Capitulo 31

4251 Palabras
La dificultad de hacer plausible el inesperado retorno de Antonia a la vida, tras su supuesta muerte y público enterramiento, era el único punto que le tenía indeciso. Aún estaba meditando sobre los medios de eliminar tal obstáculo, cuando oyó un ruido de pasos que se acercaban con precipitación. Se abrió la puerta de la cripta, y entró corriendo Matilde, manifiestamente confundida y aterrada. Al ver entrar a una persona desconocida, Antonia profirió un grito de alegría. Pero su esperanza de recibir auxilio de su parte se disipó en seguida. El supuesto novicio, sin manifestar la menor sorpresa al encontrar a una mujer a solas con el monje, en tan extraño lugar y a hora tan tardía, se dirigió a él sin una sola vacilación. —¿Qué podemos hacer, Ambrosio? Estamos perdidos, a menos que encuentren algún medio de dispersar a los amotinados. Ambrosio, el convento de Santa Clara está en llamas, la priora ha caído víctima de la furia de la turba. La abadía amenaza correr la misma suerte. Alarmados ante la ira del populacho, los monjes os buscan por todas partes. Creen que vuestra sola autoridad bastará para calmar esos desmanes. Nadie sabe qué ha sido de vos, y vuestra ausencia ha creado universal asombro y desesperación. Yo he aprovechado la confusión para venir corriendo a advertiros del peligro. —En seguida lo remediaremos —contestó el abad—; regresaré inmediatamente a mi celda. Cualquier excusa justificará mi ausencia. —Imposible —replicó Matilde—. El sepulcro está lleno de arqueros. Lorenzo de Medina está registrando las criptas, y recorre todos los pasadizos con varios oficiales de la Inquisición. Os cortarán la huida. Os preguntarán los motivos por los que os encontráis a estas horas en el sepulcro. Descubrirán a Antonia, ¡y estaréis perdido para siempre! —¿Lorenzo de Medina? ¿Oficiales de la Inquisición? ¿Qué les trae a este lugar? ¿Me buscan? ¿Entonces soy un sospechoso? ¡Oh, hablad, Matilde! ¡Contestadme, por piedad! —Hasta ahora no sospechan nada de vos, pero me temo que no tardarán. Vuestra única posibilidad de escapar está en lo improbable de que exploren esta mazmorra. La puerta está hábilmente disimulada. Tal vez no reparen en ella y; podamos permanecer ocultos hasta que se marchen. —Pero Antonia... Si se acercan los Inquisidores y oyen sus gritos... —¡Yo eliminaré ese riesgo! —interrumpió Matilde. Diciendo esto, sacó un puñal y se abalanzó sobre su presa. —¡Deteneos! ¡Deteneos! —exclamó Ambrosio, cogiéndole la mano y quitándole el arma que ya tenía en alto—. ¿Qué vais a hacer, mujer cruel? ¡Ya ha sufrido demasiado la desdichada, gracias a vuestros consejos perniciosos! ¡Ojalá no los hubiera escuchado jamás! ¡Ojalá no hubiese visto nunca vuestro rostro! Matilde le lanzó una mirada de desprecio. —¡Absurdo! —exclamó, con un gesto de pasión y de soberbia que atemorizó al monje—. Después de despojarla de cuanto la hacía valiosa, ¿teméis privarla de una vida miserable? ¡Pero está bien! Dejadla vivir, y os convenceréis de vuestra locura. ¡Os dejo a vuestro propio destino! ¡Renuncio a vuestra alianza! Quien tiembla ante la idea de cometer un crimen tan insignificante, no merece mi protección. ¡Escuchad! ¡Escuchad! Ambrosio, ¿no oís a los arqueros? Ya vienen; ¡vuestra ruina es inevitable! En ese momento, el abad oyó el rumor de unas voces distantes. Corrió a cerrar la puerta, de cuyo secreto dependía su seguridad, la cual había olvidado Matilde cerrar. Antes de que pudiera llegar, vio correr a Antonia delante de él, y huir hacia donde sonaban las voces, con la rapidez de una flecha. Había estado escuchando atentamente a Matilde. Oyó mencionar el nombre de Lorenzo, y decidió arriesgarlo todo para ponerse bajo su protección. La puerta estaba abierta. Los rumores de voces la convencieron de que los arqueros no se hallaban demasiado lejos. Hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban y echó a correr, antes de que el monje se diese cuenta de sus intenciones, y se dirigió rápidamente hacia aquel lugar. Tan pronto como se recobró de su primera sorpresa, el abad salió tras ella. En vano redobló Antonia su velocidad y forzó al máximo sus nervios. Su enemigo ganaba terreno por momentos, y sintió