Mi fingida muerte estuvo acompañada de las mayores agonías. Aquellos
momentos que yo creí que eran los últimos me los amargaron las
manifestaciones de la priora de que no escaparía a mi condenación; y al cerrar
los ojos, la oí desahogar su rabia en maldiciones por mi ofensa. El horror de
esta situación, en un lecho de muerte del que habían desterrado toda
esperanza, con un sueño del que sólo iba a despertar para encontrarme presa
de las llamas y las furias, fue indescriptiblemente espantoso. Cuando recobré
el sentido, mi alma aún estaba bajo la terrible impresión de estas ideas. Miré a
mi alrededor sobrecogida, esperando ver a los ministros de la divina venganza.
Durante la primera hora, mis sentidos estuvieron tan aturdidos, y mi cerebro
tan ofuscado, que me esforcé en vano en ordenar las extrañas imágenes que
flotaban en dislocada confusión ante mí. Si trataba de levantarme del suelo, el
extravío de mi cerebro me engañaba. Todo cuanto me rodeaba pareció girar, y
caí una vez más en el suelo. Mis ojos débiles y deslumbrados fueron incapaces
de soportar la proximidad de la luz que veía temblar por encima de mí. Tuve
que cerrarlos otra vez, y permanecer inmóvil en la misma postura.
Transcurrió una hora entera, antes de que me sintiera capaz de examinar
los objetos que me rodeaban. Cuando lo hice, ¡qué terror invadió mi pecho al
descubrir que me hallaba tendida sobre una especie de lecho de mimbre! Tenía
seis agarraderos, y sin duda había servido a las monjas para transportarme a mi
sepultura. Yo estaba cubierta con un lienzo blanco. Había flores marchitas
derramadas sobre mí. A un lado descubrí un crucifijo de madera; al otro, un
rosario de grandes cuentas. Me encontraba encerrada entre cuatro paredes
estrechas y bajas. Por arriba, el techo tenía una pequeña trampa enrejada, a
través de la cual entraba el poco aire que circulaba en aquel miserable lugar.
Un desmayado resplandor que se filtraba entre las barras me permitió
distinguir mi espantoso entorno. Sentía la presión de un olor pestilente y
sofocante; y al darme cuenta de que la reja no tenía pasado el cerrojo, pensé
que sería posible escapar. Me levanté con esa intención, y mi mano se apoyó
sobre algo blando: lo cogí, y lo levanté hacia la luz. ¡Dios Todopoderoso!
¡Qué repugnancia, qué consternación! A pesar de su putrefacción, y de los
gusanos que la devoraban, descubrí una cabeza humana, y reconocí el
semblante de una monja que había muerto meses antes. La arrojé lejos de mí,
y caí desvanecida en mi litera.
Cuando me volvieron las fuerzas, esta circunstancia, y la conciencia de que
estaba rodeada de los cadáveres nauseabundos de mis compañeras,
aumentaron mi deseo de escapar de aquella prisión. Me dirigí de nuevo hacia
la luz. La reja estaba al alcance de mi mano. La levanté sin dificultad.
Probablemente la habían dejado abierta para facilitarme la huida de la
mazmorra. Agarrándome a las irregularidades de los muros, algunas de cuyas piedras sobresalían más que otras, me esforcé en trepar por ellos y salir de la
prisión. Ahora me encontraba en una cripta relativamente amplia. Alineadas
en fila, había varias tumbas similares a aquella de la que acababa de escapar,
que parecían descender profundamente en la tierra. Una lámpara sepulcral
estaba suspendida del techo con una cadena de hierro, y difundía una luz
mortecina en todo el recinto. Por todas partes se veían signos de la muerte:
cráneos, omóplatos, fémures y demás restos mortales yacían esparcidos por el
húmedo suelo. Cada tumba estaba adornada con un gran crucifijo, y en un
rincón se alzaba una imagen de madera de Santa Clara. Al principio no presté
atención a estos objetos: la puerta, que era la única salida del recinto, acaparó
toda mi atención. Corrí hacia ella, envuelta en mi sudario. La empujé y, para
mi indecible terror, la encontré cerrada con llave.
