—¡Antonia caerá en mi poder! —exclamó el monje—. ¡Matilde, me
emocionáis! Por fin será mía la dicha, y esa dicha será un regalo de Matilde,
¡un regalo de la amistad! Estrecharé a Antonia entre mis brazos, lejos de toda
mirada indiscreta, ¡de todo molesto entrometido! ¡Mi alma alentará sobre su
pecho, enseñará a su joven corazón los primeros rudimentos del placer, y
gozará sin freno de la infinita variedad de sus encantos! ¿Será efectivamente
mía esa dicha? ¿Podré dar rienda suelta a mis deseos, y satisfaré mis ansias
locas y tumultuosas? Oh, Matilde, ¿cómo podré expresaros mi gratitud?
—Aprovechando mis consejos. Ambrosio, sólo vivo para serviros.
Vuestros intereses y vuestra felicidad son míos igualmente. Accedo a que vuestra persona sea de Antonia; sin embargo, aún puedo reclamar mis
derechos sobre vuestra amistad y vuestro corazón. Contribuir a vuestros
placeres es el único para mí. Si mis esfuerzos lograsen la satisfacción de
vuestros anhelos, consideraré mis trabajos ampliamente compensados. Pero no
perdamos tiempo. El licor del que os he hablado sólo puede encontrarse en el
laboratorio de Santa Clara. Id inmediatamente a la abadesa; pedidle permiso
para entrar en el laboratorio, y ella no os lo negará. Allí hay un armario en el
fondo de la gran estancia, lleno de líquidos de diferentes colores y virtudes. El
frasco en cuestión está en el tercer estante a la izquierda. Contiene un licor
verdoso: llenad una pequeña redoma cuando no os vean, y Antonia será
vuestra.
El monje no vaciló en adoptar este plan infame. Sus deseos, antes
violentos, habían adquirido renovado vigor al haber visto a Antonia. Mientras
estuvo sentado en el borde de su cama, el accidente le había descubierto
algunos de aquellos encantos que hasta entonces habían permanecido ocultos a
sus ojos: los encontró aún más perfectos de lo que su ardiente imaginación se
los había representado. A veces, surgía su brazo blanco y terso, al ordenar su
almohada; otras, un súbito movimiento descubría parte de su pecho. Y cada
vez que afloraba un nuevo encanto, allí se clavaban los ojos codiciosos del
fraile. Apenas podía ocultar suficientemente sus deseos en presencia de
Antonia y de su vigilante dueña. Inflamado por el recuerdo de estas bellezas,
acogió el plan de Matilde sin vacilación.
Tan pronto como concluyeron los maitines, se encaminó al convento de
Santa Clara. Su llegada causó entre las monjas el mayor asombro. La priora,
consciente del honor que suponía para su convento esta visita, se esforzó por
expresar su gratitud con todas las atenciones posibles. Fue conducir, do al
jardín, le mostraron todas las reliquias de los santos y mártires, y fue
agasajado con tanto respeto y distinción como si se tratara del mismo papa.
Por su parte, Ambrosio acogió las cortesías de la superiora muy afablemente, y
procuró disipar su sorpresa ante la infracción de su norma. Declaró que la
enfermedad impedía que muchos de sus penitentes saliesen de sus casas. Eran
éstos exactamente los que más necesitaban el consejo y alivio de la religión.
Eran muchos los casos que se hallaban en tal situación, y aunque esto era muy
contrario a sus propios deseos, había comprendido que era absolutamente
necesario para el servicio del cielo cambiar su decisión y abandonar su amado
retiro. La priora aplaudió el celo puesto en su profesión y su caridad para con
los hombres. Declaró que Madrid era dichoso al poseer a un hombre tan
perfecto e irreprochable. Y hablando en estos términos, el fraile llegó al fin al
laboratorio. Encontró el armario. La botella estaba en el lugar que Matilde
había descrito, y el monje aprovechó la ocasión para llenar su redoma con el
licor somnífero. Luego, después de compartir una colación en el refectorio, se
retiró del convento satisfecho con el éxito de su visita, dejando a las monjas encantadas por el honor que les había concedido.
