Capitulo 33

4766 Palabras
Dado que Camila era la que más me atendía, a ella fue a quien la priora encargó que me tratase con dureza. Y para cumplir estas órdenes, frecuentemente se esforzaba en convencerme de cuán justo era el castigo, y cuán enorme mi crimen. Me pedía que me considerase muy dichosa si salvaba mi alma mortificando el cuerpo, y aun me amenazaba a veces con la condenación eterna. Sin embargo, como ya he dicho, siempre concluía con palabras de aliento y de consuelo. En cuanto a las frases mortificantes, aunque pronunciadas por los labios de Camila, fácilmente reconocía en ellas las expresiones de la superiora. Una vez, sólo una, vino la priora a visitarme a la mazmorra. Me trató con la más irreconciliable crueldad: me colmó de reproches, se burló de mi fragilidad, y cuando le imploré compasión, me dijo que la pidiese al cielo, ya que en la tierra no merecía ninguna. Miró incluso a mi hijito muerto sin emoción; y cuando se marchó, oí que encargaba a Camila que aumentase los rigores de mi cautiverio. ¡Era una mujer despiadada! Pero no quiero pensar en resentimientos: ya ha expiado sus errores con su muerte triste e inesperada. Descanse en paz; ¡y ojalá se le perdonen sus crímenes en el cielo, como yo le perdono mis sufrimientos en la tierra! Así que seguí arrastrando una existencia miserable. Lejos de familiarizarme con mi prisión, la contemplaba cada vez con más horror. El frío parecía más intenso y penetrante; el aire, más denso y pestilente. Mi cuerpo se volvió débil, febril y consumido. No era capaz de levantarme del lecho de paja para ejercitar mis piernas en los estrechos límites que permitía la longitud de la cadena. Aunque agotada, débil y sin fuerzas, me asustaba quedarme dormida: mi sueño se veía constantemente interrumpido por algún detestable sapo hinchado, horrendo, impregnado con los vapores ponzoñosos de la mazmorra, que arrastraba su cuerpo abominable por encima de mi pecho; o el frío y rápido lagarto, que me despertaba dejándome un rastro viscoso en el rostro y enredándose entre los mechones desgreñados y sucios de mis cabellos. Muchas veces, al despertar, encontraba mis dedos cubiertos de largos gusanos que se alimentaban con la carne putrefacta de mi hijito. Entonces gritaba de terror y repugnancia, y mientras me sacudía de encima los reptiles, temblaba con toda mi debilidad de mujer. Tal era mi situación, cuando Camila cayó enferma súbitamente. Una peligrosa fiebre, supuestamente infecciosa, la retuvo confinada en la cama. Todas, salvo la hermana encargada de cuidarla, la evitaron con precaución, temerosas de contraer la enfermedad. Era presa de delirios, y no podía atenderme de ningún modo. La superiora y las monjas que estaban en el secreto me habían entregado completamente a los cuidados de Camila; así que no volvieron a ocuparse de mí. Y atareadas en preparar la próxima festividad, lo más probable era que no pensaran en mí una sola vez. La madre Santa Úrsula es la que me informó, después de mi liberación, del motivo por el que Camila dejó de venir a verme. Entonces estaba yo muy lejos de sospechar la, causa. Al contrario, al principio esperé la aparición de mi carcelera con impaciencia, y luego con desesperación. Transcurrió un día; luego, otro. Llegó el tercero. ¡Y Camila sin llegar! ¡Y yo sin comida! Podía medir el paso del tiempo por el consumo de mi lámpara, para cuyo suministro me habían dejado aceite para una semana. Supuse que, o bien las monjas me habían olvidado, o bien la superiora les había ordenado que me dejasen morir. Esta última idea parecía la más probable. Sin embargo, es tan natural el amor a la vida, que temblé al pensar que fuera eso. Aunque atormentada por toda clase de miserias, aún sentía apego a mi existencia y tenía miedo de perderla. Cada minuto que transcurría me probaba que debía abandonar toda esperanza de alivio. Yo no era más que un absoluto esqueleto: la vista me flaqueaba, y mis miembros comenzaban a quedarse rígidos. Sólo podía expresar mi angustia y los dolores del hambre que me arañaban las entrañas con gemidos