Dado que Camila era la que más me atendía, a ella fue a quien la priora encargó que me tratase con dureza. Y para cumplir estas órdenes,
frecuentemente se esforzaba en convencerme de cuán justo era el castigo, y
cuán enorme mi crimen. Me pedía que me considerase muy dichosa si salvaba
mi alma mortificando el cuerpo, y aun me amenazaba a veces con la
condenación eterna. Sin embargo, como ya he dicho, siempre concluía con
palabras de aliento y de consuelo. En cuanto a las frases mortificantes, aunque
pronunciadas por los labios de Camila, fácilmente reconocía en ellas las
expresiones de la superiora. Una vez, sólo una, vino la priora a visitarme a la
mazmorra. Me trató con la más irreconciliable crueldad: me colmó de
reproches, se burló de mi fragilidad, y cuando le imploré compasión, me dijo
que la pidiese al cielo, ya que en la tierra no merecía ninguna. Miró incluso a
mi hijito muerto sin emoción; y cuando se marchó, oí que encargaba a Camila
que aumentase los rigores de mi cautiverio. ¡Era una mujer despiadada! Pero
no quiero pensar en resentimientos: ya ha expiado sus errores con su muerte
triste e inesperada. Descanse en paz; ¡y ojalá se le perdonen sus crímenes en el
cielo, como yo le perdono mis sufrimientos en la tierra!
Así que seguí arrastrando una existencia miserable. Lejos de
familiarizarme con mi prisión, la contemplaba cada vez con más horror. El frío
parecía más intenso y penetrante; el aire, más denso y pestilente. Mi cuerpo se
volvió débil, febril y consumido. No era capaz de levantarme del lecho de paja
para ejercitar mis piernas en los estrechos límites que permitía la longitud de
la cadena. Aunque agotada, débil y sin fuerzas, me asustaba quedarme
dormida: mi sueño se veía constantemente interrumpido por algún detestable
sapo hinchado, horrendo, impregnado con los vapores ponzoñosos de la
mazmorra, que arrastraba su cuerpo abominable por encima de mi pecho; o el
frío y rápido lagarto, que me despertaba dejándome un rastro viscoso en el
rostro y enredándose entre los mechones desgreñados y sucios de mis cabellos.
Muchas veces, al despertar, encontraba mis dedos cubiertos de largos gusanos
que se alimentaban con la carne putrefacta de mi hijito. Entonces gritaba de
terror y repugnancia, y mientras me sacudía de encima los reptiles, temblaba
con toda mi debilidad de mujer.
Tal era mi situación, cuando Camila cayó enferma súbitamente. Una
peligrosa fiebre, supuestamente infecciosa, la retuvo confinada en la cama.
Todas, salvo la hermana encargada de cuidarla, la evitaron con precaución,
temerosas de contraer la enfermedad. Era presa de delirios, y no podía
atenderme de ningún modo. La superiora y las monjas que estaban en el
secreto me habían entregado completamente a los cuidados de Camila; así que
no volvieron a ocuparse de mí. Y atareadas en preparar la próxima festividad,
lo más probable era que no pensaran en mí una sola vez. La madre Santa
Úrsula es la que me informó, después de mi liberación, del motivo por el que
Camila dejó de venir a verme. Entonces estaba yo muy lejos de sospechar la,
causa. Al contrario, al principio esperé la aparición de mi carcelera con impaciencia, y luego con desesperación. Transcurrió un día; luego, otro. Llegó
el tercero. ¡Y Camila sin llegar! ¡Y yo sin comida! Podía medir el paso del
tiempo por el consumo de mi lámpara, para cuyo suministro me habían dejado
aceite para una semana. Supuse que, o bien las monjas me habían olvidado, o
bien la superiora les había ordenado que me dejasen morir. Esta última idea
parecía la más probable. Sin embargo, es tan natural el amor a la vida, que
temblé al pensar que fuera eso. Aunque atormentada por toda clase de
miserias, aún sentía apego a mi existencia y tenía miedo de perderla. Cada
minuto que transcurría me probaba que debía abandonar toda esperanza de
alivio. Yo no era más que un absoluto esqueleto: la vista me flaqueaba, y mis
miembros comenzaban a quedarse rígidos. Sólo podía expresar mi angustia y
los dolores del hambre que me arañaban las entrañas con gemidos cuyo eco
melancólico repetía el abovedado techo. Me resigné a mi destino; y esperaba
el momento de mi disolución, cuando mi ángel guardián, mi amado hermano,
llegó a tiempo de salvarme. Mi vista debilitada y borrosa se negó al principio a
reconocerle; y cuando distinguió su semblante, la súbita emoción que me
embargó fue demasiado fuerte. Me inundó la alegría de ver una vez más a un
amigo, y a un amigo tan querido para mí. Mi naturaleza no pudo soportar
tantas emociones, y buscó refugio en la insensibilidad.