el calor de su aliento en su cuello. El monje la alcanzó; alargó la mano, la agarró por los bucles agitados de su pelo y trató de arrastrarla de nuevo hacia la mazmorra. Antonia se resistió con todas sus fuerzas. Se abrazó a una columna que sostenía el techo, y gritó pidiendo socorro. En vano la amenazó el monje si no callaba. —¡Socorro! —siguió gritando—. ¡Socorro! ¡Socorro, por el amor de Dios! Espoleados por estos gritos, el ruido de pasos pareció acercarse más aprisa. El abad esperaba a cada instante ver llegar a los Inquisidores. Antonia aún resistía; en consecuencia, la redujo al silencio con los medios más horribles e inhumanos. Todavía empuñaba la daga de Matilde. Sin permitirse un segundo de reflexión, la levantó, ¡y la hundió dos veces en el pecho de Antonia! Ella profirió un alarido, y se derrumbó en el suelo. El monje trató de llevársela, pero aún se abrazaba firmemente en la columna. En ese instante, las paredes se iluminaron con la luz de las antorchas que se acercaban. Temeroso de que le descubriesen, Ambrosio se vio obligado a abandonar a su víctima y huyó a toda prisa hacia la mazmorra donde había dejado a Matilde. No pasó inadvertido. Don Ramírez, que iba a la cabeza, descubrió a una mujer ensangrentada en el suelo y vio huir a un hombre del lugar, cuya confusión le delataba como el homicida. Inmediatamente persiguió al fugitivo con algunos arqueros, mientras los demás se quedaban con Lorenzo para auxiliar a la malherida desconocida. La levantaron y la sostuvieron en brazos. Se había desmayado por el exceso de dolor, pero pronto dio signos de recobrar los sentidos. Abrió los ojos y, al alzar la cabeza, los rubios cabellos que ocultaban su semblante, cayeron hacia atrás. —¡Dios Todopoderoso! ¡Es Antonia! Tal fue la exclamación de Lorenzo, mientras la arrancaba de los brazos de los asistentes y la abrazaba con los suyos. Aunque guiado con mano insegura, el puñal había respondido demasiado bien a los propósitos de su dueño. Las, heridas eran mortales, y Antonia se daba cuenta de que no tenía salvación. Sin embargo, los pocos instantes que le quedaban, fueron instantes de felicidad. La angustia que reflejaba el semblante de Lorenzo, la frenética pasión de sus lamentos y la ansiosa preocupación por sus heridas, la convencieron más allá de toda duda de que eran de ella sus afectos. No quiso que la sacaran de la cripta, temerosa de que el movimiento acelerase su muerte; no quería perder estos instantes en que recibía de Lorenzo pruebas de su amor, a las que ella correspondía. Le dijo que, de no haber sido violada, habría sentido morir ahora; pero que, privada de su honor y manchada por la vergüenza, la muerte era una bendición: no podía haber sido su esposa y, privada de esta esperanza, se resignaba a bajar a la sepultura sin un suspiro de pesar. Le pidió que tuviese valor, le alentó para que no se abandonase a un dolor inútil, y le confesó que lamentaba no tener en este mundo más que a él. Aunque cada dulce acento, más que aliviar, aumentaba el dolor de Lorenzo, ella siguió hablando de este modo hasta el momento de su disolución. Su voz desfalleció, se hizo apenas audible. Una densa nube emborronó su vista, su corazón se volvió lento e irregular, y cada instante pareció anunciar el desenlace. Yacía con la cabeza apoyada en el pecho de Lorenzo, y sus labios aún murmuraban palabras de consuelo. La interrumpió el tañido lejano de la campana del convento, que dio la hora. Súbitamente, los ojos de Antonia parpadearon con vivacidad: su cuerpo pareció dotado de nueva fuerza y animación. Se enderezó de los brazos de su enamorado. —¡Las tres! —exclamó—. ¡Madre, voy a ti! Juntó las manos, y cayó sin vida en el suelo. Lorenzo, presa de indecible agonía, se arrojó junto a ella; se mesó los cabellos, se golpeó el pecho y se negó a separarse del cadáver. Finalmente, sin fuerzas ya, consintió en que le sacasen de la cripta, siendo trasladado al palacio de Medina escasamente más vivo que la desventurada Antonia. Entretanto, aunque perseguido de cerca, Ambrosio había logrado llegar a la tumba. La puerta estaba ya cerrada cuando don Ramírez llegó, y transcurrió mucho tiempo antes de descubrir el refugio del fugitivo. Pero nada se