La doctora regresa a su consultorio y se acerca a Silvia y le dice.
— Bueno, mi querida Silvia cuéntame qué te trate por aquí. Aunque te dije una vez que quería hacer algo nuevo contigo, así que te voy a poner música para que te relajes.
— Vale, a ver si logra quitarme las pesadillas, aunque hay algo nuevo en ellas.
— Acuéstate, y relajate ahora cuenta del 10 al 1. Relájate y piensa en algo tranquilo, Cuéntame que pasó con tus pesadillas.
Silvia se puso un poco nerviosa, pero en seguida se puso a hablar.
— Recuerdo que mis padres entraron en ese templo. Por dentro era hermoso, y debe de seguir hermoso. Es algo espectacular verlo. Sus paredes, cada pasillo... ¡Dios! ¿Por qué mis padre y no yo?
— Deja salir eso. No fue tu culpa, es el destino. Relájate y cuéntame más. ¿Qué pasó? ¿Quién te sacó de ahí?
Silvia fruncía el ceño y comenzó a sudar, como si hubiese corrido un maratón. Empezó a hablar cosas extrañas que Magnolia no entendía.
— Los escucho decir: «Silvia, sal de aquí, no puedes ver nada de lo que hay más allá, vamos pequeña». Se escuchan unos gritos y todo se vuelve silencio. Hay un polvo dorado sobre mi cuerpo, y esta marca de nacimiento que refleja colores hermosos. Pero escucho una voz muy cercana, y la sigo, y vuelvo con esa expresión de asombro. Al llegar a otro cuarto, era ella, es una mujer, es una diosa que está enterrada en ese cajón. Pero algo me aleja de allí, y siento unas manos que toman mi brazo, luego todo es oscuridad. Después de eso, mi tío me crió y me ayudó a salir de la selva. Hoy en día le debo todo lo que soy.
— Creo que es suficiente. Pero hay mucho más que hacer, dime estás dispuesta a un regresión Silvia.
— ¿Puede hacer algo por mí, Doc? Dígame qué si puede.
Magnolia titubeó unos instantes, pero aceptó la propuesta, logrando que Silvia se quedara más tranquila para así ir a su casa.
Al día siguiente, la selva sería testigo del reencuentro de dos almas separadas por la muerte. Una selva llena de misterio, que guardaba celosamente un secreto, y que pronto despertaría con furia.
Aquella selva seguía en silencio, pero un grito rompió ese silencio. Y todo en ella se estremeció, hasta los nuevos integrantes de la aldea.
Lucí salió nerviosa de la choza, y de pronto se vio con el fuerte muro de musculo de Román y Carlos.
— ¿Qué fue eso? ¿Es un grito o algo más? Ya no me sorprende nada de este lugar tan extraño. Preguntó, un tanto temerosa ella.
— No te preocupes, Lucí es el grito simbólico de un encuentro especial con alguien que pronto llegara a esta aldea.
—Profesor, ¿alguien viene así acá?
— Dejen de temer, la aldea es segura.
— Pero el grito es escalofriante.
— Solo es un grito, ya te explique.
Volvió a preguntar mientras se escondía detrás del mismo. Miró de recelo y se encontró con los ojos grises de un hombre atractivo y alto de piel trigueña que parecían mirar al horizonte.
— Me imaginó que la joven estará asustada por el grito, pero es una respuesta a lo que estábamos esperando por muchos años. Alguien muy especial vendrá a la aldea, y festejaremos su regreso.
— Alguien especial y quién es.
— Es alguien especial para nosotros, jovencita, teníamos muchas años sin saber de ella ahora estará aquí de nuevo.
— Vaya para alegrarse con ese grito tan espeluznante.
— Ustedes son de la cuidad, y lo que aquí hagamos se le hace muy extraño para ustedes.
— Bueno... Dijo luci.
Cuando llamaron a Carlos Eduardo de la choza que lo estaban llamando por radio, Carlos Eduardo dio un salto, agarro a lucy y para que fuera con el y fue a contestar, estaba sin aliento, como si hubiera estado corriendo.
— ¿Carlos ? Era la voz de Angie, por la radio.
— ¿Acabas de llegar, el doctor Federico Santoro?
— Si, cuando llego. Sonrió él, sabía que él lo podría ayudar.
— Estaba esperando que llegara.
— Vamos Carlos Eduardo, hay bastante tiempo para que el doctor vaya dónde estás. Dime una cosa, ¿voy o no con el doctor?
— Vamos Angi claro que tienes que venir?. Entonces miró su reloj.
— ¡Jesús!, si son las ocho, tengo que ir por el doctor.
— Lo sé Angi que tienes que ir a buscarlos bueno.
— Si, por ti. Dijo ella secamente.
— Dios mío, lo siento. Debe de ser tarde...
— Una hora tarde, no te preocupes yo sé que el doctor me esperara. Suspiro con sorna
— Mamá siempre decía que los paleontógrafos nunca eran puntuales.
— ¿Eso decía tu madre?
Angie se rió. Tenía toda la paciencia del mundo en lo tocante a Carlos Eduardo, el hombre con el que estaba comprometida. Era tan de fiar en todo lo demás que, cuando se trataba de su puntualidad o de su falta de puntualidad, estaba bastante dispuesta a perdonar.
— Trabajabas mucho. Se interesó ella
—No.
— Claro que sí Carlos que no tienes ni tiempo.
— Bueno tengo que terminar cosas que papá dejo inconclusas.
— Espero que esto sea para bien.
— Claro que sí.
Frunció ahora el ceño, recordando de pronto su primer trabajo. Al recibir las fotografías de su padre desde Caracas, Carlos abandonó la investigación de egipcio en el que trabajaba duramente.
— Otra cosa...
— Vas a contárme que haces en el Amazonas y porque necesitas al doctor.
El vaciló. El doctor le había pedido a Carlos que le enseñará las notas de su padre. Pero si propio padre le había dicho que no hablara con nadie de ese proyecto. El mismo se hallaba aún en las fases de alto secreto y muy lejos del momento de hacerlo público.
Su padre no quería que ciertos colegas supieran de él por el momento.
— Te contaré algún día. Dame tiempo.
— Lo que tú digas, pero no tardes en contarme.
Después de colgar la radio, Carlos Eduardo se encogió de hombros; Angie no formaba ciertamente parte del resto del mundo. No importaba que lo supiera.
Cuando Lucy volvía a introducir las fotografías en su sobre, se detuvo por enésima vez a admirar el viejo manuscrito en catalán. Allí estaba, en simple blanco y n***o. La voz de un hombre que llevaba siglos muerto.
Un hombre cuyo cuchillo había afilado la punta de la caña para escribir, cuyas manos alisaron el papiro, con cuya saliva había humedecido los amasijos para hacer tinta. Aquí estaban sus palabras, los pensamientos que se había sentido impulsado a plasmar antes de morir.
Carlos Eduardo se quedó largo tiempo mirándolo, hipnotizado por el viejo manuscrito; permaneció clavado junto a su mesa, sosteniendo las brillantes fotografías.
— Que es muy interesante lo que ha encontrado su padre.
— Si, y no puedo creer que todo esto esté aquí en la selva, en algún lugar de ella.
— Si profesor, pero acuérdese que tenemos que esperar a ese doctor, que tiene conocimiento de ello.
— Ya lo sé, pero no soporto la curiosidad de saber.
— Tiene que tener calma, porque su padre murió por ello.
— Creo que a nosotros no pasará lo mismo.
— Bueno esperemos que no.
— Lo único que me preocupa es esa persona que llegara aquí, al parecer es muy importante.
— Pero no sabemos quién es, y ese es el detalle.
— Por lo que dijo ese hombre es muy, pero muy importante.
— Vamos a dormir profesor, mañana seguimos con todo esto.
— Si, tenemos mucho tiempo para investigar.
— Claro que sí profesor.
— Bueno a dormir entonces.
La noche en la selva, con sus sonidos el cricri de los grillos, sonidos de animales salvajes, un silencio total, el susurró de ello. Así era la selva que guarda sus misterios.
Pero algo se estaba por ocurrir algo poderoso, y a la vez aterrorizante. La selva era un misterio de lo más exitante, y caminar en ella también, como una pequeña niña se perdió entre la selva. Que había pasado con aquella niñita, ya no era la misma se había convertido en una hermosa mujer, una mujer que no sabía cómo enfrentar el mundo. Si desde pequeña vivo poco allí, y se fue hacer otra vida en la capital, dónde comenzó a estudiar, a relacionarse con otras personas de su edad.
Esa niña se había perdido, se había ido o Silvia quería ocultar ese pasado de su infancia.
Cómo era posible que después de muchos años volviera a tener miedo, Su adolescencia fue grandiosa tuvo quinceaños, una fiesta de lujo, regalos. También viajo a muchos lugares hermoso, y aún así seguía ocultando su pasado, decía que no tenía padre, que nació y ellos murieron, Silvia comenzó a elaborar fantasías en su cabeza, las cuales su familia nunca se imagino.
Y así fue creciendo hasta hacerse una mujer madura, pero ocultando su verdadero pasado. Cuántas cosas paso Silvia para llegar a dónde está. Estudio en la universidad, termino sus estudios, pero no continúo su carrera, sino se dedicó al modelaje y a las revistas de modas. Era la mujer más bella de la agencia Angeles Dorados, de Marcos Ruguierre, cuando la conoció se enamoró de ella al instante, la ayudo a desenvolverse y a vivir con una niña mimada, pero con un pasado tormentoso. Así era la vida de Silvia cuando se convierto en modelo, esa es su historia y ahora tiene que vivir su pasado.