Capitulo 25

2556 Palabras
Ambrosio se estremeció de sí mismo cuando consideró sus rápidos progresos en la iniquidad. El enorme crimen que acababa de cometer le llenaba de verdadero horror. La imagen de Elvira asesinada estaba constantemente ante sus ojos, y ya pagaba su culpa con las agonías de su conciencia. El tiempo, sin embargo, debilitó estas impresiones. Pasó un día, y otro, sin que las sospechas recayesen sobre él. La impunidad le reconcilió con su culpa; empezó a recobrar el ánimo. Y a medida que se disipaba el temor de que le descubriesen, prestaba menos atención a los reproches del remordimiento. Matilde se esforzó en apaciguar sus inquietudes. Al enterarse de la muerte de Elvira, pareció afectarse profundamente y lamentó, junto con el monje, la desdichada catástrofe de su aventura. Pero en cuanto vio que su agitación se había apaciguado algo, y que se hallaba más dispuesto a escuchar sus argumentos, pasó a hablarle de su delito en los términos más suaves, y a convencerle de que no era tan culpable como él parecía considerarse. Le explicó que lo único que había hecho era hacer valer los derechos que la naturaleza otorga a cada uno, que son los de la autoconservación. Que podía haber perecido tanto Elvira como él, y que la inflexibilidad de ella y su decisión de arruinarle la habían señalado merecidamente como víctima. Después declaró que, como antes se había hecho sospechoso ante los ojos de Elvira, era una suerte que la muerte le hubiera sellado los labios, puesto que sin este último desenlace, sus sospechas se habrían divulgado, produciendo consecuencias muy desagradables. De modo que se había librado de un enemigo para quien los errores de su conducta se habían hecho tan manifiestos como para hacerle peligroso, y el cual era el más grande obstáculo en sus designios sobre Antonia. Designios que Matilde le animó a no abandonar. Pues le aseguró que sin la protección de la mirada vigilante de su madre, la hija sería una conquista fácil; y alabando y enumerando los encantos de Antonia, se esforzó en reavivar los deseos del monje; esfuerzo que consiguió sobradamente. Como si los crímenes a que su pasión le había empujado hubiesen aumentado su violencia, anheló con más avidez que nunca gozar de Antonia. Del mismo modo que había logrado ocultar su presente culpabilidad, esperaba ocultar la próxima. Se mantuvo sordo a los susurros de la conciencia, y decidió satisfacer sus deseos a cualquier precio. Sólo esperaba la ocasión de repetir su anterior intento. Pero ahora era imposible que el mismo medio le proporcionase dicha ocasión. En los primeros arrebatos de desesperación había roto en mil pedazos el mirto encantado. Matilde le dijo con toda claridad que no esperase nueva ayuda de los poderes infernales, a menos que estuviese dispuesto a suscribir las condiciones estipuladas. Ambrosio se mostraba decidido a no dar semejante paso. Estaba convencido de que, por grande que fuera su iniquidad, mientras conservase su derecho a la salvación, no tenía por qué desesperar de conseguir el perdón. Así que se negó decididamente a adquirir ninguna clase de compromiso o pacto con los espíritus malignos; y Matilde, viéndole tan porfiado en este aspecto, se abstuvo de insistirle más y se puso a darle vueltas a su imaginación para descubrir algún medio de poner a Antonia en manos del abad. Y no transcurrió mucho tiempo, cuando se presentó dicho medio. Mientras se maquinaba de este modo su ruina, la desventurada joven sufría dolorosamente la pérdida de su madre. Cada mañana, al despertar, su primer cuidado había sido acudir a la cámara de Elvira. La mañana siguiente a la fatal visita de Ambrosio, se despertó más tarde de lo acostumbrado. Se dio cuenta de esto al oír las campanas de la abadía. Se levantó de la cama, se echó encima algún vestido, e iba a correr apresuradamente a preguntarle a su madre cómo había pasado la noche, cuando su pie tropezó con algo que le obstruía el paso. Lo miró. ¡Cuál no fue su horror al reconocer el lívido cadáver de Elvira! Profirió un grito desgarrado, y se arrojó al suelo. Estrechó la forma inanimada contra su pecho, la sintió fría, y con un impulso, de repugnancia que no consiguió reprimir, la dejó caer nuevamente. El grito había alarmado a Flora, que acudió en su ayuda. El espectáculo que presenció la traspasó de horror; pero sus gritos de auxilio fueron más audibles que los de Antonia. Hizo vibrar la casa con sus lamentos, en tanto su ama, casi ahogada por el dolor, no manifestaba su desventura más que con sollozos y gemidos. Los alaridos de Flora llegaron inmediatamente a oídos de la dueña, cuyo terror y sorpresa fueron indescriptibles al saber la causa del alboroto. Fue mandado llamar inmediatamente un médico; pero en cuanto vio el cadáver declaró que la recuperación de Elvira estaba más allá de las posibilidades de su arte. Así que procedió a prestar asistencia a Antonia, la cual en ese momento estaba verdaderamente necesitada de ella. La trasladaron a la cama, mientras que la propietaria se ocupaba de impartir