Esperó a que fuese de noche, antes de dirigirse al domicilio de Antonia.
Jacinta le recibió emocionada, y le rogó que no olvidase su promesa de velar
en la cámara encantada. Ambrosio repitió dicha promesa. Encontró a Antonia
relativamente bien, aunque obsesionada aún por la predicción del espectro.
Flora no se separaba del lecho de su ama, y con muestras aún más claras que
la noche anterior evidenció su disgusto ante la presencia del abad. No
obstante, Ambrosio fingió no reparar en ello. Mientras conversaba él con
Antonia llegó el médico. Ya había oscurecido. Se pidieron luces, y Flora se vio
obligada a bajar a traerlas. Sin embargo, como quedaba una tercera persona en
la habitación y esperaba ausentarse tan sólo unos minutos, consideró que no
había ningún peligro en abandonar su puesto. Tan pronto como salió de la
habitación, Ambrosio se acercó a la mesa donde se encontraba la medicina de
Antonia: estaba situada en un rincón de la ventana. El médico se había sentado
en una butaca y, ocupado en interrogar a su paciente, no prestó atención a lo
que hacía el monje. Ambrosio aprovechó la ocasión: sacó la redoma fatal y
vertió unas gotas en la medicina. Luego se apartó apresuradamente de la mesa
y regresó al asiento que había dejado. Cuando Flora apareció con las luces,
todo parecía seguir igual que antes.
El médico declaró que Antonia podía abandonar la habitación al día
siguiente sin ningún peligro. Le recomendó que siguiese la misma
prescripción que la noche anterior le había procurado un sueño reparador.
Flora señaló que la bebida estaba ya preparada sobre la mesa. El médico
aconsejó a la paciente que se la tomase ya, y se fue. Flora sirvió la medicina en
una copa y se la tendió a su ama. En ese instante, a Ambrosio le flaqueó el
valor. ¿No podía haberle engañado Matilde? ¿No podían los celos haberla
movido a destruir a su rival, y darle un veneno en lugar de un sedante? Dicha
idea parecía tan razonable que estuvo a punto de impedir que se tomase la
poción. Adoptó su resolución demasiado tarde. La copa ya estaba vacía, y
Antonia la había puesto de nuevo en manos de Flora. Ya no había remedio.
Ambrosio no tenía más que esperar impaciente el momento destinado a decidir
sobre la vida o la muerte de Antonia, y sobre su propia dicha o desesperación.
Temiendo despertar sospechas permaneciendo allí, o delatarse con su
nerviosismo, se despidió de su víctima y se retiró de la habitación. Antonia se
mostró menos cordial que la noche anterior. Flora había hecho ver a su ama
que admitir sus visitas era desobedecer las órdenes de su madre: le describió la
emoción que había observado en él al entrar en la habitación y el modo como
le brillaban los ojos cuando la contemplaba. Este detalle había escapado a la
observación de Antonia, pero no a la de su criada, la cual, al explicar los
designios del monje y sus probables consecuencias en términos mucho más
claros que Elvira, aunque no tan delicados, había logrado alarmar a la joven dama, persuadiéndola para que le tratase con más distancia de lo que había
hecho hasta entonces. La idea de obedecer la voluntad de su madre decidió a
Antonia inmediatamente. Aunque lamentaba la pérdida de su compañía, se
dominó lo bastante como para recibir al monje con cierta reserva y frialdad. Le
agradeció con respeto y gratitud sus anteriores visitas, pero no le invitó a que
las repitiese en el futuro. No era ahora interés del fraile solicitar admisión a su
presencia, así que se despidió como si no pensase volver. Completamente
convencida de que la amistad que temía había terminado, Flora se sintió muy
conmovida ante este fácil desenlace, y comenzó a dudar de la justicia de sus
recelos. Al alumbrarle para bajar la escalera, le dio las gracias por haber hecho
lo posible por disipar de la mente de Antonia sus terrores supersticiosos a la
predicción del espectro. Añadió que, dado que él se interesaba por la salud de
Antonia, de acontecer algún cambio en su estado, tendría el cuidado de
hacérselo saber. El monje, al contestarle, procuró alzar la voz, con la esperanza
de que le oyera Jacinta, cosa que consiguió. Al llegar al pie de la escalera con
su acompañante, no dejó la dueña de hacer su aparición.
