Las tres esquinas (Capítulo Uno)

3365 Palabras
Desperté sobresaltado, con el corazón latiendome a mil por hora. Al abrir los ojos, lo primero que me encontré fue un cielo pesado y grisáceo. ¿Dónde demonios estaba? Giré la cabeza para buscar algo que me diera un indicio, y cuando lo hice, escuche un > y sentí un brusco tirón en el hombro que hizo que me retorciera del dolor. Un escozor insoportable se adueñó de mi brazo. Hablo sin experiencia, pero estoy seguro de que debía ser la misma sensación que si alguien me quemara con brasas ardiendo. Cerré los ojos violentamente y apreté la mandíbula para tratar de contener el dolor. Le dí un golpe al piso -con la mano del brazo sano, por supuesto- y me llevé una gran sorpresa al sentir una superficie concreta y áspera en mis nudillos. Cemento. ¿Qué demonios hacía tirado en un piso de cemento? Cuando volví a abrir los ojos, lo primero con lo que me encontré fue un enorme cartel de fondo azul que rezaba: >, y entonces lo recordé. -¡Jóven! ¿Puede oírme? ¿Está bien? Dí un respingo del susto al escuchar una potente voz masculina a mi lado. Instintivamente volteé a ver a quién me hablaba y quedé boquiabierto al ver a un hombre moreno (de unos cuarenta años, calculé) vestido con una camisa celeste y un chaleco azul marino que tenía inscrito >. Una placa dorada y brillante colgada en su pecho decía >. ¡Mierda! La policía. Estaba en el horno. -El... el hombro -alcancé a decir entre nervios y dolor. El oficial bajó la mirada hacia mi hombro y abrió la boca y los ojos a más no poder. Entre en pánico al ver su reacción aterrada. ¿Qué podía ser tan grave como para que un oficial de la policía se meara del miedo? Su mandíbula tembliqueó unos segundos más antes de que alertara por radio: -Central, habla el oficial Montesio de la seccional cuarta. Hay un civil herido de bala -sentí un escalofrío por todo el cuerpo al oírlo- en la estación de servicios de la Avenida Colón al 1500-1600. Se puso de pie nerviosamente y le hizo señas a una ambulancia que estaba estacionada junto a los surtidores. Supuse que habría venido con el oficial al recibir la alerta. No había forma de que hubiera llegado allí tan rápido (digo rápido aunque en realidad no sé muy bien cuánto tiempo pasó desde el hecho) o que estuviera cargando combustible y todo fuera pura casualidad. Luego de que el oficial se moviera, pude ver que detrás suyo se había amontonado una multitud de curiosos que clavaban la vista en mi, atónitos. Eran tantos que por lo menos uno debía saber lo que había pasado en verdad y por qué estaba herido, lo cual implicaba que si hasta ahora tenía una posibilidad de escapar, mínima, aunque sea, se había desvanecido del todo. -¡Vengan rápido! ¡Los necesito, es urgente! Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, dándome por vencido. Por más que tratara, no podía hacer nada. Lo único que me quedaba era esperar y rezar para que me confundieran con alguien más, para que no me descubrieran. Escuché unos pasos apresurados que se acercaban a toda velocidad, y entré en alerta. Para cuando volví a abrir los ojos no me encontré con una, sino con tres rostros preocupados: junto al oficial Montesio habían otras dos personas (un hombre y una mujer) vestidas con uniforme celeste verdoso. Paramédicos, supuse. -Traé la ambulancia lo más cerca que puedas y bajá la camilla -ordenó la mujer al otro paramédico con voz fría pero tranquila. El hombre asintió y volvió corriendo a los surtidores. -¡Por favor, despejen el área! -pidió el policía, poniéndose en pie y haciéndole señas a la multitud para que se organizaran. Algunos -la minoría- directamente se fueron y siguieron con lo suyo mientras que otros -la minoría- se fueron detrás de uno de los pilares del estacionamiento y siguieron sapeando desde allí. Siempre, desde pequeño me gustaba ser el centro de atención, pero este no era el caso. La situación era muy distinta. En cuestión de segundos, la ambulancia se estacionó a unos metros de mí y el tipo de antes bajó del asiento del conductor, abrió las dos puertas de la parte trasera y sacó una camilla. -Nosotros nos encargamos de él de ahora en adelante -anunció la paramédico, sin siquiera mirar al policía. -Bien. Yo voy a acordonar el área en lo que llegan las demás patrullas y también voy a tener que interrogar al cajero -Señaló el interior de la gasolinera con la cabeza- y a los posibles testigos. Llevo quince minutos acá y todavía no me hago una idea de lo que pasó -terminó de decir en tono quejoso. -Mmh. Fue lo único que respondió la mujer, como diciendo >. Aunque en realidad a mí sí me importaba -y mucho- como se desenvolvía la investigación. Los paramédicos, sin cruzar palabras, como si estuvieran fríamente sincronizados, me tomaron por las extremidades y me subieron a la camilla sin ningún problema. Acá había de dos: o ellos tenían mucha práctica cargando cuerpos o yo era muy liviano. Probablemente ambas cosas. Al sentir unas sábanas -eran rugosas y se sentían ásperas, pero eran más cómodas que el estacionamiento de la estación de servicios, así que no me puedo quejar- debajo de mí, me entraron unas incontrolables ganas de dormir. Noté que los ojos se me iban cerrando lentamente y antes de que me diera cuenta, me estaba quedando dormido. -¡Ey, ey! No te duermas. Te necesitamos despierto -me dijo la paramédica, y al ver que sus palabras no servían de mucho me dio una cachetada mientras seguía empujando la camilla con la otra mano. Me sobresalté al sentir su mano -pesada más encima- golpeándome con brusquedad el rostro. Tal vez fuera bruta en sus técnicas, pero logró su objetivo: mantenerme despierto. Sentía cómo me llevaban por el estacionamiento, pero era una sensación tan vaga que me atrevería a describirla como casi imperceptible. -Amigo, ¿cómo te llamas? -me preguntó la chica con voz amigable. -Lautaro. -Lautaro Cepeda -alcancé a decir entre jadeos. -Bien, yo soy Eva, y estoy para ayudarte. No tienes de que preocuparte, nosotros nos encargaremos de darte primeros auxilios para que llegues al hospital estable y allí te puedan tratar más exhaustivamente -explicó con énfasis, como un locutor de radio leería un anuncio-. ¿Sí? -Mmh. Alzaron la camilla para subirla a la parte trasera de la ambulancia y gemí del dolor al sentir otro tirón en el hombro. -Lo... lo siento. Fui yo. Sin querer choqué la camilla con la ambulancia -se disculpó el tipo, aunque no le presté atención. Estaba demasiado ocupado en una tarea que es más difícil de lo que parece: mantener a raya el dolor. Me llevé la mano al hombro y sentí un ardor insoportable y efímero -como el de un tatuaje- que desapareció en cuanto la aparté. -Lau, no te lo toques. Se te puede infectar y estarás peor. Ahora mismo te limpio la herida a ver si eso ayuda de algo. ¿Sí? Asentí mientras ella subía a mi lado en la parte trasera de la ambulancia. El otro paramédicos cerró las puertas y corrió al asiento del conductor. Como había prometido, la mujer buscó en una estantería fijada un kit de primeros auxilios. Una vez dentro y sólo -a medias- me dediqué a echarle un vistazo al lugar en lo que Eva estaba ocupada buscando. Lo primero que noté es que las paredes estaban pintadas con un esmalte sintético blanco que le daban un tono pulcro pero aburrido al interior. Unos cuantos cajones y estanterías metálicas ocupaban espacio del lado izquierdo, y del lado derecho habían tres sillas fijadas al piso. En el centro estaba yo sobre la camilla, cegado por una potente luz. Por un momento me entró la estúpida idea de que era la luz de Dios, pero enseguida entendí que era un plafón de máxima intensidad apuntado directo hacia mi cara. > me dije al ver que habían sólo unas pocas cosas. Desde pequeño me había hecho la idea de que las ambulancias debían estar colmadas de instrumentos quirúrgicos, otros objetos y cosas médicas. Pues los paramédicos debían estar preparados para cualquier emergencia, desde alguien que se había caído de las escaleras hasta un nacimiento prematuro, ¿no? Pero justo entonces mis pensamientos fueron interrumpidos: -Disculpa la pregunta, pero ¿tienes historial clínico en algún hospital? Es para llevarte allí y que tengas un trato preferencial, así tus familiares no tienen que llenar tantos formularios ni te tienen que hacer tantos análisis como si empezarás de cero en un hospital desconocido. Lo pensé un segundo hasta que recordé el nombre y le dije: -Sí, en el Hospital Clínica. -¡Ah, genial! Queda acá cerquita. -Sí, en la Santa Rosa al mil... Estaba diciendo, pero la paramédica golpeó una ventanilla que había entre la cabina del conductor y la parte trasera, donde estábamos. El conductor corrió la ventanilla y en tono servicial dijo: -Dime. -Llevanos al Clínica, en Santa Rosa al mil cuatrocientos. -Cómo no -respondió parcamente y volvió a cerrar la ventanilla. De inmediato escuché el rumor de un motor y sentí que nos movíamos, primero despacio y con precaución y luego tomamos velocidad. -¿Me va a doler? -pregunté con algo de nervios viendo la botellita de alcohol etílico que Eva sacaba de un botiquín verde colgado en la pared. -No tienes de que preocuparte -me tranquilizó, y una risita involuntaria se le escapó-. Será rápido. Tanto que casi ni lo sentirás, e incluso te va ayudar para que el brazo no te duela tanto. Asentí a pesar de que estaba de espaldas a mí y no podía verme. Pero lo importante era que yo entendiera, no que ella supiera que entendía, así que no hay problema con eso. -Aquí estás -dijo con una mano dentro del botiquín, y sacó unas pinzas, vendas, un paquete de cincuenta gramos de algodón y un frasquito de agua oxigenada, que dejó junto al alcohol sobre una de las repisas fijadas a las paredes. Se me acercó y se paró, debajo de la luz encandilante del plafón, obstruyendola -gracias a Dios-, y me inspeccionó el hombro iluminándolo con una linterna pequeña que sacó del bolsillo de su uniforme. Esperé una expresión de horror exagerada, pero ella, a diferencia de todos los demás que me habían revisado, no hizo ninguna nueva. Al contrario, se mantuvo sería y serena en todo momento. Debe estar acostumbrada, pensé. -Mente fría -pensé en voz alta. -¿Cómo? -preguntó con cara confundida mientras apagaba la linterna por el interruptor. -Nada... que tengo algo de frío dije -improvisé algo que sonara parecido a lo que dije en verdad para no parecer un ratito que hablaba consigo mismo. -Oh, no te preocupes. Llegaremos al hospital en menos de cinco minutos -lo pensé y tenía razón: nuestro destino ni debía estar a más de siete u ocho cuadras- y allí estarás más cómodo. Asentí, aunque en el fondo dudaba de lo que decía. Hasta que estuviera curado y sin la bala en el hombro, no iba a estar cómodo en ningún lugar, ni allí, ni en el hospital ni en casa. -¿Cómo se ve? -pregunté preocupado, refiriéndome a la herida. -¿Enserio quieres saber? -Claro. -Bueno... -suspiró-. La bala entró y salió -dijo como si fuera algo de todos los días. -¿Y eso es bueno o malo? -inquirí nervioso. Rió como si fuera una situación graciosa, aunque no lo era tanto para mí. A decir verdad me estaba meando del miedo. -Tranquilo. Es bueno. Si la bala se hubiera quedado alojada, lo más seguro es que de hubiera fragmentado, y los fragmentos, por más pequeños e inofensivos que parezcan, don muy dañinos -explicó mientras guardaba las pinzas en el botiquín-. Te salvaste de que tenga que extraértela, porque duele mucho tener pinzas dentro de ti, por si no lo sabes. -Sí, eso imaginaba -reí aliviado al saber que podía saltarme una parte dolorosa del procedimiento. -Pero no te salvaste del ardor -sonrió fríamente y sacó un pedazo de algodón del empaque y lo humedeció con un poco del alcohol etílico. -Oh, claro. Eva se acercó a mí y con sumo cuidado de no tocarme la herida levantó la manga de mi remera (que gracias a Dios era manga corta, no larga) para despejar el área. -¿Quieres un pedacito de gasa? -me preguntó mientras posaba sus ojos en los míos. -¿Mmm? ¿Para qué? -Fruncí el ceño confundido. -Es para morderla, para que no sientas tanto dolor. Dicen que si descargas el dolor que sientes en algo más, la sensación es más leve. Pensé que quizás pueda ayudarte. ¿Quieres? -y se dió vuelta para buscar el empaque de las gasas. -No no, gracias. Sólo hazlo rápido. -¿Seguro de que puedes? -Sí, de hecho ya me limpié con alcohol varias veces. -¿Sí? ¿Por qué? ¿Ya te habían disparado antes? -bromeó y sorprendentemente me sacó una sonrisa. -No, no es eso. Es que cuando tenía doce o trece años solía afeitarme con las hojas de la trinchera -apenas lo dije, me sonrojé de la vergüenza. -¿Y eso por qué? -Rió ella, aunque no sonó como si se burlara, sino como si riera conmigo. -Es que... no sé... no sé porque me daba vergüenza pedirle a mis padres que me compraran una maquinita de afeit.. ¡Auch! -me quejé al sentir un ardor infernal en el brazo. -Quieto quieto quieto. Tranquilo y seguime contando. -Sssss... Me daba vergüenza pedirles que me compraran maquinita de afeitar, aunque sé que es normal, pero el Lautaro de ese entonces era estúpido. Mucho más que el de ahora. -¿Y cómo era? Te afeitabas... ¿todo? Porque imagino que es muy peligroso. Haces mucha fuerza o te pasas un centímetro y te cortas y... ¡adiós tener hijos! -Sí, como una vasectomía casera -reímos. Estaba tan distraído con la charla que casi había olvidado por completo el dolor, y quedé sorprendido cuando Eva anunció: -Listo. No era para tanto, ¿verdad? -y me sonrió. -Supongo que no -contesté un poco más aliviado. Pero luego recordé que todavía tenía que escapar de allí antes de llegar al hospital. Una vez que estuviera allí me iban a registrar sí o sí, y cuando me tomaran los datos y supieran quién era, no me quedaría escapatoria-. ¿Tienes que hacer algo m…? Estaba preguntando, pero justo entonces unos golpecitos en la ventanita que conectaba la parte trasera de la ambulancia con la cabina del chofer me interrumpieron. -Eva, vení. Necesito que veas algo. Y de pronto la ambulancia pegó una frenada repentina que sacudió a Eva, y estoy seguro de que si yo hubiera estado parado también me hubiera pasado lo mismo. ¿Qué? ¿Qué pasa? -preguntó Eva, apoyándose en las paredes de la ambulancia para volver a acomodarse. La frenada casi la había dejado en el piso, y ahora que el móvil estaba detenido era buen momento para ponerse de pie bien. -Solo… baja y ven -fue lo único que respondió. -Ay Dios… -se quejó la paramédica, y puso los ojos en blanco-. Ya regreso. Sólo quedate aquí y cualquier cosa que necesites avísame, ¿sí? Asentí y ella lo tomó como un permiso para salir: caminó hacia las puertas traseras y las abrió, primero una y luego la otra. Puso un pie fuera y se dió vuelta para repetirme: -No te muevas -y me señaló con el dedo.. -No me voy a ir a ningún lado. Lo prometo -dije seriamente, haciéndome el inocente. -Está bien -dijo con una sonrisa-. No sé por qué soy tan dura contigo si eres un divino. Bajó la otra pierna y se alejó. No pude contener una sonrisa al ver que estaba actuando tan inocentemente que me estaba ganando sj confianza. Vi las puertas de la ambulancia abierta y vi una gran oportunidad de escapar (me sentía débil, pero el deseo de fuga era mucho mayor)... Hasta que una gran cantidad de autos comenzó a acumularse detrás nuestro. -¡Vamos! ¡Pasen que no tenemos tiempo al pedo! -gritó un chofer molesto mientras le daba golpes con el puño a la bocina. -¡Dale, que el semáforo está en verde! -acompañó en sus protestas otro conductor. Escuché unos pasos que se alejaban provenientes de afuera, y cuando se detuvieron reconocí la voz (algo tapada por la distancia y las paredes de la ambulancia, pero que finalmente reconocí era) de Eva diciendo: -¿Qué? ¿Qué querés Franco? -Mirá. Se me pusieron en medio. -¿Eh? ¿Quienes son? -Creo que son otros paramédicos. Es una ambulancia, ¿no? -Mmh. -¡Y mirá! Tiene el logo de 911. -¿Qué querrán? -Sí se nos atravesaron en el camino imagino que debe ser por algo importante. -Ajá. ¿Los llamamos? -No no no. No tenemos nada que ver con ellos. Tenemos que llevar al paciente al Clínica y después patrullar por la zona para ver si hay más heridos en la Estación de Servicios. Que sé yo si hubo un tiroteo o qué cosa. -Preguntale. -¿Qué? -Que le preguntes. Parece que te lo estás ganando. Tal vez puedas sacarle algo de información que le sirva a la pol… -¡No! Claro que no. No estudié tres años para ser detective. Yo nada más hago mi trabajo. De ahí en adelante que pase lo que tenga que pas… Estaban discutiendo -¿sabrían que estaba escuchando a la perfección cada una de las palabras que decían?-, pero se callaron de la nada, y primero no entendí por qué, pero luego comprendí cuando escuché unos pasos que de acercaban corriendo. -Vienen -escuché que decía el chofer (que a juzgar por lo que decía Eva se llamaba Franco) en un susurro. -Hola… Disculpen que les diga esto, pero ¿pueden sacar el móvil del medio? Tenemos que seguir un par de cuadras más y hay mucho tráfico. Solo escuchen las bocin… Estaba explicando Eva, pero de la nada volvió a callarse y en lugar de su animada voz escuché un golpe seco contra el piso, como si una bola de bolos se hubiera estrellado contra el pavimento. -¡¿Qué hacés?! ¡Déjala! Gritó Franco en tono tembloroso justo antes de que un segundo golpe acompañara al primero. Sentí un gran pánico creciendo dentro de mí al no saber qué demonios pasaba. ¿Qué eran los golpes? ¿Por qué se habían quedado callados? ¿Por qué había una ambulancia parada en medio de una Avenida (y lo decían los paramédicos, no yo)? Quise gritarle para preguntarles qué pasaba, pero un nudo en la garganta me lo impidió. -¡Vamos! -repitió el conductor de antes. -¡Sí sí! ¡Ya vamos! Disculpen, es que tuvimos que detenernos porque pensamos que se nos había pinchado un neumático -explicó una voz femenina. > pensé, y eché la cabeza hacia atrás, sintiéndome más tranquilo. Pero entonces, cuando pensaba que estaba libre de preocupaciones -más que de hallar una manera de escapar de allí, claro- algo hizo click en mi: era una voz femenina, pero no era la de Eva. Sonaba más pesada y tenía un acento distitno, como de catamarqueña. Levanté la cabeza y con horror escuché que unos la puerta del chofer se abría y unos pasos se acercaban al otro lado de la pared. -¿E-E-Eva? ¿F-Franco? Alcancé a preguntar justo antes de que alguien se subiera al asiento del conductor, y menos de un segundo después una mujer vestida con el uniforme de paramédicos subió con agilidad a la parte trasera de la ambulancia y cerró la puerta a sus espaldas. Quise echarle un vistazo para ver si era ella, pero la luz encandilante del plafón sobre mi cabeza no me dejaba reconocer más que el uniforme celeste de los paramédicos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR