Con toda su atención puesta en entregar a la justicia a los asesinos de su
hermana, poco podía imaginar Lorenzo cuán gravemente estaban sufriendo sus
intereses por otro lado. Como se ha dicho ya, no regresó a Madrid hasta el día
en que Antonia fue enterrada. Dado que tuvo que trasmitir al Inquisidor
General la orden del duque–cardenal [requisito imprescindible cuando un
miembro de la Iglesia debía ser arrestado públicamente], comunicar sus
intenciones a su tío y a don Ramírez, y reunir una tropa de escolta
suficientemente numerosa para evitar toda resistencia, estuvo ocupado durante
las pocas horas previas a la medianoche. Por tanto, no tuvo ocasión de
preguntar por su amada, y no se enteró de la muerte de ella y de su madre.
El marqués no se hallaba fuera de peligro en absoluto. Había pasado ya su
delirio, pero se había quedado tan extenuado que los médicos no se decidían a
dar un pronóstico seguro. En cuanto al propio Raimundo, no deseaba nada
mejor que unirse con Inés en la tumba. La existencia le resultaba odiosa. No
veía nada en el mundo que mereciera su interés, y sólo esperaba oír que Inés
había sido vengada, para morir.
Acompañado por las ardientes oraciones de Raimundo por su éxito,
Lorenzo se presentó ante la puerta de Santa Clara una hora antes de la indicada
por la madre Santa Úrsula. Iba acompañado de su tío, de don Ramírez de
Mello y de un grupo de arqueros escogidos. Aunque considerables en número,
no causaron sorpresa: una gran multitud se arremolinaba ya ante las puertas del convento con objeto de presenciar la procesión. Se supuso, naturalmente,
que Lorenzo y sus acompañantes acudían con el mismo propósito. Al ser
reconocido el duque de Medina, la gente se retiró y abrió paso al grupo.
Lorenzo se situó delante de la entrada principal, por la que debía pasar el
cortejo. Convencido de que la priora no podría escapar, aguardó paciente su
aparición, que debía ocurrir exactamente a las doce de la noche.
Las monjas estaban dedicadas a sus deberes religiosos en honor de Santa
Clara, a los que ningún profano era admitido jamás. Los ventanales de la
capilla estaban iluminados. En el exterior, la multitud oyó las notas
prolongadas del órgano, acompañadas de un coro de voces femeninas que se
elevó en el silencio de la noche. Calló el coro, y fue seguido por una simple
melodía: era la voz de la que había sido designada para hacer de Santa Clara
en la procesión. Para esta ceremonia, se elegía siempre a la virgen más
hermosa de Madrid, y aquella en quien recaía tal elección consideraba su
papel como uno de los más altos honores. Mientras escuchaba la música, cuya
distancia parecía hacer aún más dulce, el auditorio se sumió en profunda
atención. Un silencio universal se extendió por toda la multitud, y todos los
corazones se sintieron embargados de respeto y de religión. Todos menos el de
Lorenzo. Consciente de que entre las que cantaban las alabanzas de Dios tan
dulcemente había algunas que cubrían con la devoción los pecados más
impuros, la hipocresía de sus cánticos le inspiraba repugnancia. Hacía tiempo
que observaba con desaprobación y desprecio la superstición que dominaba a
los habitantes de Madrid. Su sentido común le había hecho ver los engaños de
las monjas y el vergonzoso absurdo de sus milagros, maravillas y supuestas
reliquias. Le ruborizaba ver a sus compatriotas embaucados con engaños tan
ridículos, y sólo deseaba tener una oportunidad para librarles de sus grillos
monjiles. Esta oportunidad, tan largamente deseada en vano, se le había
presentado al fin. Decidió no desperdiciarla, sino desvelar ante los ojos del
pueblo, con todos sus colores, lo enormes que eran los abusos que tan
frecuentemente se practicaban en los monasterios y cuán injusta e
indiscriminadamente se concedía la estima pública a cuantos vestían hábitos
religiosos. Ansiaba que llegara el momento de desenmascarar a los hipócritas
y convencer a sus compatriotas de que una fachada de santidad no esconde
siempre un corazón virtuoso.