—¿Es que os marcháis, reverendo padre? —exclamó—. ¿No me habéis
prometido pasar la noche en la cámara encantada? ¡Jesús! ¡Me quedaré a solas
con el fantasma, y en bonito estado me voy a encontrar por la mañana! Por
mucho que he hecho, por mucho que he dicho, el terco de Simón González se
ha negado a casarse conmigo hoy. ¡Y antes de que amanezca, supongo que me
habrán destrozado los fantasmas, los duendes, los demonios y qué sé yo! ¡Por
amor de Dios, santidad, no me abandonéis en esta lamentable situación! Os
pido de rodillas que mantengáis vuestra promesa. ¡Velad esta noche en la
cámara encantada! Echad a la aparición, y Jacinta os recordará en sus
oraciones hasta el último día de su vida.
Ambrosio esperaba y deseaba esta petición; sin embargo, fingió poner
objeciones y se mostró renuente a cumplir su palabra. Dijo a Jacinta que el
espectro no existía más que en su propio cerebro, y que su insistencia en que
se quedase toda la noche en la casa era ridículo e inútil. Jacinta era obstinada:
no quiso dejarse convencer, insistiéndole incansablemente que no la dejase a
merced del diablo, hasta que finalmente accedió él a su petición. Toda esta
ostentación de resistencia no impresionó a Flora, que era de temperamento
receloso. Sospechó que el monje representaba un papel muy contrario a sus
inclinaciones, y que no deseaba otra cosa que quedarse donde estaba. Incluso
llegó a creer que Jacinta estaba en connivencia; y la pobre vieja fue calificada
de alcahueta. Al tiempo que se felicitaba de haber descubierto la conspiración
contra el honor de su señora, decidió neutralizarla en secreto.
—Así que —dijo al abad con expresión medio satírica, medio indignada—,
así que os proponéis quedaros aquí esta noche, ¿no? ¡Hacedlo, en nombre de
Dios! Nadie os lo impedirá. Sentaos a esperar al fantasma; yo velaré también, ¡y pido a Dios no ver nada peor que un fantasma! ¡No me separaré del lecho
de doña Antonia durante toda la bendita noche! ¡A ver quién se atreve a entrar
en la habitación, que ya sea mortal o inmortal, hombre o fantasma o diablo, le
haré arrepentirse de haber traspasado la puerta!
La indirecta fue suficientemente elocuente y, por supuesto, Ambrosio captó
su sentido. Pero en vez de manifestar que se había dado cuenta de sus
sospechas, dijo suavemente que aprobaba las precauciones de la dueña, y le
aconsejó que así lo hiciese. Ella le replicó que podía estar seguro de que lo
haría. A continuación, Jacinta le condujo a la cámara donde se había aparecido
el fantasma, y Flora regresó al lado de su ama.
Jacinta abrió la puerta de la habitación embrujada con mano temblorosa.
Se aventuró a asomarse a ella. Pero ni todos los tesoros de las Indias la habrían
inducido a trasponer el umbral. Le dio la vela al monje, le deseó suerte en la
aventura, y se alejó apresuradamente. Entró Ambrosio. Pasó el cerrojo, dejó la
vela sobre la mesa, y se sentó en la butaca que la noche anterior había ocupado
Antonia. A pesar de las afirmaciones de Matilde de que el espectro era mero
producto de la imaginación, su espíritu experimentaba cierto misterioso horror.
