MARKUS
–Da…da…da – decía Nova incontable de veces. Sonreí a la cámara cuando su mirada encontró la mía. Estábamos hablando con Maya por Skype. Y ahora me estaba mostrando los primeros balbuceos de mi hija.
–¿Cómo te está yendo? – preguntó mi hermana.
–Me duele la cabeza.
–Lo sé, lo estás repitiendo como quince veces.
Cerré los ojos y asentí.
–Lo sé, pero en verdad me duele.
–Bueno, tienes el permiso de embriagarte todo lo que quieras– dijo sonriente. Hice lo mismo.
–¿Cómo van las cosas por allá? – pregunté.
–Como las dejaste. Por cierto, dijo Angie que quiere hablar contigo, para informarte algunas cosas.
Asentí pensativo, a ella le había encargado que me tenga al tanto de las cosas que pasaban en la empresa.
–Hablaré con ella luego. ¿Cómo está Nova?
–Muy feliz, deberías de volver cuanto antes…– arqueé una ceja y ella se dio cuenta de lo que me estaba pidiendo– ¡Se que dije que deberías quedarte todo lo que quieras, pero en serio debes estar aquí!
Solté un suspiro.
–Además, papá no confía en nadie, solo te confía los negocios a ti. A parte porque ya son prácticamente tuyos– aseguró.
Negué con la cabeza. Lo que pocos sabían es que es mi mente ya no estaba la posibilidad de volver a la empresa.
Hablamos un poco más y cuando finalicé la llamada con Maya, rápidamente llamé a Angie. Sus ojos gatunos me sonrieron y le devolví el saludo.
–Tienes una cara…– dijo mientras arreglaba unos papeles.
–Resaca.
Soltó una risita y vi que dejaba los papeles a un lado para prestarme atención.
–Resaca, últimamente tomas mucho– agregó, fruncí el ceño. ¿cómo es que lo sabía? Y creo que cayó en la cuenta de lo que dijo, porque al instante se dio cuenta y explicó sus palabras–. Es lo que se escucha por aquí.
–Es lo único que quiero hacer. Beber.
Respondí, a la vez que llamaban a mi puerta. Fruncí el ceño, no me digas que es…
–Espera un momento– le indiqué mostrándole mi dedo índice para que me de unos segundos y caminé hasta la puerta.
La abrí y allí estaba. Embutida en un vestido amarillo con su cabello pelirrojo en una coleta. Adaline.
–Eres tú– dije con desagrado.
–Deberías agradecer que te traje hasta tu habitación anoche, eres un maldito imbécil– dijo completamente molesta.
Solté un resoplido. En verdad no tenía fuerzas para discutir por algo tan estúpido.
–¿Y bien, a qué has venido? – pregunté apoyándome en el marco de la puerta. Ya que vi que llevaba una Tablet en sus manos
–Hay algo que no cuadra– empezó a decir mientras entraba en mi habitación–, dime loca o lo que quieras, pero mira aquí.
Iba acércame cuando el sonido de un carraspeo se escuchó. Mierda, Angie.
–Angie– dije, y me apresuré a volver a la cama y coger el portátil.
–Creo que estoy interrumpiendo algo– dijo con una mirada de disculpa.
Le sonreí. Vi que Adaline se llevaba un dedo a la boca, en forma de silencio y luego se giraba para caer sentada en el borde de mi cama. Su exceso de confianza me estaba asustando.
–Te llamaré luego, ¿vale? – vi que asentía y terminé la llamada.
Cerré el portátil y lo guardé en la mesita que había allí.
–¿Qué me ibas a enseñar? – pregunté volviendo a centrar mi atención en ella.
–¿Quién era? – preguntó aún sentada sin encender la Tablet.
–Una trabajadora.
–Bien, no me interesa. Pero ese tono que empleó tu trabajadora es raro.
Ahora sí que reí.
–Ya basta– dije aun riendo.
–Joder, búrlate si quieres, pero esos detalles son la pieza de muchas cosas.
–Sí como digas, ¿qué me ibas a enseñar?
–Que fuiste tan idiota, que ni siquiera investigaste la muerte de la mujer que amaste.
Me llevé una mano al cabello desesperado. O irritado, no lo sé.
–No sigas por ahí, Adaline.
–La sangre fue puesta– aseguró con su voz entre dulce y molesta.
–Necesito dormir– indiqué caminando hasta el baño y lavándome la cara.
Volví al dormitorio y ella empezó hablar.
