Capitulo 34

4401 Palabras
Calló, esperando la respuesta del monje. Éste se estremeció en el momento de hablar. —¡Matilde! —dijo, tras un largo silencio, con voz baja e insegura—. ¿Qué precio habéis pagado por vuestra libertad? Matilde contestó con firmeza e intrepidez: —¡Ambrosio, he pagado mi alma! —¡Desdichada, qué habéis hecho! ¡Dentro de pocos años, qué espantosos serán vuestros sufrimientos! —¡Hombre débil, cuando pase esta noche, cuán espantosos serán los vuestros! ¿Recordáis los que habéis soportado ya? Mañana deberéis sufrir tormentos doblemente intensos. ¿Recordáis los horrores de las llamas? ¡Pasado mañana seréis una víctima más de la hoguera! ¿Qué será entonces de vos? ¿Aún os atrevéis a esperar vuestro perdón? ¿Aún os dejáis seducir por esas falsas visiones de salvación? ¡Pensad en vuestros crímenes! ¡Pensad en vuestra lujuria, en vuestro perjurio, inhumanidad e hipocresía! ¡Pensad en la sangre inocente que clama venganza ante el trono de Dios; y luego, pensad en la esperanza que podéis esperar! ¡Soñáis con el Cielo, suspiráis por la luz y los reinos de paz y placer! ¡Absurdo! Abrid los ojos, Ambrosio, y sed prudente. Vuestro destino es el Infierno. ¡Estáis destinado a la condenación eterna! Nada os espera al otro lado de la tumba, sino un abismo de llamas devoradoras. ¿Acaso queréis ir cuanto antes a ese abismo? ¿Queréis estrechar esa perdición en vuestros brazos antes de lo necesario? ¿Queréis zambulliros en esas llamas, cuando tenéis posibilidad de evitarlas todavía? Eso es una locura. No, no, Ambrosio. Dejaos aconsejar por mí. Comprad, con un instante de valor, la dicha de unos años. Gozad del presente, y olvidad lo que el futuro arrastra detrás. —Matilde, vuestros consejos son peligrosos: no me atrevo, no quiero seguirlos. No puedo renunciar a mi derecho a la salvación. Mis crímenes son monstruosos. Pero Dios es misericordioso; así que no quiero desesperar del perdón. —¿Ésa es vuestra decisión? Entonces no tengo nada más que decir. Corro al goce y la libertad, y os dejo a la muerte y los tormentos eternos. —¡Aguardad un instante, Matilde! Vos mandáis a los demonios infernales; podéis obligarlos a abrir estas puertas. Podéis salvarme de estas cadenas que me agobian. ¡Salvadme, os lo suplico, y alejadme de esta morada abominable! —Me pedís la única merced que mi poder no puede conceder. Me está prohibido ayudar a un religioso y partidario de Dios: renunciad a esos títulos, y ordenadme. —No quiero entregar mi alma a la perdición. —Persistís en vuestra obstinación; será hasta que os encontréis en la hoguera; entonces os arrepentiréis de vuestro error, y desearéis escapar cuando no tenga remedio. Os dejo... Sin embargo, antes de que llegue la hora de la muerte, la prudencia debería iluminaros, escuchad cómo podéis reparar esta falta presente. Os dejo este libro. Leed las cuatro primeras líneas a partir de la séptima página. El espíritu que habéis visto ya una vez se presentará inmediatamente ante vos. Si sois prudente, nos veremos de nuevo. Si no, ¡adiós para siempre! Dejó caer el libro en el suelo. Una nube de fuego azul se enroscó alrededor de ella. Alzó la mano para despedirse de Ambrosio, y desapareció. Al disiparse súbitamente el momentáneo resplandor que las llamas difundieron en la mazmorra, pareció aumentar su natural oscuridad. La lámpara solitaria apenas daba luz suficiente para guiar al monje a una silla. Se dejó caer en su asiento, cruzó los brazos, y apoyando la cabeza sobre la mesa, se sumió en perplejas e inconexas reflexiones. Aún se encontraba en esta actitud cuando se abrió la puerta sacándole de su