cuyo eco melancólico repetía el abovedado techo. Me resigné a mi destino; y esperaba el momento de mi disolución, cuando mi ángel guardián, mi amado hermano, llegó a tiempo de salvarme. Mi vista debilitada y borrosa se negó al principio a reconocerle; y cuando distinguió su semblante, la súbita emoción que me embargó fue demasiado fuerte. Me inundó la alegría de ver una vez más a un amigo, y a un amigo tan querido para mí. Mi naturaleza no pudo soportar tantas emociones, y buscó refugio en la insensibilidad. Ya conocéis cuáles son mis deudas con la familia de Villa Franca; pero lo que no sabéis es la magnitud de mi agradecimiento, que es ilimitado como la excelencia de mis benefactores. ¡Lorenzo! ¡Raimundo! ¡Qué nombres tan queridos para mí! Enseñadme a soportar con valor esta súbita transición de la miseria a la dicha. Hace muy poco tiempo, me hallaba agobiada por las cadenas, moribunda de hambre, hostigada por todos los rigores del frío y la necesidad, desterrada de la luz, excluida de la sociedad, desesperanzada, abandonada y, como temía, olvidada. Ahora, restituida a la vida y la libertad, dotada de todas las comodidades de la abundancia y el desahogo, rodeada de aquellos a quienes más quiero, y a punto de convertirme en la esposa del que hace tanto tiempo es dueño de mi corazón, mi felicidad es tan intensa, tan completa, que apenas puede mi cerebro soportar su peso. Sólo me queda un deseo por ver cumplido: que mi hermano recupere su salud, y que el recuerdo de Antonia quede enterrado con ella en su tumba. Si se me concede esto, nada más desearé. Confío en que mis pasados sufrimientos hayan ganado el perdón de mi momentánea debilidad. Sé que he ofendido, que he ofendido grave y seriamente. Pero que no dude mi esposo, porque una vez conquistó mi virtud, de la corrección de mi conducta futura. He sido frágil y he caído en el error. Pero no he cedido a la liviandad de la carne. Raimundo, el afecto por vos es lo que me ha traicionado. Confié demasiado en mi fortaleza. Pero confiaba tanto en mi honor como en el vuestro. Había prometido no veros más. De no haber sido por las consecuencias de aquel instante de imprudencia, habría mantenido mi resolución. El destino quiso que fuese de otro modo, y no puedo por menos de alegrarme de su decreto. No obstante, mi conducta ha sido altamente censurable, y aunque trate de justificarme, me ruborizo al recordar mi desliz. Permitidme, pues, que deje ya este tema desagradable. Pero antes os aseguro, Raimundo, que no tendréis motivos para arrepentiros de nuestra unión, y que cuanto más culpables hayan sido los errores de vuestra amada, más regular será la conducta de vuestra esposa. Aquí concluyó Inés, y el marqués replicó a sus palabras en términos igualmente sinceros y afectuosos. Lorenzo manifestó su satisfacción ante la perspectiva de emparentar tan estrechamente con un hombre por el que siempre había sentido la más alta estima. La bula del papa había dispensado efectivamente a Inés de sus vínculos religiosos; por consiguiente, el matrimonio se celebró tan pronto como se hicieron los necesarios preparativos, pues el marqués deseaba que la ceremonia se celebrase con todo el esplendor y publicidad posibles. Cumplida ésta, y tras recibir la esposa los parabienes de todo Madrid, salió con su esposo hacia su castillo de Andalucía. Lorenzo les acompañó, así como la marquesa de Villa–Franca y su hermosa hija. No es necesario decir que Theodore formó parte de la comitiva, y que la alegría que le causó la boda de su amo fue indescriptible. Antes de la marcha, el marqués, para reparar en cierta medida su pasada negligencia, hizo indagaciones acerca de Elvira. Viendo que tanto ella como su hija habían recibido muchos servicios de Leonela y de Jacinta, mostró su respeto a la memoria de su cuñada haciendo a ambas mujeres valiosos presentes. Lorenzo siguió su ejemplo. Leonela se sintió sumamente halagada con las atenciones de nobles tan distinguidos, y Jacinta bendijo la hora en que su casa se pobló de apariciones. Por su parte, Inés no dejó de recompensar a sus