El oficio duró hasta que la campana del convento dio las doce de la noche.
En ese momento cesó la música, las voces disminuyeron suavemente, y poco
después las luces desaparecieron de los ventanales de la capilla. El corazón de
Lorenzo comenzó a latir con violencia al ver que estaba tan cerca el momento
de la ejecución de su plan. Preveía alguna resistencia por parte de la natural
superstición del pueblo. Pero confiaba en que la madre Santa Úrsula adujese
sólidas razones que justificasen su propia conducta. Traía fuerzas consigo que
rechazarían la primera embestida del populacho, hasta que se oyesen sus argumentos. Su único temor era que la superiora, enterada de su plan, hubiese
encerrado secretamente a la monja de cuya declaración dependía todo. A
menos que la madre Santa Úrsula estuviera presente, sólo podía acusar a la
superiora de sospechosa; y este pensamiento le hacía temer por el éxito de su
empresa. La tranquilidad que reinaba en todo el convento le calmó en cierto
modo. Aún esperaba el momento ansiosamente, cuando la aparición de su
aliada le disipó toda duda.
La abadía de los capuchinos estaba separada del convento por el jardín y el
cementerio. Los monjes habían sido invitados a asistir a la procesión.
Llegaban ahora, y marchaban de dos en dos con un cirio encendido en la
mano, entonando cánticos en honor de Santa Clara. El padre Pablos iba a la
cabeza, ya que el abad se había excusado de asistir. La gente abrió paso al
santo cortejo, y los frailes se colocaron en fila a uno y otro lado de la puerta.
En unos minutos se ordenó la procesión. Una vez dispuesta, se abrieron las
puertas del convento de par en par, y nuevamente se elevó el coro de voces
femeninas en plena melodía. Primero apareció el grupo del coro. Tan pronto
como pasaron éstas, los monjes arrancaron de dos en dos, y las siguieron con
paso lento y medido. A continuación salieron las novicias. Llevaban velas,
como las profesas, pero caminaban con los ojos bajos, y parecían ocupadas en
rezar el rosario. Tras ellas venía una joven hermosa que representaba el papel
de Santa Lucía. Portaba un platillo de oro en el que había dos ojos. Los suyos
los llevaba cubiertos con una venda de terciopelo, y era conducida por otra
monja disfrazada de ángel. Detrás, la seguía Santa Catalina con una palma en
una mano y una espada llameante en la otra: iba vestida de blanco y su frente
estaba adornada con una diadema centelleante. Después apareció Santa
Genoveva rodeada de numerosos diablillos que adoptaban actitudes grotescas,
le tiraban de la ropa y le hacían gestos extraños, esforzándose por desviar su
atención del libro en el cual iba constantemente concentrada. Estos diablos
alegres fueron muy celebrados por los espectadores, que manifestaban su
regocijo con repetidas carcajadas. La priora había elegido cuidadosamente a
una monja cuyo temperamento natural era grave y solemne. Tuvo todos los
motivos para quedar satisfecha con esta elección: las bufonadas de los duendes
resultaban absolutamente infructuosas, y Santa Genoveva seguía andando sin
descomponer un solo músculo.
Cada una de estas santas iba separada de la otra por un coro que entonaba
sus alabanzas con cánticos, aunque proclamaban que era muy inferior a Santa
Clara, patrona del convento. Después de pasar éstas, apareció una larga fila de
monjas, cada una con su vela, igual que las que formaban el coro. A
continuación venían las reliquias de Santa Clara, guardadas en receptáculos
igualmente preciosos por el material y la obra de orfebrería. Pero no atrajeron
la atención de Lorenzo. La monja que portaba el corazón era la que acaparaba
su interés enteramente. Según la descripción de Theodore, no podía ser otra que la madre Santa Úrsula. Parecía mirar en
torno suyo con ansiedad. Como él se encontraba en primera fila por donde
pasaba la procesión, sus ojos se encontraron con los de Lorenzo. Un rubor de
alegría inundó sus hasta ahora pálidas mejillas. Se volvió hacia su anhelante
compañera.
