al marqués algo más recuperado, pero tan débil y agotado que no podía hablar sino con gran
dificultad y esfuerzo. Después de pasar una hora junto a su lecho, Lorenzo le
dejó ir a comunicar su propósito a su tío, y también a entregar la carta del
cardenal a don Ramírez de Mello. Éste se quedó petrificado de horror al
enterarse del fin de su desventurada sobrina. Animó a Lorenzo a castigar a sus
asesinos y se comprometió a acompañarle esa noche al convento de Santa
Clara. Don Ramírez prometió su más firme apoyo, y eligió un grupo de
arqueros de confianza para evitar toda oposición por parte del populacho.
Pero mientras Lorenzo estaba deseoso de desenmascarar a una religiosa
hipócrita, ignoraba el dolor que otro le preparaba a él. Ayudado por los
infernales agentes de Matilde, Ambrosio había decidido la ruina de la inocente
Antonia. Le había llegado a ésta el momento fatal. Había ido a despedirse de
su madre, antes de retirarse a dormir. Al besarla, un inusitado desaliento
inundó su pecho. Se marchó, pero luego regresó inmediatamente, se arrojó a
sus brazos y bañó sus mejillas con sus lágrimas. Se sentía desasosegada; un
secreto presentimiento le decía que no volverían a verse más. Elvira lo
observó, y trató de quitarle, bromeando, sus infantiles aprensiones. La
reprendió con dulzura por abrigar tan infundados presagios, y la advirtió de lo
peligroso que era alentar tales ideas.
Por toda respuesta a estas reconvenciones, exclamó Antonia:
—¡Madre! ¡Mi querida madre! ¡Oh, pluguiera a Dios que fuese ya por la
mañana!
Elvira, cuya preocupación por su hija era un gran obstáculo para su total
restablecimiento, se hallaba aún bajo los efectos de su reciente enfermedad.
Esta noche se sentía más indispuesta de lo habitual, y se había acostado antes
de la hora acostumbrada. Antonia se retiró de la alcoba de su madre con pesar;
y hasta el instante de cerrar la puerta, mantuvo los ojos fijos en ella con
expresión melancólica. Se encerró en su propio aposento. Sentía el corazón
lleno de amargura. Le parecía que habían naufragado todas sus esperanzas de
futuro, y que el mundo no contenía nada por lo que valiese la pena vivir. Se
dejó caer en una silla, reclinó la cabeza sobre el brazo, y se quedó
contemplando el suelo con mirada vacía, mientras las imágenes más sombrías
flotaban ante su imaginación. Se encontraba aún en este estado de
insensibilidad, cuando la volvió en sí una dulce melodía que sonó debajo de su
ventana. Se levantó, se acercó y la abrió para oírla con más claridad. Tras
colocarse el velo sobre el rostro, se aventuró a asomarse. A la luz de la luna
vio a varios hombres con laúdes y guitarras. A cierta distancia de ellos había
otra figura envuelta en su capa, cuya estatura y aspecto guardaban gran
parecido con las de Lorenzo. No se equivocaba. En efecto, era el propio
Lorenzo, el cual, obligado por su palabra a no presentarse delante de Antonia
sin el consentimiento de su tío, le brindaba esta serenata para convencer a su amada de que aún sentía el mismo afecto por ella. Su estratagema no obtuvo el
efecto deseado. Antonia estaba lejos de suponer que esta música nocturna
tuviera por objeto agasajarla: era demasiado modesta para considerarse
merecedora de tales atenciones, y creyendo que debía ir dirigida a alguna
dama vecina, se sintió apenada de ver que era Lorenzo quien la ofrecía.