compañeras de convento. La valerosa madre Santa Úrsula, a quien debía su libertad, fue nombrada, a petición de Inés, superiora de las Damas de la Caridad, una de las mejores y más opulentas sociedades de toda España. Berta y Cornelia, no queriendo abandonar a su amiga, fueron designadas para desempeñar cargos muy principales en el mismo establecimiento. En cuanto a las monjas que habían ayudado a la superiora en la persecución de Inés, Camila, retenida en la cama por su enfermedad, había perecido en las llamas que habían arrasado el convento de Santa Clara. Mariana, Alix y Violante, así como otras dos, habían caído víctimas de la furia popular. Las otras tres que en el convento habían defendido la sentencia de la superiora, fueron severamente reprendidas y desterradas a casas religiosas de oscuras y distantes provincias. Allí languidecieron en espacio de unos años, avergonzadas de su anterior debilidad, y evitadas por sus compañeras, que las miraron con aversión y desdén. Tampoco se consintió que la fidelidad de Flora quedase sin recompensa. Consultados sus deseos, declaró que estaba impaciente por volver a visitar su tierra natal. Así que se le procuró un pasaje para Cuba, adonde llegó sin novedad, cargada de regalos de Raimundo y de Lorenzo. Cumplidas las deudas de gratitud, Inés quedó en libertad para proseguir su plan favorito. Alojados en la misma casa, Lorenzo y Virginia estaban juntos constantemente. Cuanto más la veía él, más convencido estaba de sus méritos. Por su parte, ella se esforzaba en complacerle, lo que era imposible que no consiguiese. Lorenzo contemplaba con admiración su hermosa persona, sus elegantes modales, sus innumerables talentos y su dulce disposición. Igualmente, se sentía muy halagado al notar su predisposición en favor suyo, cosa que ella no tenía habilidad suficiente para ocultar. Sin embargo, los sentimientos de Lorenzo no participaban de ese carácter ardiente que había distinguido su afecto por Antonia. La imagen de la amable y desventurada joven aún vivía en su corazón, y neutralizaba todos los esfuerzos de Virginia por desplazarla. Sin embargo, cuando el duque propuso que se celebrase formalmente el matrimonio que él deseaba, el sobrino rechazó el ofrecimiento. Las insistentes súplicas de sus amigos y los méritos de la dama vencieron la repugnancia a entablar un nuevo compromiso. Hizo la proposición al marqués de Villa–Franca, y éste le aceptó con alegría y gratitud. Virginia se convirtió en su esposa, y no le dio motivo para que se arrepintiese de la elección. Su estima por ella aumentó de día en día. Sus incesantes esfuerzos por complacerle no pudieron por menos de dar resultado. Su afecto adoptó colores más fuertes y cálidos. La imagen de Antonia se fue borrando gradualmente de su pecho; y Virginia se convirtió en la única dueña de su corazón, que bien merecía poseer de manera exclusiva. El resto de sus vidas, Raimundo e Inés y Lorenzo y Virginia fueron tan felices como pueden serlo los mortales nacidos para el dolor y juguetes del desencanto. Los intensos sufrimientos que habían soportado les hicieron juzgar livianos los de la vida ordinaria. Habían sentido los dardos más afilados del carcaj de la desventura; los restantes parecían embotados en comparación. Después de resistir las tormentas más rigurosas del destino, consideraron con serenidad, sus terrores. Y si alguna vez sufrieron algún viento casual, les pareció tan suave como el céfiro que sopla blandamente sobre un mar de verano. El día siguiente a la muerte de Antonia, todo Madrid fue escenario de consternación y estupor. Un arquero que había presenciado la aventura del sepulcro había relatado indiscretamente las circunstancias del asesinato, y había contado también quién era el asesino. El alboroto que desencadenó esta noticia entre los creyentes fue sin igual. La mayoría no lo creyó, y fue en persona a la abadía para confirmar el hecho. Ansiosos por evitar la vergüenza a la que la mala conducta del superior exponía a toda la comunidad, los monjes aseguraron a los visitantes que Ambrosio