Capítulo 7

1384 Palabras
—¡No soy modelo ni una chica acompañante de esta habitación, me niego a cantar! ¡Solo soy una camarera que se encarga de traer bebidas! —la voz de Mónica retumbó en la sala, cargada de disgusto. Las palabras atravesaron el aire como un cuchillo y llegaron de lleno a los oídos de Eve. En ese instante, sintió que quería golpearse a sí misma. Se arrepintió profundamente: era cierto, no todos eran dignos de recibir ayuda. Eve no sabía qué decisión había tomado Mónica en lo más profundo de su corazón, pero si fuera ella, nunca se atrevería a ofender a aquellos “Hombres” por algo tan trivial como una canción. En una habitación VIP del Club Emperador, todos eran hombres de la élite. ¿Cómo permitirían que una simple camarera desobedeciera una orden? Aquella petición de cantar era, en realidad, una salida elegante. Una humillación disfrazada de oportunidad. Si Mónica aceptaba, probablemente la dejarían marcharse sin más; si se negaba, la noche no terminaría bien para ella. Eve lo comprendió de inmediato: su gesto al derramar agua cerca de Mónica había atraído la atención equivocada. Ahora, los ojos de esos hombres también la miraban. Se maldijo en silencio. Lo más prudente era limpiar rápido, terminar su tarea y marcharse antes de que algo peor ocurriera. —Qué actitud más distante, ¿no? —dijo uno de los hombres con tono burlón. Luego, con voz cargada de burla, añadió—: ¿Te niegas a cantar? Bien… entonces bebe esta botella entera y podrás marcharte. —¡Me niego! ¡No soy una chica de compañía! —exclamó Mónica, temblando. Las risas llenaron la habitación como un coro perverso. —¿Que te niegas? —otra voz profana estalló en carcajadas—. En el Emperador, hasta una limpiadora tiene que obedecer a los clientes si lo ordenamos. ¿Cómo no lo haría una simple camarera? Cuando Eve escuchó la palabra limpiadora, un mal presentimiento se clavó en su pecho. Y un segundo después, su temor se volvió realidad. —Oye, tú. Sí, tú, la limpiadora. El aire se le fue de los pulmones. ¡El problema había llegado hasta ella! Si no hubiera intervenido en absoluto con Mónica, ahora no estaría en la mira. —Oye, te estoy hablando. —El hombre insistió, con voz cargada de superioridad—. ¿No me oyes, limpiadora? Con esfuerzo, Eve asintió con la cabeza. El coraje apenas sostenía el temblor de su cuerpo. El hombre rio con placer y volvió la vista hacia Mónica. —¿Has oído? Una limpiadora entiende mejor su lugar que tú. Ella sabe obedecer, sabe apreciar los favores que recibe. Tú deberías aprender. Tomó la botella de licor y la colocó con fuerza sobre la mesa de cristal. —Bébela toda. O llamaré a Ivana. El nombre de Ivana cayó como un golpe sobre Mónica. Ella se sobresaltó, los labios temblando. Todos sabían que Ivana era implacable, la mujer que decidía quién podía trabajar allí y quién sería arrojada a la calle. —¡No llames a Ivana! —suplicó Mónica, con lágrimas en los ojos. Tomó la botella con manos temblorosas—. ¡Yo beberé! Pero justo antes de llevarla a sus labios, una voz baja interrumpió el momento. —Espera un minuto. El sonido no fue fuerte, pero recorrió la sala como un trueno contenido. Eve lo sintió en la piel. Su espalda se erizó y su respiración se quebró. Conocía esa voz. —Date la vuelta —ordenó desde la penumbra. Las piernas de Eve se volvieron de plomo. Se dijo a sí misma con desesperación: no es conmigo, no está hablándome a mí. —Lo repetiré una vez más… date la vuelta, limpiadora. El corazón de Eve se detuvo. Un puño invisible le golpeó el pecho. Temblando, obedeció. Lentamente, como si cargara cadenas invisibles, giró el rostro hacia el rincón oscuro. La atmósfera se volvió extraña. Los hombres en los sofás intercambiaron miradas. Uno de ellos silbó con despreocupación. —Parece que vamos a ver un espectáculo interesante —rió Tomas. —Cállate, Tomas, no me molestes —refunfuñó Demian, inclinándose hacia adelante con expectación. Los