Capitulo 32

4121 Palabras
Mi fingida muerte estuvo acompañada de las mayores agonías. Aquellos momentos que yo creí que eran los últimos me los amargaron las manifestaciones de la priora de que no escaparía a mi condenación; y al cerrar los ojos, la oí desahogar su rabia en maldiciones por mi ofensa. El horror de esta situación, en un lecho de muerte del que habían desterrado toda esperanza, con un sueño del que sólo iba a despertar para encontrarme presa de las llamas y las furias, fue indescriptiblemente espantoso. Cuando recobré el sentido, mi alma aún estaba bajo la terrible impresión de estas ideas. Miré a mi alrededor sobrecogida, esperando ver a los ministros de la divina venganza. Durante la primera hora, mis sentidos estuvieron tan aturdidos, y mi cerebro tan ofuscado, que me esforcé en vano en ordenar las extrañas imágenes que flotaban en dislocada confusión ante mí. Si trataba de levantarme del suelo, el extravío de mi cerebro me engañaba. Todo cuanto me rodeaba pareció girar, y caí una vez más en el suelo. Mis ojos débiles y deslumbrados fueron incapaces de soportar la proximidad de la luz que veía temblar por encima de mí. Tuve que cerrarlos otra vez, y permanecer inmóvil en la misma postura. Transcurrió una hora entera, antes de que me sintiera capaz de examinar los objetos que me rodeaban. Cuando lo hice, ¡qué terror invadió mi pecho al descubrir que me hallaba tendida sobre una especie de lecho de mimbre! Tenía seis agarraderos, y sin duda había servido a las monjas para transportarme a mi sepultura. Yo estaba cubierta con un lienzo blanco. Había flores marchitas derramadas sobre mí. A un lado descubrí un crucifijo de madera; al otro, un rosario de grandes cuentas. Me encontraba encerrada entre cuatro paredes estrechas y bajas. Por arriba, el techo tenía una pequeña trampa enrejada, a través de la cual entraba el poco aire que circulaba en aquel miserable lugar. Un desmayado resplandor que se filtraba entre las barras me permitió distinguir mi espantoso entorno. Sentía la presión de un olor pestilente y sofocante; y al darme cuenta de que la reja no tenía pasado el cerrojo, pensé que sería posible escapar. Me levanté con esa intención, y mi mano se apoyó sobre algo blando: lo cogí, y lo levanté hacia la luz. ¡Dios Todopoderoso! ¡Qué repugnancia, qué consternación! A pesar de su putrefacción, y de los gusanos que la devoraban, descubrí una cabeza humana, y reconocí el semblante de una monja que había muerto meses antes. La arrojé lejos de mí, y caí desvanecida en mi litera. Cuando me volvieron las fuerzas, esta circunstancia, y la conciencia de que estaba rodeada de los cadáveres nauseabundos de mis compañeras, aumentaron mi deseo de escapar de aquella prisión. Me dirigí de nuevo hacia la luz. La reja estaba al alcance de mi mano. La levanté sin dificultad. Probablemente la habían dejado abierta para facilitarme la huida de la mazmorra. Agarrándome a las irregularidades de los muros, algunas de cuyas piedras sobresalían más que otras, me esforcé en trepar por ellos y salir de la prisión. Ahora me encontraba en una cripta relativamente amplia. Alineadas en fila, había varias tumbas similares a aquella de la que acababa de escapar, que parecían descender profundamente en la tierra. Una lámpara sepulcral estaba suspendida del techo con una cadena de hierro, y difundía una luz mortecina en todo el recinto. Por todas partes se veían signos de la muerte: cráneos, omóplatos, fémures y demás restos mortales yacían esparcidos por el húmedo suelo. Cada tumba estaba adornada con un gran crucifijo, y en un rincón se alzaba una imagen de madera de Santa Clara. Al principio no presté atención a estos objetos: la puerta, que era la única salida del recinto, acaparó toda mi atención. Corrí hacia ella, envuelta en mi sudario. La empujé y, para mi indecible terror, la encontré cerrada con llave. Inmediatamente pensé que la priora, equivocando la naturaleza del licor que me había obligado a beber, en vez de veneno me había administrado un