Capitulo 36

4720 Palabras
«Soy un anciano. Aquí vivo, en esta antigua casa, rodeada de jardines enormes y descuidados. »Los campesinos que habitan en el páramo dicen que estoy loco. Lo dicen porque no mantengo relaciones con ellos. Vivo aquí solo con mi vieja hermana, que es también mi ama de llaves. No tengo criados…, los odio. Tengo un amigo, un perro; sí, prefiero mil veces al viejo Pepper que al resto de la creación junta. Él, al menos, me comprende, y tiene la discreción de dejarme en paz cuando estoy de mal humor. »He decidido empezar una especie de diario; esto me permitirá dar expresión a algunos pensamientos y sentimientos que no puedo manifestar a nadie; aparte de esto, estoy impaciente por anotar todas las cosas extrañas que he visto y oído a lo largo de los muchos años de soledad que he pasado en este misterioso edificio. »Durante un par de siglos, esta casa ha tenido mala fama; y hasta que la compré, hacía más de ochenta años que nadie había vivido en ella; así que conseguí esta finca por un precio ridículamente pequeño. »No soy supersticioso, pero he dejado de negar que suceden cosas en este caserón; cosas que no puedo explicar; por eso, siento la necesidad de desahogar mi espíritu escribiendo una relación de todas ellas, lo mejor que sepa; aunque sé que si alguna vez alguien lee esto, mi diario, después de mi muerte, hará un gesto de desdén, y quedará aún más convencido de que yo estaba loco. »¡Qué antigua es esta casa!; aunque me sorprende menos su vetustez, quizá, que la rareza de su construcción, que es fantástica y extraña en grado extremo. En ella predominan pequeñas torres curvas y pináculos, cuyas siluetas sugieren llamas inquietas, mientras que el cuerpo del edificio tiene la forma de círculo. »He oído decir que existe una vieja historia, entre las gentes de la región, sobre que fue el diablo quien construyó esta mansión. Pero que digan lo que quieran. Ni sé si es cierto ni me importa; aunque puede que eso contribuyera a abaratarla, antes de venir yo. »He estado viviendo aquí unos diez años, antes de ver alguna cosa que me confirmase suficientemente las historias que circulaban en la vecindad sobre esta casa. Es cierto que, en lo menos una docena de ocasiones, había visto vagamente cosas que me desconcertaron; aunque quizá, más que verlas, llegué a sentirlas. Luego, con el paso de los años que me fueron envejeciendo, llegué a percibir algo invisible, aunque inequívocamente presente, en las habitaciones vacías y los corredores. Sin embargo, como digo, pasaron muchos años, antes de tener una manifestación real de lo —como suelen llamarlo— sobrenatural. »No era la Noche de Difuntos. Si tuviese intención de contar un cuento para divertirme, probablemente lo situaría en esa noche excepcional; pero esto es una crónica verdadera de mis propias experiencias, y no pondría la pluma sobre el papel para divertir a nadie. No, fue pasada la medianoche en la madrugada del 21 de enero. Yo estaba sentado, leyendo en mi estudio, como suelo tener por costumbre. Pepper dormía tendido, cerca de mi butaca. »Inesperadamente, las llamas de las dos velas disminuyeron, y luego adquirieron un resplandor verdoso, espectral. Alcé la vista rápidamente y en ese momento las vi menguar aún más y adquirir una coloración rojiza mortecina; de forma que la habitación quedó inundada de un extraño, pesado parpadeo carmesí que daba a las sombras, detrás de las sillas y las mesas, una negrura aún más profunda; y cada vez que las llamas se estremecían era como si un flujo de sangre luminosa salpicase la habitación. »En el suelo, oí un débil gemido asustado y algo se acurrucó entre mis pies. Era Pepper, que buscaba refugio bajo mi bata. ¡Pepper, que normalmente era bravo como un león! »Fue este movimiento del perro, creo, lo que me hizo sentir la primera punzada de miedo real. Me asusté bastante cuando la luz de las velas se volvió verde, y luego roja. Pero sólo fugazmente, al pensar que el cambio se debía a la presencia de algún gas nocivo en la habitación. Luego, sin embargo, vi que