Ya conocéis cuáles son mis deudas con la familia de Villa
Franca; pero lo que no sabéis es la magnitud de mi agradecimiento, que es
ilimitado como la excelencia de mis benefactores. ¡Lorenzo! ¡Raimundo! ¡Qué
nombres tan queridos para mí! Enseñadme a soportar con valor esta súbita
transición de la miseria a la dicha. Hace muy poco tiempo, me hallaba
agobiada por las cadenas, moribunda de hambre, hostigada por todos los
rigores del frío y la necesidad, desterrada de la luz, excluida de la sociedad,
desesperanzada, abandonada y, como temía, olvidada. Ahora, restituida a la
vida y la libertad, dotada de todas las comodidades de la abundancia y el
desahogo, rodeada de aquellos a quienes más quiero, y a punto de convertirme
en la esposa del que hace tanto tiempo es dueño de mi corazón, mi felicidad es
tan intensa, tan completa, que apenas puede mi cerebro soportar su peso. Sólo
me queda un deseo por ver cumplido: que mi hermano recupere su salud, y
que el recuerdo de Antonia quede enterrado con ella en su tumba. Si se me
concede esto, nada más desearé. Confío en que mis pasados sufrimientos
hayan ganado el perdón de mi momentánea debilidad. Sé que he ofendido, que
he ofendido grave y seriamente. Pero que no dude mi esposo, porque una vez
conquistó mi virtud, de la corrección de mi conducta futura. He sido frágil y
he caído en el error. Pero no he cedido a la liviandad de la carne. Raimundo, el
afecto por vos es lo que me ha traicionado. Confié demasiado en mi fortaleza.
Pero confiaba tanto en mi honor como en el vuestro. Había prometido no veros
más. De no haber sido por las consecuencias de aquel instante de imprudencia,
habría mantenido mi resolución. El destino quiso que fuese de otro modo, y no puedo por menos de alegrarme de su decreto. No obstante, mi conducta ha
sido altamente censurable, y aunque trate de justificarme, me ruborizo al
recordar mi desliz. Permitidme, pues, que deje ya este tema desagradable. Pero
antes os aseguro, Raimundo, que no tendréis motivos para arrepentiros de
nuestra unión, y que cuanto más culpables hayan sido los errores de vuestra
amada, más regular será la conducta de vuestra esposa.
Aquí concluyó Inés, y el marqués replicó a sus palabras en términos
igualmente sinceros y afectuosos. Lorenzo manifestó su satisfacción ante la
perspectiva de emparentar tan estrechamente con un hombre por el que
siempre había sentido la más alta estima. La bula del papa había dispensado
efectivamente a Inés de sus vínculos religiosos; por consiguiente, el
matrimonio se celebró tan pronto como se hicieron los necesarios
preparativos, pues el marqués deseaba que la ceremonia se celebrase con todo
el esplendor y publicidad posibles. Cumplida ésta, y tras recibir la esposa los
parabienes de todo Madrid, salió con su esposo hacia su castillo de Andalucía.
Lorenzo les acompañó, así como la marquesa de Villa–Franca y su hermosa
hija. No es necesario decir que Theodore formó parte de la comitiva, y que la
alegría que le causó la boda de su amo fue indescriptible. Antes de la marcha,
el marqués, para reparar en cierta medida su pasada negligencia, hizo
indagaciones acerca de Elvira. Viendo que tanto ella como su hija habían
recibido muchos servicios de Leonela y de Jacinta, mostró su respeto a la
memoria de su cuñada haciendo a ambas mujeres valiosos presentes. Lorenzo
siguió su ejemplo. Leonela se sintió sumamente halagada con las atenciones
de nobles tan distinguidos, y Jacinta bendijo la hora en que su casa se pobló de
apariciones.
