La lectura de esta historia no disipó precisamente la tristeza de Antonia.
Poseía una fuerte inclinación hacia lo maravilloso; y su nodriza, que creía
firmemente en las apariciones, le había contado de pequeña tantas y tan
horribles aventuras de esta naturaleza que todos los intentos de Elvira por
extirpar del espíritu de su hija sus impresiones habían resultado inútiles.
Antonia aún abrigaba un prejuicio supersticioso en su pecho: a menudo sufría
terrores que, cuando descubría su causa natural e insignificante, la hacían
ruborizarse por su propia debilidad. Con tal disposición de ánimo, la aventura
que acababa de leer bastó para alarmar sus aprensiones. A ello contribuían
también la hora y la atmósfera del aposento. Era una hora avanzada de la
noche; estaba sola en la cámara que un día ocupara su difunta madre. El
tiempo era frío y tormentoso: el viento aullaba alrededor de la casa, las puertas
retemblaban en sus marcos, y la pesada lluvia golpeaba las ventanas. No se oía
ningún otro ruido. La vela, que ahora se había derretido hasta el agujero de la
palmatoria, elevaba a veces una llama inusitada que iluminaba toda la habitación, para menguar seguidamente casi hasta extinguirse. El corazón de
Antonia latía con violencia. Sus ojos vagaron temerosos entre los objetos que
la rodeaban cuando la llama los iluminaba de manera intermitente. Trató de
levantarse de su asiento, pero le temblaban las piernas con tanta violencia que
fue incapaz de enderezarse. Entonces llamó a Flora, que estaba en una
habitación vecina; pero el nerviosismo le ahogó la voz, y su grito se convirtió
en un murmullo cavernoso.
Pasó unos minutos en esta situación, después de los cuales comenzaron a
disipársele los terrores. Se esforzó en recuperarse y hacer el suficiente acopio
de fuerza para abandonar la habitación. De súbito, le pareció oír como un leve
suspiro cerca de ella. Esta impresión le hizo volver a su anterior flojedad. Ya
se había levantado de la butaca, y estaba a punto de coger la palmatoria de la
mesa. El imaginario ruido la detuvo. Retiró la mano, y se apoyó en el respaldo
de la butaca. Escuchó con ansiedad, pero no oyó nada más.
«¡Dios mío! —se dijo a sí misma—. ¿Qué ha podido ser ese ruido? ¿Me
habré equivocado, o lo habré oído en realidad?»
Sus reflexiones fueron interrumpidas por otro ruido en la puerta, apenas
audible. Parecía como si alguien susurrara. La alarma de Antonia aumentó. Sin
embargo, sabía que estaba pasado el cerrojo, y esta idea la tranquilizó en cierto
modo. Luego, se levantó el pestillo suavemente, y la puerta se movió despacio
adelante y atrás. El excesivo terror confirió ahora a Antonia esa fuerza de la
que hasta ahora había estado privada. Echó a correr, y se dirigió hacia la
puerta del cuarto pequeño, de donde llegaría fácilmente a la cámara donde
esperaba encontrar a Flora y a doña Jacinta. Apenas hubo llegado al centro de
la estancia, cuando se levantó el pestillo por segunda vez. Un impulso
involuntario la obligó a volver la cabeza. Lenta, gradualmente, la puerta giró
sobre sus goznes, y de pie, en el umbral, descubrió una figura alta y flaca,
envuelta en un blanco sudario que la cubría de la cabeza a los pies.
Esta visión le paralizó las piernas. Se quedó petrificada en el centro del
aposento. La desconocida figura, con paso medido y solemne, se acercó a la
mesa. Al acercarse, la vela medio apagada elevó una llama melancólica y azul.
Sobre la mesa había un pequeño reloj; alzó su brazo derecho, y señaló la hora,
al tiempo que miraba gravemente a Antonia, que aguardaba inmóvil y en
silencio la conclusión de esta escena.
La figura permaneció en esta actitud unos segundos. El reloj dio la hora. Y
cuando hubo cesado el ruido, dio unos pasos hacia Antonia.
