Ya amaneció y aún siento un dolor fuerte en mi pecho. Azzael me ha estado cuidando sin descanso; ahora fue a Francia a buscarme sopa de cebollas para recuperarme más pronto. Anna está encargándose de nuestro local junto a Muriel, quien no la deja sola por nada del mundo, aunque a ella eso no le molesta para nada.
Poco a poco he ido recuperando fuerzas; ya no me siento tan débil, sobre todo con los cuidados de mi Azzael. Sin embargo, algo me ha estado dando vueltas en la cabeza: lo que dijo Lucifer antes de irse, acerca del precio que debe pagar Azzael por haberme salvado. Eso me tiene inquieta.
—Llegué, amor. Ven, siéntate, te ayudo —me dice mientras acomoda un plato en mis manos—. Te traje la sopa, está caliente. Además, unos pancitos y de postre... los panqueques pequeños que te gustaron tanto.
Me siento en la cama con su ayuda, aún me duele la herida. Azzael me da sopa en la boca, aunque yo le insisto que puedo comer sola, pero él no cede.
—Amor, déjame ver la herida. Debo hacer las curaciones. Gabriel me trajo esto, dijo que ayudaría a sanar más rápido —me muestra una crema—. Está hecha con las hierbas que él cultiva en el Paraíso.
Azzael me quita la venda, limpia con suero, seca con gasa y, luego, con manos tiernas, esparce la crema.
—Debemos dejarla libre, sin venda —dice imitando las palabras de Gabriel—. ¿Quieres comer algo más? ¿O hacer algo?
—No, solo quedarme acostada a tu lado. Cuéntame qué pasó con Lilith.
—Mmm, Lilith... Bueno, mi hermana está sintiendo lo que es enfadar a Lucifer. Está encarcelada en el Infierno. Lucifer aceptó que Miguel la visite, pero tomó el Grimorio de Neceas y lanzó un hechizo sobre ella. No podrá salir jamás; la encadenó para que no vuelva nunca más a la Tierra. Solo puede ver a Miguel cuando él va.
—¿Hay alguna manera de romper ese hechizo? —pregunto, recordando las historias de Disney.
—Así es —sonríe—. La única forma sería que Lilith se arrepienta verdaderamente y purifique su corazón. Eso la liberaría automáticamente. Pero no pasará, amor... Lleva eones alimentando resentimiento y odio.
—Azzael, ¿te puedo hacer una pregunta?... O bueno, dos preguntas.
—Dime, princesa.
—Tu hermano, Lucifer, dijo que debías pagar un precio, que Dios nunca da nada gratis. ¿A qué se refería?
—Bueno, eso... Dios nunca da nada gratis. Siempre pide algo a cambio, y si no cumples, el milagro que te otorgó se desvanece. En mi caso, sería como si nunca hubiese tenido mis alas ni hubiese podido salvarte.
—¿Y tus alas?
—Cuando bajé contigo de nuevo a la Tierra, desaparecieron. Solo las tuve para salvarte.
—Eran hermosas —susurro con tristeza.
—Sí, eran hermosas. —Toma mi mano con ternura—. ¿Cuál era tu otra duda?
—Cuéntame qué pasó exactamente cuando me desmayé. ¿Quién sacó la daga? Es que siento algo muy extraño.
—¿A qué te refieres con extraño?
—Primero cuéntame...
—Bueno, llegué arriba y Gabriel nos estaba esperando. Entré a la fuente contigo; al sumergirte, Gabriel extrajo la daga. El agua curó tu herida, pero quedó esa cicatriz que aún te duele. Luego te traje aquí, mientras Muriel estaba gravemente herido y Anna lloraba desconsolada. Gabriel les dio tónicos para sanar más rápido, y pidió que esperáramos a que el agua hiciera efecto... y pasó una semana.
—¿Y Lucifer estuvo acá?
—No. Llegó solo cuando Miguel tuvo la idea de usar las espadas. ¿Por qué?
—¿Le podrías pedir a Lucifer que venga? ¿Vendría si tú se lo pides?
—Yo creo que sí, pero... ¿por qué?
—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tuve un sueño contigo peleando y dejándome sola, y tú dijiste que era un recuerdo del Paraíso...
—Sí, ¿qué pasa?
—Estando inconsciente, soñé mucho... con Lucifer. Necesito hablar con él.
—Está bien, mi amor. —Se inclina y besa mi frente—. Lo traeré.
Azzael rompe el espacio y desaparece. Mientras tanto, el dolor en mi pecho se intensifica y el sueño comienza a vencerme...
(Sueño de Aggy)
— Lucifer grita —. ¡Tú no tienes derecho! ¡Son mis hijos, no dejaré que los dañes!
