Ya amaneció y estoy abrazada a mi Azzael. Reviso mi herida y ya no duele nada. Me siento muy bien; el medicamento que envió Gabriel hizo efecto. Miro a mi Azzael, tan bello como siempre, paso mis dedos por su rostro para sacar el mechón de cabello que tapa sus ojos y me quedo pegada a sus labios, viéndolo, esbozando una sonrisa.
—Aunque no lo creas, extrañé tanto tu mirada cada vez que amanecía —me mira pícaramente—. Puedo sentir cómo miras mis labios con ganas de morderlos.
Se abalanza sobre mí y queda frente a mi rostro, tan cerca que puedo sentir su respiración.
—Buenos días, mi princesa —me besa suavemente, logrando que mi piel se erice. Termina el beso con un pequeño mordisco en mi labio inferior—. ¿Cómo amaneciste?
—Bien —apenas sale mi voz, aclaro mi garganta—. Bien, mi vida. Me siento muy bien, revisé mi herida y ya no duele.
Él se levanta y pasa su mano por mi herida. Puedo ver su mirada de tristeza.
—¿Qué sucede, amor?
—Nada… Es solo que recibiste esa herida por mí. Yo debería haber recibido esa daga, no tú.
—Tranquilo. Si hubieses sido tú, ahora no estarías vivo. Tú me salvaste, y gracias a eso aún tenemos tiempo para amarnos en esta tierra.
Lo abrazo y me siento sobre él, cruzando mis piernas por sus caderas, quedando frente a frente. Él pone sus manos en mi espalda baja.
—Agatha, tú sabes que eres mi razón para existir. Yo no podría vivir sin tu olor, sin tus caricias, sin escuchar tu voz.
Quito su cabello de sus labios y pongo mi mano en su rostro, mientras lo miro fijamente a sus hermosos ojos azules. Me quedo observándolo en silencio, luego bajo a sus labios de color rosa profundo. Siento cómo mi corazón late mientras me acerco a su boca. Al hacerlo, él reacciona, su entrepierna se abulta contra mí. Le doy un beso suave y largo que demuestra todo lo que siento por él. Termino de besarlo y me alejo lentamente de sus labios; él lanza un suspiro y vuelvo a mirar sus ojos.
—Te amo —le susurro.
Él sonríe.
—Y yo a ti, mi princesa.
Me besa de nuevo, pero somos interrumpidos por el timbre. Azzael me mira.
—Debe ser Anna. Ha estado viendo tiendas de novias toda la semana que estuviste dormida —dice divertido—. Decía: “Mi amiga va a despertar y debo tener claro dónde llevarla. ¡Nos faltará tiempo, vamos Aggy, despierta por favor!”
Yo sonrío.
—¿Verdad, amor, que debemos ir a que nos bendiga un cura?
Soltamos una carcajada los dos. Azzael se levanta conmigo en brazos y me baja lentamente.
—Bueno, amor, iré a abrir —me da un beso apretado, pero rápido, y se va.
Le grito:
—¡Heyyyy! —Me mira—. Vístase, eso es todo mío, no quiero que nadie más lo mire.
Sonríe y me hace una reverencia.
—Como ordene mi ama.
Yo me pongo una bata y escucho los gritos de Anna:
—¡Agathaaaa! ¡Veeeeen, tenemos mucho que hacer!
Salgo y veo que Muriel está con Azzael. Está completamente curado. Anna me mira.
—¡Amigaaa! —me abraza fuerte—. ¿Cómo te sientes?
—Bien, perfectamente, gracias al medicamento de Gabriel. Ya no me duele nada.
—Perfecto, porque debemos comprar muchas cosas: tu vestido, tus joyas, tu lenceríiiiaaaa —y mira a Azzael, traviesa.
—Eso me gustó, sobre todo esa parte —dice Azzael, riendo.
Muriel agrega:
—Que sea doble. También quiero sorpresas, mi vida.
Anna le muestra su dedo donde debería ir la sortija.
—Lo siento, ese nivel no ha sido desbloqueado aún.
—¡Uuuuh, hermano! —Azzael se burla mientras le da una palmada en el pecho a Muriel—. Eso fue un golpe directo a tu orgullo.
Muriel resopla.
—Jajaja, Muriel, guarda silencio. Mejor, que te puede ir peor —le digo entre risas.
—Anna, iré a cambiarme y vamos.