las órdenes necesarias para el entierro de Elvira. Doña Jacinta era una mujer afable, caritativa, generosa y devota, aunque de pocas luces, y esclava miserable del miedo y la superstición. Le horrorizaba la idea de pasar la noche en la casa con un cadáver. Estaba segura de que se le aparecería el espectro de Elvira, y no menos convencida de que tal visita la mataría del susto. Tal convicción la decidió a pasar la noche en casa de una vecina e insistir en que se celebrase el funeral al día siguiente. Como el cementerio más cercano era el de Santa Clara, se decidió que Elvira fuese enterrada en él. Doña Jacinta se comprometió a sufragar todos los gastos del entierro. No sabía en qué situación quedaba Antonia, pero según la economía en que había vivido la familia, consideraba que no le vendría mal. Por consiguiente, abrigaba muy poca esperanza de recobrar dicho dinero alguna vez. Esta consideración, sin embargo, no le impidió cuidar de que el entierro se llevase a efecto con decencia, y mostrar por la desventurada Antonia todo el respeto posible. Nadie muere de pesar. Ejemplo de esto fue Antonia. Ayudada por su organismo joven y sano, eliminó la postración en que la muerte de su madre la había sumido. Pero no fue tan fácil eliminar la postración del espíritu. Sus ojos estaban constantemente llenos de lágrimas. Cualquier pequeñez la afectaba y, evidentemente, alimentaba en su pecho una profunda y arraigada melancolía. La más leve mención de Elvira, la más trivial circunstancia que le recordase a su adorada madre, bastaban para provocarle una grave agitación. ¡Cuánto más habría sufrido, de haber sabido las agonías con que terminó su existencia! Pero de esto nadie tenía la más ligera sospecha. Elvira sufría fuertes convulsiones. Supusieron que, al sentir que le iban a acometer otra vez, se había esforzado en llegar a la cámara de su hija con la esperanza de que la asistiese; que sufrió un súbito ataque, demasiado violento para su ya debilitada salud, y que había expirado antes de darle tiempo a tomar la medicina que generalmente la aliviaba, y que se hallaba en un anaquel de la habitación de Antonia. Tal explicación fue firmemente creída por las pocas personas que se interesaban por Elvira. Su muerte se consideró un hecho natural, y no tardaron en olvidarlo todos, salvo la persona que tenía demasiados motivos para lamentar su pérdida. Verdaderamente, la situación de Antonia era bastante embarazosa y desagradable. Se encontraba sola en medio de una ciudad cara y disipada. Estaba mal provista de dinero, y peor de amigos. Su tía Leonela se encontraba todavía en Córdoba y no sabía su dirección. No había tenido noticias del marqués de las Cisternas; por lo que se refería a Lorenzo, hacía tiempo que había abandonado la idea de que poseyera ningún interés por ella. No sabía a quién dirigirse en su presente dilema. Quería consultar a Ambrosio. Pero recordaba las instrucciones de su madre de evitar su trato en lo posible, y la última conversación que tuvieron las dos sobre este tema le dio a entender suficientemente sus intenciones, a fin de que estuviese en guardia contra él en el futuro. Sin embargo, todas las advertencias de su madre no podían hacerle cambiar su buena opinión del fraile. Seguía pensando que esta amistad y relación eran imprescindibles para su dicha. Consideraba sus flaquezas con ojos, imparciales, y no podía convencerse de que hubiese intentado realmente su ruina. Sin embargo, Elvira le había ordenado enérgicamente que dejase de tratarle, y ella tenía demasiado respeto por su madre para desobedecerla. Por último, resolvió dirigirse al marqués de las Cisternas para pedirle consejo y amparo, dado que era su pariente más próximo. Le escribió, informándole brevemente de su desolada situación; le suplicaba que se apiadase de la hija de su hermano, que le siguiese pasando a ella la pensión de Elvira y le autorizase para retirarse al viejo castillo que él poseía en Murcia, el cual había sido su refugio hasta ahora. Después de lacrar la carta, se la dio a la fiel Flora, que inmediatamente salió a ejecutar la comisión. Pero Antonia había nacido bajo el signo de una mala estrella. De haber recurrido al marqués tan sólo un día antes, acogida como sobrina y colocada a la cabeza de su familia, habría escapado a todas las desventuras que ahora la amenazaban. Raimundo siempre había tenido idea de hacerlo así, pero su esperanza, primero, de hacerle la proposición a Elvira a través de los labios de Inés, y después, su desencanto ante la pérdida de la prometida esposa, así como la grave enfermedad que durante algún tiempo le había tenido confinado en la cama, le obligaron a diferir de día en día el dar asilo en su casa a la viuda de su hermano. Había encargado a Lorenzo que la proveyese de dinero en abundancia. Pero Elvira, poco deseosa de contraer obligaciones con este noble, le había asegurado que ella no tenía necesidad inmediata de ayuda pecuniaria. Por tanto, el marqués no imaginaba que una pequeña demora por su parte pudiese originar ninguna