no podía recibirles como siempre simplemente por enfermedad. Este recurso fue infructuoso. Al repetir día tras día la misma excusa, la historia del arquero fue adquiriendo verosimilitud poco a poco. Sus partidarios le abandonaron. Nadie abrigó ya dudas de que era culpable; y los que antes le habían alabado con más ardor eran ahora los que más vociferaban condenándole. Mientras se discutía en Madrid con la mayor aspereza su inocencia o su culpa, Ambrosio era presa de los tormentos de su conciencia criminal y de los terrores del castigo que se cernían sobre él. Cuando pensaba en qué altura se encontraba hacía poco, y lo universalmente respetado y honrado que había sido, en paz con todo el mundo y consigo mismo, apenas podía creer que fuese efectivamente el culpable cuyos crímenes y destino le hacían estremecer. Pero habían transcurrido algunas semanas desde que fuera puro y virtuoso, respetado por los más sabios y nobles de Madrid y venerado por el pueblo con un fervor que rayaba la idolatría. Ahora, se encontraba manchado con los pecados más abominables y monstruosos, era objeto de universal execración, prisionero del Santo Oficio, y probablemente estaba condenado a perecer bajo las torturas más severas. No podía esperar engañar a los jueces. Las pruebas de su culpa eran demasiado sólidas. El hecho de hallarse en el sepulcro a hora tardía, su confusión al ser descubierto, la daga que en su primera alarma había confesado haber ocultado, y la sangre de Antonia que había salpicado su hábito, le señalaban suficientemente como el asesino. Aguardaba con angustia el día del interrogatorio. No tenía nada que le consolase en su desdicha. La religión no podía inspirarle fortaleza. Si leía los libros de moral que habían puesto en sus manos, no veía en ellos otra cosa que la enormidad de sus delitos; si intentaba rezar, recordaba que no merecía la protección del Cielo, y juzgaba sus crímenes tan monstruosos, que anulaban incluso la infinita bondad de Dios. Pensaba que para cualquier otro pecador podía haber esperanza, pero que para él no había ninguna. Estremeciéndose ante su pasado, angustiado por el presente y asustado por el futuro; así pasó los pocos días previos al designado para su juicio. Y llegó ese día. A las nueve de la mañana, se abrió la puerta de su celda y, entrando su carcelero, le ordenó que le siguiese. Le obedeció tembloroso. Fue conducido a un recinto espacioso, tapizado con paños negros. Ante la mesa había sentados tres hombres con expresión grave, también vestidos de n***o. Uno de ellos era el Inquisidor General, a quien la importancia del caso había inducido a intervenir personalmente. En otra mesa más pequeña, a poca distancia, se hallaba sentado el secretario, provisto de todos los necesarios utensilios de escribir. Se le hizo seña a Ambrosio de que avanzase y tomase asiento en el extremo inferior de la mesa. Al mirar hacia abajo descubrió diversos instrumentos de hierro esparcidos por el suelo. Sus formas eran extrañas, pero su aprensión le hizo adivinar inmediatamente que se trataba de ingenios de tortura. Se puso pálido, y con mucha dificultad evitó caerse al suelo sin conocimiento. Reinaba un profundo silencio, salvo cuando los inquisidores se susurraban misteriosamente algunas palabras. Transcurrió cerca de una hora, y a cada segundo los temores de Ambrosio se hacían más punzantes. Por último, una pequeña puerta, en el extremo opuesto a la entrada, chirrió pesadamente sobre sus goznes. Apareció un oficial, seguido inmediatamente de la hermosa Matilde. Los cabellos le caían en desorden. Tenía las mejillas pálidas y los ojos hundidos, y ojerosos. Dirigió una triste mirada a Ambrosio. Él le devolvió otra de aversión y reproche, La colocaron frente a él. Sonó tres veces una campanilla. Era la señal de apertura del juicio, y los inquisidores iniciaron su trabajo. En estos juicios no se mencionan ni la acusación ni el nombre del acusado. A los acusados sólo se les pregunta si quieren confesar; si contestan que no tienen ningún crimen del que hacer confesión, son sometidos a