Por su parte, Inés no dejó de recompensar a sus compañeras de convento.
La valerosa madre Santa Úrsula, a quien debía su libertad, fue nombrada, a
petición de Inés, superiora de las Damas de la Caridad, una de las mejores y
más opulentas sociedades de toda España. Berta y Cornelia, no queriendo
abandonar a su amiga, fueron designadas para desempeñar cargos muy
principales en el mismo establecimiento. En cuanto a las monjas que habían
ayudado a la superiora en la persecución de Inés, Camila, retenida en la cama
por su enfermedad, había perecido en las llamas que habían arrasado el
convento de Santa Clara. Mariana, Alix y Violante, así como otras dos, habían
caído víctimas de la furia popular. Las otras tres que en el convento habían
defendido la sentencia de la superiora, fueron severamente reprendidas y
desterradas a casas religiosas de oscuras y distantes provincias. Allí
languidecieron en espacio de unos años, avergonzadas de su anterior
debilidad, y evitadas por sus compañeras, que las miraron con aversión y
desdén.
Tampoco se consintió que la fidelidad de Flora quedase sin recompensa.
Consultados sus deseos, declaró que estaba impaciente por volver a visitar su
tierra natal. Así que se le procuró un pasaje para Cuba, adonde llegó sin
novedad, cargada de regalos de Raimundo y de Lorenzo.
Cumplidas las deudas de gratitud, Inés quedó en libertad para proseguir su
plan favorito. Alojados en la misma casa, Lorenzo y Virginia estaban juntos
constantemente. Cuanto más la veía él, más convencido estaba de sus méritos.
Por su parte, ella se esforzaba en complacerle, lo que era imposible que no
consiguiese. Lorenzo contemplaba con admiración su hermosa persona, sus
elegantes modales, sus innumerables talentos y su dulce disposición.
Igualmente, se sentía muy halagado al notar su predisposición en favor suyo,
cosa que ella no tenía habilidad suficiente para ocultar. Sin embargo, los
sentimientos de Lorenzo no participaban de ese carácter ardiente que había
distinguido su afecto por Antonia. La imagen de la amable y desventurada
joven aún vivía en su corazón, y neutralizaba todos los esfuerzos de Virginia
por desplazarla. Sin embargo, cuando el duque propuso que se celebrase
formalmente el matrimonio que él deseaba, el sobrino rechazó el ofrecimiento.
Las insistentes súplicas de sus amigos y los méritos de la dama vencieron la
repugnancia a entablar un nuevo compromiso. Hizo la proposición al marqués
de Villa–Franca, y éste le aceptó con alegría y gratitud. Virginia se convirtió
en su esposa, y no le dio motivo para que se arrepintiese de la elección. Su
estima por ella aumentó de día en día. Sus incesantes esfuerzos por
complacerle no pudieron por menos de dar resultado. Su afecto adoptó colores
más fuertes y cálidos. La imagen de Antonia se fue borrando gradualmente de
su pecho; y Virginia se convirtió en la única dueña de su corazón, que bien
merecía poseer de manera exclusiva.
El resto de sus vidas, Raimundo e Inés y Lorenzo y Virginia fueron tan
felices como pueden serlo los mortales nacidos para el dolor y juguetes del
desencanto. Los intensos sufrimientos que habían soportado les hicieron
juzgar livianos los de la vida ordinaria. Habían sentido los dardos más afilados
del carcaj de la desventura; los restantes parecían embotados en comparación.
Después de resistir las tormentas más rigurosas del destino, consideraron con
serenidad, sus terrores. Y si alguna vez sufrieron algún viento casual, les
pareció tan suave como el céfiro que sopla blandamente sobre un mar de
verano.
El día siguiente a la muerte de Antonia, todo Madrid fue escenario de
consternación y estupor. Un arquero que había presenciado la aventura del sepulcro había relatado indiscretamente las circunstancias del asesinato, y
había contado también quién era el asesino. El alboroto que desencadenó esta
noticia entre los creyentes fue sin igual. La mayoría no lo creyó, y fue en
persona a la abadía para confirmar el hecho. Ansiosos por evitar la vergüenza
a la que la mala conducta del superior exponía a toda la comunidad, los
monjes aseguraron a los visitantes que Ambrosio no podía recibirles como
siempre simplemente por enfermedad. Este recurso fue infructuoso. Al repetir
día tras día la misma excusa, la historia del arquero fue adquiriendo
verosimilitud poco a poco. Sus partidarios le abandonaron. Nadie abrigó ya
dudas de que era culpable; y los que antes le habían alabado con más ardor
eran ahora los que más vociferaban condenándole.
