Capitulo 29

4758 Palabras
Lorenzo estaba anonadado por haber sido la causa, aunque inocente, de tan espantoso desastre. Se esforzó en reparar su falta protegiendo a las desamparadas habitantes del convento. Entró con la multitud, y se dedicó a reprimir la furia, hasta que el súbito y alarmante progreso de las llamas le obligaron a protegerse. La gente ahora salía precipitadamente con la misma ansiedad con que antes había entrado. Pero agolpados en la entrada, se quedaron muchos sin poder pasar, pereciendo ante el rápido avance del fuego. La buena fortuna de Lorenzo le dirigió hacia una pequeña puerta del fondo de la capilla. El cerrojo estaba descorrido. Lo abrió, y se encontró en la entrada del sepulcro de Santa Clara. Se detuvo a recobrar aliento. El duque y algunos de su escolta le habían seguido, por lo que, de momento, estaban a salvo. Se pusieron a deliberar qué dirección tomarían para escapar de este lugar caótico. Pero sus deliberaciones se vieron interrumpidas ante el espectáculo de las enormes llamas que se elevaron de los espesos arcos al derrumbarse y los alaridos de las monjas y los alborotadores, que se pisoteaban en la huida, y perecían en las llamas o aplastados bajo el peso de la mansión que se desmoronaba. Lorenzo preguntó adónde conducía la verja. Le contestaron que al jardín de los capuchinos, y decidieron buscar una salida por allí. Así que alzó el duque la aldaba y pasó al cementerio contiguo. Los acompañantes le siguieron sin dilación. Lorenzo, que iba el último, y estaba a punto de abandonar el claustro, vio que la puerta del sepulcro se abría suavemente. Alguien se asomó, pero al ver a los desconocidos, profirió un grito, retrocedió, y huyó escalera abajo otra vez. —¿Qué significa esto? —exclamó Lorenzo—. Aquí se oculta algún misterio. ¡Seguidme sin dilación! Dicho esto, entró apresuradamente en el sepulcro, en persecución de la persona que huía. El duque no sabía por qué había dicho estas palabras, pero suponiendo que tenía sus razones para ello, le siguió sin vacilar; los demás hicieron lo mismo, y el grupo entero no tardó en llegar al pie de la escalera. Como la puerta de arriba había quedado abierta, las llamas vecinas arrojaban suficiente luz para permitirle a Lorenzo ver al fugitivo corriendo por los pasadizos de las bóvedas lejanas. Pero cuando dio la vuelta a un recodo, se quedó sin luz, sumiéndose en total oscuridad, y sólo pudo situar a quien huía por el eco de sus pasos. Los perseguidores se vieron ahora obligados a avanzar con precaución. Según podían juzgar, el fugitivo parecía haber aminorado también su paso, pues oían las pisadas más lentas. Finalmente, se desorientaron en un laberinto de pasadizos, y se dispersaron en varias direcciones. Movido por su deseo de aclarar este misterio, y penetrar en él por un impulso secreto e inexplicable, Lorenzo no hizo caso de esta circunstancia hasta que se encontró completamente solo. El ruido de pasos había cesado. Todo estaba en silencio a su alrededor, y no oía nada que le orientase en qué dirección había huido aquella persona. Se detuvo a reflexionar sobre qué medio valerse para proseguir su persecución. Estaba convencido de que ningún motivo normal había llevado al fugitivo a buscar un lugar tan tétrico a una hora tan poco usual. El grito que había proferido parecía de terror, y estaba convencido de que aquello entrañaba algún hecho misterioso. Tras unos minutos de vacilación, decidió proseguir, buscando el camino a tientas por las paredes del pasadizo. Llevaba ya algún tiempo andando de esta manera, cuando divisó a lo lejos un tenue resplandor. Guiado por él y con la espada desenvainada, dirigió sus pasos hacia el lugar de donde parecía provenir aquella luz. Se trataba de una lámpara que había encendida delante de la imagen de Santa Clara. Ante ella había varias mujeres, sus blancos vestidos tremolaban en la