En vano trató de disiparlo. El silencio de la noche, la historia de la aparición,
la cámara recubierta de oscuros entrepaños de roble, el recuerdo del asesinato
de Elvira y la incertidumbre respecto a la naturaleza de las gotas que había
administrado a Antonia, le hacían sentirse inquieto. Pero pensaba mucho
menos en el espectro que en el veneno. De haber destruido al único objeto que
le hacía la vida digna de vivirla, de resultar cierta la predicción del fantasma,
de morir Antonia en el plazo de tres días y ser él la desdichada causa de su
muerte... La suposición era demasiado horrible para pensarla siquiera.
Desechó estas espantosas imágenes, pero inmediatamente se volvieron a alzar
ante él. Matilde le había asegurado que los efectos de la poción serían rápidos.
Escuchó con temor, aunque ansioso, esperando oír algún alboroto en la cámara
contigua. Todo estaba en silencio. Concluyó que las gotas aún no habían
empezado a hacer su efecto. Grande era la prueba a la que se enfrentaba.
Bastaría un momento para decidirse su desdicha o su felicidad. Matilde le
había enseñado el medio de comprobar que la vida no se había extinguido
definitivamente. De esta prueba dependían todas sus esperanzas. Su
impaciencia se doblaba a cada instante. Sus terrores se hacían más vivos, su
ansiedad más alerta. Incapaz de soportar tal estado de incertidumbre, se
esforzó en distraerlo dirigiendo la atención hacia otra cosa. Los libros, como
se ha dicho antes, estaban ordenados en estantes próximos a la mesa. Ésta se
hallaba exactamente enfrente de la cama, que ocupaba una alcoba contigua a
la puerta del armario. Ambrosio cogió un volumen y se sentó junto a la mesa.
Pero su atención vagó indiferente por sus páginas. La imagen de Antonia y la
de la asesinada Elvira insistían en presentarse ante su imaginación. Sin
embargo, siguió leyendo, aunque sus ojos recorrían las letras sin que su mente tuviese conciencia de su significado.
Tal era su ocupación, cuando le pareció oír ruido de pasos. Volvió la
cabeza, pero no vio a nadie. Retornó a su libro. Pero unos minutos después se
repitió el mismo ruido, seguido de un susurro detrás de él. Se levantó
sobresaltado de su asiento, y mirando a su alrededor, vio que la puerta del
cuarto pequeño estaba entreabierta. Al querer entrar en la habitación —había
intentado abrirla—, vio que la puerta tenía el cerrojo pasado por dentro.
«¿Cómo es —se dijo a sí mismo— que se ha abierto esta puerta?»
Se acercó, la abrió, y se asomó: no había nadie en el interior. Mientras
permanecía indeciso, le pareció distinguir un gemido en el aposento contiguo.
Era de Antonia, y supuso que las gotas empezaban a surtir efecto. Pero al
escuchar más atentamente, vio que el ruido lo causaba Jacinta, que se había
quedado dormida junto al lecho de la joven y roncaba de la manera más
ruidosa. Ambrosio se retiró, y volvió a la otra habitación, pensando en la
forma súbita en que se había abierto la puerta del cuarto pequeño, cosa a la
que no encontraba explicación.
Se paseó por el aposento en silencio. Por último, se detuvo, y la cama le
llamó la atención. La cortina estaba medio descorrida. Involuntariamente,
suspiró.