tortura sin demora. Esto se repite a intervalos, tanto si los sospechosos se confiesan culpables como si se cansa y agota la perseverancia de los interrogadores. Pero sin un reconocimiento directo de su culpa, la Inquisición jamás pronuncia la sentencia final de sus prisioneros. En general, se permite que transcurra mucho tiempo antes de interrogarles. Pero el proceso de Ambrosio se había acelerado debido a un solemne Auto de Fe que iba a tener lugar a los pocos días, y en el cual los inquisidores pretendían incluir al culpable, dando así testimonio patente de su celo. El abad no había sido acusado sólo de violación y homicidio: se le imputó además el crimen de brujería, así como a Matilde. A ésta la habían detenido como cómplice del asesinato de Antonia. Al registrar su celda, se encontraron varios instrumentos y libros sospechosos que justificaban la acusación de que se le hacía objeto. Para incriminar al monje, se presentó el espejo brillante que Matilde había dejado accidentalmente en la habitación de él. Las extrañas figuras que tenía grabadas atrajeron la atención de don Ramírez, cuando registraron la celda del abad. Así que se lo llevó consigo. Se lo mostró al Inquisidor General, el cual, tras examinarlo un rato, cogió una pequeña crucecita de oro que colgaba de su cíngulo y la depositó sobre el espejo. Instantáneamente se oyó un gran ruido semejante al estallido de un trueno, y el acero se quebró en mil pedazos. Esta circunstancia confirmó la sospecha de que el monje practicaba la magia. Incluso se supuso que su anterior influencia sobre los espíritus de las gentes se debía atribuir enteramente a la brujería. Decididos a hacerle confesar no sólo los crímenes que había cometido, sino también aquellos de los que era inocente, los inquisidores iniciaron su interrogatorio. Aunque tenía miedo a las torturas, y más aún a una muerte que le arrojaría a los tormentos eternos, el abad proclamó su pureza con voz firme y decidida. Matilde siguió su ejemplo, aunque habló asustada y temblorosa. Tras haberle exhortado en vano a que confesase, los inquisidores ordenaron que se le sometiese a tortura. La orden fue ejecutada inmediatamente, y Ambrosio sufrió los más violentos dolores que jamás haya inventado la humana crueldad; sin embargo, es tan espantosa la muerte cuando la acompaña la culpa que tuvo la suficiente entereza para persistir en su negativa. En consecuencia, redoblaron sus agonías, y no le dejaron hasta que, vencido por el exceso de dolor, el desmayo le rescató de las manos de sus atormentadores. Se ordenó que se sometiera a tortura a Matilde. Pero aterrada ante la visión de los sufrimientos del fraile, se le desmoronó totalmente el valor. Cayó de rodillas, confesó su comunicación con los espíritus infernales, y que había presenciado el asesinato de Antonia a manos de Ambrosio. En cuanto al crimen de brujería, se declaró la única culpable, siendo Ambrosio perfectamente inocente. Esta última declaración no fue creída. El abad había recobrado el conocimiento a tiempo de oír la confesión de su cómplice. Pero estaba muy débil por lo que había soportado para ser capaz esta vez de resistir nuevos suplicios. Se le mandó de nuevo a su celda, aunque primero se le informó de que, tan pronto como recobrase la fuerza suficiente, debía prepararse para una segunda sesión. Los inquisidores esperaban encontrarle esta vez menos endurecido y obstinado. A Matilde se le anunció que debía expiar su crimen en la hoguera del próximo Auto de Fe. Todas sus lágrimas y súplicas no pudieron valer para que le fuese mitigada su sentencia, y la sacaron a la fuerza de la sala del tribunal. De nuevo en el calabozo, los sufrimientos corporales de Ambrosio fueron mucho más soportables que los de su espíritu. Sus miembros dislocados, sus uñas arrancadas de las manos y los pies, los dedos aplastados y rotos por la presión de los tornillos, eran sobrepasados con mucho por la angustia y la agitación de su alma y la vehemencia de sus terrores. Veía que, culpable o inocente, sus jueces estaban dispuestos a condenarle. Recordando