—Es la mejor opción —responde otra voz.
—¡No, no lo es! ¡Eres un sádico! ¡No dejaré que los dañes!
Me despierto sobresaltada. Azzael está a mi lado.
—Amor, ¿qué pasa?
—Son los sueños... ¿Qué dijo Lucifer?
—Que apenas pueda vendrá. Está poniendo orden abajo.
—Ya no me duele la herida —le digo, tocándome el pecho.
Él revisa y sonríe al ver que estoy completamente sana.
—Ven, ponte de pie.
Me levanto, lo abrazo y, al sentirlo tan cerca, no puedo evitar desearlo. Lo beso con desesperación.
Azzael se separa con dificultad.
—Amor, amor... Espera. Aún estás convaleciente. Démonos un día, por favor.
—Azzael... te deseo —susurro entre besos, pero entonces un pinchazo en la cabeza me hace gemir de dolor.
—¡Agatha! —me sostiene—. Ves que aún no estás bien... Vamos, a recostarnos.
—Fue solo un dolor de cabeza, amor, no te preocupes.
—De todas formas no correré riesgos —me dice, firme.
—Amor, tengo antojos de frutillas. ¿Podrías ir por favor, a la tienda donde fuimos?
—Como diga mi reina —sonríe—. Vuelvo enseguida.
Azzael rompe el espacio y desaparece. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el espacio vuelva a romperse... pero esta vez no es él.
Una figura oscura y majestuosa aparece: es Lucifer.
—Hola, Agatha. Azzael me dijo que querías verme.
—Hola —le sonrío—. Perdona por hacerte venir. Es que desde que desperté he tenido sueños muy extraños... sueños contigo.
—¿Conmigo? —arquea una ceja y se acerca.
Le ofrezco sentarse a mi lado. Lucifer lo hace, aunque su expresión es de cautela.
—¿Recuerdas todo antes de la rebelión? ¿Sabes por qué lo hiciste?
—Bueno... —se rasca la cabeza—. Fue porque el plan era muy cruel para mis hermanos.
—¿Recuerdas algo más?
Justo en ese momento, entra Azzael, trayendo las frutillas.
—Hermano, llegaste.
Me entrega la caja, sonriente, pero se queda de pie tras Lucifer.
—Lucifer, por favor —le digo—. ¿Recuerdas algo antes de esa discusión?
—No... La verdad es que no. Es confuso. ¿Por qué?
—¿Me das tu mano?
Lucifer duda un segundo, pero extiende su mano. Al tocarla, siento como si despertara un recuerdo...
(Visión de Agatha)
—¡Hermano, no puedes hacer eso! ¡Son mis hijos!
—Son parte de la creación, aunque tú los hayas creado.
—¡Tú creaste los animales y el resto! ¡Y era para que fuera su hogar, no su prisión!
—¿Quién te va a creer? Yo soy el mayor. Me debes obediencia.
—¡Jamás! ¡No los abandonaré!
Lucifer retira la mano bruscamente. Sus ojos, normalmente altivos, están llenos de desconcierto.
—¿Qué rayos fue eso? —gruñe—. Agatha, explícame.
—No lo sé. No sabía que podía mostrarte mis sueños...
—Eso no se sintió como un sueño. Fue real. Algo pasa... —se lleva las manos a la cabeza—. Debo irme.
Rompe el espacio y desaparece.
Azzael me sostiene.
—Amor, ¿estás bien?
Lo miro... y todo se oscurece. Solo escucho su voz angustiada:
—¡Agatha! ¡Mi vida, qué pasa!
(Sueño)
Estoy frente a un ser de luz, un ángel... no, más que eso. Él me entrega un cristal.
—Hija, recuérdame —me dice con ternura—. Guarda esto muy bien.
—¿Por qué estás tan asustado, padre?
—Haniel, mi princesa... hazme caso.
Me entrega una pequeña perla y, obedeciendo, la escondo en mi cuerpo. Él pone su espada sobre mi pecho, murmura palabras antiguas, y su espada brilla intensamente. Es nuestro secreto.
—Sí, padre... —susurro.
(Fin del sueño)
Despierto, llorando, en brazos de Azzael.
—Tranquila, amor. Estoy aquí.
—No entiendo qué me pasa... —le digo entre sollozos.
Él me abraza con fuerza, como si pudiera protegerme de todo.
— Sshht, tranquila, amor, no llores. Cuéntame.
— Tengo sueños extraños, sueño con Lucifer y con otro ángel más que no reconozco. Pero no le digo Lucifer, le digo padre… No entiendo nada. Él me llama Haniel. Pensé que no sabría mi nombre.
— Tranquila, mi vida. Debe ser estrés por todo lo que has vivido. Anna vino a verte mientras dormías. Recuerda que falta solo una semana para nuestra boda.
