Capítulo 3

2421 Palabras
MARKUS –No puedo creer que me hayas felicitado por mi nombre– volvió a decir entre risas. Habíamos llegado a Sídney eso de las seis de la tarde del sábado. El cielo estaba en tonos anaranjados, era precioso. Nosotros decidimos ir a la cafetería. Por casualidades de la vida habíamos terminado en el mismo hotel. Así que, ahora estaba escuchando sus malditas bromas respecto a lo que dije antes de dormirme. –Estaba cansado– me excusé. Y ella volvió a romper en carcajadas. –Como digas. –Ya bueno, me dirás cómo te llamas, ¿o no? – volví a preguntar. Vi que se llevaba la pajilla de su refresco a los labios y negaba con la cabeza. –No lo haré– aseguró sacando su móvil. Unos segundos después se escuchó que reproducía un audio. –¿Ya llegaste? ¡Adaline! No olvides en llamarme, plissss. Ya te extraño– gritaba aquella voz a través del móvil. Sonreí. –Adaline– repetí. Vi que cerraba los ojos y ponía cara de pocos amigos. –Pues bien, se fue al tacho mi juego– dijo dejando el dispositivo sobre la mesa. –Que nombre, tan raro– comenté mientras movía la pequeña cuchara dentro de mi café. –¡No es raro! – protestó indignada. Solté una risa irónica. –Como digas– respondí revisando mi móvil y respondiendo a los mensajes preocupados de Maya. Pero me percaté que la mirada de la chica estaba clavada en mi pantalla. –Me gustan todos los animales, menos los sapos– dije aún sin despegar la mirada. Soltó un gruñido y volvió a su sitio. –¿Es tu chica? No te ves como esa clase de hombres– comentó. Cosa que llamó mi atención, levanté la mirada y fruncí el ceño. Ella hacía como si nada hubiese pasado. –¿Y qué clase de hombre crees que soy? – arqueó una ceja, diciéndome: ¿no es obvio? Puse ambos codos sobre la mesa y esperé su respuesta. –Pues…, de esos que solo son de una noche– dijo bajando la mirada y volviendo a llevarse el sorbete a los labios. Solté una risita, que más pareció un gruñido. –Oye es lo que parece. Si no eres así, estas en todo tu derecho de corregirme– negué con la cabeza. –Quizás lo fui–respondí sonriéndole. ¿Eso era lo que todos habían visto en mí cuando inicié mi relación con Gabriela? ¿Qué solo iba a ser una noche? ¿Es lo que Manuel había creído? ¿Por eso quiso alejar a su hija de mí? Quizás siempre supe que era así, y cuando conocí a Gabriela borré toda la mierda que fui, y solo traté de ser mejor para ella. Pero ahora curiosamente su respuesta había hecho que me sintiera pequeño e insignificante. No esperé su respuesta y caminé fuera del aeropuerto. Me importaba una mierda que nuestro destino sea el mismo. Llamé un taxi y dije el nombre del hotel: Little National Hotel. Tardamos veinte minutos en llegar a mi destino y me sorprendí al ver que detrás del taxi que llegaba, estaba Adaline. –Eres un idiota– dijo mirándome de malas, mientras se giraba hacía el maletero. Yo hice lo mismo y cogí la maleta negra en manos. Por alguna estúpida razón la esperé. –Y tú eres pesada– dije sin pensarlo. –¿Disculpa? – preguntó deteniéndose en nuestro camino de llegar a la entrada. El hotel era bonito, sí que lo era. Era de aproximadamente diez pisos, incluso más. La persona que eligió donde me quedaría fue Maya, quiso un lugar bonito y tranquilo y bueno, al parecer acertó. Fuera de este estaba rodeado con muchas plantas, demasiado perfectas para ser reales. –A veces las verdades ofenden, lo sé– dije volviendo a caminar y empujando la puerta de vidrio. Ella venía en mi tras. Me aproximé hasta recepción y esperé que me tendieran la pequeña tarjeta. Me explicaron todas las comodidades que nos prestaban y además un mapa de los lugares más llamativos de Sídney. Mi habitación era la 217. Levanté la mirada y vi que Adaline ponía cara de pocos amigos: su habitación era 225. Pero en el mismo piso. –Pfff, que suerte la mía– agregó girando en su lugar hacía el ascensor. Mientras subíamos, el silencio inundaba en cada parte de aquel cubículo. –¿Cómo está tu mano? – preguntó de repente. Levanté la mano para que pueda ver que estaba bien y que hace mucho tiempo había tirado al tacho su curita esa de princesas. –Bien, no dirás nada. Ok. Comprendo– dijo cruzándose de brazos. Las puertas se abrieron y no volví a decir nada. Caminé hasta mi habitación y me instalé. Mientras