Lorenzo estaba anonadado por haber sido la causa, aunque inocente, de tan
espantoso desastre. Se esforzó en reparar su falta protegiendo a las
desamparadas habitantes del convento. Entró con la multitud, y se dedicó a
reprimir la furia, hasta que el súbito y alarmante progreso de las llamas le
obligaron a protegerse. La gente ahora salía precipitadamente con la misma
ansiedad con que antes había entrado. Pero agolpados en la entrada, se
quedaron muchos sin poder pasar, pereciendo ante el rápido avance del fuego.
La buena fortuna de Lorenzo le dirigió hacia una pequeña puerta del fondo de
la capilla. El cerrojo estaba descorrido. Lo abrió, y se encontró en la entrada
del sepulcro de Santa Clara.
Se detuvo a recobrar aliento. El duque y algunos de su escolta le habían
seguido, por lo que, de momento, estaban a salvo. Se pusieron a deliberar qué
dirección tomarían para escapar de este lugar caótico. Pero sus deliberaciones
se vieron interrumpidas ante el espectáculo de las enormes llamas que se elevaron de los espesos arcos al derrumbarse y los alaridos de las monjas y los
alborotadores, que se pisoteaban en la huida, y perecían en las llamas o
aplastados bajo el peso de la mansión que se desmoronaba.
Lorenzo preguntó adónde conducía la verja. Le contestaron que al jardín
de los capuchinos, y decidieron buscar una salida por allí. Así que alzó el
duque la aldaba y pasó al cementerio contiguo. Los acompañantes le siguieron
sin dilación. Lorenzo, que iba el último, y estaba a punto de abandonar el
claustro, vio que la puerta del sepulcro se abría suavemente. Alguien se
asomó, pero al ver a los desconocidos, profirió un grito, retrocedió, y huyó
escalera abajo otra vez.
—¿Qué significa esto? —exclamó Lorenzo—. Aquí se oculta algún
misterio. ¡Seguidme sin dilación!
Dicho esto, entró apresuradamente en el sepulcro, en persecución de la
persona que huía. El duque no sabía por qué había dicho estas palabras, pero
suponiendo que tenía sus razones para ello, le siguió sin vacilar; los demás
hicieron lo mismo, y el grupo entero no tardó en llegar al pie de la escalera.
Como la puerta de arriba había quedado abierta, las llamas vecinas arrojaban
suficiente luz para permitirle a Lorenzo ver al fugitivo corriendo por los
pasadizos de las bóvedas lejanas. Pero cuando dio la vuelta a un recodo, se
quedó sin luz, sumiéndose en total oscuridad, y sólo pudo situar a quien huía
por el eco de sus pasos. Los perseguidores se vieron ahora obligados a avanzar
con precaución. Según podían juzgar, el fugitivo parecía haber aminorado
también su paso, pues oían las pisadas más lentas. Finalmente, se
desorientaron en un laberinto de pasadizos, y se dispersaron en varias
direcciones. Movido por su deseo de aclarar este misterio, y penetrar en él por
un impulso secreto e inexplicable, Lorenzo no hizo caso de esta circunstancia
hasta que se encontró completamente solo. El ruido de pasos había cesado.
Todo estaba en silencio a su alrededor, y no oía nada que le orientase en qué
dirección había huido aquella persona. Se detuvo a reflexionar sobre qué
medio valerse para proseguir su persecución. Estaba convencido de que
ningún motivo normal había llevado al fugitivo a buscar un lugar tan tétrico a
una hora tan poco usual. El grito que había proferido parecía de terror, y
estaba convencido de que aquello entrañaba algún hecho misterioso. Tras unos
minutos de vacilación, decidió proseguir, buscando el camino a tientas por las
paredes del pasadizo. Llevaba ya algún tiempo andando de esta manera,
cuando divisó a lo lejos un tenue resplandor. Guiado por él y con la espada
desenvainada, dirigió sus pasos hacia el lugar de donde parecía provenir
aquella luz.
Se trataba de una lámpara que había encendida delante de la imagen de
Santa Clara. Ante ella había varias mujeres, sus blancos vestidos tremolaban
en la corriente de aire que corría por los abovedados pasadizos. Deseoso de saber qué era lo que las había congregado en este lugar melancólico, Lorenzo
se acercó con sigilo. Las desconocidas parecían sumidas en grave
conversación. No oyeron los pasos de Lorenzo, y éste se acercó sin ser
advertido, hasta que pudo oír con claridad sus voces.
