—Señor William Steel, yo soy su acompañante… —dijo Erica con un tono coqueto.
En ese momento apareció un cheque frente a ella. El hombre con una sonrisa en el rostro, respondió:
—¿Ahora ya te puedes marchar?
Los ojos de Erica brillaron de inmediato; incluso el tono de coquetería desapareció. Tomó el cheque y agradeció con entusiasmo antes de retirarse.
Eve contempló claramente la escena. William Steel entregó el cheque a Erica con una sonrisa en la cara, pero su mirada estaba impregnada de burla.
—¿Qué pasa? ¿Te has enamorado de mí? —preguntó William, alzando la vista con una expresión perversa. Había captado la mirada de Eve.
—¿Qué…?
De pies a cabeza, William transmitía la impresión de ser fuerte y musculoso. Sin que Eve entendiera cómo ni cuándo, ya se había acercado a ella. Ella no era muy alta, de modo que, cuando él estuvo frente a frente, su cabeza apenas le llegaba al pecho.
William entrecerró sus ojos oscuros y, bajando la mirada hacia ella, se inclinó hasta rozar su oreja.
—¿De verdad te has enamorado? ¿De mi cuerpo… o de mi dinero?
Eve solo sintió su respiración cálida junto al oído, y por instinto sus orejas se tiñeron de rojo. Retrocedió rápidamente, pero olvidó que sus piernas seguían resentidas por viejas heridas. En la prisa perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.
De improviso, una mano fuerte la sostuvo por la cintura.
Eve tenía el corazón desbocado de miedo. Ni siquiera tuvo tiempo de alegrarse de no haberse golpeado, porque pronto se dio cuenta de que estaba en brazos de un hombre desconocido, en una postura demasiado íntima.
—¡Ah! —gritó sobresaltada. Nunca en su vida había tenido un abrazo tan cercano de un hombre que no fuera su hermano…
—¡Cállate! ¡Qué mujer más rara! —gruñó William con el ceño fruncido, tapándole la boca con la otra mano—. ¿Qué demonios te pasa?
—Su-su-su… suéltame primero —tartamudeó Eve.
William la observó con detenimiento, y una idea le cruzó por la mente.
—Oye… ¿gritaste porque te sujeté de la cintura? —dijo, y al ver la sorpresa reflejada en su rostro, soltó una risa fría.
—Parece que sí —añadió con sorna—. Dime, ¿ningún hombre te había abrazado de esta manera?
Su reacción le resultaba divertida. Observando las orejas sonrojadas de Eve, pensó en hacerle una broma. Apretó con más fuerza su cintura, y el rubor en el rostro de la joven le pareció un hallazgo extraordinario.
—Hoy en día ya no quedan mujeres que se sonrojen por un simple abrazo en la cintura. ¡Qué raro! ¡Demasiado novedoso, demasiado divertido! —se dijo a sí mismo, excitado como si hubiera descubierto un mundo nuevo.
De pronto, pellizcó su cintura intencionadamente. Pero lo que sintió no fue lo que esperaba: bajo la tela, sus dedos no encontraron curvas, sino un hueso delgado, casi frágil. Desconcertado, llevó la mano al borde de su ropa y, sin pensar, la deslizó bajo el dobladillo.
Palpó su piel. Y quedó atónito.
—¡Qué haces! —exclamó Eve, forcejeando para liberarse.
William la miró con sorpresa genuina.
—Tu cintura… —murmuró, pero no terminó la frase.
Él, que se consideraba un amante experimentado y había estado con más de cien mujeres —modelos, estrellas, celebridades—, nunca había tocado una cintura tan delgada. Podía rodearla casi entera con una sola mano.
—Tú… —intentó hablar varias veces. Quiso decir: “por eso te abrigas tanto en pleno verano”, pero al ver los ojos de Eve, llenos de dolor contenido, con una mirada que quería reclamar y no se atrevía, se quedó en silencio.
Por primera vez, William Steel no supo qué decir.
Incluso muchos años después, William no pudo olvidar aquella mirada de Eve. Hasta el día de hoy no lograba comprender cómo unos ojos podían contener dos sensaciones tan opuestas: altivez y humildad, orgullo y sumisión.
