»En estas palabras no pude por menos de reconocer la sencillez de la profunda corrupción,14 esa espantosa parálisis del alma por la que queda incapacitada para recibir o suscitar cualquier impresión, cuando dice al acusador: acércate, protesta, acusa... yo te desafío. Mi conciencia está muerta, y no oye ni pronuncia, ni repite reproche alguno. Yo estaba asombrado. Luché contra mi propia convicción. Dije: »—Pero tu regularidad en los ejercicios religiosos... »—¿No has oído nunca tañer una campana? »—Pero tu voz ha sido siempre la más profunda y la más distinta del coro. »—¿No has oído nunca tocar un órgano? [...]. »Me estremecí; sin embargo, seguí haciéndole preguntas; pensé que no me quedaba demasiado por saber. Le dije: »—Pero, hermano, los ejercicios religiosos en los que cons

