Lorenzo se quedó sorprendido ante su última exclamación. Le pareció que
había oído antes esas palabras, tal como las acababa de pronunciar aquella voz
cavernosa, pero no pudo recordar dónde. Vio que en su peligrosa situación, era
absolutamente necesario prestarle auxilios médicos, y se apresuró a sacarla de
la mazmorra. Al principio se lo impidió una sólida cadena que ceñía el cuerpo
de la prisionera y estaba fija en la pared vecina. Sin embargo, ayudada su
fuerza natural por el ferviente deseo de liberar a la desventurada, no tardó en
arrancar la argolla a la que estaba unida la cadena por el otro extremo. Luego
cogió a la cautiva en brazos y se dirigió hacia la escalera. Los rayos de la
lámpara de arriba, así como el murmullo de voces femeninas, guiaron sus
pasos. Subió la escalera, y pocos minutos después alcanzaba la reja de hierro.
Las monjas, durante su ausencia, habían estado ansiosas de curiosidad y
temor; y se sintieron igualmente sorprendidas y encantadas al verle surgir
súbitamente de la caverna. Todas se conmovieron hondamente al ver a la
miserable criatura que traía en brazos. Mientras las monjas, y Virginia en
particular, se dedicaban a hacerla volver en sí, Lorenzo relató en pocas
palabras cómo la había encontrado. Luego les explicó que el tumulto debía de
haberse apaciguado, y que ahora podía llevarlas con sus amigos sin peligro.
Todas estaban deseosas de abandonar el sepulcro. Sin embargo, para evitar cualquier posibilidad de que las asaltasen, pidieron a Lorenzo que saliese él
solo primero, y viera si no había nadie. Accedió a esta petición. Elena se
ofreció a guiarle a la escalera, y estaban a punto de separarse, cuando una
fuerte luz surgió de varios pasadizos de los muros adyacentes. Al mismo
tiempo oyeron pasos de gentes que se acercaban apresuradamente, y cuyo
número parecía ser considerable. Las monjas se sintieron aterradas. Creyeron
que había sido descubierto su refugio, y que los alborotadores habían entrado
en su persecución. Dejando precipitadamente a la prisionera que permanecía
insensible, rodearon a Lorenzo y suplicaron que las protegiera. Sólo Virginia
olvidó su propio peligro, y se esforzaba en aliviar los sufrimientos de otra.
Sostenía la cabeza de la cautiva sobre sus rodillas, mojaba sus sienes con agua
de rosas, le calentaba las manos frías, y salpicaba su rostro con las lágrimas
que la compasión le hacía derramar. Al aproximarse los desconocidos,
Lorenzo disipó los temores de las suplicantes. Su nombre, pronunciado por
numerosas voces, entre las que distinguió la del duque, resonó por las
bóvedas, y ello le convenció de que le buscaban. Lo comunicó así a las
monjas, que sintieron un inmenso alivio. Unos instantes después se
confirmaban sus palabras. Aparecieron don Ramírez y el duque, seguidos de
numerosos acompañantes con antorchas. Le habían estado buscando por la
cripta para comunicarle que la chusma se había dispersado y que el tumulto
había sido sofocado. Lorenzo contó una vez más, brevemente, su aventura en
la caverna, y explicó la perentoria necesidad de asistencia médica que tenía la
desconocida. Pidió al duque que se encargase de ella, así como de las monjas y
pensionistas.
—En cuanto a mí —dijo—, otros cuidados reclaman mi atención. Mientras
lleváis a estas damas con media docena, de arqueros a sus respectivas casas,
quiero que me dejéis a mí otra media docena. Deseo examinar la caverna de
abajo e inspeccionar los recintos más secretos del sepulcro. No descansaré
hasta comprobar que esa desdichada víctima era la única que la superstición
tenía encerrada en estos subterráneos.