–Pedí el informe de ese caso a un colega en New York. Digamos que tuvimos uno que otro encuentro y fui muy dichosa al saber que fue él quien se encargó de esto. Así que escucha bien, espécimen humano– empezó diciendo a la vez que empezaba a leer partes del informe y luego pasaba a explicármelos–. En una maldita explosión; que, así fue considerado en este caso. La sangre no salpica. Además, figura aquí que hubo disparos, y ni siquiera con ello puede haber pasado eso– dijo mientras se sentaba en el final de la cama–. Además, solo se encontró el cuerpo del tal Miller, el cual no estuvo tan quemado, es lo que debería de haber pasado con Gabriela– continuaba hablando con el ceño fruncido mientras miraba la pantalla del aparato ese–. Sin embargo, de ella nunca se encontró las cenizas y mucho menos parte de su cuerpo. Incluso ese collar, lo encontraron por ahí. Debería de haber estado en su cuello. Considero que hubo tantas faltas en este episodio, pero ante el desinterés familiar, nadie le dio importancia.
Levantó la mirada con las mejillas sonrojadas. Solté un suspiro exagerado.
–Que sorpresa– dije perdido en alguna parte de mis pensamientos.
–Markus, date cuenta de la maldita magnitud. No se encontraron rastros de Gabriela, ni de Valeria. Solo estaban los de Miller. El otro coche estaba en complicidad con ellos. Los disparos fueron distracciones. Y estoy completamente segura que la sangre fue sacada y puestas sobre el cuerpo de Miller.
Ver a Adaline diciendo todo ello hasta daba miedo. Lo decía con una seguridad que te hacía dudar si estabas vivo o no.
–Entonces…– empecé a decir.
–Entonces, ponte los malditos pantalones y empieza a contarme toda la jodida historia– dijo molesta.
–Siento que si lo hago. No podré dejarlo pasar.
–Y harás bien. Solo comienza…– no comprendía porqué me nacía la necesidad de que sepa todo lo que había pasado. Supongo que, en el fondo, mi ser sentía que podría ser un rayito de luz en este túnel tan oscuro. Supongo que mi alma tenía la necesidad valerse de alguna esperanza, aunque ingenua; para poder continuar. Asentí y me senté apoyado en el respaldar de la cama.
–Era en la subasta que se organizaba cada año…
–No– me interrumpió. La miré sin entender–, cuéntame desde el inicio. Por qué esa Valeria atacó.
Solté un resoplido, pero final cedí y me vi contándole toda mi jodida vida, nos llevó horas. Habíamos pedido incluso comida. Me preguntaba de todo, hasta cuantas veces terminamos en la cama junto con Valeria. Cosa que vi innecesaria, pero no protesté. Ahora que contaba por mi cuenta como me había comportado durante meses con Valeria y Alessia a la vez. Comprendía la mierda de persona que era, y que, merecía lo que sufría ahora.
–Y eso es todo– dije al final, ya era más de media tarde.
–Hay tanto por analizar– dijo a la vez que se guardaba el móvil. Porque me había grabado todo, cuando notó que la historia era extensa pidió mi permiso para hacerlo.
–No me ilusiones Petsch– dije a la vez que apretaba los labios. Porque había vuelto a la escena de hace cinco meses: cuando me encontraba arrodillado frente a esa explosión, gritando el nombre de Gabriela. Había abierto las heridas que poco a poco estaban tratando de cerrar y ahora unas ganas inmensas de llorar habían acudido a mi cuerpo.
–No sé qué encontraré en todo esto. Quizás ayer me excedí diciendo que podrías recuperar a la mujer que amas. Pero hoy…
–No lo sabes, porque las probabilidades de que tu imaginación se haga realidad son escasas– aseguré levantándome y caminando hacía el balcón. Guardó silencio un minuto y yo cogí la botella de Wisky que estaba ahí. La bebí esperando su respuesta.
–No comprendo la razón por la cual me interesa esto. Ni siquiera me caes bien, pero siento que todo lo que se dice en este informe es incoherente.
–Más y más suposiciones– agregué pensando que todo lo que le había contado fue en vano. Solo me dejé llevar por la esperanza de volver a tener a Gabriela. Y que quizás por primera vez la realidad supere a la ficción de películas donde la resurrección era normal y parte de la vida.
–Prometo no molestarte más, al menos que tenga una teoría en mente. Prometo que…
–No prometas nada Petsch– exigí apoyándome en el balcón.
–Nunca había escuchado mi apellido como un insulto, pero ahora que lo dices…, es así como lo siento. Y es una razón más para demostrarte que hay algo más grande detrás de este caso.
–No me demuestres nada, no te lo he pedido. Solo evita crear falsas esperanzas.
–Lo siento. Te buscaré cuando tenga algo, ¿vale?
No respondí y ella volvió hablar.
–¿Me dejarías tu número? – preguntó. j***r, quería gritarle lo ingenua que era, que sea lo que haga lo único que causará será más dolor, pero no lo hice. Me giré y cogí una pluma del cajón. Levanté su brazo y escribí mi número en este. Sin despegar mi mirada de la suya le indiqué que se vaya y eso hizo.
Quien diría que antes de que acabe el año, Adaline Pestch iba a transformar mi vida en algo mágico e irreal.