corriente de aire que corría por los abovedados pasadizos. Deseoso de saber qué era lo que las había congregado en este lugar melancólico, Lorenzo se acercó con sigilo. Las desconocidas parecían sumidas en grave conversación. No oyeron los pasos de Lorenzo, y éste se acercó sin ser advertido, hasta que pudo oír con claridad sus voces. —Os digo —dijo la que estaba hablando cuando él llegó, y a la que escuchaban las demás con gran atención—, os digo que les he visto con mis propios ojos; he huido escalera abajo; me han perseguido, y he escapado de sus manos por puro milagro. De no ser por la lámpara, no os habría encontrado. —¿Y qué puede haberles traído aquí? —dijo otra con voz temblorosa—. ¿Creéis que nos buscan? —Quiera Dios que sean infundados todos mis recelos —respondió la primera—. ¡Pero me temo que son asesinos! ¡Si nos descubren, estamos perdidas! En cuanto a mí, mi muerte es segura: mi parentesco con la priora será suficiente crimen para condenarme; y aunque estas criptas me han protegido hasta ahora... Aquí, al alzar la vista, sus ojos descubrieron a Lorenzo, que se había ido aproximando lentamente. —¡Los asesinos! —gritó. Se incorporó de un salto del pedestal de la imagen donde había estado sentada, y trató de huir corriendo. Sus compañeras, al mismo tiempo, profirieron un grito de terror, mientras Lorenzo detenía a la fugitiva por el brazo. Asustada y desesperada, cayó de rodillas ante él. —¡Piedad! —exclamó—. ¡Por Jesucristo, piedad! ¡Soy inocente, soy inocente! La voz, mientras hablaba, casi se le estrangulaba de terror. El resplandor de la lámpara le dio de lleno en la cara, que tenía desvelada, y Lorenzo reconoció a la hermosa Virginia de Villa–Franca. Se apresuró a levantarla del suelo, y le rogó que tuviese ánimo. Prometió protegerla de los alborotadores, le aseguró que el refugio aún era secreto, y que podía confiar en su intención de defenderla hasta la última gota de su sangre. Durante esta conversación, las monjas se habían arrojado en diversas actitudes: una se había arrodillado y suplicaba al Cielo; otra había ocultado el rostro en el regazo de su vecina, algunas escuchaban inmóviles y temerosas el discurso del supuesto asesino, mientras otras se abrazaban a la imagen de Santa Clara e imploraban su protección con gritos frenéticos. Al darse cuenta de su error, se congregaron alrededor de Lorenzo y le colmaron de bendiciones. Este averiguó que, al oír las amenazas de la chusma, y aterradas por las crueldades que habían visto infligir a la superiora desde las torres del convento, muchas pensionistas y monjas se habían refugiado en la cripta. Entre las primeras reconoció a la encantadora Virginia. Pariente de la priora, tenía más motivos que las otras para temer a los alborotadores, y ahora suplicó a Lorenzo fervientemente que no la abandonase a su furia. Sus compañeras, la mayoría mujeres de noble familia, le hicieron las mismas súplicas, a las que accedió de buen grado. Prometió no abandonarlas hasta verlas a todas a salvo y en brazos de sus familias. Pero les aconsejó que esperasen y no saliesen del sepulcro hasta que se hubiese calmado algo la furia popular y la llegada de la fuerza militar hubiera dispersado a la multitud. —¡Ojalá —exclamó Virginia— me encontrara ya a salvo en brazos de mi madre! ¿Qué decís, señor, tardaremos mucho en poder abandonar este sitio? ¡Cada instante que paso aquí, sufro una tortura! —Confío en que no mucho —dijo—; pero hasta que podáis salir sin peligro, este sepulcro os será un refugio impenetrable. Aquí no corréis ningún riesgo de ser descubierta, y os aconsejo que permanezcáis tranquila dos o tres horas. —¿Dos o tres horas? —exclamó sor Elena—. ¡Si permanezco una hora más en esta cripta me moriré de miedo! Ni todos los tesoros del mundo me convencerían para soportar de nuevo lo que he sufrido desde que he entrado en este lugar. ¡Virgen