poderoso somnífero. De aquí inferí que, habiendo dado todas las muestras de muerte, había recibido los ritos del entierro; y que privada de toda posibilidad de hacer saber que vivía, mi destino sería morir de hambre. Esta idea me sobrecogió de horror, no sólo por mí, sino por la inocente criatura que aún vivía en mi seno. Nuevamente traté de abrir la puerta, pero resistió todos mis esfuerzos. Grité con todas mis fuerzas, y pedí ayuda. Estaba muy lejos de oír a nadie. Ninguna voz contestó a la mía. Un profundo y melancólico silencio reinaba en la cripta, y perdí toda esperanza de libertad. Mi largo ayuno empezaba a atormentarme. Las torturas que el hambre me infligía eran de lo más dolorosas e insoportables. Sin embargo, parecían aumentar cada hora que pasaba. Unas veces me arrojaba al suelo y me retorcía enloquecida y desesperada; otras, me levantaba, regresaba a la puerta, pugnaba por abrirla, y repetía mis infructuosos gritos de auxilio. A menudo, me daban ganas de estrellar la cabeza contra la afilada esquina de algún monumento, saltarme los sesos y terminar así de una vez con mis desdichas. Pero el pensamiento de mi hijo me hizo vencer tales ideas. Temblaba en cometer una acción que pudiera poner en peligro la existencia de mi hijo y la mía propia. De modo que desahogué mi angustia con grandes exclamaciones y apasionados lamentos, hasta que me quedé sin fuerzas una vez más y me senté, muda y desesperada, al pie de la imagen de Santa Clara, con los brazos cruzados, abandonándome a la sombría desesperación. Así transcurrieron varias horas. La muerte avanzaba hacia mí con paso rápido, y esperaba que cada instante fuese el de mi disolución. De repente, me llamó la atención una tumba vecina. Tenía encima una cesta en la que no había reparado hasta ahora. Me levanté de un salto. Corrí hacia allí todo lo de prisa que permitían mis fuerzas. ¡Con qué ansias cogí la cesta, encontrando en ella un pan reseco y una pequeña botella de agua! Me arrojé con avidez sobre estos humildes alimentos. Tenían todo el aspecto de haber sido dejados allí hacía varios días. El pan estaba duro, y el agua corrompida. Sin embargo, jamás probé alimentos más delicados. Una vez aplacados los tormentos del hambre, empecé a hacer conjeturas sobre esta nueva circunstancia. Me pregunté si habrían colocado allí aquella cesta pensando en mi necesidad. Mi esperanza tendía a responder en sentido afirmativo. Sin embargo, ¿quién podía adivinar que yo iba a tener necesidad de tales auxilios? Y en caso de que supiesen que yo estaba con vida, ¿por qué me retenían en esta cripta tenebrosa? Si me tenían prisionera, ¿qué significaba la ceremonia de encerrarme en una tumba? Y si estaba condenada a morir de hambre, ¿a la misericordia de quién debía yo encontrar a mi alcance aquellas provisiones? Ningún amigo habría mantenido en secreto este espantoso castigo. Tampoco parecía probable que ningún enemigo se hubiese tomado la molestia de proporcionarme los medios de subsistencia. En resumen, me sentía inclinada a pensar que los designios de la superiora sobre mi vida habían sido descubiertos por alguna de mis partidarias del convento, y que ésta había encontrado el medio de sustituir el veneno por un somnífero hasta que pudiese liberarme, y estaría ahora tratando de informar a mis parientes de mi peligro, e indicar el modo de liberarme de mi cautividad. Sin embargo, ¿por qué era tan burda la naturaleza de mis provisiones? ¿Cómo podía mi amiga haber entrado en la cripta sin conocimiento de la superiora? Y si había entrado, ¿por qué estaba la puerta tan cuidadosamente cerrada? Estas reflexiones me producían vértigo. No obstante, esta idea era la más favorable a mis esperanzas, y por la que sentía mayor preferencia. Mis meditaciones se vieron interrumpidas por un lejano ruido de pasos. Se acercaban, aunque muy despacio. Un resplandor se filtró por las rendijas de la puerta. No sabiendo si las personas que se aproximaban venían a liberarme o les traía otra misión a la cripta, empecé a gritar para