—¡Estamos salvadas! —la oyó susurrar—. ¡Es su hermano!
Sintiendo aliviado su corazón, Lorenzo miró ahora con tranquilidad el
resto del espectáculo. Surgió de pronto su más brillante ornamento. Era una
máquina construida a modo de trono, con ricas joyas y luces deslumbrantes.
Avanzaba sobre unas ruedas ocultas, y lo guiaban varios niños encantadores
vestidos de serafines. La parte superior estaba cubierta de nubes plateadas,
sobre las que descansaba la más hermosa forma que los ojos presenciaron
jamás. Era la joven que representaba el papel de Santa Clara. Su vestido era de
un valor inestimable, y ceñía su cabeza una diadema de diamantes que
formaba un halo artificial. Pero todos estos ornamentos palidecían ante el
esplendor de sus encantos personales. Al avanzar, un murmullo de admiración
recorrió la multitud. El propio Lorenzo reconoció secretamente que jamás
había contemplado belleza más perfecta, y de no pertenecer su corazón ya a
Antonia, habría caído víctima de aquella encantadora muchacha. Así, en
cambio, la consideró tan sólo como una delicada escultura, no tributándole
otra cosa que su admiración. Y una vez hubo pasado, dejó de pensar en ella.
—¿Quién es? —preguntó un mirón que estaba cerca de Lorenzo.
—Alguien cuya belleza habréis oído elogiar a menudo. Se llama Virginia
de Villa–Franca. Es pensionista del convento de Santa Clara, pariente de la
priora; y ha sido elegida con toda justicia como el ornamento de la procesión.
El trono siguió adelante. A continuación iba la propia priora: marchaba a la
cabeza del resto de las monjas con expresión devota y santificada, cerrando la
procesión. Caminaba despacio, con los ojos elevados hacia el cielo; su
semblante sereno y tranquilo parecía ajeno a todas las cosas de este mundo
sublunar, y ningún rasgo delataba el secreto orgullo que experimentaba
ostentando la pompa y opulencia de su convento. Pasó, acompañada de las
plegarias y bendiciones del populacho. ¡Pero cuán grande fue la general
confusión y sorpresa, cuando don Ramírez, dando un paso adelante, le gritó
que quedaba detenida!
Durante un momento, el asombro dejó a la superiora muda e inmóvil. Pero
tan pronto como se recobró, gritó que era un sacrilegio y una impiedad, y gritó
al pueblo que rescatase a una hija de la Iglesia. Inmediatamente se dispusieron
todos a obedecerla, cuando don Ramírez, protegido de su furia por los
arqueros, les ordenó que se abstuviesen, amenazándoles con la más severa
venganza de la Inquisición. Ante esta tremenda amenaza, cayeron todas las armas y todas las espadas regresaron a sus vainas. La propia priora palideció y
se estremeció. El silencio general la convenció de que no podía esperar nada,
si no era por su propia inocencia; y pidió a don Ramírez, con voz desfallecida,
que le informase de qué crimen se la acusaba.
—Lo sabréis todo a su debido tiempo —replicó éste—. Primero debo
detener a la madre Santa Úrsula.
—¿La madre Santa Úrsula? —repitió la superiora débilmente.
En ese momento, sus ojos, vagando a su alrededor vieron a Lorenzo y al
duque, que habían acompañado a don Ramírez.
—¡Ah, Dios mío! —exclamó, cogiéndose las manos con gesto frenético—.
¡Me han traicionado!
—¿Traicionado? —replicó Santa Úrsula que llegaba ahora conducida por
algunos arqueros, y seguida por su compañera en la procesión—. Traicionada,
no, descubierta. En mí reconocéis a vuestra acusadora: ¡No sabéis lo bien que
conozco vuestro delito! ¡Señor! —prosiguió, volviéndose a don Ramírez—;
me pongo bajo vuestra custodia. Acuso a la priora de Santa Clara de asesinato,
y respondo con mi vida de la justicia de la acusación.
Un grito general de sorpresa se elevó de todos los presentes, que exigieron
a voces una explicación. Las temblorosas monjas, aterradas ante el griterío y
confusión general, se habían dispersado y huido en distintas direcciones.