bendita! Estar en este sitio melancólico en plena noche, rodeada por los cadáveres polvorientos de mis difuntas compañeras, y esperar a cada instante ser destrozada por sus espectros que vagan a mi alrededor, y lloran, y gimen, y se lamentan con acentos que me hielan la sangre... ¡Jesucristo! ¡Me harán enloquecer! —Excusadme —replicó Lorenzo— si me sorprendo de que mientras estáis amenazada por peligros reales seáis capaz de rendiros ante peligros imaginarios. Estos terrores son pueriles y sin fundamento. Desechadlos, santa hermana. He prometido defenderos de los alborotadores, pero contra los ataques de la superstición debéis valeros por vos misma. La idea de los espectros es ridícula en extremo. Y si seguís dejándoos llevar por quiméricos terrores... —¿Quiméricos? —exclamaron las monjas al unísono—. ¡Pero si nosotras mismas lo hemos oído, señor! ¡Todas lo hemos oído! Era algo que se repetía, y sonaba cada vez más lastimero y profundo. Jamás nos convenceréis de que nos hemos equivocado todas. No, de ningún modo. De haber sido sólo rumores creados por la fantasía... —¡Escuchad! ¡Escuchad! —interrumpió Virginia con voz aterrada—. ¡El Señor nos proteja! ¡Ya se oye otra vez! Las monjas juntaron las manos, y cayeron de rodillas. Lorenzo miró en torno suyo con ansiedad, a punto de rendirse a los miedos que ya habían hecho presa en las mujeres. Reinaba un silencio universal. Examinó la cripta, pero no pudo ver nada. Se dispuso a interpelar a las monjas y reprocharles sus pueriles aprensiones, cuando le llamó la atención un gemido profundo, prolongado. —¿Qué es eso? —inquirió, sobresaltado. —¡Ved, señor! —dijo Elvira—. ¡Ahora podréis convenceros! ¡Vos mismo habéis oído ese lamento! Juzgad ahora si son imaginarios nuestros terrores. Desde que estamos aquí, esos gemidos se vienen repitiendo casi cada cinco minutos. Indudablemente proceden de algún alma en pena que desea que se rece por ella para que salga del purgatorio. Pero ninguna de las que estamos aquí se atreve a preguntarle nada. En cuanto a mí, si viese una aparición, estoy segura de que me moriría del susto. Acababa de decir esto, cuando se oyó un segundo gemido aún más claro. Las monjas se santiguaron y se apresuraron a repetir sus jaculatorias contra los malos espíritus. Lorenzo escuchó con atención. Le pareció incluso que podía distinguir sonidos como si hablasen entre lamentos. Pero la distancia los volvía ininteligibles. El rumor parecía provenir del centro de la cripta en la que se encontraban él y las monjas, y de la que salían multitud de pasadizos en distintas direcciones, a modo de una estrella. La curiosidad de Lorenzo, siempre despierta, le espoleó a desentrañar el misterio. Pidió que guardasen silencio. Las monjas obedecieron. Callaron todas, hasta que la quietud volvió a ser turbada por el lamento, que se repitió varias veces sucesivamente. Notó que se hacía más audible, a medida que avanzaba siguiendo el rumor, hasta que llegó al altar de Santa Clara. —El sonido viene de aquí —dijo Lorenzo—. ¿De quién es esta imagen? Elena, a quien había sido dirigida la pregunta, calló un momento. De pronto, juntó las manos. —¡Sí! —exclamó—. Eso debe de ser. He descubierto el significado de esos gemidos. Las monjas la rodearon, y le pidieron ansiosamente que se explicase. Ella contestó gravemente que, desde tiempo inmemorial, la imagen había tenido fama de hacer milagros. De aquí infería ella que la santa se sentía afectada por el incendio del convento que ella protegía, y expresaba su pesar con audibles lamentaciones. Lorenzo, que no tenía la misma fe en la milagrosa santa, no consideró tan satisfactoria la solución del misterio como las monjas, que la suscribieron sin vacilación. En un punto, es cierto, sí coincidía con Elena. Sospechaba que los gemidos provenían de la imagen: cuanto más escuchaba, más se reafirmaba en esta idea. Se acercó