Al oeste de Irlanda existe una pequeña aldehuela llamada Kraighten. Está
situada, solitaria, al pie de una colina. En torno a ella se extiende una inmensa
zona desértica, totalmente inhóspita, donde, aquí y allá, a trechos muy dispersos,
pueden descubrirse las ruinas de alguna cabaña largo tiempo abandonada, sin
techumbre, vacía. Toda la región está desnuda y despoblada; y la misma tierra
apenas cubre la roca que yace debajo, que es abundante, y emerge del suelo en
crestas que adoptan la forma del oleaje.
Sin embargo, a pesar de su desolación, mi amigo Tonnison y yo decidimos
pasar allí nuestras vacaciones. Había sido él quien había visto este lugar
casualmente, el año anterior, en el curso de un largo viaje a pie, y había
descubierto las posibilidades, para el pescador, de un riachuelo sin nombre que
atraviesa las afueras de la aldea.
He dicho que el río carece de nombre; puedo añadir que ninguno de los
mapas que he consultado hasta ahora traen el pueblo ni el pequeño río. Parecen
haber escapado enteramente a toda observación: en efecto, podían no haber
existido nunca, a juzgar por lo que las guías corrientes nos dicen. Posiblemente,
esto pueda explicarse por el hecho de que la estación de ferrocarril más próxima
(Ardrahan) está a unas cuarenta millas de distancia.
Fue a primera hora de una cálida noche cuando mi amigo y yo llegamos a
Kraighten. Habíamos desembarcado en la estación de Ardrahan la noche anterior, y habíamos dormido en unas habitaciones que alquilamos en la oficina
de correos del pueblo, y salimos a la mañana siguiente, mal encaramados a uno
de esos típicos coches para excursiones.
Tardamos una jornada entera en efectuar este viaje, por uno de los caminos
más escabrosos que se pueda imaginar, con el resultado de que estábamos
completamente agotados y de mal humor. Sin embargo, teníamos que plantar la
tienda y ordenar nuestras cosas, antes de poder pensar en comer o en descansar.
Así que nos pusimos a trabajar, ayudados por nuestro cochero, y no tardamos en
tener montada la tienda en un pequeño trozo de terreno de las afueras del
pueblecito, muy cerca del río.
Luego, una vez guardadas todas nuestras pertenencias, despedimos al
cochero, ya que debía emprender el regreso lo antes posible, diciéndole que
volviese a recogernos a las dos semanas. Llevábamos suficientes provisiones
para todo ese tiempo, y el agua la podíamos coger del río. No necesitábamos
combustible, ya que incluimos una pequeña estufa de aceite en nuestro equipo, y
el tiempo era cálido y agradable.
Fue idea de Tonnison acampar, en vez de buscar alojamiento en una de las
casas. Como él dijo, no tenía gracia dormir en una habitación, con una numerosa
familia de robustos irlandeses en un rincón y la cochiquera en otro, mientras una
andrajosa colonia de gallinas y pollos distribuía arriba sus bendiciones
indiscriminadamente, en un ambiente tan lleno de humo de carbón, que te haría
estornudar en cuanto metieras la cabeza por la puerta.
Tonnison había encendido ahora la estufa, y estaba ocupado en cortar
lonchas de tocino y echarlas en la sartén; así que cogí la olla y bajé al río por
agua. En el camino, tuve que pasar cerca de un grupo de lugareños que miraban
con curiosidad, pero no de manera hostil, aunque ninguno me dirigió la palabra.
Al volver con mi olla llena, pasé junto a ellos, y tras dirigirles un saludo con
un gesto de cabeza, al que contestaron de la misma manera, les pregunté al azar
sobre la pesca; pero en vez de contestar, movieron negativamente la cabeza, en
silencio, y se quedaron mirando. Repetí la pregunta, dirigiéndome más
particularmente a un individuo alto y flaco que tenía junto a mí codo, pero
tampoco obtuve respuesta. Entonces el hombre se volvió a un camarada, y le
dijo algo rápidamente, en una lengua que yo no entendí; inmediatamente, toda la
pequeña multitud empezó a parlotear en lo que, al cabo de unos momentos,
adiviné que era irlandés puro, sin parar de mirar hacia mí. Durante un minuto,
quizá, hablaron entre sí de este modo que digo; luego el hombre al que me había dirigido se volvió hacia mí, y me dijo algo. Por la expresión de su rostro, supuse
que me preguntaba algo a su vez; pero ahora me tocó a mí negar con la cabeza, e
indicarle que no comprendía qué era lo que quería saber; y así, nos estuvimos
mirando el uno al otro, hasta que oí a Tonnison gritarme que me diese prisa con
la olla. Entonces, con una sonrisa y un gesto de cabeza, le dejé, y la pequeña
multitud sonrió y correspondió con otro gesto de asentimiento, aunque sus caras
aún manifestaban perplejidad.
