Pasó un destello de sorpresa por el perfil del hombre oculto en la tenue luz. Luego Demian dijo, con frialdad:
—¿Es solo una botella de alcohol y te arrodillas para no beberla? Eve, ¿dónde quedó esa arrogancia que siempre tenías? ¿Dónde está la dignidad que defendías con tanto ahínco?
El rostro de Eve, hundido contra el suelo, mostró una mueca de amargura y burla contenida.
¿Qué era la dignidad? ¿La dignidad le daría de comer? ¿Podría mantenerla con vida?
Ella no se había arrodillado para eludir una botella: se había arrodillado para sobrevivir.
Cerró los ojos por el dolor y los recuerdos la asaltaron. Rostros humillantes, noches interminables en la prisión, y —por encima de todo— la imagen de aquella chica que, al final, había muerto en la celda oscura y húmeda por protegerla.
Una vida de veinte años, marchitada en ese lugar cerrado. Todo fue por ella, por Eve. Era una deuda, un pecado que no podría pagar.
No le debía a Elia; le debía a la joven que se había levantado por ella en la cárcel y que ahora yacía muerta por razones que Eve nunca entendería.
Todo su cuerpo temblaba. Veía a la chica tendida en sus brazos, cubierta de sangre, llamándola con la voz más dulce que jamás había oído:
—Eve...
En sus últimos minutos, la muchacha le habló del Mar Fresco: un lugar de agua clara y cielo azul, peces y camarones deliciosos, un hostal pequeño frente al mar donde ver pasar a los mochileros. Soñaba con abrir una casa simple, no para enriquecerse, sino para despertar cada día con el mar delante.
—Eve —había dicho con ojos llenos de anhelo—, creo que me muero… no he visto el Mar Fresco. Lo vi en la tele, en revistas… nunca lo conocí. Quería soñar con él antes de morir.
Eve nunca olvidó esa mirada. Los recuerdos dolían tanto que sus ojos se llenaron de lágrimas sin que ella lo supiera; con una mano seca en secreto sus mejillas. Tendida en el suelo, rozó su cadera izquierda, donde faltaba un órgano.
Por eso no podía beber: tenía que vivir. Tenía una deuda que no podía saldar. Era culpable y aún no estaba redimida. No podía morir todavía.
Eve levantó la cabeza, miró a Demian y negó con la cabeza.
—Señor Voss, mientras no me obligue a beber, haré cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? —repitió él, entrecerrando los ojos como un halcón; en la comisura de sus labios se dibujó una sonrisa lenta y peligrosa—. ¿Cualquier cosa?
Eve Aston, la hija mayor de la familia Aston, ¿había perdido por completo su confianza y su arrogancia? Demian quería comprobar si la señorita Aston se había convertido realmente en otra persona.
—Siempre y cuando no me haga beber —añadió Eve—. Cualquier cosa haré.
—¡Vale! —dijo él, con una severidad fría que iluminó su rostro por un instante—.
Chasqueó los dedos en el aire. Al sonido, una figura surgió lentamente del rincón oscuro.
—Señor.
El hombre, vestido con traje n***o, inclinó la cabeza respetuosamente a cuarenta y cinco grados. Era, sin duda, uno de los guardaespaldas de Demian.
Eve miró a Demian en la penumbra, confundida. En el rostro dorado y perfecto del hombre, lentamente se dibujó una sonrisa. Sus delgados labios se movieron con cruel deleite:
—Bésalo.
Los ojos de Eve siguieron el gesto de sus dedos y se fijaron en el guardaespaldas vestido de n***o, inmóvil tras él.
De repente, se abrieron muy grandes.
—¿Qué pasa? ¿No eres capaz de hacerlo? —la sonrisa juguetona de Demian acarició su oído como veneno—. O bebes… o comienzas tu espectáculo ahora mismo.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Era como si le hubieran vertido agua helada desde la cabeza hasta los pies. Sus oídos zumbaban, y con un movimiento instintivo levantó la vista hacia aquel hombre sentado como un rey en el sofá.
¿Un espectáculo?
Oh… él quería que se comportara como una simple dama de compañía, que besara a un desconocido frente a todos.
Sus labios resecos se fruncieron con amargura. Así sería como perdería su primer beso: de la manera más barata y humillante posible. Aunque lo único que quedaba en ella hacia Demian era miedo, aunque hacía mucho tiempo que había enterrado sus sentimientos por él, no pudo evitar sentir un dolor profundo.