—Os digo —dijo la que estaba hablando cuando él llegó, y a la que
escuchaban las demás con gran atención—, os digo que les he visto con mis
propios ojos; he huido escalera abajo; me han perseguido, y he escapado de
sus manos por puro milagro. De no ser por la lámpara, no os habría
encontrado.
—¿Y qué puede haberles traído aquí? —dijo otra con voz temblorosa—.
¿Creéis que nos buscan?
—Quiera Dios que sean infundados todos mis recelos —respondió la
primera—. ¡Pero me temo que son asesinos! ¡Si nos descubren, estamos
perdidas! En cuanto a mí, mi muerte es segura: mi parentesco con la priora
será suficiente crimen para condenarme; y aunque estas criptas me han
protegido hasta ahora...
Aquí, al alzar la vista, sus ojos descubrieron a Lorenzo, que se había ido
aproximando lentamente.
—¡Los asesinos! —gritó.
Se incorporó de un salto del pedestal de la imagen donde había estado
sentada, y trató de huir corriendo. Sus compañeras, al mismo tiempo,
profirieron un grito de terror, mientras Lorenzo detenía a la fugitiva por el
brazo. Asustada y desesperada, cayó de rodillas ante él.
—¡Piedad! —exclamó—. ¡Por Jesucristo, piedad! ¡Soy inocente, soy
inocente!
La voz, mientras hablaba, casi se le estrangulaba de terror. El resplandor de
la lámpara le dio de lleno en la cara, que tenía desvelada, y Lorenzo reconoció
a la hermosa Virginia de Villa–Franca. Se apresuró a levantarla del suelo, y le
rogó que tuviese ánimo. Prometió protegerla de los alborotadores, le aseguró
que el refugio aún era secreto, y que podía confiar en su intención de
defenderla hasta la última gota de su sangre. Durante esta conversación, las
monjas se habían arrojado en diversas actitudes: una se había arrodillado y
suplicaba al Cielo; otra había ocultado el rostro en el regazo de su vecina,
algunas escuchaban inmóviles y temerosas el discurso del supuesto asesino,
mientras otras se abrazaban a la imagen de Santa Clara e imploraban su
protección con gritos frenéticos. Al darse cuenta de su error, se congregaron
alrededor de Lorenzo y le colmaron de bendiciones. Este averiguó que, al oír
las amenazas de la chusma, y aterradas por las crueldades que habían visto
infligir a la superiora desde las torres del convento, muchas pensionistas y monjas se habían refugiado en la cripta. Entre las primeras reconoció a la
encantadora Virginia. Pariente de la priora, tenía más motivos que las otras
para temer a los alborotadores, y ahora suplicó a Lorenzo fervientemente que
no la abandonase a su furia. Sus compañeras, la mayoría mujeres de noble
familia, le hicieron las mismas súplicas, a las que accedió de buen grado.
Prometió no abandonarlas hasta verlas a todas a salvo y en brazos de sus
familias. Pero les aconsejó que esperasen y no saliesen del sepulcro hasta que
se hubiese calmado algo la furia popular y la llegada de la fuerza militar
hubiera dispersado a la multitud.
—¡Ojalá —exclamó Virginia— me encontrara ya a salvo en brazos de mi
madre! ¿Qué decís, señor, tardaremos mucho en poder abandonar este sitio?
¡Cada instante que paso aquí, sufro una tortura!
—Confío en que no mucho —dijo—; pero hasta que podáis salir sin
peligro, este sepulcro os será un refugio impenetrable. Aquí no corréis ningún
riesgo de ser descubierta, y os aconsejo que permanezcáis tranquila dos o tres
horas.
—¿Dos o tres horas? —exclamó sor Elena—. ¡Si permanezco una hora
más en esta cripta me moriré de miedo! Ni todos los tesoros del mundo me
convencerían para soportar de nuevo lo que he sufrido desde que he entrado en
este lugar. ¡Virgen bendita! Estar en este sitio melancólico en plena noche,
rodeada por los cadáveres polvorientos de mis difuntas compañeras, y esperar
a cada instante ser destrozada por sus espectros que vagan a mi alrededor, y
lloran, y gimen, y se lamentan con acentos que me hielan la sangre...