El duque aprobó su decisión. Don Ramírez se ofreció a ayudarle en su
inspección, y Lorenzo aceptó agradecido su proposición. Tras dar las gracias a
Lorenzo, las monjas se pusieron bajo el cuidado de su tío, que las sacó del
sepulcro. Virginia solicitó que dejasen a su cargo a la desventurada
desconocida, y prometió avisar a Lorenzo cuando estuviese lo bastante
recobrada para aceptar sus visitas. En verdad, hizo esta promesa más por
propio interés que por el de Lorenzo o la cautiva. Había contemplado la
cortesía de él, su nobleza e intrepidez, con sensible emoción. Deseaba
sinceramente cultivar su amistad; y además de los sentimientos de piedad que
la prisionera le inspiraba, esperaba que sus atenciones para con la infortunada
la hiciesen merecedora de la estima de Lorenzo. No tuvo ocasión de
preocuparse a este respecto. La bondad de que había dado muestras y el tierno interés que había manifestado por la cautiva le habían ganado un elevado lugar
ante los ojos de él. Mientras se había ocupado de aliviar los sufrimientos de la
prisionera, la naturaleza de sus atenciones la habían adornado con nuevos
encantos, haciendo su belleza mil veces más interesante. Lorenzo la contempló
con admiración y gozo: la veía como un ángel tutelar que había descendido en
ayuda de la inocencia afligida; y su corazón no podría haber resistido sus
atractivos, de no haber tenido presente el recuerdo de Antonia.
El duque llevó a las monjas sin percance a las moradas de sus respectivos
amigos. La prisionera rescatada estaba aún sin conocimiento, y no daba otras
señales de vida que algún ocasional gemido. Fue trasladada en una especie de
camilla; Virginia, que estuvo constantemente a su lado, temía que el
agotamiento por el prolongado ayuno, y el choque que suponía el repentino
cambio del cautiverio y las tinieblas a la libertad y a la luz, fueran excesivos
para su cuerpo. Lorenzo y don Ramírez se quedaron en el sepulcro. Tras
deliberar sobre el plan a seguir, decidieron que, para evitar pérdidas de tiempo,
debían dividir a los arqueros en dos grupos: con uno registraría don Ramírez la
caverna, mientras que Lorenzo inspeccionaría con el otro los subterráneos más
alejados. Acordado esto, y provistos de antorchas los seguidores, don Ramírez
descendió a la caverna. Y había bajado ya algunos peldaños, cuando oyó que
alguien se acercaba corriendo desde el interior del sepulcro. Sorprendido, salió
de la caverna otra vez, precipitadamente.
—¿Oís pisadas? —dijo Lorenzo—. Vayamos hacia allá, de donde parecen
venir.
En ese momento, un grito desgarrado y penetrante les hizo apresurar el
paso.
—¡Auxilio! ¡Auxilio, por Dios! —gritó una voz, cuyo melodioso tono
traspasó de terror el corazón de Lorenzo. Corrió hacia el grito como una
centella, seguido de don Ramírez con igual celeridad.
Durante todo este tiempo Ambrosio ignoró los espantosos sucesos que
estaban ocurriendo tan cerca. La ejecución de sus planes respecto a Antonia
tenía acaparados todos sus pensamientos. Hasta ahora se sentía satisfecho por
el éxito que estaba teniendo. Antonia había tomado el narcótico, había sido
enterrada en la cripta de Santa Clara, y la tenía enteramente a su merced.
Matilde, muy familiarizada con la naturaleza y efectos de la adormecedora
medicina, había calculado que su acción no cesaría hasta la madrugada siguiente. Ambrosio esperaba esa hora con impaciencia. La conmemoración
de Santa Clara le ofrecía una ocasión propicia para consumar su crimen.