—Dentro de tres días —dijo una voz débil, cavernosa, sepulcral—, dentro
de tres días nos veremos otra vez.
Antonia se estremeció ante estas palabras.
—¿Nos veremos otra vez? —profirió al fin, con dificultad—. ¿Dónde nos
veremos? ¿A quién veré otra vez?
La figura señaló el suelo con una mano, y con la otra, alzó el lienzo que
cubría su rostro.
—¡Dios todopoderoso! ¡Mi madre! —gritó Antonia, y se derrumbó en el
suelo sin sentido.
Doña Jacinta, que se hallaba trabajando en una habitación vecina, se
alarmó al oír el grito. Flora acababa de bajar a traer aceite para la lámpara
junto a la cual estaban sentadas las dos. Así que Jacinta echó a correr sola en
auxilio de Antonia, y no fue pequeño su asombro al encontrarla sin sentido.
Luego procedió a mojarle las sienes, calentarle las manos, y recurrió a todos
los medios posibles para que volviese en sí. Lo consiguió con alguna
dificultad. Antonia se recobró, y miró a su alrededor con ojos extraviados.
—¿Dónde está? —exclamó con voz temblorosa—. ¿Se ha ido? ¿Estoy a
salvo? ¡Habladme! ¡Ayudadme! ¡Oh, habladme, por amor de Dios!
—¿A salvo de quién, criatura? —replicó asombrada Jacinta—. ¿Qué os
alarma? ¿De quién tenéis miedo?
—¡Dentro de tres días! ¡Me ha dicho que nos veremos dentro de tres días!
¡Se lo he oído decir! ¡Y lo he visto, Jacinta, lo he visto hace un momento!
Se arrojó sobre el pecho de Jacinta.
—¿Que lo habéis visto? ¿A quién?
—¡Al fantasma de mi madre!
—¡Jesucristo! —exclamó Jacinta y, poniéndose de pie, dejó caer a Antonia
en la almohada y salió consternada de la habitación.
Cuando bajaba precipitadamente, se encontró con Flora que subía.
—Id a ver a vuestra ama, Flora —dijo—. ¡Aquí ocurren cosas raras! ¡Oh!
¡Soy la mujer más desgraciada de este mundo! Tengo la casa llena de
fantasmas, cadáveres y sabe Dios qué más. Sin embargo, estoy segura de que a
nadie le gustan tales compañías menos que a mí. Pero id a ver a doña Antonia,
Flora, yo tengo cosas que hacer.
Dicho esto, siguió camino de la puerta de la calle, la abrió y, sin
entretenerse en colocarse el velo, se dirigió a la abadía de los capuchinos.
Entretanto, Flora subió corriendo a la cámara de su señora, igualmente
sorprendida y alarmada ante la consternación de Jacinta. Encontró a Antonia
tendida en la cama, sin conocimiento. Utilizó los mismos medios que Jacinta
para hacerla volver en sí. Pero viendo que su ama sólo se recuperaba de un
desvanecimiento para caer en otro, mandó llamar a toda prisa un médico.
Mientras esperaba su llegada, desvistió a Antonia y la metió en la cama.
Sin hacer caso de la tormenta, aterrada casi hasta la pérdida del dominio de
sí, Jacinta corrió por las calles, y no se detuvo hasta que llegó a la entrada de
la abadía. Tocó sonoramente la campanilla, y tan pronto como apareció el
portero, pidió permiso para hablar con el prior. Ambrosio estaba en ese
momento deliberando con Matilde sobre los medios de lograr el acceso a
Antonia. Dado que la causa de la muerte de Elvira había quedado en el
anonimato, estaba convencido de que los crímenes no eran seguidos
inmediatamente por su correspondiente castigo, como sus instructores le
habían enseñado, y como hasta entonces había creído él mismo. Esta
convicción le hizo decidirse por la ruina de Antonia, pues los peligros y
dificultades del goce de su persona parecían haber incrementado su pasión. El
monje había hecho ya un intento de que se le admitiese a su presencia. Pero
Flora le había denegado la petición en tales términos que le convenció de que
todos sus esfuerzos futuros serían inútiles. Elvira había confiado sus sospechas
a esta fiel criada. Le había pedido que no dejase nunca a Ambrosio a solas con
su hija, y de ser posible evitara que la volviese a ver. Flora prometió
obedecerla, y había cumplido sus órdenes casi al pie de la letra. Aquella
mañana, había rechazado la visita de Ambrosio aunque Antonia lo ignoraba. Y
el monje comprendió que conseguir ver a su amada abiertamente era
imposible; así que él y Matilde se habían pasado la noche esforzándose en
idear algún plan cuyo resultado fuese más fructífero. Y en ello estaban, cuando
un hermano lego entró en la celda del abad y le informó de que una mujer
llamada Jacinta Zúñiga solicitaba, unos minutos de audiencia.
