Capitulo 23

4297 Palabras
Todas las indagaciones del marqués de las Cisternas resultaron vanas: había perdido a Inés para siempre. La desesperación produjo un efecto tan violento en él que contrajo una larga y grave enfermedad. Ésta le impidió visitar a Elvira, como había sido su intención; e ignorando ella por qué causa había dejado de ir a verla, sentía no poca inquietud. La muerte de su hermana había impedido a Lorenzo comunicar a su tío sus propósitos respecto a Antonia: el ruego de su madre le prohibía presentarse ante ella sin el consentimiento del duque; y como Elvira no volvió a saber de sus proposiciones, dedujo que, o bien había encontrado un partido mejor, o le habían ordenado renunciar a toda idea sobre su hija. Cada día se sentía más inquieta por el futuro de Antonia. Mientras tuvo la protección del abad, soportó con fortaleza el desencanto de sus esperanzas respecto a Lorenzo y al marqués. Pero ese recurso le había fallado ahora. Estaba convencida de que Ambrosio tramaba la ruina de su hija. Y cuando pensaba que su muerte dejaría a Antonia sin amigos y sin protección en un mundo tan bajo, tan pérfido y depravado, se le llenaba el corazón de amargura y temor. En tales ocasiones permanecía sentada horas y horas contemplando a la adorable joven, como si escuchase su charla inocente, aunque en realidad su pensamiento estaba en las aflicciones que la hundirían tan pronto como se presentasen. Luego la estrechaba en sus brazos súbitamente, apoyada la cabeza sobre el pecho de su hija, y lo regaba con sus lágrimas. Ocurrió un hecho que, de haberlo sabido ella, le habría aliviado toda inquietud. Lorenzo esperaba ahora tan sólo una ocasión favorable para informar al duque de su proyectado matrimonio. Sin embargo, una circunstancia ocurrida en esos momentos le obligó a posponer sus explicaciones unos días más. La enfermedad de don Raimundo parecía ganar terreno. Lorenzo estaba siempre junto a él, y le trataba con una ternura verdaderamente fraterna. Tanto la causa como el efecto de sus males eran enormemente dolorosos para el hermano de Inés. Y la aflicción de Theodore era igual de sincera. El amable joven no abandonaba a su señor un instante, y apelaba a todos los recursos para consolarle y aliviar sus sufrimientos. El marqués había sentido un amor tan hondo por su difunta amada que todo el mundo veía claramente que no podría sobrevivir a su pérdida. Nada podía haber evitado que se hundiese en el dolor, más que la convicción de que aún estaba viva y necesitada de ayuda. Aunque conscientes de que no era cierto, sus acompañantes le alentaban en esta creencia, que constituía su único consuelo. Le aseguraban diariamente que se habían iniciado nuevas averiguaciones respecto a lo ocurrido a Inés; inventaban historias acerca de diversos intentos para entrar en el convento, y le relataban circunstancias que, aunque no garantizaban su absoluta recuperación, bastaban al menos para abrigar la esperanza de que viviera. El marqués caía constantemente en el más terrible acceso de pasión, cada vez que le informaban del fracaso de estos supuestos intentos. Y aunque estaba convencido de que todas las diligencias tendrían el mismo resultado, se hacía la ilusión de que la siguiente sería más afortunada. Theodore era el único que se esforzaba en llevar a efecto las quimeras de su amo. Estaba siempre ocupado en idear planes para entrar en el convento, o al menos para conseguir de las monjas alguna noticia de Inés. Ejecutar estos planes era el único motivo que podía moverle a separarse de don Raimundo. Se convirtió en un auténtico Proteo, cambiando de aspecto cada día; pero todas estas metamorfosis daban muy poco resultado: regresaba siempre al palacio de las Cisternas sin noticias que confirmasen las esperanzas de su amo. Un día, se le metió en la cabeza disfrazarse de mendigo. Se puso un parche en el ojo izquierdo, y con una guitarra en la mano, se apostó junto a la entrada del convento. «Si tienen a Inés verdaderamente encerrada en el convento —pensó—, y oye mi voz, la recordará; posiblemente encontrará el medio de hacérmelo saber, si está aquí.» Con esta idea se mezcló con la multitud de mendigos