resiste a la perseverancia. Aunque hábilmente oculta, la puerta no escapó a la inspección de los arqueros. La abrieron a la fuerza y entraron, con gran espanto de Ambrosio y su compañera. La confusión del monje, su intento de esconderse, su rápida huida y la sangre que manchaba sus ropas, no dejaban lugar a dudas de que era el asesino de Antonia. Pero cuando le identificaron como el inmaculado Ambrosio, «el Hombre Santo», el ídolo de Madrid, los perseguidores se quedaron estupefactos, y apenas podían convencerse de que no era una aparición lo que tenían ante sí. El abad no se esforzó en justificarse, sino que mantuvo un obstinado silencio. Lo detuvieron y lo maniataron. Tomaron la misma precaución respecto a Matilde. Al quitarle la capucha, la profusión y belleza de sus cabellos delataron su sexo, y este accidente produjo un nuevo asombro. Encontraron, también, la daga en la tumba, donde el monje la había arrojado; y tras registrar completamente la mazmorra, los culpables fueron conducidos a las prisiones de la Inquisición. Don Ramírez tuvo cuidado de que el populacho permaneciese ignorante de los crímenes e identidad de los cautivos. Temía que se repitiese el amotinamiento que había seguido a la detención de la priora de Santa Clara. Se limitó a comunicar a los capuchinos el delito de su superior. Para evitar la vergüenza de una confesión pública, y temiendo la furia popular, de la que ya habían salvado la abadía con muchas dificultades, los monjes permitieron de buen grado que los inquisidores registrasen el edificio sin ruido. No efectuaron ningún nuevo descubrimiento. Recogieron los efectos encontrados en las celdas del abad y de Matilde, y los llevaron a la Inquisición para ser presentados como pruebas. Todo lo demás quedó como estaba, y el orden y la tranquilidad quedaron restablecidos una vez más en Madrid. El convento de Santa Clara había quedado completamente en ruinas tras el saqueo de la chusma y el incendio. No quedaban en pie más que las paredes maestras, cuyo espesor y solidez las habían salvado de las llamas. Las monjas que habían pertenecido a él se vieron obligadas a dispersarse en otras comunidades. Pero el prejuicio contra ellas era muy fuerte, y las superioras no se mostraban muy dispuestas a acogerlas. Sin embargo, dado que la mayoría estaban emparentadas con familias muy distinguidas por su cuna y riqueza, varios conventos se vieron obligados a recibirlas, aunque con desagrado. Tal prejuicio era extremadamente falso e injustificado. Tras minuciosa investigación, se mostró que toda la comunidad estaba convencida de la muerte de Inés, salvo las cuatro monjas a las que Santa Úrsula había denunciado. Éstas habían caído víctimas de la furia popular, así como otras perfectamente inocentes e ignorantes de todo el asunto. Cegada por el resentimiento, la turba se había ensañado con toda monja que había caído en sus manos. Las que escaparon, debieron su vida enteramente a la prudencia y moderación del duque de Medina. Se daban cuenta de ello, y sentían por este noble un cabal sentido de gratitud. Virginia no fue la más parca en agradecimiento. Deseó igualmente dar las gracias por sus atenciones, y por los buenos cuidados del tío de Lorenzo, cosa que consiguió fácilmente. El duque contempló su belleza con maravilla y admiración; y mientras sus ojos se sintieron encantados con su forma, la dulzura de sus modales y el tierno interés por la monja doliente, predispusieron su corazón en su favor. Virginia tenía suficiente sensibilidad para darse cuenta de esto, y redobló sus atenciones en ella. Cuando la dejó en las puertas del palacio de su padre, el duque pidió permiso para preguntar de cuando en cuando por su salud. Le fue concedido gustosamente: Virginia le aseguró que el marqués de VillaFranca estaría orgulloso en darle las gracias personalmente por la protección que había dispensado a su hija. Se separaron, él encantado con la belleza y dulzura de Virginia, y ella muy complacida con él, y más con su sobrino. Al entrar en el palacio, el primer cuidado de Virginia fue llamar al médico de la familia y atender a la desconocida. Su madre se apresuró a colaborar en tan caritativo trabajo. Alarmado por el tumulto, y