Capítulo 2

1445 Palabras
Markus –Ya basta, Gema– la reprendí entrando en la habitación. –No te puedes ir, Nova te necesita– volvió a repetir cruzada de brazos a la vez que me seguía y se detenía en el marco de la puerta. Puse los ojos en blanco, y caminé a revisar los documentos que tenía sobre la mesita de noche cerca de mi cama. Había pasado exactamente cinco meses desde la muerte de Gabriela, y cada día sentía que parte de mi vida se iba desvaneciendo. El recuerdo quemaba, era un sentimiento que cada día consumía mis ganas de seguir existiendo. –Dentro de nada cumplirá un año, está aprendiendo a dar sus primeros pasos, no puedes dejarla y huir del dolor– me dijo en tono molesto. –Te recuerdo que fue conmigo que dio sus primeros pasos, y por más emocionante que eso haya sido. Gabriela no estuvo para verlo – le recordé en un hilo de voz, repito. El dolor seguía ahí, así que si no ponía firmeza me iba a terminar matando. Habían sido muchas noches e incluso días los cuales me pasé pensando miles de porqués, por qué tuvo que irse, por qué tuvo que perderse lo que estábamos formando. Grité, pataleé. Hice de todo, pidiendo y suplicando volver a tenerla, pero simplemente eso no pasó. Los ojos de Gema se humedecieron y apretó los labios. –No creas que solo a ti te afecta, yo también perdí a mi mejor amiga– respondió limpiándose algunas lágrimas que habían rodado por sus mejillas. –Y yo perdí al amor de mi vida, no pienso comparar tu dolor con el mío. Pero al menos tienes quien te consuele– le solté de malas. A la vez que me sentaba en el borde de la cama. –A veces parece que no te duele tanto como a mí– se atrevió a decir. Y perdí el control –¡¿Qué no me duele?! ¿Te das cuenta de lo que si quiera dices? – grité levantándome de golpe y volviendo a encararla. Por más ser importante que fue para Gabriela, me estaba ofendiendo lo que insinuaba. Porque no tenía idea del dolor que yo sentía. Quizás eso es culpa mía, ya que no sufría delante de la gente, lo hacía en mi habitación. A solas, con el recuerdo más doloroso que tenía: Gabriela. No respondió y solo se limitó a asentir. –No tienes ni puta idea de lo mucho que esto me duele. No sabes cuantas veces he gritado, llorado y suplicado que vuelva. Así que no tienes ni un maldito derecho a decir que no me duele, no cuando mi vida se está yendo directo a la mierda– agregué. Nos mantuvimos la mirada unos instantes. Hasta que volvió asentir. –Lo siento– susurró. –Vete– ordené. Agachó la mirada unos segundos, hasta que la volvió a levantar y se limpió las lágrimas. Hizo caso a mi orden y salió de mi nuevo piso. Desde entonces no la he vuelto a ver. Maya me había contado que había llegado algunas veces a ver a Nova, pero se retiraba rápido. A mí me importaba un comino. Y ahora llevábamos exactamente un mes sin verse. Algo que en el fondo me daba paz. Ya no soportaba ver sus ojos y que todos mis pensamientos se dirigieran a esa etapa de mi vida vivido con Gabriela. Porque j***r, es que los iris azules me hacían estremecer ahora. Me estaba volviendo loco, así no me afectó en lo absoluto que haya decidido tomar distancias. Volví a soltar un suspiro al recordar esos días. En la pantalla grande del aeropuerto se anunciaba que era momento de embarcar. Cogí mi maleta y empecé a caminar. Había decidido comprar mi boleto en primera clase. Necesitaba tranquilidad durante las veintidós horas que me tomaría el vuelo hasta Sídney, Australia. Decidí ir allí a pasar unas vacaciones. O al menos a terminar el año. Mientras llegaba no me percate de que una joven venía corriendo en mi dirección. Y su cuerpo chocó con el mío, causando que se resbalara. –Joder. Lo siento– la escuche decir. Felizmente actúe rápido y no la deje caer. Se puso de pie y se limpió el pantalón oscuro que llevaba. La observé en silencio. Y vi que cogía de nuevo su