La muerte, me dije. ¿La muerte también tendría infecciones en la garganta? Apenas abrió la boca, me invadió un insoportable olor a fana.
Mi miedo fue sustituido por sorpresa apenas vi a un hombre… ¡Bah! ¡Qué hombre! Era un muchacho que apenas debía tener la mayoría de edad. Sus ojos saltones, desproporcionales a su pequeña nariz y sus finos labios me miraban nerviosos, como si no esperarán encontrarse conmigo. Unas ojeras entre moradas y marrones se cernían bajo sus ojos formando unas medialunas casi perfectas. Parecía perdido con sus pupilas dilatadas, como si se hubiera confundido no de casa, sino de barrio. Y para terminar de detallar un rostro híbrido entre perturbado y demacrado, una barba frondosa se extendía por la parte baja de su cara. Ese era todo el pelo que faltaba en su cabeza rapada.
-¿Cómo le va a usté? -añadió al ver que no le contestaba.
Cuando terminó de hablar, su boca quedó abierta en forma de óvalo, y recién entonces me di cuenta de que no tenía barbijo. Miré de reojo el llavero de madera fijado en la pared, con mi barbijo colgada de uno de los ganchitos y dudé en ponérmelo. Era lo más sano. ¿Quién sabe si ese hombre tenía el virus? Pero finalmente llegué a la conclusión de que era mejor ni hacerlo. Quizás hasta llegara a ofenderse, porque aunque no tenía razones para hacerlo, podía estar para atrás por la fana y enojarse.
Iba a contestarle, claro. Tenía que hacerlo. Pero entonces me dispuse a escudriñarlo, y entonces me percaté de que el decaimiento físico no sólo estaba presente en su semblante: sus hombros, caídos como si en los hombros únicamente tuviera cartílagos, lo hacían parecer vulnerable. Pero en cuanto bajé la vista por sus brazos, quedé extrañada al encontrar unos músculos bien formados y aparentemente durísimos. Unas gruesas venas verdosas se marcaban por todo su antebrazo hasta su muñeca, conformando un aspecto algo… intimidante. Al seguir analizando, noté que llevaba puesta una remera que en otros tiempos habría sido blanca, de, por lo menos unos dos talles más grande. La tela gris por la mugre le llegaba hasta unos centímetros por encima de la rodilla, tapando gran parte de unos jeans azules estirados e igual de sucios que su camiseta. Y para terminar la vestimenta humilde digna de un albañil que recién sale de un turno de ocho horas seguidas, unas imitaciones negras de Adidas con la tela toda descocida salpicadas en gotas de pintura blanca cubrían sus pies.
-Ah… hola, supongo.
Me apuré a contestar al darme cuenta de que llevaba un buen rato mirándolo sin decir nada. Seguro me veía más rara de lo que pensaba.
-Bien, bien. ¿Y tú? -Fingí la voz más amable que me fue posible.
Me sentí un poco más tranquila luego de ver cómo era la visita. Sí era un desconocido, así que debía ser más cauteloso con lo que hacía, pero fuera de sus brazos tonificados nada lo señalaba como alguien amenazante. A decir verdad, llegué a pensar que Piga se había confundido por primera vez en más de un año, o que me estaba jugando una broma -cosa que tampoco había hecho hasta el momento-, Porque ese chico no encajaba ni por j***r con el papel de la muerte. Incluso me atrevería a decir que mi primera impresión al verlo fue pensar que era un niño de la calle, de esos que andan vendiendo bolsas de consorcio y obleas a mitad de precio, o un homeless que tocaba puertas en busca de algunas sobras para substituir.
-Algo apurado. Está por llové. -Señaló el cielo nublado con una mano y con la otra se rascó la nuca. Me ponía nerviosa verlo nervioso-. En realidad ya están cayendo unas gotitas, así que voy a lo que vine: ¿No estará tu papá?