Algunas regresaron al convento; otras buscaron refugio en las casas de sus
familiares; y muchas de ellas, conscientes únicamente de su peligro
momentáneo y ansiosas por escapar del tumulto, habían echado a correr por
las calles, y vagaban sin saber adónde ir. La encantadora Virginia fue una de
las primeras en huir. Y a fin de que se la pudiese ver y oír mejor, la gente pidió
que hablase Santa Úrsula desde el trono vacío. La monja accedió; subió a la
deslumbrante maquinaria, y seguidamente dirigió a la multitud las siguientes
palabras:
—Por extraña e impropia que pueda parecer mi conducta, teniendo en
cuenta que soy mujer y monja, la necesidad me justificará plenamente. Un
secreto, un horrible secreto, pesa sobre mi alma. No podré alcanzar ningún
descanso hasta que lo haya revelado al mundo y haya dado satisfacción a esa
sangre inocente que clama venganza desde la tumba. A mucho me he atrevido
para conseguir esta ocasión de aligerar mi conciencia. De haber fracasado en
mi propósito de revelar el crimen, de haber sospechado la superiora que no era
ningún misterio para mí, mi muerte habría sido inevitable. Los ángeles, que
velan constantemente por aquellos que merecen su favor, han permitido que
escape de ser descubierta. Ahora estoy en libertad para contar una historia
cuyas circunstancias harán estremecer de horror a toda persona honrada. Mía es la misión de arrancar el velo de la hipocresía, y mostrar a los extraviados
padres a qué peligros está expuesta la mujer que cae bajo el poder del
despotismo monástico.
»Entre las monjas de Santa Clara, ninguna era más amable, más dulce, que
Inés de Medina. Yo la conocía bien. Me confió todos los secretos de su
corazón; era su amiga y confidente, y sentía por ella un sincero afecto. Pero no
era la única que la quería. Su piedad auténtica, su deseo de agradar y su
angelical disposición, le granjearon el cariño de todas las que vivimos en el
convento. La propia superiora, orgullosa, rigurosa y antipática, no pudo
negarle ese tributo de aprobación, que no otorgaba a nadie. Todos tenemos
nuestras flaquezas. ¡Ah, Inés tenía las suyas! Violó las reglas de nuestra orden,
y se ganó el odio inveterado de la implacable superiora. Las reglas de Santa
Clara son rigurosas. Pero se han vuelto anticuadas y han caído en desuso;
muchas de ellas han sido olvidadas últimamente, o han sido modificadas por
acuerdo universal, haciendo más suaves sus castigos. La pena asignada al
crimen de Inés era de lo más cruel e inhumana. La regla hace tiempo que
estaba desacreditada. ¡Ah!, pero aún existía, y la vengativa priora decidió
aplicarla. Esta regla decretaba que se enterrase a la pecadora en una mazmorra
secreta, expresamente destinada a ocultar para siempre del mundo a la víctima
de la crueldad y de la tiránica superstición. En esta espantosa morada debía
vivir en soledad perpetua, privada de toda compañía, y tenida por muerta por
aquellos cuyo afecto les habría impulsado a tratar de rescatarla. Así se
consumiría, sin otro alimento que pan y agua, y sin otro consuelo que el de las
lágrimas.
La indignación que despertó esta declaración fue tan violenta, que
interrumpió el relato de Santa Úrsula. Cuando se aplacó el rumor, y reinó
nuevamente el silencio en la asamblea, prosiguió su discurso, mientras, a cada
palabra, el semblante de la superiora delataba terrores cada vez mayores.