llamar su atención. Siguieron acercándose los pasos. La luz se hacía más viva. Por fin, con indecible felicidad, oí girar la llave en la cerradura. Convencida de que estaban a punto de soltarme, corrí hacia la puerta con un grito de gozo. Se abrió: pero todas mis esperanzas de escapar se desvanecieron, al aparecer la priora acompañada de las mismas cuatro monjas que habían presenciado mi supuesta muerte. Traían antorchas en las manos, y me miraron con pavoroso silencio. Retrocedí aterrada. La priora bajó a la bóveda, igual que sus compañeras. Me lanzó una mirada de resentimiento, pero no manifestó ninguna sorpresa al encontrarme aún con vida. Se sentó en el sitio que yo acababa de abandonar: cerraron la puerta otra vez, y las monjas se colocaron detrás de la superiora, mientras el resplandor de sus antorchas, empañado por los vapores y humedad de la cripta, arrancaba fríos destellos de los monumentos que me rodeaban. Durante unos momentos observaron un silencio solemne y mortal. Yo me hallaba de pie, a cierta distancia de la priora. Por último, me ordenó que me acercara. Temblando ante la severidad de su ceño, apenas tuve fuerzas para obedecerla. Avancé unos pasos, pero mis piernas eran incapaces de sostener mi peso. Caí de rodillas; junté las manos y las levanté en un gesto de súplica, aunque no tuve fuerzas para articular una sola palabra. Ella me miró con ojos iracundos. —¿Tengo delante a una penitente o a una criminal? —dijo al fin—. ¿Son ésas manos de contrición por vuestros crímenes o de miedo a afrontar su castigo? ¿Reconocen esas lágrimas la justicia de vuestro destino, o sólo solicitan que se mitiguen vuestros sufrimientos? ¡Me temo que lo segundo! Calló, pero siguió con los ojos clavados en mí. —Tened valor —prosiguió—: yo no deseo vuestra muerte, sino vuestro arrepentimiento. El bebedizo que os he administrado no era veneno, sino sólo un somnífero. Mi intención, al engañaros, era haceros sentir las agonías de una conciencia culpable, si os hubiese sobrevenido la muerte de repente, cuando aún no os habíais arrepentido de vuestros crímenes. Habéis sufrido esas agonías: ahora os he traído aquí para que os familiaricéis con los rigores de la muerte, y confío en que vuestras momentáneas angustias os reporten un eterno beneficio. No es mi intención destruir vuestra alma inmortal, ni que bajéis a la sepultura agobiada con el peso de los pecados. No, hija; lejos de eso. Yo quiero purificaros con el castigo saludable, y proporcionaros el tiempo suficiente para la contrición y los remordimientos. Oíd, pues, mi sentencia; el celo equivocado de vuestros amigos ha demorado su ejecución, pero no podrá impedirla. Todo Madrid os cree muerta. Vuestros parientes están plenamente convencidos de que ya no estáis en este mundo, y las monjas partidarias de vos han asistido a vuestro funeral. Nadie sospecha que aún estáis con vida: he tomado tales precauciones que el misterio es prácticamente impenetrable. Así que abandonad todo pensamiento de integraros a un mundo del que estáis apartada para siempre, y emplead las pocas horas que se os conceden en prepararos para el otro. Este exordio me hizo esperar algo terrible. Me estremecí, y habría tratado de aplacar su ira; pero un gesto de la superiora me ordenó que guardase silencio. Y prosiguió: —Aunque se han tenido olvidadas durante los últimos años, y ahora se oponen a ellas muchas de nuestras monjas descarriadas [¡el cielo las devuelva al recto sendero!], es mi intención restablecer las leyes de nuestra orden en todo su vigor. La que sanciona la incontinencia es rigurosa, pero no más monstruosa de lo que la ofensa requiere: someteos a ella, hija, sin resistiros; hallaréis el beneficio de la paciencia y la resignación en una vida mejor que ésta. Escuchad, pues, la sentencia de Santa Clara. Bajo estas criptas existen prisiones destinadas a acoger a criminales como vos: el acceso está hábilmente oculto, y la que entra en una de ellas puede renunciar a toda esperanza de libertad. Ahí es adonde ahora debéis