qué' se congregaba a diario a las puertas de Santa Clara para recibir la sopa que las monjas acostumbraban distribuir a las doce. Todos iban provistos de tazones o escudillas para llevársela, pero como Theodore no tenía ningún utensilio de esta clase, pidió que se la dejasen tomar en la puerta del convento. Consiguió el permiso sin dificultad. Su dulce voz y su atractivo semblante, a pesar del parche en el ojo, se ganaron el corazón de la vieja portera, la cual, ayudada por una hermana, se encargaba de dar a cada uno su ración. Pidió a Theodore que esperase a que se hubiesen marchado los demás, y prometió que entonces le serviría. El joven no deseaba otra cosa, ya que no era la sopa lo que le había traído al convento. Dio las gracias a la portera por su permiso, se retiró de la puerta y, sentándose en el poyo, se entretuvo tocando la guitarra mientras servían a los mendigos. Tan pronto como se hubo marchado la multitud, la portera hizo una seña a Theodore para que entrase. Obedeció él con infinita presteza, pero fingió un gran respeto al cruzar el sagrado umbral, y sentirse cohibido ante la presencia de las reverendas damas. Su infinita timidez halagó la vanidad de las monjas, que procuraron tranquilizarle. La portera le condujo a su pequeño locutorio. Entretanto, la hermana lega fue a la cocina y regresó con una ración doble de sopa, de mejor calidad que la repartida a los mendigos. Su anfitriona añadió algunas frutas y dulces de su propia reserva, y las dos le animaron a que comiese cuanto quisiera. A todas estas atenciones respondió él con mucha gratitud, y derramó abundantes bendiciones sobre sus benefactoras. Mientras comía, las monjas admiraron la delicadeza de su semblante, la belleza de su pelo y la dulzura y la gracia que acompañaban a todos sus gestos. Se lamentaron en voz baja de que un joven tan encantador estuviese expuesto a las seducciones del mundo, y coincidieron en que podría ser un valioso pilar para la Iglesia católica. Concluyeron su conferencia decidiendo que se le haría un auténtico servicio al Cielo si pedían a la priora que intercediese ante Ambrosio para que admitiese al mendigo en la orden de los capuchinos. Decidido esto, la portera, que era persona de gran influencia en el convento, se encaminó a toda prisa a la celda de la superiora. Hizo aquí un relato tan ardoroso de los méritos de Theodore que la vieja dama sintió curiosidad por verle. De modo que encargó a la portera que le condujese a la reja del locutorio. Entretanto, el fingido mendigo preguntó a la hermana qué había pasado con Inés; pero sus palabras no hicieron más que corroborar las afirmaciones de la superiora: dijo que Inés había caído enferma al regresar de la confesión, que desde aquel momento no abandonó ya la cama, y que ella misma había estado presente en el funeral. Incluso declaró haber visto su cuerpo muerto, y ayudado con sus propias manos a meterla en el ataúd. Este informe desalentó a Theodore. Sin embargo, dado que ya estaba tan metido en la aventura decidió esperar a ver cómo terminaba. Regresó, pues, la portera, y le ordenó que la siguiese. Obedeció y fue conducido al locutorio, donde la madre priora se hallaba ya en las rejas. La rodeaban todas las monjas, deseosas de presenciar una escena que prometía alguna diversión. Theodore las saludó con profundo respeto, y su presencia tuvo el poder de suavizar por un momento el ceño adusto de la superiora. Le hizo varias preguntas acerca de sus padres, su religión, y qué le había reducido al estado de mendicidad. Las respuestas a estas preguntas fueron perfectamente satisfactorias y perfectamente falsas. Entonces se le preguntó qué opinaba sobre la vida monástica. Él contestó en términos de gran estima y respeto por ella. Tras lo cual, la priora le dijo que no era imposible conseguir su ingreso en una orden religiosa; que su recomendación salvaría el obstáculo de su pobreza, y que si ella veía que lo merecía, podía contar con su protección en el futuro. Theodore le aseguró que su mayor ambición sería merecer su favor. Así que la superiora le ordenó que volviese al día siguiente, para seguir hablando de este asunto, y abandonó el