Alzó los ojos hacia Demian. No había amor, ni odio, ni siquiera rencor en ellos. Solo desesperación.
Demian se deleitó contemplando esa desesperación. Quería ver cómo la orgullosa señorita Aston se rebajaba hasta el extremo. Beber o besar a un desconocido en público… cualquier mujer elegiría lo primero, ¿no?
Pero ella no era cualquier mujer. Era Eve Aston.
—¿Puede… puede ser otro? —preguntó ella en un susurro, casi temblando.
Era su primer beso. Para cualquiera más, podría no significar nada. Para ella, era lo último que le quedaba. No quería perderlo así.
El hombre levantó su copa de vino y la giró lentamente. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.
—No estás calificada para negociar conmigo.
Quería verla caer, verla humillarse hasta lo más bajo.
—Está bien… ya lo sé. —Eve se puso de pie tambaleante. Sus piernas, entumecidas tras tanto tiempo arrodillada, casi la traicionaron. Golpeó sus muslos con las palmas para recuperar la circulación y, apoyándose apenas, avanzó cojeando hacia el guardaespaldas.
Los hombres de la sala se rieron. Para ellos, solo estaba rígida por haber permanecido arrodillada demasiado tiempo. Solo Mónica supo la verdad: que esa mujer caminaba con un dolor que otros jamás podrían soportar. Sus ojos se llenaron de arrepentimiento. Todo esto era culpa mía, pensó.
—Eve… —la llamó con un hilo de voz, pero enseguida fue reprendida con dureza por Tomás. Asustada, cerró la boca y solo pudo observar con impotencia cómo aquella mujer cojeaba hacia la humillación.
Eve respiró hondo. Se obligó a fingir calma, aunque todo su cuerpo temblaba. Levantó un brazo y apoyó la mano en el hombro del guardaespaldas.
Él la sintió temblar. La conocía. Sabía quién era. Pero aún así, le costaba creer que la arrogante y altiva señorita Aston de la familia Aston se encontrara ahora tan humilde y derrotada frente a él.
Ella se puso de puntillas. Sus labios pálidos y temblorosos se acercaron a los de aquel hombre desconocido.
El primer beso no me quitará nada, se repitió a sí misma. Si bebo esa botella, moriré. Un beso, en cambio, aún me deja vivir.
La expresión de Demian se tornó extraña, casi contradictoria. Ella había elegido lo último.
Él entrecerró los ojos, la copa todavía en su mano, cuando de repente una voz irrumpió desde la puerta:
—Oye, ¿eres tú? ¿Por qué no te has ido?
Tan pronto como aquella voz sonó, todas las miradas en la habitación privada se dirigieron hacia la puerta.
Nadie supo en qué momento exacto había entrado, pero allí estaba: un hombre alto y erguido se detuvo en el umbral.
Eve se sobresaltó. Giró la cabeza lentamente, y su voz se quebró en un susurro:
—Eres tú…
Tomás entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante con interés. Miró primero al recién llegado, luego a Eve, y una chispa burlona encendió su rostro.
—Vaya, William… ¿la conoces? —musitó con sorna—. Qué curioso. ¿Desde cuándo un hombre como tú trata con una simple limpiadora?
Se llevó la mano a la barbilla, disfrutando de la escena como si fuera un espectáculo de lujo.
La atención de Demian también se posó sobre William. Su mirada se oscureció de inmediato, como si la llegada de aquel hombre alterara algo que había planeado con precisión.
William, en cambio, parecía ignorar el peso de tantas miradas clavadas en él. Sus ojos se fijaron en Eve con una expresión difícil de descifrar. ¿Qué estaba haciendo esa mujer? ¿En serio parecía querer besar con desesperación a ese guardaespaldas?
Un destello de extrañeza cruzó su mirada, pero pronto fue reemplazado por una indiferencia helada. William parpadeó con calma y, esbozando una sonrisa leve y peligrosa, habló con desdén:
—Vaya, qué curioso… Apenas me voy y esta habitación se vuelve tan animada.
Con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón del traje, se acercó despacio a Eve. El silencio se hizo más pesado con cada uno de sus pasos.
Cuando estuvo lo bastante cerca, la miró directamente y preguntó, con una voz baja pero afilada como una cuchilla:
—¿Qué demonios estás haciendo?