Inmediatamente pensé que la priora, equivocando la naturaleza del licor
que me había obligado a beber, en vez de veneno me había administrado un
poderoso somnífero. De aquí inferí que, habiendo dado todas las muestras de
muerte, había recibido los ritos del entierro; y que privada de toda posibilidad
de hacer saber que vivía, mi destino sería morir de hambre. Esta idea me
sobrecogió de horror, no sólo por mí, sino por la inocente criatura que aún
vivía en mi seno. Nuevamente traté de abrir la puerta, pero resistió todos mis
esfuerzos. Grité con todas mis fuerzas, y pedí ayuda. Estaba muy lejos de oír a
nadie. Ninguna voz contestó a la mía. Un profundo y melancólico silencio
reinaba en la cripta, y perdí toda esperanza de libertad. Mi largo ayuno
empezaba a atormentarme. Las torturas que el hambre me infligía eran de lo
más dolorosas e insoportables. Sin embargo, parecían aumentar cada hora que
pasaba. Unas veces me arrojaba al suelo y me retorcía enloquecida y
desesperada; otras, me levantaba, regresaba a la puerta, pugnaba por abrirla, y
repetía mis infructuosos gritos de auxilio. A menudo, me daban ganas de
estrellar la cabeza contra la afilada esquina de algún monumento, saltarme los
sesos y terminar así de una vez con mis desdichas. Pero el pensamiento de mi
hijo me hizo vencer tales ideas. Temblaba en cometer una acción que pudiera
poner en peligro la existencia de mi hijo y la mía propia. De modo que
desahogué mi angustia con grandes exclamaciones y apasionados lamentos,
hasta que me quedé sin fuerzas una vez más y me senté, muda y desesperada,
al pie de la imagen de Santa Clara, con los brazos cruzados, abandonándome a
la sombría desesperación. Así transcurrieron varias horas. La muerte avanzaba
hacia mí con paso rápido, y esperaba que cada instante fuese el de mi
disolución. De repente, me llamó la atención una tumba vecina. Tenía encima
una cesta en la que no había reparado hasta ahora. Me levanté de un salto.
Corrí hacia allí todo lo de prisa que permitían mis fuerzas. ¡Con qué ansias
cogí la cesta, encontrando en ella un pan reseco y una pequeña botella de
agua!
Me arrojé con avidez sobre estos humildes alimentos. Tenían todo el aspecto de haber sido dejados allí hacía varios días. El pan estaba duro, y el
agua corrompida. Sin embargo, jamás probé alimentos más delicados. Una vez
aplacados los tormentos del hambre, empecé a hacer conjeturas sobre esta
nueva circunstancia. Me pregunté si habrían colocado allí aquella cesta
pensando en mi necesidad. Mi esperanza tendía a responder en sentido
afirmativo. Sin embargo, ¿quién podía adivinar que yo iba a tener necesidad
de tales auxilios? Y en caso de que supiesen que yo estaba con vida, ¿por qué
me retenían en esta cripta tenebrosa? Si me tenían prisionera, ¿qué significaba
la ceremonia de encerrarme en una tumba? Y si estaba condenada a morir de
hambre, ¿a la misericordia de quién debía yo encontrar a mi alcance aquellas
provisiones? Ningún amigo habría mantenido en secreto este espantoso
castigo. Tampoco parecía probable que ningún enemigo se hubiese tomado la
molestia de proporcionarme los medios de subsistencia. En resumen, me sentía
inclinada a pensar que los designios de la superiora sobre mi vida habían sido
descubiertos por alguna de mis partidarias del convento, y que ésta había
encontrado el medio de sustituir el veneno por un somnífero hasta que pudiese
liberarme, y estaría ahora tratando de informar a mis parientes de mi peligro, e
indicar el modo de liberarme de mi cautividad. Sin embargo, ¿por qué era tan
burda la naturaleza de mis provisiones? ¿Cómo podía mi amiga haber entrado
en la cripta sin conocimiento de la superiora? Y si había entrado, ¿por qué
estaba la puerta tan cuidadosamente cerrada? Estas reflexiones me producían
vértigo. No obstante, esta idea era la más favorable a mis esperanzas, y por la
que sentía mayor preferencia.
Mis meditaciones se vieron interrumpidas por un lejano ruido de pasos. Se
acercaban, aunque muy despacio. Un resplandor se filtró por las rendijas de la
puerta. No sabiendo si las personas que se aproximaban venían a liberarme o
les traía otra misión a la cripta, empecé a gritar para llamar su atención.
