La dificultad de
hacer plausible el inesperado retorno de Antonia a la vida, tras su supuesta
muerte y público enterramiento, era el único punto que le tenía indeciso. Aún
estaba meditando sobre los medios de eliminar tal obstáculo, cuando oyó un
ruido de pasos que se acercaban con precipitación. Se abrió la puerta de la
cripta, y entró corriendo Matilde, manifiestamente confundida y aterrada.
Al ver entrar a una persona desconocida, Antonia profirió un grito de
alegría. Pero su esperanza de recibir auxilio de su parte se disipó en seguida.
El supuesto novicio, sin manifestar la menor sorpresa al encontrar a una mujer
a solas con el monje, en tan extraño lugar y a hora tan tardía, se dirigió a él sin
una sola vacilación.
—¿Qué podemos hacer, Ambrosio? Estamos perdidos, a menos que
encuentren algún medio de dispersar a los amotinados. Ambrosio, el convento
de Santa Clara está en llamas, la priora ha caído víctima de la furia de la turba.
La abadía amenaza correr la misma suerte. Alarmados ante la ira del
populacho, los monjes os buscan por todas partes. Creen que vuestra sola
autoridad bastará para calmar esos desmanes. Nadie sabe qué ha sido de vos, y
vuestra ausencia ha creado universal asombro y desesperación. Yo he
aprovechado la confusión para venir corriendo a advertiros del peligro.
—En seguida lo remediaremos —contestó el abad—; regresaré
inmediatamente a mi celda. Cualquier excusa justificará mi ausencia.
—Imposible —replicó Matilde—. El sepulcro está lleno de arqueros.
Lorenzo de Medina está registrando las criptas, y recorre todos los pasadizos
con varios oficiales de la Inquisición. Os cortarán la huida. Os preguntarán los
motivos por los que os encontráis a estas horas en el sepulcro. Descubrirán a
Antonia, ¡y estaréis perdido para siempre!
—¿Lorenzo de Medina? ¿Oficiales de la Inquisición? ¿Qué les trae a este
lugar? ¿Me buscan? ¿Entonces soy un sospechoso? ¡Oh, hablad, Matilde!
¡Contestadme, por piedad!
—Hasta ahora no sospechan nada de vos, pero me temo que no tardarán.
Vuestra única posibilidad de escapar está en lo improbable de que exploren
esta mazmorra. La puerta está hábilmente disimulada. Tal vez no reparen en
ella y; podamos permanecer ocultos hasta que se marchen.
—Pero Antonia... Si se acercan los Inquisidores y oyen sus gritos...
—¡Yo eliminaré ese riesgo! —interrumpió Matilde.
Diciendo esto, sacó un puñal y se abalanzó sobre su presa.
—¡Deteneos! ¡Deteneos! —exclamó Ambrosio, cogiéndole la mano y
quitándole el arma que ya tenía en alto—. ¿Qué vais a hacer, mujer cruel? ¡Ya
ha sufrido demasiado la desdichada, gracias a vuestros consejos perniciosos!
¡Ojalá no los hubiera escuchado jamás! ¡Ojalá no hubiese visto nunca vuestro
rostro!
Matilde le lanzó una mirada de desprecio.
—¡Absurdo! —exclamó, con un gesto de pasión y de soberbia que
atemorizó al monje—. Después de despojarla de cuanto la hacía valiosa,
¿teméis privarla de una vida miserable? ¡Pero está bien! Dejadla vivir, y os
convenceréis de vuestra locura. ¡Os dejo a vuestro propio destino! ¡Renuncio a
vuestra alianza! Quien tiembla ante la idea de cometer un crimen tan
insignificante, no merece mi protección. ¡Escuchad! ¡Escuchad! Ambrosio,
¿no oís a los arqueros? Ya vienen; ¡vuestra ruina es inevitable!
