Belén

955 Palabras
Solté un suspiré. Estaba exhausto.   El intenso rayo del sol rebotaba sobre el capó y atravesaba el parabrisas, sofocándome. Saqué una de mis manos del volante (si algún policía caminero lee esto, por favor hágase el de la vista gorda) y me limpié con el cuello de la remera unas gotas de sudor que se deslizaban fugazmente por mi rostro. El color gris de la tela se oscureció de inmediato al humedecerse. Me alboroté el pelo, como si eso remediara el hecho de que conducía un cacharro de los ochenta en una siesta en la que la sensación térmica dejaba atrás todos los pronósticos templados y rozaba los cuarenta grados. Pero con eso solo conseguí que el calor ahora también se extendiera por mi nuca.   Manejaba por un camino de tierra y gravilla que llevaba al Cerro Champaquí, un hermoso (o al menos eso decía Gabriel Tessio en el Operativo Verano de Cadena 3) sitio turístico. > Era la pregunta que me hacía a medida que me adentraba más y más en la ruralidad cordobesa.    El estómago me rugió -lo último que había comido fue un choripán de una estación de servicios hacía más de ocho horas-, y sólo para pensar en otra cosa -cambiar un problema por otro, mejor dicho- miré el medidor de combustible. Resoplé al ver que la aguja marcaba una cantidad mínima que no me alcanzaría ni para un kilómetros mas. ¿Cómo no me había fijado antes? ¿Ahora que iba a hacer?   > me dije. >. Nerviosamente mastiqué unas cuantas veces más el chicle (que llegado a ese punto ya no tenía ni siquiera un indicio del sabor a menta que decía el envoltorio) y luego de notarlo, añadí: renoleta me abandona en cualquier momento>>.   Alcé el puño y me preparé para darle un buen golpe al tablero. Haciendo eso siempre lograba desquitarme y descargar mi rabia. Pero justo que me disponía a hacerlo, una suave y dulce voz que venía del asiento trasero me detuvo:   -Tranquilo p**i. -Era Belén, mi hija. La reconocí enseguida-. Sólo ten cuidado con las curvas en el camino. La señora del noticiero dijo que ahora hay muchos accidentes autovolim… atomovil.. ¡Ah! Accidentes en auto.   Reí. No pude contenerme. En parte fue por orgullo hacia su inteligencia y en parte al ver cómo se molestaba al no poder decir "automovilístico". Tenía cuatro años y recién el año anterior había comenzado a ampliar su vocabulario de las palabras básicas, y todavía habían palabras que le costaban pronunciar. Pero iba por buen camino. Eso era lo importante.   -Gracias cariño.  Agradecí, y me sorprendí al escuchar una amigable voz que salía de mí. Parecía que a pesar de que los problemas me llegaban hasta el cuello, aún tenía la capacidad de ser amistoso con Belén.      Miré por el espejo retrovisor y me topé con su inocente rostro. Sus hermosos ojos azules -heredados de su madre, sin lugar a dudas- miraban distraídamente por la ventanilla, admirando con curiosidad el bello paisaje cada vez más rural. Los rayos del sol hacían que su cabello castaño -también provenientes de su madre- se viera aún más claro. Miró el espejo retrovisor y cuando nuestras miradas se cruzaron, hice una mueca graciosa y ella río tímidamente y bajó la cabeza.   Volví a centrarme en el camino y recién entonces me percaté de que había un giro brusco a no más de treinta metros. Pisé el freno violentamente con la esperanza de que la renoleta reaccionará antes de que el camino terminará. Del contrario caeríamos por un acantilado y acabaríamos treinta o cuarenta metros abajo. Cerré los ojos preparándome para lo peor. El terrible chillido de las llantas me aturdió y un olor a caucho quemado me invadió. El auto se detuvo. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que si sobrevivía, necesitaría un turno urgente con un cardiólogo. Un suspiro entrecortado salió de mi boca involuntariamente. El no poder respirar bien sólo me traía más pánico del que ya tenía. Abrí los ojos lentamente, aún con las manos a escasos centímetros de mi rostro y bajé los hombros, aliviado al ver que la renoleta estaba detenida… a sólo unos pocos metros del acantilado, pero detenida al fin y al cabo.   -¡Maldito idiota! -me insulté mientras ahora sí descargaba un golpe culposo en la bocina del volante. Si había animales cerca de mí, estoy seguro de que el pitido habría sobresaltado a todos y cada uno de ellos.    Ya un poco más aliviado, recosté la cabeza en el tablero mientras pensaba en todo lo que podría haber salido mal. En mi vida ya había perdido todo, y había estado a punto de perderme a mí mismo. ¡Tres metros! Tres metros más y no la contaba. La Voz del Interior habría tenido un nuevo titular para el diario del día siguiente. Algo así como: >.   Recordé el aviso oportuno de Belén y le dije:   -Gracias cariño. La verdad es que soy un desastre y no sé qué haría sin ti.   Pero cuando me di vuelta para buscarla en el asiento trasero no la encontré. Recién entonces recordé que Belén había muerto junto con su madre en un accidente automovilístico en ese mismo acantilado el año anterior, y no pude evitar estallar en llanto.
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