—Esa cama —murmuró en voz baja—, ¡esa cama era la de Elvira! Ahí ha
pasado ella muchas noches tranquilas, pues era buena e inocente. ¡Qué
profundo debió de ser su sueño! ¡Sin embargo, ahora duerme aún más
profundamente! Pero ¿dormirá de veras? ¡Oh, Dios quiera que sí! ¿Qué
pasaría si se levantase de su tumba en esta hora triste y silenciosa? ¿Qué
pasaría si rompiera las ataduras de la tumba, y se alzase furiosa ante mis ojos
petrificados? ¡Oh, no podría soportar su visión! ¡Ver otra vez su cuerpo
retorcido por las agonías de la muerte, sus venas hinchadas, su semblante
lívido y sus ojos desorbitados por el dolor! Oírla hablar de los castigos futuros,
amenazándome con la venganza del Cielo, culpándome de los crímenes que he
cometido, de los que voy a cometer... ¡Gran Dios! ¿Qué es eso?
Al decir estas palabras, sus ojos se clavaron en la cama, vio sacudirse
levemente el cortinaje hacia delante y hacia atrás. A su mente, concentrada en
la idea del fantasma casi le pareció distinguir la forma imaginaria de Elvira
reclinada sobre el lecho. Unos momentos de reflexión bastaron para
tranquilizarse.
—Sólo era el viento —dijo, recobrándose.
Se puso a pasear de nuevo por la cámara, pero un impulso involuntario de
temor e inquietud le hacía dirigir los ojos de cuando en cuando hacia la alcoba.
Se acercó indeciso. Se detuvo antes de subir los pocos peldaños que conducían a ella. Alargó la mano tres veces para descorrer la cortina y otras tantas la
retiró.
—¡Absurdos terrores! —exclamó por último, avergonzado de su propia
debilidad.
Subió apresuradamente los escalones; entonces surgió de la alcoba una
figura vestida de blanco, pasó junto a él y se dirigió apresuradamente al cuarto
pequeño. La locura y la desesperación dieron al monje el valor que hasta ahora
le había faltado. Corrió, persiguió a la aparición, y trató de cogerla.
—¡Fantasma o demonio, yo te detendré! —exclamó, y cogió al espectro
por el brazo.
—¡Oh, Jesucristo! —gritó una voz penetrante—. ¡Santo padre, por qué me
cogéis! ¡Os aseguro que no os deseo ningún mal!
Estas palabras, así como el brazo que él sujetaba, convencieron al abad de
que el supuesto fantasma era de carne y hueso. Arrastró a la intrusa hacia la
mesa, y alzando la luz, descubrió el semblante de... ¡doña Flora!
Irritado por haber dado muestras, con esta estupidez, de temores tan
ridículos, le preguntó severamente qué era lo que la había traído a esta cámara.
Flora, avergonzada de haber sido descubierta, y aterrada ante la severa mirada
de Ambrosio, cayó de rodillas, y prometió confesarlo todo.
—Os aseguro, padre —dijo—, que estoy completamente pesarosa de
haberos molestado: nada estaba más lejos de mi intención. Me proponía salir
de la habitación con el mismo sigilo que he entrado; y de haber ignorado vos
que os vigilaba, habría sido como si no os hubiera vigilado. Desde luego, he
hecho muy mal espiándoos, no lo puedo negar. ¡Pero, Señor! ¿Cómo podría
resistir la curiosidad de una débil mujer el deseo de observar a vuestra
reverencia? Deseaba tanto ver qué hacíais, que no he podido por menos de
miraros sin que nadie se enterase. Así que he dejado a la vieja doña Jacinta
sentada junto a la cabecera de mi ama, y me he deslizado en el cuarto. Como
no deseaba interrumpiros, me he conformado al principio con mirar por el ojo
de la cerradura. Pero como no podía ver nada de este modo, he retirado el
cerrojo, y mientras estabais de espalda a la alcoba, me he deslizado en ella
sigilosamente. Y ahí he estado oculta, hasta que vuestra reverencia me ha
descubierto y me ha cogido, antes de que me diera tiempo a llegar a la puerta
del cuarto. Ésta es toda la verdad, os lo aseguro, santo padre, y os pido perdón
mil veces por mi impertinencia.