Era evidente, reflexionaba yo mientras me dirigía a la tienda, que los
habitantes de estas cabañas del páramo no sabían una palabra de inglés; y
cuando se lo dije a Tonnison, éste comentó que ya lo sabía; y más aún, que no
era en absoluto un caso raro en esta parte del país, donde la gente vivía y moría a
menudo en sus aisladas aldeas sin llegar a entrar jamás en contacto con el mundo
exterior.
—Me habría gustado tener al cochero con nosotros, para que hubiese hecho
de intérprete, antes de marcharse —observé, mientras nos sentábamos a comer
—. Les resultará muy extraño a las gentes de este lugar no saber siquiera a qué
hemos venido.
Tonnison gruñó un asentimiento, y a continuación se quedó callado durante
un rato. Más tarde, una vez saciado algo nuestro apetito, empezamos a hablar,
haciendo planes para la mañana siguiente; luego, tras fumar un rato, cerramos las
solapas de la tienda, y nos dispusimos a dormir.
—¿Crees que hay posibilidad de que estos individuos cojan nada? —
pregunté, mientras nos envolvíamos en nuestras mantas.
Tonnison dijo que no lo creía, al menos mientras estuviésemos nosotros
cerca; y mientras seguía con sus explicaciones, pudimos cerrarlo todo, salvo la
propia tienda, en el gran cofre que habíamos traído para guardar las provisiones.
Coincidí con él, y no tardamos en dormirnos los dos.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano y fuimos a bañarnos al río;
después de lo cual nos vestimos y desayunamos. Luego sacamos nuestros avíos
de pesca y los repasamos; ordenamos un poco los enseres del desayuno, lo
guardamos todo en la tienda, y nos encaminamos hacia el lugar que mi amigo
había explorado en su visita anterior.
Durante el día tuvimos suerte en la pesca; nos dedicamos a remontar
constantemente la corriente, y hacia el atardecer teníamos una de las más
preciosas cestas de pescado que yo había visto en mucho tiempo. De regreso al pueblo, preparamos una buena comida con los trofeos del día; después de lo
cual, y tras seleccionar unos cuantos de los más bellos pescados para nuestro
desayuno, regalamos el resto al grupo de aldeanos que se había congregado a
respetuosa distancia para ver lo que hacíamos. Se mostraron indeciblemente
agradecidos, y derramaron infinidad de bendiciones irlandesas, según me pareció
a mí, sobre nuestras cabezas.
Así pasamos varios días, disfrutando de un espléndido deporte y de un
enorme apetito que hacía justicia a nuestras capturas. Tuvimos la satisfacción de
ver que los lugareños se mostraban muy serviciales, y que no se habían atrevido
a tocar nuestras cosas mientras estuvimos ausentes.
Llegamos a Kraghten un martes, y sería el domingo siguiente cuando
hicimos un gran descubrimiento. Hasta entonces habíamos ido siempre río
arriba; ese día, sin embargo, dejamos a un lado nuestras cañas; cogimos algunas
provisiones, y emprendimos una larga excursión en dirección contraria. El día
era cálido, y caminamos sin prisa, deteniéndonos hacia mediodía para almorzar
sobre una gran roca plana próxima a la orilla del río. Después, permanecimos
sentados y fumamos un rato, reanudando nuestra marcha sólo cuando nos
cansamos de estar sentados.
Durante quizá otra hora, seguimos andando, charlando tranquila y
agradablemente sobre temas diversos, y en varias ocasiones nos detuvimos para
que mi compañero —que es un poco artista— tomase ligeros apuntes de algún
aspecto sorprendente del agreste paisaje.
Y entonces, sin previo aviso, el río que seguíamos tan confiadamente,
terminó de súbito, desapareciendo bajo tierra.
—¡Dios mío! —dije—, ¿quién lo iba a suponer?
Y me quedé mudo de asombro; luego me volví a Tonnison. Estaba mirando,
con una expresión vacía en su rostro, el lugar donde el río desaparecía.
Un instante después, dijo:
—Sigamos un poco; puede que reaparezca otra vez…, de cualquier modo,
vale la pena comprobarlo.
Asentí, y reanudamos la marcha, una vez más, aunque un poco a la ventura;
pues no sabíamos en qué dirección continuar nuestra búsqueda. Proseguimos
durante una milla tal vez; luego Tonnison, que había estado mirando los
alrededores con curiosidad, se detuvo y se protegió los ojos haciéndose sombra.