maleta. Me erguí sin saber qué decir o hacer. –Disculpa, pero pensé que ya había salido el vuelo y más me valía no perderlo. j***r– volvió a decir y ahora nuestras miradas se encontraron. Me sonrió amablemente; aunque no recibió lo mismo por mi parte. Era baja, o al menos para mi altura lo era. Era pelirroja, sus ojos eran de un marrón oscuros y una sonrisa muy bonita; aun en la coleta que llevaba se podía notar lo largo que era. –Descuida– respondí girándome y caminando hasta la puerta. Le tendí mi boleto a la joven, pero mientras entraba volví a escuchar su voz. –Solo deme un minuto, lo dejé por aquí– decía, me giré y la vi rebuscando en el bolso que llevaba–. Te lo dije, aquí está. Dijo sonriente al encontrar su pasaporte y boleto. Fruncí el ceño al ver lo descuidada que era. Caminé hasta mi asiento, lo encontré y me acomodé. Mientras estiraba las piernas sentí que en el asiento contiguo se sentaba alguien más. Giré la mirada y como no, la pelirroja. –Oh, creo que compartiremos vuelo, vaya casualidad– dijo mientras sacaba sus auriculares y se los ponían en la oreja. No le respondí y esperé a que los demás llegasen. Una vez que embarcaron todos, me permití cerrar los ojos. Pero, había un problema: cuando los cerraba el dolor del recuerdo volvía, y no me permitía si quiera conciliar el sueño. Incluso había llegado a consumir pastillas, las cuales ayudaban, sí. Pero no pensaba usarlo ahora. El avión empezaba a despegar, cuando sentí una mano posarse sobre la mía. Miré confuso a mi compañera de al lado. La pelirroja cerraba los ojos con fuerza y apretaba mi mano de la misma forma. No comprendí lo que pasaba, hasta que después de unos minutos sentí que aflojaba su agarre. La miré confundido y ella me dedicó una mirada avergonzada. –Lo siento, solo que, me da miedo el despegue– dijo y se fijó en mi mano. Sin darse cuenta me había clavado las uñas y ahora unas gotitas de sangre salían de esta. –Oh, j***r. Espera– me dijo desesperada, buscó algo en su bolso. Luego me sonrió y vi que tenía una curita, limpió mi mano y la puso sobre la herida. Reí por lo bajo al ver el diseño que tenía. Era de esas princesas que les gustaba a los niños, incluida Nova. –Creo que eso detendrá la hemorragia– agregó, arqueé la ceja y vi que sonreía–. Vale, vale. Eso fue exagerado, lo siento, ¿ok? Asentí sin decir más, volví a ver mi mano y negué con la cabeza. Pasaron algunas horas y quise cerrar los ojos, pero no encontraba tranquilidad. j***r. –¿No puedes dormir? – preguntaron a mi lado. Me giré. –Al parecer no– respondí sin interés. Vi que asentía pensativa y luego tecleaba en la pantalla que teníamos delante. –Hay una película malísima que vi hace unos días. Estoy segura que de solo ver la intro te dormirás– dijo buscando su objetivo. Hasta que la encontró. –Yo tampoco puedo dormir, así que nos ayudará a ambos– agregó, no protesté y le seguí el juego. Y bueno, tuvo razón, la película estaba dando pena. O quizás nuestros gustos eran muy elevados. Pero a los treinta minutos ambos estábamos bostezando por los guiones tan aburridos. –Te lo dije– agregó aquella chica a la vez que bostezaba–, ¿cómo te llamas? Preguntó de repente. Quité la mirada de la pantalla y la miré. –¿Cómo te llamas tú? – contra pregunté. Sonrió. –Yo pregunté primero– dijo. –Markus– respondí mirándola a los ojos. Asintió. –Markus, ¿qué? – volvió a preguntar. –Dorrance. Markus Dorrance. Hizo un gesto de aprobación. La verdad no me interesaba seguir hablando, pues sí que me había dado sueño. Eché mi cabeza sobre el asiento y esperé a que el profundo sueño llegara. –Yo soy Adaline Petsch, pero creo que no lo sabrás porque ya te dormiste– la escuché decir entre sueños. –Te escucho, felicidades…– dije en mi estado de somnolencia, y cerré los ojos. –¿Felicidades?
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