Estaba seguro de que los frailes y las monjas tomarían parte en la procesión,
no había temor de que le interrumpiesen, y esperaba que se le excusase de salir
personalmente a la cabeza de los monjes. No dudaba que, al encontrarse lejos
de toda ayuda, separada del mundo y totalmente en su poder, Antonia
accedería a dar cumplimiento a sus deseos. El afecto que ella había
manifestado siempre por él le confirmaba en esta convicción; pero decidió
que, si se mostraba obstinada, no tendría en cuenta ninguna consideración que
le impidiese gozar de ella. Seguro de no ser descubierto, no temía recurrir al
empleo de la fuerza; y si sentía alguna repugnancia, no se debía a un impulso
de vergüenza o compasión, sino a que experimentaba por Antonia el más
sincero y ardiente afecto, y deseaba no deber sus favores más que a ella
misma.
Los monjes abandonaron la abadía a las doce de la noche. Matilde iba
entre los que formaban el coro, y dirigía los cánticos. Ambrosio se quedó solo
y en absoluta libertad para seguir sus inclinaciones. Convencido de que no
quedaba nadie atrás que espiase sus movimientos o turbase sus placeres, se
encaminó apresuradamente hacia la parte oeste del convento. Su corazón latía
con una esperanza no desprovista de ansiedad; cruzó el jardín, abrió la
cerradura que daba acceso al cementerio, y unos minutos después se hallaba
ante la cripta. Aquí se detuvo. Miró a su alrededor con recelo, consciente de
que su negocio no era apto para otros ojos que los suyos. Mientras vacilaba,
oyó el chillido melancólico del mochuelo. El viento hacía retemblar
sonoramente las ventanas del vecino convento y, al llegar a él, le traía las
débiles notas del cántico de los coros. Abrió la puerta cautelosamente,
temeroso de que le oyeran: entró, y cerró tras de sí. Guiado por la luz de la
lámpara recorrió los largos pasadizos, cuyas vueltas y revueltas le había
enseñado Matilde, y llegó a la bóveda secreta donde se hallaba dormida su
amada.
No era fácil, ni mucho menos, descubrir la entrada. Pero esto no fue
obstáculo para Ambrosio, que durante el funeral de Antonia había tomado nota
mentalmente con todo cuidado para no equivocarse. Encontró la puerta, que
tenía abierta la cerradura, la abrió, y descendió a la mazmorra. Se acercó a la
humilde tumba en la que descansaba Antonia. Se había provisto de una
palanca de hierro y una piqueta, pero esta precaución resultó innecesaria. La
reja estaba ligeramente levantada hacia arriba. La abrió, colocó la lámpara en
el borde, y se asomó en silencio a la tumba. Al lado de tres pútridos cadáveres
semidescompuestos, dormía la belleza. Un vivo rubor, anuncio de la inminente
reanimación, se había extendido ya por sus mejillas; y envuelta en su mortaja,
tendida en su féretro, parecía sonreír a las imágenes de la muerte que la
rodeaban. Mientras contemplaba los huesos putrefactos y las repugnantes figuras que quizá fueron en otro tiempo dulces y amables, Ambrosio pensó en
Elvira, reducida por él a ese mismo estado. Y al surgir en su memoria esta
acción horrenda, se sintió invadido por un horror tenebroso. Sin embargo, esto
mismo le alentó en su resolución de destruir el honor de Antonia.
—¡Por ti, belleza fatal! —murmuró el monje, mientras contemplaba a su
desventurada presa—. Por ti, he cometido este homicidio, me he vendido a las
torturas eternas. Ahora estás en mi poder: el producto de mi crimen será, al
menos, mío. No esperes que tus súplicas formuladas con melodía sin par, tus
luminosos ojos arrasados en lágrimas, y tus manos elevadas en gesto de
súplica, como cuando imploras en penitencia el perdón de la Virgen; no
esperes que tu conmovedora inocencia, tu hermoso pesar, ni todas tus artes
deprecatorias, te libren de mis abrazos. Antes de que despunte el día, mía
habrás de ser, ¡y lo serás!
La sacó de la tumba, exánime todavía. Se sentó en un banco de piedra y,
sosteniéndola en brazos, la observó impaciente, deseoso de descubrir algún
síntoma de recuperación. Apenas podía dominar sus pasiones lo bastante como
para abstenerse de gozar de ella aunque estuviese insensible. Su natural lujuria
había aumentado en fogosidad con las dificultades que habían impedido su
satisfacción, así como por la prolongada abstinencia de mujer, ya que desde el
momento en que no quiso escuchar las protestas de amor de Matilde, ésta le
había rechazado de sus brazos para siempre.