Ambrosio no estaba dispuesto ni mucho menos a conceder tal petición a la
solicitante. Se negó categóricamente, y pidió al hermano lego que dijese a la
desconocida que volviera al día siguiente. Matilde le interrumpió:
—Id a ver a esa mujer —dijo en voz baja—. Tengo mis motivos.
El abad obedeció, y dijo que iría al locutorio en seguida. Con este recado,
el hermano lego se retiró. Tan pronto como se quedaron solos, Ambrosio
preguntó a Matilde por qué deseaba que viese a la tal Jacinta.
—Es la que tiene en su casa a Antonia —explicó Matilde—, puede que sea
útil. Pero interroguémosla, y sabremos qué la trae aquí.
Se dirigieron juntos al locutorio, donde Jacinta aguardaba ya al abad. Ésta
tenía una alta opinión de su piedad y virtud; y considerando que debía de
poseer gran poder sobre el diablo, creyó que le resultaría sencillo expulsar el
espectro de Elvira. Fundada en esta convicción, había corrido a la abadía. Y
tan pronto como vio al monje entrar en el locutorio, cayó de rodillas y
comenzó a contar el asunto que la traía en estos términos:
—¡Oh, reverendo padre! ¡Qué accidente! ¡Qué aventura! No sé qué
determinación tomar, y a menos que me ayudéis, me volveré loca. ¡Os aseguro
que jamás ha habido mujer más desdichada que yo! He hecho cuanto estaba de
mi parte por mantenerme alejada de semejante abominación, y sin embargo ha
resultado demasiado insuficiente. ¿De qué me sirve rezar el rosario cuatro
veces al día y cumplir todos los ayunos prescritos por el calendario? ¿De qué
me sirve haber hecho tres peregrinaciones a Santiago de Compostela, y
comprar tantas indulgencias papales como las que habría necesitado el castigo
de Caín? ¡Nada de eso me vale! ¡Todo me sale mal, y sólo Dios sabe cuándo
me irá bien! Porque ahora, juzgue vuestra santidad. Mi inquilina muere entre
convulsiones. Por pura consideración, la entierro a mi propia costa (no porque
sea pariente mía ni porque haya recibido yo un solo doblón a su muerte. No he
recibido nada de ella, así que tanto su vida como su muerte eran exactamente
iguales para mí. Pero esto no tiene nada que ver con mi objeto. Volveré a lo
que estaba diciendo), me ocupé de su funeral y de que se cumpliese todo de
manera decente y apropiada, lo que fue bastante, ¡bien lo sabe Dios! ¿Y cómo
creéis que paga la dama mi amabilidad? Pues negándose a dormir tranquila en
su ataúd, como debe hacer todo espíritu pacífico y benévolo, y viniendo a
acosarme a mí, que no deseo volver a poner los ojos en ella otra vez. ¡Y así,
viene a alborotar mi casa a media noche, metiéndose en la habitación de su
hija por el ojo de la cerradura y trastornando a la pobre criatura! Aunque sea
un fantasma, podía ser más educada y no entrar de sopetón en casa de las
personas que tan poco desean su compañía. En cuanto a mí, reverendo padre,
la situación es ésta: si ella entra en mi casa, yo me marcho, pues no aguanto
esa clase de visitas, ¡no, señor! De modo que, como ve vuestra santidad, sin
vuestra ayuda me siento arruinada y perdida para siempre. Me veré obligada a
abandonar mi casa; nadie querrá venir a ella, cuando se sepa que su espectro la
visita, ¡y en bonita situación me encontraré! ¡Qué desdichada soy! ¿Qué puedo
hacer? ¿Qué va a ser de mí?