Durante este discurso, el abad tuvo tiempo de recobrarse. Se recreó
leyéndole a la espía penitente un texto sobre los peligros de la curiosidad y la
bajeza de la acción en la que acababa de ser sorprendida. Flora se declaró
plenamente convencida de que había hecho mal. Prometió no volver a cometer jamás esta falta, y ya se retiraba sumisa y compungida a la habitación de
Antonia, cuando la puerta del cuarto se abrió súbitamente, y apareció Jacinta,
pálida y sin aliento.
—¡Oh, padre, padre! —exclamó con voz casi ahogada por el terror—.
¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer? ¡Vaya una situación! ¡No me caen
más que desgracias! ¡No tengo más que muertos y moribundos! ¡Oh, voy a
volverme loca! ¡Voy a volverme loca!
—¡Hablad! ¡Hablad! —gritaron Flora y el monje al mismo tiempo—. ¿Qué
ha sucedido? ¿Qué ocurre?
—¡Oh, tengo otro cadáver en mi casa! ¡Sin duda alguna bruja ha echado
alguna maldición sobre ella, sobre mí y sobre todo lo que me rodea! ¡Pobre
doña Antonia! ¡Le acaban de acometer los mismos ataques que mataron a su
madre! ¡El espectro dijo la verdad!
Flora corrió, o más bien voló, hacia la habitación de su ama. Ambrosio la
siguió, con el pecho temblándole de esperanza y temor. Encontraron a Antonia
como Jacinta la había descrito, contraída por las torturantes convulsiones, que
en vano se esforzaron en aliviar. El monje envió a Jacinta a la abadía a toda
prisa, con el encargo de traerse al padre Pablos sin perder un instante.
—Iré por él —replicó Jacinta—, y le diré que venga; en cuanto a traerle
yo, no haré tal cosa. Estoy segura de que la casa está embrujada, y que me
aspen si vuelvo a poner los pies en ella.
Con esta resolución, salió en dirección al monasterio y trasmitió el recado
al padre Pablos. A continuación, se dirigió a casa del viejo Simón González, al
que decidió no abandonar jamás, hasta que fuese su marido y se marchase a
vivir con ella.
Tan pronto como el padre Pablos vio a Antonia declaró que su mal era
incurable. Las convulsiones continuaron durante una hora. En ese tiempo, sus
agonías fueron mucho más dulces que las que sus gemidos causaban en el
corazón del abad. Cada gesto de dolor parecía clavar una daga en su pecho, y
se maldecía mil veces por haber aceptado tan bárbaro plan. Pasada la hora, los
ataques se hicieron menos frecuentes, y Antonia pareció menos agitada. Sentía
que se aproximaba su desenlace, y que nada la podía salvar.
—Dignísimo Ambrosio —dijo con voz desfallecida mientras le besaba la
mano—; me siento ahora en libertad para manifestaros cuán agradecido está
mi corazón por vuestra atención y afecto. Me encuentro en el lecho de la
muerte; dentro de una hora, habré dejado de existir. Así que puedo confesaros
sin reparos lo doloroso que fue para mí renunciar a vuestra compañía. Pero ésa
fue la voluntad de mi madre, y no me atreví a desobedecerla. Muero sin temor.
Son muy pocos los que lamentarán haberme perdido, y muy pocos a los que siento perder. Entre ellos, a nadie siento perder más que a vos. ¡Pero nos
volveremos a encontrar, Ambrosio! Algún día nos volveremos a ver en el
cielo. ¡Allí renovaremos nuestra amistad, y mi madre la verá con
complacencia!
Guardó silencio. El abad se estremeció al oír el nombre de Elvira. Antonia
atribuyó su emoción a su piedad y afecto por ella.
