Cesó la música. Se alejaron los cantores, y volvió a reinar el silencio en
toda la calle. Antonia abandonó la ventana con pesar. Como era su costumbre,
invocó la protección de Santa Rosalía, rezó sus habituales oraciones y se
acostó. No tardó en vencerla el sueño, y su presencia se libró de los terrores de
la inquietud.
Eran casi las dos, cuando el lujurioso monje dirigió sus pasos hacia la
morada de Antonia. Ya se ha dicho que la abadía estaba a no mucha distancia
de la calle de Santiago. Llegó al portal sin ser visto. Se detuvo aquí, y vaciló
un momento. Pensó en la enormidad de su crimen; las consecuencias, en caso
de ser descubierto, y la probabilidad, después, de que Elvira sospechase que
había sido él el violador de su hija. Sin embargo, pensó, no podría pasar de la
mera sospecha, no podría aportar ninguna prueba de su culpabilidad, y le sería
imposible alegar que se hubiese cometido violación sin que Antonia supiese
cuándo, dónde y por quién; finalmente, juzgaba su fama demasiado
sólidamente cimentada para que la sacudiesen las infundadas acusaciones de
dos desconocidos. Este último argumento era completamente falso: ignoraba
lo inseguro que es el aire del aplauso popular, y que basta un instante para que
se gane el odio del mundo del que ayer era su ídolo. El resultado de las
deliberaciones del monje fue proseguir en su empresa. Subió la escalera que
conducía a la casa. Tan pronto como tocó la puerta con el mirto de plata, se
abrió de par en par y le ofreció libre acceso. Entró, y la puerta se cerró tras él
por sí misma.
Guiado por la luz de la luna, siguió escalera arriba con paso lento y
precavido. Miraba en torno suyo a cada momento con aprensión y ansiedad.
Veía un espía en cada sombra y oía una voz en cada murmullo de la brisa. La
conciencia del culpable negocio que le traía le paralizaba el corazón y se lo
volvía más tímido que el de una mujer. Sin embargo, siguió adelante. Llegó a
la cámara de Antonia. Se detuvo, y escuchó. Todo estaba tranquilo en el
interior. El silencio le convenció de que su presunta víctima se había retirado a descansar, de modo que se aventuró a levantar el pestillo. Estaba echado el
cerrojo, y la puerta resistió. Pero tan pronto como la tocó con el talismán, se
descorrió el cerrojo. El violador cruzó el umbral, y se encontró en la cámara
donde dormía la inocente muchacha, ignorante de que un peligroso visitante se
acercaba a su lecho. Se cerró la puerta tras él, y la cerradura volvió a su
posición anterior.
Ambrosio avanzó con precaución. Procuró que no crujiese la madera bajo
sus pasos, y contuvo el aliento al acercarse a la cama. Su primera atención se
concentró en ejecutar la ceremonia mágica tal como Matilde le había instruido.
Sopló tres veces sobre el mirto de plata, pronunció sobre él el nombre de
Antonia, y lo depositó sobre su almohada. Los efectos que ya había producido
no le permitían dudar de su éxito en prolongar el sueño de su adorada. No bien
hubo ejecutado el encantamiento, la consideró absolutamente en su poder, y
sus ojos brillaron de impaciencia y lujuria. Ahora se aventuró a echar una
mirada a la belleza dormida. Una simple lámpara que ardía ante la imagen de
Santa Rosalía difundía una débil luz por la habitación, y le permitía
contemplar los encantos de la adorable criatura que tenía ante sí. El calor de la
época la había obligado a apartar parcialmente la sábana. La mano insolente
de Ambrosio se apresuró a retirarla del todo. Dormía con la mejilla apoyada
sobre un brazo de marfil. El otro descansaba sobre el borde de la cama con
encantador abandono. Unos cuantos bucles de sus cabellos se habían escapado
de debajo de la muselina que sujetaba los demás, y caían descuidadamente
sobre su pecho, que se alzaba con su lenta y regular respiración. El calor del
ambiente había encendido sus mejillas más de lo corriente. Una sonrisa de
inefable dulzura jugaba en sus labios perfectos y coralinos, de los que
escapaba de vez en cuando algún dulce suspiro o alguna frase pronunciada a
medias. Un aire de encantadora inocencia y candor irradiaba de toda su forma;
y había una especie de pudor en su misma desnudez que añadía un incentivo
más a los deseos del lujurioso monje.