¡Jesucristo! ¡Me harán enloquecer!
—Excusadme —replicó Lorenzo— si me sorprendo de que mientras estáis
amenazada por peligros reales seáis capaz de rendiros ante peligros
imaginarios. Estos terrores son pueriles y sin fundamento. Desechadlos, santa
hermana. He prometido defenderos de los alborotadores, pero contra los
ataques de la superstición debéis valeros por vos misma. La idea de los
espectros es ridícula en extremo. Y si seguís dejándoos llevar por quiméricos
terrores...
—¿Quiméricos? —exclamaron las monjas al unísono—. ¡Pero si nosotras
mismas lo hemos oído, señor! ¡Todas lo hemos oído! Era algo que se repetía, y
sonaba cada vez más lastimero y profundo. Jamás nos convenceréis de que nos
hemos equivocado todas. No, de ningún modo. De haber sido sólo rumores
creados por la fantasía...
—¡Escuchad! ¡Escuchad! —interrumpió Virginia con voz aterrada—. ¡El
Señor nos proteja! ¡Ya se oye otra vez!
Las monjas juntaron las manos, y cayeron de rodillas. Lorenzo miró en torno suyo con ansiedad, a punto de rendirse a los miedos que ya habían hecho
presa en las mujeres. Reinaba un silencio universal. Examinó la cripta, pero no
pudo ver nada. Se dispuso a interpelar a las monjas y reprocharles sus pueriles
aprensiones, cuando le llamó la atención un gemido profundo, prolongado.
—¿Qué es eso? —inquirió, sobresaltado.
—¡Ved, señor! —dijo Elvira—. ¡Ahora podréis convenceros! ¡Vos mismo
habéis oído ese lamento! Juzgad ahora si son imaginarios nuestros terrores.
Desde que estamos aquí, esos gemidos se vienen repitiendo casi cada cinco
minutos. Indudablemente proceden de algún alma en pena que desea que se
rece por ella para que salga del purgatorio. Pero ninguna de las que estamos
aquí se atreve a preguntarle nada. En cuanto a mí, si viese una aparición, estoy
segura de que me moriría del susto.
Acababa de decir esto, cuando se oyó un segundo gemido aún más claro.
Las monjas se santiguaron y se apresuraron a repetir sus jaculatorias contra los
malos espíritus. Lorenzo escuchó con atención. Le pareció incluso que podía
distinguir sonidos como si hablasen entre lamentos. Pero la distancia los
volvía ininteligibles. El rumor parecía provenir del centro de la cripta en la que
se encontraban él y las monjas, y de la que salían multitud de pasadizos en
distintas direcciones, a modo de una estrella. La curiosidad de Lorenzo,
siempre despierta, le espoleó a desentrañar el misterio. Pidió que guardasen
silencio. Las monjas obedecieron. Callaron todas, hasta que la quietud volvió a
ser turbada por el lamento, que se repitió varias veces sucesivamente. Notó
que se hacía más audible, a medida que avanzaba siguiendo el rumor, hasta
que llegó al altar de Santa Clara.
—El sonido viene de aquí —dijo Lorenzo—. ¿De quién es esta imagen?
Elena, a quien había sido dirigida la pregunta, calló un momento. De
pronto, juntó las manos.
—¡Sí! —exclamó—. Eso debe de ser. He descubierto el significado de esos
gemidos.
Las monjas la rodearon, y le pidieron ansiosamente que se explicase. Ella
contestó gravemente que, desde tiempo inmemorial, la imagen había tenido
fama de hacer milagros. De aquí infería ella que la santa se sentía afectada por
el incendio del convento que ella protegía, y expresaba su pesar con audibles
lamentaciones. Lorenzo, que no tenía la misma fe en la milagrosa santa, no
consideró tan satisfactoria la solución del misterio como las monjas, que la
suscribieron sin vacilación. En un punto, es cierto, sí coincidía con Elena.
Sospechaba que los gemidos provenían de la imagen: cuanto más escuchaba,
más se reafirmaba en esta idea. Se acercó a la imagen con el fin de examinarla
más de cerca. Pero al ver su intención, las monjas le suplicaron por el amor de Dios que no lo hiciese, ya que si tocaba la estatua su muerte sería inevitable.
—¿Y en qué consiste el peligro? —inquirió.