no era eso; pues las velas ardían con una llama viva y firme, y no daban muestras de ir a apagarse, como habría sido el caso de haber emanaciones en la atmósfera. »No me moví. Me sentía seriamente asustado; pero no fui capaz de pensar otra cosa que esperar. Durante un minuto, quizá, mis ojos recorrieron la habitación nerviosamente. Luego observé que las llamas habían empezado a debilitarse muy lentamente; hasta que, al poco tiempo, se convirtieron en dos diminutas brasas de fuego rojo, como dos destellos de rubíes en la oscuridad. Sin embargo, seguí sentado, mientras una especie de soñolienta indiferencia parecía apoderarse de mis sentidos, disipando el miedo que había empezado a atenazarme. »Allá, en el rincón más alejado de esta enorme habitación, me pareció notar una débil lucecilla. Fue aumentando progresivamente, hasta llenar la estancia con los centelleos de una luz verde y temblorosa; luego disminuyó rápidamente, y cambió —lo mismo que las llamas de las velas— a un rojo oscuro, sombrío, que se volvió más vivo e iluminó la habitación con una oleada de espantoso resplandor. »La luz provenía del muro del fondo, y se hizo cada vez más brillante, hasta que su intolerable luminosidad me hizo daño en los ojos y los cerré involuntariamente. Transcurrieron unos segundos, antes de poder abrirlos otra vez. Lo primero que noté entonces fue que la luz había disminuido sensiblemente, de modo que ya no tuve necesidad de forzar la vista. Luego, mientras seguía apagándose, me di cuenta de que, en vez de contemplar su rojiza coloración, estaba mirando a través de ella, y a través de la misma pared… »Gradualmente, a medida que me acostumbraba a la idea, me iba dando cuenta de que me asomaba a una inmensa llanura, iluminada por la misma sombría luz crepuscular que inundaba la habitación. La inmensidad de esta llanura era inconcebible. No podía divisar en parte alguna sus confines. Parecía dilatarse de tal modo, que la vista no alcanzaba a divisar límite alguno. Lentamente, los detalles más próximos comenzaron a hacerse más distintos; luego, casi instantáneamente, se extinguió la luz, y la visión —sí es que era visión— se debilitó y desapareció. »De súbito, me di cuenta de que ya no estaba sentado en la silla. En vez de eso, me hallaba suspendido en el aire, por encima de ella, y miraba hacia abajo, hacia algo confuso, arrebujado y silente. Un momento después, un soplo de aire frío me arrastró, y me sentí impelido hacia la noche, flotando como una burbuja en medio de la oscuridad. Un intenso frío me envolvió inmediatamente, y me hizo estremecer. »Un rato después, miré a derecha e izquierda, y vi la insoportable negrura de la noche, acribillada de remotos resplandores de fuego. Seguía desplazándome hacia arriba, hacia el exterior. Una de las veces, miré hacia atrás, y vi la tierra como un pequeño creciente azulenco, que se iba perdiendo atrás, a mi izquierda. Más allá, el sol, como una salpicadura de llama blanca, ardía vivamente sobre las tinieblas. »Pasó un tiempo indefinido. Luego, por última vez, vi la tierra: era un glóbulo de resplandeciente azul, nadando en una eternidad de éter. Y yo, frágil mota de polvo inmaterial, flotando silencioso en el vacío, me alejaba de aquel azul lejano en dirección al espacio desconocido. »Me parecía que había transcurrido un largo intervalo. Ahora no veía ya nada en parte alguna. Había rebasado el último confín de las estrellas fijas, y me precipitaba en la inmensa negrura del otro lado. Durante todo este tiempo, había experimentado pocas cosas, aparte de una sensación de ligereza y fría incomodidad. Ahora, en cambio, la atroz oscuridad parecía penetrar en mi alma, y llenarme de miedo y desesperación. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Adónde iría a parar? En el instante mismo en que me vinieron estos pensamientos, empezó a tomar forma, sobre la impalpable tiniebla que me envolvía, un débil matiz de sangre. Parecía extraordinariamente remoto y brumoso; sin embargo, se me alivió la sensación de opresión, y ya no me sentí desesperado. »Lentamente, la distante coloración rojiza se hizo más clara y amplia; hasta que, al acercarme más, se dilató en un enorme, apagado resplandor opaco. Y seguí desplazándome hasta que me aproximé tanto, que pareció extenderse por debajo de mí como un gran océano de rojo oscuro. Poco era lo que podía ver, salvo que parecía ensancharse interminablemente en todas direcciones. »Tiempo después, observé que descendía hacia él; y poco después, me sumergí en un inmenso mar de nubes tenebrosas y rojizas. Lentamente, salí de ellas; y allá, por debajo de mí, divisé la prodigiosa llanura que yo había visto desde mi habitación, en esta casa que se alza al borde de los Silencios. »Aterricé poco después, y me encontré rodeado de un gran desierto de soledad. El lugar estaba iluminado por un resplandor crepuscular que confería una indescriptible sensación de desolación. »Allá lejos en el cielo, a mi derecha, ardía un gigantesco anillo de fuego rojo opaco de cuyo borde exterior se proyectaban inmensas llamaradas contorsionantes, puntiagudas, desgarradas. El interior de este anillo era n***o, negro como la oscuridad de la noche exterior. Comprendí inmediatamente que era de este extraordinario sol de donde esta región recibía su lúgubre luz. »Aparté los ojos de aquella extraña fuente de luz, y miré nuevamente a mi alrededor. Allí donde dirigía la vista, no veía sino la misma invariable monotonía de la interminable llanura. En ninguna parte podía divisar vestigio alguno de vida; ni siquiera las ruinas de alguna antigua morada. »Gradualmente, me di cuenta de que me desplazaba flotando por encima de la lisa inmensidad. Durante lo que me pareció una eternidad, seguí deslizándome en la misma dirección. No sentía gran impaciencia, aunque no dejaba de experimentar cierta curiosidad, y un enorme asombro. A mi alrededor veía siempre la infinita llanura; y no cesaba de buscar algo nuevo que rompiese su monotonía; pero no veía variación de ningún género: sólo soledad, silencio y desierto. »Poco después, de manera semiconsciente, descubrí una bruma tenue, sonrosada, que se extendía sobre su superficie. Ni aun después de mirar atentamente, fui capaz de determinar si era bruma en realidad, pues parecía mezclarse con la llanura, confiriéndole una rara irrealidad, y una sensación de inconsistencia. »Poco a poco, empecé a cansarme de esta monotonía. Sin embargo, transcurrió bastante tiempo antes de que percibiese algún indicio del lugar hacia el que estaba siendo arrastrado. »Al principio, lo vi, muy lejano aún, como una colina alargada en la superficie de la llanura. Luego, a medida que me aproximaba, me di cuenta de que me había equivocado; pues en vez de colina, resultó ser una cadena de grandes montañas, cuyos remotos picos se alzaban en el rojo crepúsculo, hasta perderse casi de vista. »Y así, algún tiempo después, llegué a las montañas. Luego el curso de mi viaje se alteró, y empecé a desplazarme cerca de la falda de la cordillera, hasta que, de repente, llegué a una gigantesca hendidura abierta en las montañas. Me sentí impelido hacia ella, y empecé a recorrerla a no mucha velocidad. A uno y otro lado, se alzaban inmensas, escarpadas paredes verticales de materia rocosa. Allá, en lo alto, distinguí una tenue franja rojiza, donde se abría el precipicio entre picos inaccesibles. El interior era oscuro, profundo, lúgubre, escalofriantemente silencioso. Seguí avanzando durante un tiempo, y luego, finalmente, vi ante mí un resplandor rojo oscuro, el cual me indicó la proximidad de la otra abertura del desfiladero. »Un instante después, llegué a la salida de la hendidura, desembocando en un gigantesco anfiteatro de montañas. Sin embargo, me fijé poco en las montañas y la terrible magnificencia del lugar; pues me sentí confundido de asombro al descubrir, a unas millas de distancia, y ocupando el centro de la arena, un gran edificio construido, al parecer, en jade verde. Sin embargo, en sí, no era el descubrimiento de esta construcción lo que me dejó estupefacto, sino el hecho de que, a medida