—¡Mira! —dijo, al cabo de un momento—, ¿no hay una bruma o lo que sea,
allá a la derecha, a la altura de aquella enorme roca? —y señaló con la mano.
Miré, y un minuto después me pareció ver algo, aunque no estaba seguro, y
se lo dije.
—De todos modos —dijo mi amigo— iremos hasta allí y echaremos un
vistazo —y emprendió la marcha en la dirección que había indicado, conmigo
detrás. Poco después nos adentramos en una zona de arbustos, y coronamos la
escarpada margen, desde la que descubrimos un paraje agreste lleno de árboles y
vegetación—. Parece como si hubiésemos dado con un oasis en este desierto de
piedra —murmuró Tonnison, mientras contemplaba el panorama
interesadamente. Luego se quedó callado, con los ojos fijos; y yo miré también;
pues de algún punto del centro de la boscosa depresión se elevaba en el aire
quieto una gran columna de bruma o agua pulverizada, sobre la que incidía el
sol, componiendo innumerables arcoíris.
—¡Qué maravilloso! —exclamé.
—Sí —convino Tonnison, pensativo—. Debe de haber una catarata o algo
parecido allí. Quizá sea nuestro río que sale a la luz otra vez. Vamos a ver.
Nos abrimos paso pendiente abajo, y nos internamos entre los árboles y
matorrales. Los arbustos formaban una maraña espesa, y los árboles se cerraban
por encima de nosotros, de forma que el lugar resultaba desagradablemente
sombrío. Pero no estaba lo bastante oscuro como para ocultarme el hecho de que
muchos de los árboles eran frutales, y que, aquí y allá, podían distinguirse
vagamente vestigios de un cultivo desaparecido hacía mucho tiempo. De tal
modo que se me ocurrió que nos estábamos abriendo paso en la lujuriante
maraña de un inmenso y antiguo jardín. Se lo dije a Tonnison, y coincidió en
que, efectivamente, todo indicaba que era así.
¡Qué lugar tan tétrico y oscuro! De alguna manera, mientras avanzábamos,
se fue apoderando de mí una sensación extraña, ante la silenciosa soledad y
abandono del viejo jardín, y tuve un escalofrío. Uno podía imaginarse extraños
seres acechando entre los espesos arbustos; mientras, en la misma atmósfera del
lugar, parecía percibirse algo pavoroso. Creo que Tonnison era consciente de
esto, también, aunque no decía nada.
De repente, nos detuvimos. A través de los árboles, había llegado a nuestros
oídos un rumor distante. Tonnison se inclinó hacia adelante, y prestó atención.
Ahora lo pude oír más claramente; era continuo y áspero…, una especie de
rugido ronco, que parecía provenir de muy lejos. Experimenté una vaga,
indescriptible sensación de nerviosismo. ¿En qué clase de lugar nos habíamos
metido? Miré a mi compañero para ver qué pensaba, pero su cara sólo reflejaba perplejidad; y entonces, mientras leía en su semblante, afloró a él una expresión
de comprensión, y asintió con la cabeza.
—Es una catarata —exclamó con convicción—. Ahora reconozco el ruido —
y empezó a abrirse paso vigorosamente entre los matorrales, en dirección al
rumor.
A medida que avanzábamos, el ruido se fue haciendo más claro, lo que
indicaba que caminábamos directamente hacia él. Invariablemente, el rugido
creció y creció, más cerca cada vez, hasta que, como comentó Tonnison, casi
pareció brotar de debajo mismo de nuestros pies…, aunque seguíamos rodeados
de árboles y de matorrales.
—¡Cuidado! —me gritó Tonnison—. ¡Mira dónde pisas!
De pronto, salimos de entre los árboles a un gran espacio despejado, donde, a
menos de seis pasos de nosotros, se abría la boca de un tremendo precipicio,
desde cuyas profundidades parecía emerger el ruido, junto con la continua nube
de agua pulverizada que habíamos divisado desde lo alto del lejano ribazo.
Durante un minuto entero permanecimos en silencio, contemplando
embobados el espectáculo; luego mi amigo avanzó cautelosamente hasta el
borde del abismo. Le seguí, y nos asomamos juntos, en medio de la nube
hirviente, a una catarata monstruosa de agua espumeante que saltaba desde el
costado del precipicio, a una treintena de metros por debajo de nosotros, para
reventar en el fondo.
—¡Dios mío! —exclamó Tonnison.
Yo guardé silencio, impresionado. El espectáculo era inesperadamente
grandioso y sobrecogedor; aunque esta última cualidad se me hizo más patente
más adelante.
Luego alcé los ojos hacia el otro lado del precipicio. Allá, por encima de la
nebulosa, se erguía una oscura silueta: parecían restos de unas ruinas enormes.
Toqué a Tonnison en el hombro. Este miró sobresaltado en torno suyo, y yo le
señalé la silueta. Su mirada siguió mi dedo, y sus ojos se iluminaron con un
súbito destello de excitación, cuando tropezaron con ella.
—¡Vamos! —gritó por encima del tumulto—. Le echaremos un vistazo. Hay
algo raro en este lugar; lo siento hasta en los huesos —y nos pusimos en marcha,
rodeando el borde de aquella especie de cráter. A medida que nos acercábamos a
este nuevo lugar, fui comprobando que no me había equivocado en mi primera
impresión: era indudablemente parte de las ruinas de un edificio; sin embargo,
ahora veía que no estaba construido en el borde del abismo, como había supuesto al principio, sino que estaba encaramado casi en el último extremo de un
gigantesco espolón rocoso que sobresalía unos quince o veinte metros por
encima del abismo. De hecho, la mellada mole de ruinas se encontraba
suspendida en el aire.
Al llegar al otro lado, nos dirigimos hacia el saliente del espolón, y debo
confesar que experimenté una insoportable sensación de terror al asomarme
desde aquella vertiginosa cornisa a las oscuras profundidades de abajo…, de las
que se elevaban el tronar de la catarata y el sudario de agua pulverulenta. Al
llegar a las ruinas, trepamos cautelosamente a su alrededor, y en el extremo más
alejado nos tropezamos con un montón de piedras y bloques desprendidos. Tras
examinar minuciosamente estos restos, comprendí que eran parte del muro
exterior de alguna construcción prodigiosa: era un muro enormemente grueso, y
sólidamente edificado. Sin embargo, ni se me ocurría qué función pudo
desempeñar en semejante sitio. ¿Dónde estaba el resto de la casa, o castillo, o lo
que hubiese sido?
Regresé a la parte exterior del muro, y de aquí al borde del precipicio,
dejando a Tonnison hurgando sistemáticamente entre el montón de piedras y
escombros del otro lado. Empecé a examinar la superficie del terreno, cerca del
borde del abismo, para averiguar si quedaban más restos del edificio al que
evidentemente pertenecían éstos. Pero aunque lo hice con el mayor cuidado, no
pude descubrir vestigio alguno que indicase que se había alzado un edificio en
este lugar, de modo que me sentí más confundido que nunca.
Entonces oí el grito de Tonnison; me llamaba, excitado, y eché a correr sin
dilación por el promontorio rocoso de las ruinas. Primero pensé que se había
hecho daño; luego se me ocurrió que quizá había descubierto algo.
Llegué a la pared desmoronada, y di la vuelta a su alrededor. Encontré a
Tonnison de pie, dentro de una pequeña excavación que había hecho entre los
escombros: le estaba quitando el barro a algo que parecía un libro, muy arrugado
y deteriorado, y abría la boca intermitentemente para rugir mi nombre. Tan
pronto como vio que ya había llegado, me tendió el botín, diciéndome que lo
guardase en mi mochila, mientras él continuaba sus excavaciones. Lo hice así,
aunque no sin deslizar antes mis dedos entre sus páginas, y notar que estaban
repletas de una escritura cuidadosa, anticuada, completamente legible, salvo en
una parte que tenía las páginas casi del todo estropeadas; estaban embarradas y
arrugadas, como si hubiese quedado doblado por esa parte. Según me dijo
Tonnison, así era como lo había encontrado, en realidad, y el deterioro se debía, sin duda, al derrumbamiento de la albañilería sobre dicha parte abierta.
Curiosamente, sin embargo, el libro estaba bastante seco, lo que imagino se
debía a haber estado muy bien enterrado entre las ruinas.
Después de poner a salvo el libro, bajé y eché una mano a Tonnison en su
autoimpuesta tarea de excavar; sin embargo, a pesar de que estuvimos trabajando
denodadamente más de una hora revolviendo el rimero de piedras y cascotes
amontonados, sólo dimos con unos trozos de madera, que podían haber sido
parte de un escritorio o mesa; así que dejamos de buscar, y retrocedimos por la
roca hasta la seguridad del terreno firme.
Seguidamente, dimos un rodeo completo al tremendo abismo que, según
pudimos observar, tenía la forma de un círculo casi perfecto, salvo en el lugar
donde sobresalía el espolón rocoso coronado por las ruinas, el cual rompía la
simetría.
El abismo, como comentó Tonnison, no parecía otra cosa que una gigantesca
sima o pozo que penetraba profundamente en las entrañas de la tierra.
Durante algún tiempo más, seguimos mirando a nuestro alrededor;
descubrimos un espacio despejado al norte del precipicio, y dirigimos nuestros
pasos en esa dirección.
Allí, a unos centenares de metros de la boca del imponente pozo,
encontramos un gran lago de aguas silenciosas…, es decir, silenciosas salvo en
un lugar, donde había un constante burbujeo y gorgoteo.
Ahora, lejos del ruido de la ensordecedora catarata, pudimos oírnos el uno al
otro sin tener que gritar a voz en cuello; y le pregunté qué pensaba del lugar; por
mi parte, le dije que no me gustaba, y que cuanto antes nos marcháramos, mejor.
Él asintió, y miró furtivamente hacia el bosque que habíamos dejado atrás.
Le pregunté si había visto u oído algo. No contestó; pero se quedó callado, como
escuchando, y yo guardé silencio también.
De repente, habló.
—¡Mira! —dijo vivamente. Le miré a él, y luego me volví hacia los árboles
y arbustos, conteniendo el aliento involuntariamente. Transcurrió un minuto de
tenso silencio; sin embargo, no pude oír nada, y me volví a Tonnison para
decírselo; y entonces, cuando ya había abierto la boca para hablar, se oyó un
extraño lamento en el bosque, a nuestra izquierda… Pareció propagarse entre los
árboles, hubo luego un susurrar de hojas, y, luego silencio.
Tonnison se echó a hablar acto seguido. Me puso la mano en el hombro.
—Vayámonos —dijo; y caminó lentamente en la dirección en la que la espesura de los árboles y matorrales parecía menos densa. Mientras le seguía,
observé de repente que el sol estaba cerca del horizonte, y que había en la
atmósfera no sé qué cosa glacial y acre.
Tonnison no dijo nada más, sino que siguió andando sin aminorar la marcha.
Ahora avanzábamos entre los árboles, y yo miraba a mi alrededor, nervioso; pero
no se veía nada, salvo ramas inmóviles, y troncos y arbustos enmarañados.
Seguimos caminando; ningún ruido quebraba el silencio, a no ser el ocasional
chasquido de alguna ramita bajo nuestros pies, a nuestro paso. Sin embargo, a
pesar de la quietud, iba yo con la horrible sensación de que no estábamos solos;
y me pegué tanto a Tonnison, que le pisé dos veces los talones. En dos minutos,
llegamos a los confines del bosque, saliendo finalmente a la desnudez roqueña
del campo. Sólo entonces fui capaz de desechar el miedo opresivo que me había
dominado en el interior de aquella floresta.
Y mientras nos alejábamos, me pareció oír otra vez un lamento lejano, y me
dije a mí mismo que era sin duda el viento…, aunque esa tarde no había soplado
la más leve brisa.
Ahora Tonnison empezó a hablar.
—Mira —dijo con decisión—, no pasaría yo una noche en ese lugar ni por
todo el oro del mundo. Reina algo impío…, diabólico. Lo he sentido de pronto,
justo después de hablar tú. Me ha parecido que el bosque estaba lleno de seres
perversos. ¿A ti también?
—Sí —contesté, y miré hacia atrás; pero ahora el bosque estaba oculto por
una elevación del terreno—. Tenemos el libro —dije, y puse una mano sobre la
mochila.
—¿Lo has guardado bien? —preguntó, con un súbito acceso de ansiedad.
—Sí —respondí.
—Tal vez —prosiguió mi amigo— nos enteremos de algo por él, cuando
volvamos a la tienda. Será mejor que nos demos prisa; nos queda aún un largo
camino, y no quisiera que nos cogiese aquí la noche.
Dos horas más tarde llegábamos a la tienda; y acto seguido nos pusimos a
preparar la cena, pues no habíamos tomado nada desde nuestro almuerzo.
Terminada la cena, recogimos las cosas y encendimos nuestras pipas.
Entonces Tonnison me pidió que sacase el manuscrito de la mochila. Así lo hice;
y como no lo podíamos leer los dos al mismo tiempo, sugirió que lo leyese yo en
voz alta.
—Y procura —me previno, conociendo mis tendencias— no saltarte la mitad del libro.
Aunque de haber tenido él idea de su contenido, se habría dado cuenta de lo
innecesaria que era tal advertencia, por esta vez al menos. Y allí, sentados en la
abertura de nuestra pequeña tienda, empecé el extraño relato de La Casa en el
confín de la Tierra (pues tal era el título del manuscrito), que ahora se narra en
las páginas siguientes.