ser conducida. Se os suministrarán alimentos, pero no los suficientes para satisfacer el apetito: tendréis bastante para conservar unidos al alma y el cuerpo, y serán de lo más simples y rudimentarios. Llorad, hija, llorad, y humedeced el pan con vuestras lágrimas: ¡bien sabe Dios que tenéis motivo de sobra para llorar! Encadenada en una de esas mazmorras secretas, separada para siempre del mundo y de la luz, sin otro consuelo que la religión y sin otra compañía que vuestro arrepentimiento: así debéis gemir el resto de vuestros días. Tales son los mandatos de Santa Clara; someteos a ellos sin quejaros. ¡Seguidme! Fulminada ante esta bárbara sentencia, la escasa fuerza que me quedaba me abandonó. Por toda respuesta, caí a sus pies y se los bañé con mis lágrimas. La superiora, inconmovible ante mi aflicción, se levantó de su asiento con gesto altivo. Repitió su mandato en tono terminante. Pero mi excesiva debilidad me impidió obedecerla. Mariana y Alix me levantaron del suelo y me transportaron en brazos. La priora se puso en marcha, apoyándose en Violante, y Camila nos precedió con una antorcha. Así avanzó nuestro cortejo por los corredores, en un silencio que sólo quebraban mis sollozos y gemidos. Nos detuvimos ante el trono principal de Santa Clara. La imagen estaba desplazada de su pedestal, aunque yo no comprendía cómo. Después, las monjas levantaron una reja de hierro hasta entonces oculta por la imagen, y la dejaron caer hacia el otro lado con un golpe sonoro. El espantoso estrépito, repetido por los abovedados techos y las cavernas que había debajo de mí, me despertaron de la desalentada apatía en que me había sumido. Miré ante mí: un abismo espantoso se abría ante mis ojos aterrados, en el que se sumergía una empinada y angosta escalera, hacia la cual me llevaban mis conductoras. Grité y me retorcí. Imploré compasión, desgarré el aire con mis chillidos e invoqué el auxilio del cielo y de la tierra. ¡Pero todo fue en vano! Me arrastraron escalera abajo y me obligaron a entrar en una de las celdas que se abrían a lo largo de las paredes de la caverna. Se me heló la sangre al ver el tenebroso recinto. Los fríos vapores que flotaban en el aire, los muros verdes de humedad, el lecho de paja tan abandonado e incómodo, la cadena destinada a retenerme para siempre en mi prisión, y los reptiles indescriptibles que, al acercarse las antorchas, vi escabullirse precipitadamente hacia sus guaridas, me encogieron el corazón con tan intensos terrores que a duras penas los pudo soportar mi naturaleza. Enloquecida de desesperación, me desasí súbitamente de las monjas que me sujetaban: me arrojé de rodillas ante la priora y supliqué clemencia en los términos más apasionados y frenéticos. —¡Si no a mí —dije—, mirad al menos con compasión al ser inocente cuya vida se encuentra unida a la mía! ¡Grande es mi crimen, pero no permitáis que mi hijo sufra por ello! Mi hijo no ha cometido ningún pecado. ¡Oh! Perdonadme por ese hijo nonato, al que antes de probar la existencia vuestra severidad condena ya a la destrucción. La priora se apartó con arrogancia. Tiró de su hábito, haciéndome soltarlo, como si mi contacto fuese contagioso. —¡Cómo! —exclamó con gesto exasperado—. ¿Os atrevéis a interceder por el fruto de vuestra vergüenza? ¿Hay que permitir que viva una criatura concebida en pecado tan monstruoso? ¡Mujer disipada, no me pidáis más por él! Sería preferible que el desdichado muriese. Engendrado en el perjurio, la incontinencia y la corrupción no puede por menos de revelarse un prodigio de vicio. ¡Escúchame, pecadora! No esperes misericordia ni para ti ni para tu engendro, sino más bien reza para que la muerte te sobrevenga antes de que nazca. ¡Y si ve la luz, que sus ojos se cierren inmediatamente para siempre! Ninguna ayuda recibirás en tu alumbramiento. Tráelo tú sola al mundo, aliméntalo tú, críalo tú, y entiérralo tú: ¡Y Dios quiera que esto último ocurra sin tardanza, no vayas a encontrar consuelo en el fruto de tu iniquidad! Este discurso inhumano