dificultad; y el pesar y la agitación de su espíritu podían muy bien excusar su descuido. De haber sido informado de que la muerte de Elvira había dejado a su hija desamparada y sin amigos, habría tomado medidas, evidentemente, que la hubiesen protegido contra todo peligro. Pero no estaba destinada Antonia a tener tanta suerte. El día que ella envió su carta al palacio de las Cisternas, fue el día siguiente de marcharse Lorenzo de Madrid. El marqués se encontraba en los primeros paroxismos de la desesperación, convencido de que, efectivamente, Inés no existía ya. Deliraba, y dado que su vida corría peligro, no permitían que se le acercase nadie. A Flora se le notificó que era incapaz de atender a carta ninguna, y que probablemente se decidiría su destino en cuestión de horas. Con tan poco satisfactoria respuesta, se vio obligada a regresar con su señora, que ahora se hallaba sumida en más grandes dificultades que nunca. Flora y doña Jacinta se esforzaron en consolarla. La segunda le rogó que no se preocupara, que podía seguir viviendo en su casa cuanto desease, que ella la trataría como a su propia hija. Antonia, viendo que la buena mujer le había cobrado verdadero afecto, se sintió algo más tranquilizada, pensando que al menos tenía a una amiga en el mundo. Recibió entonces una carta, dirigida a Elvira. Reconoció la letra de Leonela; y al abrirla gozosa, encontró la detallada relación de las aventuras de su tía en Córdoba. Informaba a su hermana que había recobrado su legado, había perdido su corazón, y había recibido a cambio el del más amable de los boticarios, pasados, presentes y futuros. Añadió que estaría en Madrid el martes por la noche, y que tenía intención de presentar a su caro esposo en persona. Aunque su matrimonio estaba lejos de complacer a Antonia, el pronto regreso de Leonela produjo gran alegría en su sobrina. Se animó al pensar que una vez más estaría bajo el cuidado de una pariente. No podía por menos de pensar que era enormemente impropio que una joven viviese entre absolutos desconocidos, sin nadie que regulase su conducta o la protegiese de las ofensas a las que su desamparada condición la exponía. Así que esperó con impaciencia el martes por la noche. Y llegó el día. Antonia escuchaba ansiosa los carruajes que pasaban por la calle. Ninguno se detenía, y comenzaba a hacerse tarde sin que apareciese Leonela. No obstante, Antonia decidió seguir levantada hasta que llegase su tía, y a pesar de todas las protestas de doña Jacinta y de Flora, insistió en velar. Las horas transcurrieron lentas y tediosas.: La marcha de Lorenzo había puesto fin a sus serenatas. Antonia esperó en vano oír el habitual sonido de las guitarras bajo su ventana. Cogió la suya, y tocó algunos acordes. Pero la música, esa noche, había perdido todo encanto para ella, y no tardó en volver a dejar el instrumento en su estuche. Se sentó ante el bastidor, pero nada le salía bien. Le faltaban sedas, se rompía el hilo a cada momento, y las agujas eran tan hábiles en equivocarse, que parecían tener vida propia. Por último, cayó una gota de cera del cirio que tenía cerca sobre su guirnalda de violetas favorita. Esto la desalentó completamente. Dejó la aguja y abandonó el bordado. Estaba visto que nada era capaz de distraerla. Se sentía presa del aburrimiento, y se dedicó a hacer votos por que llegase su tía. Estaba paseando arriba y abajo con indiferencia por la habitación, cuando sus ojos se fijaron casualmente en la puerta que daba acceso a la habitación que había sido de su madre. Recordó que la pequeña biblioteca de Elvira seguía allí, y pensó que tal vez podría encontrar algún libro que la distrajese hasta que llegara Leonela. Así que cogió la palmatoria de la mesa, cruzó el cuarto pequeño y entró al aposento contiguo. Al mirar en torno suyo, los objetos de la habitación le evocaron mil pensamientos dolorosos. El silencio total que reinaba en toda la cámara, la cama despojada de sus sábanas, la fría chimenea en la que había una lámpara apagada y unas cuantas plantas medio secas en la ventana, olvidadas desde la muerte de Elvira, inspiraron a Antonia un melancólico temor. La oscuridad de la noche daba más fuerza a esta sensación. Colocó la luz sobre la mesa y se hundió en una gran butaca, en la que había visto a su madre sentada miles de veces. ¡Ya no la vería allí otra vez! Sin quererlo, las lágrimas inundaron sus mejillas, y se abandonó a una tristeza que se fue haciendo más profunda a cada instante. Avergonzada de su debilidad, se levantó por último de su asiento. Se puso a buscar lo que la había traído a este escenario melancólico. La pequeña colección de libros estaba ordenada en varios estantes. Antonia los examinó sin encontrar nada interesante. Echó mano a un volumen de viejos poemas españoles. Leyó unas cuantas estrofas que despertaron su curiosidad. Cogió el libro, y se sentó a hojearlo con más detenimiento. Despabiló el cirio, que se estaba casi terminando, y leyó la siguiente balada:
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