Muriel dice:
—Perfecto. Nosotros con Azzael iremos a cumplir nuestras obligaciones. Nos juntamos aquí en la noche, ¿les parece?
—Perfecto —responde Anna.
Azzael se acerca a Anna, con una mirada seria.
—Cuida mucho a Agatha, por favor. Ella es mi vida, mi razón de vivir.
—Tranquilo, Azzael. No le pasará nada. Ahora, si quieres, invito a Aníbal para que nos cuide —dice Anna, traviesa.
Muriel y Azzael fruncen el ceño de inmediato.
—¡Jajajaja! No recordaba que fueras tan bromista, Anna —dice Azzael.
Yo río.
—Me iré a cambiar.
Azzael me sigue, y Muriel se queda con Anna, tomándola de la cintura y acercándola a su cuerpo.
—¿Así que quieres invitar al idiota ese?
Anna sonríe.
—Puede ser…
Pero Muriel no la deja terminar: la besa apasionadamente, dejándola sin aliento.
—Pensándolo mejor, no creo que sea buena idea —dice Anna, sonriendo.
—Exacto, eso decía yo —le responde Muriel, complacido.
Entro a la habitación para buscar ropa y Azzael entra detrás de mí. Me abraza por detrás mientras estoy eligiendo ropa, pone sus manos sobre mi vientre y me presiona hacia él, mientras me habla al oído, pegándose a mi espalda.
—Así que quieres invitar a Aníbal...
Yo sonrío.
—No fui yo la que dijo eso, fue Anna.
—Pero tú no te negaste —me vuelve a presionar hacia él y puedo sentir como su pantalón está a punto de reventar. Me besa el cuello mientras una de sus manos baja por mi ropa interior, y la otra acaricia mis pechos.
Suelto un gemido al sentirlo. Mi corazón late fuerte y mi entrepierna se estremece. Él cierra la puerta del armario de un manotazo y me gira de golpe, dejándome frente a él. Sus ojos, llenos de lujuria, me devoran mientras me besa profundamente, desesperado por mí. Yo desato su pantalón y me sube al tocador de un tirón, entrando en mí con fuerza. Lanzo un gemido ahogado por su boca, mientras me besa con pasión feroz, devorándome el alma.
Pega su frente contra la mía.
—Te amo, Agatha. Eres solo mía.
Me entrego a él sin resistencia, deseándolo, mientras sus movimientos salvajes me llevan directo al borde. Siento cómo me palpita todo el cuerpo, mi interior se contrae mientras mi orgasmo explota y él gruñe de placer, abrazándome con fuerza.
—Tú eres mi droga, no puedo alejarme de ti —susurra contra mi cabello, inhalando profundamente.
Sale de mí lentamente y sonríe maliciosamente.
—Te dejé un recuerdo para que me pienses todo el día.
—Amo este tipo de recuerdos —le digo, intentando que mis piernas dejen de temblar.
Él se ríe.
—¿Necesitas ayuda?
—¿Qué crees tú? —le respondo, divertida.
Me toma en brazos y me deja en la cama.
—Descansa, yo te buscaré la ropa mientras te recuperas.
Me trae una falda corta negra, unas sandalias y una blusa de gasa roja, todo combinando perfectamente.
—Excelente elección, amor. ¿Cómo lo haces para elegir tan bien?
—Fácil: me imagino sacándotelo... o metiendo mis manos por debajo de la ropa —dice, sonriendo pícaramente—. Por ejemplo, esta falda es perfecta: fácil de subir para cogerte.
Yo sonrío.
—Ah, ahora entiendo... Pero funciona, muy buena elección.
Ya mis piernas me responden. Me cambio mientras él está apoyado en la puerta, mirándome con su típica mirada intensa, devorándome entera con los ojos.
—¿Quéeee? —pregunto, nerviosa.
—Nada... Solo que eres hermosa. Y me encanta mirarte. Eres perfecta.
Termino de vestirme y camino hacia él lentamente, disfrutando de verlo de pies a cabeza. Él sonríe porque sabe que me derrito por él.
—Espero que llegues pronto —le digo acariciando su pecho—. Tenemos que ponernos al día. Una semana sin que él... —acaricio su entrepierna— me visite.
Inmediatamente, su pantalón se abulta. Sonrío.
—Parece que él también me extrañó.
Me toma por la cintura y me pega a su cuerpo.