a la imagen con el fin de examinarla más de cerca. Pero al ver su intención, las monjas le suplicaron por el amor de Dios que no lo hiciese, ya que si tocaba la estatua su muerte sería inevitable. —¿Y en qué consiste el peligro? —inquirió. —¡Madre de Dios! ¿En qué? —replicó Elena, deseosa siempre de contar alguna milagrosa aventura—. ¡Si hubieseis oído la centésima parte de las maravillosas historias concernientes a esta imagen, que la superiora solía contar! Nos aseguraba una y otra vez que como nos atreviéramos a poner en ella un dedo tan sólo, podíamos esperar las más fatales consecuencias. Entre otras cosas, nos dijo que una noche entró en esta cripta un ladrón, el cual reparó en un rubí de inestimable valor. ¿Lo veis, señor? Le brilla en el tercer dedo de la mano que sostiene la corona de espinas. Esta joya excitó naturalmente la codicia del villano. Decidió apoderarse de ella. Con ese fin subió al pedestal. Se cogió al brazo derecho de la santa para sostenerse, y alargó la mano hacia el anillo. ¡Cuál no sería su sorpresa, cuando vio que la estatua alzaba la mano en actitud de amenaza, y oyó de sus labios pronunciar su eterna perdición! Sobrecogido de miedo y consternación, desistió de su intento y se dispuso a abandonar el sepulcro. Pero en esto también fracasó. No pudo huir. Le fue imposible separar la mano con que sujetaba al brazo derecho de la estatua. En vano forcejeó. Se quedó prendido a la imagen, hasta que una angustia insoportable y febril le recorrió las venas y le impulsó a gritar pidiendo auxilio. El sepulcro se llenó de espectadores. El villano confesó su sacrilegio, y sólo fue posible librarle cortándole la mano. Desde entonces, esa mano ha permanecido pegada a la imagen. El ladrón se volvió ermitaño, y a partir de entonces llevó una vida ejemplar. Pero se cumplió el decreto de la santa, y dice la tradición que aún sigue ese hombre rondando por este sepulcro e implorando el perdón de Santa Clara con gemidos y lamentaciones. Y ahora que pienso en ello, los gemidos que hemos oído bien pueden haber sido proferidos por el espíritu del pecador. Pero no estoy muy segura. Todo lo que puedo decir es que desde entonces nadie se ha atrevido a tocar la imagen. ¡De modo que no seáis temerario, buen señor! Por el amor del cielo, desistid de vuestro propósito, y no os expongáis innecesariamente a una muerte cierta. Poco convencido de que fuese tan cierta su muerte como Elena parecía creer, Lorenzo persistió en su resolución. Las monjas le suplicaron que renunciase en términos lastimeros, e incluso le señalaron la mano del ladrón, que efectivamente, aún se veía sobre el brazo de la imagen. Esta prueba, imaginaban, le convencería. Muy lejos de suceder así, se escandalizaron enormemente cuando él manifestó su sospecha de que aquellos dedos secos y arrugados habían sido puestos por orden de la priora. A pesar de sus súplicas y amenazas, se acercó a la estatua, saltó la verja de hierro que la protegía y sometió a la santa a un detenido reconocimiento. Al principio, la imagen parecía de piedra, pero tras una atenta inspección, resultó no estar hecha de otro material que madera policromada. La empujó y trató de moverla. Pero parecía formar una sola pieza con la base sobre la que se asentaba. La siguió estudiando una y otra vez. Sin embargo, no encontraba clave alguna que le llevase a la solución de este misterio, por el que las monjas se sentían ahora igualmente curiosas, al ver que tocaba la estatua con impunidad. Lorenzo se detuvo y escuchó: los gemidos se repetían a intervalos, y se convenció de que se hallaba en el lugar más próximo a ellos. Meditó sobre este hecho singular, y volvió a estudiar la estatua con ojos inquisitivos. De repente, se fijó en la mano arrugada. Le sorprendió que una advertencia tan particular no obedeciese a una razón para que no tocasen el brazo de la imagen. Volvió