—No soy una prostituta, Ambrosio —le había dicho cuando, en la plenitud
de su lujuria, le pidió sus favores con más vehemencia de lo habitual—; ahora
ya no soy más que vuestra amiga, no quiero ser vuestra amante. Dejad, pues,
de pedirme que satisfaga vuestros deseos, ya que esto me ofende. Cuando
vuestro corazón era mío, yo me sentía dichosa con vuestros abrazos. Esos
tiempos han pasado: mi persona os resulta ahora indiferente; y no es amor,
sino necesidad, lo que hace que busquéis mi goce. No puedo acceder a una
petición tan humillante para mi orgullo.
Súbitamente privado de los placeres cuyo hábito los había vuelto tan
necesarios, el monje sintió esta abstinencia de manera rigurosa. Naturalmente
inclinado a la satisfacción de los sentidos, en el pleno vigor de su virilidad y el
ardor de su sangre, había dejado que su temperamento alcanzase tal
preponderancia que su lujuria casi rayaba en la locura. De su afecto por
Antonia no quedaba ya más que la partícula más grosera. Anhelaba la
posesión de su persona; y aun la tenebrosidad de la cripta, el silencio reinante
y la resistencia que esperaba de ella parecían conferir un nuevo incentivo a sus
fieras y desatadas ansias.
Gradualmente, sintió cómo en el pecho que descansaba contra el suyo
volvía el calor de la vida. El corazón de Antonia empezaba a latir otra vez. Su sangre circulaba más deprisa, y sus labios temblaron. Finalmente, abrió los
ojos, pero vencida y aturdida por los efectos de la fuerte droga, los volvió a
cerrar inmediatamente. Ambrosio la vigilaba con atención, sin que se le
escapase un solo movimiento. Al comprobar que había vuelto totalmente a la
vida, la estrechó embargado contra su pecho y la besó con fuerza en los labios.
Este gesto súbito bastó para disipar los vapores que ofuscaban la razón de
Antonia. Se incorporó apresuradamente y miró con ojos extraviados a su
alrededor. Las extrañas imágenes que percibió en torno suyo contribuyeron a
confundirla más. Se llevó una mano a la cabeza, como para sosegar su
imaginación desordenada. Por último, la bajó, y recorrió por segunda vez la
mazmorra con la mirada. Luego sus ojos se fijaron en el rostro del abad.
—¿Dónde estoy? —preguntó de pronto—. ¿Cómo he llegado aquí?
¿Dónde está mi madre? ¡Me pareció haberla visto! ¡Oh, un sueño, un sueño
espantoso me habló...! Pero ¿dónde estoy? ¡Dejadme! ¡No puedo permanecer
aquí!
Trató de levantarse, pero el monje se lo impidió.
—¡Calmaos, hermosa Antonia! —replicó—. No os amenaza ningún
peligro: confiad en mi protección. ¿Por qué me miráis tan seria? ¿No me
conocéis? ¿No conocéis a vuestro amigo? ¿A Ambrosio?
—¿Ambrosio? ¿Mi amigo? ¡Ah, sí, sí! Recuerdo... Pero ¿por qué estoy
aquí? ¿Quién me ha traído aquí? ¿Por qué estáis conmigo? ¡Oh! ¡Flora me dijo
que tuviese cuidado...! Aquí no hay más que tumbas, ¡y esqueletos! ¡Este lugar
me da miedo! ¡Mi buen Ambrosio, sacadme de aquí, pues me recuerda mi
espantoso sueño! Me pareció que estaba muerta, y que yacía en mi tumba.
¡Buen Ambrosio, sacadme de aquí! ¿Es que no queréis? ¡Oh! ¿Es que no
queréis? ¡No me miréis así! ¡Vuestros ojos llameantes me aterran!