En ese momento, el abad oyó el rumor de unas voces distantes. Corrió a
cerrar la puerta, de cuyo secreto dependía su seguridad, la cual había olvidado
Matilde cerrar. Antes de que pudiera llegar, vio correr a Antonia delante de él,
y huir hacia donde sonaban las voces, con la rapidez de una flecha. Había
estado escuchando atentamente a Matilde. Oyó mencionar el nombre de
Lorenzo, y decidió arriesgarlo todo para ponerse bajo su protección. La puerta
estaba abierta. Los rumores de voces la convencieron de que los arqueros no
se hallaban demasiado lejos. Hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban
y echó a correr, antes de que el monje se diese cuenta de sus intenciones, y se
dirigió rápidamente hacia aquel lugar. Tan pronto como se recobró de su primera sorpresa, el abad salió tras ella. En vano redobló Antonia su velocidad
y forzó al máximo sus nervios. Su enemigo ganaba terreno por momentos, y
sintió el calor de su aliento en su cuello. El monje la alcanzó; alargó la mano,
la agarró por los bucles agitados de su pelo y trató de arrastrarla de nuevo
hacia la mazmorra. Antonia se resistió con todas sus fuerzas. Se abrazó a una
columna que sostenía el techo, y gritó pidiendo socorro. En vano la amenazó
el monje si no callaba.
—¡Socorro! —siguió gritando—. ¡Socorro! ¡Socorro, por el amor de Dios!
Espoleados por estos gritos, el ruido de pasos pareció acercarse más aprisa.
El abad esperaba a cada instante ver llegar a los Inquisidores. Antonia aún
resistía; en consecuencia, la redujo al silencio con los medios más horribles e
inhumanos. Todavía empuñaba la daga de Matilde. Sin permitirse un segundo
de reflexión, la levantó, ¡y la hundió dos veces en el pecho de Antonia! Ella
profirió un alarido, y se derrumbó en el suelo. El monje trató de llevársela,
pero aún se abrazaba firmemente en la columna. En ese instante, las paredes se
iluminaron con la luz de las antorchas que se acercaban. Temeroso de que le
descubriesen, Ambrosio se vio obligado a abandonar a su víctima y huyó a
toda prisa hacia la mazmorra donde había dejado a Matilde.
No pasó inadvertido. Don Ramírez, que iba a la cabeza, descubrió a una
mujer ensangrentada en el suelo y vio huir a un hombre del lugar, cuya
confusión le delataba como el homicida. Inmediatamente persiguió al fugitivo
con algunos arqueros, mientras los demás se quedaban con Lorenzo para
auxiliar a la malherida desconocida. La levantaron y la sostuvieron en brazos.
Se había desmayado por el exceso de dolor, pero pronto dio signos de recobrar
los sentidos. Abrió los ojos y, al alzar la cabeza, los rubios cabellos que
ocultaban su semblante, cayeron hacia atrás.
—¡Dios Todopoderoso! ¡Es Antonia!
Tal fue la exclamación de Lorenzo, mientras la arrancaba de los brazos de
los asistentes y la abrazaba con los suyos.
Aunque guiado con mano insegura, el puñal había respondido demasiado
bien a los propósitos de su dueño. Las, heridas eran mortales, y Antonia se
daba cuenta de que no tenía salvación. Sin embargo, los pocos instantes que le
quedaban, fueron instantes de felicidad. La angustia que reflejaba el semblante
de Lorenzo, la frenética pasión de sus lamentos y la ansiosa preocupación por
sus heridas, la convencieron más allá de toda duda de que eran de ella sus
afectos. No quiso que la sacaran de la cripta, temerosa de que el movimiento
acelerase su muerte; no quería perder estos instantes en que recibía de Lorenzo
pruebas de su amor, a las que ella correspondía. Le dijo que, de no haber sido
violada, habría sentido morir ahora; pero que, privada de su honor y manchada
por la vergüenza, la muerte era una bendición: no podía haber sido su esposa y, privada de esta esperanza, se resignaba a bajar a la sepultura sin un suspiro
de pesar. Le pidió que tuviese valor, le alentó para que no se abandonase a un
dolor inútil, y le confesó que lamentaba no tener en este mundo más que a él.
Aunque cada dulce acento, más que aliviar, aumentaba el dolor de Lorenzo,
ella siguió hablando de este modo hasta el momento de su disolución. Su voz
desfalleció, se hizo apenas audible. Una densa nube emborronó su vista, su
corazón se volvió lento e irregular, y cada instante pareció anunciar el
desenlace.
Yacía con la cabeza apoyada en el pecho de Lorenzo, y sus labios aún
murmuraban palabras de consuelo. La interrumpió el tañido lejano de la
campana del convento, que dio la hora. Súbitamente, los ojos de Antonia
parpadearon con vivacidad: su cuerpo pareció dotado de nueva fuerza y
animación. Se enderezó de los brazos de su enamorado.
—¡Las tres! —exclamó—. ¡Madre, voy a ti!