—¡Madre de Dios! ¿En qué? —replicó Elena, deseosa siempre de contar
alguna milagrosa aventura—. ¡Si hubieseis oído la centésima parte de las
maravillosas historias concernientes a esta imagen, que la superiora solía
contar! Nos aseguraba una y otra vez que como nos atreviéramos a poner en
ella un dedo tan sólo, podíamos esperar las más fatales consecuencias. Entre
otras cosas, nos dijo que una noche entró en esta cripta un ladrón, el cual
reparó en un rubí de inestimable valor. ¿Lo veis, señor? Le brilla en el tercer
dedo de la mano que sostiene la corona de espinas. Esta joya excitó
naturalmente la codicia del villano. Decidió apoderarse de ella. Con ese fin
subió al pedestal. Se cogió al brazo derecho de la santa para sostenerse, y
alargó la mano hacia el anillo. ¡Cuál no sería su sorpresa, cuando vio que la
estatua alzaba la mano en actitud de amenaza, y oyó de sus labios pronunciar
su eterna perdición! Sobrecogido de miedo y consternación, desistió de su
intento y se dispuso a abandonar el sepulcro. Pero en esto también fracasó. No
pudo huir. Le fue imposible separar la mano con que sujetaba al brazo derecho
de la estatua. En vano forcejeó. Se quedó prendido a la imagen, hasta que una
angustia insoportable y febril le recorrió las venas y le impulsó a gritar
pidiendo auxilio. El sepulcro se llenó de espectadores. El villano confesó su
sacrilegio, y sólo fue posible librarle cortándole la mano. Desde entonces, esa
mano ha permanecido pegada a la imagen. El ladrón se volvió ermitaño, y a
partir de entonces llevó una vida ejemplar. Pero se cumplió el decreto de la
santa, y dice la tradición que aún sigue ese hombre rondando por este sepulcro
e implorando el perdón de Santa Clara con gemidos y lamentaciones. Y ahora
que pienso en ello, los gemidos que hemos oído bien pueden haber sido
proferidos por el espíritu del pecador. Pero no estoy muy segura. Todo lo que
puedo decir es que desde entonces nadie se ha atrevido a tocar la imagen. ¡De
modo que no seáis temerario, buen señor! Por el amor del cielo, desistid de
vuestro propósito, y no os expongáis innecesariamente a una muerte cierta.
Poco convencido de que fuese tan cierta su muerte como Elena parecía
creer, Lorenzo persistió en su resolución. Las monjas le suplicaron que
renunciase en términos lastimeros, e incluso le señalaron la mano del ladrón,
que efectivamente, aún se veía sobre el brazo de la imagen. Esta prueba,
imaginaban, le convencería. Muy lejos de suceder así, se escandalizaron
enormemente cuando él manifestó su sospecha de que aquellos dedos secos y
arrugados habían sido puestos por orden de la priora. A pesar de sus súplicas y
amenazas, se acercó a la estatua, saltó la verja de hierro que la protegía y
sometió a la santa a un detenido reconocimiento. Al principio, la imagen
parecía de piedra, pero tras una atenta inspección, resultó no estar hecha de
otro material que madera policromada. La empujó y trató de moverla. Pero parecía formar una sola pieza con la base sobre la que se asentaba. La siguió
estudiando una y otra vez. Sin embargo, no encontraba clave alguna que le
llevase a la solución de este misterio, por el que las monjas se sentían ahora
igualmente curiosas, al ver que tocaba la estatua con impunidad. Lorenzo se
detuvo y escuchó: los gemidos se repetían a intervalos, y se convenció de que
se hallaba en el lugar más próximo a ellos. Meditó sobre este hecho singular, y
volvió a estudiar la estatua con ojos inquisitivos. De repente, se fijó en la
mano arrugada. Le sorprendió que una advertencia tan particular no
obedeciese a una razón para que no tocasen el brazo de la imagen. Volvió a
subir al pedestal; examinó el objeto de su atención, y descubrió un pequeño
botón de hierro oculto en el hombro de la santa, y que se suponía había sido la
mano del ladrón. Este descubrimiento le animó. Aplicó sus dedos en el botón,
y apretó con fuerza. Inmediatamente se oyó un ruido en el interior de la
estatua, como si se soltase una cadena tensa. Sobresaltadas ante el ruido, las
atemorizadas monjas retrocedieron, dispuestas a huir de la cripta al primer
asomo de peligro. Al permanecer todo quieto y tranquilo, se agruparon de
nuevo en torno a Lorenzo, y observaron con curiosidad.