¡Perdonadme, padre! ¡Oh, por Dios, perdonadme!
—¿Por qué estos terrores, Antonia? —replicó el abad, rodeándola con sus
brazos, y cubriéndole el pecho de besos que en vano luchaba ella por evitar—.
¿Qué teméis de mí, del que tanto os adora? ¿Qué importa dónde estéis? Este
sepulcro me parece el jardín del amor, y su lobreguez, la protectora noche de
misterio que él extiende sobre nuestros goces. ¡Sí, mi dulce muchacha! ¡Sí!
Vuestras venas arderán con el fuego que recorre las mías, y mis transportes se
doblarán cuando los compartáis vos.
Mientras hablaba así, repetía sus abrazos y se entregaba a las libertades
más indecentes. Ni aun la ignorancia de Antonia podía estar ciega a la
desenvoltura de su conducta. Consciente de su peligro, logró zafarse de sus
brazos, y siendo la mortaja su único vestido, se la envolvió estrechamente
alrededor de su cuerpo.
—¡Quitadme las manos, padre! —gritó, con su honesta indignación
templada por la alarma ante su situación indefensa—. ¿Por qué me habéis
traído a este lugar? ¡Su aspecto me hace estremecer de horror! ¡Sacadme de
aquí, si tenéis algún sentido de la compasión y la humanidad! Dejadme que
regrese a la casa que no sé cómo he abandonado, pues ni quiero ni debo
permanecer aquí un instante más.
Aunque el monje se sintió algo indeciso ante el tono en que pronunció
estas palabras, no produjo en él otro efecto que el de sorpresa. Le cogió la
mano, la obligó a sentarse sobre sus rodillas, y mirándola con ojos lujuriosos,
le replicó así:
—Serenaos, Antonia. De nada vale la resistencia, y no reprimiré más
tiempo la pasión que siento por vos. Se os tiene por muerta: la sociedad os ha
perdido para siempre. Aquí os poseo sólo yo. Estáis absolutamente en mi
poder, y ardo en deseos que satisfago ahora mismo, o muero. Pero sólo a vos
quisiera deber mi felicidad. ¡Mi hermosa muchacha! ¡Mi adorable Antonia!
¡Dejad que os instruya en goces que aún desconocéis, y os enseñe a sentir en
mis brazos placeres que pronto voy a disfrutar yo en los vuestros! Vamos, es
pueril este forcejeo —añadió, viendo que rechazaba sus caricias y luchaba por
escapar de sus manos—. No contáis con ninguna ayuda cercana. Ni el cielo ni
la tierra os salvarán de mis brazos. Así que, ¿por qué rechazáis placeres tan
dulces y tan sublimes? Nadie nos ve. Nuestros amores pueden ser secretos
para todo el mundo: el amor y la ocasión os invitan a que os abandonéis a
vuestras pasiones. ¡Ceded a ellas, Antonia mía! ¡Ceded a ellas, mi adorable
muchacha! ¡Rodeadme ardientemente con vuestros brazos, juntad vuestros
labios con los míos! Entre todos sus dones, ¿os ha negado la naturaleza el más
precioso, la sensibilidad del placer? ¡Oh! ¡Imposible! ¡Cada rasgo, gesto y
movimiento proclama que estáis hecha para gozar y ser gozada! No apartéis de
mí esos ojos suplicantes. Consultad vuestros propios encantos. Ellos os
demostrarán que soy insensible a las súplicas. ¿Puedo renunciar a estos
miembros tan blancos, tan suaves, tan delicados; a estos pechos abundantes,
redondos, llenos y elásticos; a estos labios repletos de tan inagotable dulzura?
¿Puedo renunciar a estos tesoros, y dejarlos para que los goce otro? No,
Antonia; ¡jamás, jamás! ¡Os lo juro por este beso, y éste! ¡Y éste!
La pasión del fraile se volvía más ardiente por instantes, y el terror de
Antonia más intenso.