buscaba entre mis cosas. Encontré el collar que le había regalado a Gabriela cuando cumplió veinticinco. Ya no era nada comparado a lo que fue. Estaba un desastre. Parte del colgante tenía un color entre marrón y dorado. El dije ya no tenía el mismo brillo. Permitieron que me quedara con esto luego de la explosión. Fue lo único de las pertenencias que Gabriela llevaba, la cual se pudo rescatar. Por un momento comparé lo horrible y destrozado que se veía el colgante con lo que ahora era mi vida. O en lo que se había resumido: Apartamento, alcohol, cementerio, dormir. Pero entonces llamaron a mi puerta. Fruncí el ceño y dejé lo que tenía en manos. La abrí y arqueé una ceja. –¿Este eres tú? – preguntó mostrándome la pantalla de su móvil. Aunque más bien sus palabras fueron de afirmación. Y es que me estaba mostrando una de las tantas portadas que habían contado todo lo que nos había pasado hace cinco meses. La noticia de que Gabriela Duncan había muerto, fue tan fuerte que duró por semanas. La miré confundido, ¿por qué había buscado eso? –Sí, ese soy yo. ¿qué haces buscando mi nombre en las redes? – pregunté tratando de sonar un poco relajado. Pero ella solo me mantuvo la mirada por unos minutos. –De verdad lo siento, leí todo lo que decía e imagino tu dolor. Quizás por eso eres tan imbécil ahora, pero ese no es el punto. De veras que lo siento– dijo con la boca pequeña–, pero tienes que mirar al frente y continuar… No dejé que continuara porque estaba cansado de escuchar siempre lo mismo. –No sigas con esas gilipolleces, no quiero mirar al frente y continuar con mi vida como si no hubiese pasado nada. Porque perdí lo que más amaba, así que no tienes ningún derecho de venir aquí y decirme que continúe con mi vida, porque no pienso hacerlo. Ella no se supera de la noche a la mañana– no comprendía porqué razón le estaba diciendo todo aquello, en lugar de cerrarle la puerta en las narices. Adaline parpadeo confusa, y vi la vergüenza reflejada en su rostro. Se llevó una mano al cabello y luego volvió a fijar su mirada en mí. –¿Quieres un trago? – preguntó después. Vi que su mirada se centraba dentro de la habitación. Ni de coña iba a estar bebiendo con ella dentro. –En la azotea– dije. Y por su cara supuse que no imaginaba que le diría para beber allí. –De acuerdo. En quince minutos, ¿de acuerdo? – no dije nada y solo le cerré la puerta. Quince minutos después subí hasta el último piso. Donde muchos de los huéspedes estaban bebiendo. Había incluso una pista de baile al aire libre. –¡Hey! – escuché. Me detuve y vi de donde provenía la voz. Caminé hasta allí y vi que ya había alguien. –Llegó a quien esperaba, pero gracias por la compañía– le dijo al tipo que ahora me miraba con cara de pocos amigos. Se puso de pie y le susurro algo al oído. Solté un suspiro impaciente a la vez que observaba las grandes vistas de la ciudad. –Descuida, te llamaré en cuanto pueda– dijo ella despidiéndole con la mano. Yo seguí de pie. Con la mirada seguí al chico y luego volví a Adaline. –Siéntate– me invitó. Arquee una ceja–, ¿Qué? Preguntó confusa. –No pienso sentarme ahí, no donde estuvo ese tipo– dije distraído. –¿Cómo? – volvió a preguntar. j***r, que lenta. Fui a responder, pero se adelantó– Mueve tu maldito trasero y siéntate, Dorrance. No pienso cambiar de silla. –Pues entonces límpiala– respondí mirando el lugar. –¿Es en serio tío? – preguntó sin creérselo. Soltó un gruñido y tomó una servilleta de la mesa. Se puso de pie y se agachó a limpiar la silla. Le sonreí cuando estiró su brazo invitándome. –Ahora se siente mucho mejor. Antes se sentía las vibras de una erección aquí– comenté mirando la carta. –¿También te diste cuenta? – preguntó. He de admitir que su respuesta me pilló distraído. Pensaba que se iba a molestar o algo parecido, pero, al contrario, estaba sonriendo. –¿Acaso tú no? – contra pregunté, decidió no responder. Pedimos uno que otro platillo natal de la ciudad y una botella de vino. Después de una hora ya le habíamos dicho adiós a la comida. En estos momentos estábamos pidiendo otra botella. –Así que eres una jodida detective–repetí llevándome la copa a los labios. –Así es, soy una jodida detective– afirmó. –¿En los Ángeles? – volví a preguntar. Y es que