que lo veía con más claridad, comprobaba que no se diferenciaba en ningún detalle —salvo en el color y en las enormes proporciones— de la solitaria mole de esta casa en que vivo. »Durante un rato, seguí contemplándola fijamente, sin creer apenas lo que tenía delante de los ojos. En mi mente se formuló una pregunta, que ya se repitió de manera incesante: “¿Qué significa? ¿Qué significa?”, aunque sin poder encontrar una respuesta, aun en las profundidades de mi imaginación. Sólo me sentía capaz de asombrarme y de temer. Seguí mirando largo rato, reparando continuamente en nuevos detalles coincidentes que me llamaban la atención. Por último, cansado y dolorosamente confundido, aparté la vista para contemplar el resto del extraño lugar en que me había metido. »Hasta ahora, había estado tan absorto examinando la Casa, que sólo había echado una ojeada muy somera a mi alrededor. Ahora, al hacerlo más detenidamente, empecé a darme cuenta de la naturaleza del lugar al que había llegado; la arena, pues así la he denominado, parecía un círculo perfecto de unas diez o doce millas de diámetro, cuyo centro, como he dicho antes, estaba ocupado por la Casa. Su superficie, al igual que la de la Llanura, tenía un aspecto singular, brumoso, aunque no había bruma de ninguna clase. »Tras una rápida inspección, mis ojos se alzaron rápidamente hacia arriba, recorriendo las laderas de las montañas circundantes. ¡Qué silenciosas estaban! Creo que esta abominable quietud era lo más agobiante de cuanto había visto o imaginado. Ante mí tenía ahora los grandes despeñaderos que se elevaban altísimos. Allá arriba, la impalpable coloración rojiza daba un aspecto borroso a todas las cosas. »Y entonces, mientras miraba, curioso, me asaltó un nuevo terror; allá, entre los confusos picos que tenía a mi derecha, divisé una forma inmensa, negra, gigantesca. Comenzó a aumentar ante mis ojos. Tenía una enorme cabeza como de asno, con unas orejas gigantescas, y parecía mirar fijamente hacia la arena. Había algo en su actitud que parecía delatar una eterna vigilancia: como si defendiese este terrible lugar desde hacía incontables eternidades. Lentamente, el monstruo se me hizo más distinto; luego, súbitamente, mi mirada saltó de él a algo más lejano, arriba entre los riscos. Durante un largo minuto, me quedé aterrado. Me sentía extrañamente consciente de algo no del todo desconocido, de algo que se había agitado en el trasfondo de mi mente. El ser era n***o, y tenía cuatro brazos grotescos. No se veía bien su semblante. En torno a su cuello descubrí varios objetos de color muy claro. Los detalles se fueron haciendo poco a poco más claros, y descubrí con un estremecimiento que eran calaveras. Mucho más abajo, su cuerpo tenía otro cinturón envolvente, menos oscuro sobre su tronco n***o. Y mientras me esforzaba por saber qué era aquello, un recuerdo se deslizó en mi mente, y al punto, comprendí que se trataba de una monstruosa representación de Kali, la diosa de la muerte. »Otros recuerdos de mis viejos tiempos de estudiante afluyeron a mi pensamiento. Mi mirada volvió a la enorme Entidad de cabeza de asno. Instantáneamente, reconocí al antiguo dios egipcio Set, el Destructor de Almas. Con este reconocimiento, me sobrevino una pregunta impensada: “¡Son dos de…!”. Me detuve, y me esforcé en pensar. Estos seres inimaginables escrutaban mi espíritu sobrecogido. Los vi oscuramente. ¡Eran los viejos dioses de la mitología! Traté de comprender hacia qué apuntaba todo. Mi mirada quedó prendida alternadamente entre los dos. ¡Si…! »De pronto se me ocurrió una idea, y me volví; miré rápidamente hacia arriba, hacia los tétricos despeñaderos de mi izquierda. Algo asomaba bajo un gran pico; una silueta grisácea. Me pregunté cómo no la había visto antes, y recordé que aún no me había vuelto a mirar esa parte del escenario. Ahora la veía más claramente. Era, como he dicho, grisácea. Tenía una cabeza tremenda; pero sin ojos: la parte de la cara que correspondía a los ojos, la tenía vacía. »Y había otros seres, allá entre las montañas. Más lejos, reclinada sobre una altísima cornisa, distinguí una masa lívida, grotesca y espantosa. Parecía carecer de forma, a excepción de un rostro inmundo y semibestial que miraba, repugnante, desde su centro más o menos. Luego vi otros… los había a centenares. Parecían surgir de las sombras. A algunos los reconocí casi inmediatamente, como deidades mitológicas; otros me eran extraños, absolutamente extraños, más allá de la capacidad de la concepción humana. »Miré a uno y otro lado, y vi más y más. Las montañas rebosaban de seres extraños: Dioses-bestias, Horrores tan atroces y deformes, que la cordura y la decencia se niegan a todo intento de descripción. Y yo… yo me sentí invadido de un horror, una náusea y una repugnancia insoportables; sin embargo, a pesar de todo, estaba sumamente maravillado. ¿Había entonces, en definitiva, en los antiguos cultos paganos, algo más que una mera deificación de hombres, animales y elementos? El pensamiento me sobrecogió: ¿Lo había? »Más tarde, volví a plantearme otra pregunta. ¿Qué eran todos esos dioses- bestias y esos otros seres? Al principio, me habían parecido monstruos esculpidos tan sólo, colocados al azar entre los picos inaccesibles y los precipicios de las montañas circundantes. Ahora, al examinarlos detenidamente, llegué a una nueva conclusión. Había algo en ellos, una especie de vitalidad indescriptible y latente que sugería a mi dilatada conciencia un estado de vida- en-la-muerte, un algo que no era vida en absoluto, según la entendemos nosotros, sino más bien una forma inhumana de existencia, que bien podía asemejarse al trance inmortal…; un estado en el que era posible imaginar su continuidad, eternamente. “¡Inmortalidad!”, la palabra brotó en mi pensamiento espontáneamente; y al punto, se me ocurrió preguntarme, si no sería ésta la inmortalidad de los dioses. »Y entonces, en medio de mi asombro y reflexión, sucedió algo. Hasta entonces, había permanecido en la sombra, en la desembocadura de la enorme hendidura. Ahora, sin acto de voluntad por mi parte, salí de la semioscuridad y empecé a desplazarme lentamente hacia la arena…, en dirección a la Casa. Dejé entonces de pensar en todas estas formas prodigiosas, diseminadas por encima de mí, para mirar aterrado la tremenda mole hacia la cual era arrastrado de manera inexorable. Sin embargo, aunque la contemplaba fijamente, no lograba descubrir nada que no hubiera visto ya, de modo que me fui tranquilizando poco a poco. »No tardé en recorrer la mitad de la distancia entre la Casa y el desfiladero. Alrededor se extendía la fría soledad del lugar, y el imperturbable silencio. Poco a poco, me fui acercando al gran edificio. Luego, de pronto, algo atrajo mi mirada, algo que asomó de detrás de los enormes contrafuertes de la Casa, y apareció plenamente ante mí. Era un ser gigantesco, y caminaba con un paso de lo más singular, aunque en posición casi vertical, a la manera de un hombre. Estaba completamente desnudo, y tenía un aspecto extrañamente luminoso. Sin embargo, era su rostro lo que más me sorprendía y aterraba. Tenía la cara de un cerdo. »Silenciosamente, intensamente, vigilé a esta horrible criatura, y me olvidé de momento de mi miedo, absorto en sus movimientos. Daba la vuelta, pesadamente, alrededor del edificio, deteniéndose cuando llegaba a cada ventana, para asomarse a ella y sacudir las rejas que la protegían, como las de esta casa; y cada vez que llegaba a una puerta, la empujaba y manoteaba la cerradura furtivamente. Era evidente que buscaba algún acceso para entrar en ella. »Yo me encontraba entonces a menos de quinientos metros del enorme edificio, y seguía siendo arrastrado hacia él. De repente, el Ser se volvió y miró pavorosamente en mi dirección. Abrió la boca y, por primera vez, se rompió el silencio de este abominable lugar con una nota profunda, retumbante, que me hizo estremecer de horror. Inmediatamente, me di cuenta de que venía hacia mí, deprisa, en silencio. Y en un instante, había cubierto casi toda la distancia que nos separaba. Sin