Luchaba por librarse de sus brazos, pero sus esfuerzos eran vanos; y
viendo que la conducta de Ambrosio se volvía cada vez más libertina, pidió
auxilio gritando con todas sus fuerzas. El aspecto de la cripta, el pálido
resplandor de la lámpara, la oscuridad reinante, la visión de la tumba y los
restos mortales que sus ojos descubrían en todas partes, eran poco apropiados
para que le inspirasen las emociones que agitaban al fraile. Incluso las caricias de éste la aterraban por su furia, y no le producían otro sentimiento que el de
miedo. Y al contrario, la alarma de ella, su evidente aversión y su incesante
resistencia, no parecían sino inflamar aún más los deseos del monje y añadir
fuerza a su brutalidad. Los alaridos de Antonia no eran oídos. Sin embargo,
siguió gritando sin dejar de hacer todos los esfuerzos por escapar, hasta que,
extenuada y sin aliento, se desprendió de los brazos del monje y cayó de
rodillas, donde apeló una vez más a los ruegos y las súplicas. Este recurso no
tuvo más éxito que el anterior. Al contrario, aprovechando la ocasión, el raptor
se dejó caer a su lado: la estrechó contra su pecho, casi muerta de terror, y
demasiado desfallecida para luchar. Sofocó los gritos de Antonia con sus
besos, la trató con la rudeza de un bárbaro sin escrúpulos, siguió tomándose
cada vez más libertades, y en la violencia de su lujurioso delirio, hirió y
magulló sus tiernos miembros. Insensible a sus lágrimas y gritos y súplicas, se
fue posesionando gradualmente de su persona, y no desistió de su presa hasta
que hubo consumado su crimen y deshonrado a Antonia.
No bien hubo dado cumplimiento a sus designios, se estremeció ante los
medios con los que los había llevado a efecto. El mismo exceso de su anterior
ansiedad por poseer a Antonia contribuyó ahora a aumentar su repugnancia, y
un secreto impulso le hizo comprender cuán ruin e innoble era el crimen que
acababa de cometer. Se levantó de un salto de sus brazos. La que hasta ese
momento había sido objeto de su adoración, ahora no despertaba en su
corazón otro sentimiento que el de aversión y de ira. Se apartó de ella; y si sus
ojos se posaban involuntariamente en su figura, era sólo para lanzarle miradas
de odio. La desdichada se había desmayado antes de la consumación de su
deshonra, y sólo recobró la vida para darse cuenta de su desventura.
Permaneció tendida en el suelo, en muda desesperación. Las lágrimas le
resbalaban lentamente por las mejillas, y su pecho se estremecía con los
constantes sollozos. Oprimida de dolor, siguió un rato en este estado de
embotamiento. Por último, se levantó con dificultad y dio unos pasos
vacilantes hacia la puerta, dispuesta a abandonar la mazmorra.
El ruido de sus pasos sacó al monje de su tenebrosa apatía. Se levantó
rápidamente de la tumba en la que se había apoyado, mientras sus ojos
vagaban por las imágenes de corrupción que les rodeaban; persiguió a su
víctima con brutalidad, y no tardó en alcanzarla. La cogió por el brazo, y la
obligó violentamente a regresar a la mazmorra.
—¿Adónde vais? —exclamó con dureza—. ¡Regresad al instante!
Antonia tembló ante la furia de su semblante.
—¿Qué más queréis? —dijo ella con timidez—. ¿No habéis consumado mi
ruina? ¿No me habéis arruinado, arruinado para siempre? ¿No ha quedado
saciada vuestra crueldad, o aún debo sufrir más? ¡Dejadme ir! ¡Dejadme regresar a mi casa, y que llore allí mi vergüenza y mi aflicción!