Juntó las manos, y cayó sin vida en el suelo. Lorenzo, presa de indecible
agonía, se arrojó junto a ella; se mesó los cabellos, se golpeó el pecho y se
negó a separarse del cadáver. Finalmente, sin fuerzas ya, consintió en que le
sacasen de la cripta, siendo trasladado al palacio de Medina escasamente más
vivo que la desventurada Antonia.
Entretanto, aunque perseguido de cerca, Ambrosio había logrado llegar a la
tumba. La puerta estaba ya cerrada cuando don Ramírez llegó, y transcurrió
mucho tiempo antes de descubrir el refugio del fugitivo. Pero nada se resiste a
la perseverancia. Aunque hábilmente oculta, la puerta no escapó a la
inspección de los arqueros. La abrieron a la fuerza y entraron, con gran
espanto de Ambrosio y su compañera. La confusión del monje, su intento de
esconderse, su rápida huida y la sangre que manchaba sus ropas, no dejaban
lugar a dudas de que era el asesino de Antonia. Pero cuando le identificaron
como el inmaculado Ambrosio, «el Hombre Santo», el ídolo de Madrid, los
perseguidores se quedaron estupefactos, y apenas podían convencerse de que
no era una aparición lo que tenían ante sí. El abad no se esforzó en justificarse,
sino que mantuvo un obstinado silencio. Lo detuvieron y lo maniataron.
Tomaron la misma precaución respecto a Matilde. Al quitarle la capucha, la
profusión y belleza de sus cabellos delataron su sexo, y este accidente produjo
un nuevo asombro. Encontraron, también, la daga en la tumba, donde el monje
la había arrojado; y tras registrar completamente la mazmorra, los culpables
fueron conducidos a las prisiones de la Inquisición.
Don Ramírez tuvo cuidado de que el populacho permaneciese ignorante de
los crímenes e identidad de los cautivos. Temía que se repitiese el
amotinamiento que había seguido a la detención de la priora de Santa Clara.
Se limitó a comunicar a los capuchinos el delito de su superior. Para evitar la vergüenza de una confesión pública, y temiendo la furia popular, de la que ya
habían salvado la abadía con muchas dificultades, los monjes permitieron de
buen grado que los inquisidores registrasen el edificio sin ruido. No efectuaron
ningún nuevo descubrimiento. Recogieron los efectos encontrados en las
celdas del abad y de Matilde, y los llevaron a la Inquisición para ser
presentados como pruebas. Todo lo demás quedó como estaba, y el orden y la
tranquilidad quedaron restablecidos una vez más en Madrid.
El convento de Santa Clara había quedado completamente en ruinas tras el
saqueo de la chusma y el incendio. No quedaban en pie más que las paredes
maestras, cuyo espesor y solidez las habían salvado de las llamas. Las monjas
que habían pertenecido a él se vieron obligadas a dispersarse en otras
comunidades. Pero el prejuicio contra ellas era muy fuerte, y las superioras no
se mostraban muy dispuestas a acogerlas. Sin embargo, dado que la mayoría
estaban emparentadas con familias muy distinguidas por su cuna y riqueza,
varios conventos se vieron obligados a recibirlas, aunque con desagrado. Tal
prejuicio era extremadamente falso e injustificado. Tras minuciosa
investigación, se mostró que toda la comunidad estaba convencida de la
muerte de Inés, salvo las cuatro monjas a las que Santa Úrsula había
denunciado. Éstas habían caído víctimas de la furia popular, así como otras
perfectamente inocentes e ignorantes de todo el asunto. Cegada por el
resentimiento, la turba se había ensañado con toda monja que había caído en
sus manos. Las que escaparon, debieron su vida enteramente a la prudencia y
moderación del duque de Medina. Se daban cuenta de ello, y sentían por este
noble un cabal sentido de gratitud.
Virginia no fue la más parca en agradecimiento. Deseó igualmente dar las
gracias por sus atenciones, y por los buenos cuidados del tío de Lorenzo, cosa
que consiguió fácilmente. El duque contempló su belleza con maravilla y
admiración; y mientras sus ojos se sintieron encantados con su forma, la
dulzura de sus modales y el tierno interés por la monja doliente,
predispusieron su corazón en su favor. Virginia tenía suficiente sensibilidad
para darse cuenta de esto, y redobló sus atenciones en ella. Cuando la dejó en
las puertas del palacio de su padre, el duque pidió permiso para preguntar de
cuando en cuando por su salud. Le fue concedido gustosamente: Virginia le
aseguró que el marqués de VillaFranca estaría orgulloso en darle las gracias
personalmente por la protección que había dispensado a su hija. Se separaron,
él encantado con la belleza y dulzura de Virginia, y ella muy complacida con
él, y más con su sobrino.