Mientras se discutía en Madrid con la mayor aspereza su inocencia o su
culpa, Ambrosio era presa de los tormentos de su conciencia criminal y de los
terrores del castigo que se cernían sobre él. Cuando pensaba en qué altura se
encontraba hacía poco, y lo universalmente respetado y honrado que había
sido, en paz con todo el mundo y consigo mismo, apenas podía creer que fuese
efectivamente el culpable cuyos crímenes y destino le hacían estremecer. Pero
habían transcurrido algunas semanas desde que fuera puro y virtuoso,
respetado por los más sabios y nobles de Madrid y venerado por el pueblo con
un fervor que rayaba la idolatría. Ahora, se encontraba manchado con los
pecados más abominables y monstruosos, era objeto de universal execración,
prisionero del Santo Oficio, y probablemente estaba condenado a perecer bajo
las torturas más severas. No podía esperar engañar a los jueces. Las pruebas de
su culpa eran demasiado sólidas. El hecho de hallarse en el sepulcro a hora
tardía, su confusión al ser descubierto, la daga que en su primera alarma había
confesado haber ocultado, y la sangre de Antonia que había salpicado su
hábito, le señalaban suficientemente como el asesino. Aguardaba con angustia
el día del interrogatorio. No tenía nada que le consolase en su desdicha. La
religión no podía inspirarle fortaleza. Si leía los libros de moral que habían
puesto en sus manos, no veía en ellos otra cosa que la enormidad de sus
delitos; si intentaba rezar, recordaba que no merecía la protección del Cielo, y
juzgaba sus crímenes tan monstruosos, que anulaban incluso la infinita bondad
de Dios. Pensaba que para cualquier otro pecador podía haber esperanza, pero
que para él no había ninguna. Estremeciéndose ante su pasado, angustiado por
el presente y asustado por el futuro; así pasó los pocos días previos al
designado para su juicio.
Y llegó ese día. A las nueve de la mañana, se abrió la puerta de su celda y,
entrando su carcelero, le ordenó que le siguiese. Le obedeció tembloroso. Fue
conducido a un recinto espacioso, tapizado con paños negros. Ante la mesa
había sentados tres hombres con expresión grave, también vestidos de n***o.
Uno de ellos era el Inquisidor General, a quien la importancia del caso había
inducido a intervenir personalmente. En otra mesa más pequeña, a poca distancia, se hallaba sentado el secretario, provisto de todos los necesarios
utensilios de escribir. Se le hizo seña a Ambrosio de que avanzase y tomase
asiento en el extremo inferior de la mesa. Al mirar hacia abajo descubrió
diversos instrumentos de hierro esparcidos por el suelo. Sus formas eran
extrañas, pero su aprensión le hizo adivinar inmediatamente que se trataba de
ingenios de tortura. Se puso pálido, y con mucha dificultad evitó caerse al
suelo sin conocimiento.
Reinaba un profundo silencio, salvo cuando los inquisidores se susurraban
misteriosamente algunas palabras. Transcurrió cerca de una hora, y a cada
segundo los temores de Ambrosio se hacían más punzantes. Por último, una
pequeña puerta, en el extremo opuesto a la entrada, chirrió pesadamente sobre
sus goznes. Apareció un oficial, seguido inmediatamente de la hermosa
Matilde. Los cabellos le caían en desorden. Tenía las mejillas pálidas y los
ojos hundidos, y ojerosos. Dirigió una triste mirada a Ambrosio. Él le devolvió
otra de aversión y reproche, La colocaron frente a él. Sonó tres veces una
campanilla. Era la señal de apertura del juicio, y los inquisidores iniciaron su
trabajo.
En estos juicios no se mencionan ni la acusación ni el nombre del acusado.