—¿Regresar a vuestra casa? —repitió el monje, con un gesto de burla y de
desprecio. Luego, con los ojos llameantes de pasión, exclamó—: Pues qué,
¿me vais a denunciar ante el mundo? ¿Me vais a acusar de hipócrita, violador,
traidor, monstruo de crueldad, lujurioso e ingrato? ¡No, no, no! ¡Sé muy bien
el peso de mis delitos; vuestras quejas serían demasiado justas, y mis crímenes
demasiado evidentes! No saldréis de aquí para decir a Madrid que soy un
villano, que mi conciencia está cargada de pecados y que no puedo esperar el
perdón del cielo. ¡Desdichada muchacha, tendréis que quedaros aquí conmigo!
¡Aquí, entre estas tumbas desoladas, estas imágenes de la muerte, estos
cadáveres corrompidos y nauseabundos! ¡Aquí os quedaréis a presenciar mis
sufrimientos, a presenciar lo que es morir en los horrores de la desesperación y
exhalar el último gemido entre blasfemias y maldiciones! ¿Y quién soy yo
para agradecer esto? ¿Qué me sedujo para cometer estos crímenes, cuyo solo
recuerdo me hace estremecer? ¡Bruja fatal! ¿No ha sido vuestra belleza? ¿No
habéis hundido mi alma en la infamia? ¿No me habéis convertido en un
hipócrita perjuro, un violador, un asesino? Es más, en este momento, ¿no me
hace esa mirada angélica desesperar de alcanzar el perdón de Dios? ¡Oh!
¡Cuando esté ante el trono de su justicia, esa mirada bastará para condenarme!
¡Le diréis a mi Juez que erais feliz hasta que yo os vi; que erais inocente hasta
que yo os manché! ¡Iréis con esos ojos llenos de lágrimas, esas mejillas
pálidas y demacradas, esas manos alzadas en un gesto de súplica, como
cuando me pedisteis esa compasión que yo no os he dado! ¡Entonces se
presentará el espectro de vuestra madre y me arrojará a los infiernos, a las
llamas, a las furias, a los tormentos eternos! ¡Y seréis vos quien me acusará!
¡Seréis vos la causa de mi eterna agonía! ¡Vos, desdichada muchacha! ¡Vos!
Y mientras tronaba de esta manera, agarró a Antonia violentamente por el
brazo y pateó el suelo con furia delirante.
Creyendo que había perdido el juicio, Antonia cayó de rodillas, aterrada.
Alzó las manos, y su voz desfalleció, antes de poder exclamar:
—¡Piedad! ¡Piedad! —con gran esfuerzo.
—¡Silencio! —exclamó el fraile enloquecido, arrojándola al suelo.
La dejó, y se puso a pasear por la mazmorra con aire enajenado y salvaje.
Sus ojos giraban extraviados. Antonia temblaba cada vez que su mirada se
encontraba con ellos. Parecía meditar algo horrible, y Antonia perdió toda
esperanza de escapar con vida del sepulcro. Aunque al concebir tal idea,
cometía con él una injusticia. En medio del horror y la repugnancia de que era
presa, aún sentía alguna piedad por su víctima. Una vez pasada la tormenta de
pasión, habría dado el mundo entero por poderle devolver la inocencia que su
lujuria desbocada le había arrebatado. No quedaba en su pecho ninguno de aquellos deseos que le instaban al crimen: las riquezas de la India no le
habrían tentado a probar el goce de su persona una segunda vez. Su naturaleza
parecía rebelarse ante el mero pensamiento, y con qué gusto habría borrado de
su memoria la escena que acababa de tener lugar. A medida que su rabia
tenebrosa disminuía, aumentaba su compasión por Antonia. Se detuvo, y quiso
decirle unas palabras de alivio; pero no supo de dónde sacarlas, y se quedó
mirándola con lúgubre extravío. Su situación parecía tan desesperada, tan
infortunada, que no había fuerza humana que pudiera consolarla. ¿Qué podía
hacer por ella? Ahora había perdido la paz del espíritu, y su honor estaba
irreparablemente arruinado. Había sido apartada para siempre de la sociedad, y
no se atrevía a devolverla. Comprendía que si aparecía en el mundo otra vez se
descubriría su culpa, y su castigo sería inevitable. Para el que está cargado de