ojos de Eve estaban abiertos de par en par, llenos de pánico. La oscuridad parecía tragársela. Quería escapar. Tres años en prisión. Mil noventa y cinco días y noches viviendo en la miseria. Después de salir de aquel infierno donde no podía verse ni el sol ni el cielo, Eve ya no se atrevía a pensar en Demian. Lo único que le quedaba de él era el miedo. Aunque, enterrado muy dentro de su corazón, todavía persistiera la obsesión, todavía sobreviviera el amor que nunca había logrado arrancarse. —Levanta la cabeza —ordenó lentamente la voz. Eve obedeció casi de manera automática. Cada movimiento suyo respondía al mandato de ese hombre. La luz era tenue. Demian había estado allí todo el tiempo, escondido en un rincón oscuro. Con razón ella no lo había reconocido al entrar. Sentado como un emperador, se recostaba en el sofá con elegancia, los brazos delgados apoyados en los reposabrazos, la barbilla descansando sobre el dorso de una mano. La imagen de un caballero refinado. Pero tras las gafas de marco dorado, sus ojos brillaban como los de un lobo hambriento, listos para despedazarla en cualquier momento. En esos tres años, lejos de desgastarse con las huellas del tiempo, se había vuelto más deslumbrante, más letal. Su rostro, oculto bajo la penumbra, parecía revestido de un resplandor dorado. El encanto que exudaba era tan impresionante como peligroso. Eve apenas pudo sostener la mirada. Bajó la cabeza apresuradamente, escondiéndose en su propio pecho. —Je… —Demian dejó escapar una risa burlona, fría como el acero—. No nos hemos visto en mucho tiempo. ¿Qué pasa? ¿Ya no me saludas? El rostro de Eve estaba pálido. —Señor Voss… —murmuró, con un hilo de voz. Clavó las uñas en su propio muslo, obligándose a mantener una apariencia serena. Pero cada uno de sus gestos fue captado con precisión por los ojos del hombre en el sofá. Demian entrecerró los ojos. Si no la hubiera visto esa noche en el Emperador, probablemente habría olvidado su existencia. Ella había cambiado demasiado. Solo la camarera, al pronunciar su nombre, lo había llevado a reconocerla. Las luces eran débiles y apenas le permitían verla con claridad. Pero incluso en esa penumbra, Demian tuvo que admitir que el cambio en Eve era tan profundo que lo sorprendía. —¿Cuándo saliste? —preguntó con indiferencia. La ansiedad de Eve se reflejó en su rostro, tan pálido como la cal. De repente levantó la cabeza y lo miró con súplica, con los ojos gritando sin palabras: Por favor, no hables de mi encarcelamiento frente a todos… por favor. Demian arqueó una ceja. Una sonrisa fría curvó sus labios. Señaló con el dedo la botella de alcohol en la mano de Mónica y dijo: —Sé lo que quieres. Muy bien. Siempre que bebas esa botella entera… aceptaré tu petición. Eve se volvió aún más pálida. La botella en las manos de Mónica era de vodka Boss, uno de los más fuertes y famosos del mundo. Cuarenta grados que quemaban hasta el alma. Miró el cristal helado, incapaz de pronunciar palabra. Demian, desde el sofá, la observaba como un cazador que se divierte con la presa antes de asestar el golpe final. —Mi paciencia es limitada —advirtió, con voz grave. El corazón de Eve se contrajo. —Yo… yo no puedo beber. Apenas terminó de pronunciar la mentira, un escalofrío recorrió su cuero cabelludo. La mirada de Demian ardía sobre ella, como fuego capaz de reducirla a cenizas. Apretó el puño en un rincón, donde él no pudiera verlo. Era como una prisionera condenada a muerte, esperando la sentencia que sabía inevitable. —Señor Voss… —susurró con voz rota. Y luego, tragándose su orgullo, cayó de rodillas ante él—. Se lo ruego, perdóneme. Por favor… déjeme esta vez. Si no me obliga a beber, haré lo que usted quiera. Cualquier cosa. Quería vivir. Solo si sobrevivía, podría pagar todas sus deudas. Sí, tenía muchas deudas… y su verdadero acreedor no era Elia Lewins.
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