—Se convocó a consejo a las doce monjas de más edad; yo estaba entre
ellas. La priora describió con colores exagerados el pecado de Inés y no tuvo
reparo alguno en proponer la puesta en vigor de esta regla casi olvidada. Para
vergüenza de nuestro sexo hay que decir que, ya fuera porque era tan absoluta
la voluntad de la superiora del convento, o porque los desengaños, la soledad y
el sacrificio habían endurecido hasta ese punto sus corazones y les había
agriado el carácter, el caso fue que la proposición se aprobó por nueve votos,
de doce. Yo no estaba entre esas nueve. Tuve muchas ocasiones para
convencerme de las virtudes de Inés, y la amaba y compadecía de la manera
más sincera. Las madres Berta y Cornelia se unieron a mí. Opusimos la mayor
resistencia posible, y la superiora se vio obligada a modificar su proyecto. A
pesar de que la mayoría estaba a su favor, temió romper con nosotras
abiertamente. Ella sabía que, apoyadas por la familia Medina, nuestras fuerzas serían demasiado poderosas para enfrentarse a ellas. Sabía también que, una
vez encarcelada y dada por muerta Inés, si era descubierta, su ruina sería
inevitable. Así que renunció a su plan, aunque de muy mala gana. Pidió unos
días para meditar la clase de castigo que pudiera ser satisfactorio a toda la
comunidad, y prometió que tan pronto como tomase una resolución volvería a
convocar el mismo consejo. Transcurrieron dos días. La noche del tercer día se
anunció que al siguiente se interrogaría a Inés, y que de acuerdo con su
comportamiento en esa ocasión, se aumentaría o suavizaría su castigo.
»La noche anterior a este interrogatorio, fui en secreto a la celda de Inés a
una hora en que suponía que las demás monjas estaban sumidas en profundo
sueño. La consolé lo mejor que pude: le pedí que tuviese valor, le dije que
confiara en la ayuda de sus amigas, y le enseñé determinadas señas, por las
que yo pudiera decirle si debía contestar sí o no a las preguntas de la superiora.
Consciente de que nuestra enemiga trataría de confundirla, atribularla e
intimidarla, temí que cayese en alguna confesión que perjudicase sus intereses.
Deseosa de mantener en secreto mi visita, abrevié mi entrevista con Inés. Le
rogué que no dejase que su ánimo decayese. Mezclé mis lágrimas con las que
le corrían a ella por sus mejillas, la abracé afectuosamente, y estaba a punto de
retirarme, cuando oí un rumor de pasos que se acercaban a la celda. Retrocedí.
Había un cortinaje que velaba un gran crucifijo, y me refugié tras él. Se abrió
la puerta. Entró la priora seguida de otras cuatro monjas. Se acercaron al lecho
de Inés. La priora le reprochó sus errores con los términos más agrios: le dijo
que estaba decidida a librar al mundo y a ella misma de semejante monstruo, y
le ordenó que se bebiese el contenido de una copa que le presentó una de las
monjas. Consciente de las fatales propiedades del licor, y temblando de
encontrarse al borde de la eternidad, la desventurada joven se esforzó en
despertar los sentimientos de la superiora con las súplicas más conmovedoras.
Imploró que le perdonase la vida con unos términos que podían haber
ablandado el corazón de un demonio. Prometió someterse pacientemente a
cualquier clase de castigo, a la vergüenza, el encarcelamiento y la tortura, ¡con
tal que se le permitiese vivir! ¡Oh, que se la dejase vivir un mes más, o una
semana, o un día! Su despiadada enemiga escuchó inconmovible sus lamentos:
le dijo que al principio había tenido intención de perdonarle la vida, y que si
ahora había cambiado de idea, tenía que agradecérselo a la oposición de sus
amigos. Siguió insistiendo en que se bebiese el veneno, y le dijo que recurriese
a la misericordia del Todopoderoso, no a la de ella, y le aseguró que dentro de
una hora se encontraría entre los muertos. Viendo que era inútil suplicar a
aquella mujer insensible, trató de saltar de su lecho y pedir auxilio: esperaba,
al menos, si no podía escapar a la suerte que le anunciaban, tener testigos de la
violencia que se cometía en ella. La priora adivinó sus intenciones, la cogió
vigorosamente por el brazo y la echó nuevamente sobre la almohada. Al
mismo tiempo sacó una daga y, colocándola sobre el pecho de la infortunada Inés, declaró que si daba un solo grito o vacilaba un solo instante en beber el
veneno, le traspasaría el corazón en ese instante. Ya medio muerta de miedo,
no fue capaz de ofrecer más resistencia. La monja se acercó con la copa fatal.