Siguieron acercándose los pasos. La luz se hacía más viva. Por fin, con
indecible felicidad, oí girar la llave en la cerradura. Convencida de que estaban
a punto de soltarme, corrí hacia la puerta con un grito de gozo. Se abrió: pero
todas mis esperanzas de escapar se desvanecieron, al aparecer la priora
acompañada de las mismas cuatro monjas que habían presenciado mi supuesta
muerte. Traían antorchas en las manos, y me miraron con pavoroso silencio.
Retrocedí aterrada. La priora bajó a la bóveda, igual que sus compañeras.
Me lanzó una mirada de resentimiento, pero no manifestó ninguna sorpresa al
encontrarme aún con vida. Se sentó en el sitio que yo acababa de abandonar:
cerraron la puerta otra vez, y las monjas se colocaron detrás de la superiora,
mientras el resplandor de sus antorchas, empañado por los vapores y humedad
de la cripta, arrancaba fríos destellos de los monumentos que me rodeaban.
Durante unos momentos observaron un silencio solemne y mortal. Yo me
hallaba de pie, a cierta distancia de la priora. Por último, me ordenó que me
acercara. Temblando ante la severidad de su ceño, apenas tuve fuerzas para obedecerla. Avancé unos pasos, pero mis piernas eran incapaces de sostener
mi peso. Caí de rodillas; junté las manos y las levanté en un gesto de súplica,
aunque no tuve fuerzas para articular una sola palabra.
Ella me miró con ojos iracundos.
—¿Tengo delante a una penitente o a una criminal? —dijo al fin—. ¿Son
ésas manos de contrición por vuestros crímenes o de miedo a afrontar su
castigo? ¿Reconocen esas lágrimas la justicia de vuestro destino, o sólo
solicitan que se mitiguen vuestros sufrimientos? ¡Me temo que lo segundo!
Calló, pero siguió con los ojos clavados en mí.
—Tened valor —prosiguió—: yo no deseo vuestra muerte, sino vuestro
arrepentimiento. El bebedizo que os he administrado no era veneno, sino sólo
un somnífero. Mi intención, al engañaros, era haceros sentir las agonías de una
conciencia culpable, si os hubiese sobrevenido la muerte de repente, cuando
aún no os habíais arrepentido de vuestros crímenes. Habéis sufrido esas
agonías: ahora os he traído aquí para que os familiaricéis con los rigores de la
muerte, y confío en que vuestras momentáneas angustias os reporten un eterno
beneficio. No es mi intención destruir vuestra alma inmortal, ni que bajéis a la
sepultura agobiada con el peso de los pecados. No, hija; lejos de eso. Yo
quiero purificaros con el castigo saludable, y proporcionaros el tiempo
suficiente para la contrición y los remordimientos. Oíd, pues, mi sentencia; el
celo equivocado de vuestros amigos ha demorado su ejecución, pero no podrá
impedirla. Todo Madrid os cree muerta. Vuestros parientes están plenamente
convencidos de que ya no estáis en este mundo, y las monjas partidarias de
vos han asistido a vuestro funeral. Nadie sospecha que aún estáis con vida: he
tomado tales precauciones que el misterio es prácticamente impenetrable. Así
que abandonad todo pensamiento de integraros a un mundo del que estáis
apartada para siempre, y emplead las pocas horas que se os conceden en
prepararos para el otro.
Este exordio me hizo esperar algo terrible. Me estremecí, y habría tratado
de aplacar su ira; pero un gesto de la superiora me ordenó que guardase
silencio. Y prosiguió:
—Aunque se han tenido olvidadas durante los últimos años, y ahora se
oponen a ellas muchas de nuestras monjas descarriadas [¡el cielo las devuelva
al recto sendero!], es mi intención restablecer las leyes de nuestra orden en
todo su vigor. La que sanciona la incontinencia es rigurosa, pero no más
monstruosa de lo que la ofensa requiere: someteos a ella, hija, sin resistiros;
hallaréis el beneficio de la paciencia y la resignación en una vida mejor que
ésta. Escuchad, pues, la sentencia de Santa Clara. Bajo estas criptas existen
prisiones destinadas a acoger a criminales como vos: el acceso está hábilmente
oculto, y la que entra en una de ellas puede renunciar a toda esperanza de libertad. Ahí es adonde ahora debéis ser conducida. Se os suministrarán
alimentos, pero no los suficientes para satisfacer el apetito: tendréis bastante
para conservar unidos al alma y el cuerpo, y serán de lo más simples y
rudimentarios. Llorad, hija, llorad, y humedeced el pan con vuestras lágrimas:
¡bien sabe Dios que tenéis motivo de sobra para llorar! Encadenada en una de
esas mazmorras secretas, separada para siempre del mundo y de la luz, sin otro
consuelo que la religión y sin otra compañía que vuestro arrepentimiento: así
debéis gemir el resto de vuestros días. Tales son los mandatos de Santa Clara;
someteos a ellos sin quejaros. ¡Seguidme!