Permaneció unos momentos devorando con los ojos aquellos encantos que
no tardarían en quedar sometidos a sus desordenadas pasiones. Su boca
entreabierta parecía solicitar un beso. Se inclinó sobre ella, pegó sus labios a
los de Antonia, y aspiró extasiado la fragancia de su aliento. Este placer
momentáneo aumentó sus ansias frenéticas, por las que se mueven los brutos.
Decidió no demorar un instante más el cumplimiento de sus deseos, y
procedió a arrancarle aquellas ropas que impedían la satisfacción de su lujuria.
—¡Dios misericordioso! —exclamó una voz detrás de él—. ¿Me
engañarán mis sentidos? ¿No es esto una ilusión?
El terror, la confusión y el desencanto acompañaron a estas palabras al
herir los oídos de Ambrosio. Se sobresaltó éste, y se volvió instantáneamente.
Elvira estaba en la puerta de la cámara, y miraba al monje con expresión de estupor y abominación.
Una espantosa pesadilla le había representado a Antonia al borde de un
precipicio. La vio temblar en el mismísimo ángulo: a cada instante parecía que
iba a precipitarse, y la oía llamarla a gritos: «¡Salvadme, madre! ¡Salvadme...!
¡Dentro de un instante será demasiado tarde!». Elvira se despertó aterrada. La
visión le había causado tal impresión que no podría descansar hasta asegurarse
de que su hija estaba a salvo. Se levantó apresuradamente, se echó encima un
salto de cama, cruzó el cuarto donde dormía la criada, y entró en la alcoba de
Antonia justo a tiempo de rescatarla de las garras del violador.
La vergüenza de éste y el asombro de ella parecieron convertirles en
estatuas a los dos: Elvira y el monje se quedaron mirándose el uno al otro en
silencio. La dama fue la primera en recobrarse.
—¡No es un sueño! —exclamó—. ¡Es realmente Ambrosio a quien tengo
delante de mí! ¡Es el hombre a quien Madrid estima como un santo al que
descubro a estas horas de la noche junto al lecho de mi desventurada criatura!
¡Monstruo de hipocresía! Ya sospechaba yo vuestros propósitos, aunque me
abstuve de acusaros por compasión a la fragilidad humana. El silencio ahora
sería criminal: la ciudad entera conocerá vuestra incontinencia. Os
desenmascararé, villano, y convenceré a la iglesia de qué clase de víbora
cobija en su pecho.
Pálido y demudado, el culpable temblaba ante ella. Con toda el alma habría
deseado atenuar su delito, pero no encontraba disculpa a su comportamiento.
No consiguió pronunciar más que frases incoherentes y excusas
contradictorias. Elvira estaba demasiado furiosa para concederle el perdón que
él solicitaba. Declaró que llamaría al vecindario, y le mostraría como ejemplo
de todos los futuros hipócritas. Luego, corriendo a la cama, trató de despertar a
Antonia; y viendo que sus voces no tenían respuesta, la cogió del brazo y la
levantó de la almohada. El hechizo era demasiado poderoso. Antonia siguió
insensible, y al soltarla su madre, cayó de nuevo en la almohada.
—¡Este sueño no puede ser natural! —exclamó la asombrada Elvira, cuya
indignación aumentaba por momentos—.
Aquí se oculta algún misterio. ¡Pero temblad, hipócrita; todas vuestras
villanías serán desveladas muy pronto! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó—. ¡Aquí!
¡Flora! ¡Flora!
—¡Escuchadme un momento, señora! —exclamó el monje, recobrándose
ante la inminencia del peligro—. ¡Por todo cuanto es santo y sagrado, os juro
que el honor de vuestra hija no ha sido violado! ¡Perdonad mi trasgresión!
Ahorradme la vergüenza de ser descubierto, y permitidme que regrese a la
abadía sin problemas. ¡Os pido por compasión que me concedáis lo que os suplico! Os prometo no sólo que Antonia se verá libre de mí en el futuro, sino
que el resto, de mi vida demostrará...
Elvira le interrumpió bruscamente:
—¿Que Antonia se verá libre de vos? ¡Yo seré la que la libere! ¡No
volveréis a traicionar la confianza de los padres! ¡Vuestra iniquidad quedará
desvelada ante los ojos de la gente! Todo Madrid se estremecerá ante vuestra
perfidia, vuestra hipocresía e incontinencia. ¡Eh! ¡Aquí! ¡Flora! ¡Flora!
¡Venid!