de la superiora, las amenazas que contenía, los espantosos sufrimientos que me predecían, y sus deseos de que muriese mi hijo, por el que ya sentía yo un profundo cariño aunque aún no había nacido, eran más de lo que mi cuerpo podía soportar. Profiriendo un hondo gemido, caí exánime a los pies de mi inexorable enemiga. No sé el tiempo que permanecí en tal estado; pero imagino que debió de transcurrir algún tiempo antes de recobrarme, porque cuando lo hice la priora y sus monjas habían abandonado ya la caverna. Al volver en mí, vi que me encontraba en medio del silencio y la soledad. No oí siquiera retirarse a mis perseguidoras. ¡Todo estaba callado, y todo era espantoso! Me habían arrojado sobre la paja; la pesada cadena que yo había visto con terror me rodeaba la cintura, y su extremo estaba firmemente sujeto a la pared. Una lámpara alumbraba con resplandor mortecino y melancólico la mazmorra, permitiéndome distinguir todos sus horrores. Estaba separada del subterráneo por un muro de piedra bajo e irregular; una ancha hendidura constituía la entrada, ya que puerta no tenía ninguna. Había un crucifijo de plomo delante de mi lecho de paja. A mi lado encontré una manta andrajosa, así como un rosario; y no lejos, vi una jarra con agua y una cesta de mimbre con un pan, así como una botella de aceite para la lámpara. Con ojos desalentados, examiné este escenario de sufrimiento. Cuando pensé que estaba condenada a pasar el resto de mis días allí, sentí el corazón desgarrado de angustia. ¡En otro tiempo, me habían enseñado a pensar en el porvenir de manera bien diferente! ¡Qué brillantes y halagadoras parecían mis perspectivas! Ahora todo se había acabado para mí. Amigos, comodidades, compañía, felicidad; ¡en un instante me habían privado de todo! Muerta para el mundo, muerta para el placer, no vivía sino para sufrir la miseria. ¡Cuán puro me parecía el mundo del que ahora estaba excluida para siempre! ¡Cuántos objetos amables contenía que no volvería a ver otra vez! Eché una mirada de terror por mi prisión; y estremecida ante el viento cortante que aullaba en mi subterránea morada, me pareció el cambio tan enorme, tan repentino, que dudé de su realidad. El hecho de que la sobrina del duque de Medina, prometida del marqués de las Cisternas, nacida en la abundancia, emparentada con las más nobles familias de España y rica en amigos afectuosos, se convirtiese en un instante en una cautiva separada del mundo para siempre, y se viese cargada de cadenas y reducida a sostener su vida con los más groseros alimentos, parecía un cambio tan súbito e increíble que se me antojaba el juego de alguna espantosa visión. Su persistencia me convenció de mi error de manera inequívoca. Cada mañana se disipaban mis esperanzas. Finalmente, abandoné toda idea de escapar: me resigné a mi destino, y sólo esperé ya la libertad con la llegada de la muerte. Mi angustia espiritual y las espantosas escenas que había tenido que soportar, me adelantaron el período del parto. En soledad y miseria, abandonada de todos, desasistida del arte, sin el consuelo de la amistad, en medio de unos sufrimientos capaces de conmover los corazones más endurecidos, tuve mi desdichado alumbramiento. El niño vino vivo al mundo. Pero yo no sabía cómo cuidarlo, ni de qué modo conservar su existencia. Sólo pude bañarle con mis lágrimas, calentarle en mi regazo y ofrecer oraciones por su seguridad. Pronto me vi privada de estos cuidados dolorosos: la falta de atenciones adecuadas, mi ignorancia sobre cómo atenderlo, el intenso frío de la mazmorra y el aire malsano que invadía sus pulmones, terminaron con la breve y desventurada existencia de mi hijito. Expiró a las pocas horas de su nacimiento, y presencié su muerte en medio de unas agonías más allá de toda descripción. Pero de nada servía que me afligiese. Mi hijo había dejado de existir, y todos mis suspiros no podían insuflar a su pequeño y tierno cuerpo un instante de aliento. Rasgué mi sudario, y envolví con un trozo al pobrecillo. Me lo puse