La superiora la obligó a cogerla y beberse el contenido. Se tomó el licor, y
quedó consumada la horrible acción. Entonces las monjas se sentaron
alrededor de la cama: contestaron a sus gemidos con reproches;
interrumpieron con sarcasmos sus plegarias, en las que encomendaban su alma
a la misericordia; la amenazaban con la venganza del Cielo y la condenación
eterna; le dijeron que desesperase de conseguir el perdón, y sembraron de
espinas aún más agudas el doloroso lecho de su muerte. Tales fueron los
sufrimientos de esta joven desventurada, hasta que el destino la libró de la
malevolencia de sus atormentadoras. Expiró horrorizada del pasado y asustada
del futuro; y sus agonías fueron tales que debieron de satisfacer ampliamente
el odio y el deseo de venganza de sus enemigas. Tan pronto como su víctima
expiró, se retiró la superiora, seguida de sus cómplices.
»Fue entonces cuando salí de mi escondite. No me atreví a asistir a mi
desventurada amiga, consciente de que, de haber intentado alguna cosa, habría
corrido la misma suerte. Estupefacta y aterrada más allá de toda expresión ante
esta escena espantosa, apenas tuve fuerzas para llegar a mi celda. Al trasponer
la puerta de la de Inés, me aventuré a mirar el lecho en el que yacía el cuerpo
sin vida, ¡antes tan dulce y adorable! Murmuré una jaculatoria por su espíritu,
y prometí vengar su suerte con la vergüenza y el castigo de sus asesinos. He
mantenido mi promesa con peligro y dificultad. En el funeral de Inés,
embargada por el dolor excesivo, se me escaparon unas palabras que
alarmaron la culpable conciencia de la priora. Vigilaron cada una de mis
acciones y espiaron cada uno de mis pasos. Constantemente me vi rodeada de
espías. Transcurrió mucho tiempo antes de poder encontrar el medio de enviar
a los parientes de la desdichada joven una advertencia de mi secreto. Se había
dicho que Inés había expirado súbitamente. Esta explicación fue creída no sólo
por sus amigos de Madrid, sino incluso por aquellas personas que la amaban
dentro del convento. El veneno no había dejado ninguna huella en su cuerpo;
nadie sospechó la verdadera causa de su muerte, que permaneció ignorada por
todos, salvo por sus asesinos y por mí.
»No me queda nada más que decir. De cuanto he dicho, responderé con mi
vida. Repito que la priora ha cometido asesinato; que ha eliminado de este
mundo, y puede que del Cielo, a una desventurada cuyo delito era leve y
venial; que ha abusado del poder confiado a sus manos, y que ha sido déspota,
bárbara e hipócrita. También acuso a las cuatro monjas, Violante, Camila, Alix
y Mariana, de ser cómplices e igualmente criminales.
Así terminó Santa Úrsula su relato, ante el horror y la sorpresa de todos los
presentes; si bien cuando contó el inhumano asesinato de Inés, la indignación de la chusma se patentizó de forma tan audible que apenas fue posible oír su
conclusión. Este tumulto aumentaba por momentos. Por último, una multitud
de voces gritó que la superiora debía ser entregada a su furia. Don Ramírez se
negó a ello enérgicamente. Incluso Lorenzo pidió al pueblo que recordase que
no había sido sometida a ningún juicio, y aconsejó a todos que dejasen su
castigo en manos de la Inquisición. Todas las protestas fueron inútiles: el
tumulto se fue volviendo cada vez más violento, y el populacho más
exasperado. En vano trató Ramírez de sacar a su prisionera de la
muchedumbre. Allí hacia donde se volvía, una banda de alborotadores le
cortaba el paso y reclamaba que se la entregasen con más insistencia. Ramírez
ordenó a su escolta que abriese paso entre la multitud: oprimidos por el gentío,
les era imposible sacar la espadas. Amenazó a la chusma con la venganza de la
Inquisición; pero en ese momento de frenesí popular, incluso este nombre
espantoso había perdido su efecto. Aunque el dolor por su hermana le hacía
mirar con repugnancia a la abadesa, Lorenzo no podía evitar compadecer a
una mujer en situación tan terrible; pero a pesar de todos sus esfuerzos, de los