ella era joven, aunque en realidad tenía veintisiete, pero era joven, ¡j***r! Me había contado que llevaba pocos años en esa carrera, pero que eran los suficientes para saber hasta los más oscuros secretos de cada caso. Había venido a Sídney de vacaciones, había salido victoriosa de un caso sumamente delicado y complicado. Así que le compensaron con un año sabático. –Pero ya hablé todo de mí, ¿en qué momento me cuentas sobre ti? – preguntó un segundo después. –¿Qué quieres saber? – pregunté con un poco de miedo. Era la primera vez que hablaría sobre lo que ocurrió. Y no sabía si estaba listo para contar los detalles. –¿En verdad tienes una hija? – preguntó mirándome fijamente. Un mechón de cabello cayó por su rostro y me distraje un momento. Asentí. –¿Cómo se llama? –Nova. –¿Nova? No había escuchado ese nombre. –Pues ella marca la diferencia, lo heredó de su madre. –¿Cuántos años tiene? –Meses, tiene meses. Exactamente ocho– respondí con un nudo en el pecho al recordar a mi pequeñita. –Vaya, y tu chica, ¿cómo se llamaba? – preguntó. Y aquella palabra hizo que mi corazón sangre: “llamaba”, tiempo pasado. –Gabriela– pronunciar su nombre causó un revuelo en mi cuerpo. j***r. –¿Estaban casados? – preguntó. –Lo íbamos a estar, le había pedido matrimonio días antes del secuestro. Una “o” se formó en sus labios y se llevó una mano al pecho. Ahora que escuchaba por mi propia boca mi historia, comprendía lo jodida que fue la vida conmigo. –En las noticias dice que murió por una explosión, ¿fue así? Asentí. –También dice que no se encontró rastros de sus cenizas, solo algunas gotas de sangre, pero fue en el chofer. Como salpicadas. Volví asentir sin darme cuenta de las preguntas que hacía. –¿Si quiera hiciste las pruebas de confirmación, para saber si en verdad ella estuvo ahí? No me daba cuenta de sus preguntas, así que levanté la mano y volví a llamar al mesero, pedí otra botella. –Espera, y una de wiski– pedí al joven mesero. Asintió y fue por mi pedido. –Markus– me llamó Adaline. Fijé mi mirada y sonreí. ¿Por qué me llamaba? Ah sí, porque quería indagar en mi vida y además hacer que mi corazón sangrara otra vez. –¿Qué fue lo que enterraste? – preguntó con el rostro serio. –Se hizo una lápida. Una donde pueda llevarle flores y llorar porque la jodida vida me está haciendo sufrir de la peor manera. Respondí de pronto molesto. Aunque con tanto alcohol en las venas no sé si se escuchó así. –También se habló de la que inició todo, una tal, Verónica, Ve… –Valeria– pronuncié llevándome a los labios el poco vino que quedaba en mi copa. Recordarla solo provocaba que mi instinto asesino despierte. –Se supone que ella también escapaba con ellos, ¿se encontró rastros? El mesero llegó con las dos botellas y ahora no tuve la delicadeza de ponerlo en la copa. Tomé de la misma botella. –¿Sabes qué Adaline? Sé que iniciar en ese mundo de la investigación es muy emocionante, pero créeme que no hay nada que investigar– declaré poniéndome serio. –Puede que no lo veas ahora, pero hay tantos cabos sueltos…– dijo sumergida en sus pensamientos–, pero eres tan idiota que ni siquiera los ves. No quería tocar el tema. Antón me había dicho lo mismo a unos días de la tragedia, pero estaba tan sumergido en mi dolor que ni le presté atención. Lo único que sé es que el alcohol ocupó todo mi cuerpo y fue Adaline con ayuda de otro sujeto quienes me llevaron hasta mi habitación. –Ni siquiera toques eso– dije tendido en la cama con los ojos semi abiertos. Adaline estaba de pie cerca de mi cama con el collar de Gabriela en manos. –¿Fue de ella? – preguntó. Cerré los ojos y asentí. –Deja de hacer tus malditas preguntas, que solo me hunden más– le solté completamente mareado. –Créeme que estas malditas preguntas pueden hacer que el amor de tu vida vuelva– aseguró muy confiada. Solté una carcajada burlona, pero algo en el fondo de mi ser, me regañaba por eso y también le creía. –Lo único que harán es abrir la herida y hacerla sangrar de nuevo. –A veces es necesario, para corregir si algo no se está curando bien. O quizás estés sufriendo por algo sin motivo. La ignoré y salió de mi habitación. Quise sopesar sus palabras, pero el sueño me vencía.
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