locutorio. Las monjas, a quienes el respeto a la superiora las había mantenido en silencio hasta entonces, se apiñaron todas en la reja y asaltaron al joven con multitud de preguntas. Él ya las había estudiado una por una con atención. Pero ¡ay!, Inés no estaba entre ellas. Las monjas le acosaron con tantas cuestiones que apenas le era posible contestar. Una quería saber dónde había nacido, dado que su acento denotaba que era extranjero; otra, por qué llevaba un parche en el ojo izquierdo. La hermana Elena preguntó si tenía una hermana como él, ya que le gustaría tener a una compañera así; y la hermana Raquel se mostró convencida de que el hermano sería mejor compañero aún. Theodore se divirtió relatando a las crédulas monjas como verdades todas las extrañas historias que su imaginación fue capaz de inventar. Les contó sus supuestas aventuras, y llenó de asombro a sus oyentes, hablándoles de gigantes, salvajes, naufragios, e islas habitadas Por antropófagos, y hombres cuyas cabezas Crecen bajo los hombros con muchas otras circunstancias excepcionales por demás. Dijo que había nacido en Terra Incognita, que se había educado en una universidad hotentote, y que había pasado dos años entre los americanos de Silesia. —En cuanto a la pérdida del ojo —dijo—, fue en justo castigo por mi falta de respeto a la Virgen, cuando hice mi segunda peregrinación a Loreto. Estaba cerca del altar de la milagrosa capilla. Los monjes adornaban la imagen con sus mejores atavíos. Se ordenó a los peregrinos que cerrasen los ojos durante esta ceremonia. Pero aunque soy por naturaleza extremadamente religioso, mi curiosidad fue demasiado fuerte. En el momento... ¡Os causaré horror, reverendas madres, cuando os revele mi crimen...! En el momento en que los monjes le cambiaban la enagua, me atreví a abrir el ojo izquierdo y echar una miradita. ¡Esa fue la última! La gloria que envolvió a la Virgen era demasiado intensa para soportarla. ¡Me apresuré a cerrar mi ojo sacrílego, y desde entonces ya no fui capaz de abrirlo más! Ante la relación de este milagro, las monjas se santiguaron, y prometieron interceder ante la Virgen para que recobrase la vista. Expresaron su asombro ante lo dilatado de sus viajes y las extrañas aventuras que había corrido a tan corta edad. Luego repararon en su guitarra, y le preguntaron si era aficionado a la música. Él contestó con modestia que no era él quien debía juzgar sus habilidades, aunque solicitaba permiso para que juzgasen ellas. Se lo concedieron sin dificultad. —Pero —dijo la portera— tened cuidado de no cantar nada profano. —Confiad en mi discreción —replicó Theodore—: oiréis cuán peligroso es para las jóvenes abandonarse a sus pasiones, por la aventura de una joven dama que se enamoró súbitamente de un caballero desconocido. —Pero ¿es cierta la aventura? —preguntó la portera. —Palabra por palabra. Ocurrió en Dinamarca, y se dice que la heroína era tan bella que no se la conocía por otro nombre que el de «la hermosa doncella». —¿En Dinamarca decís? —murmuró una monja vieja—. ¿No son negros todos los de Dinamarca? —De ningún modo, reverenda madre; son de un delicado verde guisante, con el pelo y las patillas rojizas como el fuego. —¡Madre de Dios! ¿Verde guisante? —exclamó la hermana Elena—. ¡Oh, es imposible! —¿Imposible? —dijo la portera con una mirada de desprecio y regocijo— De ningún modo: cuando yo era joven, recuerdo que vi a varias personas así. Theodore se puso a templar su instrumento. Había leído la historia de un rey de Inglaterra cuyo encarcelamiento fue descubierto por un trovador, y esperaba que aquel mismo ardid le permitiera descubrir el de Inés, si es que estaba en el convento. Eligió una balada que ella le había enseñado en el castillo de Lindenberg. Tal vez llegase a ella la música, y le oyese contestar algunas estrofas. Templada ya su guitarra, se dispuso a cantar. —Pero antes de empezar —dijo—, es necesario informaros, madres, de que Dinamarca está terriblemente infestada de hechiceras, brujas y malos espíritus. Todos los elementos poseen sus demonios apropiados. Los bosques son frecuentados por un poder maligno llamado el Rey de los Robles o de los