del duque, de don Ramírez y de los arqueros, la gente siguió presionando, se
abrió paso a través de los guardianes que custodiaban a la víctima, la
arrancaron de su protección, y procedieron a aplicarle la más sumaria y cruel
venganza. Enloquecida de terror y apenas sin saber lo que decía, la desdichada
pidió a gritos misericordia. Declaró que era inocente de la muerte de Inés, y
que podía exculparse de la sospecha más allá de toda duda. Los alborotadores
no querían otra cosa que saciar su bárbara venganza. Se negaron a escucharla,
le lanzaron toda clase de insultos, la cubrieron de barro e inmundicia, y la
llamaron con los más denigrantes calificativos. Se la arrebataban unos a otros,
y cada nuevo atormentador era más salvaje que el otro. La ahogaban con sus
aullidos y execraciones sin atender a sus gritos estremecidos de piedad; y la
arrastraron por las calles, golpeándola y maltratándola, y haciéndola objeto de
toda suerte de crueldades que el odio y la furia vengativa podía inventar. Por
último, una piedra lanzada con mano certera le dio de lleno en la sien. Cayó al
suelo cubierta de sangre, y unos minutos después terminaba su miserable
existencia. Sin embargo, aunque ya no sentía los insultos de los alborotadores,
éstos siguieron descargando su rabia impotente sobre su cuerpo sin vida. Lo
golpearon, lo patearon y lo arrastraron, hasta que no fue ya más que una masa
de carne informe, repugnante e imposible de identificar.
Incapaces de evitar la espantosa acción, Lorenzo y sus amigos la habían
presenciado presos de un horror indecible. Pero abandonaron su forzada
pasividad al oír que la chusma iba a atacar el convento de Santa Clara. El
enardecido populacho, confundiendo a los inocentes con los culpables, había
decidido sacrificar a todas las monjas de esa orden para saciar su furia, y no
dejar piedra sobre piedra. Alarmados ante esta decisión, echaron a correr hacia
el convento, dispuestos a defenderlo en lo posible, o al menos a rescatar a sus moradoras de la ira de los alborotadores. La mayoría de las monjas había
huido, pero aún quedaban unas cuantas. Su situación era verdaderamente
peligrosa. Sin embargo, como habían tomado la precaución de atrancar las
puertas interiores, con ayuda de Lorenzo esperaban rechazar al populacho,
hasta que don Ramírez regresase con refuerzos suficientes.
Desplazado unas calles más allá del convento por el primer tumulto, no
llegó a sus puertas inmediatamente. Se abrió paso, pero la multitud le impedía
acercarse a la entrada. Entretanto, el populacho asediaba el edificio con furia
insistente: trataban de abrir brecha en las paredes, arrojaban antorchas
encendidas a las ventanas, y juraban que cuando rompiese el día no quedaría
viva una sola monja de Santa
Clara. Lorenzo había logrado avanzar a través de la multitud, cuando cedió
una de las puertas. Los alborotadores entraron en riada en el edificio, y
empezaron a descargar su venganza sobre cuanto encontraban a su paso.
Destrozaban los muebles, desgarraban los cuadros, destruían las reliquias, y en
su odio a la sierva olvidaban todo respeto a la santa. Algunos se dedicaron a
buscar a las monjas, otros a derribar partes del convento, y otros a prender
fuego a los cuadros y muebles valiosos que contenía. Estos últimos fueron los
que provocaron la desolación más decisiva: en efecto, las consecuencias de su
acción fueron más inmediatas que lo que ellos mismos hubieran esperado o
deseado. Las llamas que se elevaban de los montones ardiendo prendieron en
el edificio, que era viejo y seco, y el incendio se propagó con rapidez de
aposento a aposento. Los muros se estremecieron bajo el efecto devorador de
las llamas. Las columnas cedieron; los techos se derrumbaron sobre los
alborotadores, aplastando a muchos de ellos bajo su peso. No se oían más que
gritos y gemidos. Pronto quedó el convento envuelto en llamas, presentando
todo un espectáculo de devastación y de horror.