a subir al pedestal; examinó el objeto de su atención, y descubrió un pequeño botón de hierro oculto en el hombro de la santa, y que se suponía había sido la mano del ladrón. Este descubrimiento le animó. Aplicó sus dedos en el botón, y apretó con fuerza. Inmediatamente se oyó un ruido en el interior de la estatua, como si se soltase una cadena tensa. Sobresaltadas ante el ruido, las atemorizadas monjas retrocedieron, dispuestas a huir de la cripta al primer asomo de peligro. Al permanecer todo quieto y tranquilo, se agruparon de nuevo en torno a Lorenzo, y observaron con curiosidad. Viendo que no ocurría nada tras este descubrimiento volvió a bajar. Al quitar la mano de la santa, ésta tembló, lo que provocó nuevos terrores en las espectadoras, que creyeron que la estatua cobraba vida. La idea de Lorenzo sobre el particular fue muy distinta. En seguida comprendió que el ruido que había oído había sido ocasionado al soltarse una cadena que sujetaba la imagen a su pedestal. Trató una vez más de moverla, y lo logró sin demasiado esfuerzo. La colocó en el suelo, y luego vio que el pedestal estaba hueco, y su abertura cerrada por una pesada reja de hierro. Esto excitó tal curiosidad general, que las hermanas olvidaron sus peligros reales e imaginarios. Lorenzo procedió a levantar la reja, a lo que le ayudaron las monjas con todas sus fuerzas. Lo consiguieron sin mucha dificultad. Un profundo abismo se abrió ahora ante ellos, cuya densa oscuridad se esforzó el ojo en penetrar inútilmente. Los rayos de la lámpara eran demasiado débiles para que sirviesen de algo. No se distinguía nada, salvo un tramo de toscos escalones que se hundían en el abismo y se perdían inmediatamente en la negrura. Ya no se oían los gemidos. Pero todos estaban convencidos de que procedían de esta caverna. Al inclinarse sobre ella, a Lorenzo le pareció distinguir un apagado resplandor en la negrura. Miró atentamente hacia aquel punto, y tuvo la certeza de que era una luz que unas veces aumentaba y otras disminuía. Comunicó este detalle a las monjas. Estas captaron también el resplandor. Pero cuando les dijo su intención de descender a la caverna, todas se opusieron a tal idea. Sin embargo, sus protestas no lograron disuadirle. Ninguna tuvo el valor de acompañarle; por otra parte no consintió él en privarlas de la lámpara. Así que se dispuso a llevar a cabo su propósito solo y completamente a oscuras, mientras las monjas se contentaban con ofrecer plegarias por el éxito y seguridad de Lorenzo. Los peldaños eran tan estrechos e irregulares que bajarlos era como descender por un precipicio. La oscuridad; que le envolvía hacía sus pasos inseguros. Se vio obligado a avanzar con gran precaución para no poner un pie en falso y caer en el abismo que se abría debajo de él. A punto estuvo de ocurrirle esto varias veces. Sin embargo, llegó a suelo firme antes de lo que había creído. Descubrió que la densa oscuridad y las impenetrables brumas que reinaban en la caverna le habían inducido a creerla mucho más profunda de lo que era en realidad. Llegó al pie de la escalera sin percance. Se detuvo, y miró en torno suyo, en busca del resplandor que antes le había llamado la atención. Pero no vio nada. Todo era completa tiniebla. Escuchó, por si oía gemidos. Pero su oído no captó ruido alguno, salvo el murmullo distante de las monjas, arriba, que rezaban en voz baja. Estaba indeciso, sin saber hacia qué lado dirigir sus pasos. Finalmente, decidió proseguir, pero despacio, temiendo alejarse del lugar que buscaba, en vez de aproximarse. Los gemidos parecían indicar que había alguien que sufría, o que al menos se hallaba en apuros, y esperaba poder aliviarle sus miserias. Una voz quejumbrosa sonó al fin, a no mucha distancia de donde estaba él. Se dirigió hacia allí animado. Se hacía más audible a medida que avanzaba; y no tardó en descubrir