—No me tientes... sabes lo que pasa cuando haces eso.
Muerde mis labios y suelto un pequeño gemido. Recuerdo que Anna me espera.
—¡Ok! Te espero esta noche, entonces.
Me besa tan intensamente que me deja sin aliento.
—Esta noche, princesa.
Salimos al living. Anna, que nos espera, se ríe al ver nuestras caras.
—¡Vaya, vaya! Nuestra Agatha sonrojada. Cuñado, déjela respirar, pues.
Siento que mi rostro arde.
—¡Annaaa! —le grito, riendo, mientras todos sueltan carcajadas.
—Vaya, hermano —dice Muriel—. Debiste haberte comportado a la altura.
—Como siempre —responde Azzael, divertido.
Azzael le habla a Anna:
—Te encargo a mi princesa.
—No se preocupen, chicos. Estaremos temprano en casa, sanas y salvas —promete Anna.
Rompen el espacio y desaparecen, mientras Anna me mira divertida.
—Ufff... Con razón te demoraste tanto.
—Bueno, pasamos una semana separados... entenderás que Azzael y yo tenemos que ponernos al día.
—¡Jajajaja! Sí que me di cuenta.
—¿Vamos?
—¿En qué auto?
—En el tuyo, Anna. No quiero manejar aún, mis piernas todavía tiemblan.
—¡Jajajaja, ok!
Bajamos y partimos. Anna tiene toda una ruta organizada. Pasamos a cinco tiendas de novias. Creo que me probé como quince vestidos... y ninguno convencía a Anna. Hasta que llegamos a una tienda en el mall. En la vitrina veo un vestido que me roba el aliento.
Entramos. Me lo pruebo. Es de escote en forma de corazón, corte en V, con un faldón que cae lleno de pequeñas incrustaciones de pedrería. Es simplemente hermoso.
Anna me mira y se le llenan los ojos de lágrimas.
—Te ves hermosa, amiga —me dice emocionada.
—Falta algo —añade y corre a traerme un velo con una pequeña tiara.
Cuando me miro al espejo, me enamoro. En eso escucho una voz conocida:
—¡Agatha!
Me giro. Aníbal está ahí, congelado, mirándome, con una expresión rota en su rostro.
—¿Te vas a casar?
Asiento sonriendo, con dulzura.
—Pero no puedes... Él no es para ti. Es tan violento... te hará daño, Agatha.
Se acerca, su mirada dolida.
—Te ves como un ángel.
Anna se queda muda, sin saber qué decir.
—Aníbal —le digo, suave—. Ya habíamos hablado de esto. Yo amo a Alejandro. Conozco todas sus facetas, incluso las más oscuras. Es mi vida, mi amor.
—Tú conocerás a alguien —continúo—. Una persona que te amará como mereces. Yo no soy esa persona, Aníbal. Yo solo te quiero como amigo.
Él me abraza, temblando.
—Me arrepiento tanto, Aggy... Fui un cobarde. Y ahora pago las consecuencias.
—Tranquilo. Lo hecho, hecho está. Mi corazón es de Alejandro.
—¿Puedo ir a tu boda?
Anna me mira, horrorizada, negando con la cabeza.
—Por supuesto —le sonrío—. Será en la casa de mis padres. Te enviaré la dirección.
—Ahí estaré —dice Aníbal, tragando lágrimas.
Lo abrazo de nuevo, dándole un beso en la mejilla.
—Todo saldrá bien, Aníbal. No te preocupes por mí.
Él se aleja, con el rostro triste. Anna se acerca:
—A ver... ¿de qué me perdí?
—De nada —le digo, riendo.
—O sea que Azzael y Muriel tenían razón... ¡Aníbal sí te quería!
—Sí. Ese día de la pizza, cuando Muriel me encontró con él, Aníbal me confesó sus sentimientos... Pero mi corazón ya tenía dueño.
—¿Y Azzael sabe?
—No. Y no tiene por qué saberlo.
—Cuántos años tiene Aníbal?
—Veintidós. ¿Por qué?
—Por nada...
Salimos, compramos el vestido, los accesorios y, claro, algo de lencería para la noche de bodas... ¡y para las noches siguientes!
Cenamos sushi en casa de Anna y guardamos todo cuidadosamente para que mi ángel no descubriera nada antes de tiempo.
Mi boda se acerca. Mi corazón late con fuerza.
Y sé que todo... todo valdrá la pena.