embargo, me sentía irremediablemente impelido hacia él. A un centenar de metros, la brutal ferocidad de su rostro gigantesco me paralizó con un sentimiento de absoluto horror. No sé si grité, en el colmo de mi miedo insuperable; y entonces, en el mismísimo instante de mi extrema desesperación, tuve conciencia de que me hallaba mirando hacia abajo, por encima de la plaza, desde una altura que aumentaba vertiginosamente. Me elevé más y más. En un momento inconcebiblemente breve, alcancé una altura de más de cien metros. Debajo de mí, el punto que acababa de abandonar lo ocupaba aquella inmunda criatura. Se había puesto a cuatro patas, y olfateaba y hozaba como un auténtico cerdo la superficie de la plaza. Un momento después, se levantó sobre sus piernas, con una expresión de avidez en su rostro como jamás había visto en este mundo. »Seguí elevándome más y más. Al cabo de unos minutos, había rebasado la altura de las inmensas montañas; flotaba solo, en la lejana coloración rojiza; la arena se veía confusamente, y su imponente edificio no era ahora mayor que una mancha diminuta y verdosa. Ya no se veía la Bestia-cerdo. »Seguidamente, crucé las montañas y me desplacé hacia la inmensidad de la Llanura. A lo lejos, en su superficie, y en dirección del sol anillado, asomó una mancha confusa. La miré indiferente. De alguna manera, me recordaba la primera visión que había tenido del anfiteatro-montaña. »Con una sensación de cansancio, alcé los ojos hacia el inmenso anillo de fuego. ¡Qué extraño era! Y mientras miraba, brotó del oscuro centro una súbita llamarada de vívido fuego. Comparada con el tamaño de su centro oscuro, resultó insignificante; sin embargo, en sí misma, me pareció prodigiosa. Miré atentamente, interesado, y noté su extraña ebullición y resplandor. Luego, un momento más tarde, todo se volvió oscuro e irreal, y desapareció de la vista. Me volví, asombrado, hacia la Llanura, de la que aún me seguía elevando. Así, recibí una nueva sorpresa. La Llanura…, y todo lo demás, había desaparecido, y por debajo de mí sólo se extendía el mar de roja bruma. Gradualmente, mientras miraba, se fue haciendo más remoto también, hasta que desapareció en una confusa, lejana, misteriosa coloración roja sobre una noche impenetrable. Un momento más tarde, se había eclipsado, y me vi envuelto en una oscuridad impalpable y absoluta. »Así me encontraba yo, y sólo el recuerdo de que había vivido en tinieblas una vez, anteriormente, me ayudó a soportar mis pensamientos. Pasó mucho tiempo…, siglos. Y entonces, una simple estrella surgió en medio de la oscuridad. Era la primera de los enjambres exteriores del universo. Poco después la había dejado muy atrás, y a mi alrededor brillaba el esplendor de innumerables estrellas. Más tarde, años quizá, vi el Sol, con algunas manchas remotas de luz: los planetas del sistema solar. Y vi la Tierra otra vez, azul, increíblemente diminuta. Y fue aumentando y haciéndose clara y definida. »Transcurrió un largo intervalo de tiempo, y luego, finalmente, entré en la sombra del mundo…, precipitándome en la confusa y bendita noche terrestre. Arriba, estaban las viejas constelaciones y una luna creciente. Luego, mientras me acercaba a la superficie terrestre, un ofuscamiento se abatió sobre mí, y sentí que me hundía en una bruma negra. »Durante un tiempo, no me enteré de nada. Estuve inconsciente. Poco a poco, empecé a tener conciencia de un lloriqueo débil y distante. Se hizo más claro. Una desesperada sensación de agonía se apoderó de mí. Luché frenéticamente por respirar, y quise gritar. Poco después, lograba respirar más fácilmente. Tuve conciencia de que algo me lamía la mano. Algo húmedo me recorrió la cara. Oí un jadeo, y luego otra vez el gemido. Parecía llegarme a los oídos, ahora, con una sensación de familiaridad; y abrí los ojos. Estaba todo oscuro, pero la sensación de opresión me había abandonado. Estaba sentado, y alguien se quejaba lastimeramente y me lamía. Me sentía extrañamente ofuscado, e instintivamente traté de evitar al ser que me lamía. Tenía la cabeza como vacía, y por un instante me sentí incapaz de ningún gesto o movimiento. Luego tuve conciencia de las cosas, y llamé: “Pepper”, débilmente. Me respondió con un gozoso ladrido, y renovadas y frenéticas caricias. »Al poco tiempo, me sentí con más fuerza, y alargué la mano en busca de fósforos. Tanteé a ciegas unos instantes; luego mi mano tropezó con ellos, encendí una luz, y miré deslumbrado a mi alrededor. Allí estaban los viejos objetos familiares. Me quedé mirándolos, lleno de asombro, hasta que la llama del fósforo me quemó los dedos, y lo dejé caer; una viva exclamación de dolor y enfado escapó de mis labios, sorprendiéndome el sonido de mi propia voz. »Un momento después, encendí otro fósforo, crucé la estancia, y fui a encender las velas. Entonces observé que no se habían consumido, sino que estaban apagadas. »Al aumentar las llamas, me volví y miré todo el estudio; no encontré nada extraordinario; de pronto, sentí un acceso de irritación. ¿Qué había ocurrido? Me cogí la cabeza con ambas manos y traté de recordar. ¡Ah!, la gran Llanura silenciosa, y el sol anillado de rojo fuego. ¿Dónde estaban? ¿Dónde los había visto? ¿Cuánto tiempo hacía? Me sentía torpe y embotado. Paseé una o dos veces por la habitación, indeciso. Mi memoria era un caos. Luego, tras un esfuerzo, recordé el ser que había visto. »Tengo idea de que maldije irritado mi aturdimiento. De repente, sentí un vahído, un mareo, y tuve que agarrarme a la mesa para sostenerme. Me mantuve débilmente durante unos momentos, y luego me las arreglé para llegar tambaleándome hasta la silla. Transcurrido un rato, me sentí mejor, y conseguí llegar al armario donde habitualmente tengo coñac y galletas. Me serví un poco de este licor estimulante, y lo bebí de un trago. Luego cogí un puñado de galletas, regresé a la butaca y empecé a devorarlas frenéticamente. Me sentía vagamente sorprendido de mi hambre. Era como si no hubiese comido nada desde un tiempo incalculablemente largo. »Mientras comía, recorrí la habitación con la mirada fija, abarcando sus diversos detalles y buscando aún, como inconscientemente, algo tangible a que cogerme, entre los invisibles misterios que me rodeaban. “Seguramente —pensé —, debe de haber algo…”. Y en ese mismo instante, mi mirada se detuvo en la esfera del reloj, al otro extremo. Dejé de comer inmediatamente, y me quedé estupefacto. Pues, aunque su tictac indicaba, muy ciertamente, que seguía marchando, sus manecillas señalaban un poco antes de las doce de la noche; pero como yo sabía muy bien, era mucho después, cuando presencié el primero de los extraños incidentes que acabo de describir. »Durante un rato, permanecí confundido y perplejo. Si hubiese marcado la misma hora que cuando había consultado el reloj por última vez, habría concluido que las manecillas se habían detenido, mientras su mecanismo interno seguía marchando normalmente; pero eso de ninguna manera explicaría que las manecillas hubiesen retrocedido. Entonces, mientras mi fatigado cerebro daba vueltas a este enigma, se me ocurrió de pronto que quizá faltaba poco para la madrugada del veintidós, y que yo había estado inconsciente al mundo visible durante la mayor parte de las últimas veinticuatro horas. El pensamiento acaparó mi atención durante un minuto entero; luego empecé a comer otra vez. Aún tenía mucha hambre. »Durante el desayuno, a la mañana siguiente, pregunté a mi hermana la fecha, y comprobé que mi suposición era correcta. Efectivamente, había estado ausente —al menos en espíritu— durante cerca de un día y una noche. »Mi hermana no me hizo ninguna pregunta; no era la primera vez que me pasaba el día entero en mi estudio. A veces me he pasado dos días, cuando me he enfrascado especialmente en mis libros o mi trabajo. »Van transcurriendo los días; y aún estoy lleno de asombro, y me pregunto el significado de todo lo que vi aquella noche memorable. Sin embargo, sé que es muy difícil que mi curiosidad llegue a quedar satisfecha.
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