temblando por la seguridad de su única hija, el marqués había corrido al convento de Santa Clara, y aún la andaba buscando. De modo que se enviaron ahora mensajes a todas partes para informarle de que la encontraría a salvo en su casa, y que debía regresar allí inmediatamente. Su ausencia dio a Virginia libertad para dedicar toda su atención a su paciente; y aunque se hallaba muy trastornada por los sucesos de la noche, nada pudo persuadirla para que abandonase su puesto junto a la cama de la desventurada desconocida. Dada su debilidad por el sufrimiento y las privaciones, ésta tardó bastante en recobrar los sentidos. Le costó mucho trabajo tragar las medicinas que le prescribieron. Pero salvado este obstáculo, venció fácilmente su enfermedad, que resultó no ser otra cosa que debilitamiento. Las atenciones que recibió, los alimentos saludables que le administraron, de los que tanto tiempo había estado privada, y su alegría por haber recobrado la libertad, la sociedad y, como ella se atrevía esperar, el amor, contribuyeron al rápido restablecimiento. Desde el primer momento, su melancólica situación, sus sufrimientos casi sin paralelo, se habían ganado los afectos de su amable anfitriona: Virginia sentía por ella el más vivo interés; pero ¡cómo se alegró, cuando su invitada se recobró lo suficiente como para relatarle su historia, y reconoció en la monja cautiva a la hermana de Lorenzo! Esta víctima de la crueldad monástica, efectivamente, no era otra que la desventurada Inés. Durante el tiempo que estuvo viviendo en el convento, Virginia la había llegado a conocer bastante bien. Pero su cuerpo extenuado, su semblante consumido por la aflicción, la convicción general de que había muerto, y su cabello largo y desgreñado que le ocultaba la cara y el pecho desordenadamente, no le habían permitido reconocerla al principio. La priora había intentado por todos los medios que Virginia profesase; pues no habría sido pequeño su triunfo, de haberse ganado a la heredera de Villa–Franca. Su fingida bondad e incesante atención habían llegado a ser tan eficaces que su joven pariente había comenzado a pensar seriamente en complacer sus deseos. Más familiarizada en el aburrimiento y sinsabores de la vida monástica, Inés había adivinado las intenciones de la superiora. Tembló por la inocente joven, y se esforzó en hacerle comprender su error. Pintó con sus verdaderos colores los numerosos inconvenientes de la vida conventual, la continua sujeción, los celos ruines, las intrigas mezquinas, la servil obsequiosidad y grosera adulación que la superiora esperaba recibir. Luego pidió a Virginia que pensase en el brillante porvenir que se ofrecía ante ella: idolatrada por sus padres, admirada por todo Madrid, dotada por naturaleza y educación de todas las perfecciones corporales e intelectuales, podía soñar con la posición más afortunada. Sus riquezas le proporcionaban los medios de ejercer plenamente su caridad y benevolencia, virtudes tan caras en ella; y su permanencia en el siglo le permitiría descubrir objetos merecedores de su protección, cosa que no podría hacer recluida en un convento. Sus convicciones indujeron a Virginia a desechar toda idea de profesar. Pero otro argumento, no utilizado por Inés, tuvo para ella más peso que los demás juntos. Había visto a Lorenzo cuando éste visitó a su hermana en la reja del locutorio. Le agradó su persona; y luego sus conversaciones con Inés generalmente abocaban en alguna pregunta sobre su hermano. Ella, que quería con locura a Lorenzo, no deseaba otra cosa que tener una ocasión para entonar sus alabanzas. Hablaba de él en términos arrebatados; y para convencer a su interlocutora de cuán justos eran los sentimientos de su hermano, cuán cultivado su espíritu y elegantes sus expresiones, le enseñaba de cuando en cuando las cartas que recibía de él. No tardó en darse cuenta de que el corazón de su joven amiga se empapaba, merced a estas confidencias, de unas impresiones que estaba lejos de pretender despertar en ella, aunque se sentía verdaderamente feliz de descubrir. No podía querer para su hermano unión más deseable: heredera de Villa–Franca, virtuosa, tierna, hermosa y refinada, Virginia parecía muy bien