»—¿Posees tú ese secreto? »Tras larga vacilación, dijo claramente el prisionero, aunque con voz muy débil: »—Mi señor me prohíbe revelarlo. »—Si tu señor fuese Jesucristo, no te prohibiría obedecer los mandamientos ni contestar a las preguntas de la Inquisición. »—No estoy seguro de eso. »Hubo un clamor general de horror ante estas palabras. El interrogatorio prosiguió: »—Si creías que Olavida era culpable de investigaciones o estudios condenados por nuestra Santa Madre Iglesia, ¿por qué no lo denunciaste a la Inquisición? »—Porque no creí que le fueran a reportar ningún dafio; su mente era demasiado débil..., murió a causa del esfuerzo —dijo el prisionero con gran énfasis. »—¿Crees tú, entonces, que hace falta una mente fuerte para alcanzar esos secretos abominables, así c