Se apoyó en el marco y movió sus uñas de su nuca a la parte de atrás de la oreja. Vi que sus ojos dejaron de verme y se centraron en el pasillo detrás de mí, como buscándolo. Me repetí la pregunta y no pude contener una mueca de confusión. Papá ni había avisado nada. Por lo general, si se iba y esperaba visitas, me decís: >, pero esa mañana no había dicho nada. Y tampoco ubicaba al muchacho de ningún lado. Otro punto que respaldaba el por qué estar confundida.
-Tu papá -repitió al ver mi cara, como si no hubiera entendido, aunque seguramente sabía que lo había escuchado, y muy bien.
-Sí, te entendí. -Paré para aclararme la garganta y seguí-. Perdona que pregunte, pero para qué lo buscas.
No quería decirle que no estaba, que estaba sola en casa. Por más que tuviera sólo catorce, tenía muy claro que había que ser muy cautelosa cuando un desconocido preguntara quién estaba en casa.
-Eh… yo… es que yo trabajo en obras. Construcciones. Soy albañil, como verás por la ropa. -Rio unos dientes amarillentos y brillosos se asomaron por su boca. Un aliento a cloaca no tardó en invadirme y tuve que controlarme para no hacer muecas-. Hace cosa de un mes empecé a pegar carteles en los palos de la luz. Los postes. ¿Viste? Puse que sabía shevocá, pintá… de todo.
Hizo una pausa. Quedó con la boca abierta e hizo algunos ademanes como si fuera a seguir, pero parecía que no encontraba las palabras. > pensé de inmediato. >.
-Y… tu viejo me llamó por teléfono diciendo que estaba interesado en que trabajara para él. Así que vine para que ajustemo los detalles.
Intensifique la mirada e incliné la cabeza aún más. Cada vez que abría la boca, me entraban más dudas de las que ya tenía.
-¿Qué trabajo quiere que hagas? -inquirí. Él soltó un suspiro pesado y empezó a dar pasos donde estaba, como si marchara imaginariamente, sin moverse.
Balbuceó algunas vocales y bisílabas, vacilante. Miró el piso del interior de la casa y se llevó la mano a la nuca por enésima vez. Pensé que de rascaría de nuevo, pero en lugar de eso se refregó la pelada frenéticamente.
-¡El piso! El piso, señorita -pareció recordarlo, y señaló el piso del living-. Me pidió que cambiara los… los… cosos. ¿Cómo se llaman? Los… -chasqueó los dedos con los que apuntaba.
-Cerámicos.
-¡Eso! Los -cerámicos. Que cambiara los cerámicos porque estaban viejos ya, y que habían un para que estaban salidos, así que…
Pero no lo dejé terminar. Algo no me cerraba:
-¿Cómo es eso? Mi padre llamó a mi tío, que es Maestro Mayor de Obras para que pusiera nuevos cerámicos, y mi tío terminó el trabajo en diciembre, hace tres meses. Dejó todo impecable, mira -Y me corrí un poco como para que viera. Su reacción fue sorpresiva: abrió los ojos atónito, y su piel morena empalideció-. No quedó ningún detalle pendiente, y que yo sepa, no hay ningún cerámicos saltado, quebrado ni para cambiar.
Cuando terminé me quedé callada, mirándolo a la espera de una respuesta. Pero los segundos pasaron y él se quedó quieto con la cabeza gacha, sin animarse a mirarme, como si tuviera vergüenza. O nervios. O ambas cosas. Escuché que su respiración se entrecortaba y de tornaba ruidosa y molesta. Muy molesta. Su pecho subía y bajaba rápidamente, haciendo notable su agitación, lo que me hizo sospechar de él. Demasiados nervios, demasiadas incongruencias -incluso para alguien drogado con fana-... No tenía un buen presentimiento. Tenía que alejarme de él.
Me quedé pensando en cómo pedirle que se fuera de la manera menos directa posible. Un > sería una buena idea. Pero él se me adelantó.
-Es que estoy seguro de que tu papá me dijo eso. Tiene que ser él. Me dijo que lo buscara en… -Estiró el cuello y miró a un lado de la calle, forzando la vista- López y Planez al… -miró algo al lado de la puerta- 1472. Es acá ¿no?
-Ajá -respondí incrédula, de brazos cruzados.
Efectivamente, esa era mi dirección, pero luego de pensarlo me di cuenta de que había sacado el nombre de la calle de uno de los carteles en el poste de la esquina, que decía > con unas letras blancas bien grandes. Y el número estaba escrito en una placa de madera clavada justo encima del timbre, que tenía escrito con marcador permanente >. Si fuera verdad, no le haría falta recurrir a los letreros.
-Tu papá… -repitió por enésima vez. ¿Acaso ser un drogón era sinónimo de paciente de Alzheimer?
Estuve a punto de cerrarle la puerta en la cara, desesperada, pero justo entonces algo hizo click en mí. Si tanto repetía >, debía ser por algo: para darme pie a hacer la pregunta.
-¿Cómo se llama?
Lo dije en un susurro, dándome cuenta de lo tonta que había leído: lo que Piga quiso decirme era que tenía que repetir la pregunta, no que tenía que usar mi nombre para salvarme.
-... me dij… ¿Ah? -parecía que mi pregunta lo agarró por sorpresa.
-Que cómo se llama -repetí con más seguridad.
Su sonrisa asquerosa volvió a aparecer.
-Me llamo Isaías, pero me dicen Pachín. Mucho gusto. -Me extendió su manos huesudas y gigantes en proporción a las mías para estrechármela, y de inmediato añadió:- ¿Y t cómo te llamas?
Me quedé viendo su mano con indisimulada desconfianza, dudando en si darle la mía era lo más prudente.
-No me refería a eso. -Negué con la cabeza y di un paso hacia atrás ignorando su presentación, su pregunta y si apretón-. Quiero que me digas cómo se llama mi papá.
Cuando se creía que ya se las sabía a todas, su rostro volvió a palidecer y sentí una pequeña victoria por dentro. Se me quedó viendo fijamente, volteó a ver la placa sobre el timbre y respondió:
-Fabianno. -Fabianno. Sí, -Fabianno, me acuerdo.
Volvió a apoyarse en el marco de la puerta, más tranquilo. Pero si se pensaba que era tan inocente -sinónimo de estúpida- como para creermelo, estaba muy confundido.
-Ya, pero ¿y su nombre? Porque ese es el apellido. Nuestro apellido. -Arqueé una ceja para parecer más expectante y ponerlo nervioso.
Volvió a mirar la placa en busca de respuestas, pero fue en vano. Yo misma lo había escrito el verano pasado cuando nos mudamos, y por lo mismo yo sabía mejor que nadie que sólo decía el número de la dirección y el apellido de la familia. Sin nombres. Ni el de papá, ni el de mamá y mucho menos el mío.
Regresó su mirada hacia mí, con los ojos abiertos como bolas de nieve. Lo tenía acorralado, sin capacidad de improvisar. Los segundos pasaron, pero él seguía en blanco, tanto por dentro -mentalmente- como por fuera -con la piel pálida como una remera desteñida-.
-¿Ma… Matías? -Dijo en tono dudoso. Al darse cuenta de la inseguridad, lo -repitió con más determinación:- ¡Matías! Eso.
Reí por dentro al escucharlo. Sin dudas había jugado a tirar los dados con la vaga esperanza de adivinar, porque nada que ver con su nombre.
-Aha -negué y vi como su semblante terminó de caer-. Lucas. No Lucas Matías ni nada. Lucas sólo.
Giró su cabeza y miró el cielo. Ya no solo estaba nublado y con llovizna, sino que las gotas estaban cayendo cada vez más gruesas y constantes. Ni hacía falta ver: con solo escuchar pude darme cuenta de que la llovizna estaba pasando a mayores. Cuando volvió a intercambiar miradas conmigo, se rascó la nuca nerviosamente y se excusó:
-Creo que me confundí de casa. Tal vez haya otro señor -Fabianno por aquí cerca.
-Claro. Uno que necesite que le cambien los cerámicos -le seguí el juego.
-Así es. Además creí que la tormenta ya se va a poner fea fea. Ahora. En nada. Así que mejor me voy.
Dio la vuelta y bajó un escaloncito junto a la puerta que bajaba al nivel del resto de la vereda. Giró un poco y se puso de perfil, dejando ver una nariz aguileña que desde otro ángulo no habría identificado.
-Entonces… ¿Segura que no es aquí?
-Segura.
Te confirmé ansiando que se fuera de una vez por todas. Él asintió y se despidió con la mano sin siquiera darse vuelta a verme.
-Disculpa las molestias.
Y siguió caminando por la vereda. Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, sentí un alivio en el pecho al ver que por fin me libraba de él. Quise gritarle algo como: > a modo de respuesta, pero en el preciso momento en que abrí la boca, noté un destello en la cintura del chico. Me entró un poco de curiosidad -¿Qué demonios daría destellos en medio de un día tan nublado? ¿Qué? ¿Acaso le sacaría brillo a su cinturón antes de salir de casa?-, así que me dispuse a ver qué era. Entrecerré los ojos para ver mejor. Pachín estaba a unos treinta o cuarenta metros, casi llegando a la esquina, por lo que se me complicaba ver. Pero igualmente pude analizar la forma e identificar algo largo y plateado que lucía como el metal, pegado a una forma redondeada del mismo color.
-¿Es un…?
Abrí los ojos bien grande. ¡No podía ser! Parecían un cañón y un tambor de…
-¡Revólver!
Héctor se paró antes de llegar a la esquina y sacó un celular del bolsillo trasero de su pantalón. Encendió la pantalla, dio algunos toques en ella y luego de unos segundos escuché:
-¡¿Nardo!? ¡Decime cómo mierda se te ocurre mandarme a una casa con gente! ¡Te aclaré mil veces… mil veces te aclaré que cuando hay gente adentro yo-no-me-me-to!... ¿Cómo que no había nadie? ¿Vos te crees que yo soy boludo?... ¡Los padres no estarán! Si toqué el timbre y salió una pendeja a recibirme, así que vacía no estaba. ¡Y hay que agradecer que toqué el timbre, porque si no fuera precavido y me fijara dos veces antes de entrar me metía enfierrado y la mocosa seguro llamaba a la policía o pedía ayuda o que sé yo! ¡Y yo no voy a caer en cana, Nardo! Hace dos semanas cumplí los dieciocho, así que si me agarra la gorra cagué. Ya no hay centros de menores, ya no hay nada. Cárcel directa. Termino en Bower o alguno de esos lados… ¡Sí! ¿Qué te pensás? ¿Que me voy a ir con el revólver a mi casa? Ni loco. Ahora paso por el taller del Ojitos y le dejo el fierro. Que se haga cargo él, loco…
Siguió hablando, pero llegó a la esquina y dobló en uno de los pasajes, así que no pude seguir escuchándolo. Igualmente ya había escuchado suficiente como para saber que acababa de burlar a la muerte. Sino venía a hacerme daño, ¿para que vendría armado? Cerré la puerta y está vez le puse llave y pestillo. Las dos cosas. La mezcla de emociones me hacía sentir las piernas débiles, así que pegué la espalda contra la puerta y me dejé caer. Mi cuerpo resbaló por la madera hasta que quedé sentada en el piso. Agarré con fuerza la cadena con la Cruz de Cristo que tenía en el cuello y la besé. Estaba segura de que él era más que un espíritu. Tenía que ser algo así como mi ángel de la guarda para librarme de algo tan grande.
Con las lágrimas en los ojos y agradecida a más no poder, miré el techo y en un susurro dije:
-Gracias Piga.