Mientras ella gritaba de este modo, el recuerdo de Inés le vino de repente a
la memoria. Así le había suplicado ella misericordia, ¡y del mismo modo había
rechazado él sus ruegos! Ahora le tocaba sufrir a él, y no podía por menos de
reconocer que el castigo era justo. Entretanto, Elvira seguía llamando a Flora
en su auxilio; pero le salía la voz tan estrangulada por la pasión que la criada,
sumida en un profundo sueño, seguía insensible a sus llamadas. Elvira no se
atrevía a ir al cuarto donde Flora dormía, no fuese que el monje aprovechase la
ocasión para escapar. Ésta era, efectivamente, su intención. Él confiaba en que,
si lograba llegar a la abadía sin ser visto por nadie más que por Elvira, el solo
testimonio de ésta sería insuficiente para arruinar su reputación, dado el
prestigio que tenía en Madrid. Con esta idea recogió todas las ropas que ya se
había quitado y corrió hacia la puerta. Elvira se dio cuenta de su intención. Le
siguió, y antes de que pudiese descorrer el cerrojo, le cogió por el brazo y le
detuvo.
—¡No intentéis huir! —dijo—. No saldréis de esta habitación sin testigos
de vuestro delito.
Ambrosio pugnó en vano por desasirse. Elvira no soltó su presa, sino que
redobló sus gritos de socorro. El peligro del fraile se hacía cada vez más
inminente. Esperaba oír acudir a la gente de un momento a otro; así que,
enloquecido ante la proximidad de su ruina, adoptó una resolución
desesperada y salvaje. Se volvió súbitamente, agarró a Elvira por el cuello con
una mano, a fin de evitar que continuase gritando, y con la otra, arrojándola
violentamente al suelo, la arrastró hacia la cama. Ofuscada ante este
inesperado ataque, no tuvo fuerzas para librarse de su mano. Entretanto, el
monje cogió la almohada de debajo de la cabeza de la hija, cubrió con ella la
cara de Elvira, y apretándole el estómago con la rodilla con todas sus fuerzas,
trató de acabar con su vida. Y lo consiguió plenamente. Con su fuerza
aumentada por la angustia excesiva, la víctima forcejeó cuanto pudo por
librarse, pero en vano. El monje siguió con la rodilla sobre su pecho, y
presenció sin misericordia los convulsivos estremecimientos de los miembros
que tenía debajo y soportó con firmeza inhumana el espectáculo de su agonía,
cuando el cuerpo y el alma estaban a punto de separarse. Finalmente, concluyó toda resistencia. Elvira dejó de luchar por su vida. El monje soltó la almohada
y se quedó mirándola. Vio que su cara había adquirido una negrura espantosa.
Sus miembros habían dejado de agitarse. La sangre se enfriaba ya en sus
venas, el corazón había olvidado sus latidos, y sus manos estaban rígidas y sin
vida. Ambrosio contempló ante sí aquella forma, antes noble y majestuosa,
convertida ahora en un cadáver frío, insensible y repugnante.
No bien hubo perpetrado esta acción horrible, se dio cuenta de la
enormidad de su crimen. Un frío sudor le bañó todos los miembros. Cerró los
ojos; se dirigió tambaleante hacia una silla y se dejó caer en ella casi sin
fuerzas, como la desdichada que yacía a sus pies. La necesidad de huir y el
peligro de que le descubriesen en el aposento de Antonia le sacaron de este
estado. No sintió deseos de sacar provecho de este crimen. Antonia le parecía
ahora un objeto desagradable. Un frío mortal ocupaba el lugar de aquel ardor
que había inflamado su pecho. En su espíritu no bullían otras ideas que las de
la muerte y la culpa, la vergüenza presente y el futuro castigo. Acuciado por el
remordimiento y el miedo, se dispuso a huir. Sin embargo, sus terrores no le
dominaron tan completamente como para dejar de tomar las necesarias
precauciones para su seguridad. Volvió a colocar la almohada en la cama,
recogió sus ropas, y con el fatídico talismán en la mano, se dirigió con paso
inseguro hacia la puerta. Trastornado por el miedo, imaginó que una legión de
fantasmas se oponía a su huida. Allí hacia donde se volvía, el desfigurado
cadáver parecía cortarle el camino, y tardó bastante en llegar a la puerta. El
mirto encantado produjo su anterior efecto: se abrió la puerta, y echó a correr
escalera abajo. Llegó a la abadía sin ser visto; y tras encerrarse en su celda,
abandonó su alma a las torturas de los vanos remordimientos y al terror de que
le descubriesen.