Mi ángel de la guarda (Capitulo uno)

3009 Palabras
Mi ángel de la guarda -Perfecto.   Me dije mientras veía desde la ventana cómo el auto de mamá y papá se alejaba por la calle y giraba en una esquina.   Llegado ese punto, el vidrio de la ventana comenzaba a empañarse con mi aliento caliente. Me quedé viendo la calle durante unos minutos más sólo para confirmar que no olvidarán algo y regresaran.   De seguro se preguntan a dónde iban, y la respuesta es que ambos tenían que ir al CPC, el de San Vicente, si buscan datos precisos. Mamá para renovar su licencia de conducir, que llevaba casi dieciséis días vencida. Un oficial de tránsito la había detenido por saltarse un semáforo la semana pasada, cuando volvía de trabajar en la editorial, y al verificar sus papeles se encontró con que la licencia llevaba doce días de caducada. El policía caminero se lo dejó pasar por dos razones: la calle no estaba tan transcurrida, así que saltarse el semáforo no ponía en peligro la vida de nadie, y porque la licencia llevaba menos de medio mes de pasada. Por lo que de esto se saca una conclusión: mamá era una hija de perra con mucha suerte para toparse con un policía tan buena onda que le perdonara sus faltas -que cualquier otro oficial hubiera llevado al punto de la exageración sin titubear-. Aunque no se llevó ninguna multa, lo que si se llevó fue un cagazo lo suficientemente grande como para apurarla a renovar sus papeles. Y papá, por su lado, iba para aprovechar que a la vuelta del CPC había una sucursal de Banco para hacer una extracción del cajero.    Así que allí estaba yo, a mis catorce años sola en casa. Toda una aventura para una adolescente, sin dudas. La sensación de libertad en el pecho era increíble: saber que la casa entera -y todo lo que había ella- estaba a mi disposición era fabuloso. Y aquí les traigo una pregunta que los involucra: ¿Ustedes que harían? Piénsenlo bien… Seguramente más de uno pensó en poner su canción favorita en Spotify y subir el volumen a todo lo que da, o invitar a alguien a casa. Pero no. Ese tipo de cosas no iban conmigo. Si a mi me decían que era libre de hacer lo que quisiera -al menos por un rato-, optaba por una mucho mejor opción: el juego. Lo había descubierto hace poco más de una lo a causa del Caso Ouija, una noticia originada en Estados Unidos que no tardó en viralizarse por su perturbadora naturaleza. Compré un tablero -con sus correspondientes fichas e instrucciones- en un puesto de artesanías en la Plaza San Martín cuando volvía de las clases. Y desde entonces me contactaba con Piga, un espíritu del más allá que, por lo que me había demostrado en todo este tiempo, era sociable -seguramente acabo de dejar a más de uno boquiabierto, pero ya lo verán- e inofensivo. Y cada vez que tenía un rato a solas libre, le lanzaba algunas preguntas que quería revelar, y él las respondía sin intereses ni nada a cambio.   -Perfecto -repetí mientras alejaba mi rostro de la ventana cubierta por una película del vaho de mi aliento. Ya habían pasado cuatro minutos desde que se habían ido. Llegado ese punto era casi imposible que regresaran hasta dentro de una o dos horas-. Sola, sin interrupciones… ¿Qué más puedo pedir?   Caminé hasta mi cama y me dejé caer en ella. Reboté en el colchón y las tablas de la cama crujieron.   -Una cama mejor, quizás -reí.    Me quedé acostada mirando el techo durante un rato mientras iba planeando las preguntas que haría. El CPC de San Vicente quedaba a unas veinte o veinticinco cuadras de casa, y en el noticiero de la mañana Jorge Cuadrado había dicho que había mucho tránsito en la provincia, así que calculé que tardarían bastante en ir y volver -y más teniendo en cuenta que viajaban en la renoleta, que últimamente estaba dando más problemas que kilómetros recorridos-. En resumen, no había problemas en desperdiciar algunos minutos así, mirando el techo sin más.    > Se me ocurrió preguntar. No. Definitivamente no. No quería bajonearme al pedo. Si Piga me decía que pronto, pasaría el resto del año angustiada. Además, ¿por qué hacer una pregunta tan perturbadora y violenta?.   > Fue la otra. Pero de inmediato la descarté. Demasiado íntima. Demasiado entrometida. Demasiado… Demasiado.   Pasé unos minutos más pensando, pero ninguna pregunta parecía ser la indicada, y una vez que me dí por vencida me levanté de un salto y alcé un poco el colchón para buscar el tablero. Siempre lo escondía entre el colchón y la base de la cama cuando terminaba de usarlo. Era un escondite muy obvio para una adolescente, pero gracias a Dios me habían tocado unos padres que, entre tantos defectos, por lo menos sabían respetar mi privacidad. Tanteé con mi mano temblorosa -por la emoción- hasta que toqué una tabla de madera con la yema de los dedos.    -Cuánto tiempo…    Sonreí al ver el tablero asomando por debajo del colchón mientras recordaba la última sesión, hace poco más de medio año, cuando aún no cumplía los catorce. Lo saqué de un tirón y lo dejé caer en el piso. Volví a meter la mano en el escondite y no tardé en hallar una bolsa de nailon, la que tenía las ficha y las instrucciones para jugar. También la saqué y la dejé junto al tablero.    -Espero que estés listo Piga, porque yo sí -dije en voz alta (a pesar de que tenía bien en claro que Piga no podía escucharme hasta que iniciará el juego) mientras me sentaba en la cama y ponía el tablero sobre mi falda. Sentí un hormigueo en las manos que me estremeció apenas lo toqué.    Desaté la bolsita y tiré todo el contenido encima de la sabana. Busqué y puse el pequeño triángulo de madera en el centro del tablero y dejé las hojas con las instrucciones a un lado. No las necesitaba en lo absoluto. Esta era la decimoquinta vez que jugaba, así que sabía muy bien lo que tenía que hacer y lo que no. Y a decir verdad, tampoco sabía por qué las guardaba. Agarré el papel y lo estrujé hasta que quedó hecho un bollo arrugado y lo tiré al tacho de basura junto a la computadora, al otro lado del cuarto.    -¡Sí! -Dí un salto de la emoción al ver que había encestado a más de tres metros. Pero luego miré a mi alrededor y al verme sola, bajé la cabeza y seguí en lo mío.     Me pregunté con los ojos clavados en el tablero.    Cerré los ojos y solté un suspiro para prepararme, y para cuando volví a a abrirlos, ya estaba decidida.   >.    Puse ambas manos temblorosas en el tablero y me tomé un tiempo antes de empezar:   -Cómo una chica -es importante aclarar cuando hay un solo participante- de alma inocente, invoco a los espíritus aquí presentes.    Sentí un pequeño temblor bajo mis manos. Era una señal. Tenía que ser él. Le di unos segundos para que se acostumbrara al dominio de la ficha y luego me aclaré la garganta -no porque lo necesitara, sino para romper el hielo- y pregunté:   -Piga... -con un hilo de voz. A pesar de las tantas veces que ya lo había nombrado, aún no me acostumbraba a pronunciar su nombre- ¿Estás aquí?    De inmediato, sin que yo la tocará, la ficha se movió enérgicamente hacia la palabra sí. Sentí que el corazón se me aceleraba, como si jugando regresara la vida a mi cuerpo. Un cosquilleo que bajó desde mi garganta hasta mi pecho me hizo entrar en conciencia de que no respiraba hace ya unos segundos. Llevé una bocanada entrecortada de aire a mis pulmones, y de un momento a otro la sensación desapareció. Abrí la boca para decir algo, pero Piga se adelantó con sus movimientos.    > deletreó con la ficha.     Llegado a este punto, ya tendría que haber mencionado que Piga era el espíritu de un descendiente de aborigen es criado en suelo norteamericano a fines del siglo XIX, por lo que sólo sabía dos lenguas: el dakasama -el idioma de su cultura originaria- y el inglés -que había aprendido en un pueblo cercano a su tribu por parte de unos escritores estadounidenses interesados en narrar una novela mitad ficción mitad verídica sobre la vida salvaje de las personas como él-. Como es de suponer de, yo no entendía -y sigo sin entender- una palabra de dakasama, y para empeorar las cosas nunca fui muy buena en clases de inglés. Pero algo entendía. No por la escuela, no por Open English. Era por la música. A lo largo -o corto, depende de cómo lo vean- de mis catorce años, había descubierto que la música, películas y videojuegos enseñaban inglés mucho mejor que cualquier profesor especializado y capacitado. Así que lograba ingeniármelas rescatando algunas palabras por oración para luego buscarles un significado en conjunto . Y si la respuesta de Piga era muy compleja para mí, siempre tenía el bendito traductor de Google en mi computadora o en mi celular.    > me repetí. Quest, quest, quest… ¿Qué podía ser? ¡Ah, claro!: Pregunta. Me estaba dando un empujoncito para que me animara a romper el hielo. La pieza regresó a la Q e iba de camino a la U cuando le interrumpí y dije:    -Mira Piga… La verdad es que hoy no estoy muy inspirada cómo para jugar. Estuve pensando -Me llevé los dedos al mentón intentando demostrar sabiduría- en qué pregunta podía hacer, pero no se me ocurrió ninguna. -Lo pensé un segundo y me corregí-. Bueno, sí… pero no ninguna buena. Son demasiado estúpidas.   Suspiré y miré el techo buscando cómo continuar. No podía invocar al espíritu para nada. Tenía que hacer como mínimo una pregunta -la de > no cuenta- antes de cerrar la sesión para satisfacer a Piga. Sino Piga podría quedar liberado del tablero y un alma en pena suelta nunca es buena idea. Y mucho menos si se tenía en cuenta que conocía nuestros secretos y los miedos, tanto los míos como los de mi familia.   Entonces el tablero tembló un poco, como apurándome. Me ofendí un poco y estuve a punto de insultarlo -pero no lo hice por razones obvias-. ¿Acaso los espíritus no tenían todo el tiempo del mundo? No es como si tuvieran que ir a la escuela, presentar un informe en el trabajo, o tener una cita con su pareja. Pero por las dudas, para no desesperarlo más, me presioné para que se me ocurriera algo rápido. Y funcionó, porque recordé una pregunta de rutina para estos casos, cuando no estaba muy inspirada:   -¡Ya está Piga! Si quieres responder algo, aquí lo tienes: ¿Hay algo interesante que tengas para decirme… que vaya a pasar hoy?   Cuando terminé, me crucé de brazos sintiéndome como la estafadora más ingeniosa del mundo. Era de esperar que no me fuera a decir nada interesante. Era un domingo nublado, y parecía que iba a llover, así que lo más seguro es que fuera un día de mantas y Netflix. Y como me lo imaginaba, el tablero dejó de vibrar. Sonreí para mis adentros. ¿Con qué era imposible burlar el juego?   Bajé la mirada y vi la ficha inmóvil con algo de superioridad.   -Bueno… -comencé a decir en tono victorioso- ¿Quieres que sacuda el tablero? Tal vez te ayude a pensar. -Reí-. A ver si te gusta que te apuren, porque a mí no.   Miré la ventana y vi una luz blanca a lo lejos. Me confundí un poco al inicio, pero luego me calmé cuando un segundo después se escuchó un trueno. Sólo era un relámpago. Dejé el tablero a un lado y me levanté de un salto.    -¡Uau! ¿Tormenta? -Una parte de mí estaba sorprendida, aunque ya sabía que esto pasaría. Los nubarrones grises que estaban desde temprano ya adelantaban este panorama.- Ya vengo. Te voy a dar tiempo así lo piensas tranquilo y luego me cuentas.    Apenas puse un pie descalzo -estaba en casa en medio de una cuarentena. ¿Qué esperaban?- sobre el helado frio, sentí un escalofrío por todo el cuerpo que me hizo estremecer. Caminé con paso apresurado y la mirada clavada afuera hacia la ventana. Y me sorprendí un poco al ver que el cielo, que hasta unos minutos atrás -cuando controlaba que mamá y papá no fueran a regresar- se mantenía de un celeste oscuro, pero celeste finalmente, ahora era completamente gris, como si le hubieran tirado un pomo entero de entonador n***o a una pintura azul claro. Me sobresalté al ver que una gota de lluvia muy gruesa se estrellaba contra el cristal, estallando en él. No sabía si preocuparme por mis padres -ya que era peligroso conducir en medio de una tormenta, y más todavía con los locos conductores de la provincia- o alegrarme por mi -ya que tendría más tiempo para mi sola. Y por lo que parecía, la lluvia no iba a ser de esas que duraban diez minutos y después se esfumaban-. Lo pensé un segundo y llegué a la conclusión de que… ¡Al demonio! ¡Hay que ser egoísta de vez en cuando! Tanta empatía nunca es sana.   -¡Yujuuuu! -Alcé los brazos victoriosa-. Está lloviznando, Piga. Pero no te hagas ilusiones. Lo más seguro es que luego me quedé viendo alguna serie o haga videollamada con Danna. Lamento ser tan dura contigo -bromeé mientras regresaba a la cama.   Me senté en el medio del colchón y puse la almohada contra la pared para apoyar la cabeza y estar más cómoda. Dejé el tablero sobre mi falda y con la mirada clavada en la ficha, pregunté:   -Y bien... ¿Ya tienes una respuesta?   De inmediato, como si estuviera esperando a que dijera eso, el triángulito salió de la U, donde había quedado y fue a parar a la palabra sí. Me sorprendió ver la velocidad y determinación con la que se movió. Era una seguridad que nunca antes había visto.    -Bueno, dime. Soy todo oídos… o todo ojos, mejor dicho -volví a reír.    Pasaron unos segundos que pasé mirándolo expectante, e inconscientemente me llevé la punta del índice a la boca y comencé a morderme las uñas. Un minuto después, cuando ya estaba perdiendo la paciencia, la ficha deletreó >. Y finalmente se quedó quieta sobre la U dándome a entender que había acabado.    -Supongo que hay que traducir -bufé en tono quejoso.   > me repetí mentalmente mientras trataba de buscarle sentido. A ver si las clases de la profesora Ferrando en primer año me habían quedado grabadas. The -él o la, dependiendo del sudtantivo- dead's -muerte es/está, por el sustantivo y el verbo TO BE- coming -viniendo- for -por- you -obviamemte, tú-.    -La muerte está viniendo por ti.   Me quedé helada.   -Es broma, ¿no? -pregunté con una sonrisita nerviosa.     Esperaba ver un no. Un >, o algo, pero justo entonces el timbre sonó y un mal presentimiento se adueñó de mí. Demasiada coincidencia como para que fuera una broma.   -¿E-Es la mu-muerte?   >.   Sentí que estaba acabada. Piga no mentía. Nunca lo había hecho. En los catorce meses que habían pasado desde la primera sesión, Piga sólo había contestado puras verdades. Cosas que tarde o temprano pasaban o se descubrían, como cuando predijo el infarto del abuelo. Así que si Piga decía que era muerte viniendo por mí, era la muerte viniendo por mí.    -¿Q-Quién es? ¿Cómo puedo evitarlo?   >.   -¡No me hagás esto ahora, Piga! Decime cómo puedo evitarlo entonces -grité con el corazón por la garganta.   El timbre volvió a sonar. Esta vez el pitido duro mas que el anterior.   >.   -¿Eh?   >.   El shock era tan grande que ni siquiera me dio tiempo a pensarlo. Antes de que me diera cuenta, estaba corriendo por el pasillo que conducía a las escaleras que llevaban al primer piso. Las rodillas y los pies me temblaban con cada escalón que bajaba. Cuando solo me faltaban tres o cuatro peldaños para llegar a la planta baja, mi cuerpo colapsó por la mezcla de emociones y tropecé. Me golpeé la cara contra el zócalo, pero la adrenalina era tanta que no sentí nada. En otro momento me hubiera preguntado cómo era posible chocar la cabeza contra un zócalo y no abrirme la frente. Un tajo, por lo menos. Pero cuando sucedió ni siquiera le presté atención.    El timbre sonó por tercera vez. En esta ocasión el timbrazo duró como diez segundos.   -¡Ya voy! -avisé, aunque ni siquiera yo misma me entendí de la agitación.    Me levanté a las apuradas, con una pierna adormecida, el corazón latiéndome a mil por hora. Cuando solo me faltaban unos cuantos metros recordé las palabras de Piga: >. ¿Cuál es tu nombre? Parecía que la clase de oraciones básicas de inglés de la profe Ferrando se activaba en momentos extremos. Pero… ¿por qué? ¿Por qué me preguntaría mi nombre? Abigail. ¿Mi nombre me iba a salvar de la muerte?¿Ahora era una especie de... código o palabra mágica?   Agarré el picaporte de la puerta con la inestabilidad de una anciana hipertensa y tiré hacia adentro. > Me repetí por última vez.   -Buenos días… señorita -me sobresalté al oír una voz rasposa y pesada antes de que terminara de abrir la puerta del todo.
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