Fulminada ante esta bárbara sentencia, la escasa fuerza que me quedaba
me abandonó. Por toda respuesta, caí a sus pies y se los bañé con mis
lágrimas. La superiora, inconmovible ante mi aflicción, se levantó de su
asiento con gesto altivo. Repitió su mandato en tono terminante. Pero mi
excesiva debilidad me impidió obedecerla. Mariana y Alix me levantaron del
suelo y me transportaron en brazos. La priora se puso en marcha, apoyándose
en Violante, y Camila nos precedió con una antorcha. Así avanzó nuestro
cortejo por los corredores, en un silencio que sólo quebraban mis sollozos y
gemidos. Nos detuvimos ante el trono principal de Santa Clara. La imagen
estaba desplazada de su pedestal, aunque yo no comprendía cómo. Después,
las monjas levantaron una reja de hierro hasta entonces oculta por la imagen, y
la dejaron caer hacia el otro lado con un golpe sonoro. El espantoso estrépito,
repetido por los abovedados techos y las cavernas que había debajo de mí, me
despertaron de la desalentada apatía en que me había sumido. Miré ante mí: un
abismo espantoso se abría ante mis ojos aterrados, en el que se sumergía una
empinada y angosta escalera, hacia la cual me llevaban mis conductoras. Grité
y me retorcí. Imploré compasión, desgarré el aire con mis chillidos e invoqué
el auxilio del cielo y de la tierra. ¡Pero todo fue en vano! Me arrastraron
escalera abajo y me obligaron a entrar en una de las celdas que se abrían a lo
largo de las paredes de la caverna.
Se me heló la sangre al ver el tenebroso recinto. Los fríos vapores que
flotaban en el aire, los muros verdes de humedad, el lecho de paja tan
abandonado e incómodo, la cadena destinada a retenerme para siempre en mi
prisión, y los reptiles indescriptibles que, al acercarse las antorchas, vi
escabullirse precipitadamente hacia sus guaridas, me encogieron el corazón
con tan intensos terrores que a duras penas los pudo soportar mi naturaleza.
Enloquecida de desesperación, me desasí súbitamente de las monjas que me
sujetaban: me arrojé de rodillas ante la priora y supliqué clemencia en los
términos más apasionados y frenéticos.
—¡Si no a mí —dije—, mirad al menos con compasión al ser inocente
cuya vida se encuentra unida a la mía! ¡Grande es mi crimen, pero no
permitáis que mi hijo sufra por ello! Mi hijo no ha cometido ningún pecado.
¡Oh! Perdonadme por ese hijo nonato, al que antes de probar la existencia
vuestra severidad condena ya a la destrucción.
La priora se apartó con arrogancia. Tiró de su hábito, haciéndome soltarlo,
como si mi contacto fuese contagioso.
—¡Cómo! —exclamó con gesto exasperado—. ¿Os atrevéis a interceder
por el fruto de vuestra vergüenza? ¿Hay que permitir que viva una criatura
concebida en pecado tan monstruoso? ¡Mujer disipada, no me pidáis más por
él! Sería preferible que el desdichado muriese. Engendrado en el perjurio, la
incontinencia y la corrupción no puede por menos de revelarse un prodigio de
vicio. ¡Escúchame, pecadora! No esperes misericordia ni para ti ni para tu
engendro, sino más bien reza para que la muerte te sobrevenga antes de que
nazca. ¡Y si ve la luz, que sus ojos se cierren inmediatamente para siempre!
Ninguna ayuda recibirás en tu alumbramiento. Tráelo tú sola al mundo,
aliméntalo tú, críalo tú, y entiérralo tú: ¡Y Dios quiera que esto último ocurra
sin tardanza, no vayas a encontrar consuelo en el fruto de tu iniquidad!
Este discurso inhumano de la superiora, las amenazas que contenía, los
espantosos sufrimientos que me predecían, y sus deseos de que muriese mi
hijo, por el que ya sentía yo un profundo cariño aunque aún no había nacido,
eran más de lo que mi cuerpo podía soportar. Profiriendo un hondo gemido,
caí exánime a los pies de mi inexorable enemiga. No sé el tiempo que
permanecí en tal estado; pero imagino que debió de transcurrir algún tiempo
antes de recobrarme, porque cuando lo hice la priora y sus monjas habían
abandonado ya la caverna. Al volver en mí, vi que me encontraba en medio
del silencio y la soledad. No oí siquiera retirarse a mis perseguidoras. ¡Todo
estaba callado, y todo era espantoso! Me habían arrojado sobre la paja; la
pesada cadena que yo había visto con terror me rodeaba la cintura, y su
extremo estaba firmemente sujeto a la pared. Una lámpara alumbraba con
resplandor mortecino y melancólico la mazmorra, permitiéndome distinguir
todos sus horrores. Estaba separada del subterráneo por un muro de piedra
bajo e irregular; una ancha hendidura constituía la entrada, ya que puerta no
tenía ninguna. Había un crucifijo de plomo delante de mi lecho de paja. A mi
lado encontré una manta andrajosa, así como un rosario; y no lejos, vi una
jarra con agua y una cesta de mimbre con un pan, así como una botella de
aceite para la lámpara.
Con ojos desalentados, examiné este escenario de sufrimiento. Cuando
pensé que estaba condenada a pasar el resto de mis días allí, sentí el corazón
desgarrado de angustia. ¡En otro tiempo, me habían enseñado a pensar en el
porvenir de manera bien diferente! ¡Qué brillantes y halagadoras parecían mis
perspectivas! Ahora todo se había acabado para mí. Amigos, comodidades,
compañía, felicidad; ¡en un instante me habían privado de todo! Muerta para
el mundo, muerta para el placer, no vivía sino para sufrir la miseria. ¡Cuán puro me parecía el mundo del que ahora estaba excluida para siempre!
¡Cuántos objetos amables contenía que no volvería a ver otra vez! Eché una
mirada de terror por mi prisión; y estremecida ante el viento cortante que
aullaba en mi subterránea morada, me pareció el cambio tan enorme, tan
repentino, que dudé de su realidad. El hecho de que la sobrina del duque de
Medina, prometida del marqués de las Cisternas, nacida en la abundancia,
emparentada con las más nobles familias de España y rica en amigos
afectuosos, se convirtiese en un instante en una cautiva separada del mundo
para siempre, y se viese cargada de cadenas y reducida a sostener su vida con
los más groseros alimentos, parecía un cambio tan súbito e increíble que se me
antojaba el juego de alguna espantosa visión. Su persistencia me convenció de
mi error de manera inequívoca. Cada mañana se disipaban mis esperanzas.
Finalmente, abandoné toda idea de escapar: me resigné a mi destino, y sólo
esperé ya la libertad con la llegada de la muerte.
Mi angustia espiritual y las espantosas escenas que había tenido que
soportar, me adelantaron el período del parto. En soledad y miseria,
abandonada de todos, desasistida del arte, sin el consuelo de la amistad, en
medio de unos sufrimientos capaces de conmover los corazones más
endurecidos, tuve mi desdichado alumbramiento. El niño vino vivo al mundo.
Pero yo no sabía cómo cuidarlo, ni de qué modo conservar su existencia. Sólo
pude bañarle con mis lágrimas, calentarle en mi regazo y ofrecer oraciones por
su seguridad. Pronto me vi privada de estos cuidados dolorosos: la falta de
atenciones adecuadas, mi ignorancia sobre cómo atenderlo, el intenso frío de
la mazmorra y el aire malsano que invadía sus pulmones, terminaron con la
breve y desventurada existencia de mi hijito. Expiró a las pocas horas de su
nacimiento, y presencié su muerte en medio de unas agonías más allá de toda
descripción.