—Estáis apenado por mí, padre —prosiguió—. ¡Ah, no suspiréis por mi
pérdida! No tengo ningún crimen de qué arrepentirme; al menos, ninguno del
que yo tenga conciencia, a la hora de devolver el alma a Aquel de quien la he
recibido. Sólo tengo que haceros alguna petición: os suplico que me la
concedáis. Ordenad una misa solemne por el descanso de mi alma, y otra por
el de mi bienamada madre. No es que dude que ella descanse en su tumba:
ahora estoy convencida de que mi razón desvariaba; la falsedad de la
predicción del espectro basta por sí mismo para demostrarme mi error. Pero
todos tenemos nuestras flaquezas. Mi madre tenía las suyas, aunque yo no las
conocía. Por tanto, deseo que se celebre una misa por su descanso, y que los
gastos se cubran con el pequeño peculio que poseo. Luego, quede lo que
quede, lo dejo a mi tía Leonela. Cuando yo haya muerto, hacedle saber al
marqués de las Cisternas que la desventurada familia de su hermano no le
volverá a importunar más. Pero el desengaño me hace ser injusta. Me han
dicho que está enfermo; quizá, si hubiese estado en su poder, me habría dado
protección. Decidle pues, padre, tan sólo que he muerto, y que si me hubiese
hecho algún daño, le perdonaría de todo corazón. Después de esto, no tengo
otra cosa que pediros que vuestras oraciones. Prometedme no olvidaros de mis
peticiones, y entregaré mi alma sin dolor ni pesar.
Ambrosio prometió cumplir sus deseos. Cada momento hacía presentir la
proximidad del desenlace de Antonia. Su vida vacilaba; su corazón latía
desmayadamente; sus dedos se agarrotaban y estaban fríos, y a las dos de la
madrugada, expiró sin un gemido. Tan pronto como el último aliento
abandonó su cuerpo, el padre Pablos se retiró sinceramente afectado ante la
tristeza de la escena. Por su parte, Flora dio rienda suelta a su más desaforado
dolor. Muy distintos intereses tenían preocupado a Ambrosio. Buscó el pulso
que, según le había asegurado Matilde, probaría que la muerte de Antonia era
temporal. Presionó sobre él; lo notó palpitar bajo su mano, y su corazón se
sintió embargado de emoción. Sin embargo, ocultó cuidadosamente su
satisfacción por el éxito de su plan. Adoptó un gesto melancólico y,
dirigiéndose a Flora, le aconsejó que no se abandonase a un dolor inútil. Las
lágrimas de la mujer eran demasiado sinceras para escuchar estos consejos, y
siguió llorando inconteniblemente. Se retiró el fraile, prometiendo primero dar
instrucciones sobre el funeral, que, por consideración a Jacinta, como él
explicó, se efectuaría con toda diligencia. Inmersa en el dolor por la pérdida de su querida dueña, apenas escuchó lo que Ambrosio decía. Éste se apresuró a
ordenar el entierro; obtuvo permiso de la priora para que el cadáver se llevase
a la cripta de Santa Clara. Y el viernes por la mañana, ejecutada cada una de
las ceremonias pertinentes, el cuerpo de Antonia fue depositado en la tumba.
El mismo día, Leonela llegó a Madrid con el propósito de presentar a su
joven esposo a Elvira. Diversas circunstancias la habían obligado a aplazar el
viaje del martes al viernes, y no tuvo ocasión de dar a conocer el cambio de
planes a su hermana. Como tenía un corazón verdaderamente afectuoso, y
siempre había sentido un sincero afecto por Elvira y su hija, su sorpresa al
enterarse del súbito y lamentable fin de ambas fue tan grande como su dolor y
desencanto. Ambrosio le envió noticias tal como Antonia le había suplicado: a
petición de ésta, había prometido que tan pronto se zanjasen las pequeñas
deudas de Elvira, se le entregaría el resto. Arreglada esta cuestión, no retuvo a
Leonela ya ningún otro asunto, de modo que regresó a Córdoba con toda
premura.