dotada para hacerle feliz. Sondeó a su hermano sobre el particular, aunque sin mencionar nombres ni circunstancias. Él le aseguró en sus respuestas que su corazón y su mano estaban totalmente vacantes; e Inés pensó que, en ese caso, podía proseguir sin peligro. En consecuencia, se esforzó en fortalecer la pasión incipiente de su amiga. Lorenzo se convirtió en el tema constante de su discurso; y la avidez con que su oyente la escuchaba, los suspiros que frecuentemente escapaban de su pecho, y la ansiedad con que, tras alguna digresión, retrotraía el tema adonde lo habían dejado, bastaron para convencerla de que las prendas de su hermano estaban lejos de resultar desagradables. Por último, se atrevió a mencionar sus deseos al duque. Aunque no conocía a la dama propiamente dicha, conocía su posición lo bastante como para considerarla merecedora de la mano de su sobrino. Acordaron, él y la sobrina, que sería ella quien insinuaría tal idea a Lorenzo, y esperarían el regreso de éste a Madrid para proponerle a la amiga de Inés como esposa. Los desdichados acontecimientos que tuvieron lugar entretanto, le impidieron llevar a cabo su propósito. Virginia había llorado su muerte sinceramente, como compañera y como única persona con la que podía hablar de Lorenzo. Su pasión seguía dominando su corazón en secreto, y casi había decidido confesar sus sentimientos a su madre, cuando el azar alejó de ella una vez más a su objeto. Ahora, al verle tan cerca, su cortesía, su compasión, su intrepidez, habían contribuido a imprimir renovado ardor a su afecto. Y al encontrar de nuevo a su amiga y defensora, la consideró un regalo del cielo: se atrevió a abrir la esperanza de llegar a unirse con Lorenzo, y decidió utilizar sobre él la influencia de su hermana. Creyendo que antes de su muerte Inés había podido hablarle de esta proposición, el duque había creído que las alusiones de su sobrino a su matrimonio se referían a Virginia: por consiguiente, les dio la más favorable acogida. Al regresar a su palacio, la relación que le hicieron de la muerte de Antonia y el comportamiento de Lorenzo le hicieron ver su error. Lamentó las circunstancias; pero, muerta la desventurada joven, confió en que aún se cumplirían sus designios. Es cierto que la situación de Lorenzo en aquel momento no era la más propicia para pensar en el matrimonio. Sus esperanzas se habían frustrado en el momento en que esperaba realizarlas, y la espantosa e inesperada muerte de su amada le había afectado profundamente. El duque le encontró postrado en la cama. Sus cuidadores manifestaron serios temores por su vida. Pero el tío no compartía tales aprensiones. Era de la opinión, nada desacertada, de que «los hombres mueren y se los comen los gusanos, ¡pero no de amor!». Así que se dijo, que por honda que fuese la impresión causada en el corazón de su sobrino, el tiempo y Virginia acabarían borrándola. Se apresuró a acudir junto al afligido joven y procuró consolarle: compadeció su dolor, pero le alentó a resistir los excesos de la desesperación. Reconoció que no podía por menos de sentirse destrozado ante un acontecimiento tan terrible, y no podía censurársele su sensibilidad. Pero le rogó que no se atormentase con vanos pesares, sino que luchase más bien contra la aflicción, y conservase la vida, si no por él mismo, al menos por los que tanto afecto sentían por él. Mientras así razonaba para hacer que Lorenzo olvidase la pérdida de Antonia, el duque visitó asiduamente a Virginia, y aprovechó todas las ocasiones para suscitar el interés de su sobrino en el corazón de ella. Como fácilmente se puede comprender, Inés no estuvo mucho tiempo sin preguntar por don Raimundo. Se sintió muy apenada al enterarse de la desventurada situación a la que el dolor le había reducido; sin embargo, no pudo por menos de alegrarse secretamente, al pensar que su enfermedad demostraba la sinceridad de su amor. El duque tomó sobre sí la misión de anunciar al enfermo la felicidad que le aguardaba. Aunque no ahorró precaución ninguna en prepararle para tal noticia, los transportes de Raimundo ante el súbito cambio de la desesperación a la dicha fueron tan violentos, que a punto estuvieron de resultar fatales. Una