nuevamente el resplandor, que un muro saliente le había ocultado hasta ahora. Provenía de una pequeña lámpara colocada sobre un montón de piedras, cuyos débiles y melancólicos rayos, más que disipar, subrayaban los horrores de una estrecha y tenebrosa mazmorra abierta a un lado de la caverna; revelaba también otras celdas parecidas, pero cuya profundidad se hundía en las tinieblas. La luz jugaba fría sobre los muros mojados, cuya superficie devolvía débiles reflejos. Una niebla pestilente nublaba las alturas de la abovedada mazmorra. A medida que avanzaba Lorenzo sentía que un frío afilado le penetraba las venas. Los frecuentes gemidos le impulsaban a seguir adelante. Se dirigió hacia ellos, y a la luz parpadeante de la lámpara, vio en un rincón de este recinto abominable a una criatura acurrucada sobre un lecho de paja, tan desdichada, tan delgada, tan pálida, que dudó que fuese una mujer. Estaba medio desnuda: su cabellera larga y desgreñada caía en desorden sobre su rostro ocultándolo casi por entero. Un brazo descarnado colgaba descuidadamente sobre una andrajosa manta, que cubría sus miembros crispados y temblorosos. El otro rodeaba un pequeño bulto, que mantenía sujeto contra su pecho. Junto a ella yacía un gran rosario. Enfrente había un crucifijo, en el que ella tenía los ojos clavados, y a su lado había una cesta y una pequeña jarra de barro. Lorenzo se detuvo: se quedó petrificado de horror. Contempló a aquella desventurada con repugnancia y piedad. Se estremeció ante el espectáculo. Sintió una angustia insoportable. Le flaquearon las fuerzas, y sus piernas parecieron negarse a sostenerle. Se vio obligado a apoyarse contra el muro que tenía a su lado, incapaz de avanzar ni de hablarle a la desventurada. Ésta dirigió una mirada hacia la escalera. El muro ocultaba a Lorenzo, y ella no le vio. —¡No viene nadie! —murmuró al fin. Su voz era cavernosa e insegura. Suspiró amargamente. —¡No viene nadie! —repitió—. ¡No! ¡Me han olvidado! ¡No volverán más! Calló un momento; luego, continuó lastimera: —¡Dos días! ¡Dos largos, interminables días, sin comer! ¡Y sin esperanza ni consuelo! ¡Estúpida! ¡Cómo puedo desear prolongar una vida tan desdichada! ¡Pero, qué muerte! ¡Oh, Dios! ¡Acabar con una muerte así! ¡Prolongar los días en esta tortura! ¡Hasta ahora, no sabía qué era el hambre! ¡Ay, no! ¡No viene nadie! ¡No volverán ya más! Guardó silencio. Se estremeció, y se echó la manta sobre sus hombros desnudos. —¡Tengo mucho frío! ¡Aún no estoy acostumbrada a las humedades de esta mazmorra! Es extraño. Pero no importa. Cuanto más helada esté, menos lo sentiré. ¡Me quedaré fría, fría como tú! Miró el bulto, que tenía pegado a su pecho. Se inclinó sobre él, y lo besó. Luego lo apartó impulsivamente, y se estremeció con repugnancia. —¡Qué dulce era antes! ¡Qué hermoso habría sido, qué parecido a él! ¡Y lo he perdido para siempre! ¡Cómo ha cambiado en pocos días! ¡No debería volverlo a ver más! ¡Sin embargo, cuánto lo quiero! ¡Dios! ¡Cuánto! Olvidaré lo que es. Recordaré sólo lo que era, y lo querré igual, ¡como cuando era tan dulce, tan parecido a él! Yo creía que se me habían secado ya todas las lágrimas, pero aún me queda una. Se enjugó los ojos con un mechón de sus cabellos. Alargó la mano hacia la jarra, y la alcanzó con dificultad. Lanzó una mirada inquisitiva y desesperanzada a su interior. Suspiró, y volvió a dejarla en el suelo. —¡Completamente vacía! ¡Ni una gota! ¡No hay una sola gota con que refrescar mi paladar reseco! ¡Daría lo que fuese por un sorbo de agua! ¡Y son siervas de Dios las que me hacen sufrir así! ¡Se consideran santas, y me torturan como demonios! Crueles e insensibles, y son ellas las que me piden que me arrepienta. ¡Y son ellas las que me amenazan con la condenación eterna! ¡Señor, Señor! ¡Tú no piensas eso! Fijó nuevamente los ojos en el crucifijo, cogió el rosario, y