Viendo que no ocurría nada tras este descubrimiento volvió a bajar. Al
quitar la mano de la santa, ésta tembló, lo que provocó nuevos terrores en las
espectadoras, que creyeron que la estatua cobraba vida. La idea de Lorenzo
sobre el particular fue muy distinta. En seguida comprendió que el ruido que
había oído había sido ocasionado al soltarse una cadena que sujetaba la
imagen a su pedestal. Trató una vez más de moverla, y lo logró sin demasiado
esfuerzo. La colocó en el suelo, y luego vio que el pedestal estaba hueco, y su
abertura cerrada por una pesada reja de hierro.
Esto excitó tal curiosidad general, que las hermanas olvidaron sus peligros
reales e imaginarios. Lorenzo procedió a levantar la reja, a lo que le ayudaron
las monjas con todas sus fuerzas. Lo consiguieron sin mucha dificultad. Un
profundo abismo se abrió ahora ante ellos, cuya densa oscuridad se esforzó el
ojo en penetrar inútilmente. Los rayos de la lámpara eran demasiado débiles
para que sirviesen de algo. No se distinguía nada, salvo un tramo de toscos
escalones que se hundían en el abismo y se perdían inmediatamente en la
negrura. Ya no se oían los gemidos. Pero todos estaban convencidos de que
procedían de esta caverna. Al inclinarse sobre ella, a Lorenzo le pareció
distinguir un apagado resplandor en la negrura. Miró atentamente hacia aquel
punto, y tuvo la certeza de que era una luz que unas veces aumentaba y otras
disminuía. Comunicó este detalle a las monjas. Estas captaron también el
resplandor. Pero cuando les dijo su intención de descender a la caverna, todas
se opusieron a tal idea. Sin embargo, sus protestas no lograron disuadirle.
Ninguna tuvo el valor de acompañarle; por otra parte no consintió él en
privarlas de la lámpara. Así que se dispuso a llevar a cabo su propósito solo y
completamente a oscuras, mientras las monjas se contentaban con ofrecer plegarias por el éxito y seguridad de Lorenzo.
Los peldaños eran tan estrechos e irregulares que bajarlos era como
descender por un precipicio. La oscuridad; que le envolvía hacía sus pasos
inseguros. Se vio obligado a avanzar con gran precaución para no poner un pie
en falso y caer en el abismo que se abría debajo de él. A punto estuvo de
ocurrirle esto varias veces. Sin embargo, llegó a suelo firme antes de lo que
había creído. Descubrió que la densa oscuridad y las impenetrables brumas
que reinaban en la caverna le habían inducido a creerla mucho más profunda
de lo que era en realidad. Llegó al pie de la escalera sin percance. Se detuvo, y
miró en torno suyo, en busca del resplandor que antes le había llamado la
atención. Pero no vio nada. Todo era completa tiniebla. Escuchó, por si oía
gemidos. Pero su oído no captó ruido alguno, salvo el murmullo distante de las
monjas, arriba, que rezaban en voz baja. Estaba indeciso, sin saber hacia qué
lado dirigir sus pasos. Finalmente, decidió proseguir, pero despacio, temiendo
alejarse del lugar que buscaba, en vez de aproximarse. Los gemidos parecían
indicar que había alguien que sufría, o que al menos se hallaba en apuros, y
esperaba poder aliviarle sus miserias. Una voz quejumbrosa sonó al fin, a no
mucha distancia de donde estaba él. Se dirigió hacia allí animado. Se hacía
más audible a medida que avanzaba; y no tardó en descubrir nuevamente el
resplandor, que un muro saliente le había ocultado hasta ahora.
Provenía de una pequeña lámpara colocada sobre un montón de piedras,
cuyos débiles y melancólicos rayos, más que disipar, subrayaban los horrores
de una estrecha y tenebrosa mazmorra abierta a un lado de la caverna;
revelaba también otras celdas parecidas, pero cuya profundidad se hundía en
las tinieblas. La luz jugaba fría sobre los muros mojados, cuya superficie
devolvía débiles reflejos. Una niebla pestilente nublaba las alturas de la
abovedada mazmorra. A medida que avanzaba Lorenzo sentía que un frío
afilado le penetraba las venas. Los frecuentes gemidos le impulsaban a seguir
adelante. Se dirigió hacia ellos, y a la luz parpadeante de la lámpara, vio en un
rincón de este recinto abominable a una criatura acurrucada sobre un lecho de
paja, tan desdichada, tan delgada, tan pálida, que dudó que fuese una mujer.