Enanos. Es él quien seca los árboles, estropea las cosechas y manda sobre los trasgos y los duendes. Se aparece en forma de un anciano de majestuosa figura, con una corona dorada y una larga barba blanca. Su principal diversión consiste en atraer a los niños y quitárselos a los padres, y en cuanto los mete en su cueva, los destroza en mil pedazos. Los ríos son gobernados por otro demonio, llamado el Rey de las Aguas. Su misión es agitar el piélago, provocar naufragios y hundir a los marineros bajo las olas. Adopta el aspecto de un guerrero, y se dedica a atraer a las jóvenes vírgenes hacia alguna trampa. Dejo que imaginéis, reverendas madres, lo que hace con ellas cuando las coge en el agua. El Rey de las Aguas, al parecer, es un hombre formado de llamas: provoca los meteoros y las luces erráticas que extravían a los viajeros hacia las charcas y las ciénagas, y dirige el rayo hacia donde más daño puede causar. El último de estos demonios elementales se llama el Rey–Nube. Tiene la figura de un joven hermoso, y se distingue por sus dos grandes alas negras. Aunque exteriormente es encantador, no tiene mejor disposición que los demás. Está constantemente dedicado a provocar tormentas, arrancar bosques, derrumbar castillos y conventos y sepultar a sus habitantes. El primero tiene una hija que es reina de los elfos y las hadas. El segundo tiene una madre que es una poderosa hechicera. Ninguna de estas dos damas vale más que los señores. No recuerdo haber oído que se les atribuya familia alguna a los otros dos demonios, pero hasta ahora no tengo nada que ver con ninguno de ellos, salvo con el de las aguas, que es el héroe de mi balada; pero he creído necesario, antes de empezar, daros alguna idea de sus actuaciones... El joven dejó de cantar. Las monjas estaban fascinadas con la dulzura de su voz y su magistral forma de tocar el instrumento. Pero por muy aceptable que hubiera sido este aplauso en cualquier otra ocasión, ahora dejaba indiferente a Theodore. Su estratagema no había dado resultado. En vano guardó pausas entre una estrofa y otra: ninguna voz contestó a la suya; de modo que perdió toda esperanza de emular a Blondel. La campana del convento advirtió a las monjas de que era hora de acudir al refectorio. Tenían que marcharse de la reja; dieron las gracias al joven por la distracción que les había proporcionado su música, y le pidieron que volviese al día siguiente, cosa que prometió. Las monjas, para favorecer aún más su inclinación a mantener su palabra, le dijeron que podía confiar siempre en el convento para sus comidas, y cada una de ellas le hizo un pequeño regalo. Una le dio una caja de dulces; otra, un agnusdei; unas le trajeron reliquias de santos, imágenes de cera y crucifijos consagrados; y otras le ofrecieron piezas de labores en las que destacan las religiosas, como bordados, flores artificiales, encajes y trabajos de punto. Le aconsejaron que vendiese todas estas cosas a fin de procurarse alivio a su estado; y le aseguraron que le sería fácil enajenarlas, ya que los españoles estimaban mucho los trabajos de las monjas. Tras recibir todos estos regalos con aparente respeto y gratitud, contestó que, no teniendo ninguna cesta, no sabía cómo llevárselas. Varias de las monjas se apresuraron a buscarle una, pero se detuvieron al hacer su aparición una dama mayor, a la que Theodore no había visto hasta ahora: su semblante apacible y respetable actitud le predispusieron inmediatamente a su favor. —¡Ah! —dijo la portera—; ahí viene la madre Santa Úrsula con una cesta. La monja se acercó a la reja y le ofreció la cesta a Theodore: estaba hecha de mimbre, forrada de raso azul, y en los cuatro lados tenía pintadas escenas de la leyenda de Santa Genoveva. —Aquí está mi regalo —dijo, al tiempo que se la tendía—. No lo despreciéis, mi buen mancebo. Aunque su valor parece insignificante, posee muchas virtudes ocultas. Y acompañó sus palabras con una mirada significativa. No pasó desapercibida a Theodore: se acercó lo más posible a la reja para recibir el regalo. —¡Inés! —susurró ella en voz apenas perceptible. Theodore, sin embargo, lo captó. Supuso que la cesta ocultaba algún misterio, y