NISHA
—J0der, me duele la cabeza—, se queja Blake, entrando en el comedor con la mano apoyada en la frente.
Se apresura a disculparse por maldecir delante de Salem y Flavia. Pero no puede evitar maldecir una segunda y tercera vez.
—¿Por qué hay tanta luz en esta maldit4 casa?
—Cuide sus modales, señor Carreras—, le reprende Tyla, colocando un vaso de agua y unas pastillas para la migraña sobre la mesa. —Tome esto. Le hará sentirse mejor.
Dirigiéndose a Sandro, le ofrece otra taza de café, pero él la rechaza.
—No, gracias, Tyla.
Ella asiente con la cabeza y le sonríe antes de preparar un plato para Blake y limpiar la mesa del desayuno con la ayuda de Margaret.
Salem y Flavia se levantan, se ponen las mochilas y me dan un abrazo.
—Que pasen un buen día en el colegio, chicas—. Después de verlas marchar, salgo para prepararme para ir al trabajo.
Trabajar para Sandro en su empresa me está yendo bastante bien. Gano bastante dinero y todos sus empleados son muy amables. Son tan amables que casi resulta excesivo.
Es una sensación extraña. En mi antiguo trabajo, nadie me dirigía ni una sonrisa. Todos me ignoraban. Era como si fuera invisible. Ni siquiera sé por qué me contrataron si iban a tratarme tan mal.
A pesar de lo mal que me trataron mientras estuve empleada allí, supongo que debería darles las gracias.
Si no me hubieran despedido, no estaría viviendo en esta bonita casa con dos hombres estupendos y ganando mucho más dinero del que jamás había ganado en un mes.
*
—Tu reunión empieza en cinco minutos, Sand... Señor Herrera—, me corregí rápidamente, mientras Sandro me miraba con una ceja levantada.
No creo que llegue a acostumbrarme a eso.
Cerró su ordenador portátil, salió de detrás de su escritorio y se dirigió al pasillo. Lo seguí, maldiciendo entre dientes. Sandro camina muy rápido, lo que me dificulta seguirle el ritmo, ya que llevo tacones.
Resoplé, cada vez más frustrada.
—¿Podría ir más despacio...?— Se detuvo bruscamente. No tuve tiempo de frenar y choqué contra él.
Se giró, con el ceño fruncido, y me miró con enfado.
—Mira por dónde vas —gruñó.
—¿En serio? Tú eres el que ha decidido parar en medio del pasillo, jod3r—, le espeté.
Él gruñó.
—Cuida tu lenguaje, Nisha.
—¿O qué?—, lo desafié. —¿Me pondrás sobre tus rodillas y me darás unos azotes?
Sandro abrió la boca para hablar, pero se detuvo cuando vio a una de sus empleadas pasar junto a nosotros. La pequeña mujer saludó con la cabeza a su jefe antes de continuar por el pasillo.
Mirándome con ira, se dio la vuelta y se alejó. Siguiendo su ejemplo, nos dirigimos al interior de la sala de conferencias. Sandro tomó asiento a la cabecera de la mesa, donde ya estaban sentados todos los demás.
Me senté en la silla vacía junto a Sandro, justo enfrente de su secretaria. No me caía bien. Siempre coqueteaba abiertamente con él, tratando de seducirlo con sus grandes pechos de silicona.
Afortunadamente para mí, él no parece tener ningún interés en ella. Aunque Sandro no muestra mucho interés en nada excepto en su teléfono, deja bastante claro que no la quiere. Ignora por completo sus insinuaciones, lo que me hace sonreír y la hace fruncir el ceño.
Su secretaria, cuyo nombre no me molesté en aprender ni recordar, me miraba con desdén.
Su odio hacia mí quedó claro desde aquella noche en la fiesta de la oficina, cuando ella y otros empleados me vieron bailar con su jefe.
—Eso no funcionará—, oí decir a Sandro, con su voz grave llena de autoridad. Su presencia exige atención y mentiría si dijera que eso no me excita.
—¿Y si bajamos los precios...?— El tipo que había hablado se calló al ver la mirada asesina de su jefe. Tragó saliva y su nuez se movió arriba y abajo en su garganta mientras bajaba la vista.
Suspiró y se limpió la boca con la mano de forma sensual.
—Ha sido una pérdida de tiempo.
Echó hacia atrás su silla giratoria y se puso de pie. Y fue entonces cuando se me ocurrió una idea.
—¿Qué tal una oferta? Ya sabes, ¿compra uno y llévate otro con un porcentaje de descuento?—, intervine.
Sandro volvió a sentarse, centrando ahora su atención en mí. Tragué saliva, sintiendo la presión bajo su intimidante mirada. Todos me miraban, algunos de ellos mostrando signos evidentes de envidia.
—Te escucho.
Me moví en mi asiento y carraspeé.
—Bueno, a todo el mundo le gustan las gangas. ¿Y si...?
—Solo es una asistente, jefe. Nos hace el café, j0der—, dijo el tipo al que le habían rechazado la idea, con las fosas nasales dilatadas por la ira. —Ni siquiera debería permitirle...
La mirada gélida de Sandro se posó en él y, una vez más, se calló.
—Si la vuelves a interrumpir, te despediré sin pensarlo dos veces—, gruñó.
No volvió a hablar.
Sandro volvió a mirarme. Enderecé la espalda y procedí a contarle el resto de mi idea. Cuando terminé, él la aprobó y salió de la sala de reuniones.
Al salir, algunos de los trabajadores me felicitaron, mientras que otros me miraban con expresión amarga.
Le dediqué una sonrisa de satisfacción a la secretaria de Sandro y le hice un gesto obsceno al tipo que me había interrumpido tan groseramente, antes de salir de la conferencia con un orgulloso contoneo de caderas.
¡Z0rra!
*
—Deberías haberme visto hoy—, le dije a Blake con una sonrisa radiante, después de contarle lo que había pasado en el trabajo en la sala de conferencias. —Fui una auténtica z0rra.
Él no pudo venir con nosotros al trabajo porque todavía se estaba recuperando de la resaca. Afortunadamente, con un poco de sueño y Tyla cuidándolo, volvió a ser él mismo en poco tiempo.
—¿Ah, sí?—, sonrió, mirando a Sandro, que estaba sentado en el sillón con un libro abierto en la mano. —¿Es eso cierto, Sandro? ¿Nuestra chica ha sido una mujer de negocios hoy?
Levantó la vista del libro y nos miró con su expresión impasible.
—Lo ha hecho bien.
Blake, que estaba sentado con las piernas abiertas en un extremo del sofá, puso los ojos en blanco y volvió a centrar su atención en mí.
—Olvídate de ese Christian Grey—, dijo con una sonrisa. —Estoy orgulloso de ti, Nisha.
—Gracias, Blake.
Estoy segura que vi a Sandro sonreír, pero no estaba cien por cien segura. Si hubiera esbozado la más mínima sonrisa, nunca lo habrías sabido, porque nunca duran lo suficiente como para que nadie pueda verlas realmente.
Aun así, creo que por fin está empezando a simpatizar conmigo.