Pero de nada servía que me afligiese. Mi hijo había dejado de existir, y
todos mis suspiros no podían insuflar a su pequeño y tierno cuerpo un instante
de aliento. Rasgué mi sudario, y envolví con un trozo al pobrecillo. Me lo puse
contra mi pecho, con su blando bracito rodeándome el cuello y su pálida y fría
mejilla pegada contra la mía. Así descansaron sus miembros, mientras yo le
cubría de besos, le hablaba, lloraba y gemía sin descanso día y noche. Camila
entraba en mi prisión regularmente. A pesar de su endurecida naturaleza, no
podía presenciar impasible este espectáculo. Temía que el excesivo
sufrimiento me hiciera perder finalmente la razón, y lo cierto es que no
siempre me sentí en mi juicio. Movida por un impulso de compasión, me
insistió en que permitiese enterrar su cadáver. Pero no lo consentí. Prometí no
separarme de él mientras me quedase un aliento de vida; su presencia era mi
único consuelo, y ningún argumento logró convencerme para que me separase
de él. No tardó en convertirse en una masa de putrefacción, y a los ojos de
todos no fue otra cosa que un objeto repugnante y desagradable: a los ojos de todos, menos a los de su madre. En vano me impulsaban los humanos
sentimientos a retroceder con repugnancia ante este símbolo de mortalidad:
resistí y vencí esa repugnancia. Seguí conservando a mi hijito en mi pecho,
llorándole, queriéndole, ¡y adorándole! Hora tras hora pasaba en mi lecho
miserable, contemplando lo que antes había sido mi hijo: me esforzaba en
adivinar sus rasgos en aquella lívida corrupción que se había extendido por
todo él. Durante mi confinamiento, esta triste ocupación fue mi única alegría,
y en esos momentos, nada en el mundo me habría convencido para que le
abandonase. Aun cuando me liberasen de mi prisión, me llevaría a mi hijo en
brazos. Las súplicas de mis dos bondadosas amigas —aquí cogió las manos de
la marquesa y de Virginia, y las besó—, me convencieron finalmente para que
dejase descender a mi desventurado niñito a la tumba. Sin embargo, me separé
de él con trabajo. Pero la razón prevaleció al fin; accedí a que se lo llevasen, y
ahora descansa en tierra consagrada.
Antes he dicho que Camila me traía alimento regularmente, una vez al día.
No amargó nunca mis desventuras con reproches: me decía, eso sí, que
renunciase a toda esperanza de libertad y mundana felicidad. Pero me alentaba
a soportar con paciencia mis desdichas temporales, y me aconsejaba que
buscase el consuelo de la religión. Mi situación, evidentemente, la afectaba
más de lo que ella se atrevía a manifestar. Pero creía que si atenuaba mi culpa
me haría menos ansiosa de arrepentimiento. Muchas veces, mientras sus labios
pintaban la enormidad de mis pecados con vivos colores, sus ojos traicionaban
cuán sensible era a mis sufrimientos. De hecho, estoy segura de que las que se
dedicaban a atormentarme (pues las otras tres monjas entraban en mi prisión
de cuando en cuando), actuaban no tanto movidas por un espíritu de opresiva
crueldad como por la idea de que afligir mi cuerpo era el único medio de__
salvar mi alma. Es más, aun cuando no hubiera sido así, estoy segura de que
habrían juzgado mi castigo excesivo, de no haber mantenido sofocadas sus
conciencias con la ciega obediencia a la superiora. Pero ésta abrigaba su
resentimiento en todo su vigor. Al ser descubierto mi proyecto de rapto por el
abad de los capuchinos, se consideró que mi infamia la rebajaba ante la
opinión de éste, por lo que el odio que concibió fue sin reservas. Dijo a las
monjas a cuya custodia fui encomendada que mi culpa era de lo más atroz, que
ningún sufrimiento podía expiarla, y que no me salvaría de la perdición eterna
sino castigando mi delito con la mayor severidad. Las palabras de la superiora
eran un oráculo para muchas de las que vivían en el convento. Las monjas
creían lo que a la priora se le ocurría afirmar. Aunque contrarios a la razón y a
la caridad, no dudaban en admitir la verdad de sus argumentos. Seguían sus
decisiones al pie de la letra, y estaban plenamente convencidas de que tratarme
a mí con lenidad, o mostrar la menor compasión por mis sufrimientos, sería el
medio directo de eliminar toda posibilidad de que me salvase.