vez pasados, la tranquilidad de su espíritu, la seguridad de su dicha, y sobre todo, la presencia de Inés [que tan pronto como se restableció, gracias a los cuidados de Virginia y la marquesa, se apresuró a atender a su amado], le permitieron vencer los efectos de su última enfermedad. La serenidad de su espíritu se comunicó a su cuerpo, y se recobró con tal rapidez que causó la sorpresa general. No ocurrió así con Lorenzo. La muerte de Antonia, acompañada de circunstancias tan espantosas, pesaba tremendamente en su espíritu. Se había quedado tan consumido que parecía su propia sombra. Nada conseguía complacerle. Costaba trabajo convencerle para que tomase alimento suficiente que le sostuviese con vida, y se quedó consumido. La compañía de Inés constituía su único consuelo. Aunque el azar nunca había permitido que estuviesen mucho tiempo juntos, sentía por ella una sincera amistad y afecto. Comprendiendo ésta cuán necesaria era para él, rara vez abandonaba su aposento. Escuchaba sus quejas con incansable atención, y le consolaba con la dulzura de sus gestos y simpatizando con su dolor. Aún seguía ella viviendo en el palacio de Villa–Franca, cuyos dueños la trataban con marcado afecto. El duque había confiado al marqués sus deseos con respecto a Virginia. La pareja era intachable. Lorenzo era heredero de la inmensa fortuna de su tío, y Madrid le tenía por persona afable, de vastos conocimientos y conducta ejemplar. Además de esto, la marquesa había descubierto lo fuertes que eran las inclinaciones de su hija en su favor. En consecuencia, las proposiciones del duque fueron aceptadas sin vacilación: se tomaron todas las providencias para inducir a Lorenzo a considerar a la dama con los sentimientos que ella tanto merecía despertar. En las visitas a su hermano, Inés iba acompañada frecuentemente de la marquesa; y tan pronto como él pudo moverse por la antecámara, Virginia, bajo la protección de su madre, recibió permiso para expresar su deseo de que Lorenzo se recuperase; cosa que hizo ella con gran delicadeza. Y cuando se refirió a Antonia lo hizo de manera tan tierna y consoladora, y al lamentar el triste destino de su rival brillaron sus ojos a través de sus lágrimas de manera tan hermosa, que Lorenzo no pudo contemplarla ni escucharla sin emoción. Sus familiares, así como la dama, se dieron cuenta de que su compañía parecía producirle un nuevo placer cada día, y que él hablaba en términos admirativos cada vez más fuertes. Sin embargo, guardaban para sus adentros sus observaciones. No se deslizó una sola palabra que pudiese inducirle a sospechar los designios de los demás. Observaron su anterior conducta y atenciones, y dejaron que el tiempo hiciese madurar un sentimiento que ya estaba en germen en la amistad que sentía por Virginia. Entretanto, las visitas de ella se habían hecho más frecuentes; y en los últimos tiempos, apenas pasaba un día sin que pasase ella algún rato junto al lecho de Lorenzo. Gradualmente, éste recobró sus fuerzas, si bien el progreso de su recuperación fue lento y dudoso. Una tarde, pareció sentirse más animado de lo habitual; Inés y su amado, el duque, Virginia y sus padres, estaban sentados a su alrededor. Ahora, por primera vez, pidió a su hermana que le informase cómo había escapado a los efectos del veneno que Santa Úrsula le había visto beber. Temerosa de evocar en su mente el escenario en el que Antonia había perecido, le había ocultado hasta el momento la historia de sus sufrimientos. Dado que ahora abordaba él el tema, y creyendo que quizá el relato de sus infortunios podía hacerle olvidar aquellos en los que él se había demorado demasiado, accedió al punto a su petición. El resto de los presentes había oído ya la historia; pero el interés que sentían por su heroína les hacía desear oírla una vez más. Secundando todos los reunidos los ruegos de Lorenzo, Inés obedeció. Primero contó el descubrimiento que había tenido lugar en la capilla de la abadía, el resentimiento de la superiora y la escena de medianoche que Santa Úrsula había presenciado oculta. Aunque la monja ya había descrito este lance, Inés lo relató ahora más detalladamente.
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