Las tres esquinas (Capítulo dos)

2473 Palabras
-¿E-Eva? Volví a preguntar con la esperanza de que está vez si me respondiera, aunque algo en lo profundo de mí me decís que no iba a ser así. Y acerté, porque la paramédica volvió hasta las estanterías y revisó el botiquín, haciéndome caso omiso. -Pensé que ya habías terminado -comenté, recordando cuando me dijo que ya me había limpiado la herida. > me pregunté, pensando en si habría que hacer algo más para que todo el procedimiento de primeros auxilios quedará hecho-. ¿Que buscas? ¿Me vas a… vendar la herida? -se me ocurrió. Era una posibilidad razonable. Me la quedé viendo a la espera de una respuesta, pero ella siguió buscando, prestandome cero atención. -Eva… -No me digás Eva. Contestó una voz pesada y rasposa. Quedé helado al escuchar su respuesta. No sonaba como ella. -Pero… ¿N-No sos Eva? -pregunté con la voz temblorosa, forzando la vista entre tanta luz para tratar de rescatar una imagen más concreta de ella. -Hubo un… cambio de planes -contestó misteriosamente mientras sacaba una jeringa vacía del botiquín-. ¿Eva decís que se llama? Sentí que el motor volvía a encenderse y enseguida la ambulancia se puso en movimiento nuevamente. -¿Que se llama quién? -pregunté confundido al ver que hablaba en tercera persona. -La paramédica -dijo fríamente, e hizo un gesto con la cabeza para señalar las puertas de la ambulancia. Enseguida escuché que las bocinas de los autos que de habían amontonado detrás nuestro pitaban todas al unísono, y de inmediato un escándalo de gritos aterrados se sumaron. -¡Llamen a Emergencias! ¡Hay dos ahí tirados en medio de la calle! ¡N-No se ven bien. Creo que están sangrando! Giré mi cabeza hacia la paramédica y con horror contemplé cómo una sonrisa se formaba en sus labios oscuros y rugosos. ¿Por qué sonreía? -Eva -susurré con voz temblorosa, entre quebrado y aterrado. ¡¿Qué demonios estaba pasando?! -Sí. Supongo que eso es un sí -dijo ella en tono desinteresado-. Bueno… dejame explicarte: Eva y el otro van a estar fuera de servicio por un tiempo. Los paramédicos tienen… tenemos, quiero decir -se corrigió y rió- un horario muy pero muy pesado, y a veces necesitamos un momento para descansar. Y yo estaré suplantando a Eva por ahora, para que pueda descansar en paz. Una parte de mí quería aceptar esta realidad -no me hacía mucha idea de las costumbres y los modos que tenía el personal de emergencias a la hora de trabajar, así que cabía la posibilidad de que fuera cierto-, pero la otra mitad, que en realidad era un setenta y cinco, no un cincuenta por ciento, me decía que no tenía que confiar. Que era algo tan irreal que era imposible que fuera cierto, que buscara una manera de zafarme -y cuando decía zafarme no era sólo para conservar mi libertad, sino también para mi integridad- antes de que algo malo (me) pasara. Pero justo cuando estaba esperando a que nos tocará un semáforo en rojo para levantarme y escapar de la ambulancia -sí, sé que suena como una idea descabellada, pero más descabellada aún me parecía la idea de quedarme a esperar para ver qué pasaba conmigo-, ella se dió vuelta hacia mi, jeringa en mano, y supe que la ventana -metafórica, claramente- por la que podría haber escapado acababa de cerrarse. Ahora estaba parada frente a mí, y al mínimo movimiento reaccionaría y me cerraría el paso. -¿Q-qué es eso? -pregunté involuntariamente al ver la jeringa en su mano grisácea. -Una jeringa -se limitó a responder con voz y cara seria. -Ya lo sé, pero para qué. Algo en mi sospechaba de esta nueva paramédica. No me gustaba para nada el hecho de haber escuchado esos dos golpes en la Avenida ni oír los pedidos de ayuda del resto de conductores cuando nosotros aceleramos y nos alejamos del lugar -Ehhhhh… Ehhhh…. Es para que tu mismo cuerpo expulse los rastros de pólvora del arma. A juzgar por las gasas con alcohol que hay allí -Señaló un pedazo de gasa húmedo que estaba tirado en el piso de la ambulancia- Dios… como odio a la gente tan sucia -se quejó por lo bajo, y luego siguió:-. A juzgar por las gasas, parece que esa tal Eva ya te limpió la herida, pero lo que seguramente no te dijo fue que por más bien que la haya limpiado, tu herida todavía corre riesgo de infectarse. -¿Mmm? La confusión ahora era mucho mayor a la que manejaba antes de mi pregunta. Lo que este reemplazo de paramédica acababa de decirme iba en contra de todo lo que había aprendido en mis diecisiete años de vida. Según yo, cuando te limpiabas con alcohol habían cero posibilidades de agarrar una infección… a menos de que la hubieras limpiado así nomás, lo cual no creo que fuera a pasar, porque me había atendido una profesional de la salud. Pero bueno... supongo que no todo en el mundo es como pensaba. -Ajá. Y esta inyección -la agitó en el aire- es para que tu mismo cuerpo expulse los rastros de pólvora de la bala. Es una sustancia tan microscópica que es muy difícil de alcanzar con solo una gasa y un poco de alcohol. >> pensé. -¿Y qué más estás buscando? -inquirí cuando vi que volvía a meter su mano en el botiquín. -¿Vos que creés? -respondió de mala gana, y me mostró un frasquito de vidrio verde que sacó de allí dentro. Debía de ser el líquido con el que iba a cargar la jeringa. Destapó el frasquito y un olor a Farmacia a las ocho de la mañana me llegó, causándole un intenso mareo, e instintivamente aparté la vista. ¿Para qué ver cómo la preparaban? Sólo haría que mi pánico se multiplicase, y ya tenía suficiente sabiendo que me habían disparado como para ponerme más nervioso. -¿Y n-no pueden inyectarme en el hospital? -Intentaba retrasar el momento lo más que me fuera posible. -No. Volteé a verla esperando que me diera una explicación de por qué no. Desde que había entrado como sustituta, tenía una explicación para todo, pero este no fue el caso. La paramédica se paró debajo del plafón y por fin pudo tapar la luz encandilante. Por primera vez en los cinco minutos desde que estaba allí, pide ver su rostro. Con solo escuchar su voz y ver su actitud, ya podía darme una idea de que ella sería una persona tan horrenda por fuera como por dentro, y no fallé, pero la realidad superaba a mi imaginación. Sus ojos saltones y perturbados, como los de un gato cuando los vecinos tiran pirotecnias en año nuevo, me observaban expectantes, como si esperará algo de mí. Una sonrisa maligna se ampliaba en sus labios a medida que se me iba a acercando. -¿Q-Qué pasa? -pregunté nervioso al verla así. Negó con la cabeza y siguió acercándose a paso lento y calculador. Bajé la mirada y me quedé helado al ver que tenía la jeringa -cargada- entre sus dedos. Pensé en preguntarle o decirle algo para romper el silencio incómodo, pero ella se me adelantó. -No te alterés. Ni siquiera lo vas a sentir. Es más, en realidad nunca vas a volver a sentir nada -y sonrió. -¿Mmm? -me estremecí al oírla-. ¿A qué te refieres? Intenté incorporarme en la camilla. Puede que se me complicara, pero el problema estaba en mi hombro, no en mis rodillas. Pero apenas me moví un centímetro, la paramédica enterró sus dedos en mi herida y no pude contener un grito de dolor. -¡Ahhhh! -chillé con una voz que no reconocí como mía. Sentía como si alguien me atravesará el hombro con un palo de hockey. Una vez dentro de la herida, sacudió sus dedos en todas las direcciones, logrando con cada mínimo movimiento que yo me retorciera del sufrimiento. Quise preguntarle por qué. ¿Acaso su trabajo no era ayudarme? Porque estaba haciendo todo lo contrario.Pero en cuanto abrí la boca el dolor no me dejó hablar. En lugar de eso lo único que conseguí fue soltar otro gemido más. Tampoco me permitía moverme, porque era como si todo mi cuerpo se concentrara en el ataque y no en escapar. -Seguí moviéndote y va a ser peor. Sentí un escalofrío -que contrastaba a la perfección con el infernal escozor de mi hombro- al escuchar su pesada voz de nuevo, ahora mucho más distorsionada que antes. -¡Chofer, ayuda! -alcancé a gritar, rogando por que el otro paramédico me escuchara. -Las paredes tienen aislación acústica, Lautaro -contestó fríamente. Y de inmediato me sobresalté al notar que sabía mi nombre-. ¿Te imaginas que pasaría si los demás conductores tuvieran que escuchar los gritos agónicos de los pacientes? Oh… y además olvidé mencionarlo: el chofer también fue… relevado -y terminó, como de costumbre, con una risita. Aunque en el fondo del pecho sentí impotencia, señal de que las pocas esperanzas que me quedaban se estaban apagando, hice caso omiso a lo que dijo y seguí pidiendo ayuda. Y me sorprendí al ver que por más fuerza que pusiera en el forcejeo con la paramédica, no lograba desprenderme de ella ni por un segundo. ¿Dónde estaban los meses de ejercicio en casa ahora? Los músculos de mis brazos estaban duros y tensos a más no poder, haciéndome sentir que en cualquier momento podrían pegar un tirón y explotar. Mi respiración, entrecortada por el exceso de esfuerzo y adrenalina, parecía que iba a colapsar en cualquier momento. Y mis latidos estaban tan acelerados como los de un combatiente en plena batalla. Los fuertes golpeteos incesantes en mi pecho eran idénticos a los que tuve cuando entré, Pehuman en mano, a Las Tres Esquinas. De pronto sentí un pinchazo en el cuello. Fue tan rápido pero doloroso como una aguja tatuando la piel. En cuestión de segundos sentí como algo muy fino entró y salió. Y en ese momento quedé frizado, en shock. Toda esta experiencia, todo lo vivido desde que había despertado me confundí muchísimo. Pero tenía algo bien en claro: ella -tengo que referirme de esta manera porque no siquiera sé su nombre- no era paramédica, y tampoco estaba allí para ayudarme. > Fue la preguntaeacción que me hice apenas ví que lo que me introdujo era la aguja de la jeringa. Y sin dejar de forcejear, gire a ver el frasquito del que sacó el contenido. Una vez que lo encontré sobre la mesilla de chapa, tuve que forzar la vista para leer la etiqueta. La avanzada miopía sumada a la iluminación encandilante que el plafón me arrojaba no eran de mucha ayuda. Pero luego de unos segundos, leí: Formonitrile. Cianuro. Mi tío, que era farmacéutico lo había mencionado en una charla casual hace meses. De pronto sentí que iba perdiendo la fuerza de a poco, hasta que los brazos cedieron y la paramédica me dió un revés en la nariz. Estaba tan debilitado que ni siquiera sentí el golpe. Sólo me di cuenta de que lo recibí porque ví venir su mano hacia mi cara y luego volver a alejarse. Reboté en la camilla y aturdido tanto por la trompada como por el cianuro, eché la cabeza hacía atrás. No quería darme por vencido, pero en ese momento mi cuerpo actuaba por orden propia ante las que yo le daba. Levanté la mirada para ver a la paramédica. Tenía una pregunta para ella. Quizás la que más confusión me había causado en toda la vida, y eso que acaban de formularla. -¿P-por que-qué? -Dije con un hilo de voz. Se quedó viéndome con esa mirada escalofriante unos segundos, dejándome en medio de un estremedor e inquietante silencio, hasta que contestó; -El hombre al que le disparaste… -¿Eh? -¿Era mi conciencia atormentándome o enserio acabab de mencionar lo de…? -El hombre al que le disparaste… el cajero de la estación de servicios que asaltaste es mi hermano. ¡Y vos le disparaste así nomás, como si fuera un perro! -¿C-cóm-mo sab-sabés? -quise preguntar, pero no pareció escucharme, porque siguió gritando. -¡Y lo peor de todo es que lo hiciste por quedarte con unos billetes de mierda! Y me dió un golpe justo en el centro del pecho que me dejó sin aire por unos segundos. Una vez que mas o menos me recuperé, tomé conciencia de que no estaba en posición de preguntar, así que opté por decirle lo que -pensaba que sería- lo que ella quería escuchar. -Yo… p-perdón. No sabía que el era tu hermano. -¡Es! ¡Sigue con vida! -me corrigió de un grito en la cara. Y por más que no me siento cómodo de contarlo, tengo que admitir que en ese momento vacié gran parte de mi vejiga en mis pantalones-. ¡Y no importa si es mi hermano, o era un travesti de la Avenida Colón! ¡Era un ser humano! Punto. Alejó su rostro del mío y di gracias a Dios. Pero de inmediato me sentí aún más amenazado cuando vi que metía su mano en el bolsillo de mi pantalón. Sabía qué estaba por hacer. -Y arriesgaste su vida por cuánto. ¿Tres mil… cinco mil… diez? ¿Cuánto? Sacó su mano del bolsillo y vi que había agarrado mi botín. -¡Woooow! ¡Con esto seguro que te hacés millonario! -Lo contó en un abrir y cerrar de ojos y al mismo momento que me los arrojaba, exclamó:- ¡¿Eso es todo?! -Rió-. Mil quinientos miserables pesos, Lautaro. De un segundo a otro sentí unas tremendas ganas de dormir que no pude contener. Sentía cómo los ojos se me iban cerrando poco a poco, pero aún lograba aferrarme a estar despierto entre parpadeos prolongados. -Creiste que la vida de mi hermano valía mil quinientos, pero adivina qué. ¡Tu vida es la que vale mil quinientos! Porque por una asquerosa luca y media, no vas a contarla. Su voz sonaba tan lejana que estoy seguro de que se me haría mucho más fácil oír a alguien que me hablaba desde otra cuadra… -Lautaro, te metiste con... … los párpados se me hacían cada vez más y más pesados que ya me resultaba imposible mantenerlos abiertos. Levanté la mirada por última vez, y a pesar de todo, esta vez pude leer una tarjeta de plástico pegada en el uniforme de la paramédica. >... -... la familia equivocada. Fue lo último que leí.
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