Y se echó a llorar amargamente, retorciéndose las manos, y suplicando al
abad que le dijese qué opinaba de su caso.
—En verdad, buena mujer —respondió él—, que me es difícil aliviaros sin
saber qué es lo que os ocurre. Habéis olvidado contarme qué ha sucedido, y
qué es lo que queréis.
—¡Válgame Dios! —exclamó Jacinta—. ¡Vuestra santidad tiene razón!
Mirad; brevemente, esto es lo que ha pasado: una huésped mía ha muerto
recientemente; era una mujer muy buena, tengo que decir en su favor, según lo
que yo sabía de ella, aunque no mucho, ya que guardaba muy bien las
distancias y solía darse muchos aires, y cada vez que me atrevía a dirigirle la
palabra adoptaba un gesto que me hacía sentirme como extraña; que Dios me
perdone por decir, eso. Sin embargo, aunque se mostraba más arrogante de lo necesario y simulaba mirarme con altivez (aunque, si me han informado bien,
tengo tan buenos padres como pudo tenerlos ella, ya que su padre fue zapatero
en Córdoba, y el mío sombrerero en Madrid, sí señor, y muy conocido además,
debo decir). Sin embargo, a pesar de todo su orgullo, era persona muy
educada, y no deseo huésped mejor. Por eso me extraña que no descanse en
paz en su tumba; ¡pero no se puede fiar una de la gente de este mundo! Por mi
parte, jamás la vi hacer nada malo, salvo el viernes anterior a su muerte. En
efecto, ¡me escandalizó verla comerse un ala de pollo! «¡Cómo, doña Flora!
—dije yo (Flora, reverencia, es la doncella)—. ¡Cómo, doña Flora! —dije—,
¿come carne vuestra señora los viernes? ¡Vaya, vaya! ¡Tenedlo en cuenta, y
recordad que doña Jacinta os ha advertido de ello!» Estas fueron mis palabras,
pero, ¡ay! ¡Ya podía haberme mordido la lengua! Nadie me lo tuvo en cuenta;
y Flora, que es algo brusca y respondona (peor para ella, digo yo), me dijo que
tanto daba comerse un pollo que el huevo del que había salido. Es más, incluso
llegó a decirme que si su señora añadía una loncha de tocino, no se habría
aproximado ni una pulgada más a su condenación. ¡Dios nos proteja! ¡Es una
pobre ignorante! Le aseguro a vuestra santidad que me estremecí al oír
semejantes blasfemias, y a cada momento esperaba ver abrirse la tierra para
tragársela; ¡comer pollo! Pues debéis saber, excelentísimo padre, que mientras
hablábamos de esto, sostenía ella una bandeja en la que había también pollo
asado. ¡Y muy buen aspecto que tenía, todo hay que decirlo! Hecho en asador,
pues yo misma me proponía guisarlo: era un pollito gallego que había criado
yo, santidad, con una carne blanca como la cáscara de huevo, tal como doña
Elvira me confesó. «Doña Jacinta», dijo de buen humor, porque a decir
verdad, siempre se ha mostrado muy cortés conmigo...
Aquí la paciencia de Ambrosio se agotó. Ansioso por saber el asunto que
traía a Jacinta, en el que parecía estar implicada Antonia, casi perdió los
nervios escuchando las divagaciones de aquella vieja pesada. La interrumpió,
y declaró que si no le contaba inmediatamente lo que tuviera que decirle,
abandonaría inmediatamente el locutorio y la dejaría que resolviese sus
dificultades por sí sola. Jacinta relató su caso con la brevedad de que fue
capaz; pero su relato siguió siendo tan circunstanciado que Ambrosio necesitó
recurrir a toda su paciencia para aguantar hasta su conclusión.