¿Qué le había sucedido a esa mujer para cargar con cualidades tan contradictorias?
Eve lo empujó y se marchó de inmediato. No corría rápido; de hecho, a cada dos pasos tropezaba y caía. Pero ya no le importaba. Cada vez que se derrumbaba, se levantaba apoyándose en la pared con tal de huir lo más lejos posible de William.
Un caos le estallaba en la cabeza… como si su secreto más vergonzoso hubiese quedado al descubierto.
Había salido de la cárcel con un solo deseo: una vida tranquila. Comer cada día, tener un techo donde dormir, ahorrar lo suficiente para viajar algún día al Mar Fresco y contemplar el horizonte claro que jamás había podido ver entre los muros de la prisión.
No estaba preparada para más dificultades ni para más sufrimientos.
William quiso alcanzarla, pero mientras más se apresuraba, más rápido intentaba escapar ella, como si lo persiguiera un fantasma. Finalmente, se detuvo, confundido, apoyándose en la pared. No tuvo más remedio que aminorar el paso.
Habitación 606
Eve tocó suavemente la puerta y entró.
El ambiente dentro era extraño, cargado. Bajo las luces tenebrosas, varios invitados ocupaban los sofás de cuero, cada uno acompañado por modelos de rostros pintados y sonrisas vacías. Sin embargo, entre todas ellas destacaba una muchacha distinta: de pie, junto a la mesa de cristal de roca, parecía fuera de lugar, casi pura en medio de aquella decadencia.
Eve la reconoció de inmediato. Era Mónica Gil, la nueva camarera, su compañera de dormitorio y también estudiante de Arthur.
—Eve… —la llamó Mónica con un tono de súplica, casi al borde del llanto.
El corazón de Eve se encogió. Varias miradas se posaron en ella, siete u ocho pares de ojos inquisitivos que la atravesaron como agujas. Nerviosa, se obligó a hablar con voz baja y áspera:
—Soy la limpiadora enviada desde abajo… vengo a hacer la limpieza.
El murmullo de su voz provocó ceños fruncidos. Varias personas mostraron desagrado. Eve sabía que su tono rasposo no agradaba, pero después de tres meses en el Emperador había aprendido lo esencial: hablar poco, trabajar mucho y no llamar la atención. Era solo una limpiadora.
En cuanto a Mónica… estaba claro que algo ocurría con ella. Pero Eve no podía entrometerse. La cárcel le había enseñado a medir sus límites: un paso en falso y la vida podía convertirse en un infierno.
Mónica era distinta: tenía familia, era estudiante, alguien que aún podía ser rescatada. Eve, en cambio, no era más que una exconvicta, Eve Aston, la prisionera 546, y nada más. Una mujer que ya no soportaría un nuevo golpe.
Con la cabeza gacha, se desvió de Mónica y se dirigió al baño privado de la suite. Allí encontró los utensilios de limpieza ordenados en un armario, listos para ser usados.
Al salir, llevaba la fregona en una mano y el cubo lleno de agua en la otra.
Se dedicó a limpiar sin levantar la vista, concentrándose en cada movimiento. Mónica, en cambio, la miraba una y otra vez, con los ojos suplicantes, intentando enviarle un mensaje silencioso: ayúdame. Eve los ignoró. No podía cargar con más peso del que ya tenía.
—Cuando termines de cantar esta canción, podrás marcharte —dijo uno de los hombres, dirigiéndose a Mónica.
Eve levantó la cabeza con cautela. Mónica, mordiendo sus labios, parecía humillada hasta la médula.
—No… —susurró, con voz rota.
En ese instante, la fregona de Eve resbaló de entre sus dedos. El agua salpicó y el trapo húmedo rozó los zapatos de Mónica.
La joven se estremeció, olvidando lo que iba a decir, y clavó los ojos en Eve con sorpresa.
—Lo siento, mojé sin querer tus zapatos —se disculpó Eve levantando la cabeza.
Esta escena que parecía espontánea llegó a llamar la atención de los hombres que estaban en la habitación.