Al entrar en el palacio, el primer cuidado de Virginia fue llamar al médico
de la familia y atender a la desconocida. Su madre se apresuró a colaborar en
tan caritativo trabajo. Alarmado por el tumulto, y temblando por la seguridad
de su única hija, el marqués había corrido al convento de Santa Clara, y aún la andaba buscando. De modo que se enviaron ahora mensajes a todas partes
para informarle de que la encontraría a salvo en su casa, y que debía regresar
allí inmediatamente. Su ausencia dio a Virginia libertad para dedicar toda su
atención a su paciente; y aunque se hallaba muy trastornada por los sucesos de
la noche, nada pudo persuadirla para que abandonase su puesto junto a la cama
de la desventurada desconocida. Dada su debilidad por el sufrimiento y las
privaciones, ésta tardó bastante en recobrar los sentidos. Le costó mucho
trabajo tragar las medicinas que le prescribieron. Pero salvado este obstáculo,
venció fácilmente su enfermedad, que resultó no ser otra cosa que
debilitamiento. Las atenciones que recibió, los alimentos saludables que le
administraron, de los que tanto tiempo había estado privada, y su alegría por
haber recobrado la libertad, la sociedad y, como ella se atrevía esperar, el
amor, contribuyeron al rápido restablecimiento. Desde el primer momento, su
melancólica situación, sus sufrimientos casi sin paralelo, se habían ganado los
afectos de su amable anfitriona: Virginia sentía por ella el más vivo interés;
pero ¡cómo se alegró, cuando su invitada se recobró lo suficiente como para
relatarle su historia, y reconoció en la monja cautiva a la hermana de Lorenzo!
Esta víctima de la crueldad monástica, efectivamente, no era otra que la
desventurada Inés. Durante el tiempo que estuvo viviendo en el convento,
Virginia la había llegado a conocer bastante bien. Pero su cuerpo extenuado,
su semblante consumido por la aflicción, la convicción general de que había
muerto, y su cabello largo y desgreñado que le ocultaba la cara y el pecho
desordenadamente, no le habían permitido reconocerla al principio. La priora
había intentado por todos los medios que Virginia profesase; pues no habría
sido pequeño su triunfo, de haberse ganado a la heredera de Villa–Franca. Su
fingida bondad e incesante atención habían llegado a ser tan eficaces que su
joven pariente había comenzado a pensar seriamente en complacer sus deseos.
Más familiarizada en el aburrimiento y sinsabores de la vida monástica, Inés
había adivinado las intenciones de la superiora. Tembló por la inocente joven,
y se esforzó en hacerle comprender su error. Pintó con sus verdaderos colores
los numerosos inconvenientes de la vida conventual, la continua sujeción, los
celos ruines, las intrigas mezquinas, la servil obsequiosidad y grosera
adulación que la superiora esperaba recibir. Luego pidió a Virginia que
pensase en el brillante porvenir que se ofrecía ante ella: idolatrada por sus
padres, admirada por todo Madrid, dotada por naturaleza y educación de todas
las perfecciones corporales e intelectuales, podía soñar con la posición más
afortunada. Sus riquezas le proporcionaban los medios de ejercer plenamente
su caridad y benevolencia, virtudes tan caras en ella; y su permanencia en el
siglo le permitiría descubrir objetos merecedores de su protección, cosa que no
podría hacer recluida en un convento.
Sus convicciones indujeron a Virginia a desechar toda idea de profesar.
Pero otro argumento, no utilizado por Inés, tuvo para ella más peso que los demás juntos. Había visto a Lorenzo cuando éste visitó a su hermana en la reja
del locutorio. Le agradó su persona; y luego sus conversaciones con Inés
generalmente abocaban en alguna pregunta sobre su hermano. Ella, que quería
con locura a Lorenzo, no deseaba otra cosa que tener una ocasión para entonar
sus alabanzas. Hablaba de él en términos arrebatados; y para convencer a su
interlocutora de cuán justos eran los sentimientos de su hermano, cuán
cultivado su espíritu y elegantes sus expresiones, le enseñaba de cuando en
cuando las cartas que recibía de él. No tardó en darse cuenta de que el corazón
de su joven amiga se empapaba, merced a estas confidencias, de unas
impresiones que estaba lejos de pretender despertar en ella, aunque se sentía
verdaderamente feliz de descubrir. No podía querer para su hermano unión
más deseable: heredera de Villa–Franca, virtuosa, tierna, hermosa y refinada,
Virginia parecía muy bien dotada para hacerle feliz. Sondeó a su hermano
sobre el particular, aunque sin mencionar nombres ni circunstancias. Él le
aseguró en sus respuestas que su corazón y su mano estaban totalmente
vacantes; e Inés pensó que, en ese caso, podía proseguir sin peligro. En
consecuencia, se esforzó en fortalecer la pasión incipiente de su amiga.
Lorenzo se convirtió en el tema constante de su discurso; y la avidez con que
su oyente la escuchaba, los suspiros que frecuentemente escapaban de su
pecho, y la ansiedad con que, tras alguna digresión, retrotraía el tema adonde
lo habían dejado, bastaron para convencerla de que las prendas de su hermano
estaban lejos de resultar desagradables. Por último, se atrevió a mencionar sus
deseos al duque. Aunque no conocía a la dama propiamente dicha, conocía su
posición lo bastante como para considerarla merecedora de la mano de su
sobrino. Acordaron, él y la sobrina, que sería ella quien insinuaría tal idea a
Lorenzo, y esperarían el regreso de éste a Madrid para proponerle a la amiga
de Inés como esposa. Los desdichados acontecimientos que tuvieron lugar
entretanto, le impidieron llevar a cabo su propósito. Virginia había llorado su
muerte sinceramente, como compañera y como única persona con la que podía
hablar de Lorenzo. Su pasión seguía dominando su corazón en secreto, y casi
había decidido confesar sus sentimientos a su madre, cuando el azar alejó de
ella una vez más a su objeto. Ahora, al verle tan cerca, su cortesía, su
compasión, su intrepidez, habían contribuido a imprimir renovado ardor a su
afecto. Y al encontrar de nuevo a su amiga y defensora, la consideró un regalo
del cielo: se atrevió a abrir la esperanza de llegar a unirse con Lorenzo, y
decidió utilizar sobre él la influencia de su hermana.
Creyendo que antes de su muerte Inés había podido hablarle de esta
proposición, el duque había creído que las alusiones de su sobrino a su
matrimonio se referían a Virginia: por consiguiente, les dio la más favorable
acogida. Al regresar a su palacio, la relación que le hicieron de la muerte de
Antonia y el comportamiento de Lorenzo le hicieron ver su error. Lamentó las
circunstancias; pero, muerta la desventurada joven, confió en que aún se cumplirían sus designios. Es cierto que la situación de Lorenzo en aquel
momento no era la más propicia para pensar en el matrimonio. Sus esperanzas
se habían frustrado en el momento en que esperaba realizarlas, y la espantosa e
inesperada muerte de su amada le había afectado profundamente. El duque le
encontró postrado en la cama. Sus cuidadores manifestaron serios temores por
su vida. Pero el tío no compartía tales aprensiones. Era de la opinión, nada
desacertada, de que «los hombres mueren y se los comen los gusanos, ¡pero no
de amor!». Así que se dijo, que por honda que fuese la impresión causada en
el corazón de su sobrino, el tiempo y Virginia acabarían borrándola. Se
apresuró a acudir junto al afligido joven y procuró consolarle: compadeció su
dolor, pero le alentó a resistir los excesos de la desesperación. Reconoció que
no podía por menos de sentirse destrozado ante un acontecimiento tan terrible,
y no podía censurársele su sensibilidad. Pero le rogó que no se atormentase
con vanos pesares, sino que luchase más bien contra la aflicción, y conservase
la vida, si no por él mismo, al menos por los que tanto afecto sentían por él.
Mientras así razonaba para hacer que Lorenzo olvidase la pérdida de Antonia,
el duque visitó asiduamente a Virginia, y aprovechó todas las ocasiones para
suscitar el interés de su sobrino en el corazón de ella.
Como fácilmente se puede comprender, Inés no estuvo mucho tiempo sin
preguntar por don Raimundo. Se sintió muy apenada al enterarse de la
desventurada situación a la que el dolor le había reducido; sin embargo, no
pudo por menos de alegrarse secretamente, al pensar que su enfermedad
demostraba la sinceridad de su amor. El duque tomó sobre sí la misión de
anunciar al enfermo la felicidad que le aguardaba. Aunque no ahorró
precaución ninguna en prepararle para tal noticia, los transportes de Raimundo
ante el súbito cambio de la desesperación a la dicha fueron tan violentos, que a
punto estuvieron de resultar fatales. Una vez pasados, la tranquilidad de su
espíritu, la seguridad de su dicha, y sobre todo, la presencia de Inés [que tan
pronto como se restableció, gracias a los cuidados de Virginia y la marquesa,
se apresuró a atender a su amado], le permitieron vencer los efectos de su
última enfermedad. La serenidad de su espíritu se comunicó a su cuerpo, y se
recobró con tal rapidez que causó la sorpresa general.
No ocurrió así con Lorenzo. La muerte de Antonia, acompañada de
circunstancias tan espantosas, pesaba tremendamente en su espíritu. Se había
quedado tan consumido que parecía su propia sombra. Nada conseguía
complacerle. Costaba trabajo convencerle para que tomase alimento suficiente
que le sostuviese con vida, y se quedó consumido. La compañía de Inés
constituía su único consuelo. Aunque el azar nunca había permitido que
estuviesen mucho tiempo juntos, sentía por ella una sincera amistad y afecto.
Comprendiendo ésta cuán necesaria era para él, rara vez abandonaba su
aposento. Escuchaba sus quejas con incansable atención, y le consolaba con la
dulzura de sus gestos y simpatizando con su dolor. Aún seguía ella viviendo en el palacio de Villa–Franca, cuyos dueños la trataban con marcado afecto. El
duque había confiado al marqués sus deseos con respecto a Virginia. La pareja
era intachable. Lorenzo era heredero de la inmensa fortuna de su tío, y Madrid
le tenía por persona afable, de vastos conocimientos y conducta ejemplar.
Además de esto, la marquesa había descubierto lo fuertes que eran las
inclinaciones de su hija en su favor.
En consecuencia, las proposiciones del duque fueron aceptadas sin
vacilación: se tomaron todas las providencias para inducir a Lorenzo a
considerar a la dama con los sentimientos que ella tanto merecía despertar. En
las visitas a su hermano, Inés iba acompañada frecuentemente de la marquesa;
y tan pronto como él pudo moverse por la antecámara, Virginia, bajo la
protección de su madre, recibió permiso para expresar su deseo de que
Lorenzo se recuperase; cosa que hizo ella con gran delicadeza. Y cuando se
refirió a Antonia lo hizo de manera tan tierna y consoladora, y al lamentar el
triste destino de su rival brillaron sus ojos a través de sus lágrimas de manera
tan hermosa, que Lorenzo no pudo contemplarla ni escucharla sin emoción.
Sus familiares, así como la dama, se dieron cuenta de que su compañía parecía
producirle un nuevo placer cada día, y que él hablaba en términos admirativos
cada vez más fuertes. Sin embargo, guardaban para sus adentros sus
observaciones. No se deslizó una sola palabra que pudiese inducirle a
sospechar los designios de los demás. Observaron su anterior conducta y
atenciones, y dejaron que el tiempo hiciese madurar un sentimiento que ya
estaba en germen en la amistad que sentía por Virginia.
Entretanto, las visitas de ella se habían hecho más frecuentes; y en los
últimos tiempos, apenas pasaba un día sin que pasase ella algún rato junto al
lecho de Lorenzo. Gradualmente, éste recobró sus fuerzas, si bien el progreso
de su recuperación fue lento y dudoso. Una tarde, pareció sentirse más
animado de lo habitual; Inés y su amado, el duque, Virginia y sus padres,
estaban sentados a su alrededor. Ahora, por primera vez, pidió a su hermana
que le informase cómo había escapado a los efectos del veneno que Santa
Úrsula le había visto beber. Temerosa de evocar en su mente el escenario en el
que Antonia había perecido, le había ocultado hasta el momento la historia de
sus sufrimientos. Dado que ahora abordaba él el tema, y creyendo que quizá el
relato de sus infortunios podía hacerle olvidar aquellos en los que él se había
demorado demasiado, accedió al punto a su petición. El resto de los presentes
había oído ya la historia; pero el interés que sentían por su heroína les hacía
desear oírla una vez más. Secundando todos los reunidos los ruegos de
Lorenzo, Inés obedeció. Primero contó el descubrimiento que había tenido
lugar en la capilla de la abadía, el resentimiento de la superiora y la escena de
medianoche que Santa Úrsula había presenciado oculta. Aunque la monja ya
había descrito este lance, Inés lo relató ahora más detalladamente.