Benjamin
Escucho que me llaman.
Siento el aliento caliente de alguien en mi nuca.
Sé que no debo darme vuelta.
El Padre Leonard me dijo que no tengo que darle importancia al asunto.
Zapateo y media vuelta, fueron sus palabras textuales.
Por lo que me dijo, mientras menos me preocupe por el tema, mejor me irá. Y no lo pongo en duda: él tiene sesenta y ocho, siete años mas que yo, y dedicó toda su vida a la religión. ¿Quién soy yo para cuestionarlo?
Pero esta vez las cosas son distintas. Percibo esa presencia con mucha mas intensidad. Ya no es solo algo auditivo. Incluso podría jurar que siento unos dedos ásperos bajar por mi hombro descubierto.
-Benjamin... Tú sabes lo que te pasara.
Dice esa maldita voz.
Instintivamente cierro los ojos de golpe, como si estuviera viendo una soldadura.
Trato de tranquilizarme, pero entre mis palpitaciones aceleradas y mi intención de mantener la mente fría se encuentran las palabras del Padre William, el único que se atrevió a responderme cuando fui a buscar a Leonard a la Iglesia del pueblo para que me ayudara:
¡No me venga con bromas de ese tipo! -Exclamó con los nervios de punta, casi tartamudo por el enojo- Fue destituido de su cargo luego de las ofrendas a Valak, y para que lo sepa, su nombre es un insulto aquí.
Ofrendas.
Valak.
Nunca fui muy apegado a la Biblia, así que no conozco todos sus integrantes, pero no me hace falta haberla leído para saber que Valak no está del lado de Cristo.
Y ahora mismo, a centímetros de aquello que me viene llamando desde que el Padre Leonard llegó a mi rancho en busca de alguien que lo guíe, acabo de comprender que su desorientación no fue coincidencia, como tampoco lo fue la llegada de eso, y su consejo de no darle importancia.