A los acusados sólo se les pregunta si quieren confesar; si contestan que no
tienen ningún crimen del que hacer confesión, son sometidos a tortura sin
demora. Esto se repite a intervalos, tanto si los sospechosos se confiesan
culpables como si se cansa y agota la perseverancia de los interrogadores. Pero
sin un reconocimiento directo de su culpa, la Inquisición jamás pronuncia la
sentencia final de sus prisioneros. En general, se permite que transcurra mucho
tiempo antes de interrogarles. Pero el proceso de Ambrosio se había acelerado
debido a un solemne Auto de Fe que iba a tener lugar a los pocos días, y en el
cual los inquisidores pretendían incluir al culpable, dando así testimonio
patente de su celo.
El abad no había sido acusado sólo de violación y homicidio: se le imputó
además el crimen de brujería, así como a Matilde. A ésta la habían detenido
como cómplice del asesinato de Antonia. Al registrar su celda, se encontraron
varios instrumentos y libros sospechosos que justificaban la acusación de que
se le hacía objeto. Para incriminar al monje, se presentó el espejo brillante que
Matilde había dejado accidentalmente en la habitación de él. Las extrañas
figuras que tenía grabadas atrajeron la atención de don Ramírez, cuando
registraron la celda del abad. Así que se lo llevó consigo. Se lo mostró al
Inquisidor General, el cual, tras examinarlo un rato, cogió una pequeña
crucecita de oro que colgaba de su cíngulo y la depositó sobre el espejo.
Instantáneamente se oyó un gran ruido semejante al estallido de un trueno, y el
acero se quebró en mil pedazos. Esta circunstancia confirmó la sospecha de
que el monje practicaba la magia. Incluso se supuso que su anterior influencia sobre los espíritus de las gentes se debía atribuir enteramente a la brujería.
Decididos a hacerle confesar no sólo los crímenes que había cometido,
sino también aquellos de los que era inocente, los inquisidores iniciaron su
interrogatorio. Aunque tenía miedo a las torturas, y más aún a una muerte que
le arrojaría a los tormentos eternos, el abad proclamó su pureza con voz firme
y decidida. Matilde siguió su ejemplo, aunque habló asustada y temblorosa.
Tras haberle exhortado en vano a que confesase, los inquisidores ordenaron
que se le sometiese a tortura. La orden fue ejecutada inmediatamente, y
Ambrosio sufrió los más violentos dolores que jamás haya inventado la
humana crueldad; sin embargo, es tan espantosa la muerte cuando la
acompaña la culpa que tuvo la suficiente entereza para persistir en su negativa.
En consecuencia, redoblaron sus agonías, y no le dejaron hasta que, vencido
por el exceso de dolor, el desmayo le rescató de las manos de sus
atormentadores.
Se ordenó que se sometiera a tortura a Matilde. Pero aterrada ante la visión
de los sufrimientos del fraile, se le desmoronó totalmente el valor. Cayó de
rodillas, confesó su comunicación con los espíritus infernales, y que había
presenciado el asesinato de Antonia a manos de Ambrosio. En cuanto al
crimen de brujería, se declaró la única culpable, siendo Ambrosio
perfectamente inocente. Esta última declaración no fue creída. El abad había
recobrado el conocimiento a tiempo de oír la confesión de su cómplice. Pero
estaba muy débil por lo que había soportado para ser capaz esta vez de resistir
nuevos suplicios. Se le mandó de nuevo a su celda, aunque primero se le
informó de que, tan pronto como recobrase la fuerza suficiente, debía
prepararse para una segunda sesión. Los inquisidores esperaban encontrarle
esta vez menos endurecido y obstinado. A Matilde se le anunció que debía
expiar su crimen en la hoguera del próximo Auto de Fe. Todas sus lágrimas y
súplicas no pudieron valer para que le fuese mitigada su sentencia, y la
sacaron a la fuerza de la sala del tribunal.