mientras pasaba las cuentas, el rápido movimiento de sus labios reveló que rezaba con fervor. Mientras escuchaba sus tristes lamentos, la sensibilidad de Lorenzo se iba sintiendo más violentamente afectada. La primera visión de semejante miseria había causado un profundo estupor. Pero pasado éste, avanzó hacia la cautiva. Ella oyó sus pasos, y profiriendo un grito de alegría, dejó caer el rosario. —¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —exclamó—. ¡Alguien viene! Trató de levantarse, pero el esfuerzo no fue suficiente. Cayó hacia atrás, y se hundió nuevamente en el lecho de paja. Lorenzo oyó un ruido de pesadas cadenas. Se acercó aún más, mientras proseguía la prisionera. —¿Sois Camila? ¡Por fin habéis venido! ¡Oh, ya era hora! Creía que me habíais olvidado; que me habíais dejado morir de hambre. ¡Dadme de beber, Camila, por piedad! Me siento desfallecer con este largo ayuno, y estoy tan débil que no me puedo levantar del suelo. ¡Mi buena Camila, dadme de beber, antes de que expire delante de vos! Temeroso de que la sorpresa, en su enfebrecido estado, pudiera ser fatal, Lorenzo no sabía cómo hablarle. —No soy Camila —dijo al fin, hablando con voz lenta y suave. —¿Quién sois entonces? —replicó la prisionera—. ¿Alix, quizá, o Violante? La vista se me ha vuelto tan borrosa y débil que no distingo vuestro rostro. Pero quienquiera que seáis, si vuestro pecho es sensible a la más leve compasión, si no sois más cruel que los lobos y los tigres, apiadaos de mis sufrimientos. Sabéis que estoy muriendo por falta de alimento. Éste es el tercer día que mis labios han dejado de recibir comida alguna. ¿Me traéis algo? ¿O venís a anunciarme mi muerte, y el tiempo que me queda de agonía? —Os equivocáis —replicó Lorenzo—; no soy ningún emisario de vuestra cruel priora. Siento piedad de vuestros sufrimientos, y vengo a libraros de ellos. —¿A librarme de ellos? —repitió la cautiva—. ¿Habéis dicho a librarme de ellos? Levantándose al mismo tiempo del suelo, y sosteniéndose con las manos, miró al desconocido con atención. —¡Gran Dios! ¡No es una ilusión! ¡Un hombre! ¡Hablad! ¿Quién sois? ¿Qué os trae aquí? ¿Venís a salvarme, a devolverme la libertad, la vida y la luz? ¡Oh, hablad, hablad rápidamente, no vaya a alentar yo una esperanza cuyo desencanto me mataría! —¡Tranquilizaos! —replicó Lorenzo con voz dulce y compasiva—. La superiora de cuya crueldad os quejáis ha pagado ya sus crímenes. Nada tenéis que temer de ella en adelante. Dentro de unos minutos estaréis en libertad, y en brazos de vuestros amigos, de quienes habéis sido arrancada. Confiad en mi protección. Dadme vuestra mano, y no temáis. Dejad que os guíe a donde recibiréis las atenciones que vuestro débil estado requiere. —¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —exclamó la prisionera con alborozo—. ¡Entonces hay un Dios, un Dios justo! ¡Aleluya, aleluya! ¡Respiraré una vez más aire fresco, y veré la luz gloriosa del sol! ¡Iré con vos! ¡Desconocido, iré con vos! ¡Oh, el Cielo os bendiga por apiadaros de esta desventurada! Pero esto debe venir conmigo también —añadió, señalando el pequeño envoltorio que aún apretaba contra el pecho—. No puedo separarme de él. Lo llevaré: convenceré al mundo de lo espantosas que son las moradas falsamente llamadas religiosas. Mi buen desconocido, dadme vuestra mano. Estoy desfallecida de hambre, sufrimiento y de enfermedad, y mis fuerzas me abandonan por completo. ¡Así, está bien! Al inclinarse Lorenzo para levantarla, la luz de la lámpara dio de lleno en su rostro. —¡Dios Todopoderoso! —exclamó ella—. ¿Es posible? ¡Esa cara! ¡Esos rasgos! ¡Oh! ¡Sí, es... es...! Extendió los brazos para abrazarle. Pero su cuerpo debilitado fue incapaz de soportar las emociones que agitaban su pecho. Se desmayó, y una vez más se derrumbó en el lecho de paja.
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