estupor. Le llamaban a comparecer ante el Inquisidor General. Se levantó, y siguió a su carcelero con pasos doloridos. Le condujeron a la misma sala, le colocaron ante los mismos interrogadores, y le fue preguntado de nuevo si deseaba confesar. Contestó como la vez anterior, que no teniendo ningún crimen, no podía reconocer ninguno. Pero cuando los verdugos se disponían a someterle a suplicio, y recordó los que ya le habían infligido, su entereza flaqueó por completo. Olvidando las consecuencias, y deseoso sólo de escapar a los terrores del momento presente, hizo una amplia confesión. Reveló todas las circunstancias de su culpa y reconoció no sólo los crímenes que se le imputaban, sino aquellos de los que nunca se llegó a sospechar. Al interrogársele sobre la huida de Matilde, que había creado gran confusión, confesó que se había vendido a Satanás, y que su fuga se debía a un acto de brujería. Incluso aseguró a sus jueces que por su parte jamás había entrado en pactos con los espíritus infernales. Pero la amenaza de ser torturado le hizo declararse brujo y hereje, y cualquier otro título que los inquisidores quisieran atribuirle. Como resultado de esta confesión, su sentencia fue dictada inmediatamente. Se le ordenó que se preparase para morir en el Auto de Fe, el cual se celebraría a las doce de la noche. Se había elegido esta hora con idea de que el horror de las llamas, aumentado por la oscuridad de la noche, produjera un mayor efecto en el espíritu de la gente. Dejaron a Ambrosio solo, más muerto que vivo, en su calabozo. El instante en que pronunciaron esta terrible sentencia estuvo a punto de resultar el de su disolución. Pensó en el día siguiente con desesperación, y sus terrores aumentaron a medida que se acercaba la medianoche. Unas veces se sumía en tenebroso silencio, otras, llevado de una pasión delirante, se retorcía las manos y maldecía la hora en que vio la luz por primera vez. En uno de esos momentos, sus ojos cayeron sobre el misterioso regalo de Matilde. Instantáneamente se le cortaron los arrebatos de furor. Se quedó mirando el libro fijamente. Lo cogió, pero inmediatamente lo arrojó lejos de sí con horror. Se puso a pasear nervioso por el calabozo; luego se detuvo, y clavó la mirada en el lugar donde había ido a parar el libro. Pensó que aquí, al menos, habría un remedio para el destino que tanto le asustaba. Se inclinó y lo cogió por segunda vez. Durante un rato permaneció indeciso y tembloroso: deseaba fervientemente probar el encantamiento, aunque temía sus consecuencias. El recuerdo de su sentencia le hizo vencer al fin su indecisión. Abrió el volumen; pero su agitación era tan grande que al principio buscó inútilmente la página que Matilde le había dicho. Avergonzado de sí mismo, apeló a todo el valor que le quedaba. Abrió por la página séptima. Empezó a leer en voz alta. Pero sus ojos se apartaban de cuando en cuando del libro y buscaban en torno suyo al espíritu que deseaba aunque temía ver. No obstante, persistió en su propósito; y con voz insegura y repetidas interrupciones, consiguió terminar las cuatro primeras líneas de la página. Estaban en una lengua cuyo conocimiento le era totalmente ajeno. Apenas hubo pronunciado la última palabra, cuando los efectos del encantamiento se hicieron evidentes. Se oyó un sonoro estallido. La prisión se estremeció hasta sus cimientos. Un relámpago inundó de luz la celda; y un instante después, envuelto en un remolino sulfúreo, se apareció Lucifer ante él por segunda vez. Pero no fue igual que cuando lo invocó Matilde. En aquella ocasión, había adoptado la forma seráfica