su corazón latió de impaciencia y de gozo. En ese momento regresó la superiora. Tenía una expresión sombría y adusta, y parecía, si eso era posible, más severa que nunca. —Madre Santa Úrsula, desearía hablar con vos en privado. A la monja se le mudó el color, y se quedó visiblemente desconcertada. —¿Conmigo? —repitió con voz vacilante. La superiora le hizo seña de que la siguiera, y se retiró. La madre Santa Úrsula obedeció; poco después, la campana de la iglesia llamó al refectorio por segunda vez; las monjas abandonaron la reja, y Theodore quedó en libertad para llevarse su recompensa. Encantado de haber conseguido al fin alguna noticia para el marqués, voló, más que corrió, hasta que llegó al palacio de las Cisternas. A los pocos minutos se encontraba en el aposento, tratando de reconciliar a su amigo con una desventura que él mismo juzgaba demasiado severa. Theodore contó su aventura, y las esperanzas que el regalo de la madre Santa Úrsula había hecho renacer en él. El marqués se incorporó catapultado de su almohada: aquel fuego que parecía haberse apagado desde la muerte de Inés se reavivó en su pecho, y sus ojos centellearon con la ansiedad de la expectación. No parecieron menos inflamadas las emociones del semblante de Lorenzo, el cual aguardó con indecible impaciencia la explicación del misterio. Raimundo cogió la cesta de manos de su paje. Vació el contenido sobre la cama y lo examinó detenidamente. Esperaba encontrar una carta en el fondo, pero no vio nada semejante. Reanudó la búsqueda, pero sin mejor resultado. Finalmente, don Raimundo observó que uno de los ángulos del forro de raso azul estaba descosido; lo desgarró apresuradamente, y extrajo un trozo de papel, sin doblar ni sellar. Iba dirigido al marqués de las Cisternas, y decía lo siguiente: “Habiendo reconocido a vuestro paje, me atrevo a enviaros estas líneas. Obtened una orden del duque–cardenal para detener a mi persona y a la de la superiora. Pero procurad que no se lleve a efecto hasta el viernes por la noche. Es la festividad de Santa Clara: habrá una procesión de monjas con antorchas, y yo estaré entre ellas. Cuidad de no dar a conocer a nadie vuestra intención. Si una sola palabra despertase las sospechas de la superiora, no volveríais a saber más de mí. Sed precavido, si apreciáis la memoria de Inés y deseáis castigar a sus asesinos. Lo que tengo que decir os helará la sangre de horror.” Santa Úrsula Tan pronto como el marqués leyó la nota, se derrumbó de nuevo en la almohada, sin sentido. Había perdido la esperanza que hasta ahora había sostenido su existencia; estas líneas le convencieron de manera concluyente de que Inés ya no existía. Lorenzo encontró esta circunstancia menos rigurosa, ya que siempre había tenido la convicción de que su hermana había muerto de manera poco clara. Cuando vio por la carta de la madre Santa Úrsula que sus sospechas eran ciertas, dicha confirmación no suscitó en su pecho otro sentimiento que el deseo de castigar a los asesinos como se merecían. No fue empresa fácil hacer volver en sí al marqués. Tan pronto como recobró la palabra, prorrumpió en execraciones contra los que habían matado a su amada, y juró tomarse cumplida venganza. Siguió desvariando y atormentándose con impotente pasión, hasta que su organismo, debilitado por la aflicción y la enfermedad no pudo soportar más, y volvió a caer sin sentido. Su melancólica situación afectó sinceramente a Lorenzo, que de buena gana se habría quedado más tiempo en el aposento de su amigo. Pero otros cuidados requerían ahora su presencia. Era necesario conseguir la orden para detener a la priora de Santa Clara. A este propósito, después de dejar a Raimundo bajo los cuidados de los mejores médicos de Madrid, abandonó el palacio de las Cisternas y se encaminó hacia el palacio del duque–cardenal. Su desencanto fue enorme cuando averiguó que asuntos de estado habían obligado al cardenal a desplazarse a una provincia lejana. Faltaban sólo cinco días para el viernes. Sin embargo, viajando día y noche, esperaba estar de regreso a tiempo para la procesión de Santa Clara. Y lo consiguió: encontró al duque–cardenal, y presentó ante él