De nuevo en el calabozo, los sufrimientos corporales de Ambrosio fueron
mucho más soportables que los de su espíritu. Sus miembros dislocados, sus
uñas arrancadas de las manos y los pies, los dedos aplastados y rotos por la
presión de los tornillos, eran sobrepasados con mucho por la angustia y la
agitación de su alma y la vehemencia de sus terrores. Veía que, culpable o
inocente, sus jueces estaban dispuestos a condenarle. Recordando lo que su
negación le había costado, le aterraba la idea de que le sometiesen a suplicio
otra vez, y casi se inclinaba a confesar sus crímenes. Pero pensó en las
consecuencias de su confesión, y se sintió nuevamente indeciso. Su muerte,
una muerte de lo más espantosa, sería inevitable: había escuchado la sentencia
de Matilde, y no dudaba que le esperaba algo similar. Le estremeció la
proximidad del Auto de Fe, la idea de morir en la hoguera, con lo que escaparía sólo de los tormentos transitorios para caer en otros más sutiles y
duraderos. Con los ojos de la mente, contempló, aterrado, los espacios más
allá de la tumba. No podía ocultársele cuán justamente debía temer la
venganza del Cielo. En este laberinto de terrores, bien le habría gustado
refugiarse en las tinieblas del ateísmo; bien le habría gustado negar la
inmortalidad del alma y haberse convencido de que, una vez cerrados sus ojos,
no volverían a abrirse más, aniquilándose al mismo tiempo el cuerpo y el
alma. Pero incluso este recurso le estaba vedado; sus conocimientos eran
demasiado amplios, y su entendimiento demasiado sólido y justo, para
permitirle refugio en la falacia. No podía evitar sentir la existencia de Dios.
Aquellas verdades que en otro tiempo fueron su consuelo, ahora se
presentaban ante él con las luces más resplandecientes, pero sólo para
arrastrarle a la locura. Destruían sus infundadas esperanzas de escapar al
castigo; y disipados por el irresistible resplandor de la verdad y la convicción,
los vapores engañosos de la filosofía se deshacían como un sueño.
Con una angustia casi demasiado grande para un cuerpo mortal, esperó la
hora de que le sometieran a suplicio otra vez. Se dedicó a trazar utópicos
planes para escapar del castigo presente y futuro. Del primero no era posible;
del segundo, la desesperación le hacía olvidar el único camino. Mientras la
razón le obligaba a reconocer la existencia de Dios, la conciencia le hacía
dudar de lo infinito de su bondad. No creía que un pecador como él pudiera
encontrar misericordia. Él no había sido arrastrado hacia el error: la ignorancia
no le podía proporcionar ninguna excusa. Había visto el vicio en sus
verdaderos colores. Antes de cometer aquellos crímenes, había medido
escrupulosamente su peso; y no obstante, los había cometido.
—¿Perdón? —gritó, en un acceso de frenesí—. ¡Oh, no puede haber
perdón para mí!
Convencido de esto, en vez de humillarse en penitencia, lamentar su culpa
y dedicar las pocas horas que le quedaban a aplacar la ira del Cielo, se
abandonaba a los transportes de una rabia desesperada. Sentía el castigo de sus
crímenes; no el haberlos cometido. Y la angustia de su pecho se desahogaba
en inútiles suspiros, vanas lamentaciones, blasfemias y desesperación. Tan
pronto como los escasos rayos de luz que penetraban entre los barrotes de su
ventana desaparecían gradualmente, y en su lugar brillaba el pálido resplandor
de la lámpara, sentía redoblarse sus terrores, y sus ideas se volvían más
tenebrosas, más solemnes, más desalentadas. Le asustaba la llegada del sueño:
no bien cerraba los ojos, cansados de llorar y de velar, comenzaban a surgir
ante ellos espantosas visiones en las que su mente se había demorado durante
el día. Se veía a sí mismo en regiones sulfurosas y ardientes cavernas, rodeado
de demonios designados para atormentarle, los cuales le sometían a diversas
torturas, cada una de ellas más espantosa que la anterior. En medio de estos horrendos escenarios, vagaban los espectros de Elvira y de su hija. Ambos le
acusaban de sus muertes, contaban los crímenes de Ambrosio a los demonios,
y les instaban a infligir tormentos de crueldad aún más refinada. Tales eran los
cuadros que flotaban ante sus ojos en sueños, y no se desvanecían hasta que el
descanso se rompía con los excesos del dolor. Entonces se levantaba del suelo
en el que se había tendido, con la frente bañada de un sudor frío y los ojos
desorbitados y frenéticos; y sólo lograba cambiar la terrible certidumbre por
conjeturas apenas más soportables. Paseaba por el calabozo con pasos
desordenados. Miraba con terror la oscuridad que le rodeaba, y gritaba a
menudo:
—¡Oh, qué espantosa es la noche para el culpable!