para engañar a Ambrosio. Ahora surgió con toda la fealdad que le correspondía desde su caída del cielo: sus miembros abrasados mostraban aún la huella de la fulminación del Todopoderoso; una oscuridad chamuscada se extendía por todo su cuerpo gigantesco; sus manos y sus pies estaban armados de largas garras; la furia relampagueaba en sus ojos, capaces de paralizar el corazón más esforzado; sobre sus hombros se cimbreaban dos enormes alas negras, y en lugar de cabellos tenía serpientes vivas que se retorcían alrededor de su frente emitiendo silbidos espantosos. En una mano llevaba un pergamino y en la otra una pluma de hierro. El relámpago seguía destellando a su alrededor, y el trueno, con repetidos estallidos, parecía anunciar la disolución de la naturaleza. Aterrado ante esta aparición tan distinta de la que había esperado, Ambrosio se quedó mirando al Demonio, incapaz de proferir una palabra. Cesó el trueno: un silencio universal reinaba en la mazmorra. —¿Para qué soy invocado aquí? —dijo el Demonio, con una voz que las brumas sulfurosas habían empañado hasta la ronquera I. La naturaleza se estremeció ante esas palabras: un violento terremoto sacudió el suelo, acompañado de nuevos estallidos del trueno, más fuertes y ensordecedores que el primero. Ambrosio estuvo un rato sin poder responder a la pregunta del Demonio. —Estoy condenado a morir —dijo al fin, con voz desfallecida y sin sangre en las venas, mientras miraba a su espantoso visitante—. ¡Sálvame! ¡Llévame de aquí! —¿Se me pagarán mis servicios? ¿Te atreves a abrazar mi causa? ¿Serás mío en cuerpo y alma? ¿Estás dispuesto a renunciar a Aquel que te ha hecho, a Aquel que murió por ti? Contesta sólo «sí», y Lucifer será tu esclavo. —¿No te contentarás con un precio menos alto? ¿No puede satisfacerte nada sino mi eterna ruina? Espíritu, pides demasiado. Pero llévame de este calabozo: sé mi siervo por una hora, y seré tuyo durante mil años. ¿No te basta esta oferta? —No. Debes entregarme tu alma: debe ser mía, mía para siempre. —Demonio insaciable, no quiero condenarme a los tormentos eternos. No quiero renunciar a mis esperanzas de ser perdonado algún día. —¿No quieres? ¿En qué quimera cifras tus esperanzas? ¡Miope mortal! ¡Miserable desdichado! ¿No eres culpable? ¿No eres infame a los ojos de los hombres y de los ángeles? ¿Acaso pueden ser perdonados tus enormes pecados? ¿Esperas escapar a mi poder? Tu destino está ya sentenciado. El Eterno te ha abandonado. ¡Para mí estás señalado en el libro del destino, y mío debes y tienes que ser! —¡Espíritu infernal, eso es falso! La misericordia del Todopoderoso es infinita, y el penitente puede alcanzar su perdón. Mis crímenes son monstruosos, pero no renunciaré a su clemencia. Quizá, cuando hayan recibido la debida penitencia... —¿Penitencia? ¿Pretendes ir al Purgatorio con unos crímenes como los tuyos? ¿Esperas que se te perdonen tus ofensas con oraciones de beatas supersticiosas y monjes perezosos? ¡Ambrosio, sé sensato! Serás mío: estás condenado a las llamas, aunque puedes evitarlas de momento. Firma este pergamino. Te sacaré de aquí, y podrás pasar el resto de tu vida en la dicha y la libertad. Disfruta de tu existencia; saborea todos los placeres a los que te inclina el apetito. Pero desde el momento en que abandones tu cuerpo, recuerda que tu alma me pertenecerá, y que no dejaré de reclamar mis derechos. El monje guardó silencio. Pero sus miradas manifestaban que las palabras del Tentador no habían caído en vacío. Pensaba con horror en las condiciones que le proponía. Por otro lado, se creía condenado ya, y que, al rechazar la