Estaba medio desnuda: su cabellera larga y desgreñada caía en desorden sobre
su rostro ocultándolo casi por entero. Un brazo descarnado colgaba
descuidadamente sobre una andrajosa manta, que cubría sus miembros
crispados y temblorosos. El otro rodeaba un pequeño bulto, que mantenía
sujeto contra su pecho. Junto a ella yacía un gran rosario. Enfrente había un
crucifijo, en el que ella tenía los ojos clavados, y a su lado había una cesta y
una pequeña jarra de barro.
Lorenzo se detuvo: se quedó petrificado de horror. Contempló a aquella
desventurada con repugnancia y piedad. Se estremeció ante el espectáculo.
Sintió una angustia insoportable. Le flaquearon las fuerzas, y sus piernas parecieron negarse a sostenerle. Se vio obligado a apoyarse contra el muro que
tenía a su lado, incapaz de avanzar ni de hablarle a la desventurada. Ésta
dirigió una mirada hacia la escalera. El muro ocultaba a Lorenzo, y ella no le
vio.
—¡No viene nadie! —murmuró al fin.
Su voz era cavernosa e insegura. Suspiró amargamente.
—¡No viene nadie! —repitió—. ¡No! ¡Me han olvidado! ¡No volverán
más!
Calló un momento; luego, continuó lastimera:
—¡Dos días! ¡Dos largos, interminables días, sin comer! ¡Y sin esperanza
ni consuelo! ¡Estúpida! ¡Cómo puedo desear prolongar una vida tan
desdichada! ¡Pero, qué muerte! ¡Oh, Dios! ¡Acabar con una muerte así!
¡Prolongar los días en esta tortura! ¡Hasta ahora, no sabía qué era el hambre!
¡Ay, no! ¡No viene nadie! ¡No volverán ya más!
Guardó silencio. Se estremeció, y se echó la manta sobre sus hombros
desnudos.
—¡Tengo mucho frío! ¡Aún no estoy acostumbrada a las humedades de
esta mazmorra! Es extraño. Pero no importa. Cuanto más helada esté, menos
lo sentiré. ¡Me quedaré fría, fría como tú!
Miró el bulto, que tenía pegado a su pecho. Se inclinó sobre él, y lo besó.
Luego lo apartó impulsivamente, y se estremeció con repugnancia.
—¡Qué dulce era antes! ¡Qué hermoso habría sido, qué parecido a él! ¡Y lo
he perdido para siempre! ¡Cómo ha cambiado en pocos días! ¡No debería
volverlo a ver más! ¡Sin embargo, cuánto lo quiero! ¡Dios! ¡Cuánto! Olvidaré
lo que es. Recordaré sólo lo que era, y lo querré igual, ¡como cuando era tan
dulce, tan parecido a él! Yo creía que se me habían secado ya todas las
lágrimas, pero aún me queda una.
Se enjugó los ojos con un mechón de sus cabellos. Alargó la mano hacia la
jarra, y la alcanzó con dificultad. Lanzó una mirada inquisitiva y
desesperanzada a su interior. Suspiró, y volvió a dejarla en el suelo.
—¡Completamente vacía! ¡Ni una gota! ¡No hay una sola gota con que
refrescar mi paladar reseco! ¡Daría lo que fuese por un sorbo de agua! ¡Y son
siervas de Dios las que me hacen sufrir así! ¡Se consideran santas, y me
torturan como demonios! Crueles e insensibles, y son ellas las que me piden
que me arrepienta. ¡Y son ellas las que me amenazan con la condenación
eterna! ¡Señor, Señor! ¡Tú no piensas eso!
Fijó nuevamente los ojos en el crucifijo, cogió el rosario, y mientras pasaba las cuentas, el rápido movimiento de sus labios reveló que rezaba con
fervor. Mientras escuchaba sus tristes lamentos, la sensibilidad de Lorenzo se
iba sintiendo más violentamente afectada. La primera visión de semejante
miseria había causado un profundo estupor. Pero pasado éste, avanzó hacia la
cautiva. Ella oyó sus pasos, y profiriendo un grito de alegría, dejó caer el
rosario.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —exclamó—. ¡Alguien viene!