Estaba en ciernes el día de su segundo interrogatorio. Le habían obligado a
beber cordiales, cuyas virtudes estaban calculadas para restituir las fuerzas
corporales y permitirle soportar más tiempo el suplicio. La víspera del temido
día, los miedos por lo que iba a ocurrir mañana no le dejaron dormir. Sus
terrores eran tan violentos que casi le anularon los poderes mentales.
Permaneció sentado como un estúpido junto a la mesa en la que ardía
lúgubremente la lámpara. La desesperación le tenía reducidas las facultades a
la idiotez, y durante varias horas fue incapaz de hablar, de moverse, e incluso
de pensar.
—¡Alzad los ojos, Ambrosio! —dijo una voz cuyo acento le era muy
familiar.
El monje se sobresaltó, y alzó sus ojos melancólicos. Matilde estaba ante
él. Se había quitado el hábito religioso. Ahora llevaba un vestido femenino, a
la vez elegante y espléndido: una multitud de diamantes centelleaban en su
atuendo, y tenía el cabello ceñido por una corona de rosas. En su mano
derecha llevaba un libro pequeño. Una animada expresión de alegría
resplandecía en su semblante. Pero incluso ésta contenía una especie de
imperiosa majestad que inspiró al monje gran temor, y reprimió en cierto
modo sus transportes al verla.
—¿Vos aquí, Matilde? —exclamó al fin—. ¿Cómo habéis logrado entrar?
¿Dónde están vuestras cadenas? ¿Qué significa esta magnificencia, y el gozo
que irradian vuestros ojos? ¿Se han ablandado vuestros jueces? ¿Hay alguna
posibilidad de que escape yo? Contestadme, por compasión, y decidme qué
debo esperar o temer.
—¡Ambrosio! —respondió con aire de autoritaria dignidad—. He burlado
la furia de la Inquisición. Soy libre: en unos momentos habré puesto reinos
entre esa mazmorra y yo. Sin embargo, he comprado mi libertad a un alto
precio; ¡a un precio espantoso! ¿Os atrevéis a pagar lo mismo, Ambrosio? ¿Os
atrevéis a salvar sin temor los límites que separan a los hombres de los ángeles...? Calláis... Me miráis con ojos de alarma y de recelo. Leo vuestros
pensamientos, y os confieso que son justos. Sí, Ambrosio: lo he sacrificado
todo por la vida y la libertad. ¡Ya no soy una aspirante al Cielo! He renunciado
al servicio de Dios; me he alistado bajo las banderas de sus enemigos. Ya no
puedo volverme atrás. Sin embargo, aunque pudiese, no lo haría. ¡Oh, amigo
mío, en medio de qué suplicios iba a expirar! ¡Morir entre maldiciones y
execraciones! ¡Sufrir los insultos de una chusma enfurecida! ¡Verme expuesta
a todas las mortificaciones de la vergüenza y de la infamia! ¿Quién puede
pensar sin horror en semejante destino? Dejad entonces que me alegre de mi
cambio. He vendido una felicidad incierta y lejana por otra segura y presente.
He preservado una vida que de otro modo habría perdido en la tortura. ¡Y he
conseguido el poder de procurarme todas las dichas que pueden hacer la vida
deliciosa! Los espíritus infernales me obedecen como su soberana. Con su
ayuda, pasaré mis días en todos los refinamientos del lujo y la voluptuosidad.
Gozaré sin limitación de los placeres de los sentidos. Saciaré toda pasión hasta
la plenitud, ¡y luego ordenaré a mis siervos que inventen otras nuevas que
revivan y estimulen mis hastiados apetitos! Voy, impaciente, a ejercer mi
recién ganado dominio. Anhelo encontrarme en libertad. Nada me detendría
un instante más en este recinto abominable, sino la esperanza de convenceros
para que sigáis mi ejemplo. Ambrosio, os amo todavía. Nuestra mutua culpa y
peligro os han hecho aún más querido a mis ojos, y me alegraría muchísimo
salvaros de vuestra inminente destrucción. Decidíos, pues, por vuestro bien, y
renunciad, a cambio de unos beneficios inmediatos y ciertos, a las esperanzas
de una salvación difícil de obtener, y quizá completamente errónea. Desechad
los prejuicios de las almas vulgares. ¡Abandonad a Dios, que os ha
abandonado, y elevaos al plano de los seres superiores!