ayuda del Demonio, no hacía más que acelerar las torturas de las que jamás escaparía. El Enemigo vio que su firmeza flaqueaba. Renovó sus insistencias, y trató de sorprender la indecisión del abad. Le describió las agonías de la muerte con los más terribles colores, y excitó tan poderosamente la desesperación y los terrores de Ambrosio que le persuadió para que aceptase el pergamino. Luego clavó la pluma de hierro en una vena de la mano izquierda del monje. Le penetró profundamente, y se llenó instantáneamente de sangre. Sin embargo, Ambrosio no sintió dolor alguno en la herida. Le puso la pluma en su mano temblorosa. El desdichado colocó el pergamino sobre la mesa que tenía ante sí, y se dispuso a firmarlo. De repente, contuvo la mano; se echó atrás, y arrojó la pluma sobre la mesa. —¿Qué estoy haciendo? —exclamó. Luego, volviéndose al Demonio con gesto desesperado—. ¡Déjame! ¡Vete! No quiero firmar el pergamino. —¡Necio! —exclamó el Demonio decepcionado, lanzándole una mirada furiosa que traspasó de horror al fraile—. ¿Así te burlas de mí? ¡Quédate, entonces! ¡Húndete en la agonía, expira entre torturas, y luego, comprueba el alcance de la misericordia divina! ¡Pero ten cuidado de no hacerme otra vez objeto de tus burlas! ¡No me vuelvas a llamar hasta que hayas resuelto aceptar mis ofrecimientos! ¡Invócame para echarme en balde, y estas garras te destrozarán en mil pedazos! Habla, ¿vas a firmar el pergamino? —¡No! ¡Déjame! ¡Fuera! Instantáneamente se oyó el estampido espantoso del trueno. Una vez más, se estremeció la tierra con violencia. La mazmorra se pobló de horrísonos alaridos, y el Demonio huyó entre blasfemias y maldiciones. Al principio, el monje se alegró de haber resistido a las artes del Seductor, y de haber obtenido un triunfo sobre el Enemigo de la humanidad. Pero a medida que la hora del castigo se acercaba, los terrores comenzaron a revivir en su corazón. Su momentáneo descanso pareció conferirles renovado vigor. Cuanto más se acercaba la hora, más miedo tenía de presentarse ante el trono de Dios. Se estremeció al pensar en lo pronto que se sumergiría en la eternidad, en lo pronto que se hallaría ante los ojos del Creador, a quien tan gravemente había ofendido. La campana anunció la medianoche: ¡era la señal para conducirle a la hoguera! Al oír el primer tañido, la sangre dejó de circular en las venas del abad: en cada ruido oyó murmurar a la muerte y la tortura. Esperaba ver entrar en la prisión a los arqueros; y cuando la campana cesó, cogió el libro mágico en un arrebato de desesperación. Lo abrió, buscó atropelladamente la séptima página, y como si temiese concederse un solo pensamiento, leyó a toda prisa las líneas fatales. Acompañado de sus anteriores terrores, Lucifer se apareció de nuevo ante el condenado. —Me has llamado —dijo el Demonio—. ¿Estás dispuesto a mostrar más sensatez? ¿Quieres aceptar mis condiciones? Ya las conoces. Renuncia a tus pretensiones de salvación, entrégame tu alma, y yo te alejaré al instante de este calabozo. Aún es tiempo. Decídete, antes de que sea demasiado tarde. ¿Quieres firmar el pergamino? —¡Debo firmarlo...! ¡El destino me obliga...! Acepto tus condiciones. —¡Firma el pergamino! —instó el Demonio en tono exultante. El contrato y la pluma ensangrentada aún estaban sobre la mesa. Ambrosio se acercó. Se dispuso a estampar su nombre. Un instante de reflexión le hizo vacilar. —¿Oyes? —gritó el Tentador—. ¡Ya vienen! ¡Rápido! Firma el pergamino, y te sacaré de aquí en este instante. En efecto, se oía aproximarse a los arqueros que debían conducir a Ambrosio a la hoguera. El rumor de pasos animó al monje en su resolución. —¿Qué dice ese escrito? —preguntó. —Que tu alma será mía para siempre, y sin reserva. —¿Qué voy a recibir yo a cambio? —Mi protección, y la liberación de esta mazmorra. Fírmalo, y al instante te sacaré. Ambrosio cogió la pluma. La puso sobre el pergamino. Nuevamente le flaqueó el valor. Sintió una punzada de terror en el corazón, y una vez más arrojó la pluma sobre la mesa. —¡Pusilánime y pueril! —exclamó el Demonio exasperado—. ¡Desecha esa insensatez! ¡Firma el escrito al instante, o sucumbirás a mi furor! En ese momento se descorrió el cerrojo de la puerta. El prisionero oyó el ruido de cadenas. Cayó la pesada barra. Los arqueros estaban a punto de entrar. Enloquecido ante la proximidad de la muerte, aterrado por las amenazas del Demonio, y no viendo otro medio de escapar a la destrucción, el desdichado monje obedeció. Firmó el contrato fatal y lo puso apresuradamente en manos del Espíritu Infernal, cuyos ojos, al recibir tal regalo, centellearon con malévola alegría. —¡Tómalo! —dijo el desertor de Dios—. ¡Ahora sálvame! ¡Aléjame de aquí! —¡Un momento! ¿Renuncias libre y absolutamente a tu Creador y a su Hijo? —¡Renuncio! ¡Renuncio! —¿Me entregas tu alma para siempre? —¡Para siempre! —¿Sin reserva ni subterfugio? ¿Sin apelar en el futuro a la misericordia divina? Se oyó caer la última cadena de la prisión. La llave giró en la cerradura. Los goznes herrumbrosos empezaron a chirriar pesadamente. —¡Soy tuyo para siempre y de manera irrevocable! —exclamó el monje, loco de terror—. ¡Renuncio a todo derecho de salvación! ¡No reconozco otro poder que el tuyo! ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Ya vienen! ¡Oh! ¡Sálvame! ¡Sácame de aquí! —¡He triunfado! Eres mío sin remisión, así que cumpliré mi promesa. Mientras hablaba, se abrió la puerta. Instantáneamente el Demonio agarró uno de los brazos de Ambrosio, extendió sus anchas alas y se elevó con él en el aire. Se abrió el techo mientras ascendían, y volvió a cerrarse cuando hubieron abandonado la mazmorra. Entretanto, el carcelero se quedó estupefacto ante la desaparición del prisionero. Aunque ni él ni los arqueros tuvieron tiempo de presenciar la desaparición del monje, el olor a azufre que reinaba en la prisión delató suficientemente de qué medio se había valido para liberarse. Corrieron a informar al Inquisidor General. La historia de cómo el Demonio se había llevado a un hechicero corrió en seguida por todo Madrid; y durante algunos días, en la ciudad entera no se discutió de otra cosa. Gradualmente, fue dejando de ser tema de conversación. Otras aventuras surgieron, cuya novedad atrajo la atención general; y Ambrosio no tardó en caer en el olvido tan completamente como si jamás hubiese existido. Mientras esto ocurría, el monje, llevado por su guía infernal, cruzó los aires con la rapidez de una flecha, y unos instantes después se hallaba en el borde de un precipicio, el más profundo y escarpado de Sierra Morena. Aunque rescatado de la Inquisición, Ambrosio no sentía aún la dicha de la libertad. El condenatorio contrato agobiaba pesadamente su espíritu; y las escenas en las que había sido él el principal actor habían impreso en su alma tales huellas que en su corazón no reinaba sino la anarquía y la confusión. Los objetos que ahora tenía ante sus ojos, y que la luna que ahora navegaba entre nubes permitía contemplar, no eran para inspirarle esa serenidad que tanto necesitaba. El trastorno de su imaginación aumentó ante la desolación del escenario que le rodeaba: tenebrosas cavernas, empinados peñascos que se alzaban unos encima de otros y desgarraban las nubes pasajeras; arboledas solitarias y aisladas, entre cuyas ramas retorcidas gemía ronco y lastimero el viento de la noche; el chillido estridente de las águilas de la montaña que hacían sus nidos en estos desiertos solitarios; el rugido ensordecedor de los torrentes, hinchados por las lluvias recientes, que se precipitaban impetuosas por los tremendos precipicios; y las negras aguas de un río silencioso que reflejaba débilmente el resplandor de la luna y bañaba el pie del peñasco sobre el que se encontraba Ambrosio. El abad paseó en torno suyo una mirada de terror. Su guía infernal estaba aún a su lado, y le contemplaba con una expresión que era mezcla de malicia, exultación y desprecio. —¿Adónde me has traído? —dijo el monje al fin, con voz profunda y temblorosa—. ¿Por qué me has puesto en este escenario melancólico? ¡Sácame de aquí rápidamente! ¡Llévame con Matilde! El Diablo no contestó, sino que siguió mirándole en silencio. Ambrosio no pudo sostener su mirada. Apartó los ojos, al tiempo que decía el Demonio: —¡Así que tengo en mi poder a este modelo de piedad! ¡A este ser irreprochable! ¡A este mortal que colocaba sus mezquinas virtudes a la altura de los ángeles! ¡Es mío! ¡Irrevocable, eternamente mío! ¡Es compañero de mis sufrimientos! ¡Moradores del Infierno, cuánto agradeceréis mi regalo! Calló. Luego se dirigió al monje: —¿Llevarte con Matilde? —prosiguió, repitiendo las palabras de Ambrosio—. ¡Desdichado! ¡Pronto estarás con ella! Te mereces un lugar junto a ella, pues el infierno puede jactarse de albergar malvados más culpables que tú. ¡Escucha, Ambrosio; te voy a revelar tus crímenes! Has derramado la sangre de dos inocentes: ¡Antonia y Elvira han perecido a manos tuyas! ¡Antonia, a la que has violado, era tu hermana! ¡Elvira, a la que has asesinado, te dio el ser! ¡Tiembla, hipócrita depravado! ¡Parricida inhumano! ¡Violador incestuoso! ¡Tiembla ante la magnitud de tus delitos! ¡Y eras tú quien se consideraba exento de toda tentación, libre de las humanas debilidades, y lejos del error y del vicio! ¿Es acaso el orgullo una virtud? ¿No es la crueldad un pecado? ¡Sabe, hombre vanidoso, que hacía tiempo que te tenía señalado como mi presa: vigilé los movimientos de tu corazón! ¡Vi que eras virtuoso por vanidad, no por principios, y aproveché el momento oportuno de seducción! Observé tu ciega idolatría del retrato de la Virgen. Ordené a un espíritu subordinado y hábil que adoptase una forma similar, y ansiosamente te rendiste a los halagos de Matilde. Tu orgullo se sintió satisfecho ante su adulación; tu lujuria sólo necesitó la ocasión para manifestarse: corriste a la trampa ciegamente, y no tuviste escrúpulos en cometer un crimen que censuraste a otros con despiadada severidad. Fui yo quien puso a Matilde en tu camino; yo quien te abrió paso al aposento de Antonia, yo quien hizo que llegara a tu mano la daga que se hundió en el pecho de tu hermana, y yo quien advirtió a Elvira en sueños de tus designios sobre su hija, para así, evitando que te beneficiaras de su sueño, obligarte a añadir el rapto y el incesto a la lista de tus crímenes. ¡Escucha, Ambrosio, escucha! De haber resistido un minuto más, habrías salvado tu cuerpo y tu alma. Los guardias a los que oíste en la puerta de tu prisión iban a traerte el perdón. Pero he triunfado: mis planes han dado resultado. Tan pronto como te proponía un nuevo crimen, lo ejecutabas. Eres mío, y el mismo Cielo no podrá rescatarte de mi poder. No esperes que tu penitencia anule nuestro contrato. Aquí está tu compromiso firmado con tu sangre. Has renunciado a la misericordia, y nada puede restituirte los derechos a los que insensatamente has renunciado. ¿Crees que se me escapan tus más recónditos pensamientos? ¡No, no, los puedo leer todos! Tú confiabas en que aún tendrías tiempo de arrepentirte. Vi tu artificio, supe tu falsedad, ¡y me alegré de engañar al impostor! Eres mío sin remisión: ardo en deseos de poseer mis derechos, y no saldrás vivo de estas montañas. Durante el discurso del Demonio, Ambrosio había permanecido estupefacto de terror y sorpresa. Esta última declaración le hizo volver en sí. —¿No saldré vivo de estas montañas? —exclamó—. ¡Pérfido!, ¿qué quieres decir? ¿Has olvidado nuestro contrato? El Diablo contestó con una malévola carcajada: —¿Nuestro contrato? ¿No he cumplido mi parte? ¿Qué otra cosa prometí, aparte de sacarte de la prisión? ¿Y no lo he hecho? ¿No estás a salvo de la Inquisición... a salvo de todos menos de mí? ¡Qué insensato fuiste al fiarte del Diablo! ¿Por qué no estipulaste que querías la vida, y el poder, y el placer? Yo te lo habría concedido. Ahora, tus reflexiones llegan demasiado tarde. Miserable, prepárate para morir; ¡no te quedan muchas horas de vida! Al oír esta sentencia, ¡qué espantosos fueron los sentimientos del pobre desdichado! Cayó de rodillas y alzó las manos hacia el cielo. El Diablo leyó su intención, y se la impidió. —¡Cómo! —gritó, lanzándole una mirada furiosa—. ¿Te atreves todavía a implorar la eterna misericordia? ¿Pretendes fingir otra vez penitencia y representar un papel hipócrita? ¡Villano, renuncia a tus esperanzas de perdón! ¡Así me aseguro mi presa! Diciendo esto, clavó sus garras en la afeitada coronilla del monje, y alzó el vuelo con él. Las cavernas y las montañas resonaban con los gritos de Ambrosio. El Demonio siguió elevándose hasta que alcanzó una altura enorme; entonces, soltó a su víctima. El monje cayó de cabeza en el aéreo vacío. Le recibió el afilado pico de una roca, y siguió rodando de precipicio en precipicio hasta que, magullado y desfigurado, fue a parar a la orilla de un río. Aún había vida en su cuerpo miserable. Trató en vano de levantarse; sus miembros rotos y dislocados se negaron a responder, y no fue capaz de alejarse del lugar donde había caído. El sol se alzaba ahora por encima del horizonte. Sus rayos abrasadores dieron de lleno en la cabeza del agonizante pecador. Miles de insectos salieron atraídos por el calor, y bebieron la sangre que goteaba de sus heridas. Ambrosio no tuvo fuerza para ahuyentarlos; los vio agarrarse a sus llagas, clavar sus aguijones en su carne, cubrir en enjambre la superficie de su cuerpo e infligirle las torturas más intensas e insoportables. Las águilas de las rocas le arrancaron jirones de carne y le sacaron los ojos con sus picos retorcidos. Una sed insoportable le abrasaba. Oía el murmullo del río junto a él pero en vano luchaba por arrastrarse hacia la orilla. Ciego, mutilado, desamparado y desesperado, desahogando su rabia con blasfemias y maldiciones, execrando su existencia, aunque aterrado ante la llegada de la muerte que le sumiría en suplicios aún mayores, el villano estuvo agonizando seis días. Al séptimo, se desencadenó una violenta tormenta. Los vientos desgarraron furiosos las rocas y los bosques. El cielo estaba unas veces negro de nubarrones, y otras era rasgado por el fuego. La lluvia caía torrencialmente. El río se desbordó. Las aguas barrieron las riberas, por encima del lugar donde yacía Ambrosio; y cuando se retiraron, arrastraron con ellas hacia el río el cadáver del monje desesperado.
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