crímenes, la muerte se halla doblemente armada de terrores. Sin embargo,
aunque devolviese a Antonia a la luz y afrontase la posibilidad de que le
traicionase, ¡qué miserable perspectiva se le presentaría! No podría vivir ya de
manera honorable; estaría marcada por la infamia y condenada al dolor y la
soledad para el resto de su existencia. ¿Cuál era la alternativa? Una solución
mucho más terrible para Antonia, pero que al menos garantizaría la seguridad
del monje. Decidió dejar que el mundo siguiese convencido de su muerte, y
tenerla cautiva en aquella tenebrosa prisión: allí se proponía visitarla todas las
noches, llevarle alimento, confesarle su penitencia y mezclar sus lágrimas con
las de ella. El abad se daba cuenta de que esta resolución era injusta y cruel;
pero era el único medio de evitar que Antonia publicase su culpa y su propia
infamia. Si la liberaba, no podría confiar en su silencio: la ofensa que le había
infligido era demasiado grande para esperar su perdón. Además, su reaparición
despertaría la natural curiosidad, y la violencia de su aflicción le impediría
ocultar la causa. Así que decidió que Antonia siguiese prisionera en la
mazmorra.
Se acercó a ella con la confusión pintada en su semblante. La levantó del
suelo. Tembló la mano de él al cogérsela Antonia, y Ambrosio la soltó como si
hubiese tocado una serpiente. Su naturaleza parecía retroceder ante el mero
contacto. Se sentía a la vez rechazado y atraído hacia ella, aunque no podía
explicarse ninguno de estos dos sentimientos. Había algo en la expresión de
Antonia que le traspasaba de horror; y aunque su entendimiento lo ignoraba
todavía, su conciencia le señalaba toda la dimensión de su crimen. Con
palabras atropelladas, aunque en el tono más suave de que fue capaz y con voz
apenas audible, mientras mantenía los ojos apartados, trató de consolarla de
una des—' ventura que era ya irreparable. Se declaró sinceramente
arrepentido, y dijo que con gusto derramaría una gota de su sangre por cada
lágrima que su barbarie le había arrancado a ella. Desdichada y sin esperanza,
Antonia le escuchó con mucho dolor. Pero cuando él le anunció su decisión de
tenerla encerrada en el sepulcro, condenarla a un espantoso destino ante el cual la muerte parecía preferible, despertó de su insensibilidad. El
pensamiento de arrastrar una vida miserable en una celda repugnante, ignorada
de todo ser humano salvo de aquel que la había violado, rodeada de cadáveres
putrefactos, respirando el aire pestilente de la corrupción, y de no ver más la
luz ni beber la brisa pura de los cielos, fue más terrible de lo que ella podía
soportar. Superó incluso el horror que sentía por el fraile. Nuevamente cayó de
rodillas: suplicó su compasión en los términos más patéticos e insistentes.
Prometió, si le devolvía la libertad, ocultar sus agravios al mundo, explicar su
reaparición de la manera que él juzgase más oportuna; y a fin de evitar que
recayese sobre él la menor sospecha, se ofreció a abandonar Madrid
inmediatamente. Sus súplicas fueron tan insistentes que causaron honda
impresión en el monje. Consideró éste que, puesto que su persona no excitaba
ya sus deseos, no tenía interés en mantenerla oculta como había sido su
primera intención; que eso añadía nuevos agravios a los que ya había sufrido;
y que si era fiel a sus promesas, estaría él seguro, tanto si la dejaba encerrada o
en libertad. Por otro lado, le daba miedo que, en su aflicción, Antonia
rompiese su promesa impensadamente, o que su excesiva simplicidad e
ignorancia de la astucia diese pie a que alguien más artero y solapado
sorprendiese su secreto. Sin embargo, pese a lo fundadas que eran estas
aprensiones, la compasión y un sincero deseo de reparar su crimen lo más
posible le inclinaban a acceder a los ruegos de la suplicante.