lo que su negación le había costado, le aterraba la idea de que le sometiesen a suplicio otra vez, y casi se inclinaba a confesar sus crímenes. Pero pensó en las consecuencias de su confesión, y se sintió nuevamente indeciso. Su muerte, una muerte de lo más espantosa, sería inevitable: había escuchado la sentencia de Matilde, y no dudaba que le esperaba algo similar. Le estremeció la proximidad del Auto de Fe, la idea de morir en la hoguera, con lo que escaparía sólo de los tormentos transitorios para caer en otros más sutiles y duraderos. Con los ojos de la mente, contempló, aterrado, los espacios más allá de la tumba. No podía ocultársele cuán justamente debía temer la venganza del Cielo. En este laberinto de terrores, bien le habría gustado refugiarse en las tinieblas del ateísmo; bien le habría gustado negar la inmortalidad del alma y haberse convencido de que, una vez cerrados sus ojos, no volverían a abrirse más, aniquilándose al mismo tiempo el cuerpo y el alma. Pero incluso este recurso le estaba vedado; sus conocimientos eran demasiado amplios, y su entendimiento demasiado sólido y justo, para permitirle refugio en la falacia. No podía evitar sentir la existencia de Dios. Aquellas verdades que en otro tiempo fueron su consuelo, ahora se presentaban ante él con las luces más resplandecientes, pero sólo para arrastrarle a la locura. Destruían sus infundadas esperanzas de escapar al castigo; y disipados por el irresistible resplandor de la verdad y la convicción, los vapores engañosos de la filosofía se deshacían como un sueño. Con una angustia casi demasiado grande para un cuerpo mortal, esperó la hora de que le sometieran a suplicio otra vez. Se dedicó a trazar utópicos planes para escapar del castigo presente y futuro. Del primero no era posible; del segundo, la desesperación le hacía olvidar el único camino. Mientras la razón le obligaba a reconocer la existencia de Dios, la conciencia le hacía dudar de lo infinito de su bondad. No creía que un pecador como él pudiera encontrar misericordia. Él no había sido arrastrado hacia el error: la ignorancia no le podía proporcionar ninguna excusa. Había visto el vicio en sus verdaderos colores. Antes de cometer aquellos crímenes, había medido escrupulosamente su peso; y no obstante, los había cometido. —¿Perdón? —gritó, en un acceso de frenesí—. ¡Oh, no puede haber perdón para mí! Convencido de esto, en vez de humillarse en penitencia, lamentar su culpa y dedicar las pocas horas que le quedaban a aplacar la ira del Cielo, se abandonaba a los transportes de una rabia desesperada. Sentía el castigo de sus crímenes; no el haberlos cometido. Y la angustia de su pecho se desahogaba en inútiles suspiros, vanas lamentaciones, blasfemias y desesperación. Tan pronto como los escasos rayos de luz que penetraban entre los barrotes de su ventana desaparecían gradualmente, y en su lugar brillaba el pálido resplandor de la lámpara, sentía redoblarse sus terrores, y sus ideas se volvían más tenebrosas, más solemnes, más desalentadas. Le asustaba la llegada del sueño: no bien cerraba los ojos, cansados de llorar y de velar, comenzaban a surgir ante ellos espantosas visiones en las que su mente se había demorado durante el día. Se veía a sí mismo en regiones sulfurosas y ardientes cavernas, rodeado de demonios designados para atormentarle, los cuales le sometían a diversas torturas, cada una de ellas más espantosa que la anterior. En medio de estos horrendos escenarios, vagaban los espectros de Elvira y de su hija. Ambos le acusaban de sus muertes, contaban los crímenes de Ambrosio a los demonios, y les instaban a infligir tormentos de crueldad aún más refinada. Tales eran los cuadros que flotaban ante sus ojos en sueños, y no se desvanecían hasta que el descanso se rompía con los excesos del dolor. Entonces se levantaba del suelo en el que se había tendido, con la frente bañada de un sudor frío y los ojos desorbitados y frenéticos; y sólo lograba cambiar la terrible certidumbre por conjeturas apenas más soportables. Paseaba por el calabozo