Max

1263 Palabras
Otra vez los rasguños en la pared. ¡Maldito perro! Desde que Cass llegó ayer por la tarde pidiendo que por favor cuidara a Max mientras ella estaba en su viaje de trabajos, supe que era una mala idea. Aún así, el idiota de James (así me auto percibo) no tiene cuerdas vocales para negarse. Ni siquiera sé porque acepté: Cass y yo nos separamos hace casi ocho meses, y ya ni tenemos comunicación. Ya no sé si lo hice por lástima hacia ella, por el recuerdo de lo que alguna vez fuimos, o por la vaga esperanza de que una ayuda sea la oportunidad de reintentar algo con ella. Me dejó una bolsa de dos kilos de comida balanceada para hacerla durar toda la semana en la cual el animal estaría bajo mi cuidado. Dos kilos medio que suena como mucho para sólo siete días, pero créanme: ¡Esa cosa come como caballo! Yo creo que mi tatarabuelo, tataratatarabuelo (o cualquier familiar ya muerto que haya estado involucrado en la vida rural) debía de gastar tanto alimento para alimentar a toda una jauría de cerdos. Es que en estas menos de treinta y seis horas que llevaba haciéndome compañía (pesada e innecesaria compañía) ya le había tenido que dar de comer unas cinco veces, y la bolsa que Cass me dejó comenzaba a quedar vacía.  Max es un can grande y corpulento (no me pregunten de razas, porque no tengo ni la mas remota idea), así que supuse que era normal que comiera tanto. Pero es que cada vez que me levanto me desespera tanto con esos ladridos, como si estuviera muerto de hambre, que si quiero callarlo no me queda de otra que arrojarle otro tazón más para que cierre la boca.  Sólo espero que los cinco días restantes pasen rápido.  Los días, en efecto, si lo hacen: yo nada más unas cuantas horas en casa, y es que entre los pequeños trabajos casuales de albañilería que surgen en el barrio, y el empleo como repartidor de delivery en Lomitos2X1 no tengo tiempo de holgazanear en el sillón, o echarme una larga siesta, por más que lo quiera (o mejor dicho, que lo necesite). El problema es cuando llega la noche. Esta es la segunda desde que Max llegó. Sólo llevo veinte minutos acostado (con el ventilador de techo prendido, y las luces apagadas, al igual que el viejo televisor de caja) y el muy desgraciado ya está sacándome de quicio.  Juro que cada vez que oigo sus garras raspando la pintura de la pared me dan ganas de sacar una trjncheta y dejarle un dedo menos por pata. Suena retorcido, pero créeme que si estuvieras en mi lugar, lo entenderías. Aparte, los ruidos molestos no tienen justificación, porque si me dices que esta raguñando la puerta... bueno, vaya y pase. Eso sería falta de consideración de Cassandra por haber dejado a semejante animal en un departamento sin patio ni balcón, sabiendo que en más de una ocasión se volvería loco de tanto encierro, o tendría ganas de orinar o defecar (cosa de la cual me ocupo cada vez que me dan un descanso en el trabajo, es decir, cada cuatro o cinco horas). Pero no. Los rasguños son en la pared, no en la puerta. ¡¿Qué demonios puede querer un perro de una pared?! A menos que los canes de ahora sepan identificar y se sientan molestos por los parches mal hechos y las pinturas descascaradas, no entiendo qué demonios pasa  por la cabeza de Max.  ¿Acaso quiere arrancar todo el revoque con la esperanza de que entre los ladrillos del muro haya un lingote de oro? La verdad no entiendo, y cada vez se me hace más difícil resistir la desesperación. Desesperación que, luego de muchos intentos frustrados de conciliar el sueño mediante las técnicas más clásicas, pero menos eficientes (como taparte hasta la cabeza, apretarte la almohada contra las orejas o contar ovejas), me rindo.  El problema no soy yo, sino ese hijo de perra (literalmente).  Frustrado, gruño y agarro la almohada con tanta furia que el grosor de las puntas pasa a ser el de una plancha de cartón. Me pongo en una mejor posición de lanzamiento, medio sentándome en el colchón. Ni siquiera busco a Max. Ya sé dónde debe estar. Siempre rasguña la misma pared. Es como si se hubiera obsesionado con ella. Es en la que está apoyado el ropero, y en la cual se encuentra la puerta que lleva al pasillo.  Levanto el objeto relleno de espuma (que no debe pesar mas que unos pocos gramos, pero que en mi mente desquiciada pasa a ser un arma contundente de eficiencia semejante a la de una maza, o un lucero del alba) sobre mi cabeza. Flexionó mis brazos y luego los estiro, arrojándola. A pesar de la oscuridad, veo volar la almohada por todo el cuarto hasta que, cuando está llegando a objetivo, me percato de dos cosas, una más extraña que la otra.  La primera está en que Max está desparramado durmiendo en el puf, justo al lado mío. Y la segunda, es que la almohada parece hacer contacto casi medio metro antes de estrellarse contra la pared, como si hubiera algo (o alguien) allí. Pero no. Es imposible. No hay ningún mueble en esa dirección, a esa distancia de la pared como para atribuirle el hecho.  La almohada cae. y hace un sonido suave, apenas audible. Sorpresivamente, en ese mismo instante, Max se levanta de golpe, abandonando su cómoda posición. Muchos animales suelen hacer eso en medio de la noche, pero su mirada no representa somonolencia, sino que destila temor. Hace un recorrido panorámico por toda la habitación, como si buscara algo, hasta que su rostro se detiene en un punto fijo. Sus ojos ya no salen de ahí.  Dirijo mi vista hacia el mismo lugar que él. Es donde cayo la almohada. Mi primera suposición es que se asustó por el ruido del arrojamiento en medio del silencio, pero no la mira a ella, sino que se centra en un punto más alto, a media pared. Ahí no hay nada, ni fotos, ni el televisor ni nada que pueda llamar la atención de un perro.  Entonces, escucho algo que viene de esa dirección. Suenan como pasos, y pasos que se acercan, para empeorar las cosas. La cabeza de Max se mueve bruscamente unos centímetros mas cerca, como si también se hubiera percatado de lo mismo que yo. La diferencia entre él y yo está en que los sentidos que lo parecen alerta son el auditivo y el visual, mientras que yo sólo me puedo basar en los ruidos.  Mientras me percato de esto, otros pasos más resuenan por el cuarto. Son secos, cortos, pero estremecedores. Indudablemente son pasos, y nadie vive conmigo.  Max vuelve a redirigir su vista un poco más cerca de mi, esta vez a poco más de un metro de los pies de la cama.  Le echo un vistazo mas preciso a Max, y recién entonces noto algo: aquello que cuelga de su collar (lo que en su momento yo creí que debía ser sólo una medalla con su nombre inscripto) resulta tener un grabado que me pone los pelos de punta. Es una estrella de cinco puntas.  Tendría que haberme alejado de Cassandra en cuanto descubrí su afición por los ritos de invocación... mientras tenía tiempo. Levanto la mirada y me encuentro con que el punto donde los ojos de Max están fijados ahora, no están a más de cinco centímetros de mi rostro. 
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