Se acercó a mí y dijo: »—Hermano, estás solo. »—Es que quiero estarlo. »—Pero ¿por qué? »—No estoy obligado a declarar mis razones. »—Cierto; pero puedes confiármelas a mí. »—No tengo nada que confiar. »—Comprendo... Por nada del mundo quisiera entrometerme en tu vida; reserva eso para amigos más dignos. »Me pareció bastante raro que, al mismo tiempo que me pedía confianza declarara que comprendía que no tuviese nada que confiarle a él... y, finalmente, me rogara que reservase mis confidencias para los amigos más allegados. Guardé silencio, sin embargo, hasta que dijo: »—Pero, hermano, a ti te devora el aburrimiento. »Seguí callado. »—Ojalá encontrase el medio de disiparlo —dije mirándole con serenidad—; ¿se puede encontrar ese medio entre los muros de un convento? »—Sí, m