con pasos desordenados. Miraba con terror la oscuridad que le rodeaba, y gritaba a menudo: —¡Oh, qué espantosa es la noche para el culpable! Estaba en ciernes el día de su segundo interrogatorio. Le habían obligado a beber cordiales, cuyas virtudes estaban calculadas para restituir las fuerzas corporales y permitirle soportar más tiempo el suplicio. La víspera del temido día, los miedos por lo que iba a ocurrir mañana no le dejaron dormir. Sus terrores eran tan violentos que casi le anularon los poderes mentales. Permaneció sentado como un estúpido junto a la mesa en la que ardía lúgubremente la lámpara. La desesperación le tenía reducidas las facultades a la idiotez, y durante varias horas fue incapaz de hablar, de moverse, e incluso de pensar. —¡Alzad los ojos, Ambrosio! —dijo una voz cuyo acento le era muy familiar. El monje se sobresaltó, y alzó sus ojos melancólicos. Matilde estaba ante él. Se había quitado el hábito religioso. Ahora llevaba un vestido femenino, a la vez elegante y espléndido: una multitud de diamantes centelleaban en su atuendo, y tenía el cabello ceñido por una corona de rosas. En su mano derecha llevaba un libro pequeño. Una animada expresión de alegría resplandecía en su semblante. Pero incluso ésta contenía una especie de imperiosa majestad que inspiró al monje gran temor, y reprimió en cierto modo sus transportes al verla. —¿Vos aquí, Matilde? —exclamó al fin—. ¿Cómo habéis logrado entrar? ¿Dónde están vuestras cadenas? ¿Qué significa esta magnificencia, y el gozo que irradian vuestros ojos? ¿Se han ablandado vuestros jueces? ¿Hay alguna posibilidad de que escape yo? Contestadme, por compasión, y decidme qué debo esperar o temer. —¡Ambrosio! —respondió con aire de autoritaria dignidad—. He burlado la furia de la Inquisición. Soy libre: en unos momentos habré puesto reinos entre esa mazmorra y yo. Sin embargo, he comprado mi libertad a un alto precio; ¡a un precio espantoso! ¿Os atrevéis a pagar lo mismo, Ambrosio? ¿Os atrevéis a salvar sin temor los límites que separan a los hombres de los ángeles...? Calláis... Me miráis con ojos de alarma y de recelo. Leo vuestros pensamientos, y os confieso que son justos. Sí, Ambrosio: lo he sacrificado todo por la vida y la libertad. ¡Ya no soy una aspirante al Cielo! He renunciado al servicio de Dios; me he alistado bajo las banderas de sus enemigos. Ya no puedo volverme atrás. Sin embargo, aunque pudiese, no lo haría. ¡Oh, amigo mío, en medio de qué suplicios iba a expirar! ¡Morir entre maldiciones y execraciones! ¡Sufrir los insultos de una chusma enfurecida! ¡Verme expuesta a todas las mortificaciones de la vergüenza y de la infamia! ¿Quién puede pensar sin horror en semejante destino? Dejad entonces que me alegre de mi cambio. He vendido una felicidad incierta y lejana por otra segura y presente. He preservado una vida que de otro modo habría perdido en la tortura. ¡Y he conseguido el poder de procurarme todas las dichas que pueden hacer la vida deliciosa! Los espíritus infernales me obedecen como su soberana. Con su ayuda, pasaré mis días en todos los refinamientos del lujo y la voluptuosidad. Gozaré sin limitación de los placeres de los sentidos. Saciaré toda pasión hasta la plenitud, ¡y luego ordenaré a mis siervos que inventen otras nuevas que revivan y estimulen mis hastiados apetitos! Voy, impaciente, a ejercer mi recién ganado dominio. Anhelo encontrarme en libertad. Nada me detendría un instante más en este recinto abominable, sino la esperanza de convenceros para que sigáis mi ejemplo. Ambrosio, os amo todavía. Nuestra mutua culpa y peligro os han hecho aún más querido a mis ojos, y me alegraría muchísimo salvaros de vuestra inminente destrucción. Decidíos, pues, por vuestro bien, y renunciad, a cambio de unos beneficios inmediatos y ciertos, a las esperanzas de una salvación difícil de obtener, y quizá completamente errónea. Desechad los prejuicios de las almas vulgares. ¡Abandonad a Dios, que os ha abandonado, y elevaos al plano de los seres superiores!
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