— ¡Verdad! Con todo lo que pasó lo había olvidado… He estado muy desconcentrada. Amor, ¿podemos ir a dar una vuelta? Estoy ahogada, quiero tomar aire.
— ¿Dónde quieres ir?
— No sé… A la playa. ¿Qué tal la playa que visitamos la otra vez? La isla desierta.
— Ok, arreglo todo mientras tú te cambias.
Estoy arreglándome, buscando pareo y traje de baño. Necesito tanto tomar aire... Azzael abre el espacio y en segundos llegamos a la isla. Es maravillosa, tal como la recordaba. Él deja nuestras cosas en la arena, y yo corro al mar. Necesitaba nadar, sentirme libre. Me sumerjo en el agua salada, fresca y limpia, y al emerger, Azzael me sigue.
— Hey, hermosa, ¿estás bien? ¿Te duele algo? —me pregunta preocupado.
Sonrío al verlo tan pendiente de mí.
— Tranquilo, amor. Estoy bien. No me duele nada. Ya tengo fuerzas, no me siento mal. —Me cuelgo de su cuello y susurro con picardía—. Estoy antojada.
Sonríe, adivinando mis intenciones.
— ¿Y de qué sería ese antojo?
Beso sus labios.
— De un ángel dueño de mi corazón.
Vuelvo a besarlo y él me aprieta contra su cuerpo, pasando una mano por mi cintura y la otra detrás de mi cabeza.
— Agatha, no me tientes… Llevo más de una semana sin tocarte.
— Eso es precisamente lo que quiero —susurro, rozando su oído mientras paso mi mano por su entrepierna, sintiendo su erección endurecida, a punto de romper su traje de baño. Azzael suelta un gemido involuntario.
No puede resistirse más. Me besa apasionadamente, sus labios reclamándome como suya. Me besa el cuello y suelto su m*****o, mientras él, con desesperación, corre mi traje de baño a un lado y entra en mí de un solo golpe, lanzando un quejido gutural.
Me cuelgo de su cuello, entrelazando mis piernas en su pelvis para asegurarme de que no se separe de mí. Nos seguimos besando mientras él embiste con fuerza y deseo contenido, succionando y mordiendo mis pechos, su ritmo cada vez más frenético, más salvaje.
El orgasmo me arrastra junto con él mientras nos abrazamos en el clímax, su gemido ronco llenando mis sentidos. Quedo lánguida abrazada a su cuello, ambos respirando agitadamente.
Azzael apoya su frente en la mía, jadeando.
— Mi hermosa… no sabes cuánto deseaba estar dentro de ti. Este… —roza mis labios— es mi lugar favorito en el mundo. Hacerte mía una y otra vez.
Me bajo con dificultad de su cuerpo. Las piernas me tiemblan.
— ¿Te sientes bien? ¿Fui muy brusco?
— No, amor. Estoy excelente. Solo es falta de práctica —sonrío traviesa—. Nada que el agua no cure.
Me zambullo en el mar y salgo a flote, dejándome llevar por la marea, cerrando los ojos en paz. Azzael se queda cerca, vigilándome.
— Amor, no me voy a perder.
— Amo verte —responde, y luego nada hacia mí. Me toma en brazos con ternura—. ¿Quieres salir?
— Bueno, mi vida.
Salimos del agua. Mientras me seco, Azzael extiende las toallas sobre la arena. Me siento en sus piernas, y él me abraza, mirándome intensamente. Pasa sus manos por mi rostro, apartando un mechón de cabello.
— Eres hermosa. Adoro sentirte, tocarte, olerte… —susurra, acariciándome con devoción—. Sentí tanto miedo de perderte… Pensé que no despertarías. Lloré más que en todos los siglos que pasé esperándote. Sentí que me partían el alma. —Me besa con infinita delicadeza—. No puedo vivir sin ti, mi vida.
— Yo tampoco, amor —susurro, colgándome de su cuello y besándolo con amor—. Ya con tu hermana encarcelada no tendremos problemas. Te amo.
Disfrutamos juntos del atardecer, abrazados, con el corazón en calma.
— ¿Vamos? —pregunta finalmente.
— Ok —sonrío.
Recogemos nuestras cosas y Azzael abre el espacio para regresar al departamento. Al llegar, llena la tina y se coloca detrás de mí, frotando la esponja jabonosa con ternura por mi espalda. Sus besos suaves me relajan aún más. Se siente tan bien estar con él, sentirlo... pertenecerle.
Terminamos de bañarnos, nos secamos y vamos a la cama. Me acuesto a su lado, protegida en su abrazo fuerte y cálido.
Me duermo profundamente, por fin en paz.