—Así, reverencia —dijo después de contar la muerte y el entierro de Elvira
con todos sus detalles—; así, reverencia, después de oír el grito, dejé mi labor
y acudí corriendo al aposento de Antonia. Al no encontrar a nadie allí, fui al
siguiente. Pero debo confesar que sentí un poco de temor al entrar, pues era la
misma habitación en que doña Elvira solía dormir. Sin embargo, entré; y
efectivamente, allí estaba la joven dama, tendida cuan larga era en el suelo,
fría como el mármol y blanca como el papel. Me quedé sorprendida, como
bien puede suponer vuestra santidad. Pero, ¡oh, cómo me estremecí al ver una
figura alta junto a mi codo, cuya cabeza tocaba al techo! Tenía la cara de doña Elvira, debo confesar. Pero de su boca salían llamaradas de fuego, tenía los
brazos cargados de cadenas que chirriaban espantosamente, ¡y cada cabello
suyo era una serpiente tan gruesa como mi brazo! Al verla me asusté, y
empecé a rezar el avemaría. Pero el fantasma, interrumpiéndome, profirió tres
sonoros gemidos, y rugió con voz terrible: «¡Oh, aquella ala de pollo! ¡Mi
pobre alma sufre ahora por ella!». Y tan pronto como dijo esto, se abrió la
tierra y se tragó al espectro; oí el estallido de un trueno, y la habitación se
llenó de olor a azufre. Cuando me recobré del susto y logré hacer volver en sí
a doña Antonia, quien me dijo que había gritado al ver al fantasma de su
madre (¡Y con toda la razón, pobre criatura! De haber estado yo en su lugar,
habría gritado diez veces más que ella), me vino a la cabeza inmediatamente la
idea de que si había alguien capaz de apaciguar a este espectro debía de ser
vuestra reverencia. De modo que aquí he venido a toda prisa, a suplicaros que
asperjéis mi casa con agua bendita y expulséis a la aparición.
Ambrosio se quedó perplejo ante esta extraña historia, a la que no daba
crédito.
—¿Vio doña Antonia también el fantasma? —preguntó.
—¡Tan claramente como os veo yo a vos, reverendo padre!
Ambrosio guardó silencio un momento. Aquí se le brindaba una ocasión de
tener acceso a Antonia, pero vacilaba en utilizarla. Aún le era querida la
reputación de que gozaba en Madrid; y puesto que había perdido la realidad de
la virtud, parecía como si su simulación se hubiese vuelto más valiosa. Era
consciente de que quebrantar públicamente la norma de no salir jamás del
recinto de la abadía anularía gran parte de su supuesta austeridad. Al visitar a
Elvira, había tomado siempre la precaución de ocultar su rostro ante la
servidumbre. Salvo la dama, su hija y la fiel Flora, no era conocido en la
familia más que por el nombre de padre Jerónimo. De acceder a la petición de
Jacinta y acompañarla a su casa, sabía que la violación de su norma dejaría de
ser un secreto. Sin embargo, su ansiedad por ver a Antonia obtuvo la victoria.
Esperaba que la singularidad de esta aventura le justificaría ante los ojos de
Madrid. Pero fueran las consecuencias que fuesen, decidió aprovechar la
oportunidad que el azar le brindaba. Una mirada expresiva de Matilde le
confirmó en su resolución.
—Buena mujer —dijo a Jacinta—, lo que me contáis es tan extraordinario
que apenas puedo dar crédito a vuestras afirmaciones. Sin embargo, accederé a
vuestra petición. Mañana, después de los maitines, podéis esperarme en
vuestra casa. Entonces veré lo que puedo hacer por vos; y si está en mi poder,
os libraré de tan importuna visitante. Ahora regresad a vuestra casa, y quedad
en paz.
—¿A casa? —exclamó Jacinta—. ¿Irme yo a casa? ¡Por nada del mundo!
¡Si no es con vuestra protección, no traspondrá esta servidora el umbral!
¡Líbreme Dios, lo mismo puede salirme el fantasma en la escalera y llevarme
consigo al infierno! ¡Oh, si hubiese aceptado el ofrecimiento del joven
Melchor Basco! Ahora tendría a alguien que me protegiese. ¡Pero soy una
mujer sola que no se tropieza más que con cruces y desventuras! ¡Gracias al
Cielo, aún no es tarde para el arrepentimiento! Aceptaré las proposiciones de
Simón González un día de éstos; y es más, si sigo con vida cuando rompa el
día, me casaré con él sin otra demora: tendré marido; está decidido, pues ahora
que tengo en mi casa a ese fantasma, me voy a morir de miedo si duermo sola.
Pero, por amor de Dios, reverendo padre, venid conmigo ahora. No podré
descansar hasta que haya sido purificada mi casa, y la pobre joven... ¡Pobrecita
muchacha! Se encuentra en una situación lastimosa. La he dejado en medio de
violentas convulsiones, y dudo que se recobre fácilmente del susto.
El fraile se alarmó, y la interrumpió ansioso:
—¿Presa de convulsiones, decís? ¿Antonia presa de convulsiones?
¡Guiadme, buena mujer! ¡Os sigo ahora mismo!
Jacinta insistió en que llevase el recipiente del agua bendita. Accedió a esta
petición. Creyéndose a salvo bajo su protección aunque la atacase una legión
de fantasmas, la vieja se deshizo en expresiones de agradecimiento, y
partieron juntos hacia la calle de Santiago.
Tan fuerte era la impresión que el espectro había causado en Antonia, que
durante las primeras dos o tres horas el médico declaró que su vida corría
peligro. Finalmente, al hacerse los ataques menos frecuentes, modificó su
opinión. Dijo que lo único necesario era procurar que estuviese tranquila. Y
mandó preparar una medicina que sosegara sus nervios y le procurara el
descanso que de momento tanta falta le hacía. La visión de Ambrosio, que
ahora apareció con Jacinta junto a su cama, contribuyó esencialmente a
apaciguar sus alterados ánimos. Elvira no le había explicado suficientemente
la naturaleza de sus propósitos, para dejar advertida a una joven tan ignorante
del mundo de lo peligroso que resultaba el trato con el monje. En este instante,
transida de horror ante la escena que acababa de pasar, y temerosa de
contemplar la predicción del fantasma, su espíritu necesitaba de todos los
auxilios de la amistad y la religión; así que miró al abad con ojos doblemente
parciales. Aún abrigaba la acusada predisposición en su favor que había
sentido por él al principio. Se figuraba, aunque no sabía por qué, que su
presencia era una salvaguardia frente a toda clase de peligro, ofensa o
desventura. Le agradeció cálidamente su visita, y le contó la aventura que tan
gravemente la había alarmado.
El abad se esforzó en tranquilizarla y convencerla de que todo había sido
un engaño de su enfebrecida imaginación. La soledad en que había pasado la noche, el libro que había estado leyendo y la habitación donde se había
sentado, habían contribuido a colocarla ante tal visión. Tachó de ridícula la
idea de los espectros, y adujo sólidos argumentos para probar la falacia de
semejante teoría. Su conversación la tranquilizó y la conformó, pero no la
convenció. No podía creer que el espectro había sido una mera criatura de su
imaginación. Cada detalle había quedado impreso en su mente con demasiada
fuerza para aceptar tal idea. Persistió en afirmar que había visto realmente el
espectro de su madre y que había oído anunciar el plazo de su muerte, y
declaró que jamás abandonaría el lecho con vida. Ambrosio le aconsejó que no
abrigase tales sentimientos, y luego abandonó su cámara, después de prometer
que repetiría su visita al día siguiente. Antonia acogió esta confirmación con
grandes muestras de alegría. Pero el monje se dio cuenta en seguida de que no
era aceptado con el mismo entusiasmo por la criada. Flora obedecía las
órdenes de Elvira con la más escrupulosa puntualidad. Examinaba con todo
detalle y preocupación aquello que pudiese perjudicar lo más mínimo a su
joven ama, a la que hacía muchos años que se sentía unida. Era natural de
Cuba, había seguido a Elvira en su regreso a España, y quería a la joven
Antonia con afecto maternal. Flora no abandonó la habitación un solo instante
mientras el abad estuvo allí: vigiló cada palabra suya, cada mirada y cada
gesto. Ambrosio se dio cuenta de que sus ojos recelosos estaban siempre fijos
en él, y comprendió que sus designios no salvarían una inspección tan
minuciosa. Se sintió frecuentemente confundido y desconcertado. Se daba
cuenta de que dudaba de la pureza de sus intenciones; y como no le dejó ni un
instante a solas con Antonia, y protegía a su ama con tan estrecha vigilancia,
desesperó de encontrar los medios de satisfacer sus pasiones.
Al abandonar la casa, Jacinta se encontró con él y le suplicó que se
cantasen algunas misas por el descanso del alma de Elvira, que no dudaba se
hallaría sufriendo en el purgatorio. El prometió no olvidar esta petición; pero
se ganó perfectamente el corazón de la vieja, asegurándole que vigilaría toda
la noche siguiente en la cámara encantada. Jacinta no encontró palabras
suficientemente elocuentes para expresar su gratitud, y el monje se marchó
colmado de bendiciones.
Era ya completamente de día cuando regresó a la abadía. Su primer
cuidado fue comunicar a su confidente cuanto había sucedido. Sentía una
pasión demasiado sincera por Antonia para oír con indiferencia la predicción
de su muerte inminente, y se estremeció ante la idea de perder un objeto tan
querido para él. Matilde le tranquilizó a este respecto. Confirmó los
argumentos que él mismo había utilizado ya: declaró que Antonia había
sufrido una ilusión de su cerebro debido a la melancolía que la oprimía en ese
momento y por la natural propensión de su espíritu a la superstición y lo
maravilloso. En cuanto a la historia de Jacinta, su mismo absurdo la
invalidaba. El abad no dudó en creer que había fabricado la historia entera, bien ofuscada por el miedo, bien con la esperanza de inducirle a acceder con
más interés a su petición. Y tras disipar las aprensiones del monje, Matilde
prosiguió así:
—Tanto la predicción como el fantasma son igualmente falsos. Pero debéis
tener cuidado, Ambrosio, y verificar la primera. Dentro de tres días, Antonia
deberá estar efectivamente muerta para el mundo, aunque viva para vos. Su
presente enfermedad, y esta figuración que se le ha metido en la cabeza, harán
más real un plan que hace tiempo tengo madurado, aunque era imposible
llevar a la práctica si no teníais acceso a Antonia. Será vuestra, no por una
noche, sino para siempre. De nada valdrá toda la vigilancia de su dueña:
gozaréis sin restricciones de los encantos de vuestra amada. Y hoy mismo hay
que poner en marcha ese plan, pues no tenéis tiempo que perder. El sobrino del
duque de Medinaceli se dispone a pedir a Antonia en matrimonio. Dentro de
unos días, ésta trasladará su domicilio al palacio de su pariente, el marqués de
las Cisternas, y allí estará a salvo de vuestros asedios. Pues durante vuestra
ausencia he sido informada por mis espías, que se dedican constantemente a
traerme noticias en servicio vuestro. Así que escuchadme. Hay un jugo,
extraído de ciertas hierbas muy poco conocidas, que confiere a la persona que
lo toma la exacta apariencia de la muerte. Administrádselo a Antonia;
encontraréis fácilmente el medio de derramar unas gotas en su medicina. El
efecto será que sufrirá fuertes convulsiones durante una hora, transcurrida la
cual su sangre dejará de fluir gradualmente, y el corazón de latir. Una palidez
mortal se extenderá por todo su semblante, y parecerá un cadáver a los ojos de
todo el mundo. No tiene amigos a su alrededor. Podéis encargaros vos mismo
de la supervisión de su funeral y hacer que se la entierre en las criptas de Santa
Clara. La soledad de este recinto y el fácil acceso a él hacen de ese subterráneo
un lugar favorable para vuestros designios. Dadle a Antonia esta noche la
poción somnífera. Cuarenta y ocho horas después de haberla tomado, la vida
volverá a reanimar su pecho. Entonces estará absolutamente en vuestro poder:
comprenderá la inutilidad de toda resistencia, y la necesidad la empujará a
recibiros en sus brazos.