contra mi pecho, con su blando bracito rodeándome el cuello y su pálida y fría mejilla pegada contra la mía. Así descansaron sus miembros, mientras yo le cubría de besos, le hablaba, lloraba y gemía sin descanso día y noche. Camila entraba en mi prisión regularmente. A pesar de su endurecida naturaleza, no podía presenciar impasible este espectáculo. Temía que el excesivo sufrimiento me hiciera perder finalmente la razón, y lo cierto es que no siempre me sentí en mi juicio. Movida por un impulso de compasión, me insistió en que permitiese enterrar su cadáver. Pero no lo consentí. Prometí no separarme de él mientras me quedase un aliento de vida; su presencia era mi único consuelo, y ningún argumento logró convencerme para que me separase de él. No tardó en convertirse en una masa de putrefacción, y a los ojos de todos no fue otra cosa que un objeto repugnante y desagradable: a los ojos de todos, menos a los de su madre. En vano me impulsaban los humanos sentimientos a retroceder con repugnancia ante este símbolo de mortalidad: resistí y vencí esa repugnancia. Seguí conservando a mi hijito en mi pecho, llorándole, queriéndole, ¡y adorándole! Hora tras hora pasaba en mi lecho miserable, contemplando lo que antes había sido mi hijo: me esforzaba en adivinar sus rasgos en aquella lívida corrupción que se había extendido por todo él. Durante mi confinamiento, esta triste ocupación fue mi única alegría, y en esos momentos, nada en el mundo me habría convencido para que le abandonase. Aun cuando me liberasen de mi prisión, me llevaría a mi hijo en brazos. Las súplicas de mis dos bondadosas amigas —aquí cogió las manos de la marquesa y de Virginia, y las besó—, me convencieron finalmente para que dejase descender a mi desventurado niñito a la tumba. Sin embargo, me separé de él con trabajo. Pero la razón prevaleció al fin; accedí a que se lo llevasen, y ahora descansa en tierra consagrada. Antes he dicho que Camila me traía alimento regularmente, una vez al día. No amargó nunca mis desventuras con reproches: me decía, eso sí, que renunciase a toda esperanza de libertad y mundana felicidad. Pero me alentaba a soportar con paciencia mis desdichas temporales, y me aconsejaba que buscase el consuelo de la religión. Mi situación, evidentemente, la afectaba más de lo que ella se atrevía a manifestar. Pero creía que si atenuaba mi culpa me haría menos ansiosa de arrepentimiento. Muchas veces, mientras sus labios pintaban la enormidad de mis pecados con vivos colores, sus ojos traicionaban cuán sensible era a mis sufrimientos. De hecho, estoy segura de que las que se dedicaban a atormentarme (pues las otras tres monjas entraban en mi prisión de cuando en cuando), actuaban no tanto movidas por un espíritu de opresiva crueldad como por la idea de que afligir mi cuerpo era el único medio de__ salvar mi alma. Es más, aun cuando no hubiera sido así, estoy segura de que habrían juzgado mi castigo excesivo, de no haber mantenido sofocadas sus conciencias con la ciega obediencia a la superiora. Pero ésta abrigaba su resentimiento en todo su vigor. Al ser descubierto mi proyecto de rapto por el abad de los capuchinos, se consideró que mi infamia la rebajaba ante la opinión de éste, por lo que el odio que concibió fue sin reservas. Dijo a las monjas a cuya custodia fui encomendada que mi culpa era de lo más atroz, que ningún sufrimiento podía expiarla, y que no me salvaría de la perdición eterna sino castigando mi delito con la mayor severidad. Las palabras de la superiora eran un oráculo para muchas de las que vivían en el convento. Las monjas creían lo que a la priora se le ocurría afirmar. Aunque contrarios a la razón y a la caridad, no dudaban en admitir la verdad de sus argumentos. Seguían sus decisiones al pie de la letra, y estaban plenamente convencidas de que tratarme a mí con lenidad, o mostrar la menor compasión por mis sufrimientos, sería el medio directo de eliminar toda posibilidad de que me salvase.
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