la supuesta culpabilidad de la priora, como también los violentos efectos que había ocasionado en don Raimundo. No podía haber aducido argumento de más peso que este último. De todos sus sobrinos, el marqués era el único por el que el cardenal sentía un sincero afecto. Estaba completamente encariñado con él, y la priora no podía haber cometido mayor crimen ante sus ojos que el haber puesto en peligro la vida del marqués. Por consiguiente, concedió la orden de arresto sin dificultad. También entregó a Lorenzo una carta para un oficial muy principal de la Inquisición, expresándole su deseo de que se ejecutase su mandato. Provisto de estos documentos, Medina regresó apresuradamente a Madrid, adonde llegó el viernes, unas horas antes de anochecer. Encontró al marqués algo más recuperado, pero tan débil y agotado que no podía hablar sino con gran dificultad y esfuerzo. Después de pasar una hora junto a su lecho, Lorenzo le dejó ir a comunicar su propósito a su tío, y también a entregar la carta del cardenal a don Ramírez de Mello. Éste se quedó petrificado de horror al enterarse del fin de su desventurada sobrina. Animó a Lorenzo a castigar a sus asesinos y se comprometió a acompañarle esa noche al convento de Santa Clara. Don Ramírez prometió su más firme apoyo, y eligió un grupo de arqueros de confianza para evitar toda oposición por parte del populacho. Pero mientras Lorenzo estaba deseoso de desenmascarar a una religiosa hipócrita, ignoraba el dolor que otro le preparaba a él. Ayudado por los infernales agentes de Matilde, Ambrosio había decidido la ruina de la inocente Antonia. Le había llegado a ésta el momento fatal. Había ido a despedirse de su madre, antes de retirarse a dormir. Al besarla, un inusitado desaliento inundó su pecho. Se marchó, pero luego regresó inmediatamente, se arrojó a sus brazos y bañó sus mejillas con sus lágrimas. Se sentía desasosegada; un secreto presentimiento le decía que no volverían a verse más. Elvira lo observó, y trató de quitarle, bromeando, sus infantiles aprensiones. La reprendió con dulzura por abrigar tan infundados presagios, y la advirtió de lo peligroso que era alentar tales ideas. Por toda respuesta a estas reconvenciones, exclamó Antonia: —¡Madre! ¡Mi querida madre! ¡Oh, pluguiera a Dios que fuese ya por la mañana! Elvira, cuya preocupación por su hija era un gran obstáculo para su total restablecimiento, se hallaba aún bajo los efectos de su reciente enfermedad. Esta noche se sentía más indispuesta de lo habitual, y se había acostado antes de la hora acostumbrada. Antonia se retiró de la alcoba de su madre con pesar; y hasta el instante de cerrar la puerta, mantuvo los ojos fijos en ella con expresión melancólica. Se encerró en su propio aposento. Sentía el corazón lleno de amargura. Le parecía que habían naufragado todas sus esperanzas de futuro, y que el mundo no contenía nada por lo que valiese la pena vivir. Se dejó caer en una silla, reclinó la cabeza sobre el brazo, y se quedó contemplando el suelo con mirada vacía, mientras las imágenes más sombrías flotaban ante su imaginación. Se encontraba aún en este estado de insensibilidad, cuando la volvió en sí una dulce melodía que sonó debajo de su ventana. Se levantó, se acercó y la abrió para oírla con más claridad. Tras colocarse el velo sobre el rostro, se aventuró a asomarse. A la luz de la luna vio a varios hombres con laúdes y guitarras. A cierta distancia de ellos había otra figura envuelta en su capa, cuya estatura y aspecto guardaban gran parecido con las de Lorenzo. No se equivocaba. En efecto, era el propio Lorenzo, el cual, obligado por su palabra a no presentarse delante de Antonia sin el consentimiento de su tío, le brindaba esta serenata para convencer a su amada de que aún sentía el mismo afecto por ella. Su estratagema no obtuvo el efecto deseado. Antonia estaba lejos de suponer que esta música nocturna tuviera por objeto agasajarla: era demasiado modesta para considerarse merecedora de tales atenciones, y creyendo que debía ir dirigida a alguna dama vecina, se sintió apenada de ver que era Lorenzo quien la ofrecía.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR