Robert Cornish: Resucitador

1062 Palabras
LA ATRACCIÓN POR LA MUERTE Yo soy fiel creyente de que la muerte es una de las cosas más llamativas de la vida. No lo digo por un tema cliché ni por repetir algo que todo el mundo dice, sino porque, si te pones a pensarlo, todos hemos reflexionado seriamente sobre este tema como mínimo una vez. ¡Es que tiene tantas variantes y es tan impredecible que cómo no hacerlo!  Algunos vamos a morir por causas naturales, otros por enfermedades, o tal vez seamos asesinados... o quién sabe: ¡Capaz que sólo nos resbalemos en un piso mojado y nos reventemos la cabeza contra el piso!  Por lo visto, a Robert Cornish, un biólogo estadounidense del siglo pasado, también estaba interesado en este tema... Sólo que él no lo veía como un pensamiento random y pasajero, sino como algo que debía solucionar.  Para que entremos un poco en contexto, Robert fue (porque ya murió hace bastante) un experto en la biología y escritor. En sus textos, como es de suponer, se encargaba de registrar los resultados de sus experimentos y las teorías sobre lo que investigaba. Normal, ¿no? Yo creo que todos los científicos documentan y tienen cientos de hojas desparramadas en el escritorio de su casa.  Lo que no es normal es de qué iban estos experimentos: la resucitación.  Sí: leíste bien. Experimentaba con la resucitación. No sólo hacía teorías y estudios, sino que plasmaba sus ideas en cuerpos de prueba.  Si bien Robert Cornish es conocido por sus muchos intentos (uno más retorcido que el otro, déjenme aclarar), de devolver la vida, hoy vamos a centrarnos en uno sólo. Si quieres que siga, déjamelo en los comentarios y después seguimos.  EL COLUMPIO RESUCITA MUERTOS ... es, hasta el día de hoy, uno de los experimentos más perturbadores e inexplicables de toda la historia por muchos motivos. Para empezar, se probaba en muertos reales, y aquí empieza la primera incógnita: ¿De dónde sacaba Robert los c*******s? Para responder a esto, empiezan las explicaciones cruzadas. Si decides ir por lo menos retorcido, o inocente, si quieres llamarle así, está la opción de que el mismo biólogo tenía un negocio secreto con los cuidadores de algunas necrópolis y trabadores de diversas morgues de California (su ciudad natal, y en la que pasó la mayoría de su vida). De esta manera, sin que sus jefes se enteraran, estas personas vendían a los fallecidos como sujetos de prueba. Ya si quieres ir por algo más morboso y perturbador, está la probabilidad de que el mismo científico excavara las tumbas y sacara los cuerpos o los robara del ataúd antes de ser enterrados. Todo esto siempre durante la medianoche, cuando los guardias eran ínfimos. Si bien es muy extraña la imagen de un biólogo solitario cargando cuerpos a su hombro en medio de la oscuridad hasta el laboratorio, esto explicaría algunos de las múltiples profanaciones que ocurrieron en los cementerios durante la época.  Tú que dices: ¿Tratos ocultos en el negocio del entierro, o un científico que por las noches era un profanador experto?  Bien. Una vez que pasamos por eso (que ya empieza a tener sus destellos de aterrador), empieza lo más interesante. El experimento en sí.  Este, tenía como base un instrumento que el mismo Cornish inventó. Era grande, del tamaño de un juego digno de un parque, que tomaba la forma de un columpio. De hecho, servía como tal.  Robert Cornish lo subía al columpio en su laboratorio, el cual tenía un respaldo para mejorar el manejo. Le inyectaba una mezcla de adrenalina y heparina -lo cual ayudaba a diluir la sangre-, y empujaba rápida y repetitivamente el columpio durante algunos minutos. Este movimiento, según él, ayudaría a retomar el flujo de sangre en las personas, y por lo tanto la recuperación de la vida del difunto.  Este experimento fue probado en muchísimas personas. Robert  aseguró que luego de un tiempo de emplear sus métodos, el color volvía al rostro de la persona, e incluso llegó a detectar pulso, pero nunca consiguió cumplir con su objetivo . Al fin y al cabo, lo único rescatable que sacó de esto, fue la conclusión de que había pasado demasiado tiempo como para que el muerto pudiera ser resucitado.  EL EXPERIMENTO FUNCIONÓ EN PERROS Esta vez, para no caer en el mismo error de antes, decidió que tenía que probar en c*******s que cargaran con escaso tiempo de defunción. Naturalmente, uno piensa: ¡Es imposible que consiga sujetos de prueba recientemente fallecidos! Y es algo entendible. Basándonos en cualquiera de las dos teorías, sería muy complicado -por no decir imposible- de conseguir. Entonces, en lugar de experimentar con humanos, empezó a hacerlo con perros. Cuando encontraba a alguno desamparado, dando vueltas sólo en la calle, lo llevaba a su casa y lo tenía consigo durante algunos días. Lo alimentaba y se aseguraba de que estuviera en buenas condiciones. Finalmente, cuando alcanzaba un estado aceptable, lo sacrificaba él mismo.  Llegado ese punto, trataba de llevar a cabo el proceso lo más rápido posible, para no corres riesgos de fracaso. Luego le inyectaba una nueva mezcla distinta a la anterior. Esta consistía en una combinación de solución salina, oxígeno, adrenalina, sangre, coagulantes y anti coagulantes. El oxígeno era administrado mediante un tubo plástico introducido en la boca del animal, y el resto mediante una jeringa.  Sentaba al animal en el columpio y lo empujaba frenéticamente.  Antes que nada, permítanme hacer un paréntesis: Faltaban décadas para que la técnica de RCP fuera descubierta y empleada, por lo que esto era todo un avance médico.  Los primeros tres perros de prueba fueron revividos, pero mostraron escasos signos de vida. Lázaro II fue el que mejores resultados obtuvo, estando en coma durante ocho horas antes de volver a morir. Lázaro IV regresó del más allá con una ceguera total, y daños cerebrales muy serios que le restringían gran parte de sus demás capacidades. Sorprendentemente, Robert anotició que luego de unos meses de rehabilitación, consiguió recuperarse.  Lázaro V pasó por lo mismo que su antecesor, solo que tuvo una mejoría más rápida y eficiente.  ¿CONFIAS?  Igualmente, nadie fue testigo de esto, ya que Robert llevaba todos sus experimentos a solas. Por esto, sólo nos queda confiar en los reportes de un biólogo profesional. Ahora dime... ¿Tú confías en su palabra?
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