»Al pronunciar yo estas palabras, mi madre cayó desvanecida a mis pies. Mientras trataba de levantarla, sin saber si era un cadáver lo que tenía en mis brazos, comprendí que jamás me habría perdonado a mí mismo, si por negarme a cumplir su último ruego, se hubiese visto ella reducida a tal situación. »Me vi abrumado de felicitaciones, bendiciones y abrazos. Yo lo recibí todo con manos temblorosas, labios fríos, cerebro vacilante y un corazón que se me había vuelto de piedra. Todo desfilaba ante mí como un sueño. Observaba aquel desfile sin pensar siquiera en quién iba a ser la víctima. Regresé al convento. Pensé que mi destino estaba decidido; me sentía como el que ve ponerse en movimiento una enorme maquinaria (cuyo trabajo consiste en triturarle), y la mira horrorizado, pero co