Trató de levantarse, pero el esfuerzo no fue suficiente. Cayó hacia atrás, y
se hundió nuevamente en el lecho de paja. Lorenzo oyó un ruido de pesadas
cadenas. Se acercó aún más, mientras proseguía la prisionera.
—¿Sois Camila? ¡Por fin habéis venido! ¡Oh, ya era hora! Creía que me
habíais olvidado; que me habíais dejado morir de hambre. ¡Dadme de beber,
Camila, por piedad! Me siento desfallecer con este largo ayuno, y estoy tan
débil que no me puedo levantar del suelo. ¡Mi buena Camila, dadme de beber,
antes de que expire delante de vos!
Temeroso de que la sorpresa, en su enfebrecido estado, pudiera ser fatal,
Lorenzo no sabía cómo hablarle.
—No soy Camila —dijo al fin, hablando con voz lenta y suave.
—¿Quién sois entonces? —replicó la prisionera—. ¿Alix, quizá, o
Violante? La vista se me ha vuelto tan borrosa y débil que no distingo vuestro
rostro. Pero quienquiera que seáis, si vuestro pecho es sensible a la más leve
compasión, si no sois más cruel que los lobos y los tigres, apiadaos de mis
sufrimientos. Sabéis que estoy muriendo por falta de alimento. Éste es el tercer
día que mis labios han dejado de recibir comida alguna. ¿Me traéis algo? ¿O
venís a anunciarme mi muerte, y el tiempo que me queda de agonía?
—Os equivocáis —replicó Lorenzo—; no soy ningún emisario de vuestra
cruel priora. Siento piedad de vuestros sufrimientos, y vengo a libraros de
ellos.
—¿A librarme de ellos? —repitió la cautiva—. ¿Habéis dicho a librarme
de ellos?
Levantándose al mismo tiempo del suelo, y sosteniéndose con las manos,
miró al desconocido con atención.
—¡Gran Dios! ¡No es una ilusión! ¡Un hombre! ¡Hablad! ¿Quién sois?
¿Qué os trae aquí? ¿Venís a salvarme, a devolverme la libertad, la vida y la
luz? ¡Oh, hablad, hablad rápidamente, no vaya a alentar yo una esperanza
cuyo desencanto me mataría!
—¡Tranquilizaos! —replicó Lorenzo con voz dulce y compasiva—. La
superiora de cuya crueldad os quejáis ha pagado ya sus crímenes. Nada tenéis que temer de ella en adelante. Dentro de unos minutos estaréis en libertad, y
en brazos de vuestros amigos, de quienes habéis sido arrancada. Confiad en mi
protección. Dadme vuestra mano, y no temáis. Dejad que os guíe a donde
recibiréis las atenciones que vuestro débil estado requiere.
—¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —exclamó la prisionera con alborozo—. ¡Entonces
hay un Dios, un Dios justo! ¡Aleluya, aleluya! ¡Respiraré una vez más aire
fresco, y veré la luz gloriosa del sol! ¡Iré con vos! ¡Desconocido, iré con vos!
¡Oh, el Cielo os bendiga por apiadaros de esta desventurada! Pero esto debe
venir conmigo también —añadió, señalando el pequeño envoltorio que aún
apretaba contra el pecho—. No puedo separarme de él. Lo llevaré: convenceré
al mundo de lo espantosas que son las moradas falsamente llamadas religiosas.
Mi buen desconocido, dadme vuestra mano. Estoy desfallecida de hambre,
sufrimiento y de enfermedad, y mis fuerzas me abandonan por completo. ¡Así,
está bien!
Al inclinarse Lorenzo para levantarla, la luz de la lámpara dio de lleno en
su rostro.
—¡Dios Todopoderoso! —exclamó ella—. ¿Es posible? ¡Esa cara! ¡Esos
rasgos! ¡Oh! ¡Sí, es... es...!
Extendió los brazos para abrazarle. Pero su cuerpo debilitado fue incapaz
de soportar las emociones que agitaban su pecho. Se desmayó, y una vez más
se derrumbó en el lecho de paja.